En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Antes de dirigirnos a la descripción bíblica de los hechos relacionados con Cristo y su crucifixión, quizá no esté fuera de lugar mencionar, brevemente, cuál es el punto de vista musulmán Ahmadía respecto a lo que ocurrió durante y después de la crucifixión de Jesucristo. Trataremos ahora el tema de forma sucinta, para luego entrar en una discusión detallada.

Creemos que la crucifixión de Jesús constituyó un intento de atentado contra su vida, como cualquier tentativa de asesinato. La crucifixión fue sólo el arma empleada en esta tentativa criminal. Sin embargo, el designio de crucificarle fracasó en el intento de causarle la muerte. Ello equivale a decir que fracasaron en crucificarle. Cuando lo expresamos así, lo hacemos exactamente de la misma manera que lo haríamos en cualquier otro caso de intento de asesinato. Si el intento se realiza contra la vida de alguien y el intento fracasa, no se puede afirmar que la deseada víctima haya sido asesinada. Por ejemplo, si tal tentativa se hace con una espada, y la tentativa falla, nadie podría afirmar que la víctima deseada fue atravesada por la espada. Así pues, nosotros, los áhmadis musulmanes, creemos que sólo se intentó acabar con la vida de Jesús, y que la crucifixión fue el instrumento de esta tentativa de crimen. Después de unas pocas horas de intenso sufrimiento sobre la cruz y antes de que la muerte le llegara, fue descendido de la cruz en estado de coma profundo, del que fue reanimado más tarde. Dado que ningún estado permite que una persona condenada a muerte tenga cobertura legal y protección garantizada para su vida si consigue, de alguna forma, escapar de la ejecución -y así ocurría con la ley romana-, no existía inmunidad disponible para Jesús a partir del punto de la crucifixión. Ello proporcionó a Jesús motivo suficiente para escapar del territorio romano a una tierra de libertad. Pero él también tenía un mandato que realizar y una profecía que cumplir. Se trataba de las ovejas perdidas de Israel, quienes, tras su éxodo bajo las invasiones de Roma y Babilonia, quedaron dispersas en varios lugares de Oriente y estaban aguardando su ministerio. Esta era la otra razón poderosa que hizo que Jesús emigrara de la tierra de Judea a aquellas regiones extranjeras en las que los judíos se habían establecido desde hacía varios siglos. Esto es suficiente de momento en lo que respecta a nuestra argumentación.

Quisiera dejar claro el siguiente punto a aquellos que nos exigen pruebas en favor de la muerte natural de Jesús después de que fuera salvado de la cruz. Desplazan el peso de la prueba sobre nosotros sin justificación. Existen fenómenos naturales que son conocidos por el hombre y universalmente entendidos. Sabemos que la vida del hombre sobre la tierra no se extiende más allá de ciento cincuenta años como mucho, ciertamente no llega a vivir más de mil años. Es una experiencia común la relativa al lapso de vida humana sobre la tierra. Si alguien piensa que ha ocurrido algo que contradice esta regla, la responsabilidad de probarlo recae sobre sus hombros y no sobre los de quien cree en la regla en lugar de la excepción. Esto debería aplicarse a la situación que rodea la vida y la muerte de Jesucristo. Quienes creen que no murió deben aportar la prueba. Aquellos que afirman que debió finalmente morir, sólo siguen las leyes de la naturaleza y no se les debe exigir que, además, lo prueben. De otra manera, cualquiera podría afirmar que su tatarabuelo no ha muerto. Si tal demandante va desafiando a todos a que prueben lo contrario ¿cuál sería su reacción? ¿Cómo podría responder a su reto el pobre oyente? Lo único que podría decir es que las leyes de la naturaleza operan sobre todo ser humano sin excluir a ninguno. Por lo tanto si alguien hace declaraciones en contra de las leyes de la naturaleza, a él corresponde la responsabilidad de probarlo. Esta es la primera respuesta, pero trataré, humildemente, de dejar las cosas más claras desde otro punto de vista.

Cualquiera que fuera su relación con Dios ¿era irremediable que Jesús muriera? Los mismos cristianos creen que, en efecto, murió. Si el hecho de morir estuviera en contra de su naturaleza, es evidente que ello no podría ocurrir. No obstante todos estamos de acuerdo en que murió, al menos en una ocasión. La parte restante de la pregunta es la relativa a cuándo murió. ¿En la cruz o posteriormente?

El Signo de Jonás

Podemos probar a partir de la Biblia que Dios no le abandonó y le salvó de la muerte innoble sobre la cruz. Esto puede ser estudiado a la luz de los hechos relativos al período anterior de la Crucifixión, así como por los hechos de la misma Crucifixión y los que la sucedieron, tal como son relatados por el Nuevo Testamento.

Mucho antes de ese incidente, Jesús había prometido que no les sería mostrada al pueblo otra señal salvo la señal de Jonás.

Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos, y le dijeron: Maestro quisiéramos ver una señal tuya. El respondiendo les dijo: La generación mala y adúltera busca una señal, pero no les será dada más señal que la de Jonás el Profeta. Porque como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches, en el corazón de la tierra. Los ninivitas se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque hicieron penitencia a la predicación de Jonás,y hay aquí algo más que Jonás”. (Mateo 12:38-41)

Por lo tanto antes de determinar lo que le ocurrió a Jesús, debemos entender lo que le ocurrió a Jonás, ya que Jesús afirmó que el mismo milagro se repetiría. ¿Cuál era el signo de Jonás? ¿Murió acaso en el vientre del cetáceo y fue más tarde resucitado de entre los muertos? Existe unanimidad entre todos los cristianos, judíos y musulmanes en la idea de que Jonás no murió en el vientre del pez. De forma precaria se mantuvo entre la vida y la muerte y fue milagrosamente salvado de esa situación, cuando cualquier otra persona en su lugar hubiera muerto. Sin embargo, en su caso, determinadas leyes sutiles de la naturaleza, bajo el comando divino, debieron actuar concertadamente para salvarle la vida. Recordemos que no estamos debatiendo el hecho de si eso era o no posible. Sólo queremos indicar que cuando Jesús señaló que lo mismo que lo que le ocurrió a Jonás le ocurriría también a él, sólo pudo significar que lo que todos entendieron que ocurrió en el caso de Jonás, también le ocurriría a él. Nadie de entre el todo el mundo del judaísmo, tanto si se hallaba en la tierra de Judea como en cualquiera otra parte donde los judíos se habían dispersado y establecido, habría recibido un mensaje distinto de esta afirmación de Jesús. Todos creían que Jonás, de manera milagrosa o de cualquier forma, sobrevivió durante tres días y tres noches en el vientre del pez, y no murió -ni un instante- en ese período. Evidentemente, tenemos nuestras reservas respecto a este punto de vista. La historia que menciona el Santo Corán de Jonás no menciona en ninguna parte que fueran tres días y tres noches de tribulaciones las que sufrió Jonás en el vientre del pez. Sin embargo, volvamos al caso en cuestión y tratemos de elucidar las verdaderas similitudes que fueron predichas por Jesucristo, referentes a Jonás y a si mismo. Estas similitudes hablaban claramente de que pasaron tres días y tres noches en circunstancias extremadamente precarias y de un restablecimiento milagroso ante una muerte cercana. No hablaban de un retorno a la vida desde la muerte. Lo mismo, afirmó Jesús, ocurriría en su caso.

La Promesa de Jesús a la Casa de Israel

La segunda evidencia importante es que Jesús dijo a su gente que las ovejas de la casa de Israel que vivían en Judea y en sus alrededores no eran las únicas ovejas, y que él no fue enviado por Dios sólo para ellas sino también para otras ovejas del mismo rebaño. De la misma manera que había venido para salvarlas, se dirigiría a las otras para salvarlas también.

Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. (Juan 10:16)

Ahora bien, de acuerdo con el común conocimiento, en el tiempo transcurrido entre su promesa y la Crucifixión, nunca abandonó la tierra de Judea para dirigirse a ningún otro lugar. La cuestión es que si Jesús ascendió al cielo para toda la eternidad, ¿habían ascendido antes al cielo también las ovejas perdidas de Israel? Los cristianos creen que tras haber sido descendido de la cruz como muerto, su alma retornó a su cuerpo después de unos tres días, y después fue visto ascender a las nubes y desaparecer entre los escondrijos ignotos del cielo, para llegar finalmente al trono de su Padre y sentarse a su diestra por los siglos de los siglos. Si esto fuera cierto, nos veríamos enfrentados a un grave dilema. Nos veríamos obligados a tomar elección entre dos posiciones: una, la adoptada por el mismo Jesús y la otra la adoptada por sus seguidores. Las dos posiciones están tan en desacuerdo que aceptar una de ellas equivale a negar completamente la otra. Si Jesús era veraz, como creemos que lo era, antes de ascender al cielo debió haber recordado su propia promesa y solicitado algún tiempo adicional a Dios Padre para quedarse en la tierra a fin de poder dirigirse a las naciones donde, antes que él, la mayoría de las tribus israelitas habían emigrado y se habían establecido. No podía ascender al cielo sin romper su promesa y responsabilidad, mancillando y dañando de forma irreparable su imagen de dios perfecto y hombre perfecto. Si, al contrario, consideramos que tienen razón los teólogos cristianos, y se acepta que Jesús olvidó realmente su compromiso con la Casa de Israel y se dirigió directamente a los cielos, deberíamos concluir, con pesar en el corazón, que los teólogos cristianos están en lo cierto pero ¡ay! el cristianismo resulta que es falso, ya que si se prueba que Jesús es falso, el cristianismo no puede ser verdadero.

Nosotros creemos que Jesús era un verdadero Profeta de Dios y no pudo hacer una promesa falsa. Lo que quiso significar con las “ovejas perdidas” eran las diez tribus de Israel, que habían emigrado anteriormente de Judea y se habían dirigido a tierras remotas del Oriente. Su promesa, por tanto, era que no sería matado en la cruz sino que se le concedería una vida larga para ejercer su misión y que no era un profeta sólo para las dos tribus israelitas que vivían en su entorno, sino para todos los israelitas en conjunto. Las dos evidencias asociadas ofrecen una señal positiva de lo que iba a acontecer a Jesucristo tras la Crucifixión.

Sucesos de la Crucifixión.

Otro punto importante en relación con este tema es el relativo a la fecha y la hora fijados por Pilatos para llevar a cabo la Crucifixión. Incluso antes de que fijara la fecha y hora sabemos de otras circunstancias, que no nos sorprende creer, jugaron un papel importante respecto a su decisión final. Sabemos, en primer lugar, a través del Nuevo Testamento, que la esposa de Pilatos estaba en contra de que su marido dictara sentencia contra Jesús, influenciada por el sueño que tuvo la noche anterior al juicio contra Jesucristo.

Se hallaba tan aterrorizada por efecto de dicho sueño -que la convenció de que Jesús era absolutamente inocente- que decidió que era preciso alterar el procedimiento del tribunal para hacer llegar a su marido el mensaje de su sueño (Mateo 27:19). Quizá fuera esta protesta urgente de su mujer la que hizo que Pilatos escenificara su absolución de la responsabilidad de condenar a Jesús.

Viendo, pues, Pilato que nada conseguía, sino que el tumulto cada vez crecía más, tomó agua y se lavó las manos delante de la muchedumbre, diciendo: Yo soy inocente de la sangre de este hombre. ¡Es vuestra responsabilidad! (Mateo: 27:24-25)

Ello equivalía a una confesión de su parte en el sentido de que Jesús era ciertamente inocente y que la compulsión a la que se veía sometido era la causa de la cruel sentencia. Queda claro a partir del Nuevo Testamento que la poderosa comunidad judía se había confabulado contra Jesús y se hallaba determinada a castigarle. Cualquier decisión de Pilatos en contra de los deseos judíos hubiera acabado en una alteración grave de la ley y el orden. Esta era la coacción a la que se vio sometido Pilatos, que le hizo sentirse indefenso y que fue expresada en el acto de lavarse las manos.

Pilatos hizo, además, otra tentativa para salvar a Jesús. Ofreció a la multitud enfurecida la elección de salvar, o bien la vida de Jesús, o bien la de un célebre criminal llamado Barrabás (Mateo: 27:15-17). Todo esto nos proporciona una pista significativa sobre el estado mental de Pilatos en aquel momento. Era, obviamente, contrario a la idea de sentenciar a Jesús. En este estado psicológico decidió fijar el viernes por la tarde como fecha y hora de la ejecución. Lo que ocurrió realmente -nos vemos obligados a concluir- era una indicación clara de que lo hizo a propósito, puesto que el sábado no estaba distante del viernes por la tarde, y él, como custodio de la ley, conocía mejor que nadie que antes del comienzo del amanecer del sábado, el cuerpo de Jesús había de ser descendido, y esto es exactamente lo que ocurrió. Lo que normalmente suponía tres días y tres noches, aproximadamente, de tortura, para finalmente infligir una muerte dolorosa a todos los condenados, fue limitado en el caso de Jesús a unas cuantas horas como máximo. Apenas suficiente -sería sorprendente- para matar efectivamente a un hombre de la psique de Jesús a quien una vida austera había endurecido físicamente.

¿Podría ser este incidente la clave del enigma de Jonás? Dado que era práctica común que el condenado permaneciera colgado en la cruz durante tres días y tres noches, ello nos alerta sobre la similitud entre Jesús y Jonás tal como hemos mencionado antes. Se supone que él también permaneció en el vientre del pez durante tres días y tres noches. Pero quizá también fue entregado vivo por el designio de Dios en el lapso de tres horas en vez de tres días. Por tanto lo que ocurrió en el caso de Jesús se convierte en un espejo que refleja y revive el drama trágico de Jonás.

Volvamos ahora a los sucesos de la Crucifixión. Incluso en el último momento, Jesús se mantuvo firme en su protesta: “¿Eloi, Eloi lama sabachtani?” ¡Cuán profundamente trágico, cuán dolorosamente expresivo de su desilusión! ¡Qué sutil indicación a una promesa y garantía anterior que Dios Padre le hizo, ya que no se puede dar otro sentido distinto a esta exclamación! Es un rechazo simultáneo a su deseo y disposición a llevar -a la fuerza- la carga de los pecados de los demás, y a la opinión de que aguardaba con ilusión la hora de la muerte. ¿Por qué este grito de angustia profunda si el castigo fue pedido por él mismo? ¿Por qué había de reprochar a Dios, o siquiera rezar para ser salvado? Esto ha de ser entendido en el contexto de lo que aconteció anteriormente, pues estuvo rezando a Dios todo el tiempo para que le apartara el cáliz amargo.

Nosotros, musulmanes áhmadis, creemos que siendo Jesús un hombre santo y piadoso, era imposible que Dios no aceptara sus oraciones para ser salvado. Debió saber que su oración había sido aceptada. No creemos que expirara en la cruz. En nuestra idea no hay contradicción y todo es consecuente. Su muerte fue sólo la impresión de un observador que no era médico ni tuvo la ocasión de examinarle desde el punto de vista médico. Un espectador que le observaba con gran ansiedad y preocupación esperando que la muerte no venciera a su amado maestro, y que cuando simplemente observó que su cabeza cansada se reclinaba y la barbilla descansaba contra el pecho de Jesús, exclamó: “Mirad” “ya ha expirado”. Sin embargo, como hemos explicado antes, este no es un tratado que pretenda explicar los méritos y legitimidades del relato bíblico desde el punto de vista de su autenticidad o falsedad, ni tampoco discutir cualesquiera interpretaciones que se atribuyan al mismo. Estamos aquí sólo para examinar desde el punto de vista crítico la propia lógica y sentido común del dogma y la filosofía cristiana.

El punto que queda rotundamente claro de lo antes expuesto es que tanto si se desmayó como si murió, su dolorosa sorpresa ante lo que estaba a punto de ocurrirle prueba firmemente que él esperaba que ocurriera lo contrario. Si era la muerte lo que esperaba, no tenía justificación alguna la sorpresa que mostró. Nuestra interpretación como musulmanes áhmadis es que el único motivo por el que Jesús estaba sorprendido era porque le fue prometido por Dios que sería salvado de la Cruz como respuesta a sus súplicas de la noche anterior. Pero Dios tenía otros planes. Hizo que Jesús sólo se desmayara, para que los centinelas encargados de la vigilancia llegaran a la conclusión de que había muerto y, en consecuencia, entregaran su cuerpo a José de Arimatea, quien a su vez lo entregó a sus parientes y amigos. La sorpresa que encontramos en las últimas palabras de Jesucristo también era compartida por el mismo Pilatos: “¿Ya ha muerto?” es lo que exclamó cuando el incidente de la muerte de Jesús le fue comunicado (1). Pilatos tenía una larga experiencia de crucifixiones a lo largo de su etapa como Gobernador de Judea y no habría expresado su sorpresa a menos que estuviera convencido que era inusual que le llegara la muerte a un crucificado en el corto período de unas pocas horas. Sin embargo tuvo que aceptar la petición de entregar el cuerpo en circunstancias misteriosas. Es por esto por lo que se le acusó siempre de conspiración. Se afirma que, por influencia de su esposa, hizo posible que la ejecución de Jesús tuviera lugar a una hora próxima al comienzo del Sábado. En segundo lugar, aceptó la petición de entregar el cuerpo a pesar de los dudosos informes que le llegaban acerca de la muerte de Jesús. Esta decisión de Pilatos causó grave preocupación entre los judíos, que se dirigieron a él para expresar sus dudas y sospechas respecto a la muerte de Jesús (2).

También encontramos en la Biblia que cuando su cuerpo fue descendido, no le fueron fracturadas las piernas, cosa que sí ocurrió con los dos ladrones colgados a su lado, cuyos miembros inferiores fueron fracturados para asegurarse de que morían (1). El acto de perdonar a Jesús le ayudaría sin duda a recuperarse del estado de coma. No se puede excluir tampoco que los centinelas recibieran instrucciones de emisarios de Pilatos para que no rompieran las piernas de Jesucristo; tal vez como señal de respeto hacia él y la inocente comunidad cristiana.

Asimismo, según la Biblia, cuando se le atravesó el costado, brotaron sangre y agua.

Pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante brotó sangre y agua (Juan 19:33-34)

Si estuviera muerto y el corazón hubiera dejado de latir, este sangrado activo que hizo que la sangre brotara con ímpetu hubiera sido imposible. Como mucho habría podido existir un flujo pasivo de sangre coagulada y plasma, pero esa no es la imagen que presenta el Nuevo Testamento, que dice que la sangre y el agua salieron con fuerza. En lo que se refiere a la

  1. Marcos 15:44
  2. Mateo 27:62-66

mención del agua, no es sorprendente que Jesús desarrollara un derrame pleural durante las horas crueles de prueba que permaneció sobre la cruz. El estrés físico de la crucifixión pudo producir este exudado en la pleura. Esta condición -que en otra circunstancia es dolorosa y peligrosa- se convirtió en ventaja para Jesús, ya que cuando le fue perforado el costado, la pleura edematizada pudo desempeñar el papel de amortiguadora e amortiguadora, evitando que los órganos del tórax se vieran directamente afectados por la lanza. El agua mezclada con sangre manó gracias a un corazón que latía activamente.

Otra evidencia en este contexto es la siguiente: Según el relato bíblico, después de que el cuerpo fuera entregado a José de Arimatea, fue llevado de inmediato a un lugar secreto de sepultura: un sepulcro con lugar habitable suficiente para Jesús y dos de sus asistentes que se sentaron a su lado y cuidaron de él.

Los discípulos se fueron de nuevo a casa, pero María se quedó llorando fuera de la tumba. Mientras lloraba se inclinó hacia la tumba, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús. (Juan 20:10-12)

  1. Juan 19:31-32

Esto no es todo. Se nos informa en el Nuevo Testamento que un ungüento que había sido preparado con antelación, fue aplicado a las heridas de Jesús (Juan 19: 39-40). Este ungüento, preparado por los discípulos de Jesús, contenía ingredientes con propiedades curativas para las heridas, para mitigar el dolor etc. ¿A qué se debía este ejercicio laborioso de tener que reunir doce raros ingredientes para preparar el ungüento?. La prescripción empleada está recogida en numerosos libros clásicos tales como el famoso libro de medicina Al-Qanun de Bu Ali Sina (ver apéndice I para la lista de dichos libros). Por lo tanto ¿dónde estaba la necesidad de aplicar un ungüento a un cuerpo ya muerto? Sólo podía tener sentido si los discípulos tenían poderosas razones para creer que Jesús sería entregado vivo de la cruz y no muerto. San Juan es el único apóstol que se atreve a ofrecer una explicación para justificar el acto de la preparación y aplicación del ungüento al cuerpo de Jesús. Esto apoya aún más el hecho de que el acto de aplicar un ungüento a un cuerpo muerto era considerado un acto extremadamente raro, carente de explicación para aquellos que creían que Jesús estaba muerto cuando le fue aplicado el ungüento. Es por esta razón por la que San Juan tuvo que ofrecer una explicación. Sugiere que así se hizo simplemente porque era costumbre judía aplicar algún tipo de bálsamo o ungüento a los cuerpos de sus muertos. Sin embargo es importante señalar que todos los investigadores modernos que han estudiado este aspecto, están de acuerdo en que San Juan no era de origen judío, y así lo demostró

con esta afirmación. Se sabe con certeza que los judíos, o los hijos de Israel nunca aplicaron ungüentos de ningún tipo a los cuerpos de sus muertos. En consecuencia, los investigadores afirman que San Juan debe ser de origen no-judío, ya que de otra manera no podría ignorar hasta tal extremo las costumbres judías. Por lo tanto, había de existir otra razón para el mismo.

El ungüento le fue aplicado a Jesús para salvarle de una muerte próxima. La única explicación razonable radica en el hecho de que ni los discípulos esperaban que Jesús muriera ni -de hecho- murió en la cruz. El cuerpo que fue descendido debió mostrar signos positivos de vida antes de la aplicación del ungüento, ya que de otra manera resultaría en un ejercicio estúpido y carente de sentido por parte de quienes se dedicaron a ello. Es improbable que quienes prepararon el ungüento con antelación lo hicieran sin tener la seguridad de que Jesús no moriría en la cruz sino que sería descendido de ella vivo aunque con graves heridas, con urgente necesidad de un potente remedio curativo.

Debe tenerse en cuenta que la localización del sepulcro donde colocaron a Jesús, fue mantenido en estricto secreto, y sólo era conocido el lugar por unos pocos discípulos. La razón era obvia: aún se encontraba vivo y continuaba en situación de peligro.

En cuanto a lo que aconteció en el sepulcro, puede ser debatido desde muchos puntos de vista, pero no resiste el examen crítico cuando se afirma que la persona que salió del mismo realmente había muerto y posteriormente resucitó. La única evidencia que tenemos es la creencia de los propios cristianos de que el Jesús que salió del sepulcro poseía el mismo cuerpo con que fue crucificado y portaba las mismas marcas y señales. Si se le vio paseando con el mismo cuerpo, la única conclusión lógica que se puede extraer es que nunca llegó a morir.

Otro argumento a favor de la continuidad de la vida de Jesús es el siguiente: Después de tres días y tres noches, es visto, pero no por el público sino sólo por sus discípulos. En otras palabras, por la gente en las que él confiaba. Evita la luz del día y sólo se reúne con ellos bajo la cubierta de la oscuridad de la noche. Puede deducirse fácilmente del relato bíblico que parece estar alejándose de la fuente de peligro con sentido de urgencia y secreto. La cuestión que se plantea es la siguiente: De habérsele dado una vida nueva y eterna tras su muerte, y no teniendo que sufrir otra muerte ¿Por qué se ocultaba de los ojos de sus enemigos, tanto del público como de los representantes del gobierno? Debería haber aparecido ante los judíos y los agentes del Imperio Romano y haber dicho: “Heme aquí, con una vida eterna; tratad de matarme de nuevo si podéis, porque seréis incapaces de hacerlo”. Sin embargo prefirió permanecer oculto. No es que no le fuera sugerida la idea de aparecer en público, al contrario, se le indicó específicamente que se revelara ante el mundo, pero el rechazó hacerlo y continuó alejándose de Judea a fin de que nadie pudiera seguirle.

Díjole Judas: “Señor ¿Qué ha sucedido para que hayas de manifestarte a nosotros y no al mundo?” (Juan 14:22)

Se acercaron a la aldea donde iban, y Jesús fingió seguir adelante. Obligáronle diciéndole: “Quédate con nosotros pues el día ya declina”. Y entró para quedarse con ellos (Lucas 24, 28-29)

Esto pone en evidencia, de forma rotunda, que su caso era el de un mortal cuyo ser no se hallaba fuera del alcance de la muerte o el daño. Significa simplemente que Jesús no murió en el sentido de que fuera liberado de su elemento humano, sino que permaneció exactamente con la misma naturaleza, cualquiera que esta fuera, y no existió una muerte que separó su antiguo ser de uno nuevo. Esto es lo que denominamos “continuidad de la vida” en la experiencia humana. Un espíritu o fantasma perteneciente a otro mundo ciertamente no se comporta como lo hizo Jesús durante sus encuentros secretos en el sigilo de la noche con sus amigos e íntimos seguidores.

La cuestión de si Jesús era un espíritu es rechazada categóricamente por el mismo Jesucristo. Cuando apareció ante algunos de sus discípulos, no pudieron éstos ocultar su miedo de él, porque creían que no era el mismo Jesús, sino un espíritu de Jesús. Comprendiendo su confusión, disipó sus temores, denegando que fuera un espíritu y asegurando que era el mismo Jesús que fue crucificado. Incluso les invitó a examinar sus heridas que aún estaban sin cicatrizar (Juan: 20:19-27). Su aparición ante los discípulos de ninguna manera apoya la idea de su resurrección de la muerte. Todo lo que confirma es simplemente que sobrevivió a la amenaza de la muerte.

Por si pudiera existir algún resquicio de malentendido oculto en sus mentes, les preguntó qué estaban comiendo. Cuando le contestaron que comían pan y pescado les pidió que le dieran algo pues tenía hambre, y comió unos bocados (Juan 24: 41-42)). Esta es, sin duda alguna, una prueba concluyente en contra de su supuesta resurrección de la muerte, de la resurrección de la naturaleza humana muerta y conducida de nuevo a la vida. Además, los problemas que surgirían de tal entendimiento de la resurrección de Jesús serían de doble índole.

Si Jesús aún pertenecía a la categoría dios-hombre, tal como se afirma, entonces, no podría desprenderse del hombre que encerraba dentro. Ello plantea una situación muy complicada y problemática. ¿Qué supuso la muerte para él o para ellos, es decir, para el hombre en Jesús y para el dios en él? ¿Acaso las almas de ambos, dios y hombre se marcharon juntas y volvieron al mismo cuerpo terrenal habiendo visitado juntas el mismo infierno, o fue sólo el alma del dios en Jesús la que retornó al cuerpo humano sin el alma del hombre? ¿Dónde desapareció ese alma? -uno se pregunta- ¿Tal vez su viaje al infierno era un viaje sin retorno, mientras que el alma divina quedaba allí retenida sólo tres días y tres noches? ¿Era Dios el padre de Jesús-el hombre o de Jesús-“el Hijo”? Esta cuestión ha de quedar aclarada definitivamente para que podamos tener una imagen clara de todo lo que se cuestiona. ¿Era el cuerpo de Jesús, parcialmente el cuerpo de Dios y parcialmente el cuerpo del hombre?

El concepto de Dios que nos proporciona el estudio del Antiguo y Nuevo Testamento, es el de un Ser Infinito e Incorpóreo, del que la materia no forma parte de Su Constitución. Habiendo entendido esto, volvamos la vista hacia Jesús a medida que progresaba en las diferentes etapas de desarrollo como embrión en el vientre de María. Toda la materia que intervino en la formación de Jesús tuvo que ser proporcionada por la madre humana sin que un simple átomo fuera suministrado por Dios Padre. Desde luego que Dios pudo haberle creado milagrosamente. Pero, desde mi punto de vista, la creación, tanto si parece milagrosa como si es natural, no es otra cosa que creación. Sólo podemos aceptar que alguien sea el padre de un hijo si la sustancia del padre y la sustancia de la madre son compartidas por igual o parcialmente, de forma que al menos parte de la sustancia del cuerpo del hijo derive de la sustancia del padre.

A partir de esto, debe quedar claro para el lector que Dios no jugó ningún papel paterno en el proceso de nacimiento del embrión humano y que el cuerpo completo con todos sus sistemas cardíaco, respiratorio, nervioso, celular etc. fueron producto autónomo de la madre sola. ¿Dónde esta el elemento de filiación en Jesús, que fue un simple receptáculo del alma de Dios y nada más? Esta nueva forma de entendimiento de la relación entre Dios y Jesús puede ser razonablemente descrita como una relación simple paterno-filial.