CAPÍTULO 3 UNA EXPLICACIÓN RAZONABLE DE LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

CAPÍTULO 3 UNA EXPLICACIÓN RAZONABLE DE LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN

 A continuación, reproduzco una explicación razonable de la historia de la resurrección que se contiene en los cuatro Evangelios, por parte de dos intelectuales de prestigio que han examinado a fondo las cuatro narraciones de los evangelistas.

  1. El Profesor Heinrich Eberhard Gottlobe Paulus (1761- 1861), quien en 1789 fue llamado a Jena como Profesor de Lenguas Orientales, y ocupó en 1793 la tercera cátedra ordinaria de Teología. Fue miembro del Consejo de Educación de Baviera de 1807 a 1811. En el año 1811 marchó a Heidelberg como Profesor de Teología, y permaneció allí hasta su muerte. Escribe en La vida de Jesús (1828):

“La resurrección de Jesús debe encuadrarse bajo la misma categoría (de enterramiento prematuro) si queremos sostener el hecho de que los discípulos lo vieron en su cuerpo natural, con la huella de los clavos en las manos, y que tomó alimentos en su presencia. En realidad, la muerte en la Cruz se producía por una condición de deterioro, que se extendía gradualmente hacia el interior. Era la más lenta de todas las muertes. En su Contra Apoinem, Josephus mencionaba que Tito, en Tekoa, le concedió como favor que tres hombres crucificados, a quienes conocía, fuesen bajados de la Cruz. Dos de ellos murieron, pero el otro se recuperó. Jesús, sin

embargo, “murió” de forma sorprendentemente rápida. El fuerte grito que profirió, inmediatamente antes de inclinar la cabeza, demuestra que sus fuerzas estaban muy lejos de haberse agotado, y que lo que ocurrió fue solamente un trance semejante a la muerte. En esos trances, el proceso del grito continúa hasta que se inicia la corrupción. Esto solo demuestra que el proceso ha terminado, y que ha ocurrido realmente la muerte. En el caso de Jesús, como en el de otros, su chispa vital se habría extinguido gradualmente, de no haber actuado misteriosamente la Providencia a favor de su favorito, en lo que, en el caso de otros, era a veces realizado de manera más evidente, mediante la atención y el cuidado humanos. El golpe de la lanza, que suponemos que sería más bien una herida meramente superficial, sirvió de flebotomía. El frío de la tumba y los ungüentos aromáticos continuaron el proceso de la resurrección hasta que, finalmente, la tormenta y el terremoto devolvieron a Jesús el pleno conocimiento. Por suerte, el terremoto tuvo también el efecto de hacer rodar la piedra de la puerta de la tumba. El Señor se quitó el sudario y se puso el atuendo del jardinero. Eso fue lo que hizo que María, como se nos dice en Juan XX-15, lo confundiera con el jardinero. A través de la mujer envía un mensaje a sus discípulos ordenándolesquese reúnan con él en Galilea, y él mismosedirigeallí de inmediato. En Emmaus, cuando caía la tarde, se reunió con dos de sus seguidores, quienes al principio no lo reconocieron, porque su aspecto estaba muy desfigurado por sus sufrimientos. Pero su manera de dar gracias al partir el pan, y las huellas de los clavos en las manos levantadas les hizo saber quién era. Por ellos sabe dónde están sus discípulos, vuelve a Jerusalén, y aparece inesperadamente entre ellos. Esta es la explicación de la aparente contradicción entre el mensaje que señala Galilea y la aparición en Jerusalén.

De ese modo Jesús vivió entre ellos durante cuarenta días, empleando parte de ese tiempo en Galilea, en su compañía; a pesar de los malos tratos que había sufrido, podía hacer esfuerzos mantenidos. Vivió con calma, y recuperó fuerzas para los breves momentos en que apareció entre sus propios seguidores, a quienes impartió enseñanzas. Cuando sintió que su final estaba cerca, volvió a Jerusalén. En el Monte de los Olivos, a primeras horas de la mañana, reunió a sus seguidores por última vez. Levantó sus manos para bendecirlos y con las manos aún elevadas con el signo de la bendición, se retiró de ellos. Una nube se interpuso entre ellos y él, por lo que sus ojos no pudieron seguirlo. Cuando desapareció, allí estaban ante ellos, vestidos de blanco, las dos figuradas dignificadas, que eran en realidad discípulos secretos de Jesús en Jerusalén. Estos hombres les exhortaron a no quedarse allí esperando, sino a levantarse y marcharse. Dónde murió realmente Jesús es algo que nunca supieron, por lo que describieron su retirada como una ascensión.

  1. El Sr. Ernest Brougham Docker, Juez del Tribunal del Distrito de Sydney, ha escrito un interesante libro sobre este tema (Si Jesús no hubiera muerto en la Cruz, 1920), en el que ha estudiado todas las pruebas de los Evangelios de la misma forma en que un juez examina las pruebas de un caso. A continuación, reproduzco su opinión en lo que respecta a la resurrección.

“La idea de que los cuerpos muertos podían ser reanimados era habitual en la época de nuestro Señor, y perduró durante muchos cientos de años, tanto antes como después; en realidad, siempre que la investigación científica estuvo poco desarrollada. Tenemos un ejemplo en la historia de Elías, dos en la de Eliseo; tres registrados en los Evangelios, además de la del mismo Jesús, y dos en Los Hechos de los Apóstoles (1:18). Ireneo habla de los casos frecuentes en los

que “el espíritu ha vuelto al cuerpo exánime”, y el hombre ha sido devuelto gracias a las oraciones de la Iglesia”.

Un caso interesante de esta creencia en un pueblo primitivo actual puede encontrarse en un artículo del Rev. W. Montgomery, titulado Schweitzer como Misionero (Hibbert Journal, Julio 1914, p. 885):

“Las cosas que más impresionan a los nativos es el uso de la anestesia. Las jóvenes de la escuela de la misión escriben cartas a las de una escuela de Europa. En una de ellas se puede leer: “Desde que el doctor llegó aquí han sucedido cosas maravillosas. En primer lugar, mata a las personas enfermas; después las cura; más tarde les devuelve la vida. ¿Qué mayor reputación podría desear un mago?”

El siguiente extracto (Physical Culture and Health, 15 de Julio de 1912) parece mostrar que incluso los médicos más capacitados pueden equivocarse al dictaminar que ha ocurrido la muerte en determinados casos:

El Retorno de los Muertos a la Vida: Un alemán acaba de presentar un notable aparato. Se llama “Pulmotor” y ha sido utilizado con éxito en personas declaradas muertas por los médicos, devolviéndolas a la vida y, lo que es más, a una salud perfecta. Un joven llamado Haas, asfixiado por gas de hulla, a quienes sus amigos, después de tres horas de esfuerzos, no consiguieron devolver el conocimiento, fue dado por muerto (p. 17). Después de tres horas de trabajo con el pulmotor, el hombre pudo sentarse y expresar su admiración y su agradecimiento, declarando que se encontraba tan bien como antes de perder el conocimiento. Un médico que fue llamado antes de que se empleara el aparato dijo que, hablando médicamente, Haas estaba ya muerto cuando le llegó. Haas es el quinto hombre que ha sido devuelto a la vida”.

El hecho de que los signos de la muerte se simulan a veces en un cuerpo aún vivo, y que se necesitan pruebas finas para comprobar

su realidad, es evidente por el siguiente pasaje de Taylor Medical Jurisprudence (Sexta edición, p. 243), cita tomada de The Lancet, vol. I. 1900, bajo el título de “Inhumación Prematura”:

“Han existido indudablemente casos en los que personas que se encontraban bajo los efectos de la conmoción, el síncope, la catalepsia, la histeria o la inanición, han sido declaradas muertas por las personas que estaban junto a ellas, simplemente porque parecían inanimadas, por la frialdad del cuerpo, y la ausencia de algún signo exterior de respiración o circulación. Si la decisión sobre la cuestión de la vida o la muerte se dejara siempre a esas personas, y las inhumaciones se efectuaran pocas horas después de su decisión, no hay duda de que algunos cuerpos vivos estarían expuestos al riesgo de un enterramiento prematuro. Pero esto rara vez puede llegar a suceder en algún país civilizado de Europa, y sucedería solo como resultado de una grave negligencia culpable”. (p. 18)

El Editor dice (pág. 246):

“Las circunstancias en las que podemos basarnos como prueba definitiva son las siguientes: 1) La falta de circulación y respiración durante un mínimo de una hora, empleándose siempre el estetoscopio. 2) El enfriamiento gradual del cuerpo, permaneciendo caliente el tronco mientras se enfrían los miembros. 3) A medida que el cuerpo se enfría, la aparición del estado de rigidez de los músculos, que afecta sucesivamente a los miembros y al tronco, y se extiende al final por todo el sistema muscular. Cuando se observan estas condiciones, la prueba de la muerte es concluyente”.

“Aplicando estos principios a los casos de reanimación antes mencionados, si hubiesen sucedido en la actualidad ¿hubiésemos dudado en afirmar que el joven Shunamita estaba inconsciente por una insolación; que Eutichus quedó inconsciente por su caída; que la hija de Jairo sufría agotamiento por su enfermedad? Fueron

los que estaban al lado quienes, con la certeza de la ignorancia, (“sabiendo que estaba muerta”) se rieron para burlarse de la afirmación de quien sabía realmente que “la joven no estaba muerta, sino dormida”. Usó un lenguaje similar con referencia a Lázaro, y solo cuando consideró necesario que sus discípulos lo entendieran, dijo: “Lázaro ha muerto”. ¿Habríamos dudado en afirmar que este, y los casos del joven de Zarefaz, del cuerpo lanzado a la tumba de Eliseo, del joven de Nain y de Dorcas, eran casos de condiciones que simulaban la muerte, probablemente por catalepsia?” (págs. 19- 20).

“Ahora estamos en condiciones de analizar la cuestión de si Jesús realmente murió en la Cruz. Si tomamos las narraciones de los Evangelios tal como están, existe una ausencia total de todos los criterios que distinguen la muerte real de la aparente. Hubo una colocación apresurada en el sepulcro a las tres horas de la crucifixión. No hubo autopsia médica, ni prueba con el estetoscopio, ni investigación de las pruebas de quienes habían estado últimamente con él. No tenemos narración alguna de José de Arimatea, que lo puso en la tumba; ninguna de Nicodemo, que se dice que estuvo con José y proporcionó las especias y ungüentos habituales para el enterramiento, y ninguna del jardinero que, según las circunstancias, pudo haber sido un testigo presencial” (p. 20).

“No hay declaración alguna sobre cuándo abandonó la tumba. Fue visto en primer lugar por una persona no relacionada con la inhumación, al amanecer del tercer día. Si alguien fuese inducido a error por la expresión “enterramiento” por suponer que hubo enterramiento, y que, en consecuencia, aunque estuviese vivo al ser enterrado muy pronto debió quedar asfixiado; hay que señalar que el sepulcro era una cámara excavada en una roca de tamaño considerable, con la entrada cerrada por una losa circular de

piedra, como una enorme rueda de molino, que se deslizaba sobre una ranura frente a la abertura, y que no era probable que sellara herméticamente la cámara. Pero está totalmente de acuerdo con las narraciones de que revivió bajo el tratamiento de José y Nicodemo la primera noche” (p. 31).

El Dr. Sparrow Simpson va aún más lejos cuando dice en La Resurrección y el Pensamiento Moderno, pag. 47:

“Creyendo, como nosotros, que todas las pruebas concurren a declarar que la tumba estaba vacía, la interpretación del hecho debe ser en última instancia una de dos cosas: o era una obra humana o era la obra de Dios. O las manos humanas retiraron el cadáver o el Todopoderoso resucitó al muerto. Esa es exactamente la cuestión”. (p. 47). Me atrevo a señalar que esa no es la cuestión. ¿Qué decir si el presunto cadáver no estaba realmente muerto, y recuperó el conocimiento? Acepto confiadamente que esta interpretación de la tumba vacía es amplia y satisfactoria, que no recurre ni al fraude ni al milagro. (p. 25)

Volviendo al tema del descubrimiento de la recuperación de la vida, como se sugiere arriba ¿cuál podría ser una conjetura razonable del desarrollo de los acontecimientos? Antes de que el Jesús resucitado pudiera ser retirado de la tumba debían procurarsele algunas vestimentas. Si el hortelano ayudó en los arreglos para el enterramiento ¿no sería natural que corriera a su casa, situada probablemente en el huerto o en su proximidad, en busca de sus ropas de día de fiesta para atender a esta necesidad? Si no formaba parte del grupo, la casa del hortelano sería el lugar más probable para buscar la ropa en caso de emergencia. En cuanto Jesús se hubiese recuperado lo suficiente, se habría trasladado de la tumba a la casita, hasta que hubiese podido ser llevado a un lugar más seguro. Por tanto, estaría probablemente dentro del recinto del

jardín cuando María Magdalena y la otra mujer llegaron a primeras horas de la mañana. Recibieron un mensaje, tal vez del hortelano o de su ayudante (convertido posteriormente por el auge de la leyenda en un ángel o dos) que les hablaron de su resurrección, y de su intención de volver a Galilea. Habrían tenido también la oportunidad de verlo ellas mismas, ya que eran conocidas como sus amigas”. (p. 32-33).

El autor continúa:

“Y si una persona solitaria de aquí o de allá se aventurara a levantar su voz (para disentir de lo que creía la mayoría, es decir, que Jesús murió en la Cruz) ésta habría quedado ahogada en los gritos de la multitud. Ha habido incluso períodos en la historia de la Iglesia en los que dicha persona habría corrido un grave riesgo de ser quemado hasta la muerte, no como mártir, sino como hereje.” (p. 34)

El autor discute a continuación si Jesús fue a Galilea y de allí a Damasco, apareciéndose a San Pablo, después de lo cual se dirigió a Babilonia en su camino a Oriente. Por último, el autor expresa su propia opinión con estas palabras:

…“Por mi parte, me contento con creer que, siendo un hombre, pasó por la misma puerta, o sea, “el paso estrecho y terrible de la muerte” por el que deben pasar todos los demás seres humanos” (p. 70).

Y concluye su libro con estas palabras:

“Debo insistir que no sabemos (dónde murió). Puede ser que, después de predicar a las tribus perdidas de la Casa de Israel en aquellas remotas regiones, Jesús muriera en Sirinagar y fuese enterrado en la tumba que lleva ahora su nombre. Puede ser que nunca abandonara su refugio de Galilea, sino que sufriera una muerte lenta a causa de sus heridas en un campamento solitario junto al lago Tiberiades, oaislado en algunacumbredelasmontañas, o en algún valle oculto, y que “ningún hombre conoce su sepulcro hasta hoy”. No lo sabemos y tal vez es mejor así. La Iglesia, al menos, ha quedado libre de la adoración de las reliquias de sus huesos; y a este lugar desconocido de reposo podíamos dirigir las líneas finales del bello poema de la Sra. Alexander sobre la Tumba de Moisés:

 “¡Oh Tumba solitaria!:

Habla a estos curiosos corazones nuestros. Y enséñales a ser pacíficos.

Dios tiene Sus misterios de gracia. Caminos que desconocemos;

Él los esconde profundamente, como el sueño secreto De aquél a quien tanto ama.”

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