En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
There is none worthy of worship except Allah, Muhammad is the Messenger of Allah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

El mayor problema que afecta al mundo del cristianismo actual no es tanto la falta de entendimiento como la falta de deseo y voluntad de aceptar la verdad. El cristianismo, tanto si es mítico como si es objetivo, se ha convertido en parte inseparable de la civilización occidental y ha jugado un papel importante en su colonización y conquistas imperiales. Apoya sus sistemas políticos y económicos y les proporciona una fuerza coherente y anexionadora que les mantiene unidos como una entidad poderosa y unida. Ha jugado un papel vital en la construcción y cimentación del complejo sistema sociopolítico y económico de Occidente. Lo que entendemos por civilización Occidental o imperialismo Occidental y su dominación económica, está impregnada de ciertos elementos cristianos. En su estado actual, el cristianismo parece más inclinado a servir a la causa material de Occidente que a su causa espiritual, mientras que en el pasado su papel estaba más en la dirección de apoyar las creencias cristianas y en fortalecer los valores morales.

El papel histórico más importante jugado por el cristianismo, de cualquier manera, ha consistido en fortalecer y realzar el imperialismo Occidental. La conquista de Oriente tuvo lugar con el fervor e ímpetu cristianos. De forma particular, las batallas luchadas contra el imperio musulmán se alentaron con fuerza mediante el odio cristiano hacia el islam.

El Cristianismo y el Colonialismo

Cuando el dominio colonial subyugó la casi totalidad del continente africano y quedaron los pueblos atados de pies y manos, obligados al sometimiento político, no tuvieron que esperar mucho para quedar también encadenados de arriba abajo, esclavizados económicamente. Las conquistas imperiales carecen de significado sin la subyugación económica de la gente. Detrás, pero no muy lejos de los personajes políticos y económicos, llegaron los sacerdotes cristianos, arropados de humildad y autosacrificio. Su propósito al visitar Africa parecía ser diametralmente opuesto a la de su vanguardia política y económica. No venían a esclavizar, decían, sino a liberar las almas de Africa. Sorprende que los africanos no se cuestionaran esta pretendida noble intención. ¿Por qué no preguntaron a los bondadosos líderes filántropos de la Iglesia por qué se compadecían de sus almas y únicamente de sus almas? ¿No veían cómo les habían esclavizado los cuerpos sin piedad? ¿Cómo se les había despojado gratuitamente de su libertad política? ¿Cómo se hallaban hundidos en las cadenas de la esclavitud económica? ¿Por qué no se compadecían de su estado de cautividad física y por qué sólo estaban interesados en liberar las almas de un pueblo esclavizado?

La contradicción inherente es obvia, pero ciertamente que no fue tan obvia para quienes cayeron presa de los designios cristianos. Africa es, en verdad, ingenua, y tan ingenua hoy como lo fue hace doscientos años. Incluso hoy día, los africanos no se percatan de la continuidad de sus esclavitud política y económica a través del sistema invisible -de control remoto- del neo-colonialismo. Aún no se han dado cuenta de que, para ellos, el cristianismo sólo es un medio de subyugación. Es como el opio que les ha inducido al profundo sueño del olvido. Les produce la sensación falsa de pertenecer al clan de sus soberanos al participar en algunas cosas al mismo nivel. Es la misma sensación de pertenencia que les ha conducido a imitar el estilo de vida tan costoso de occidente. Los árboles permanecen plantados en suelos foráneos, pero sólo se transportan al otro lado los frutos para quienes, de alguna manera, se han habituado a su sabor. Esto es un pequeño ejemplo de cómo el cristianismo se ha hecho siempre indispensable para la dominación económica e imperial de Occidente sobre el Tercer Mundo.

En el propio Occidente, al margen de que el hombre común entienda o no las complejidades del dogma cristiano, éste ve al cristianismo como parte integral de su cultura y civilización. Debe recordarse que la verdadera fuerza de los valores cristianos, dondequiera que perduran, no radica en su conjunto mítico de creencias, sino que radica en el énfasis que hace en la bondad, la simpatía y el servicio a la causa de los que sufren, y otros muchos valores que se han hecho sinónimos del cristianismo. Si bien estos valores son comunes a todas las religiones de la tierra y parecen ser el objetivo, establecido por la Divinidad, que debe alcanzar toda la humanidad, sin embargo, de alguna manera, la poderosa propaganda cristiana enfatiza continuamente estos roles en relación únicamente con el cristianismo, y, en consecuencia, ha conseguido convencer a un gran número de gente. Este mensaje de simpatía, solidaridad, bondad, y trato amable, encanta al oído con su suave melodía. Es este mundo romántico el que, en general, atrae a la gente a la fe cristiana. No obstante, a su lado pero divorciados de él, trabajan las duras realidades políticas y económicas del mundo occidental, subyugando al resto de la humanidad.

Parecería que las paradojas dogmáticas con las que los cristianos han de vivir, se hubieran transferido también, de alguna forma, a su comportamiento mundano. La bondad, la humildad, la tolerancia, el sacrificio y muchas otras nobles palabras, van de la mano con la crueldad, la opresión, la injusticia y el sometimiento en gran escala de las gentes indefensas de la tierra. Las normas de la justicia, la ley y el juego limpio parecen actuar como monedas válidas en el ámbito interno de las culturas occidentales. En el área de las relaciones internacionales, sin embargo, se consideran que son términos obsoletos y estúpidos a los que sólo el ingenuo tomaría en serio. La política internacional, la diplomacia y las relaciones económicas no conocen otra justicia que la que sirve al interés nacional. No se permite que los valores cristianos tengan competencia en la política y economía de Occidente. Esta es la contradicción más trágica de los tiempos modernos.

Cuando estudiamos la imagen que proyecta, el cristianismo sólo se presenta en la forma de una atractiva cultura y civilización occidental, que convoca al mundo de Oriente a una vida despreocupada y confortable de permisividad, a diferencia de los códigos generalmente rígidos de sus decadentes sociedades religiosas. Este mensaje de emancipación es normalmente malentendido por las masas semi-incultas del Tercer Mundo como algo sumamente atractivo. Añádase a esto la ventaja psicológica adicional de adquirir un sentido de pertenencia al mundo avanzado mediante la común unidad en la religión y se comienza a entender el verdadero papel del cristianismo a la hora de atraer, en gran número, a la gente oprimida y marginada, que se encuentra en los peldaños más bajos de su sociedad de clases. Queda fuera de su alcance entender el dogma cristiano. Sólo les sirve para elevar su status humanos, aunque sólo de forma falaz.

De lo anteriormente dicho, debe quedar claro que el cristianismo del que estamos hablando es un cristianismo totalmente alejado del cristianismo de Jesucristo. Pensar que la cultura occidental es cristianismo es un error manifiesto. Atribuir las formas presentes de cristianismo -en sus diversas esferas- a Cristo, equivale ciertamente a insultarle. Hay, por supuesto, excepciones a cualquier regla. Ninguna afirmación es aplicable en su totalidad a un grupo numérico importante. No hay duda de que hay un pequeño número de islas individuales de esperanza y vida en el mundo cristiano donde la sinceridad cristiana, el amor y el sacrificio se practican genuinamente. Estas son las islas de la esperanza alrededor de las cuales braman los océanos de la inmoralidad, que lenta y gradualmente corroen y finalmente alcanzan más y más orillas de estas islas. De no haber sido dotado el mundo cristiano de tales ejemplos brillantes de cristianismo practicado con el espíritu de Jesucristo, por muy escasos que sean y alejados que estén entre sí, una oscuridad total habría cubierto el horizonte de Occidente. Sin el cristianismo no habría luz en la civilización occidental, pero, por desgracia, esta luz también esta desvaneciéndose rápidamente.

Es esencial que el mundo cristiano retorne a la realidad de Cristo y corrija su identidad dividida y su hipocresía intrínseca. Continuar viviendo en un mundo de mitos y leyendas encierra grandes riesgos potenciales. El propósito principal de este ensayo es alertar al mundo cristiano de los peligros latentes que acechan al alejamiento progresivo entre su creencia y su práctica. Los mitos funcionan mientras sirven al propósito de subyugar a los grupos más bajos de la sociedad a la jerarquía de un sistema que les controla y explota su ignorancia manteniéndolos desinformados. Pero cuando se trata de las creencias, que juegan un papel fundamental en devolver la vida a un pueblo muerto, y en reconstruir sus valores morales que se encuentran en estado de progresiva degradación, tales mitos no sirven de nada. Son meras fantasías y las fantasías nunca juegan un papel significativo en los asuntos humanos.

El Nuevo Advenimiento de Jesucristo

La aplicación de las observaciones realizadas, puede ser ahora demostrada. La cuestión vital de la supervivencia actual de la humanidad gira alrededor de la imagen central de Jesucristo. Es absolutamente esencial, por tanto, entender su realidad ¿Quién fue y cuál fue el papel que jugó, en primer lugar, como Cristo, en la sociedad decadente del judaísmo? ¿Cuán seriamente hemos de tomar la promesa de su segunda venida en los últimos días? Estas son las cuestiones más importantes que hemos de responder.

Si la imagen de Jesucristo no es real y sólo es producto de la imaginación humana, entonces es imposible visualizar su re-advenimiento. Es así porque Jesús no fue un producto de la fantasía: era un hombre real y sólo como tal podría renacer como un niño humano, en lugar de descender como un fantasma que retorna a los mortales. Tales fantasías nunca visitan las realidades de la vida humana y la gente que vive entre mitos y leyendas, continúan haciéndolo sin tener nunca la oportunidad de reconocer a su redentor cuando éste llega.

Si Jesús fuera el “Hijo” de Dios, como los cristianos desearían que creyéramos, entonces, sin duda que retornaría con gloria, con las manos descansando sobre los hombros de ángeles reales. Pero si ésta es una mera fantasía romántica de las esperanzas y aspiraciones cristianas, entonces, como tal, este suceso no se producirá nunca. Nunca verá el mundo el extraño acontecimiento de un determinado dios que desciende de los cielos con forma humana y rodeado de un coro de ángeles que lo sostiene y canta sus alabanzas.

La propia idea resulta repulsiva para la lógica humana y la conciencia del hombre. Es el cuento de hadas más disparatado que se haya inventado jamás para adormecer las facultades de la gente. Por otra parte, si se aceptase el modo ahmadía de entender a Jesús, se reemplazaría este escenario fantástico por otro que no sólo es aceptable para el entendimiento humano, sino que se ve apoyado poderosamente por la totalidad de la historia religiosa de la humanidad. En este caso estaríamos esperando a un salvador que no sería diferente del Cristo del primer advenimiento. Esperaríamos a un hombre humilde, nacido de orígenes humildes como el Jesucristo del primer advenimiento, que comenzara su ministerio con el mismo estilo con el que lo hizo antes. Pertenecería a un pueblo religioso semejante al de los judíos de Judea, tanto en su carácter como en sus circunstancias. Estos, no sólo le rechazarían y le ignorarían por su declaración de ser el Reformador Prometido, al que esperaban como su Redentor enviado por Dios, sino que harían todo lo posible para aniquilarle. El volvería a revivir, de nuevo, toda la vida de Cristo y sería tratado con el mismo desprecio, arrogancia y odio. Sufriría una vez más, no a manos de su propio pueblo, sino a manos de las mismas fuerzas hostiles que se le opusieron antes. También sufriría a manos del poder imperial extranjero bajo cuya sombra nacería entre un pueblo esclavizado.

  1. D. Ouspensky, un destacado periodista ruso de comienzos del siglo veinte, escribe sobre el tema del re-advenimiento de Jesucristo, compartiendo prácticamente el mismo punto de vista:

No se trata en absoluto de una idea nueva la de que Jesucristo, si naciera de nuevo en la tierra, no sólo no sería el líder de la Iglesia Cristiana, sino que probablemente ni siquiera pertenecería a ella, y los períodos más brillantes de poder y fuerza de la Iglesia debieran ser declarados heréticos y quemados en la estaca. Incluso en nuestros días en que poseemos más información, cuando las Iglesias Cristianas tratan de desprenderse de sus aspectos anti-cristianos o al menos de ocultarlos, Cristo no habría podido vivir sin sufrir la persecución de los “escribas y fariseos” de algún lugar de la ermita rusa.[1]

Este es el único proceso verdadero por el que todos los mensajeros divinos y reformadores son elevados. Cualquier otro concepto distinto a este es falso, vacío y carente de sentido.

Siempre ha ocurrido que cuando llega el tiempo del cumplimiento profético de la llegada los reformadores prometidos, el pueblo para cuya redención han sido enviados rechaza aceptarlos. En ese momento de la historia ya han transformado la imagen de su reformador de la realidad a la fantasía. Esperan que aparezca una fantasía y se materialice, mientras que lo que ocurre es simplemente una nueva representación de la historia religiosa como ha ocurrido invariablemente desde el tiempo del primer reformador divino. Siempre aparecen como seres humanos humildes nacidos de madres humanas y durante su vida son siempre tratados como humanos. Es mucho después de su muerte cuando empieza su proceso de deificación. En consecuencia, se hace imposible su aceptación serena durante su posterior visitación.

Cuando estos pueblos religiosos se ven confrontados con las realidades de los reformadores divinos que siempre aparecen como seres humanos ordinarios y humildes, los rechazan por completo. Cuando uno espera que llegue un hada o que se materialice un fantasma ¿Cómo podría aceptar, en su lugar, la venida de un ser humano ordinario? Esta es la razón por qué el mundo ha fracaso en ver y reconocer el segundo advenimiento de Jesucristo, que ya ha tenido lugar.

Una gran afirmación, quizá, que lo más probable es que sea simple y llanamente rechazada por la mayoría de los lectores. ¿Como pudo Jesús haber llegado por segunda vez y haberse ido sin que el mundo tomara seriamente nota de ello? ¿Cómo pudo haber pasado desapercibido para el mundo del cristianismo y el islam? Los tiempos modernos han sido testigos de muchos de tales declarantes, que incluso llegaron a crear momentos de conmoción y tormentas en más de un vaso, pero ¿dónde están hoy? Vivimos en una época en la que, en muchos países, los cultos surgen como si fueran hongos y escuchamos, de vez en cuando, extrañas declaraciones en el sentido de que Jesús ha retornado o que ha enviado a su precursor. Esta afirmación nuestra podría quizá ser una de tantas ¿Por qué las personas serias habrían de perder su tiempo y dedicarnos su atención? Sin duda que se crearían dudas importantes y sería preciso enfrentarse a un grave dilema. Queremos solicitar el interés del lector para pedirle que visualice la situación en la que Jesucristo hubiera realmente venido. ¿Es su re-visitación sólo una fantasía o puede realmente retornar al mundo en persona o por poderes? Es esta una cuestión que ha de resolverse antes de que intentemos responder a las diversas dudas que antes hemos mencionado.

¿Está el mundo, sea cristiano o musulmán, en un estado psicológico y mental que le predisponga a aceptar el segundo advenimiento de Jesús? Si es así ¿de qué forma y manera? Cuando lo analizamos desde el punto de vista de ambos pueblos, musulmanes y cristianos, observamos que los dos creen que Jesús, si había de volver alguna vez, lo haría con tal gloria y signos tan claros, descendiendo del cielo en pleno día y con ángeles a su alrededor, que ni siquiera el más escéptico rechazaría aceptarlo.

Por desgracia, sólo es aceptable para el mundo de hoy un Jesús de fantasía, un Jesús cuyo semejante nunca vino antes en toda la historia de la humanidad. Si la historia religiosa ha de tomarse en serio, uno encuentra decenas de ejemplos en los que se dice que los fundadores de religiones u otros santos ascendieron con su cuerpo al cielo. Estas afirmaciones son tan comunes y extendidas que parece que exista una tendencia universal del hombre a confeccionar dichas historias para elevar y superhumanizar a sus líderes religiosos. La cuestión es cómo podemos desmentir todos estos informes que son aceptados y creídos por casi mil millones de personas en el mundo de hoy. Sólo los cristianos y los musulmanes que creen en estos y otros sucesos inauditos suman más de dos mil millones. Por tanto, el lector puede preguntarse qué derecho tenemos nosotros u otros cualesquiera en el mundo para rechazar tales creencias por irreales e imaginarias. Estamos de acuerdo en que si lo examinamos desde este ángulo, se requiere un pesado esfuerzo para refutar que dichas afirmaciones estén apoyadas por las escrituras de las religiones que las abrigan. Una vez que nos introducimos en este laberinto de interpretaciones posibles y alternativas, acabamos diciendo que se trata de una cuestión de elecciones y preferencias. Luego se convierte en el juego personal de interpretar las escrituras o la historia religiosa conocida como algo literal o metafórico. Entrar en este cenagal de explicaciones conflictivas no sirve a ningún propósito. Sin embargo existe una salida a este esfuerzo oneroso que deseamos mostrar a los lectores para invitarles a seguirla o rechazarla según deseen.

Por motivos argumentales supongamos que aceptamos las declaraciones de que los líderes religiosos han ascendido al cielo y las tomamos en sentido literal. Si hemos de tratar el caso de la narración de la ascensión de Jesucristo en sentido superficial, y hemos de interpretar como literal y auténtica su segunda venida, no hay razón por la que debamos rechazar aceptar otros casos similares en el mundo. ¿Por qué hacer excepción con Elías, el Rey de Salem, el Doceavo Imam de la facción chiíta del islam o la ascensión de los dioses hindúes, u otros santos semejantes o los llamados personificaciones de Dios? Es más seguro, por tanto, evitar entrar en estos debates vanos e improductivos con quienes mantienen creencias similares. Podríamos preguntar a todos estos creyentes crédulos de la fantasía si pueden señalar un sólo retorno, en persona, de quienes se dice que desaparecieron ascendiendo a los remotos escondrijos del cielo. ¿Puede la historia humana, en su totalidad, presentar un sólo caso de retorno corporal a este mundo, de alguna persona que la que se dijera que ascendió corporalmente al cielo? Que nos lo muestren, si existe alguno.

Cuando observamos la ausencia total de cumplimiento literal de tales afirmaciones, nos quedan dos alternativas. O bien rechazar tales declaraciones por fraudulentas, o bien aceptarlas sólo desde el punto de vista metafórico, como hizo el mismo Jesús en el caso de la segunda venida de Elías. Queda claro pues, que quienes esperan el descenso literal de Jesús del cielo han creado una barrera entre ellos mismos y la realidad de Jesús. Si Jesús vuelve de nuevo, vendrá sólo como un ser humano al igual que todos los reformadores divinos esperados antes que él. Si apareciera hoy como una persona humilde ordinaria, nacida en una tierra similar a la de Judea en Palestina y se le encargara desempeñar el mismo papel que jugó en su primer advenimiento, ¿sería tratado por la gente de dicha tierra de manera distinta a la que fue tratado antes?

El Mesías Prometido

Tal es el caso del segundo advenimiento del Mesías en el que nosotros creemos. Ocurrió hace alrededor de cien años. Un hombre humilde de Dios, con el nombre de Mirza Ghulam Ahmad de Qadian, fue informado por Dios que Jesús de Nazaret, Hijo de María, cuya segunda venida literal estaba siendo esperada por ambos, cristianos y musulmanes, fue un profeta especial de Dios, que falleció como todos los demás profetas de Dios. Hazrat Mirza Ghulam Ahmad declaró que Jesús no se hallaba corporalmente vivo y que nunca fue ascendido corporalmente a ningún espacio celestial en espera de su retorno a la tierra. Murió como todos los demás profetas de Dios y no fue más que un profeta. La segunda venida de Jesucristo -una creencia común para los cristianos y los musulmanes por igual-, se le dijo, iba a tener lugar espiritualmente y no literalmente. Como tal, se le informó que Dios le había suscitado a él en cumplimiento de aquella profecía.

Mirza Ghulam Ahmad pertenecía a una familia noble del Punjab. Las ambiciones de su familia tenían que ver, sobre todo, con la edificación de la fortuna y honor familiar, pero él se distanció de estos anhelos mundanos y dedicó la mayor parte de su tiempo a la adoración de Dios y los estudios religiosos. Fue un hombre casi perdido para el mundo, apenas conocido incluso en la pequeña población donde nació. Después, lentamente, comenzó a surgir en el horizonte religioso de la India como un valiente campeón por la causa del islam. Se hizo conocido como un hombre santo de tal renombre, que no sólo se ganó el respeto de los musulmanes sino también de los seguidores de otras religiones. La gente comenzó a presenciar en él a un hombre en comunión con Dios, cuyas oraciones eran escuchadas, cuya preocupación sincera y profunda por la humanidad y por el sufrimiento de la gente quedaba fuera de toda duda.

El islam, en aquel período de la India, se encontraba, por desgracia, en un estado lastimoso. Era el blanco de los misioneros cristianos, quienes, de acuerdo con la política del Imperio británico, lanzaban una campaña mordaz no sólo contra las enseñanzas islámicas sino también contra el Santo Fundador del islam. De igual manera tuvieron lugar en el hinduismo, la mayor religión de la India, movimientos extremadamente ambiciosos cuyo objetivo tenía dos vertientes: revivir la cultura y práctica hindú y eliminar a los musulmanes y al islam de la India, definiéndolos como extranjeros que carecían del derecho a seguir asentados en su suelo. Los más agresivos de entre ellos eran el Movimiento de los Arya Samaj, que fue fundado por Pandit Swami Dyanand Sarsuti (1824-1883) en el año 1875. Ello motivó aún más a Hazrat Mirza Ghulam Ahmad a iniciar un extenso estudio investigador en comparativa religiosa, en defensa del islam.

Sus estudios reforzaron aún más su creencia en la superioridad de las enseñanzas del islam. Quedó impresionado por la clara aproximación del Corán a los problemas del hombre. Descubrió que el Corán, cuando presenta una instrucción para la conducta humana, no se detiene arbitrariamente en dicha instrucción, sino que continúa aportando poderosos argumentos lógicos, apoyados por la evidencia, en el sentido de que la dirección prescrita es la opción más apropiada en el contexto señalado.

Esto le permitió, finalmente, liderar la causa del islam, que en aquellos momentos se hallaba totalmente indefenso, y cumplimentó así la acuciante necesidad que el islam de la India presentaba en aquel tiempo. Inició su vida pública manteniendo debates y diálogos religiosos a pequeña escala que gradualmente fueron extendiéndose a círculos más amplios. Su fama de ser el proponente más importante y competente de la causa del islam comenzó a extenderse a lo largo y a lo ancho.

Fue en ese período de tiempo cuando comenzó a escribir uno de los trabajos religiosos más grandes que a lo largo de su vida emprendiera. Su libro Brahin-e-Ahmadiyya lo había planeado publicar en cincuenta volúmenes pero, debido a los sucesos tumultuosos que rodearon su vida a partir de aquellos momentos, sólo pudo publicar los cinco primeros volúmenes, siéndole imposible en lo sucesivo concluir esta tarea erudita. Sin embargo y en consecuencia, escribió muchos otros libros en respuesta a los dictados del tiempo. Sus obras cubrieron prácticamente por completo el tema que originalmente intentó tratar y muchas otras materias. De hecho, hizo mucho más que cumplir su promesa aunque no con el mismo título. Es sorprendente ver como pudo dar a luz a un trabajo literario tan amplio, escrito en su casi totalidad por su propia mano, sin apenas ayuda administrativa. El número de libros, epístolas y tratados que escribió suman unas ciento diez obras. No fueron sólo sus obras literarias las que le ganaron un reconocimiento amplio en todo el Subcontinente, sino que fueron sus altas cualidades espirituales las que, primordialmente, le hicieron ganar su extensa fama y respeto.

Fue en este momento crepuscular de creciente y progresiva reputación cuando Dios le designó que asumiera la gran responsabilidad de ser el reformador de los últimos días según esperaban y aguardaban la mayoría de las religiones del mundo. Desde el punto de vista musulmán era el Al-Mahdi, el Reformador con la guía divina. Desde la expectativa de cristianos y musulmanes, fue elevado al status de Mesías Prometido, a fin de cumplir las profecías del segundo advenimiento de Jesucristo. Sin embargo, esta designación le supuso perder toda la fama y popularidad que había ganado previamente. Hazrat Mirza Ghulam Ahmad, el reformador espiritual de la época nombrado por Dios, fue abandonado de inmediato y fue rechazado por los seguidores de ambas fes, y, sobre todo, por los propios musulmanes de la India, cuya causa había defendido de forma tan competente y vehemente.

Para él supuso, casi, un nuevo nacimiento espiritual. Tal como si hubiera venido sólo al mundo, así hubo de iniciar una nueva vida como un sólo hombre en el mundo de la religión, prácticamente abandonado por todos los que le rodeaban. Se le aseguró repetidamente el apoyo y socorro Divino a través de diferentes revelaciones que recibió en medio de un período de intensa hostilidad: “Ha llegado un amonestador al mundo y no ha sido aceptado, pero Dios le aceptará y establecerá su verdad mediante signos poderosos”. En otro momento, se le reveló: “Haré llegar tu mensaje hasta los últimos rincones de la tierra”.

Estas son algunas de las primeras revelaciones que le proporcionaron sostén durante el estado de desolación y rechazo total que sufrió a manos de sus oponentes. Han pasado más de cien años desde entonces, y el cuadro que ha surgido, de forma lenta pero firme, corrobora plenamente sus declaraciones y profecías así como la verdad de sus revelaciones.

Aquel hombre solo, hoy ha crecido en diez millones de personas en todo el mundo, en ciento treinta y cuatro países distribuidos en los cinco continentes. Su mensaje ha llegado a los rincones de la tierra, del lejano oriente al remoto occidente. Es aceptado como el Líder Guiado Prometido y Mesías Prometido en su segundo advenimiento, en América, Europa, Asia, e incluso en las islas distantes del sudeste del Pacífico como las islas Fiji, Tuvalu Salomón etc. A pesar de ello, sus seguidores podrían ser descritos como un pequeño estanque, insignificante en volumen, si se comparan con el gran océano del mundo cristiano.

Describir el relato de los logros del Movimiento de Hazrat Mirza Ghulam Ahmad requeriría un espacio mucho más extenso que el que disponemos aquí, pero es esencial reseñar que ningún otro movimiento religioso en los tiempos modernos ha progresado y se ha extendido tan rápidamente y con un paso tan firme. No es un culto ni una moda o manía popular. Es un mensaje serio, un trabajo cuesta arriba que exige gran esfuerzo y disciplina a aquellos que se aventuran a seguirlo. Quienes lo siguen lo hacen a costa de aceptar graves responsabilidades que han de cumplir a lo largo de toda su vida. Es una comunidad casi tan austera como lo fue la primitiva sociedad de los Esenios. Aceptar a Hazrat Ahmad y su declaración de ser el Mesías Prometido no es simpatizar con lo romántico sino que se trata de un compromiso de por vida. Quienes se inician en esta Comunidad han de privarse de la mayoría de los placeres vanos, aunque no al estilo de los ascetas y los ermitaños, sino con la convicción profunda, el compromiso, la satisfacción y el gozo del corazón que les capacita para sacrificarse y perseverar en su causa con el mayor grado de magnificencia. El ha creado una comunidad universal que no tiene igual en sus sacrificios económicos, donde todo miembro con ingresos se compromete a pagar, como mínimo, un dieciseisavo de sus ganancias hacia su noble causa. El espíritu de sacrificio voluntario y la cantidad de trabajo espontáneo que se realiza en todo el mundo es verdaderamente sorprendente. Y todo ello se hace sin que exista la más mínima coacción. Quienes son capaces de poner su parte en el trabajo o en las ofrendas económicas se consideran a sí mismos afortunados de poderlo hacer.

Es una comunidad que es completamente independiente en sus aspectos financieros. El sistema universal de contribución voluntaria se viene ejercitando desde los últimos cien años con una pureza e integridad moral extraordinarias. En ello radica el secreto de su éxito a la hora de mantener su independencia frente a las influencias externas durante más de un siglo. Esto, sin embargo, constituye sólo un ángulo de observación. Si consideramos las cualidades de sus seguidores desde otros puntos de vista contemplamos un escenario no menos fascinante. Se trata de una comunidad que destaca por su moral y coexistencia pacífica, por su amor solidario y profundo respeto por los valores humanos. Es una comunidad religiosa sumamente admirada en todo el mundo por su respeto a la ley y su consideración por las relaciones humanas decentes de cualquier religión, color o credo.

Al lector que piense que nos hemos desviado a un itinerario que no tiene relación con el tema de nuestro discurso, permítaseme señalarle, respetuosamente, que es dicho lector quien ha perdido el hilo. La importancia de esta discusión puede mejor ser entendida a la luz de la profunda observación que hizo Jesucristo cuando dijo que “a un árbol se le reconoce por su fruta[2]“.

Si alguien esta interesado seriamente en determinar la autenticidad de la demanda de Hazrat Mirza Ghulam Ahmad, éste es el mejor y más serio criterio. Por este canon se puede juzgar si él es realmente el Mesías Prometido cuyo advenimiento había sido predicho no sólo por Jesucristo sino también por el Santo Fundador del islam. Descubrir el modo de ser de los seguidores que ha generado y cómo les ha afectado el paso de todo un siglo podría ser un ejercicio provechoso. Podría surgir también la pregunta de si fueron tratados por la época de forma similar a los seguidores de Jesucristo en el primer siglo de la cristiandad. También debería plantearse cuál fue la actitud de Dios hacia él ante los varios intentos de aniquilarle y exterminarle, tanto a él como a su Comunidad. ¿Ha estado la determinación Divina a favor o en contra de esta Comunidad perseguida? Al igual que los primeros cristianos ¿han experimentado los seguidores de Hazrat Mirza Ghulam Ahmad el mismo apoyo permanente de Dios frente a todas las dificultades­? Si cada vez que eran triturados bajo el molino de la persecución, en vez de salir pulverizados, surgían, por el otro extremo, más grandes que antes y más poderosos y más respetados, entonces, obviamente, la reivindicación de tal demandante no puede ser excluida trivialmente. Deja de ser la pretensión inverosímil de un loco o la tela de araña imaginaria de la fantasía de un soñador efímero. El Ahmadíat se ha convertido en una realidad que ha de ser considerada seriamente en un horizonte mucho más amplio que el que tuvo el cristianismo a finales de su primer siglo.

Aquí está un Mesías que constituyó un hecho en la historia y no fue un producto de la ficción. Aquí está un Mesías cuyo readvenimiento fue tan real como lo fue su primera aparición como líder nombrado por Dios. Depende de la gente de esta época elegir si desean continuar viviendo en un mundo de leyendas y fantasías y aguardar eternamente a los reformadores prometidos de sus religiones y credos, o aceptar las duras realidades de la vida. Debemos estar de acuerdo en una cosa, y es que muchos líderes religiosos han sido elevados de la escala humana común al rango de las deidades. Muchas veces se ha imaginado que los líderes religiosos ascendieron al cielo para aguardar, en algún receso recóndito del espacio, su segunda visita al planeta tierra. No hay razón por la que debamos aceptar una de tales afirmaciones y rechacemos las otras, porque se trata de meras afirmaciones sin ninguna prueba positiva científica que apoye su validez. Por tanto, no hay otra opción que, o aceptar todas, o rechazarlas en su totalidad. Este sería el único proceder justo y honesto. Una cosa es cierta: una vez que se marcharon de la tierra y de su existencia terrenal -al margen de cómo sus seguidores creen que lo hicieron- nunca, en toda la historia de la humanidad, nadie retornó a la Tierra. Igualmente, también es irrefutable que todos aquellos teólogos y líderes espirituales que han sido elevados al status de deidades o partícipes de Dios, comenzaron sus vidas como seres humanos ordinarios y humildes y vivieron hasta su muerte la vida de un humano. Fueron únicamente sus seguidores los que los convirtieron en dioses. Pero recordad que ninguno de ellos demostró su rol en el control de la naturaleza: siempre ha habido una Única mano que aparece gobernando las leyes de la naturaleza. El espejo de los cielos y las leyes de la naturaleza a cualquier nivel reflejan el rostro de un Dios y un sólo Dios. Dice el Santo Corán:

(árabe)

Y dicen: “El Dios Clemente ha tomado para Sí un hijo”. ¡En verdad habéis hecho algo ciertamente monstruoso!. Poco falta para que, ante ellos, los cielos se desplomen, la tierra se abra y las montañas se derrumben en pedazos, porque adscriben un hijo al Dios Clemente, cuando no corresponde al Dios Clemente tomar un hijo para Sí. (19: 89-93)

[1]. P.D. Oupensky, “Un nuevo Modelo de Universo”, p.149-150, Kegan Paul, Trench, Trubener&Co. Ltd 1938

[2]Haz bueno a un árbol y su fruta será buena, o haz a un árbol malo y su fruta será mala, pues al árbol se le reconoce por su fruta (Mateo 12:33)

Share via