Quinta consideración

Las fuentes del conocimiento divino

A estas alturas, la falta de tiempo nos impide exponer lo mucho que dice el Santo Corán acerca de este tema. Nos limitaremos, por lo tanto, a una breve declaración, con la esperanza de que sirva de ejemplo.

El Santo Corán llama nuestra atención sobre tres tipos de conocimiento: el conocimiento por la certeza de la deducción, el conocimiento por la certeza de la visión y el conocimiento por la certeza de la experiencia. Como ya hemos explicado, el conocimiento por la certeza de la deducción, implica que una cosa se conoce no directamente, sino por algo mediante lo cual se puede inferir. Al ver el humo, por ejemplo, podemos deducir la existencia de fuego. No vemos el fuego, sino que vemos el humo, y al verlo creemos en la existencia del fuego. Luego, al ver el fuego, adquirimos -según el Santo Corán- la certeza de la visión. Si entráramos en el fuego, nuestro conocimiento adquiriría la cualidad de la certeza de la experiencia. Ya hemos tratado este tema con anterioridad, y remitimos a nuestros oyentes y a nuestros lectores a dicha exposición.

Se ha de saber que la fuente del primer tipo de conocimiento, es decir, el conocimiento por la certeza de la deducción, la constituyen la razón y la información. Dios Exaltado establece en el Santo Corán que los moradores del infierno afirmarán:

“Es decir que afirmarán que de haber utilizado su razón, de haber abordado de manera sensata la religión y la doctrina, y de haber escuchado y leído con detenimiento los discursos y las obras escritas de los sabios y los eruditos, no habrían sido condenados al infierno” (67:11).

Esto coincide con otro versículo, donde se dice: Dios Exaltado no exige que los seres humanos acepten nada que esté más allá de su capacidad intelectual, y por lo tanto sólo establece doctrinas que los hombres puedan entender, para que Sus mandamientos no impongan sobre el hombre un peso que sea incapaz de llevar (2:87). Estos versículos también indican que la certeza del conocimiento por deducción también se adquiere a través del oído. Por ejemplo, no hemos visitado Londres, y sólo hemos oído lo que dicen de Londres los que han estado allí, pero ¿cabe suponer que todos ellos nos podrían haber mentido? No hemos vivido en tiempos del Emperador Aurangazeb, y nunca lo vimos, pero ¿por eso debemos dudar que Aurangazeb fuera uno de los emperadores Mongoles? Y si estamos seguros de que existió, ¿cómo llegamos a tener esta seguridad? Sin duda, por haber oído hablar de él continuamente. No puede haber duda, por lo tanto, de que el oído contribuye a la adquisición del conocimiento por la certeza de la deducción. Los libros de los Profetas también constituyen una fuente de conocimiento a través del oído, siempre que no exista ninguna contradicción en lo que se oye. Pero si un libro se tiene por revelado, y existen cincuenta o sesenta versiones de él, algunas de las cuales se contradicen entre sí, entonces incluso si se tuviera por exactas sólo dos o tres o cuatro versiones, y el resto fueran falsas, esto no constituiría prueba suficiente para ser la base de un conocimiento seguro; todos estos libros serían descartados por su dudosa veracidad debido a sus contradiccio­nes y no podrían constituir fuentes de conocimiento pues el conocimiento ha de conducir a la comprensión perfecta y una serie de contradicciones no pueden conducir a la comprensión perfecta.

El Santo Corán no se limita al conocimiento que se adquiere a través del oído, sino que contiene argumentos bien razonados y convincentes. Ninguno de los principios, doctrinas o mandamientos busca imponerse a través de la autoridad; como ya ha explicado el Corán, todos están contenidos en la naturaleza humana. Se denomina al Santo Corán un Recordatorio, es decir, el Bendito Corán no impone nada nuevo, sino que nos recuerda lo que ya existe en la naturaleza del hombre y en el libro de la naturaleza (21:51). En otra parte se dice que el Islam no intenta inculcar nada mediante la fuerza, sino que expone razones que lo apoyan todo (2:257). El Corán posee una cualidad espiritual que ilumina al corazón:

“Es un remedio para todas las dolencias espirituales” (10:58).

No es, pues, meramente un libro que ha sido transmitido a través de las generaciones, sino que contiene argumentos razonados, y está lleno de una luz brillante.

Así podemos afirmar que los argumentos intelectuales que tienen una base firme llevan al hombre al conocimiento a través de la deducción. A esto aluden los siguientes versículos:

Cuando los hombres sabios e inteligentes reflexionan sobre la estructura de la tierra y los cuerpos celestes, y consideran a fondo los cambios del día y la noche, hallan en ellos argumentos a favor de la existencia de Dios. Después, buscan la ayuda divina para adquirir mayor entendimiento, y recuerdan a Dios al levantarse, sentarse y acostarse. Así se agudiza su intelecto, y su consideración de la estructura de la tierra y de los cuerpos celestes les obliga a afirmar que este sistema tan perfectamente ordenado no podía haber sido creado en vano, sino que es una manifestación de los atributos divinos. De ahí que reconozcan la Divinidad del Creador del universo, y oren:

“Señor, Tú eres Santo, estás más allá de toda negación de Tu existencia y de todo intento de atribuirte cualidades imperfectas. Sálva­nos, pues, del fuego infernal”.

Esto significa que la negación de Dios es un infierno, y que todo sosiego, y felicidad proceden de El y de Su reconoci­miento. El que se ve privado del reconocimiento de Dios sufre el infierno en esta misma vida (3:191-192).

La naturaleza de la conciencia humana

La conciencia humana, llamada en el Libro de Dios naturaleza humana, también constituye una fuente de conocimiento:

“Seguid la naturaleza dispuesta por Al-lah, la naturaleza según la cual Él ha creado al hombre” (30:31).

¿Cuál es la huella de aquella naturaleza? Es el creer en un Dios Único, sin compañero, Creador de todo, más allá del nacimiento y de la muerte. Hemos descrito la conciencia como una fuente del conocimiento por la certeza de la deducción, aunque aparentemente la mente no viaja de un tipo de conocimiento a otro del mismo modo que viaja de la observación del humo a la inferencia del fuego; y sin embargo aquí también hay un tipo de transferencia muy sutil: Dios otorga a todas las cosas una cualidad particular que no se puede describir con palabras, pero la mente se dirige inmediatamente a esta cualidad al observar o contemplar la cosa. Aquella cualidad es tan inherente a todas las cosas como el humo lo es al fuego. Por ejemplo, cuando contemplamos el Ser de Dios Exaltado, y consideramos lo que debería ser, cuando pensamos si Dios debería nacer como nosotros, y sufrir y morir también como nosotros, inmediatamente al formarse tal idea nuestro corazón se siente atormentado, y nuestra conciencia tiembla y rechaza tal idea con indignación, clamando que Dios, sobre Cuyos poderes se centran todas nuestras esperanzas, debe estar libre de cualquier defecto y debe ser Santo, Perfecto y Poderoso. En el momento en que pensamos en Dios percibimos una relación perfecta entre Dios y la Unicidad, que supera incluso a la existente entre el fuego y el humo. Por lo tanto, el conocimiento que obtenemos a través de la conciencia es el conocimiento en el estado de certeza a través de la deducción. Pero existe otro estado que se denomina conocimiento por certeza de la visión. Esto supone el grado de conocimiento adquirido cuando no existe intermediario entre nosotros y lo que hemos conocido. Por ejemplo, cuando percibimos un olor agradable o desagradable a través de nuestro sentido del olfato, o cuando percibimos la dulzura o la salinidad de algo a través de nuestro sentido del gusto, o el calor o el frío de algo, a través de nuestro sentido del tacto, todos estos conocimientos constituyen, para así decirlo, la certeza de la visión.

Con respecto a la vida futura, nuestro conocimiento alcanza el grado de certeza de visión cuando recibimos revelación directa y oímos la voz de Dios a través de nuestros oídos y contemplamos las verdaderas y claras visiones de Dios con nuestros ojos. Sin duda, necesitamos revelaciones directas para adquirir la comprensión perfecta por la que nuestros corazones están hambrientos y sedientos. Si Dios Exaltado no nos hubiera concedido por adelantado los medios para tal comprensión. ¿Por qué ha creado esta hambre y esta sed en nuestros corazones? ¿Podemos contentarnos con la idea de que en esta vida, que constituye nuestra única medida para la otra vida, deberíamos crear en el verdadero, perfecto, poderoso y viviente Dios, basándonos solamente en cuentos e historias, o que deberíamos depender de la razón únicamente, cuya comprensión es todavía defectuosa e incompleta? ¿Acaso no desean los corazones de los verdaderos amantes de Dios disfrutar de la felicidad de conversar con su Amado? Y aquellos que en este mundo lo han dado todo por Dios, y han dedicado sus corazones y sus vidas a Él, ¿acaso deben estar contentos de poder afligirse en una luz débil, sin contemplar el rostro del Sol de la Verdad? ¿No es cierto que la afirmación del Dios Viviente: “Estoy presente” otorga un grado tal de comprensión que cuando la comparamos con los libros auto concebidos de todos los filósofos éstos quedan reducidos a la nada? ¿Qué pueden los llamados filósofos enseñarnos, cuando ellos mismos están ciegos? En resumen, si Dios Exaltado se propone conceder un entendimiento perfecto a sus buscadores, entonces El ciertamente ha mantenido abierto el camino para conversar con ellos. En este contexto Dios el Glorioso nos enseña la plegaria del Santo Corán:

“Guíanos por el camino de aquellos a los que Tú has otorgado Tus bendiciones” (1:6-7).

Aquí el concepto de bendiciones divinas se refiere al conocimiento divino a través de la revelación y las visiones que se conceden directamente al hombre. En otra parte se dice:

“Sobre aquellos que, habiendo creído en Dios, continúan firmes, descenderán los ángeles de Dios para tranquilizarles: No temáis, ni tengáis pena, y alegraos en el paraíso que se os ha prometido” (41:31).

Aquí se puede apreciar con claridad que los siervos honrados de Dios reciben revelaciones de Él en los momentos de miedo y dolor, y que los ángeles descienden sobre ellos para tranquilizarles. En otra parte se dice:

Los amigos de Dios reciben buenas noticias en esta vida a través de las revelaciones, y conversan con Dios, y también tendrán la misma experiencia en la otra vida (10:65).

El Significado de la Revelación

Ha de tenerse muy en cuenta que el concepto de revelación no significa que una idea surge en la mente de una persona que se propone meditar sobre algo concreto, del mismo modo que, por ejemplo, el poeta que tras haber pensado en medio verso se dispone a buscar la otra mitad en su mente, y ésta se le ofrece. Esto no es una revelación, sino el resultado de la reflexión de acuerdo con la ley de la naturaleza. Cuando una persona reflexiona sobre algo bueno o malo, surge en su mente una idea correspondiente. Por ejemplo, una persona piadosa y honrada compone versos en favor de la verdad, mientras otra que es malvada y perversa apoya con sus versos la falsedad, y abusa de los justos. Ambos, sin duda, escriben un cierto número de versos, y es posible que los versos de aquél que es enemigo de la verdad y apoya la falsedad sean mejores que los versos del otro, debido a su mayor práctica al escribir poesía. Por lo tanto, si el hecho de que surja una idea en nuestra mente se ha de considerar como revelación, un poeta malvado que sea enemigo de la verdad y de las personas honradas y que escriba lo contrario de la verdad y haya recurrido a la impostura, sería denominado receptor de revelación divina. Muchas novelas están escritas con un estilo excelente y exponen argumentos que, aunque falsos, contienen relatos muy bien elaborados. Entonces ¿podrían considerarse revelaciones estas novelas? Si la revelación no fuera más que una idea que surge en la mente, el ladrón también se podría llamar receptor de revelación, porque un ladrón experto elabora en la mente varias formas de robar y asesinar, y muchos planes astutos pasan por su cabeza. ¿Podríamos llamar “revelaciones” a estos proyectos impuros? Por supuesto que no. Sólo razonan así aquellos que no conocen el Verdadero Dios, que reconforta con Sus palabras los corazones de Sus siervos, y otorga la luz del conocimiento espiritual a aquellos que no la conocen.

¿En qué consiste, pues, la revelación? Es la viviente y poderosa conversación de Dios Santo y Exaltado con Su siervo elegido, o con alguien que El desea elegir. Cuando esta conversación empieza de manera adecuada y satisfactoria, libre de la oscuridad de los conceptos equivocados y llena no de palabras vacías sino de alegría, sabiduría y grandeza, entonces esta conversación es la palabra de Dios mediante la que Él consuela a Su siervo, y se manifiesta ante él. A veces se concede la revelación a una persona para probarla, y no viene acompañada de todas las bendiciones. En estos casos, la persona receptora se pone a prueba en este estado elemental, para que al haber experimentado hasta cierto punto la revelación, ordene su vida según las directrices que establecen aquellos que son verdaderos receptores de la revelación. Al no actuar así, el hombre se sentiría frustrado. Al no adoptar el camino de los verdaderamente justos, se ve privado de la plenitud de estas bendiciones, quedándose sólo con ostentación vana.

Millones de virtuosos han recibido revelaciones, pero no eran todos iguales a los ojos de Dios. Incluso los santos Profetas de Dios, receptores de la revelación divina en su más alto nivel, no se hallan todos a la misma altura. Dice Dios Exaltado:

“De estos Profetas, Nosotros hemos exaltado algunos por encima de otros” (2:254).

Esto nos indica que la revelación es simplemente gracia de Dios, y no constituye evidencia de la exaltación. La exaltación depende del grado de veracidad, sinceridad y fidelidad del receptor, que sólo Dios conoce. La revelación, acompañada de todas sus condiciones benditas, es también, sin duda alguna, fruto de estas cualidades.

No hay duda de que si el receptor de la revelación hace una pregunta, y Dios responde a la pregunta, si existe una secuencia entre pregunta y res­puesta, si la revelación se caracteriza por la luz y la majestad divinas, y si comprende el conocimiento de lo invisible, y la verdadera comprensión, entonces se trata en verdad de la Palabra de Dios. Es imprescindible que la relación divina sea como un diálogo entre dos amigos. Cuando el siervo hace una pregunta, debería obtener una respuesta dulce y elocuente de Dios Exaltado en la que su pensamiento, su proyección y su mismo ser no han de formar parte. Si un diálogo tal se concede como bendición a una persona, entonces es la palabra de Dios, y su receptor es querido por Dios. El que la revelación se conceda como bendición, y que una serie de revelaciones santas y vivas se concedan a un siervo de Dios claramente y en una forma pura, no es la suerte de nadie excepto de aquellos que consiguen un alto nivel de fe, sinceridad y buen hacer, y de aquello que aquí no podemos descubrir. La revelación santa y verdadera muestra muchas maravillas de la Divinidad. Muchas veces se genera una luz brillante junto con la concesión de una revelación majestuosa y brillante. ¿Qué otra bendición podría ser mayor que ésta, que un receptor de revelación pueda conversar con el Ser que es el Creador de los cielos y la tierra? Dios puede ser visto en este mundo sólo a través de la conversación con Él.

Esto no incluye la condición de una persona de cuya boca proceden pala­bras o versos no acompañados de tal diálogo. Dios prueba a esta persona, como a veces prueba a Sus siervos perezosos y remisos, haciendo que sal­gan de sus bocas y de sus corazones frases y declaraciones respecto a las cuales los siervos están como ciegos, no sabiendo si tales palabras dimanan de Dios o de Satanás. Las personas así probadas deben implorar “istighfar” (perdón de Dios) con respecto a tal experiencia. Pero si un siervo justo y honrado del Señor experimenta un diálogo continuado con el Divino, y oye, estando totalmente despierto, una secuencia de palabras brillantes, sabias, dulces, majestuosas y llenas de significado, en forma de por lo menos diez preguntas y respuestas -es decir, si el siervo pregunta a Dios y Dios res­ponde, y el siervo, totalmente despierto, hace otra pregunta y Dios responde de nuevo, repitiéndose este intercambio por lo menos diez veces- y si en el transcurso del diálogo Dios acepta sus oraciones, y le proporciona conoci­mientos profundos, le informa acerca de acontecimientos venideros, y le honra repetidas veces con Su diálogo, entonces tal persona ha de estar profundamente agradecida a Dios, y ha de dedicarse a El más plenamente que cualquier otra, porque Dios, en Su Gracia, le ha elegido de entre Sus siervos, y le ha convertido en heredero de los fieles que le precedieron. Esta bendición se otorga muy raramente, y es el sumo favor divino. Aquellos a quienes se otorga consideran que todo lo demás carece de valor.

Una característica del Islam

El Islam siempre ha producido personas de esta supremacía espiritual. Tan sólo en el Islam se acerca Dios a Su siervo, y conversa con él y habla dentro de él. Dios hace Su trono en el corazón de tal persona, y le guía desde dentro hacia los cielos. Le otorga las mismas bendiciones que otorgó a sus prede­cesores. Es una lástima que las gentes de este mundo ciego no vean lo cerca que un hombre puede llegar a Dios. No se ofrecen á sí mismos, y si otro se ofrece, o lo consideran incrédulo, o lo consideran dios, y lo colocan en el lugar de Dios. Ambas actitudes constituyen grandes equivocaciones que pasan de un extremo a otro. Un sabio debe poseer un alto grado de resolu­ción, y no debe rechazar ni denigrar al que Dios escogiera para esta eminen­cia, ni postrarse ante él como si fuera un dios. Cuando una persona consigue tal grado de exaltación, Dios Exaltado manifiesta tal relación con él que parece que le protege con el manto de Su Divinidad, convirtiéndole en un espejo mediante el cual los demás podemos ver a Dios. Por esta razón, el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, dijo “El que me haya visto a mí, ha visto a Dios”. Este es el último estadio del progreso espiritual del hombre, en el que se le otorga la plena satisfacción.

El conferenciante recibe el honor de la conversación Divina

Al llegara este punto en mi exposición, sería una gran injusticia hacia mis congéneres no declarar que la bondad divina me ha elegido para recibir la categoría que acabo de describir, y me ha honrado con la conversación cuyas características acabo de exponer en detalle, para que yo dé vista al ciego, para que guíe a aquellos que le buscan a Él, que hasta ahora estaba oculto, y para que dé a los que aceptan la verdad las buenas noticias de aquella santa fuente de la que muchos hablan pero que muy pocos encuen­tran. Aseguro a los oyentes que de no seguir el Santo Corán, nadie puede hallar a Dios, en quien está la salvación y el eterno bienestar del hombre. Si la gente viera lo que yo he visto, y si oyera lo que yo he oído, entonces rechaza­ría los cuentos vanos y correría en busca de la verdad. La conversación con el Divino es el agua celestial que borra todas las dudas; es el espejo por el cual contemplamos al Ser Supremo. El que busca en su alma la verdad, que se levante y busque. Os digo en verdad que si las almas están llenas de la verdadera búsqueda, y si los corazones están sedientos, la gente buscará la manera de ver a Dios y buscará el buen camino. ¿Cómo descubrir el camino, y cómo romper el velo que nos separa el él? Aseguro a todos los que buscan, que sólo el Islam nos da la buena noticia de aquel camino. Todos los demás pueblos han cerrado la vía de la revelación. Pero estad seguros de que Dios no ha cerrado este camino: Es sólo un pretexto ofrecido por aquellos que han sido privados de él. Estad seguros de que, así como no podemos ver sin ojos, ni oír sin oídos, ni hablar sin lengua, nunca podremos ver el rostro del Verdadero Amado sin contar con la ayuda del Santo Corán. Fui joven y ahora soy viejo, pero nunca encontraré a nadie que bebiera de la copa de la comprensión visible, sin beber de esta fuente sagrada.

La fuente del conocimiento perfecto es la Revelación Divina

Tened presente, queridos oyentes, que nadie puede luchar contra los designios de Dios. Estad seguros de que la fuente del conocimiento perfecto es la revelación divina que se concede a los santos Profetas de Dios. Y Dios, el océano de la gracia, nunca quiso cerrar las puertas a la revelación divina, destruyendo así el mundo. Las puertas de Su revelación y Su conversación están siempre abiertas. Si las buscáis por el camino adecuado, las encontraréis sin dificultad. El agua de la vida ha descendido del cielo, y ha caído en el lugar oportuno. ¿Qué debéis hacer, para poder beber de este agua? Debéis alcanzar la fuente, por cualquier medio posible, y acercando la boca, beber hasta la saciedad del agua de la vida. Toda la felicidad humana consiste en ir siempre en dirección a la luz que se percibe, y seguir el camino en el que se encuentra una señal del Amigo a quien se busca. Habéis observado que la luz siempre desciende de los cielos sobre la tierra. Del mismo modo, la verdadera luz que nos guía también desciende de los cielos. Las teorías del hombre, y sus conjeturas, no le pueden otorgar el verdadero conocimiento. ¿Podéis contemplar a Dios sin Su manifestación? ¿Podéis ver en la oscuridad sin ayuda de la luz celestial? Si es así, quizás veáis en este caso también. Pero nuestros ojos, aunque estén en perfecta condición, dependen de la luz celestial; y nuestros oídos, aunque oigan perfectamente, dependen del aire que circula bajo la dirección divina. No es verdadero el dios que guarda silencio, y nos abandona a nuestras propias conjeturas. El Dios Per­fecto y Viviente es El que se manifiesta por sí mismo. Está al llegar el tiempo que El ha señalado para revelar Su ser; se abrirán las ventanas de los cielos, y nacerá la aurora. Benditos sean aquellos que se levanten y busquen al Dios Verdadero, a Quien ninguna adversidad puede vencer, y cuya gloria brillante nunca disminuye. En el Santo Corán dice que de Dios procede toda la luz de los cielos y de la tierra, que ilumina todas las cosas. Dios es el Sol que da luz al sol y es la vida de todos los seres animados de la tierra. Es el Dios Vivo y Verdadero. Benditos sean aquellos que Le acepten (24:36).

La tercera fuente del conocimiento consiste en la certeza a través de la experiencia, es decir, todas las adversidades, penas y dolencias sufridas por los Profetas o los justos en manos de sus enemigos, o impuestas sobre ellos por decreto divino. A través de estas penas y adversidades, todos los man­damientos y preceptos de la ley, ya aceptados intelectualmente por la mente, toman una forma práctica y se convierten en experiencia. Después, a través del estímulo proporcionado por este ejercicio práctico, su desarrollo alcanza su apogeo, y en ese momento el hombre se convierte en encarnación per­fecta de la Guía Divina. Todas las cualidades morales, -la indulgencia, retri­bución, perseverancia, clemencia, etc.-, que hasta ahora existían como conceptos teóricos en la mente y en el corazón, ahora entran a formar parte de la personalidad a través de la experiencia práctica, y dejan su huella en el carácter entero del que sufre, como dice Dios el Glorioso:

“En verdad os probaremos con algo de temor y con hambre y, con la pérdida de vuestros bienes y vuestras vidas, y del fruto de vuestro trabajo, es decir, sufriréis todo esto a manos de vuestros enemigos o por decreto divino. Dad, pues, buenas noticias a los perseverantes, que ante la adversidad no se descorazonan, sino que afirman: “A Al-lah pertenecemos, y a El volveremos”. Para aquellos son las bendiciones y misericordia de su Señor, y son aquellos a los que El guía perfectamente en el camino recto” (9:156-158). Estos versícu­los nos indican que no hay ninguna virtud en el conocimiento que se limita al corazón y a la mente. El verdadero conocimiento es el que surge de la mente y controla y domina a todos los miembros, manifestando en la práctica todo lo que se ha almacenado en la memoria. De este modo se fortalece y se refuerza el conocimiento, al dejar su huella en todos los miembros mediante la experiencia práctica. Ningún tipo de conocimiento, por elemental que sea, llega a su apogeo sin la práctica. Por ejemplo, sabemos desde hace mucho tiempo que es fácil hacer el pan, y que no requiere ningún arte. Lo único que hace falta, después de amasar la harina y preparar la masa, es dividir la masa en partes adecuadas, aplastarla entre las manos y extenderla en una sartén bien caliente, y moverla hasta que se convierta en pan. Pero estos conoci­mientos son puramente académicos. Cuando empezamos a hacer pan sin tener ninguna experiencia, nuestra primera dificultad consiste en preparar la masa debidamente, para que no esté ni demasiado dura ni demasiado blanda. Incluso si después de mucho esfuerzo y fatiga, conseguimos prepa­rar la masa, el pan que hagamos estará mitad quemado y mitad sin cocer, y muy apelmazado, a pesar de haber observado durante medio siglo este pro­ceso para hacer el pan. De este modo, contando sólo con un conocimiento académico que nunca hemos llevado a la práctica, perderíamos gran canti­dad de harina. Y si tal es el caso respecto a nuestros conocimientos acadé­micos en cosas tan elementales, ¿cómo podemos contar sólo con nuestros conocimientos académicos sin ninguna práctica, en cosas de gran impor­tancia? En estos versículos Dios Exaltado nos enseña que los sufrimientos que El nos impone constituyen los medios que nos permiten perfeccionar nuestros conocimientos a través de la experiencia.

Más tarde, El nos avisa:

En verdad se os probará con respecto a vuestros bienes y vuestras vidas; es decir, la gente robará vuestra riqueza, y os matará; y sufriréis muchas desgracias a manos de los judíos, los cristianos y los que adoran a otros dioses que no son Al-lah; pero vuestra fuerza y vuestra paciencia serán pruebas de un alto grado de resolución (3:187).

El significado de estos versículos es que sólo nos beneficia el conocimiento que se ha aplicado en la práctica, mientras que el conocimiento puramente académico, que nunca se ha probado en la práctica, no nos beneficia en absoluto.

Del mismo modo que la riqueza se multiplica con el comercio, los conoci­mientos llegan a su apogeo espiritual con la experiencia práctica. Así pues, la experiencia práctica constituye el medio principal de perfeccionar e iluminar los conocimientos. La certeza definitiva del conocimiento se adquiere con la experiencia de cada parte de ello. Esto es lo que ocurrió en el Islam. Dios Exaltado dio a los musulmanes la oportunidad de ilustrar en la práctica todo lo que les enseñó el Santo Corán, para así llenarse de su luz.

Dos fases de la vida del Santo Profeta

Por esta razón, Dios Exaltado dividió en dos fases la vida del Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él: Una fase de adversidad, de sufrimientos y penas, y la otra de victoria, para que durante la fase de adver­sidad se demostraran las cualidades morales elevadas que ante tales desgra­cias entran en juego, y para que en la fase de victoria y autoridad se exhibie­ran aquellas cualidades morales elevadas que no pueden ser demostradas en ausencia de autoridad. De este modo, ambos tipos de cualidad moral se ilustraron perfectamente en la vida del Santo Profeta, la paz y las bendicio­nes de Al-lah sean con él, que pasó por ambas fases y condiciones. Durante el período de pruebas en Meca, que duró trece años, el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, demostró en la práctica todas las cualidades elevadas que debe demostrar una persona perfectamente hon­rada en tal momento: La fe en Dios, la serenidad perfecta ante los sufrimien­tos, el cumplimiento firme y constante de sus deberes, y la intrepidez. Al observar su constancia, muchos de los infieles creyeron en él, y así dieron testimonio de que sólo el que tiene una fe completa en Dios puede mostrar tanta constancia y tanta perseverancia en el sufrimiento.

Durante la segunda fase, es decir, durante la fase de la victoria, autoridad y prosperidad, demostró cualidades elevadas como la indulgencia, el perdón, la benevolencia y la valentía, de manera que un gran número de infieles creyeron en él, al verle poner en práctica aquellas altas cualidades. Perdonó a los que le habían perseguido, prometió seguridad a los que le habían expulsado de Meca, concedió grandes riquezas a los necesitados de entre ellos, y habiendo conseguido la autoridad sobre sus enemigos más acérri­mos, les perdonó a todos. Al conocer su moralidad elevada, muchos de ellos afirmaron que tales cualidades sólo podían ser demostradas por uno que procede directamente de Dios, y es verdaderamente honrado. Así se borró de sus corazones en un instante todo el rencor que sus enemigos habían sen­tido hacia él durante mucho tiempo. Su mejor cualidad era la que expone el Santo Corán en las siguientes palabras:

Diles: “Mis oraciones, mis sacrificios, mi vida y mi muerte, son todos por Al-lah” (6:163).

Esto significa que el único propósito de su vida era el de demostrar la gloria de Dios, y de amparar a Sus criaturas, para que a través de su muerte continua ellos pudieran vivir. Esta mención de su muerte por Dios y por el bien de Sus criaturas no nos debe llevar a pensar que él, en ningún momento, contempló su propia destrucción (Dios nos libre), imagi­nando como los locos y los ignorantes, que su suicidio beneficiaría a otros. El estaba libre de tales ideas absurdas, y se oponía a ellas por completo. El Santo Corán considera como ofensor al que se suicida, y promete un castigo severo:

es decir, no os suicidéis, ni os convirtáis en instrumentos de vuestra propia destrucción (2:196). Es evidente que si X padeciera de un dolor de estómago, sería inútil que Y se rompiera la cabeza por compasión hacia X. Esto no sería un acto virtuoso, sino que constituiría un sufrimiento innecesario debido a la ignorancia. En estas circunstancias, lo virtuoso sería que Y cuidara a X de la manera más útil y apropiada, por ejemplo, buscando la ayuda del médico y los medicamentos necesarios. Al romperse la cabeza, Y no ayudaría en nada a X, sino que infligiría un dolor innecesario a una parte noble de su cuerpo. En resumen, el verdadero significado del versículo arriba citado es que el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, había dedicado su vida, por compasión, al bienestar de la humanidad, y a través de sus oraciones y plegarias, ante su propia persecución, y a través de todos los medios sabios y debidos, sacrificó su vida y sus comodidades por esta causa; como dice Dios el Glorioso:

“Quizás arriesgarás la vida lamentando que no quieran creer” (26:4) y:

“No. consumas tu alma suspirando por ellos” (35:9).

Por lo tanto, la forma más sabia de sacrificar la vida al servicio del pueblo es afrontar todas las dificul­tades para conseguir su bienestar, de acuerdo con la ley beneficiosa de la naturaleza, y dedicar la vida a la elaboración de proyectos con tal finalidad, y no romperse la cabeza ante la situación peligrosa en la que se encuentra un pueblo debido a sus errores y sus desgracias, ni despedirse de la vida tras tomar dos o tres gramos de estricnina, suponiendo que mediante este acto absurdo se salvaría el pueblo. Este no es un método varonil, sino que repre­senta una tendencia femenina. Los débiles de corazón siempre han recurrido al suicidio al verse incapaces de afrontar las dificultades. Cualquiera que sea la explicación que se ofrezca a este respecto, no cabe duda de que tal acto es un acto totalmente absurdo.

Ahora bien, es evidente que la firmeza ante la adversidad, y la no resisten­cia ante el enemigo por parte de una persona que nunca tuvo la oportunidad de vengarse, no pueden considerarse cualidades morales, porque no sabe­mos cómo hubiera reaccionado tal persona de haber tenido la oportunidad de vengarse. Si una persona no se afronta a la adversidad antes de conseguir la autoridad y la prosperidad, no pueden manifestarse sus verdaderas cuali­dades morales. Es evidente que no podemos atribuir cualidades morales elevadas a una persona que pasa toda la vida en un estado de debilidad, indigencia y penuria, víctima constante de la persecución, y que nunca llega al poder ni a la autoridad ni a la prosperidad. Si nunca ha tenido la oportuni­dad de tomar parte en una batalla, no podemos decir si es valiente o cobarde. No podemos conocer su carácter si no sabemos cómo habría tratado a sus enemigos en caso de vencerlos, ni cómo habría gastado su riqueza en caso de conseguir la prosperidad. ¿Habría ahorrado su fortuna, o la habría distri­buido entre los pobres? Y de haber estado en el campo de batalla, ¿Habría huido o se habría comportado como luchador intrépido? En el caso del Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, la gracia divina le deparó oportunidades adecuadas para manifestar sus cualidades morales. Mostró generosidad, valentía, humildad, indulgencia y equidad en las oca­siones debidas, y con tanta perfección que sería inútil buscar cualidades iguales en cualquier otra persona. En las dos fases de su vida, en la debilidad y en el poder, en la penuria y en la prosperidad, reveló al mundo entero el alto grado de las cualidades morales que poseía. Dios le concedió la oportunidad de mostrar todas las cualidades morales elevadas posibles. El Santo Profeta demostró tan claramente todas las cualidades morales excelentes -valentía, generosidad, perseverancia, indulgencia, humildad, etc- que sería imposi­ble hallar demostración parecida en ninguna otra persona. También es ver­dad que Dios castigó severamente a aquellos que habían llevado la persecu­ción del Santo Profeta hasta el extremo de proponerse la destrucción del Islam. Renunciar al castigo en tal caso hubiera sido equivalente a permitir la destrucción de los justos a manos de sus enemigos.

El motivo de las guerras del Santo Profeta

El motivo de las guerras del Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, no fue el de derramar sangre innecesariamente. Los musulmanes habían sido expulsados de sus hogares ancestrales; muchos musulmanes inocentes -hombres y mujeres- habían sido martirizados, y sin embargo sus enemigos no se mostraban dispuestos a detener sus perse­cuciones, sino que obstruían continuamente el progreso del Islam. En estas circunstancias, la ley divina de la seguridad exigía la protección de los per­seguidos contra la destrucción total. Por lo tanto, los que habían matado con la espada perecieron por la espada. El motivo de las guerras, pues, fue el de poner fin a las matanzas ocasionadas por los malvados, y de rechazar el mal. Las guerras tuvieron lugar en una época en la que los malvados intentaban destruir a los justos. En tales circunstancias, si el Islam no hubiera tomado medidas en su propia defensa, se habría producido la matanza de miles de mujeres y niños inocentes, y el fin del Islam.

Nuestros oponentes se equivocan profundamente al suponer que la guía revelada nunca debe enseñar, bajo ninguna circunstancia, la resistencia al enemigo, y que siempre debe enseñar sin excepciones el amor y la clemen­cia a través de la humildad y la dulzura. Para ellos, la actitud más reverente ante Dios, Señor del Honor y la Gloria, consiste en atribuirle solamente las cualidades de mansedumbre y ternura. Pero los que reflexionan y meditan percibirán fácilmente que tales personas se equivocan de forma evidente y grave. Al contemplar la ley divina de la naturaleza, vemos con claridad que consiste ciertamente en misericordia. Pero esta misericordia no se mani­fiesta a través de la mansedumbre y la ternura en todas las ocasiones. Como un médico experto, la misericordia a veces nos administra un jarabe dulce, y otras veces un medicamento amargo. La clemencia divina nos trata de la misma forma que nosotros tratamos a nuestro cuerpo. Cada uno de nosotros ama su cuerpo entero, y no queremos que se arranque ni un pelo de nuestra cabeza. Y sin embargo, a pesar de que todos los miembros no son queridos, y de que no deseamos perder ni dañar a ninguno de ellos, está claro que el amor que sentimos para los distintos miembros difiere en grado e intensidad. De hecho, nuestro amor por los miembros principales, de los que depende en gran parte la realización de nuestros propósitos, prevalece en nuestro corazón. Del mismo modo el amor que sentimos por la totalidad de nuestro cuerpo excede al de cualquier miembro en particular. Por esta razón, ante una situación en la que la seguridad de un miembro superior depende de la amputación o corte de un miembro inferior, nos resignamos ante tal opera­ción. Lamentamos la pérdida o la lesión de un miembro querido, pero por temor a que la enfermedad acabe destruyendo también al miembro superior, aceptamos con disgusto la amputación. Este ejemplo nos ayuda a compren­der que cuando Dios observa que Sus siervos justos se encuentran ante el peligro de ser destruidos en manos de idólatras, lo cual provocaría grandes disturbios, El manifiesta Su designio adecuado de los cielos o de la tierra, para la protección de los justos y la supresión de los disturbios; porque además de ser Clemente, también es Sabio.

Todas las alabanzas pertenecen a Al-lah, Señor del Universo.