Segunda consideración

Segunda consideración

¿Cuál es el Estado del Hombre después de la Muerte?

El estado del hombre después de la muerte no es un estado nuevo, sino que su condición en esta vida se manifiesta más claramente en la vida ultraterrena. La verdadera condición de una persona con respecto a sus creencias y acciones honradas o malas en esta vida, permanece oculta dentro de él, y su veneno o antídoto afecta secretamente a su ser. En la vida después de la muerte, no será así; todo se manifestará abiertamente. Se experimenta una muestra de esto en los sueños. La condición dominante del cuerpo del que duerme se hace manifiesta en sus sueños. Cuando el hombre padece de fiebre alta, suele ver en sus sueños fuegos y llamas, y cuando padece la gripe o un fuerte resfriado sueña que se halla en el agua. De este modo, todas las enfermedades por las que el cuerpo atraviesa se hacen visibles en los sueños. Del mismo modo actúa Dios con respecto a la otra vida. Del mismo modo que un sueño da a nuestra condición espiritual una forma física, lo mismo sucederá en la otra vida. Nuestras acciones y sus consecuencias se manifestarán físicamente en la otra vida, y todo lo que llevamos oculto por dentro en esta vida se manifestará abiertamente en nuestros rostros en la otra vida. En los sueños, una persona observa diversos tipos de manifestaciones, pero no es consciente de que se trata solamente de manifestaciones, y las considera realidades; en la otra vida sucederá lo mismo. A través de estas manifestaciones, Dios mostrará un nuevo poder perfecto. Sería muy acertado considerar las condiciones de la otra vida no como manifestaciones sino como una nueva creación realizada por el poder divino. Dios dice:

“Ningún virtuoso sabe qué felicidad oculta le espera como recompensa por el bien que ha hecho” (32:18).

Aquí Dios describe todas estas mercedes como ocultas, incomparables con lo que se puede hallar en este mundo. Es evidente que las mercedes de este mundo no nos están ocultas, y estamos familiarizados con la leche, las granadas y las uvas que comemos aquí. Esto demuestra que las mercedes de la otra vida son distintas, y no tienen nada en común con las bondades de esta vida, a excepción del nombre. El que considera las condiciones del paraíso en términos de las condiciones de esta vida, no comprende en absoluto el Santo Corán.

Interpretando el versículo que acabamos de citar, nuestro señor y amo el Santo Profeta, la paz y bendiciones de Al-lah sean con él, dijo que el cielo y sus bendiciones son algo que los ojos no han visto, ni los oídos han escu­chado, ni ha sido concebido por la mente humana; mientras que vemos las bendiciones de este mundo, y las oímos, y las imaginamos en nuestra mente. Ahora bien, cuando Dios y Su Profeta las describen como algo extraño, nos alejaríamos totalmente del Santo Corán si imagináramos que en el cielo se nos diera la misma leche que en esta vida obtenemos de las vacas y búfalos, como si se mantuviera en el cielo rebaños de vacas lecheras, o que hubiera en los árboles innumerables colmenas celestiales, de las que los ángeles sacaran miel para verterla en los arroyos. ¿Concuerdan tales conceptos con las enseñanzas que nos dicen que estas bendiciones nunca han sido vistas en este mundo, y que iluminan las almas, aumentan nuestra comprensión de Dios y proporcionan nutrimiento espiritual? Se describen en términos físi­cos, pero también se dice que su origen es el alma y su rectitud.

Que nadie suponga que el versículo del Santo Corán citado a continuación indica que los moradores del paraíso, al observar dichas bendiciones, las reconocerán por haberlas disfrutado en la otra vida, como dice Al-lah el Glorioso:

“Da las buenas nuevas a aquellos que creen y hacen buenas obras, libres de corrupción, porque heredarán jardines bajo los que corren ríos. Cada vez que reciben frutas de estos jardines, de las cuales ya habrán comido en la vida de este mundo, exclamarán: “Esto es lo que nos dio antes”, porque encontrarán que estas frutas se asemejan a las que ya probaron” (2:26).

De las palabras de este versículo no se ha de deducir que al contemplar las bendiciones del paraíso, los moradores del paraíso descubrirán que son las mismas bendiciones que ya se les había otorgado en la vida anterior. Esto sería una gran equivocación, y una interpretación errónea del significado del versículo. Lo que dice Dios Exaltado es que aquellos que creen y hacen buenas obras construyen con sus propias manos un paraíso cuyos árboles son la fe, y cuyos arroyos son las buenas obras. En la otra vida también comerán de los frutos de este paraíso, sólo que estos frutos serán más dulces y más manifiestos. Ya que habrán comido espiritualmente de estos frutos en este mundo, los reconocerán en la otra vida, y exclamarán: “Estos parecen ser los mismos frutos que ya hemos comido”, y encontrarán que estos frutos se parecen a los que ya habían comido en este mundo. Este versículo proclama con claridad que aquellos que en esta vida se alimentaron del amor de Dios, recibirán los mismos alimentos en forma física en la otra vida. Puesto que ya habrán probado en esta vida los deleites del amor, y por lo tanto los recordarán, sus almas también recordarán la época en la que pensaban en el Verdadero Amado en los rincones, en la soledad y en la oscuridad de la noche, y experimentaban sus deleites.

En resumen, en este versículo no se mencionan los alimentos materiales. Y si alguien objetara que estos alimentos espirituales ya habían sido probados por los hombres virtuosos en este mundo, y que por lo tanto no se puede decir que se trata de una bendición jamás vista ni oída en este mundo, ni jamás imaginada por la mente humana, la respuesta sería que no existe ninguna contradicción, porque este versículo no significa que a los moradores del paraíso se les otorga las bendiciones de este mundo. Lo que ellos reciben en este mundo, a través de la comprensión de la Divinidad, son bendiciones de la otra vida, de las que ellos reciben una muestra para estimular su afán de entrar en el paraíso.

Se ha de tener en cuenta que la persona divina no pertenece a este mundo, y por esta razón el mundo la odia. Pertenece a los cielos, y recibe bendiciones celestiales. El hombre de este mundo recibe favores mundanales, y el hombre de los cielos recibe gracias celestiales. Por lo tanto, es verdad que estas bendiciones están ocultas a los oídos, corazones y ojos de los hombres de este mundo; pero aquél cuya vida mundanal lle­ga a su fin, y que bebe de la copa espiritual de la que en la otra vida beberá de forma física, recordará haber bebido de ella en su vida anterior. También es verdad que considerará que estas bendiciones están ocultas a los oídos, corazones y ojos de los hombres de este mundo. Puesto que estaba en el mundo aunque no era del mundo, también dará testimonio de que las bondades del cielo no son de este mundo, y que él no ve tales bendiciones en el mundo, ni las percibe su oído o su mente. El vio una muestra de las bendiciones de la otra vida, bendiciones que no eran de este mundo, sino un presagio del mundo venidero, con el que él tenía relación, pero que no tenía conexión con la vida de este mundo.

Tres percepciones Coránicas con respecto a la Otra Vida

Ha de tenerse en cuenta que el Santo Corán ha expuesto tres percepciones con respecto a las condiciones de la vida después de la muerte, que a continuación analizaremos.

Primera percepción

El Santo Corán ha afirmado repetidas veces que la vida después de la muerte no es un fenómeno nuevo, y todas sus manifestaciones son reflejos de esta vida. Dice, por ejemplo:

“Hemos atado las acciones de cada hombre a su cuello; en este mundo y en el Día del Juicio las haremos manifiestas, y las colocaremos ante él en forma de un libro que hallará abierto” (17:14).

En este versículo, se emplea la palabra “pájaro” como metáfora que denota las acciones, porque cada acción, buena o mala, vuela como un pájaro nada más realizarse, y se acaba la alegría o la pena que se siente al realizarla, dejando solo su huella, profunda o leve, en el corazón.

El Corán expone el principio de que cada acción humana deja su huella oculta en el corazón del que la realiza, y atrae una reacción divina apropiada que conserva la maldad o la virtud de dicha acción. Su huella queda grabada en el corazón, cara, ojos, oídos, manos y pies de quien la realiza. Este es el registro oculto que se manifestará en la otra vida.

Con respecto a los moradores del paraíso, dice el Santo Corán:

“En ese día, verás la luz de los hombres y las mujeres creyentes, que está oculta en este mundo. Una luz manifiesta que fluye ante ellos, y a su mano derecha” (57:13).

En otra parte, respecto al malvado, dice:

“El deseo de adquirir los bienes de este mundo os aparta hasta que llegáis a la tumba. No os abisméis en las cosas de este mundo. Pronto conoceréis la vanidad de vuestras acciones; una vez más os digo que pronto llegaréis a conocer vuestro error en amar al mundo. Si tuvierais la certeza de la búsqueda de la vida futura, veríais el infierno en este mismo mundo. Pero lo veréis ciertamente en vuestro estadio intermedio (Barzakh); luego seréis llamados a rendir cuentas en el Día del Juicio, y se os castigará con tormentos, y a través de vuestras experiencias conoceréis el infierno” (102:2-9).

Tres tipos de conocimiento

En estos versículos, Dios Exaltado señala con suma claridad que para los malvados el infierno comienza invisiblemente en este mundo, y que si reflexionaran verían el infierno en esta misma vida. Aquí Dios Exaltado indica tres tipos de conocimiento: el conocimiento por certeza de razón, el conocimiento por certeza de visión y el conocimiento por certeza de experiencia. Esto se podría explicar de la siguiente manera: cuando una persona ve a lo lejos una columna de humo, su mente deduce que el humo y el fuego son inseparables, y que por lo tanto donde haya humo también habrá fuego. Esto constituye el conocimiento por certeza de la razón. Al acercarse más, ve las llamas del fuego -y esto constituye el conocimiento por certeza de la visión-. Si entrara en el fuego, conseguiría el conocimiento por certeza de la experiencia. En estos versículos, Dios Exaltado establece que el conocimiento con certeza de la existencia del infierno puede adquirirse en esta vida mediante el uso de la razón, mientras que el conocimiento mediante la certeza de la visión se adquirirá en Barzakh, el estado intermedio entre la muerte y el juicio, y en el Día del Juicio este conocimiento se comprobará con la certeza de la experiencia.

Tres condiciones

A esta altura cabe destacar que según el Santo Corán hay tres estados de existencia.

El primero es el mundo, llamado la primera creación, y es el estado del esfuerzo. En este mundo el hombre realiza actos buenos o malos. Después de la resurrección, los virtuosos seguirán su progreso dentro de la bondad, pero no como resultado de un esfuerzo humano, sino por la gracia de Dios.

El segundo estado es el estado intermedio llamado Barzukh. En el idioma árabe, Barzukh denota algo situado entre otras dos cosas. Como este estadio se sitúa entre la primera creación y la resurrección, se denomina Barzukh. Siempre se ha empleado esta palabra para designar el estado intermedio. Por lo tanto, esta palabra comprende un gran testimonio oculto a favor de la existencia del estado intermedio. He establecido en mi libro Minanur Rahman que las palabras del árabe son palabras de la boca de Dios, y que el árabe es el único idioma de Dios Santo, el idioma más antiguo, la fuente de toda la sabiduría, la madre de todos los idiomas y el primero y último trono de la revelación divina. Es el primer trono porque el árabe fue la palabra de Dios, y estuvo con Dios desde el principio; finalmente se reveló al mundo, y los pueblos lo convirtieron en su lengua respectiva. Es el último trono de la revelación divina, porque el último libro de Dios, el Santo Corán, se reveló en árabe.

Barzukh es una palabra árabe compuesta de Barra y Zakha, que significa que el sistema de conseguir méritos a través de la acción ha acabado, y ha caído en un estado oculto. Barzukh es el estado en el que la condición mortal del hombre desaparece, y el alma se separa del cuerpo. Se entierra el cuerpo en un foso, y el alma también se entierra, por decirlo así, en un foso, como indica la palabra Zakha, porque ya no es capaz de merecer el bien o el mal, ya que sólo podía serlo mediante las acciones del cuerpo. Es evidente que la salud del alma depende de la salud del cuerpo. Un golpe en determinado punto del cerebro origina la amnesia, mientras una herida en otra parte del cerebro destruye las facultades mentales, y origina la inconsciencia. Del mismo modo, una convulsión cerebral, un tumor, hemorragia o enfermedad cerebrales, al causar daño, pueden llevar a la insensibilidad, la epilepsia o la apoplejía cerebral. Así pues nuestra experiencia nos enseña que el alma, divorciada del cuerpo, es totalmente inútil. Es completamente absurdo pensar que nuestra alma, sin cuerpo, podría gozar de bienaventuranza alguna. Podríamos imaginar que fuera así, pero la razón no presta ningún apoyo a tal hipótesis. Difícilmente podemos imaginar que el alma, que se altera al produ­cirse las más leves molestias en el cuerpo, pueda mantenerse en perfecta condición una vez cortados para siempre los lazos que la unen al cuerpo. ¿Acaso nuestra experiencia diaria no nos enseña que la salud del cuerpo es esencial para la salud del alma? Cuando llegamos a una edad avanzada, el alma también se vuelve senil. La ancianidad nos roba la reserva de nuestros conocimientos, como dice Dios el Glorioso:

“De anciano, el hombre alcanza un punto en el que, después de adquirir muchos conocimientos los pierde todos” (22:6).

Estas observaciones nuestras son prueba suficiente de que el alma sin cuerpo no es nada. A favor de esto, también podemos declarar que si el alma sin cuerpo hubiera tenido algún valor, Dios Exaltado no habría tenido ningún motivo para establecer una relación entre el alma y el cuerpo mortal. Además, cabe destacar que Dios Exaltado creó al hombre para realizar un progreso sin límites. Por lo tanto, si el alma no puede conseguir el menor progreso posible en esta vida sin ayuda del cuerpo, tampoco podemos esperar que consiga, por sí sola y sin ayuda del cuerpo, el progreso ilimitado de la otra vida.

Todo esto demuestra que según los principios islámicos, para que el alma actúe perfectamente es necesario que en todo momento goce de la ayuda del cuerpo. Al morir el hombre, el alma se separa del cuerpo mortal, pero en el estado intermedio cada alma recibe un cuerpo que le permite reaccionar ante las condiciones de aquel estado. Este cuerpo no se parece a nuestro cuerpo físico, sino que se compone de luz o de oscuridad, según la calidad de las acciones de la persona en esta vida, como si los actos del hombre sirvieran de cuerpo para el alma en aquel estado. La Santa Palabra de Dios afirma repetidas veces que algunos cuerpos serán brillantes y otros oscuros, según la luz o la oscuridad de sus acciones humanas. Esto es un misterio, pero no carece de razón. Un ser humano perfecto puede gozar de un cuerpo brillante en esta misma vida, y se experimenta en visiones muchos ejemplos de este fenómeno. Esto quizás resulte difícil de comprender para una persona de mediana inteligencia, pero los que tienen alguna experiencia del estado de visión no considerarán sorprendente ni improbable un cuerpo preparado según las acciones humanas, sino que apreciarán el fenómeno.

En resumen, el cuerpo que se adquiere según el grado de las acciones anteriores se convierte en una fuente de recompensa por los actos buenos y malos, en el estado intermedio. Yo tengo experiencia de esto. Muchas veces, totalmente despierto, he tenido visiones en las que he visto a personas ya fallecidas, y he observado que los cuerpos de los malhechores y los malvados eran oscuros, como si estuvieran hechos de humo. En resumen, tengo una experiencia personal en estos temas que me permite afirmar categóricamente que, como dice Dios Exaltado, cada persona recibe después de su muerte un cuerpo brillante u oscuro. Sería una equivocación por parte del hombre intentar establecer tales percepciones a través del mero ejercicio de la razón. Se ha de reconocer que así como el ojo es incapaz de descubrir un sabor dulce, y que la lengua no puede ver, del mismo modo la razón no basta para explicar el conocimiento de la vida después de la muerte, que sólo se adquiere a través de visiones espirituales. Dios Exaltado ha fijado varios métodos de adquirir en este mundo conocimientos de lo desconocido. Es preciso, por lo tanto, buscar todo a través de los medios apropiados. Sólo así se puede descubrirlo.

También ha de tenerse en cuenta que, en Su Santa Palabra, Dios describe como muertos a aquellos que se dedican al vicio y al error, mientras que declara vivos a los virtuosos. Esto se debe a que se suprimen las funciones vitales de aquellos que mueren habiéndose olvidado de Dios -al comer, beber y al entregarse a las pasiones- y no comparten los alimentos espiri­tuales. Están verdaderamente muertos, y su resurrección sólo será para su castigo. Como dice Dios el Glorioso:

“El que viene a su Señor como pecador, tendrá por morada el infierno, en el que ni vivirá ni morirá” (20:75).

Pero aquellos a los que Dios ama no mueren con la muerte física, porque tienen en sí su sustento.

Después de Barzukh hay un estado de resurrección. En este estado, toda alma, buena o mala, honrada o desobediente, recibirá un cuerpo visible. Se ha elegido ese día para la manifestación perfecta de Dios, cuando todos conocerán plenamente el Ser de su Señor, y recibirán la recompensa total. Esto no debe de extrañar a nadie, porque Dios es Exaltado, y hace siempre Su voluntad, como El ha dicho:

“¿No sabe el hombre que le hemos creado de una mera gota de esperma implantada en el vientre? Y sin embargo se vuelve disidente persistente. Olvida el proceso de su propia creación, pero habla mucho de Nosotros. Pregunta: ¿cómo se puede devolver la vida a una persona cuyos huesos están podridos? ¿Quién tiene el poder de resucitarle? Diles: El que los creó la primera vez les devolverá la vida. Él conoce todas las formas de creación (36:78-80).

Es tal Su poder que cuando decide una cosa, dice “Sea” y es. Él es Santo, pues el dominio de todas las cosas está en Su mano. A Él habréis de volver todos” (36:82-84).

En estos versículos Dios el Glorioso señala que para Él nada es imposible. ¿Acaso no tiene poder para crear al hombre de nuevo El que primero lo creó de una humilde gota?

Una persona ignorante quizás objetara que, puesto que el tercer estado, el estado de la resurrección, sólo llega tras un largo período de tiempo, el estado de Barzukh no sería más que un calabozo inútil para los buenos y los malos. Pero ésta es una equivocación que se basa en la ignorancia. En el Libro de Dios se alude a dos estados de recompensa de las acciones buenas y malas, uno de los cuales es el estado de Barzukh, en el que todos recibirán su recompensa, aunque no tan francamente como en el tercer estado. Los malvados entrarán inmediatamente en el infierno, y los virtuosos hallarán su sosiego en el cielo inmediatamente después de su muerte. Varios versículos del Santo Corán aluden al hecho de que cada persona, inmediatamente después de su muerte, encontrará la recompensa de sus acciones. Por ejem­plo, con respecto al virtuoso, dice:

“Se le dijo: Entra tú en el paraíso” (36:27); y a un malvado también se le dijo:”

Este versículo alude a dos amigos, uno de los cuales entró en el cielo, y el otro en el infierno. El que entró en el cielo estaba ansioso de saber cómo se encontraba su amigo. Se le mostró que su amigo estaba ya en el centro del infierno (37:56). Así pues, se ve que la recompensa y el castigo entran inmediatamente en vigor, yendo al infierno los condenados, y al cielo los que lo merecen. Pero después hay un día de grandiosa manifestación, elegido por la gran sabiduría de Dios. Dios creó al hombre para que se Le reconociera a través de Su atributo de creación. Luego destruirá todo, para que le reconozcan por Su Dominio sobre todas las cosas. Después, Él reunirá a todos, tras otorgarles la vida perfecta, para que Le reconozcan por Su poder.

La segunda percepción respecto a la vida después de la muerte, contenida en el Santo Corán, es que en la otra vida, tanto en el estado intermedio como en el de la resurrección, se manifestarán físicamente todas las condiciones espirituales de este mundo. En este contexto, un versículo dice:

“El que permanece ciego en esta vida también estará ciego en la otra vida, y se apartará aún más del camino” (17:73).

Esto significa que la ceguera espiritual de esta vida se manifestará y se sentirá físicamente en la otra vida. En otro versículo se dice:

Segunda Percepción

“Sujetad a este malvado, echadle una argolla al cuello, y arrojadle al infierno para que se queme, atándole con una cadena cuya longitud sea de setenta codos” (69:31-33).

Estos versículos demuestran que los tormentos espirituales de esta vida se manifestarán físicamente en la otra vida. Por ejemplo, la argolla de la ambición mundanal, que había inclinado la cabeza del hombre hacia la tierra en esta vida, se volverá claramente visible en la vida después de la muerte. Del mismo modo, la cadena de las preocupaciones de este mundo se hará visible en sus pies, y el fuego de los deseos terrenales aparecerá ardiente.

Un hombre vicioso oculta dentro de sí todo un infierno de codicia y de deseos mundanales, y percibe en el momento de sus fracasos y frustraciones la sensación ardiente de este infierno. Por lo tanto, al ser arrojado lejos de sus deseos mortales será sometido a la desesperación eterna, y Dios Exal­tado hará que su tristeza se manifieste físicamente, en forma de fuego, como se dice:

“Se interpondrá una barrera entre ellos y sus deseos, y ésta será la raíz de sus tormentos” (34:55).

La cadena de setenta codos indica que un malvado llega a menudo a la edad de setenta años, y a veces -aparte de sus años de niñez y de decrepitud- llega a gozar de un período de setenta años en los que puede trabajar con sabiduría y buen sentido. Pero un desgraciado vive estos setenta años atado por una cadena de deseos mundanales, sin querer librarse de ella. Dios Exaltado afirma pues, en este versículo, que los setenta años que dedica tal hombre a las pasiones del mundo, se manifestarán en la otra vida en forma de una cadena de setenta codos, un codo para cada año. Se ha de tener en cuenta, a este respecto, que Dios Exaltado nunca impone a ningún hombre desgracia alguna ideada por El. Simplemente enfrenta al hombre con sus propios actos malos.

En otra parte del Corán, El dice:

“Oh viles malvados, id a la sombra de las tres ramas, que no brindan defensa contra el calor, ni os protegen del fuego” (77:31-32).

Las tres ramas aquí descritas representan la bestialidad, la barbarie y la imaginación salvaje. Aquellos que no controlan estas facultades, y por lo tanto no las convierten en cualidades morales, verán que dichas facultades se manifiestan en la otra vida como tres ramas sin hojas de un árbol, que no brindan sombra ni protección contra el fuego, dejando así que el fuego devore a tales personas. Por contraste, Dios Exaltado dice a los moradores del cielo:

“En ese día verás la luz de los hombres y las mujeres creyentes, que está oculta en este mundo, una luz manifiesta que fluye ante ellos y a su mano derecha” (57:13);

y en otro versículo dice:

“En este día se volverán brillantes algunos rostros, y otros se volverán oscuros” (3:107).

Un tercer versículo establece:

“El Jardín prometido a los justos tiene ríos de agua que no corrompe; y ríos de leche cuyo sabor no varía; y ríos de vino que no embriaga, sino que place a los que beben; y ríos de miel pura, libre de impureza” (47:16).

Aquí se declara claramente que debemos considerar que el cielo está compuesto, metafóricamente, de arroyos inagotables de mercedes. Esto significa que el agua de la vida, que bebe el que demuestra una comprensión espiritual, se manifestará visiblemente. La leche espiritual que sustenta al hombre, como a un recién nacido, durante esta vida, se volverá claramente visible en el cielo. El vino del amor a Dios, que le embriagaba espiritualmente durante toda la vida en este mundo, en el cielo se manifestará en forma de un arroyo. La miel de la dulzura de la fe, comida espiritualmente en este mundo por el que posee la comprensión espiritual, se manifestará y se sentirá físicamente en la otra vida. Todo morador del cielo proclamará su condición espiritual abiertamente en sus jardines y ríos. En ese día, Dios se revelará ante los morado­res del cielo. En resumen, en la otra vida las condiciones espirituales no permanecerán ocultas, sino que serán perceptibles y físicamente visibles.

Tercera Percepción

La tercera percepción con respecto a la otra vida es que habrá un progreso ilimitado. Como dice Dios Exaltado:

Para los creyentes que poseen luz en este mundo, su luz fluirá ante ellos y a su mano derecha. Ellos rogarán: “Señor, perfecciona nuestra luz, y cúbre­nos con Tu gracia, pues Tú tienes poder sobre todas las cosas” (66:9).

Esta súplica para que se perfeccione su luz es una indicación de un progreso infinito. Significa que al llegar a un estado de iluminación, percibirán a lo lejos otro estado superior -y al verlo considerarán inferior el estado en el que se hallan, pidiendo alcanzar el estado superior. Al llegar a este estado superior, verán otro estado más elevado, y anhelarán llegar allí. Así, su anhelo por el progreso constante se señala en la expresión “Perfecciona nuestra luz”. La cadena de progreso continuará indefinidamente. No se aleja­rán ni serán arrojados del cielo, sino que seguirán progresando a diario.

Se podría preguntar ¿qué necesidad habría de suplicar el perdón, una vez que los virtuosos ya hubieran entrado en el cielo y sus pecados se hubieran perdonado? La respuesta es que el verdadero significado de maghfirat (la búsqueda del perdón) es la supresión de una condición imperfecta o defectuosa. De este modo, los moradores del cielo buscarán el logro de la perfec­ción, y su inmersión total en la luz. Al percibir una condición superior, consi­derarán defectuosa su propia condición, y desearán suprimirla, y después, al observar una condición aún más elevada, desearán suprimir su condición inferior, y de este modo buscarán constantemente un maghfirat ilimitado. Esta búsqueda del maghfirat o del istighfar a veces se convierte en la base de una crítica adversa hacia el Santo Profeta, la paz y bendiciones de Al-lah sean con él. Espero haber expuesto con claridad que el deseo de maghfirat es una cuestión de orgullo para el hombre. Todo hombre nacido de mujer que no tenga el istighfar por costumbre, es un gusano y no un hombre, es un ciego y no un vidente, está manchado y no puro.

En resumen, según el Santo Corán, tanto el infierno como el cielo son reflejos de la vida humana, y no algo nuevo que viene de fuera. Es verdad que en la otra vida se manifestará físicamente, pero serán reflejos de las condi­ciones espirituales del hombre en esta vida. No concebimos el cielo como un lugar que posee árboles materiales, ni el infierno como un lugar repleto de azufre y sulfuro. Según las enseñanzas islámicas, el cielo y el infierno son reflejos de las acciones realizadas por una persona en este mundo.

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