CAPÍTULO I PASAJES DE LOS EVANGELIOS
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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CAPÍTULO I PASAJES DE LOS EVANGELIOS

La oración de Jesús

Cuando Jesús anunció que era el Mesías, tomó toda clase de precauciones para su seguridad personal. En una ocasión encargó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Jesús, el Cristo5. En otra ocasión, cuando sus enemigos se reunieron secretamente para matarlo, dejó de andar abiertamente entre los judíos, y se dirigió a una región cerca del desierto6. Incluso llegó a esconderse de ellos7. Cuando supo de la decisión de sus enemigos de impedir por la fuerza sus actividades, incluso matándole de ser posible, Jesús se dirigió con sus discípulos a un lugar escondido que ellos conocían8. Entonces supo, por revelación divina o por la tambaleante lealtad de Judas y su ausencia en ese momento, que sería traicionado por él, y que su detención era inminente. No pudo encontrar escapatoria alguna excepto la de orar con gran humildad, colocando su frente en el umbral de Dios Todopoderoso, el Único que podía frustrar los planes de sus enemigos salvándole de las garras de la muerte.

Por las narraciones que aparecen en Mateo 26, Marcos 14 y Lucas 22 se sabe que Jesús se dirigió a Getsemaní con algunos de sus discípulos y les ordenó que oraran, pero, en lugar de ello, se quedaron dormidos, y tuvo que despertarlos dos veces sin éxito. Él mismo oró con gran humildad diciendo:

“Abba, Padre, para Ti todo es posible, aparta de mí este cáliz. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la Tuya.”9

De este modo pasó la mayor parte de la noche en la más profunda oración. Al aparecer un ángel del cielo, una señal de la aceptación de su plegaria, rezó aún con mayor entrega. Su sudor cayó en gotas a la tierra como si fueran grandes gotas de sangre10.

El núcleo de esta oración de Jesús era que fuera salvado de la muerte, no por temor a entregar su vida en el camino de Dios, sino para que se cumpliera la voluntad de Dios sobre su mensajero contra la voluntad de sus enemigos. Este es el significado, tal como yo lo entiendo, de lo que dijo Jesús: “No se haga mi voluntad, sino la Tuya”.

Si Jesús hubiese sabido que la voluntad de Dios era que muriera en la Cruz, nunca hubiese orado: “Para Ti todo es posible, aparta de mí este cáliz”, es decir el cáliz de la muerte que sus enemigos habían llevado a sus labios para que bebiera.

El Cáliz fue apartado

Creemos que la oración antes citada de Jesús fue oída por Dios y aceptada. Nuestra creencia se basa en las razones siguientes:

  1.   El mismo Jesús afirma que Dios escuchó sus oraciones:

“Padre, Te doy las gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que Tú siempre me escuchas”11.

Ordena también a otros que oren, y dice que Dios responderá a sus plegarias12. Afirma igualmente.

“¿Hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra, o si le pide un pez, le dé una culebra?”13.

Si no fuera escuchada la propia oración de Jesús, invocada en la agonía con tanta entrega y sinceridad, sobre un asunto tan importante como su muerte inminente por crucifixión, su mandamiento a los discípulos para que oraran pidiendo lo que necesitaban, y su afirmación de que sus oraciones serían escuchadas tendrían muy poco significado. No tenemos, pues, opción sino la de creer que Dios escuchó su plegaria y lo salvó así de esa muerte “maldita”.

  1. Respecto a la aceptación de su oración, podrían citarse los siguientes textos de los Salmos:

“Perros innumerables que me rodean, una banda de malvados me acorrala como para prender mis manos y mis pies… mas Tú, Señor, no estés lejos, corre en mi ayuda, oh fuerza mía... porque no ha despreciado ni desdeñado la miseria del mísero, no le ocultó su rostro, mas cuando le invocaba le escuchó14.

En el Salmo 34 leemos también:

“Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libera el Señor; todos sus huesos guarda, no será quebrantado ni uno solo15.

En Juan 19:23, 36, se han aplicado ambos Salmos a Jesucristo. En cuanto al segundo, se recordará que, aunque se rompieron los miembros de los dos ladrones crucificados con Cristo, Jesús no fue tocado. Así Dios, escuchando su oración. lo salvó de esta muerte maldita.

  1. El mismo Jesús creyó que Dios había aceptado su oración y que no moriría en la Cruz, por lo que, cuando se dio cuenta de su terrible estado, clavado en la Cruz, sin tener al parecer la más ligera probabilidad de escapatoria, por primera vez le asaltó la duda que encontró expresión en el grito desesperado: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”16 Dios no lo abandonó. Había preparado ya su liberación. Sin embargo, si suponemos que murió en la Cruz, deberíamos pensar que Dios, en efecto, lo había abandonado, un acto totalmente en contradicción con sus palabras: “Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo”17.
  2. Todas las escrituras afirman unánimemente que Dios escucha las oraciones de los justos, pero no la de los malvados, ni la de sus Véase, por ejemplo, Salmos 18:6 y 66:18-20; Jeremías 29:13 y Job 22:27. En San Juan leemos también:
“Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha”18.

Si negamos, pues, que Dios escuchó y contestó la oración de Jesús, no tenemos otra alternativa que creer que Jesús era un pecador, y no una persona justa que actuaba de acuerdo con la voluntad de Dios. Y creer esto de una persona como Jesús, que era profeta de Dios, es ciertamente una blasfemia. En la Epístola a los Hebreos leemos sobre esta oración de Jesús:

“El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”19.

Así pues, los judíos fracasaron en su plan, y Dios salvó a Jesús, una persona justa y temerosa de Dios, de una muerte maldita.

¿Fue Jesús maldito?

 Jesús dijo a sus enemigos:

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar”20.

Y vuelve a decir: “Quien no cree se condenará”21. Los fariseos creían haber conseguido que Jesús muriera con una muerte maldita. Si esto fuera cierto, y San Pablo lo testifica, entonces, según su ley, demostraban claramente que Jesús era un profeta falso, y por tanto, tenían derecho a rechazarlo sin ser condenados por ello. Si consideramos el significado real de la palabra maldito, un hombre maldito no puede ser profeta y amado de Dios, ya que nadie puede ser maldito a menos que corte su relación con Dios, su corazón quede vacío de Su amor y conocimiento, se vea también privado de la misericordia y la gracia de Dios, y esté en el error, como Satanás, y en la enemistad con Dios; por ello a Satanás se le llama “el maldito”.

De una persona justa y santa como Cristo, que afirmó ser la luz del mundo, el amado de Dios a quien Dios escuchaba sus oraciones, ¿podemos creer que fuese el maldito de Dios, que no tuviera relación con Él, y que su corazón estuviese inmerso en el error y la incredulidad? Teniendo presente estos hechos, debemos rechazar necesariamente la posibilidad de la muerte de Jesús en la Cruz, que le habría convertido realmente en un maldito.

La resurrección de los santos

 El tercer argumento para demostrar que Jesús no murió en la Cruz se contiene en Mateo, capítulo 27:

“Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos”22.

Es evidente que esto no pudo ocurrir en sentido literal, porque si fuese literalmente cierto, no hubiéramos dejado de encontrar referencias de un acontecimiento tan extraordinario, sobrenatural y sin precedentes. Sin embargo, no se encuentra ningún dato equivalente: Mateo es el único escritor del Evangelio que lo menciona, y los restantes ni siquiera se han molestado en apuntarlo. De haber sido cierto, se hubiera convertido en una excelente oportunidad para que los judíos preguntaran a aquellos santos resucitados sobre la verdad de Cristo y, si lo hubiesen reconocido, los judíos lo habrían aceptado sin duda alguna. Cito el relato de Tomas Paine sobre esta historia:

“Es fácil decir una mentira, pero es difícil apoyarla después de dicha. El autor del libro de Mateo debería habernos dicho quiénes fueron los santos que volvieron a la vida y acudieron a la ciudad, qué ocurrió con ellos posteriormente y quién fue el que los vio –ya que no es suficiente decir que los vio él mismo-; si es que los santos y las santas aparecieron desnudos, en su aspecto natural, o bien aparecieron completamente vestidos, y de dónde obtuvieron su ropa; si acudieron a sus viviendas anteriores y reclamaron a sus esposas, sus maridos y sus bienes, y en tal caso cómo fueron recibidos; si presentaron reclamaciones para recuperar sus posesiones o entablaron juicios criminales contra sus rivales; o si volvieron a morir, o bien regresaron vivos a sus tumbas y se enterraron ellos mismos. Es ciertamente extraño que un ejército de santos volviera a la vida y nadie supiera quiénes eran o quién los vio, y tampoco se dijera una sola palabra más sobre el tema. ¡Ni que aquellos santos no tuviesen nada que decir! De haber sido los profetas (como nos han dicho) quienes hubieran profetizado anteriormente estas cosas, habrían tenido mucho que decir. Nos habrían contado todo, y habríamos tenido profecías póstumas, con notas y comentarios sobre el primero, al menos algo mejor de lo que tenemos ahora. De haber sido Moisés, Aarón, Josué, Samuel y David, no hubiese quedado un solo judío sin convertir en Jerusalén. De haber sido Juan el Bautista y los santos de aquella época, todo el mundo los habría conocido, y habrían predicado y superado en fama a todos los demás apóstoles. Pero en lugar de esto, estos santos se hacen aparecer como Jonás en la noche, con ninguna finalidad excepto la de desaparecer al alba”.23

No hay duda de que si tomamos literalmente a Mateo, debemos hacer frente a todas estas preguntas, pero la verdad es que este versículo, como escribe Ahmad, el Mesías Prometidoas, se refiere a una visión de ciertos hombres justos, y es sabido que estas visiones han de ser interpretadas, tal como José interpretó el sueño del Faraón.

Es especialmente interesante que en el libro árabe, Ta”tirul- Anam (p. 289), que versa sobre la interpretación de los sueños y que fue escrito hace más de 600 años por una autoridad fundamental en el tema, Shaij Abdul-Ghani Nablusi, leamos:

“Si alguien ve en un sueño que los muertos han salido de sus tumbas y se dirigen a sus casas, la interpretación es esta: que un gran hombre que se hallara en prisión sería liberado y rescatado”.

O bien, dado que esta visión apareció en el momento de la resurrección, la deducción es, evidentemente, que su muerte solo fue aparente, y que, como consecuencia de su desfallecimiento, que hizo pensar a sus perseguidores que estaba muerto, se produjo su liberación del sepulcro en el que había sido introducido. En una palabra, esta visión observada por ciertas personas temerosas de Dios les revelaba que Jesús no había muerto, sino que estaba como un prisionero en la tumba, de donde escapó a un lugar seguro.

El signo de Jonás, el Profeta

 Cuando los judíos pidieron a Jesús que les mostrara un signo, les dijo:

“¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la del Profeta Jonás, porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así también el Hijo del Hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches.”24

Esta afirmación de Jesús soluciona la cuestión de una vez por todas. Los judíos lo buscaban para matarlo, pero él escapó de la muerte. Hicieron todo lo que estaba a su alcance para llevarlo a la muerte, pero Dios lo libró de sus manos. Por tanto, esta 24 Mateo 12:39-40

escapatoria era un signo para los judíos. Las palabras de Jesús indicaban el modo en que debía mostrarse el signo, y la manera en que habría de ser liberado de las manos de sus perseguidores asesinos. Sería colocado en el vientre de la tierra como un muerto, pero su caso sería como el de Jonás en el vientre de la ballena. Este último, mientras estaba en el vientre de la ballena, no estuvo muerto sino vivo. De igual manera, Jesús debía estar vivo, no muerto, en el seno de la tierra. Jesús, al comparar su caso con el de Jonás, indicaba claramente el modo en que escaparía. Entraría vivo en el sepulcro y saldría de él vivo, al igual que Jonás entró vivo en su sepulcro viviente y salió de él vivo. Esta profecía de Jesús representa un golpe mortal a la noción de que murió de muerte “maldita” en la Cruz.

El sueño de la esposa de Pilato

Mientras Pilato estaba sentado en el tribunal, su mujer le llamó y le dijo: “No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.25

Esta advertencia, dada a Pilato por Dios a través de su esposa, justo al empezar el juicio, fue una clara revelación de la voluntad de Dios para Pilato, el cual creía también en la inocencia de Jesús y sabía que, por envidia, los judíos se lo habían entregado.26 ¿Cuál era pues la finalidad de este sueño que Dios mostró a la esposa del Gobernador si no pretendía salvar a Jesús de la muerte? Cuando Herodes intentó matar a Jesús en su infancia, José fue advertido también de la intención malvada del rey, por medio de un sueño, para que salvara la vida de Jesús y, en consecuencia, José se lo llevó a él y a su madre de Egipto27. De igual manera, Dios reveló Su voluntad a Pilato a través de su esposa. Pilato entregó a Jesús a sus enemigos cuando le amenazaron con denunciarlo al César si soltaba a Jesús28. No obstante, hizo todo lo posible en secreto por salvar a Jesús de la muerte. Prolongó el juicio hasta una hora muy tardía del viernes, sabiendo que los judíos no podían, por su ley, conservar a nadie en la Cruz después de caer la noche del Sábado. El tiempo que quedaba para la crucifixión sería tan corto que resultaría imposible que Jesús muriera en la Cruz. Era solo de tres horas, que no eran suficientes para causarle la muerte.

El centurión designado para ejecutar la orden de crucifixión mostró una gran simpatía por Jesús y, según Lucas, lo creía un hombre justo. De igual manera, los soldados que rompieron las piernas de los dos ladrones crucificados con Jesús no lo hicieron con este último. Además, una persona, que al parecer no tenía relación alguna con Jesús, apareció rápidamente en la escena. Era un hombre rico llamado José de Arimatea, un discípulo secreto que permanecía así por miedo a los judíos, tal como lo describe el Evangelio de Juan. Este José de Arimatea preguntó a Pilato si podía llevarse el cuerpo de Jesús y, contrariamente a la costumbre habitual, Pilato le dejó hacerlo sin hacer la menor pregunta sobre esta nueva persona. A continuación, él y un médico llamado Nicodemo se llevaron el cuerpo y lo atendieron, todo ello según lo planeado. No lo enterraron con otros en una fosa común, sino que lo colocaron, con gran cuidado, en una tumba nueva, que José había horadado en la roca en su propio huerto. Allí podrían tratarlo sin ser observados por los judíos, ocupados ahora con sus ceremonias religiosas del Sábado, que era su día festivo. Jesús, una vez recuperado, salió del sepulcro. Vemos, pues, cómo Pilato llevó adelante su plan de rescatar a Jesús de la muerte, y cumplió la finalidad de Dios, quien hubo mostrado a su esposa la visión antes citada.

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