CAPÍTULO 4 PRUEBAS DOCUMENTALES ANTIGUAS
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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CAPÍTULO 4 PRUEBAS DOCUMENTALES ANTIGUAS

En 1907, la Chicago Indo-American Book Co. publicó un libro con el título de “La Crucifixión por un testigo ocular”. Este

libro contiene una carta descubierta en Alejandría en una casa propiedad de los esenios y ocupada por ellos. La carta fue escrita solo siete años después de la crucifixión, por un miembro muy respetado de la hermandad esenia en Jerusalén a sus hermanos de Alejandría. Fue escrita en respuesta a una carta del jefe o “terapeuta” de la hermandad de los esenios de Alejandría, que deseaba conocer la verdad sobre el rumor que les había llegado en cuanto a Jesús y su martirio, ya que sabían que era su hermano y vivía de acuerdo con sus reglas.

La carta demuestra que Jesús pertenecía a la “Hermandad de los Esenios”. El autor de la carta lo aseguraba a sus hermanos de Alejandría diciendo:

“Os hablo únicamente de las cosas que conozco y he visto por mis propios ojos, y he tomado un gran interés y parte activa en todas estas transacciones”. (p. 38-39)

Las tinieblas descienden sobre la tierra

Nos dice lo que sucedió cuando Jesús fue puesto en la Cruz y fue bajado de ella. La carta dice que, mientras Jesús estuvo en la Cruz,

“las tinieblas descendieron sobre la tierra y la gente regresó a Jerusalén”.

Continúa diciendo:

“Jesús lanzó un grito, en la angustia de su dolor, citando el Salmo veintidós y rogando a Dios que lo librara de su sufrimiento”. (p. 62)

Los terremotos

 La carta continúa diciendo:

“El calor continuó aumentando hasta hacerse más intenso e irresistible, y apareció un fuego en la tierra y el aire, como el que es esencial para la purificación de los elementos. Los Hermanos Esenios, gracias a su conocimiento de la naturaleza y sus elementos, sabían que se acercaba un terremoto, como había ocurrido anteriormente en los días de nuestros antepasados”. (p. 62)

“A medida que se acercaba la noche la tierra empezó a temblar violentamente, y el centurión romano quedó tan aterrorizado que oró a sus dioses celestes. La mayoría de las personas asustadas abandonaron rápidamente el lugar y volvieron a Jerusalén; y el centurión, que era un hombre noble de naturaleza compasiva, permitió a Juan conducir a la madre de Jesús cerca de la Cruz”. (p. 62)

“Cuando recomendó a Juan que cuidara de su madre, estaba oscureciendo, aunque la luna llena habría debido brillar en el firmamento. Desde el Mar Muerto se vio que se levantaba una niebla espesa y rojiza. Las cadenas montañosas que rodean a Jerusalén se agitaron violentamente, y la cabeza de Jesús se inclinó sobre su pecho. Cuando lanzó su último grito de angustia y dolor y murió, se oyó un sonido sibilante en el aire; y los judíos fueron presa de un

gran terror, ya que creían que los espíritus malignos que habitaban entre el cielo y la tierra se acercaban para castigar al pueblo. Fue el sonido extraño y poco habitual del aire que precede a un terremoto.

“Y al igual que los judíos consideraron todo esto sumamente sobrenatural, el centurión romano creyó entonces en la divinidad e inocencia de Cristo, y consoló a su madre. Queridos hermanos, nos habéis reprochado porque no salvamos a nuestro Amigo de la Cruz por medios secretos. Pero solo debo recordaros que la ley sagrada de nuestra orden nos prohíbe actuar públicamente e interferirnos en materia de Estado”. (p. 66)

José y Nicodemo

 La carta, al hablar del papel desempeñado por José de Arimatea al ayudar a Jesús, dice:

“Había un cierto José de Arimatea. Era un hombre rico y miembro del consejo, muy estimado por el pueblo. Era un hombre prudente y, aunque no parecía pertenecer a ningún partido, era secretamente miembro de nuestra orden sagrada, y vivía de acuerdo con nuestras leyes. Su amigo Nicodemo era un hombre sabio, y pertenecía al rango más alto de nuestra orden. Conocía los secretos de los “terapeutas” y se reunía a menudo con nosotros.” (p.66).

“Después del terremoto, y cuando muchas de las personas se habían marchado, José y Nicodemo se acercaron a la Cruz. Les informaron de la muerte del crucificado en el huerto de nuestros hermanos, no lejos del Calvario. Les pareció extraño que Jesús, que estuvo colgado menos de siete horas, hubiese muerto ya. No podían creerlo y rápidamente subieron al lugar. Allí encontraron a Juan solo. José y Nicodemo examinaron el cuerpo de Jesús, y Nicodemo, profundamente conmovido, llevó a José a un lado y le dijo: “Tan seguro como mi conocimiento de la vida y la naturaleza es que podamos salvarlo”. (p. 67)

“Nicodemo gritó: “Debemos hacernos inmediatamente con el cuerpo con los huesos sin romper, porque todavía puede ser salvado”. “Entonces, dándose cuenta de su falta de precaución, continuó en un susurro, “salvado de ser enterrado de manera infame”. (p. 68) Lo mantuvieron en secreto y no dijeron nada de ello a Juan”.

“Convenció a José para que no tuviera en cuenta sus propios intereses, y poder salvar a su amigo acudiendo inmediatamente a Pilato, insistiendo en que les permitiera retirar el cuerpo de Jesús de la Cruz aquella misma noche y ponerlo en el sepulcro, excavado en la roca cercana, y que pertenecía a José. Yo, entendiendo lo que quería decir, permanecí con Juan para vigilar la Cruz, e impedir que los soldados rompieran los huesos de Jesús”. (p. 68)

“El consejo judío ya había pedido a Pilato que diera la orden a los soldados para que rompieran los huesos a los crucificados, a fin de que pudieran ser enterrados”. (p. 69)

La carta continúa diciendo que inmediatamente después de que José y Nicodemo se hubieran ido, un mensajero llevó al centurión la orden de bajar los cadáveres y enterrarlos. El autor de la carta dice:

“Cuando llegó el mensajero, me apresuré a acercarme a él, esperando que José hubiera podido ver ya a Pilato, algo de lo que en realidad había pocas posibilidades. “¿Te envía Pilato?” “No vengo de Pilato, sino del secretario que actúa en lugar del gobernador para asuntos de poca importancia”.

“El centurión, observando mi ansiedad, me miró, y yo le dije amistosamente: “Has visto que este hombre que está crucificado es un hombre extraordinario. No lo maltrates, ya que un hombre rico del pueblo está ahora con Pilato para ofrecerle dinero por el cuerpo, a fin de poderlo enterrar decentemente”.

“Mis queridos hermanos, debo aquí informaros de que Pilato, a menudo, vendía los cuerpos de los crucificados a sus amigos, para que pudieran enterrarlos. Y el centurión fue también amistoso conmigo, dado que se había quedado convencido por los acontecimientos de que Jesús era un hombre inocente. Y, por tanto, cuando los dos ladrones fueron golpeados por los soldados con unos fuertes mazos, y les rompieron los huesos, el centurión pasó por delante de la Cruz de Jesús diciendo a los soldados: “No le rompáis los huesos, ya que está muerto”. (p. 70)

“Inmediatamente después de esto, un mensajero de Pilato se acercó al centurión y le dijo: “Pilato desea saber si Jesús está realmente muerto”. “Lo está”, dijo el centurión. “Por tanto, no le hemos roto los huesos. Para asegurarse de ello, uno de los soldados le golpeó con la espada el cuerpo de manera que pasó sobre la cadera entrando en el costado. El cuerpo no mostró ninguna convulsión y esto fue tomado por el centurión como signo seguro de que realmente estaba muerto; rápidamente se fue para presentar su informe”.

“Pero de la pequeña herida salió sangre y agua, algo que maravilló a Juan e hizo que renacieran mis propias esperanzas”. (p. 71)

Pilato entrega el cuerpo

 Hablando del éxito de la gestión de José y Nicodemo ante Pilato, la carta dice:

“José y Nicodemo volvieron apresurados. José, gracias a su reputación, había acudido a Pilato, y Pilato, después de recibir la información sobre la muerte del crucificado, entregó el cuerpo a José, sin recibir dinero alguno por ello. Y es que Pilato sentía una gran reverencia por José, y secretamente estaba arrepentido de su ejecución. Cuando Nicodemo vio la herida, de la que había salido agua y sangre, sus ojos se animaron con una nueva esperanza, y habló animadamente, previendo lo que iba a suceder. Se apartó con José de donde yo estaba, a cierta distancia de Juan, y le habló en tono bajo y apresurado:

“Queridos amigos, tened ánimo y pongámonos al trabajo. Jesús no está muerto. Solo lo parece porque está desfallecido.

“Mientras José estaba con Pilato, yo me apresuré a ir a nuestra colonia, y recogí las hierbas útiles para estos casos, pero os aconsejo que no digáis a Juan que esperamos reanimar el cuerpo de Jesús, no sea que no pueda ocultar su gran alegría. Y sería realmente peligroso si otras personas lo supieran, ya que nuestros enemigos nos matarían a todos nosotros con él”.

Jesús se cura

 La carta continúa hablando de las medidas tomadas para reanimar y tratar a Jesús:

“Después de esto, acudieron a la Cruz, y, de acuerdo con las prescripciones de la técnica médica, soltaron lentamente las ligaduras, sacaron los clavos de sus manos, y con gran cuidado lo colocaron en el suelo. (p. 73)

“A continuación, Nicodemo esparció unas especias fuertes y bálsamos medicinales sobre largos trozos de telas finas que había traído, y cuyo uso solo era conocido en nuestra orden. Con todo ello envolvió el cuerpo de Jesús, pretendiendo que lo hacía para impedir que el cuerpo se descompusiera hasta después de la fiesta, en cuyo momento sería embalsamado”.

“Estas especias y bálsamos tenían un notable poder de curación, y eran utilizados por nuestros hermanos esenios que conocían las reglas de la ciencia médica para la devolución del conocimiento a los que estaban desvanecidos, en un estado similar al de la muerte. E incluso cuando José y Nicodemo estaban inclinados sobre su rostro con sus lágrimas cayendo sobre él, le insuflaron su propio aliento, y le calentaron las sienes”. (p. 74)

“El cuerpo fue puesto entonces en el sepulcro hecho en las rocas, que pertenecía a José. A continuación, quemaron en la gruta áloe y otras hierbas reconfortantes y, mientras el cuerpo estaba echado sobre un lecho de musgo, todavía rígido e inanimado, colocaron una gran piedra frente a la entrada para que los vapores llenaran mejor la gruta”. (p. 75)

Sospechas de los judíos

 La carta continúa diciendo que Caifás, el sumo sacerdote de los judíos, que estaba ansioso por saber quiénes eran los amigos secretos de Jesús, envió a sus espías secretos. Sospechaba de Pilato por haber entregado a José de Arimatea el cuerpo sin ningún pago. José nunca se había interesado anteriormente por el caso de Jesús, pero ahora había cedido su propia tumba para el crucificado”. (p. 76)

Caifás, sabiendo que pensaban embalsamar el cuerpo, y esperando descubrir algún medio secreto para acusar a José y encerrarlo en prisión, envió de madrugada a algunos de sus vasallos armados a un valle oscuro cerca de la gruta en la que se encontraba el cuerpo de Jesús”. (p. 75).

El autor de la carta continúa diciendo:

“Mientras tanto, Nicodemo se apresuró en acudir conmigo a nuestros hermanos, y los más ancianos y sabios acudieron para hablar sobre los mejores remedios para devolver a Jesús a la vida. Los hermanos aceptaron inmediatamente enviar a un guardia a la tumba. Después de medianoche, y hacia la mañana, la tierra empezó a temblar de nuevo, y el aire se hizo opresivo. Las rocas se agitaron y agrietaron. Salieron llamaradas rojas de las grietas, iluminando la neblina rojiza de la mañana. Fue en verdad una noche espantosa. Los animales, horrorizados por el terremoto, corrían aullando y gritando en todas las direcciones. Los vasallos del sumo sacerdote estaban atemorizados, escuchando el silbido del aire y el rugido y los temblores de la tierra”. (p. 77)

“Uno de nuestros hermanos acudió a la tumba obedeciendo una orden de la hermandad, vestido con las vestimentas blancas del cuarto grado. Acudió por un camino secreto que atravesaba la montaña y llegaba a la gruta, y que solo conocía la orden. Cuando los tímidos vasallos del sumo sacerdote vieron al hermano vestido de blanco en la montaña, acercándose lentamente y oscurecido parcialmente por la niebla matinal, fueron presa de un gran temor y pensaron que un ángel descendía de la montaña. Cuando el hermano llegó a la tumba que debía custodiar, se apoyó en la piedra que había retirado de la entrada según las órdenes recibidas, después de lo cual los soldados huyeron y extendieron la noticia de que un ángel los había expulsado”. (p. 78)

Dentro del Sepulcro

 El autor registra a continuación lo que sucedió dentro de la tumba en donde habían depositado el cuerpo de Jesús.

“Treinta horas habían pasado ya desde la supuesta muerte de Jesús. Y cuando el hermano, al haber oído un ligero ruido dentro de la gruta, entró para comprobar lo que había sucedido, vio con alegría indescriptible que se movían los labios de aquel cuerpo, y que respiraba. Inmediatamente se acercó a Jesús para ayudarle, y oyó unos ligeros sonidos que subían de su pecho. La cara tomó un aspecto vivo, y los ojos se abrieron, contemplando atónitos al novicio de nuestra orden. Esto ocurrió justamente cuando yo salía con los hermanos del primer grado del consejo, con José, que había acudido a preguntar cómo prestar ayuda”. (p. 79)

“Nicodemo, que era un médico experimentado, dijo durante el camino, que la peculiar condición de la atmósfera causada por la revolución de los elementos era beneficiosa para Jesús, y que nunca había pensado que Jesús estuviese realmente muerto. Y continuó diciendo que la sangre y el agua que salieron de la herida eran un signo seguro de que la vida no se había extinguido. Conversando así, llegamos a la gruta precedidos por José y Nicodemo. En total, éramos veinticuatro hermanos de primer grado. Al entrar, observamos al novicio vestido de blanco arrodillado en el suelo cubierto del musgo de la gruta, apoyando la cabeza del revivido Jesús en su pecho.

“Y cuando Jesús reconoció a sus amigos esenios, sus ojos brillaron de alegría; sus mejillas se colorearon con un rojo pálido, y se sentó preguntando: “¿Dónde estoy?”. Entonces José lo abrazó, lo rodeó con sus brazos, le contó cómo había pasado todo, y cómo había sido salvado de la muerte por un profundo desvanecimiento, que los soldados del calvario habían pensado que era la muerte”. (p. 80)

“Y Jesús se admiró y se recuperó del todo; y alabando a Dios, lloró en el pecho de José. Entonces Nicodemo sugirió a su amigo que tomase algo, y comió algunos dátiles y un poco de pan mojado en

miel. Y Nicodemo le dio a beber vino, después de lo cual Jesús se sintió notablemente recuperado, por lo que él mismo se levantó. Entonces se dio cuenta de las heridas de las manos y del costado. Pero el bálsamo que Nicodemo había extendido sobre ellas tenía un efecto curador, y habían empezado ya a cicatrizar”.

Jesús escapa del Sepulcro

 La carta continúa relatando cómo Jesús fue llevado en secreto al exterior de la tumba. Dice:

“Una vez que hubieron sido retiradas las vendas y el sudario de su cabeza, José habló y dijo: “Este no es un lugar en el que debamos continuar, ya que aquí los enemigos podrían descubrir fácilmente nuestro secreto y traicionarnos”. Pero Jesús no estaba aún lo suficientemente fuerte como para andar lejos, por lo que fue llevado a la casa perteneciente a nuestra Orden, que está cerca del calvario, en el huerto que pertenece también a nuestros hermanos”. (p. 81)

“Otro joven hermano de nuestra Orden fue enviado inmediatamente para ayudar al novicio que había estado vigilando junto a la tumba de Jesús, para eliminar cualquier traza de las envolturas, y de las medicinas y drogas utilizadas.

“Cuando Jesús llegó a la casa de nuestros hermanos estaba débil y casi desvanecido. Sus heridas habían empezado a causarle dolor. Estaba profundamente conmovido por lo que consideraba un milagro. “Dios me ha resucitado” dijo, “para mostrar en mí lo que he enseñado, y yo mostraré a mis discípulos que estoy vivo””. (p. 82)

Jesús se reúne con los discípulos

La carta continúa contándonos que los amigos esenios tomaron todas las precauciones y cuidado por su seguridad, y lo ayudaron por todos los medios, a fin de que pudiera reunirse con sus discípulos en Jerusalén, en el valle de Messeda, en la casa de Lázaro en Betania, en Galilea y en el Monte Carmelo y otros lugares, y poder hablarles para fortalecer su fe y su trabajo. Sus conversaciones y charlas, y las noticias de que seguía vivo, causaron una gran conmoción entre el pueblo.

Se alarman los judíos

 Es evidente por la carta, que las sospechas de los judíos de que Jesús había sobrevivido a la Cruz quedaban confirmadas, e iniciaron renovados esfuerzos para terminar con él. La carta dice a este respecto:

“Un día Nicodemo llegó a nuestra Hermandad y nos trajo la información de que José de Arimatea había sido arrestado, y le atribuían falsamente fines criminales, por haber estado asociado en secreto con Jesús”. (p. 110)

José fue liberado posteriormente de la prisión gracias a los esfuerzos de la Santa Hermandad de Jerusalén.

Cuando Jesús estaba en el valle del Monte Carmelo:

“…los hermanos advirtieron a Jesús del peligro que corría, para que evitara a sus enemigos, y cumpliera así su misión. Y es que habían sido informados secretamente de que Caifás pretendía disimuladamente arrestar y matar a Jesús, ya que lo consideraba un impostor”. (p. 118)

“Y José habló a Jesús diciéndole:

“Sábete que las gentes que no entienden tu doctrina están pensando proclamarte rey mundano, para vencer a los romanos. Pero no debes perturbar el reino de Dios con la guerra y la revolución. Elige, pues, la soledad, descansa con los amigos esenios, y mantente seguro, para que tu doctrina pueda ser proclamada por tus discípulos”. (p. 120)

Y Jesús aceptó dirigirse a la soledad.

Jesús se exilia

 La carta continúa diciéndonos que la última vez que Jesús se reunió con sus discípulos,

…los llevó al lugar más querido para él, cerca de la cumbre del Monte de los Olivos, desde donde puede contemplarse casi toda la tierra de Palestina, “porque Jesús quiso una vez más contemplar el país en el que había vivido y trabajado”. (p. 153)

“…Y los discípulos elegidos creyeron que Jesús los llevaría a Betania. Pero los más ancianos de la Hermandad se habían reunido silenciosamente al otro lado de la montaña preparados para viajar con Jesús, tal como habían acordado.

Y exhortó a sus discípulos a que se mantuviesen contentos y firmes en su fe…

Oró por los amigos que estaba a punto de dejar y, levantando sus brazos, los bendijo. Y una niebla se levantó alrededor de la montaña, coloreada por el poniente del sol. Entonces los ancianos de la Hermandad de los esenios comunicaron a Jesús que lo estaban esperando, y que era ya tarde. Cuando los discípulos inclinaron sus rostros a tierra, Jesús se levantó, y rápidamente se alejó a través de la niebla. Cuando los discípulos se levantaron, vieron ante ellos a dos de nuestros hermanos con las vestiduras blancas de nuestra Hermandad, que les dieron instrucciones para que no esperaran a Jesús, ya que se había ido, con lo cual se apresuraron a bajar de la montaña”. (p. 124)

“Pero la desaparición de Jesús llenó a sus discípulos de una nueva esperanza y confianza, ya que ahora sabían que ellos eran quienes debían proclamar la palabra de Jesús, puesto que él, su muy amado, ya no volvería. Pero en la ciudad surgió el rumor de que Jesús había sido ascendido en una nube y había subido a los cielos. Esto fue inventado por las personas que no habían estado presentes cuando Jesús los abandonó. Los discípulos no contradijeron el rumor, ya que les servía para fortalecer su doctrina, e influía a las personas que querían un milagro, a fin de que creyeran en él”. (p. 125)

Muerto para el mundo

 La parte final de la carta hace una referencia significativa a un plan urdido para acallar las sospechas de los judíos y asegurar la huida segura de Jesús de su propio país a un territorio extranjero. Las palabras finales de la carta sobre Jesús intentan demostrar que solo José y Nicodemo habían estado tres veces con él en el lugar en que estuvo escondido.

…La última vez, cuando estaban en la sexta luna llena, “llegaron a nuestra Hermandad…

…con sus corazones profundamente apenados, ya que el elegido había sido llevado a las moradas celestiales del Padre. Y fue enterrado por el médico cerca del Mar Muerto”. (p. 127-128)

Según la carta, la Hermandad de los Esenios dijo a Jesús, cuando este insistió en acudir al pueblo para decirles que Dios lo había salvado:

“No estás seguro en este país, ya que te perseguirán. Por tanto, no vuelvas al pueblo para enseñar, ya que lo que has enseñado vivirá entre tus amigos para siempre y tus discípulos lo divulgaran al mundo. Quédate, te lo ruego, muerto para el mundo, vive en el retiro de la sabiduría y la virtud, desconocido para el mundo”. (p. 91-92)

Las circunstancias demostraron la sabiduría del citado plan. Se decidió, pues, que Jesús permaneciera “muerto para el mundo”.

En la carta se comprueba que la muerte de Jesús y su enterramiento no fueron contemplados por el mismo autor, y solo escribía lo que había oído, algo que probablemente le fue notificado por José y Nicodemo al planear que Jesús permaneciera “muerto para el mundo” a fin de que sus enemigos no lo persiguieran. Si esta afirmación sobre la muerte y enterramiento de Jesús hubiese sido realmente verdadera, al menos se habría encontrado alguna traza de su tumba en las cercanías del Mar Muerto durante los últimos siglos. De cualquier manera, queda claro como el agua, por la carta en cuestión, que Jesús no murió en la Cruz.

Comentarios del traductor alemán

 En sus observaciones finales, el traductor alemán dice:

“Esta carta contiene tantos acontecimientos interesantes, que se corresponden singularmente con la narración del Evangelio, y registrados sin aparente motivación por el autor de manera piadosa, sencilla y en absoluto entusiasmada”. (p. 133)

“Pero es particularmente importante el registro pormenorizado de los sufrimientos de Jesús y la manera en que se comportó en la Cruz. El Evangelio nos dice que Jesús murió realmente en la Cruz, y de ese modo sella su recuperación como un milagro, algo que el hombre inteligente considera un mito, y del cual extrae un significado alegórico. Pero en esta carta se nos informa de unos hechos en su simple representación, que contienen tantas cosas, que es probable, y con las circunstancias correspondientes, que sea realmente necesario creer en ellos”. (p. 140)

En la antigua carta se registra que no murió en la Cruz, sino que perdió el conocimiento. Incluso la manera en que Jesús pareció morir en la Cruz hace posible la probabilidad de una muerte aparente. En primer lugar, perdió muy pronto el conocimiento, por lo que incluso Pilato dudó de su muerte. En segundo lugar, teniendo en cuenta el sistema de crucifixión entonces existente, no era raro que el crucificado pudiese ser devuelto a la vida (p. 141).

Algunos historiadores de aquella época   también nos informan de que no era raro que los criminales crucificados fuesen resucitados después de bajar de la cruz. Se demuestra igualmente que aquellos desgraciados, de entre las naciones que no tenían la costumbre judía de impedir que el crucificado colgara de la cruz durante la noche, los colgaban a menudo durante ocho o nueve días antes de que la muerte pusiera finalmente término a sus espantosos sufrimientos. Cuando examinamos los métodos de la crucifixión que se aplicaron a Jesús, nos convencemos de que no era imposible que la vida le perdurara durante mucho tiempo. (p. 141-142)

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