Exhortación a los ricos y poderosos

A vosotros me dirijo, poderosos, reyes y adinerados: Muy pocos entre vosotros temen al Señor y observan Sus enseñanzas. La mayoría estáis enamorados de las riquezas de este mundo; en ese afán discurre vuestra existencia y no pensáis en la muerte. Cualquier hombre rico que no observa la oración y hace caso omiso de Dios, será responsable de los pecados de sus subordinados. Cualquier hombre rico que beba alcohol será culpable de los pecados de cuantos subordinados compartan con él sus libaciones.

¡Insensatos! Este mundo no es un lugar permanente: estad prevenidos. Abandonad todos los excesos y absteneos de todos los intoxicantes, pues no sólo el alcohol arruina al hombre; también el opio, hachís, cocaína, el chars o cualquier estupefaciente que produzca hábito, degenera la mente, acarreando finalmente la destrucción. Evitad pues, estos vicios. No comprendo cómo puede agradaros algo que causa millares de víctimas cada año, sin contar con el castigo del Último Día.

Volveos piadosos a fin de que se prolongue vuestra vida y os beneficiéis de las mercedes divinas. Es maldita la vida que sólo conoce el exceso y el desenfreno; también lo es la vida que hace caso omiso de Dios y de Sus criaturas.

Cualquier hombre rico será interrogado acerca de sus obligaciones ante Dios y los hombres de igual forma que cualquier pobre. Es, por tanto, desafortunado quien, entregándose totalmente al mundo, vuelve las espaldas a Dios; quien, despreciando los mandamientos de Dios, considera permitido lo prohibido; quien, cuando se enfurece, ofende e hiere como un demente a cuantos le rodean, disponiéndose incluso a matar, y quien, cegado por sus instintos, llega a cometer los actos más obscenos. Esta persona, no hallará la auténtica dicha hasta su muerte.

Queridos compañeros: pocos días os quedan en la tierra, de los que gran parte ya han transcurrido. No enojéis a vuestro Señor. Un simple gobierno temporal os podría destrozar si se enojara con vosotros. Reflexionad, pues, cómo podréis escapar a la ira de Dios. Si ante los ojos de Dios sois piadosos, nadie os lastimará, pues Él estará allí para protegeros y ningún enemigo os logrará alcanzar; de lo contrario, nadie os protegerá. Viviréis en medio de la angustia, ya sea temiendo al enemigo, ya sea implicados en desdichas, y vuestros días terminarán en medio del pesar y del enojo.

Dios ofrece protección a los que acuden a Él. Venid, pues, a Él. Pero antes, abandonad toda oposición a Él; abandonad la negligencia en cumplir vuestras obligaciones; absteneos de oprimir a Sus criaturas con vuestras manos o lengua y temed la maldición del cielo. En esto consiste la verdadera salvación.

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