En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

He escrito este libro para que, presentando pruebas de hechos establecidos, de la evidencia histórica definitiva de valor demostrado, y de antiguos documentos de otras naciones, pueda disipar las graves ideas falsas que están en boga entre los cristianos y la mayoría de sectas musulmanas sobre la vida anterior y posterior de Jesús (la paz sea con él). Las implicaciones peligrosas de estas falsas ideas no sólo han lesionado y destruido la concepción de la Unidad Divina, sino que su influencia insidiosa y perniciosa se ha sentido durante mucho tiempo en la condición moral de los musulmanes de este país. Son tales mitos e historias las que producen enfermedades espirituales como la inmoralidad, la malicia, la insensibilidad y la crueldad, que son prácticamente endémicos en la mayoría de las sectas islámicas. Virtudes como la simpatía humana, la compasión, la amabilidad, el amor a la justicia, la mansedumbre, la modestia y la humildad están desapareciendo día a día, como si muy pronto fueran a darles su adiós definitivo. Esta insensibilidad y degradación moral hacen que más de un musulmán parezca diferenciarse muy poco de las fieras de la jungla. Un jain o un budista podrá aterrorizarse ante la simple idea de matar a un mosquito o una mosca, y detesta hacerlo, pero ¡ay! abundan los musulmanes que matan con impunidad a una persona inocente y cometen asesinatos inhumanos sin temer en absoluto al Dios Poderoso que tiene la vida humana en mayor estima que la de todos los animales juntos.
¿A qué se debe esta insensibilidad, crueldad y falta de compasión? Se debe a que, ya desde su niñez, se vierten en sus oídos e inculcan en sus corazones historias, anécdotas y opiniones falsas sobre la doctrina de la Yihad. Como resultado, van muriendo poco a poco moralmente y dejan de sentir la atrocidad de sus odiosas acciones. Por otro lado, el hombre que asesina a otro hombre desprevenido, trayendo la ruina a la familia del hombre asesinado, piensa que ha ejecutado una obra meritoria y la acción correcta, y que ha aprovechado muy bien la oportunidad para conseguir el aplauso social. Dado que en nuestro país no se dan conferencias ni sermones para impedir tanta maldad –y si hay conferencias, tienen siempre en su seno un aura de hipocresía– la gente ordinaria piensa positivamente respecto a tales maldades.

En consecuencia, sintiendo piedad por el estado de mi pueblo, he preparado varios libros en urdu, persa y árabe, en los que he demostrado que la opinión popular de la Yihad prevalente entre los musulmanes, como la esperanza de la venida de un Imam sanguinario, lleno de maldad hacia los demás pueblos, no es más que falsas creencias inculcadas por clérigos miopes. El Islam, al contrario, no permite el uso de la espada a causa de la religión, excepto en el caso de guerras defensivas, de guerras que se inician para castigar a un tirano, o las que se emprenden para la defensa de la libertad. La necesidad de una guerra defensiva surge solamente cuando la agresión del adversario amenaza nuestra propia vida. Estos son los tres tipos de Yihad que permite la Shariah (ley Islámica). El Islam no permite ningún otro tipo de guerra en apoyo de la religión.

Para aclarar este concepto de Yihad he distribuido libros tanto en este país como en Arabia, Siria y Jura-san, etc. a un coste elevado. Mas en este momento, por la gracia de Dios, he presentado argumentos sólidos para erradicar esas creencias infundadas de las mentes del pueblo. He encontrado pruebas claras, evidencias circunstanciales de carácter definitivo y pruebas históricas, y a la luz de su verdad anuncio la buena nueva de que, pronto después de su publicación, se producirá un cambio positivo en los corazones de los musulmanes. Estoy seguro de que, después de comprendidas estas verdades, brotarán de los corazones de los hijos justos del Islam las fuentes dulces y refrescantes de la modestia, la humildad y la compasión. Surgirá una transformación espiritual que producirá a la larga un impacto saludable y benéfico sobre el país. Estoy también seguro de que los eruditos cristianos y todas las demás personas que buscan la verdad y están sedientos de ella se beneficiarán de este libro. Como acabo de declarar, el objeto real de este libro es corregir las creencias erróneas que se han introducido en el credo de musulmanes y cristianos. Sin embargo, es-to exige una cierta explicación que paso a presentar a continuación.

Los cristianos y la mayoría de musulmanes creen que Jesús subió vivo a los cielos. Ambos grupos han creído durante mucho tiempo que Jesús sigue vivo en el cielo y que en los últimos días bajará a la tierra. La diferencia entre las opiniones de los musulmanes y los cristianos es que los cristianos creen que Jesús murió en la cruz, resucitó y subió a los cielos con su cuerpo terrenal, se sentó a la diestra del Padre y vendrá a la tierra en los últimos días para el Juicio Final. Dicen también que Jesús, el Mesías, es el Creador y el Maestro del mundo y no hay otro; él es quien, en los últimos días, bajará a la tierra con toda su gloria y majestad para imponer el castigo y dar la recompensa; y todos los que no crean en él o en su madre como Dios, serán capturados y arrojados al infierno, en donde su suerte será el llanto y el lamento. Pero las sectas citadas de musulmanes dicen que Jesús no fue crucificado ni murió en la cruz, sino que, cuando los judíos lo arrestaron para crucificarlo, un ángel de Dios se lo llevó a los cielos en su cuerpo terrenal, y sigue vivo allí donde, según ellos, es el segundo cielo, en el que está también el profeta Yahya o Juan. Además, los musulmanes creen también que Jesús es un profeta eminente de Dios, pe-ro no Dios ni el hijo de Dios. También dicen que en los últimos días bajará a la tierra, cerca del Minarete de Damasco o en algún otro lugar, apoyado en dos ángeles. Jesús y el Imam Muhammad —el Mahdi, que estará ya en el mundo y que será un fatimita— matará a todos los no musulmanes, sin dejar a nadie vivo excepto a los que se hagan musulmanes inmediatamente. En una palabra, el objeto real de la segunda venida de Jesús a la tierra, tal como expresan las sectas musulmanas conocidas como los Ahle-i-Sunnat o Ahl-i-Hadiz, llama-dos Wahabis por el pueblo común, es el de destruir, como el Mahadev de los hindúes, a todo el mundo: en primer lugar amenazará a las gentes para que se hagan musulmanes y, si persisten en la incredulidad, los matará a todos con la espada. Dicen además que está vivo en los cielos en su cuerpo terrenal de forma que, cuando se debilite el poder de los musulmanes, bajará y matará a los no musulmanes o los obligará so pena de muerte a convertirse en musulmanes.

En relación especialmente con los cristianos, los santones de dichas sectas afirman que cuando Jesús baje de los cielos romperá todas las cruces del mundo, ejecutará las acciones más crueles con la espada e inundará el mundo de sangre. Como acabo de indicar, los Ahl-i-Hadiz y otros musulmanes proclaman con regocijo que, poco tiempo antes de la segunda venida del Mesías, aparecerá un Imam de los descendientes de Fátima cuyo nombre será Muhammad, el Mahdi, y quien será el Jalifa y Rey de su época por pertenecer a los quraish. Puesto que su objetivo real será el de matar a todos los no musulmanes excepto los que accedan fácilmente a recitar el Kálima, Jesús bajará para ayudarle en su tarea; y aunque el mismo Jesús será un Mahdi –no sólo eso, sino un Mahdi más grande– no obstante, dado que es esencial que el Jalifa de esa época sea un quraish, Jesús no será el Jalifa. El Jalifa será el mismo Muhammad, el Mahdi. Además afirman que los dos juntos cubrirán la tierra con sangre humana y será tanta la sangre derramada, que no tendrá paralelo en la historia del mundo. En cuanto aparezcan emprenderán su campaña sangrienta, sin predicar ni pedir, y sin mostrar señal alguna. También afirman que aunque Jesús será como un asesor o ayudante del Imam Muhammad, el Mahdi, y aunque las riendas del poder estarán sólo en las manos del Mahdi, Jesús instigará e incitará a Hazrat Imam Muhammad, el Mahdi, a la violencia, intentando de esta forma modificar las enseñanzas humanas que había impartido antes al mundo, es decir, “no resistir al mal” y “si eres golpeado en una mejilla, presenta también la otra”.

Esta es en resumen la creencia de los musulmanes y cristianos sobre Jesús. Aunque los cristianos cometen un grave error al llamar Dios a un hombre sencillo, del mismo modo algunos musulmanes, especialmente los Ahl-i-Hadiz, conocidos generalmente como los Wahabis, creen en un Mahdi sanguinario y un Mesías cruento. Esto ha deteriorado su condición moral hasta tal punto, que no son capaces de convivir en un clima de paz, confianza y buena voluntad, ni pueden ser totalmente leales a un gobierno no musulmán. Cualquier persona razonable se da cuenta de que esta creencia, es decir, que los no musulmanes deban ser sometidos a coerción y deban convertirse inmediatamente en musulmanes o morir, está sujeta a las más serias objeciones. La conciencia humana se da cuenta de manera espontánea que es muy censurable convertir a una persona a la propia fe por la fuerza, o bajo amenazas de muerte, sin darle la oportunidad de comprender su verdad ni explicarle su enseñanza y valores morales. Lejos de contribuir al crecimiento de una religión, esto proporciona a los oponentes la oportunidad de encontrar fallos fundamentales. El resultado último de este tipo de pensamiento es que los corazones quedan des-provistos de la calidad de la comprensión humana. La justicia y compasión, que son algunas de las cualidades morales humanas más importantes, desaparecen, tendiendo a brotar en su lugar el mal y quedando solamente la brutalidad, que barre la totalidad de las más altas cualidades morales. Es demasiado evidente que tales enseñanzas no pueden haber procedido de Dios, que sólo envía su castigo después de que Su mensaje se haya transmitido en su totalidad.

Consideremos esto: ¿sería razonable matar a un hombre si no aceptara la verdadera fe, incluso aunque desconociera e ignorara su verdad y su mensaje noble y excelente? En lugar de responder a su rechazo con la espada o la pistola, tal individuo merece compasión y necesita que se le instruya con amabilidad y educación sobre la verdad, la belleza y la excelencia espiritual de la fe. Así pues, la doctrina de la Yihad que mantienen estas sectas del Islam, así como la creencia de que está cerca el momento en el que aparecerá un Mahdi sangriento cuyo nombre será el de Imam Muhammad, y que el Mesías bajará de los cielos en su ayuda y los dos juntos matarán a todos los no musulmanes que nieguen el Islam, se opone totalmente a nuestro sentido moral. ¿No es acaso esta creencia la que suprime todas las buenas cualidades y la moral y promueve las cualidades de una vida salvaje? Quienes sostienen tales opiniones llevan una vida de hipocresía con los demás, hasta el punto de no poder mostrar una auténtica lealtad hacia sus gobernantes. La lealtad que les profesan es falsa. Esta es la razón de que algunas de las sectas Ahl-i-Hadiz, que acabo de mencionar, estén llevando ahora una doble vida bajo el gobierno británico en la India británica. Sostienen en secreto la esperanza de las gentes sencillas sobre la venida de los días sangrientos de un Mahdi y un Mesías sanguinarios, y así lo predican, pero cuando van a las autoridades, les adulan, asegurándoles que no aprueban tales ideas. Si realmente fueran sinceros ¿por qué no expresan su desaprobación en sus escritos, y por qué esperan la venida de ese Mahdi y Mesías sanguinario con tal impaciencia que parece que están de pie en el umbral, preparados para unirse a él?
Son estas creencias las que han causado tanto deterioro en la moral de estos clérigos. Ni siquiera se sienten capaces de enseñar al pueblo la paz o la compasión. Por otro lado, matar al prójimo sin razón es para ellos un gran deber religioso. Me gustaría que algunas de las sectas de los Ahl-i-Hadiz se opusieran a estas creencias, pero no puedo dejar de observar con tristeza que, entre las sectas de los Ahl-i-Hadiz hay quienes creen en secreto en un Mahdi sanguinario y en las nociones populares de la Yihad. Se oponen a las nociones correctas y piensan que es un acto de gran mérito matar a gente que profesa otras religiones, si se presenta la oportunidad, cuando la verdad es que las creencias en el asesinato de otros en nombre del Islam, o en profecías como la de un Mesías sanguinario y el deseo de hacer progresar la causa del Islam a través del derramamiento de sangre o por amenazas, son to-talmente contrarias al Santo Corán y a los hadices fidedignos.
Nuestro Santo Profeta (sa) padeció muchas dificultades en la Meca y posteriormente en manos de los incrédulos. Los trece años que pasó en la Meca fueron años de gran aflicción y sufrimiento de todo tipo. Su solo pensamiento trae lágrimas a nuestros ojos. Sin embargo, no levantó la espada contra sus enemigos ni respondió a sus insultos, hasta que muchos de sus Compañeros y amigos cercanos fueron asesinados sin piedad, y él mismo fue sometido a todo tipo de padecimientos, tales como intentar ser envenenado varias veces y ser blanco de numerosos infructuosos planes secretos para asesinarlo. No obstante, cuando llegó la venganza de Dios, sucedió que los líderes de la Meca y los jefes de las tribus decidieron por unanimidad que este hombre debía ser asesinado de todos modos. Fue en aquel momento cuando Dios, que es el Apoyo de sus amados y de los veraces y justos, le informó que en la ciudad no quedaba más que el mal y que su gente había decidido matarlo, por lo que debía abandonar la ciudad de in-mediato. Fue entonces cuando, obedeciendo el mandato divino, emigró a Medina. Pero ni siquiera entonces sus enemigos lo dejaron en paz; también lo persiguieron allí e intentaron destruir el Islam de todas las maneras posibles. Cuando sus excesos sobrepasaron todos los límites y se convirtieron en reos de castigo por el asesinato de gente inocente, se dio permiso a los musulmanes para combatir en defensa propia, para luchar con el fin de protegerse de sus ataques. Aquellas personas y quienes los ayudaron merecieron ese trato por haber matado a tantas personas inocentes y haberlos despojado de sus posesiones, no en lucha justa ni en combate, sino simplemente por maldad desenfrenada. Sin embargo, a pesar de todo ello, nuestro Santo Profe-tasa los perdonó a todos al conquistar la Meca. Es, pues, completamente erróneo e injusto suponer que el Santo Profeta (sa) o sus Compañeros hubieran combatido en ningún momento para extender el Islam o que obligaran a nadie a unirse al Islam.

Cabe recordar que en aquel momento toda la gente tenía prejuicios contra el Islam. El enemigo estaba planeando destruir al Islam, por considerar que era una nueva religión cuyos seguidores no eran más que una insignificante minoría, y todo el mundo deseaba ardientemente ver destruidos pronto a los musulmanes o desmembrados de manera que no tuvieran oportunidad alguna de seguir creciendo. Por ello, los musulmanes de aquella época tuvieron que enfrentarse a todo tipo de hostilidades, y cualquier persona de cualquier tribu que aceptaba el Islam era asesinado inmediata-mente por su tribu, o vivía en peligro perpetuo de perder su vida. En ese momento, Dios Todopoderoso, apia-dándose de los conversos musulmanes, impuso a las autoridades más fanáticas un castigo: el sometimiento a un estado islámico, abriendo así la puerta de la libertad para el Islam. Con esto se pretendía retirar los obstáculos del camino de los que deseaban aceptar la Fe. Era la compasión de Dios por el mundo y no perjudicó a nadie.

Teniendo en cuenta que los gobernantes no musulmanes de la actualidad no impiden la libertad religiosa de los musulmanes ni restringen las prácticas islámicas esenciales, y tampoco matan a los nuevos musulmanes ni los encarcelan o torturan ¿por qué ha de permitir el Islam el uso de la espada contra ellos? De hecho, el Islam nunca ha defendido la compulsión en la religión. Si se examinan atentamente el Santo Corán, los libros del Hadiz y los registros históricos y si se estudian o analizan seriamente en la medida de lo posible, se comprenderá que la acusación de que el Islam hubiera empleado alguna vez la fuerza, o empuñado la espada para propagar la Fe, es una acusación total-mente infundada y vergonzosa contra el Islam. Estas acusaciones contra el Islam las presentan personas que no han leído el Corán, el Hadiz ni las crónicas auténticas con objetividad o imparcialidad, sino que han utilizado libremente la falsedad y la calumnia. Sé que se acerca rápidamente el momento en que quienes están sedientos de la Verdad descubrirán la realidad de estas acusaciones difamatorias.

¿Cómo podemos describir al Islam como una religión de coacción, cuando el Santo Corán prescribe claramente que no debe existir compulsión en la religión, y que no está permitido el uso de la compulsión o fuerza para convertir a nadie al Islam? ¿Podemos acusar al gran Profeta Muhammad (sa) de usar la fuerza cuando él mismo, durante trece años, no cesó de exhortar a sus Compañeros en la Meca, a no devolver el mal por mal, sino a olvidar y perdonar? Sin embargo, cuando la maldad del enemigo excedió todos los límites, y todo el mundo unió sus fuerzas para borrar el Islam, el Dios Celoso consideró adecuado que quienes habían empuñado la espada debían ser aniquilados por la espada. Si se exceptúa esto, el Santo Corán no aprueba en absoluto la coacción. Si se hubiera prescrito la coacción en el Islam, los Compañeros de nuestro Santo Profeta (sa) no hubieran actuado como gente de fe sincera y genuina en momentos de tribulación. Aunque la lealtad de los Compañeros de nuestro Maestro, el Santo Profeta (sa), es un tema que no necesito comentar, no es un secreto que entre ellos hay ejemplos de lealtad y perseverancia que no encuentran paralelo en la historia de otras naciones. Este grupo de fieles no flaqueó en su lealtad y perseverancia ni siquiera bajo la sombra de la espada. Ningún ser humano puede mostrar la inexorable perseverancia que demostraron ellos en compañía del Santo Profeta (sa) a menos que su corazón esté alumbrado con la luz de la verdadera fe. Resumiendo, no existe la compulsión en el Islam. Las guerras del Islam pertenecen a tres categorías:

1. Las guerras defensivas o guerras para la propia defensa.
2. Las guerras punitivas, esto es, sangre por sangre.
3. Las guerras para asegurar la libertad, es decir, para quebrantar el poder de quienes matan a los con-versos al Islam.

Por lo tanto, dado que el Islam no permite que se convierta a nadie por la fuerza, o bajo amenaza de muerte, es simplemente absurdo esperar la venida de un Mahdi o Mesías sanguinario. Es imposible que, contrariamente a la enseñanza del Santo Corán, aparezca alguien que obligue a la gente a convertirse al Islam por la espada. Esto no debería ser difícil de entender o imposible de concebir. Sólo los necios han asumido esta creencia por su propia necedad. La mayoría de nuestros clérigos mantienen la idea errónea de que las guerras emprendidas por el Mahdi les proporcionarán una gran cantidad de riquezas, hasta tal punto, que no podrán siquiera hacerse cargo de ellas. Puesto que la mayoría de los Maulvis o clérigos musulmanes de la actualidad viven en la penuria, esperan ansiosos la aparición de un Mahdi que, piensan, saciará sus bajas pasiones. Por tanto, no es de extrañar que estas personas se rebelen contra quien no crea en la aparición de tal Mahdi. A dicha persona se le declara apóstata y se le expulsa de la esfera del Islam. Por esas mismas razones yo también soy un apóstata a los ojos de esas personas, puesto que no creo en la venida de un Mahdi y Mesías sanguinario, y detesto tales ideas absurdas. He sido declarado apóstata no solo debido a mi negativa a admitir la aparición de este supuesto Mahdi y Mesías en el que ellos creen, sino también porque he anunciado públicamente, tras haber sido informado por la revelación divina, que el auténtico Mesías Pro-metido, que es también el Mahdi, cuya aparición anuncian la Biblia y el Santo Corán, y cuya venida se promete también en el Hadiz, soy yo mismo. Sin embargo, no se me han proporcionado espadas o armas. Dios me ha ordenado que invite a las personas con humildad y amabilidad hacia Dios, que es el verdadero Dios, Eterno e Inmutable y Quien posee una Santidad, Conocimiento Merced y Justicia perfectos.

Yo soy la luz de esta época de tinieblas; quien me sigue se salvará de caer en la fosa preparada por el Diablo para quienes andan en la oscuridad. He sido enviado por Dios para guiar a la humanidad hacia el verdadero Dios con paz y humildad, y para restablecer los valores morales en el Islam. Dios me ha proporcionado signos celestiales para satisfacer a quienes bus-can la verdad y ha manifestado milagros en mi apoyo. Él me ha revelado los secretos de lo desconocido y del futuro, lo cual, según las Escrituras, es la clave real para identificar a quien reivindica una misión divina. Él me ha otorgado el Conocimiento puro y verdadero. Por ello, las almas que odian la verdad y aman la oscuridad se han levantado en contra mía. Pero he decidido mostrar en lo posible simpatía hacia la humanidad. Así pues, en esta época, la mejor forma de mostrar simpatía a los cristianos consiste en llamar su atención hacia el verdadero Dios, que está libre de los defectos del nacimiento, la muerte, el dolor y el sufrimiento, Quien ha creado los cuerpos celestiales de forma esférica plasmando de esta forma el mensaje inherente a la naturaleza de que Su propio ser es Único y no está sujeto a ninguna dimensión, como cualquier esfera. Por esta razón ninguna de las cosas que ocupan espacio ha sido creada de forma triangular, es decir, las cosas que Dios creó primero, como la tierra, los cielos, el sol y la luna, las estrellas y los elementos, tienen formas esféicas, apuntando de esta forma a la Unidad y Unicidad del Creador. Por tanto, no puede haber mayor simpatía hacia los cristianos que la de guiarles hacia el Dios cuya creación Le absuelve de la idea de la trinidad.

Un buen servicio hacia los musulmanes sería la reforma de su condición moral. Habría que intentar en lo posible deshacer las falsas esperanzas que sostienen en relación con la aparición de un Mahdi y Mesías sanguinarios, que son totalmente contrarias a las enseñanzas islámicas. He dicho anteriormente que las ideas de algunos de los clérigos musulmanes de hoy en día, de que aparecerá un Mahdi sanguinario que extenderá el Islam con la punta de la espada, son total-mente opuestas a las enseñanzas coránicas y son el resultado de la codicia y el egoísmo. Para abandonar tales creencias e ideas, un musulmán recto y amante de la verdad debería estudiar detenidamente el Corán y considerar y comprobar que la Palabra Santa de Dios se opone totalmente a la amenaza de matar a nadie que se niegue a convertirse en musulmán. Este argumento basta por sí mismo para refutar esas falsas ideas. Sin embargo, movido por la simpatía, he decidido refutar dichos conceptos erróneos con pruebas positivas y claras tomadas de la historia y otras fuentes. En consecuencia, intentaré demostrar en este libro que Jesús no murió en la cruz, ni subió a los cielos; ni ha de suponerse que jamás descenderá a la tierra, sino que, más bien, murió a los 120 años de edad en Sirinagar, Cachemira, y su tumba puede encontrarse en el barrio Khan Yar de esa ciudad. Para demostrarlo, he dividido esta investigación en diez capítulos y un epílogo, que son los siguientes:

1. Testimonios de la Biblia.
2. Testimonios del Santo Corán y del Hadiz.
3. Testimonios de literatura médica.
4. Testimonios de registros históricos.
5. Testimonios de las tradiciones orales que han sido transmitidas de generación en generación.
6. Testimonios de pruebas circunstanciales diversas.
7. Testimonios de argumentos racionales.
8. Testimonios de la nueva revelación que he recibido de Dios.

Esto se compone de ocho capítulos. En el capítulo 9, haré una breve comparación entre el Cristianismo y el Islam y presentaré argumentos a favor de la verdad del Islam. En el capítulo 10 habrá una exposición algo de-tallada sobre los objetivos para cuya ejecución he sido nombrado por voluntad divina y donde constarán pruebas a favor de mi condición de Mesías Prometido y de haber sido enviado por Dios. Al final, habrá un epílogo en el que expondré pautas importantes.

Espero que los lectores de este libro lo lean atentamente y no rechacen, movidos por el prejuicio, la verdad que contiene. Me gustaría recordarles que no se trata de una investigación superficial, pues las pruebas que este libro contiene se han obtenido después de una investigación profunda e inquisitiva. Ruego a Dios que me ayude en esta empresa y me lleve, con su revelación e inspiración especial, a la luz perfecta de la verdad, porque todo el verdadero conocimiento y la clara comprensión descienden de Él, y sólo con Su permiso puedo guiar los corazones humanos a la Verdad. Amén.

Mirza Ghulam Ahmad,
Qadián, 25 de abril de 1899