Cuarta consideración

Cuarta consideración

El efecto de las ordenanzas prácticas de la Ley en esta vida y la otra

Ya hemos afirmado que el efecto de la ley divina, verdadera y perfecta, sobre el corazón del hombre en esta vida es el de elevarle de su condición salvaje para convertirle en ser humano, y después, tras inculcar en él las altas cualidades morales, convertirle en un ser piadoso. Uno de los efectos de las ordenanzas prácticas de la ley es que una persona que observa la ley verda­dera reconoce progresivamente los derechos de sus congéneres, y ejercita sus facultades de equidad, benevolencia y verdadera compasión, en las oca­siones debidas. Tal persona comparte con sus congéneres, de acuerdo con sus méritos, las bondades que Dios le ha otorgado -el conocimiento, la comprensión, los bienes y las comodidades-. Como el sol, derrama su luz sobre toda la humanidad, y como la luna, transmite a otros la luz que recibe de Dios. Brilla como el día, mostrando a los demás los caminos de la virtud y la bondad, y como la noche, cubre con un velo sus debilidades y reconforta a los cansados. El piadoso, como el cielo, protege bajo su sombra a todos los necesitados y les refresca con la lluvia de la gracia en los momentos debidos. Como la tierra, se resigna con humildad a ser hollado por el bienestar ajeno y hace que se acerquen a él para otorgarles la seguridad, ofreciéndoles frutos espirituales diversos. De este modo, el que obedece la ley perfecta cumple con sus obligaciones hacia Dios hacia sus congéneres hasta el máximo. Se somete totalmente a la voluntad de Dios, y se convierte en el verdadero siervo de Sus criaturas. Este es el efecto de las ordenanzas prácticas de la ley sobre la vida humana en este mundo.

Su efecto en la otra vida es que una persona que las obedece totalmente contemplará su relación espiritual con Dios como realidad manifiesta. Los servicios que por amor de Dios hacía a las criaturas de Dios, estimulado por su fe y su deseo de realizar buenas obras, le serán manifiestos en los árboles y los ríos del paraíso.

En este contexto, Dios Exaltado dice:

“Juramos por el sol y su luz; juramos por la luna cuando sigue al sol y obtiene del sol su luz y la transmite a la humanidad; juramos por el día que manifiesta la luz del sol y señala los caminos; juramos por la noche que todo lo oscurece y oculta con un velo de tinieblas; juramos por el cielo y el motivo de su creación; juramos por la tierra y la razón por la que se extiende como un suelo; y juramos por el alma humana y su cualidad que la hace igual a todas estas cosas”;

es decir, todas las cualidades que se hallan dispersas entre los otros cuerpos que se han mencionado se reúnen en el alma de un hombre perfecto. Del mismo modo que estos cuerpos sirven al hombre de diversas maneras, el hombre perfecto realiza todos aquellos servicios por sí mismo. Después Dios dice: Se librará de la muerte y logrará la salvación aquél que purifica su alma, sirviendo a las criaturas de Dios por amor a Dios, como el sol, la luna y la tierra.

Se ha de tener en cuenta que en este contexto se entiende por “vida” la vida eterna que se otorga al hombre perfecto. Esto nos indica que la recom­pensa por haber obedecido las ordenanzas prácticas de la ley será la vida eterna del mundo venidero, para la cual la contemplación de Dios servirá siempre de sustento. Después se establece que quien corrompe su alma, y no adquiere las cualidades para las que recibió las facultades apropiadas, y vuelve tras una vida impura, se arruinará y desesperará de la vida eterna. Esto viene ilustrado en el incidente del camello de Al-lah desjarretado por un malvado de la tribu de Samud, que no le permitió beber en su fuente. Esto indica que el alma del hombre es el camello de Dios, sobre el que cabalga Él; o sea que el corazón del hombre es el lugar de las manifestaciones divinas. El agua que bebe el camello es el amor y la comprensión de Dios que le sustenta. Cuando los samudíes desjarretaron el camello de Dios, y no le permitieron beber, sufrieron el castigo de Dios, y Dios ni siquiera se ocupó del bienestar de sus subordinados. Así será arruinado el que corrompe su alma, y no desea perfeccionarla, y le niega el alimento espiritual (91:2-16).

La filosofía del juramento en el Santo Corán

Existe una profunda filosofía en los juramentos de Dios por el sol y la luna, etc. Los antagonistas del Islam, debido a su ignorancia, critican a Dios por jurar por cosas creadas. Como su inteligencia no es celestial sino terrenal, son incapaces de apreciar las verdaderas percepciones. El objeto del jurar es aducir un testimonio en apoyo de su petición. Una persona que no dispone de testigo a favor de su petición jura por Dios, porque Él lo sabe todo, y Él es el primer testigo en todos los casos. Tal persona presenta el testimonio de Dios al jurar por Él, sabiendo que la veracidad de su afirmación la confirmará el hecho de que Dios no le castigue luego de jurar. Por lo tanto, no es permisible que una persona jure por una cosa creada, puesto que ninguna cosa creada conoce lo desconocido, ni puede castigar al que en falso jura. En estos versículos, los juramentos de Dios por varios fenómenos son distin­tos de los juramentos de una persona. Existen dos tipos de manifestación divina. Primero hay manifestaciones evidentes, acerca de las que no existe ninguna polémica. En segundo lugar hay manifestaciones divinas por deducción, que pueden ser tema de conflicto y equivocación.

Al jurar por fenómenos evidentes, el propósito de Dios Exaltado es esta­blecer, mediante su testimonio, Sus manifestaciones deductivas.

Es evidente que el sol y la luna, el día y la noche y el cielo y la tierra, poseen las características respectivas ya mencionadas y sin embargo no todo el mundo reconoce las características del alma humana. Dios presenta como testimonio Sus manifestaciones evidentes con el propósito de explicar sus manifestaciones deductivas. Es como si Él dijera: Si tenéis dudas en cuanto a las cualidades que posee el alma humana, contemplad el sol y la luna y los otros fenómenos citados, que evidentemente poseen dichas cualidades. Sabéis que el hombre es un microcosmos en el que se representa en pequeña escala todo lo existente en el universo. Si los grandes cuerpos del macrocosmos poseen estas cualidades, y las emplean en servicio de las criaturas de Dios ¿es posible que el hombre, superior a todos estos cuerpos, no tenga también estas cualidades? No es posible. Igual que el sol, el hombre posee la luz de la ciencia y la razón, y con esta luz ilumina al mundo. Igual que la luna, el hombre recibe la luz de las visiones y revelaciones divinas y la transmite a otros que todavía no han llegado al más elevado estadio del progreso humano. ¿Cómo podéis decir, entonces, que el don de la profecía es una noción falsa, y que el don profético, las Leyes divinas y las Sagradas Escrituras no son más que imposturas y evidencia del egoísmo de ciertos seres humanos? Habéis observado que al amanecer se iluminan todos los caminos, y las montañas y los valles se hacen visibles. Del mismo modo, el hombre perfecto es el día de la luz espiritual. Su aparición hace visibles los distintos caminos. Él señala el buen camino, porque Él es el día resplande­ciente de la verdad y la virtud. De igual modo habéis observado cómo la noche acoge a los cansados, y cómo los labradores, tras trabajar durante el día, descansan de sus labores bajo la protección de la noche. La noche también cubre todos sus defectos e imperfecciones. Del mismo modo, los siervos perfectos de Dios vienen para reconfortar al mundo, y los que reciben revelaciones alivian a los sabios de sus esfuerzos intensos. A través de tales personas, se resuelven fácilmente los grandes problemas de percepción. La revelación divina también oculta los defectos de la razón humana, y como la noche, no deja que se hagan visibles sus errores, -puesto que los sabios corrigen sus propios errores a la luz de la revelación- y merced a las bendiciones de la santa revelación de Dios, se salvan del escándalo público. Por esta razón, ningún filósofo musulmán sacrificó un gallo como ofrenda a un ídolo como hizo Platón. Platón se equivocó porque estaba privado de la luz de la revelación, y a pesar de ser un gran filósofo cometió este acto odioso y absurdo. Al seguir a nuestro amo y señor el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, los filósofos musulmanes se protegieron contra prácticas tan absurdas e impías. Esto nos demuestra que la revelación divina cubre, como la noche, las deficiencias de los sabios.

También sabéis que los siervos perfectos de Dios, igual que el cielo, toman bajo su amparo a los fatigados. Sus profetas y aquellos que reciben Su revelación derraman, como .el cielo, la lluvia de su benevolencia. También poseen las cualidades de la tierra. Diversos tipos de árboles de ciencia ele­vada brotan de sus nobles almas, y la humanidad se beneficia de su sombra, de sus flores y de sus frutas. En resumen, la ley visible de la naturaleza, que vemos fácilmente con nuestros ojos, sirve de testigo a la ley oculta cuyo testimonio Dios Exaltado cita en estos versículos en forma de juramentos. ¡Cuánta sabiduría contiene la palabra del Santo Corán, que procedió de la boca de un hijo iletrado del desierto! De no haber sido la Palabra de Dios, los sabios y aquellos que se consideran cultos no habrían criticado tan pro­funda percepción. Frecuentemente, cuando la razón imperfecta de una per­sona le impide apreciar un concepto, dicha persona critica lo que está basado en la sabiduría, y su crítica se convierte en prueba de que la sabiduría no está al alcance del intelecto medio. Por esta razón aquellos que se consi­deraban sabios criticaron este fenómeno; pero ahora, descifrado el misterio, las personas inteligentes, en vez de criticarlo, hallarán placer en ello.

En otra parte del Santo Corán, se recita tal juramento con el fin de citar un ejemplo de la ley natural en apoyo de un fenómeno de revelación:

“Juramos por el cielo que nos envía lluvia, y por la tierra que, con la ayuda de esta lluvia, nos proporciona varios tipos de vegetales, que el Corán es la Palabra de Dios y Su revelación, que discierne entre la verdad y la falsedad, y que no es vana; es decir, no se ha revelado a la hora indebida, sino que viene a tiempo, como la lluvia oportuna” (86:12-15).

Aquí Dios Exaltado expone una conocida ley de la naturaleza en apoyo de la veracidad del Santo Corán, que es Su Palabra. Sabemos muy bien que en tiempos de necesidad la lluvia cae del cielo, y que toda la vegetación de la tierra depende de la lluvia. Cuando la lluvia cesa, los pozos también se secan paulatinamente, de ahí que la tierra también dependa, por su agua, de la lluvia del cielo. Por esta razón, durante la estación de lluvias, también sube el nivel de agua en los pozos, porque las aguas celestiales afectan a las aguas terrestres. Así es la revelación entre la relación divina y la razón humana. La revelación divina es el agua celestial, y la razón es el agua terrestre que recibe sustento del agua celestial. Cuando cesa el agua celestial, es decir, la revelación divina, también se seca paulatinamente el agua terrestre. Por esta razón, cuando transcurre un largo período de tiempo sin que aparezca nin­gún inspirado de Dios, la razón de los sabios se corrompe, igual que se corrompe y se seca el agua terrestre. Para apreciar este fenómeno basta considerar brevemente la condición del mundo inmediatamente antes del advenimiento del Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él. Habían transcurrido unos seiscientos años desde la aparición de Jesu­cristo, sin que apareciera ningún inspirado de Dios, y el mundo entero se había corrompido. La historia de todos los países demuestra que antes del advenimiento del Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, la falsedad dominaba en todo el mundo. ¿Por qué sucedió así? Sucedió así porque durante mucho tiempo el mundo no había recibido ninguna reve­lación divina, y como consecuencia el reino de los cielos había caído bajo el dominio de la razón humana. Todos conocemos la corrupción que prevale­cía entre los pueblos porque éstos seguían su razón imperfecta. De este modo, cuando la lluvia de la revelación no descendió durante un intervalo largo, las aguas de la razón también se secaron.

Así pues, en estos juramentos, Dios Exaltado llama nuestra atención, y pide que meditemos sobre esta ley firme y eterna de la naturaleza: Que toda la vegetación de la tierra depende de la lluvia del cielo. Así, la ley evidente de la naturaleza sirve de testigo para la ley oculta que gobierna la revelación divina. Intentad, pues, beneficiaros de la evidencia de este testigo, y no os dejéis guiar sólo por la razón, porque la razón es un agua que no puede continuar sin ayuda del agua celestial. Del mismo modo que el agua celestial hace que suba el agua de todos los pozos, aunque no caiga directamente en el pozo, cuando aparece en el mundo alguien que ha recibido revelación divina, la razón se ilumina y se agudiza de una manera jamás vista antes, aunque el sabio no siga a dicha persona. La gente comienza a buscar la verdad, y se observa animación y actividad de todas las facultades dormidas. Todo este desarrollo de la razón y del corazón se debe a la bendita aparición del que ha recibido la revelación divina, que hace que suban todas las aguas de la tierra.

Por lo tanto, cuando veáis que existe una búsqueda general de la religión, y que las aguas de la tierra se remueven, estad seguros de que ha caído la lluvia celestial sobre la tierra, y que el agua de la revelación divina ha caído sobre un corazón humano.

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