En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

En la época actual hay algunas mujeres que también han adoptado innovaciones peculiares en la fe, y fruncen el ceño ante la enseñanza islámica de los matrimonios múltiples, como si no formara parte de la fe. No saben que la Ley divina contiene todos los remedios. De no existir en el Islam el mandamiento sobre los matrimonios múltiples, la Sharía no daría solución a los casos en los que los hombres se ven obligados a contraer un segundo matrimonio. Supongamos, por ejemplo, que una mujer enloquece, o contrae la lepra, o cualquier otra enfermedad que la incapacite para siempre; o que, debido a ciertas circunstancias, y aunque merezca compasión, pierda sus capacidades. Como el marido también es digno de compasión por ser incapaz de vivir una vida de celibato, sería injusto para las facultades de un hombre imponerle la prohibición de contraer un segundo matrimonio. En realidad, la ley divina ha dejado esta puerta abierta para los hombres teniendo en cuenta estos factores. De manera similar, en circunstancias apremiantes, Dios también ha abierto una vía para las mujeres. Si un esposo queda incapacitado, la mujer puede solicitar el Jula a un juez, que es también una forma de divorcio.

La ley divina se puede comparar a una farmacia. La farmacia que no pueda disponer de medicamentos para todo tipo de enfermedades, no tendrá éxito. Reflexionad por un momento: ¿No es cierto que, a veces, los hombres afrontan circunstancias que los obligan a un segundo matrimonio? ¿De qué sirve una ley divina que no proporcione una solución para cada situación?

Según el Evangelio, la única razón para el divorcio es el adulterio, ignorando otros cientos de factores que pueden crear hostilidad entre el hombre y la mujer. Esta deficiencia ha resultado insostenible para el pueblo cristiano y ahora, en los Estados Unidos, ha sido necesario promulgar una ley relativa al divorcio. ¿Acaso no ha dejado de lado esta ley al Evangelio?

¡Oh mujeres! No desesperéis. El libro que se os ha otorgado no requiere ninguna enmienda humana, como el Evangelio, pues salvaguarda los derechos de los hombres y también el de las mujeres. Si a una mujer le disgustan los múltiples matrimonios de su marido, tiene la libertad de solicitar el divorcio a través de las autoridades pertinentes. Era imperativo que Dios proveyera ordenanzas para las diversas circunstancias que habían de afrontar los musulmanes, para que la ley divina no quedara incompleta. ¡Oh, mujeres, no critiquéis a Dios Todopoderoso si vuestros maridos intentan contraer un segundo matrimonio. Por el contrario, rogad a Dios para que os proteja de las pruebas y tribulaciones. Indudablemente, el hombre que contrae matrimonio con dos esposas y no se comporta equitativamente con ellas, comete una grave crueldad, y tendrá que responder de sus actos. Sin embargo, no debéis desobedecer a Dios incurriendo en Su ira, pues cada uno es responsable de sus propios actos. Si os volvéis piadosas a los ojos de Dios Todopoderoso, vuestros esposos también adoptarán la piedad. Aunque la ley religiosa permite a los hombres contraer matrimonios múltiples, tomando en consideración sus diversas exigencias, también existe para vosotras la ley del decreto divino. Si os resulta difícil aceptar la ley establecida por la Shariah, debéis beneficiaros de la ley del decreto divino a través de la oración, pues la ley del decreto divino predomina sobre la ley de la Shariah.

Adoptad la piedad y no os dejéis fascinar por este mundo ni tampoco por sus atracciones. No os vanagloriéis de vuestro linaje, ni ridiculicéis ni os burléis de otras mujeres. Tampoco demandéis de vuestros maridos aquello que sobrepase su capacidad. Haced lo posible por entrar en vuestras tumbas en estado de pureza y castidad. No seáis negligentes en el cumplimiento de vuestras obligaciones hacia Dios, tales como la oración, el Zakat, etc. y permaneced fieles a vuestros maridos en cuerpo y alma, pues gran parte de su honor descansa en vuestras manos. Cumplid, pues, este deber con tal excelencia, que logréis contaros entre las virtuosas y obedientes a los ojos de Dios. No seáis extravagantes ni derrochéis la riqueza de vuestros maridos. No seáis deshonestas, absteneos de robar, no os quejéis constantemente, y no calumniéis a otros hombres y mujeres.