La confianza del Mesías Prometido (as) en Al-lah
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatiha, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Al relatar algunos episodios relacionados con la confianza del Mesías Prometido (as) en Dios, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) escribe:
“El Dr. Mir Ismail Sahib me contó que, en lo referente a los tratamientos médicos, el Mesías Prometido (as) nunca se limitaba a un único método. De hecho, para tratar una misma enfermedad, recurría tanto a la medicina alopática como a la grecoárabe. Si alguien le ofrecía un consejo útil, también lo seguía. Y si alguien había conocido algún remedio a través de un sueño, también actuaba en consecuencia (en ocasiones, algunas personas santas encuentran remedios en sus sueños).
Al mismo tiempo, se dedicaba a elevar súplicas y oraciones, consultaba a médicos y especialistas y buscaba orientación para el tratamiento en los libros de medicina. En definitiva, hacía del tratamiento de una enfermedad una extraordinaria combinación de distintos métodos. Sin embargo, su confianza última estaba depositada en Dios”.
Al explicar la diferencia entre la ansiedad que experimentan los profetas y la que siente la gente corriente, dado que algunas personas preguntan por qué se produce la ansiedad en quienes la padecen y si constituye un castigo o responde a alguna otra causa, afirma:
“Aunque una persona experimente ansiedad debido a su propia naturaleza humana (pues es natural que el ser humano sienta ansiedad y angustia), ello se debe a que se trata de una característica inherente a la naturaleza humana, que también comparten todos los profetas. Por ejemplo, el Santo Profeta (sa) sintió inquietud durante la batalla de Badr. La diferencia entre la gente corriente y los profetas radica en que la inquietud de estos últimos nunca va acompañada de desesperanza (es decir, de desánimo), como sucede con la gente corriente. Los profetas tienen la firme convicción de que Dios jamás permitirá que sus vidas se malogren”.
El Mesías Prometido (as) dijo:
“Mi situación es tal que, aunque me arrojaran a un fuego ardiente, seguiría convencido de que no perecería. Sin duda, sentiría preocupación, porque el fuego quema a las personas. Sin embargo, creo que pronto escucharía una voz que diría:
[Árabe]
‘¡Oh, fuego. Enfríate y sé una fuente de paz para Abraham!’.
Sin embargo, el sufrimiento de los demás va acompañado de desesperación. (quienes carecen de fe se sienten desesperados). No tienen fe alguna en Dios, y eso es incredulidad”.
Así pues, del mismo modo que depositar la confianza en Dios, incluso en momentos de angustia, es una característica distintiva de los profetas, el creyente también debe seguir su ejemplo, especialmente el del Santo Profeta (sa), y no permitir que la desesperanza ni el desánimo se apoderen de él.
Incluso en momentos de angustia, uno debe depositar su confianza en Dios Altísimo. Es preciso recurrir a los medios que estén a nuestro alcance, elevar súplicas fervientes y, después, depositar nuestra confianza en Dios Altísimo. También aconsejó a los creyentes que tienen el deber de mantener su confianza en Dios Altísimo y no caer en la desesperación.
Hazrat Musleh Maud (ra) relata:
“Decenas de personas entre nosotros son testigos vivos de que, cuando Hazrat Jalifatul Masih I estaba escribiendo su libro Nuruddin, dejó constancia en él de que el episodio en el que Hazrat Abraham (as) fue arrojado al fuego hacía referencia al fuego de la batalla. Consideraba que sobrevivir después de haber sido arrojado a un fuego real sería extremadamente difícil. Por ello, interpretó aquel fuego como el fuego de la batalla. Por aquel entonces, el Mesías Prometido (as) solía pasear por un pueblo cercano a Qadian llamado Basrama”.
Hazrat Musleh Maud (ra) añade:
“Recuerdo que yo también estaba allí. Mientras caminábamos, alguien comentó: ‘Huzur, el Maulvi Sahib mayor – es decir, Hazrat Jalifatul Masih I (ra), Maulana Nuruddin Sahib – ha señalado un aspecto muy sutil. Las personas que, por lo general, se inclinan más por los argumentos racionales conceden gran importancia a este tipo de cuestiones.
Sin embargo, durante casi todo el trayecto, el Mesías Prometido (as) siguió rechazando aquel argumento y dijo: ‘Transmítele a Maulvi Sahib de mi parte que debe suprimir ese pasaje. Hemos recibido la revelación de que ‘el fuego es nuestro siervo y, de hecho, el siervo de nuestros siervos’. Así pues, si Dios el Exaltado trató de esta manera a Abraham (as), ¿qué tiene eso de imposible?’.
A continuación, dijo:
‘Acaso la peste es menos grave que el fuego? ¿Acaso no constituye un milagro que la peste se extendiera a nuestro alrededor y que, sin embargo, Dios Altísimo mantuviera nuestro hogar a salvo de ella? Por tanto, si Dios Altísimo salvó a Abraham (as) del fuego, ¿qué tiene, pues, de imposible? Transmítale a Maulvi Sahib de mi parte que debe suprimir ese fragmento’. Posteriormente, Maulana Nuruddin Sahib (ra) eliminó aquella frase”.
Esto pone de manifiesto el extraordinario grado de su confianza en Dios Altísimo. Una vez que Dios había declarado que lo salvaría del fuego, no cabía lugar para dudar de aquella promesa ni para albergar la menor incertidumbre. Con absoluta convicción, dijo:
‘Afirmo que el fuego no me quemará, porque así lo ha declarado Dios el Exaltado’”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) escribe que Munshi Zafar Ahmad Sahib, de Kapurthala, relató lo siguiente:
“En cierta ocasión, durante la Convención Anual, se agotaron los fondos. Por aquel entonces, no se recaudaban contribuciones especiales para la Convención Anual, sino que el propio Mesías Prometido (as) sufragaba los gastos. El difunto Mir Nasir Nawab Sahib se acercó y dijo: ‘Esta noche no tenemos nada que ofrecer a los invitados’. El Mesías Prometido (as) respondió: ‘Coged algunas joyas de mi esposa y vendedlas o empeñadlas, en la medida que sea necesario’.
En consecuencia, se vendieron o empeñaron las joyas, y Mir Sahib trajo el dinero con el que se proporcionó comida a los invitados.
Dos días después, Mir Sahib regresó por la noche, cuando yo también me encontraba allí, y comunicó que, una vez más, no había nada disponible para el día siguiente. El Mesías Prometido (as) respondió: ‘Hicimos los preparativos teniendo en cuenta los medios de que disponíamos, pero ahora ya no es necesario que sigamos haciéndolo. Aquel de Quien son huéspedes, se encargará Él mismo de proporcionarles cuanto necesiten’. A la mañana siguiente, hacia las ocho o las nueve, cuando llegó el cartero de la oficina de correos, el Mesías Prometido (as) nos llamó a Mir Sahib y a mí.
El cartero había traído entre diez y quince giros postales procedentes de distintos lugares, algunos por valor de cien rupias y otros de cincuenta. Quienes los enviaban decían: ‘No podemos asistir, por lo que os remitimos este dinero para sufragar los gastos de los invitados’.
Tras recibir aquellas cantidades, habló acerca de la confianza en Dios. También había otras personas sentadas cerca de él.
Dijo:
‘Del mismo modo que una persona mundana confía en el dinero que guarda en su cofre, con la certeza de que puede sacarlo cuando lo desee, quienes depositan su confianza en Dios Altísimo tienen una certeza aún mayor en Él. Y así sucede, en efecto: siempre que surge una necesidad, Dios Altísimo envía sin demora cuanto se precisa’”.
Al describir la confianza que el Mesías Prometido (as) depositaba en Dios Altísimo y la manera en que Dios el Exaltado le trataba, uno de sus colaboradores, Hazrat Hafiz Hamid Ali Sahib, relata:
“Mian Nallmuddin Sahib Bherwi era uno de los encargados del langar jana (cocina comunitaria). En cierta ocasión, acudió al Mesías Prometido (as) y le solicitó una cantidad de dinero para cubrir las necesidades del langar jana, incluida la compra de harina y otros alimentos. El Mesías Prometido (as) respondió:
‘En estos momentos no dispongo de dinero. Aquel de Quien son huéspedes estas personas, y para quien se ha establecido el langar jana, se encargará Él mismo de todo’. Mian Nallmuddin Sahib se retiró entonces.
Poco después, un hombre vestido con ropas raídas y desgastadas se presentó ante el Mesías Prometido (as) y envió un mensaje al interior. El Mesías Prometido (as) salió a su encuentro, y aquel hombre le entregó un paquete envuelto en un paño, que contenía dinero, tras lo cual se marchó.
Cuando el Mesías Prometido (as) desenvolvió el paño, descubrió que contenía una considerable suma de dinero. Intentó que llamaran de nuevo a aquel hombre para averiguar quién era, pero no lograron encontrarlo. A continuación, el Mesías Prometido (as) llamó a Mian Nallmuddin Sahib y le entregó todo el dinero’”.
Hazrat Jalifatul Masih I (ra) relata:
“Nuestro Hazrat Sahib (as) solía decir: ‘Hay quienes encuentran satisfacción en la posesión de riquezas; otros se alegran de tener muchos hijos, y otros, de contar con un gran número de seguidores. Pero mi alegría reside en que mi Dios es el Omnipotente’“.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“El verdadero Proveedor es Dios Altísimo. Quien deposita su confianza en Él nunca carecerá de lo necesario para vivir. A quien confía en Él, Dios le proporciona sustento de todas las formas y desde todos los lugares. Dios Altísimo afirma que, a quien confía y se apoya en Él, le hace descender provisiones desde los cielos y las hace brotar bajo sus pies. Por tanto, todos deben depositar su confianza en Dios Altísimo”.
Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib relata que Hazrat Mirza Bashiruddin Mahmud Ahmad (ra) declaró lo siguiente:
“El 5 de septiembre de 1898, después de la oración de Asr, el Mesías Prometido (as) contó una historia a petición mía (a petición de Hazrat Mirza Bashiruddin Mahmud Ahmad [ra], que por aquel entonces todavía era un niño).
La historia era la siguiente:
Su enseñanza fundamental es que depositar la confianza y la fe en Dios Altísimo, junto con la práctica de la verdadera rectitud, hace que una persona sea digna de que Dios mismo se convierta en su Guardián y satisfaga sus necesidades de tal manera que nadie llegue a advertirlo. La historia que contó giraba en torno a esta enseñanza”.
El Mesías Prometido (as) relata:
“En cierta ocasión, un hombre piadoso se dirigía a algún lugar y, durante su viaje, atravesó un bosque en el que vivía un ladrón. Este acostumbraba a despojar de sus pertenencias a cuantos viajeros pasaban por allí. Como era su costumbre, también intentó robar a aquel hombre piadoso.
El hombre piadoso recitó:
[Árabe]
‘En el cielo está vuestro sustento y también aquello que se os ha prometido’.
Entonces le dijo:
‘Tu sustento está en el cielo. Confía en Dios, practica la rectitud y abandona el robo. Dios Altísimo mismo satisfará tus necesidades’.
Aquellas palabras conmovieron el corazón del ladrón, quien dejó marchar al hombre piadoso. Siguió su consejo hasta tal punto que comenzó a disfrutar de excelentes comidas servidas en platos de oro y plata. Después de comer, arrojaba los recipientes fuera de su vivienda.
Sucedió que aquel mismo hombre piadoso volvió a pasar por allí. El ladrón, que para entonces se había convertido en una persona sumamente virtuosa y recta, le relató todo lo ocurrido y le pidió que recitara otro versículo.
El hombre piadoso respondió:
[Árabe]
‘Esta es la promesa del Señor de los Cielos y de la Tierra’.
En otras palabras, cuando estas cosas se cumplen, queda de manifiesto que el Corán es, ciertamente, la verdad.
Al escuchar aquellas sagradas palabras, el hombre, que había abandonado el robo y se había vuelto hacia la piedad, practicándola verdaderamente, quedó tan profundamente conmovido que la grandeza de Dios Altísimo se arraigó firmemente en su corazón. Avanzó aún más por el camino de la rectitud y se sintió profundamente inquieto (la comprensión que había alcanzado lo sumió en un estado de intensa ansiedad y desasosiego), y falleció en aquel mismo estado (había alcanzado una comprensión extraordinariamente profunda).
Así pues, ¡oh, querido! Contempla las bendiciones que se obtienen al depositar la confianza en Dios Altísimo y la riqueza que proporciona la práctica de la rectitud.
Reflexionad: ¿acaso puede albergarse alguna duda acerca de aquel Dios que es el Proveedor de los Cielos y de la Tierra? Solo el Dios Santo y Verdadero es Quien os alimenta y sustenta a todos. Por tanto, temed únicamente a Dios, depositad vuestra confianza en Él y practicad la rectitud”.
La gente suele decir que los niños pequeños no comprenden las cuestiones profundas. Sin embargo, el Mesías Prometido (as) relató esta historia a Hazrat Mirza Bashiruddin Mahmud Ahmad (ra) cuando este apenas tenía nueve años. Sin duda, el Mesías Prometido (as) se la habría contado de una manera adecuada a su capacidad de comprensión, sabiendo que el niño sería capaz de entenderla. No obstante, también habría sido consciente de la importancia de inculcar en los niños, desde una edad temprana, el valor de depositar su confianza en Dios. Por consiguiente, estos principios de formación moral constituyen una guía para todos nosotros.
Hazrat Musleh Maud (ra) relata que el Mesías Prometido (as) solía contar la historia de un hombre santo que permanecía sentado en un rincón, impartiendo sermones y consejos, y al que Dios Altísimo proporcionaba el sustento en aquel mismo lugar. Se encontraba muy alejado de la ciudad en la que vivía.
En cierta ocasión, transcurrieron varios días sin que recibiera alimento alguno. Tal vez se trataba de una prueba de Dios Altísimo. Entonces pensó: “Ahora debería ir a la ciudad y pedir algo a algún amigo, pues llevo muchos días pasando hambre”.
Así pues, se dirigió a la ciudad y pidió a un amigo que le diera algo de comer. Este le entregó dos o tres panes planos con un poco de curry por encima.
Cuando emprendió el camino de regreso, el perro de su amigo comenzó a seguirlo, moviendo la cola mientras caminaba tras él.
El hombre santo pensó que aquel perro también tenía derecho a una parte de la comida, puesto que custodiaba la casa de su amigo. Razonó: “Este perro pertenece al dueño de la casa de donde he traído el pan y, como vigila la vivienda, también tiene derecho a recibir una parte, pues es el guardián de la casa”.
Así pues, puso un tercio del curry sobre uno de los panes planos que había recibido de su amigo y se lo arrojó al perro, considerando que aquella era la parte que le correspondía.
El perro devoró el pan y volvió a seguirlo. El hombre santo pensó: “En realidad, su derecho es aún mayor, puesto que es el guardián de aquella casa”. Entonces puso otra porción de curry sobre un segundo pan y también se lo arrojó. Sin embargo, después de comérselo, el perro continuó siguiéndolo.
Para entonces, el hombre santo se encontraba dominado por un hambre voraz y exclamó: “¡Qué desvergonzado eres! Te he dado dos de mis tres panes y, aun así, no me dejas en paz”.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando experimentó una visión y perdió por completo la noción del mundo que lo rodeaba. El espíritu del perro se le apareció bajo una forma personificada y le dijo:
“Me llamas desvergonzado, cuando yo no soy más que un perro y tú eres un ser humano. Durante siete días consecutivos he soportado el hambre en aquella casa, una y otra vez, sin abandonar jamás su umbral. Sin embargo, tú, después de soportar apenas tres días de hambre, abandonaste tu lugar y acudiste a la ciudad. Dime, pues, ¿quién de los dos es el desvergonzado, tú o yo?”.
Al escuchar aquellas palabras, al hombre santo se le abrieron los ojos y arrojó también al perro el tercer pan, junto con el curry que le quedaba.
Cuando regresó a su lugar, encontró allí a un hombre sentado junto a una suculenta comida, quien le preguntó: “¿Adónde habías ido? Te he estado esperando”.
Así pues, el verdadero grado del Tawakkul (confianza en Dios) consiste precisamente en esto: que una persona no dirija su mirada hacia nadie más que hacia Dios Altísimo. Sin embargo, el Tawakkul tampoco significa que quienes buscan a Dios Altísimo tengan prohibido procurarse los medios necesarios para su sustento. Dios Altísimo no lo ha prohibido; también es preciso recurrir a los medios disponibles.
El trato de Dios Altísimo con cada persona es particular. En el caso de aquel hombre santo, Dios Altísimo actuó de una manera especial y lo sometió a aquella prueba. No obstante, también es cierto que deben emplearse los medios disponibles. Esto constituye igualmente un mandato de Dios Altísimo, y el Mesías Prometido (as) lo ha explicado en numerosas ocasiones.
Hazrat Mufti Muhammad Sadiq Sahib relata que el Mesías Prometido (as) solía decir:
“A mi juicio, los mayores idólatras son los alquimistas. Vagan inútilmente en busca del sustento, sin aprovechar los medios que Dios Altísimo ha dispuesto para obtenerlo lícitamente, ni depositar su confianza en Dios Altísimo, cuando Él mismo afirma:
[Árabe]
‘Y en el cielo está vuestro sustento y aquello que se os promete’.
Quiero dar a conocer a esas personas avariciosas una fórmula de alquimia (es decir, a esos supuestos alquimistas que afirman poder obtener plata y oro a partir de diversas raíces y arbustos). Quiero revelarles una fórmula de alquimia, con la condición de que la pongan en práctica (aquellas personas continuaban dedicándose inútilmente a la alquimia, sin obtener resultado alguno. Por ello, el Mesías Prometido (as) afirmó que les revelaría una fórmula que, además, resultaría eficaz, siempre que actuaran conforme a ella)”.
El Mesías Prometido (as) dice:
“Dios Altísimo afirma:
[Árabe]
‘Mas quien tema a Al-lah, sepa que Él le abrirá un camino de salida y le proporcionará sustento de donde no espera’.
Por lo tanto, el Taqwa [rectitud] es una cualidad tal que quien la alcanza es como si hubiera obtenido todas las bendiciones del mundo. Recordad que el piadoso nunca depende de nadie; antes bien, alcanza una condición en la que Dios le proporciona cuanto desea, incluso antes de que lo pida”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“En cierta ocasión, contemplé a Dios Altísimo en una visión espiritual, manifestado bajo una forma perceptible. Rodeándome el cuello con Su mano, me dijo: ‘Si te consagras a Mí, el mundo entero será tuyo’.
Esta es la fórmula que han probado todos los profetas, los Auliya’ [santos] y los justos. Los ignorantes, en cambio, abandonan esta fórmula y vagan sin rumbo en busca de raíces y arbustos. Si hubieran dedicado ese mismo esfuerzo a buscar al Creador de aquellas raíces y arbustos (es decir, puesto que las raíces y los arbustos son creación de Dios Altísimo, si se hubieran esforzado por alcanzar Su cercanía y la Taqwa), habrían logrado todos sus objetivos”.
Al relatar un episodio que pone de manifiesto la confianza del Mesías Prometido (as) en Dios, Hazrat Munshi Arura Jan Sahib escribe:
El Mesías Prometido (as) fue a Delhi. Antes de partir, escribió cartas a algunos amigos íntimos, indicándoles que, si les era posible, acudieran a Delhi, pues iba a celebrarse un debate con Maulvi Nazir Husain, de Delhi (estaba previsto celebrar un debate con Maulvi Nazir Husain).
Yo también llegué a Delhi. Allí supimos que Maulvi Nazir Husain tenía intención de provocar disturbios. Se lo comunicamos a Amir Ali Shah, quien, según creo, era inspector de policía o desempeñaba algún otro cargo oficial. Nos respondió:
‘Adoptaremos excelentes medidas para garantizar el orden. Enviaré un número suficiente de agentes de policía. No os preocupéis, no habrá ningún problema’.
En definitiva, el día previsto para el debate, Chaudhry Nawab Jan y yo fuimos a ver a Amir Ali Shah, pero este nos dijo: ‘Lo siento, no podemos adoptar ninguna medida’.
Maulvi Muhammad Husain Batalvi ha expuesto al señor subcomisionado de Bahadur que los clérigos celebran debates todos los días y le ha preguntado si, para asuntos tan corrientes, estaría dispuesto a adoptar diariamente semejantes medidas y movilizar grandes contingentes policiales. Así pues, el subcomisionado decidió que no era necesario adoptar ninguna medida especial. El inspector de policía nos dijo: ‘Tenemos las manos atadas; no podemos hacer nada’.
Aquella conversación nos hizo perder algún tiempo. Le dije entonces a Nawab Jan: ‘Vamos, ya es la hora. El Mesías Prometido (as) no nos esperará. Debemos llegar puntualmente al lugar del debate’. Nos apresuramos hacia allí y vimos que el Mesías Prometido (as) estaba subiendo al carruaje.
Le informamos de que no se habían dispuesto las medidas de seguridad policial que se habían solicitado, aunque, en realidad, había un reducido número de agentes presentes. Respondió: ‘¿Por qué habría de preocuparme?’. El Mesías Prometido (as) añadió: ‘¿Qué me importa a mí? Dios se encargará de disponer cuanto necesitemos. Desde luego que iremos; nadie podrá impedírnoslo. Vamos para allá’.
Acompañaban al Mesías Prometido (as) once hombres y un niño, de modo que, en total, eran solamente doce personas. Por el contrario, sus adversarios se contaban por millares y existía, además, el peligro de que se produjeran disturbios.
Sin embargo, en el rostro del Mesías Prometido (as) no se advertía el menor indicio de temor ni de inquietud. Caminó entre ellos con la valentía de los hombres intrépidos. Ninguna de las maquinaciones de sus adversarios prosperó. Dios protegió al Mesías Prometido (as) de las malas intenciones de cuantos pretendían provocar disturbios. Su confianza en Dios Altísimo era absoluta”.
Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:
“El deber de un creyente consiste en depositar su confianza en Dios Todopoderoso. Es Dios Quien, en última instancia, lleva los asuntos a buen término. Sin embargo, nuestra responsabilidad es actuar, pensar y hablar únicamente de conformidad con lo que Dios ha ordenado”.
El Mesías Prometido (as) formuló una profecía relativa a Atham. Hazrat Musleh Maud (ra) escribe que, cuando llegó a su término el plazo fijado para el cumplimiento de aquella profecía, él tenía unos seis o siete años y conservaba un recuerdo muy vivo de las escenas de entonces.
Hazrat Musleh Maud (ra) también describió con bastante detalle las habitaciones en las que se encontraban reunidas las personas, el uso que se daba a cada una de ellas en aquella época y cómo cambió posteriormente su utilización.
Tras relatar estos pormenores, dice:
“Recuerdo con absoluta claridad que todavía era un niño pequeño cuando llegó a su término el plazo fijado para el cumplimiento de la profecía relativa a Atham. Probablemente fue hacia finales de 1894 o principios de 1896. Por aquel entonces, yo tenía unos cinco años y medio o seis, y aún conservo un vivo recuerdo de aquellas escenas.
Debido a mi corta edad, no comprendía lo que estaba sucediendo. Sin embargo, ahora, al recordar aquellos acontecimientos, comprendo que, el último día del plazo señalado en la profecía, cuando los quince meses estaban a punto de concluir, se produjo una enorme agitación. La gente lloraba, clamaba y suplicaba: ‘¡Oh, Dios! ¡Haz que Atham muera!’.
Aquello sucedió después de la oración de Asr y antes de Maghrib. Llegó entonces la hora de la oración. El Mesías Prometido (as) la dirigió y, después, se sentó con los presentes. A aquella edad, yo no solía asistir de forma continuada a sus reuniones, aunque ocasionalmente participaba en ellas. Aquel día también me senté entre los asistentes.
El Mesías Prometido (as) manifestó su descontento por la manera en que la gente había pasado el día llorando y elevando súplicas. Dijo:
‘¿Acaso puede algún ser humano sentir mayor celo por el cumplimiento de la palabra de Dios que el propio Dios? Cuando Dios Altísimo ha declarado que algo sucederá, debemos creer que, sin duda, sucederá. Si hemos interpretado erróneamente Sus palabras (es decir, si estas tienen un significado distinto del que nosotros hemos entendido), Dios no está obligado a actuar conforme a nuestra interpretación equivocada. Nuestro deber, una vez que hemos aceptado la veracidad de alguien, consiste en creer en lo que dice (puesto que me habéis aceptado como el Mesías Prometido (as), debéis creer en lo que os digo. La manera en que Dios decida cumplir Su decreto depende de Él). Por tanto, el deber del creyente es depositar su confianza en Dios. Su decreto se cumplirá, sin duda alguna; pero nadie mejor que Dios sabe cómo habrá de cumplirse’”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata que Munshi Zafar Ahmad Sahib le contó, en cierta ocasión, un episodio relacionado con el debate mantenido con Atham.
Durante aquel debate, Atham planteó algunas preguntas que suscitaron inquietud entre ciertos compañeros, pues consideraban que podría resultar difícil responderlas de inmediato. Por ello, varios de ellos se reunieron y comenzaron a consultar el Sagrado Corán y la Biblia, con la esperanza de encontrar referencias que pudieran servir de ayuda al Mesías Prometido (as).
Munshi Zafar Ahmad Sahib cuenta que, en tono de broma, le dijo a Maulvi Abdul Karim Sahib:
“¿Acaso ahora el profetazgo se ejerce mediante consultas? Si el Mesías Prometido (as) necesita referencias, él mismo las pedirá. ¿Por qué tenéis que proporcionárselas vosotros?”.
En aquel preciso momento llegó el Mesías Prometido (as). Después de conversar durante un rato, estaba a punto de retirarse cuando el difunto Maulvi Abdul Karim Sahib se levantó y dijo:
“No habría ningún inconveniente en consultar acerca de las respuestas de mañana” (es decir, proponía deliberar sobre cómo responder a las preguntas y reunir las referencias pertinentes). Al escuchar aquello, el Mesías Prometido (as) sonrió y respondió:
“Vuestras oraciones son suficientes. Limitaos a orar, y eso bastará”. Acto seguido, se retiró.
Al comentar este episodio, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) escribe:
“Los profetas consultan a otras personas sobre numerosos asuntos. De hecho, nadie consulta tanto como ellos. Sin embargo, hay ocasiones en las que prefieren prescindir de todos los demás medios y confiar plenamente en la ayuda de Dios.
La consulta también tiene su momento y su lugar adecuados. Cuando un adversario plantea una objeción de carácter intelectual, los profetas suelen depositar directamente su confianza en la ayuda divina. También en aquella ocasión, Dios humilló a los adversarios cristianos”.
Hazrat Musleh Maud (ra) relata:
“He contado este episodio en numerosas ocasiones. Cuando el Mesías Prometido (as) se había trasladado al huerto debido a ciertas revelaciones relacionadas con los terremotos, un día, mientras conversaba en casa con Hazrat Amma Yaan (ra), mencionó que se habían quedado completamente sin dinero.
Dijo que estaba pensando en pedir un préstamo a algunos amigos, pero enseguida añadió: ‘Acudir a otras personas para pedirles dinero prestado también sería contrario a la confianza en Dios’.
A continuación, se dirigió a la mezquita para rezar. Cuando regresó, sacó un pequeño paquete y lo abrió”.
Hazrat Musleh Maud (ra) prosigue:
“Casualmente, yo me encontraba de pie cerca de él cuando sacó aquel pequeño paquete del bolsillo y lo desenvolvió”.
Dijo:
“Cuando salí para rezar, un hombre pobre, vestido con ropas viejas y andrajosas, me introdujo este paquete en el bolsillo. Como pesaba bastante, supuse que contenía monedas. Sin embargo, cuando regresé a casa y lo abrí, descubrí que en su interior había tanto monedas de rupias como billetes. Después contó el dinero, cuya suma ascendía a unas cuatrocientas o quinientas rupias.
El Mesías Prometido (as) dijo:
‘Si hubiera pedido un préstamo, habría actuado en contra de la confianza en Dios. Cuando surgió la necesidad, Dios nos proporcionó el dinero por un medio que ni siquiera se nos había pasado por la imaginación’“.
Hazrat Musleh Maud (ra) también relata que el Mesías Prometido (as) solía contar la historia de un hombre santo al que, en cierta ocasión, le preguntaron acerca del mandamiento relativo al Zakat. El hombre santo respondió:
“Existen dos mandamientos relativos al Zakat: uno para ti y otro para mí. Para ti, el mandamiento consiste en entregar una rupia por cada cuarenta, es decir, la cuadragésima parte de tu riqueza. En cambio, para mí, el mandamiento establece que, si poseo cuarenta rupias, debo entregar cuarenta y una”.
Su interlocutor le preguntó:
“¿A qué se debe esta diferencia? ¿Por qué debe entregar las cuarenta rupias en su totalidad y, además, una rupia adicional?”.
El hombre santo respondió:
“Dios me ha situado en el grado de la confianza absoluta en Él, mientras que a ti te ha situado en el grado de la planificación prudente. Si acumulas riquezas, tu obligación consiste en entregar una rupia por cada cuarenta. Sin embargo, como a mí se me ha situado en el grado de la confianza en Dios, si alguna vez llego a acumular cuarenta rupias, debo entregar cuarenta y una. Esto se debe a que no se me ha permitido atesorar riquezas y, por haberlas acumulado, debo entregar una rupia adicional en concepto de penalización”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) escribe que el Mesías Prometido (as) depositaba una confianza absoluta en el apoyo de Dios, Quien le había encomendado su misión. Sabía que jamás se permitiría que pereciera la planta que Dios mismo había plantado. Así, en cierta ocasión, escribió:
[Persa]
“¡Oh, vosotros que, en vuestra furia, os abalanzáis sobre mí con cien dagas!
Temed al Jardinero Celestial, pues soy una rama fructífera plantada por Su propia mano”.
Los jóvenes de la Comunidad Musulmana Ahmadía, los amires de las comunidades locales, los responsables de Ansarul’lah y Juddamul Ahmadía y, especialmente, los misioneros de la Comunidad y los trabajadores de la sede central deberían aprender de la extraordinaria paciencia, firmeza, determinación y confianza en Dios que demostró el Mesías Prometido (as).
Si ellos también perseveran con paciencia y firmeza, viven como verdaderos siervos de Dios y se esfuerzan por convertirse en árboles fructíferos, Dios Altísimo los protegerá del mismo modo y manifestará Su celo protector hacia ellos, tal como siempre lo ha hecho con Sus siervos justos.
Al referirse a la extraordinaria confianza del Mesías Prometido (as) en Dios y al afecto que profesaba a Hazrat Maulvi Nuruddin Sahib, es decir, Hazrat Jalifatul Masih I (ra), Hazrat Maulvi Abdul Karim Sahib Sialkoti escribe en su libro Sirat Masih Maud (as):
“En cierta ocasión, mientras el Mesías Prometido (as) redactaba la parte en árabe de su libro Aina Kamalat-e-Islam, Huzur (as) entregó a Maulvi Sahib, Hazrat Maulvi Nuruddin Sahib (ra), una hoja escrita por ambas caras, que contenía parte del manuscrito del libro en el que estaba trabajando, con el encargo de que me la hiciera llegar (es decir, a Hazrat Maulvi Abdul Karim Sahib Sialkoti, quien relata este episodio) para que yo pudiera traducirla al persa.
El tema tratado era de tal naturaleza que Huzur (as) se sentía complacido por la elocuencia y la capacidad de expresión que Dios le había concedido, pues Dios Altísimo le había permitido exponer una cuestión sumamente elevada. Sin embargo, Maulvi Sahib extravió, de algún modo, aquellas dos páginas.
Como el Mesías Prometido (as) acostumbraba a enviarme diariamente la parte más reciente del manuscrito árabe para que la tradujera al persa, aquel retraso, tan poco habitual, me causó naturalmente cierta preocupación.
Le comenté a Maulvi Nuruddin Sahib (ra) que aquel día no había llegado ningún material de Huzur (as), que el copista aguardaba impaciente y que nos estábamos retrasando respecto al calendario previsto. No sabía qué había sucedido”.
Hazrat Maulvi Abdul Karim Sahib Sialkoti prosigue:
“Apenas había pronunciado aquellas palabras cuando Maulvi Nuruddin Sahib (ra) palideció. La hoja escrita por ambas caras se había extraviado. La había buscado por todas partes, pero no conseguía encontrar el manuscrito, y se hallaba sumido en una profunda angustia.
Cuando se informó al Mesías Prometido (as) de lo sucedido, salió como de costumbre, alegre y sonriente.
Lejos de manifestar disgusto o mostrar el menor signo de inquietud, comenzó a disculparse, diciendo que Maulvi Sahib se había angustiado innecesariamente por la pérdida del manuscrito. Expresó su profundo pesar por la aflicción que aquel incidente le había causado.
Dijo:
‘Confío en que Dios Altísimo, por Su gracia, me permitirá escribir algo todavía mejor que las páginas extraviadas’“.
Hazrat Maulvi Abdul Karim Sahib escribe:
“Por una parte, este hermoso episodio pone de manifiesto el extraordinario afecto del Mesías Prometido (as) y, por otra, ilustra la excepcional confianza que depositaba en el apoyo de su Señor Celestial.
El error lo había cometido Hazrat Maulvi Nuruddin Sahib (ra), quien no había logrado custodiar debidamente un valioso manuscrito y lo había extraviado.
Sin embargo, el afecto del Mesías Prometido (as) era tan profundo que él mismo se mostró preocupado y se disculpó, lamentando que Maulvi Sahib hubiera sufrido tanta aflicción por la pérdida del manuscrito.
Su confianza en Dios era tal que, a pesar de sentirse satisfecho con la elocuencia, la fluidez y la profundidad del tema que había desarrollado, no mostró apego alguno a lo que había escrito ni dependencia de ello cuando se perdió. Por el contrario, afirmó que no había motivo para preocuparse, pues Dios le permitiría escribir algo aún mejor.
Semejante grado de afecto, confianza en Dios y paciencia solo puede encontrarse entre los siervos especiales de Dios Altísimo”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“Dios el Exaltado dijo en el Sagrado Corán, acerca de los Compañeros (ra), dirigiéndose al Santo Profeta (sa):
[Árabe]
‘El Dios que te fortaleció con Su ayuda y que infundió tal afecto en los corazones de los creyentes que, aunque hubieras gastado todos los tesoros de la tierra, no habrías podido suscitar semejante amor, pero Dios fue Quien lo creó entre ellos. Él es el Poderoso, el Sabio’”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“El Dios que hizo esto en el pasado también puede hacerlo ahora, y en Él depositamos nuestra confianza para el futuro. El espíritu de la gracia divina está presente en la obra cuyo cumplimiento ha sido decretado.
Del mismo modo que un jardín adquiere frescura y frondosidad cuando el jardinero lo riega, Dios Altísimo concede progreso y renovación a las comunidades de Sus Mensajeros.
Las sectas surgidas exclusivamente del esfuerzo humano experimentan divisiones al cabo de pocos días – como sucedió con los brahmos, que florecieron brevemente y después quedaron estancados – y van decayendo día tras día, pues se fundaron únicamente sobre el intelecto humano.
Dios Altísimo ha formulado grandes promesas respecto a mi Comunidad. Ningún intelecto humano, ninguna previsión ni ningún medio terrenal pueden conducirnos al cumplimiento de esas promesas. Dios el Exaltado proporcionará todos los medios necesarios, y esta obra llegará a su culminación.
Aunque el número de miembros de mi Comunidad alcance los dos millones o los dos millones y medio, seguirá siendo una cifra insignificante; incluso los sijs cuentan con un número semejante.
Mi deseo es que el mundo entero se llene de miembros de esta comunidad, y esta no es una obra que pueda realizar el ser humano. La vida de una persona puede llegar a su fin en cualquier momento. ¿Qué puede hacer un solo individuo? Sin embargo, Dios es capaz de hacerlo todo”.
Incluso si se alcanzara semejante cifra, el número de miembros, por sí solo, no constituiría motivo alguno de orgullo. El verdadero objetivo consiste en transmitir el mensaje al mundo y reunir a toda la humanidad bajo la bandera del Santo Profeta (sa). Esto no puede lograrse, en modo alguno, únicamente mediante esfuerzos humanos. Solo será posible por la gracia de Dios, y esta se obtiene mediante una fe perfecta en Él.
Hazrat Munshi Zafar Ahmad Sahib relata que, en cierta ocasión, el difunto Maulvi Abdul Qadir Sahib preguntó al Mesías Prometido (as):
“Huzur (as), en ocasiones usted establece un plazo para la manifestación de una señal y afirma que esta aparecerá dentro de un período determinado, ya sea de un año o de seis meses. ¿Lo hace en virtud de una revelación divina o se le ha concedido la facultad de fijar el plazo que desee?”.
El Mesías Prometido (as) respondió:
“No. Mi certeza y mi confianza en Dios Altísimo son tan absolutas que, mediante la oración, puedo suplicarle que haga manifestarse esa señal dentro del plazo establecido y conseguir que así suceda”.
Esto es lo que significa depositar la confianza en Dios, y esa es la confianza que debemos tener en Él.
Cuando Hazrat Mian Abdul’lah Sanauri Sahib cayó enfermo, el Mesías Prometido (as) le escribió una carta en la que, además de elevar oraciones y prescribirle medicamentos, le aconsejaba que depositara su confianza en Dios Altísimo.
En ella escribió:
“He recibido una carta suya profundamente conmovedora. En verdad, la aflicción y la tristeza que envuelven su corazón por todas partes constituyen una gran prueba de Dios Altísimo. ¡Que Dios le permita superar esta prueba demostrando la sinceridad de su fe!
Antes de escribir esta carta, he elevado fervientes súplicas ante Dios Altísimo. Si no se trata de un decreto irrevocable e inevitable del destino, cabe esperar que la oración sea aceptada.
Todavía no me ha informado acerca de la naturaleza de su enfermedad”.
El Mesías Prometido (as) le pidió que le facilitara más detalles sobre su dolencia: si padecía diarrea, si su cuerpo se había vuelto débil y estaba sumido en el letargo, cuál era la intensidad de la fiebre y cuántos días llevaba padeciéndola.
El Mesías Prometido (as) escribió también:
“Le envío una receta junto con esta carta. Comience a tomar el medicamento sin demora y no pierda el ánimo. Dios tiene poder sobre todas las cosas”.
Asimismo, el Mesías Prometido (as) escribió:
“Hace dos o tres meses, mi hijo Mubarak Ahmad, a quien su madre quería profundamente, falleció a causa de una fiebre.
Cuando se aproximaba el momento de su muerte, le dije a su madre: ‘Mira, este niño está a punto de fallecer. Creemos que Aquel que se lo lleva nos es más querido que aquel que parte. Esta es la esencia misma de la fe perfecta. Pronuncia:
[Árabe]
‘¡En verdad, a Al’lah pertenecemos y hacia Él volveremos!’. Él era un depósito de Al’lah, y Al’lah ha reclamado Su depósito”. Y, efectivamente, cuando el niño falleció, ella respondió precisamente de aquella manera.
Es evidente que la muerte de una persona no constituye un acontecimiento extraordinario. Al fin y al cabo, tampoco nosotros estamos destinados a permanecer eternamente en este mundo. Ante Dios, los verdaderos rangos espirituales los alcanzan quienes soportan las dificultades y las pruebas durante esta vida efímera. Cuando Dios Altísimo está complacido con alguien, le concede una recompensa a cambio.
De ningún modo debe adoptarse la conducta de la gente corriente. El camino que ellos han seguido no es el que debe tomarse. Tenga paciencia y eleve súplicas a Dios Altísimo. A cambio, Dios Altísimo volverá a derramar Sus bendiciones sobre usted.
Dios envía pruebas a aquellos a quienes ama profundamente. Por tanto, deposite su confianza en Dios con la mayor firmeza, no pierda jamás la esperanza en Él y manténgame informado de su situación.
Wasalam”.
Según se recoge en Zikr-e-Habib, el Mesías Prometido (as) hizo las siguientes observaciones a Hazrat Mufti Muhammad Sadiq Sahib después de que este leyera una carta del señor Webb, cuyo nombre completo era Alexander Russell Webb.
El Mesías Prometido (as) dijo:
“Escríbale y dígale que su vida ya ha transcurrido y que, cualquier cosa que desee conseguir, debe hacerla ahora. Las facultades físicas de una persona se debilitan con cada día que pasa. ¿Dónde están aquellas facultades que poseía hace diez años?
El pasado ya ha quedado atrás y nada sabemos con certeza acerca del futuro. Por tanto, debemos aprovechar al máximo el momento presente y realizar cuanto deseemos mientras tengamos ocasión de hacerlo (le escribió una carta a un inglés en la que le aconsejaba que se dedicara al servicio del islam). En primer lugar, debía familiarizarse con el verdadero islam y averiguar en qué consistía realmente (debía adquirir conocimientos sobre el islam y, después, consagrarse a su servicio).
Quien sirve al islam llevando una vida sencilla, contentándose con unos medios limitados, se convierte en un milagro y en un Signo de Dios. Sin embargo, cuando alguien emprende esta labor disponiendo de abundantes recursos y apoyos mundanos, no experimenta el mismo deleite espiritual, pues no llega a disfrutar plenamente del gozo que proporciona depositar la confianza en Dios.
Cuando se emprende una tarea con plena confianza en Dios, Él mismo concede Su ayuda por medios espirituales. Cuando la espiritualidad se desarrolla en una persona, transforma por completo su manera de ser.
Considerad cómo el Santo Profeta (sa) transformó a sus Compañeros. Fue la atracción espiritual propia de una persona veraz y recta la que produjo toda aquella transformación.
Es un error creer que una persona necesita disponer de cientos de miles de rupias antes de poder emprender cualquier labor. Cuando se acomete una tarea depositando la confianza en Dios, con el propósito fundamental de servir a la fe, Dios mismo se convierte en su Auxiliador. Él proporciona todos los medios y recursos necesarios.
Por tanto, no se preocupe por la escasez de recursos económicos ni por ninguna otra dificultad semejante. Deposite su confianza en Dios, prosiga con su labor y preste al islam cuantos servicios estén a su alcance”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“La verdad es que únicamente la confianza en Dios puede conducir al ser humano al éxito y permitirle alcanzar sus objetivos. Dios el Exaltado dice:
[Árabe]
‘Dios basta a quien deposita su confianza en Él’, siempre que actúe con honestidad en todos sus asuntos, con un corazón sincero y una verdadera comprensión de lo que significa confiar en Dios. Además, debe ser paciente y perseverante. No debe retroceder ni dejarse intimidar por las adversidades.
Este mundo es temporal y pasajero, como también lo es cuanto contiene y todos los asuntos relacionados con él. Por tanto, es esencial que el ser humano se aflija menos por las cosas de este mundo y se preocupe más por la Vida Futura.
Si la preocupación por la religión llega a prevalecer en una persona, Dios mismo se convierte en garante de sus asuntos mundanos”.
¡Que Dios Altísimo nos permita comprender verdaderamente este aspecto!
El Mesías Prometido (as) afirma, además:
“Es lamentable que cada día se produzcan grandes calamidades y que, sin embargo, la gente no les presta atención. No les concede importancia alguna.
Incluso los incrédulos de la época de Moisés (as) eran, en cierto sentido, mejores, pues al menos prestaban atención cuando los castigos descendían sobre ellos y afirmaban que aceptarían la fe si aquellas calamidades cesaban.
Sin embargo, los incrédulos de nuestros días son todavía más obstinados, pues ni siquiera se inquietan ante las continuas calamidades y las nuevas formas en que se manifiesta la ira de Dios”.
A continuación, el Mesías Prometido (as) puso un ejemplo y dijo:
“¡Observad cuán mortíferos han sido los ataques de esta sola epidemia de peste! ¡Qué desgarradora ha sido la devastación que ha causado!
Uno se estremece de temor con solo escuchar los relatos de lo sucedido y, sin embargo, nadie se ha conmovido.
Aquellas personas pedían a Moisés (as) que rogara por ellas en medio de semejantes calamidades. En cambio, la gente de hoy afirma que no hay motivo para alarmarse, que estas cosas suceden y que tales desgracias se producen continuamente.
Desde antiguo existía una promesa divina según la cual diversas calamidades azotarían al mundo en los Últimos Días. En aquella época, algunos aceptarían la verdad, pero la mayoría perecería (las calamidades que están ocurriendo no significan que todos vayan a aceptar la verdad, pues la promesa establecía que algunos la aceptarían, mientras que muchos perecerían).
Ciertamente, Dios manifiesta Sus señales, pero solo quienes son creyentes se benefician de ellas, y estos son pocos”.
¡Que Dios Altísimo conceda sabiduría a las gentes del mundo, para que puedan volverse hacia Él y reformar tanto sus vidas terrenales como su vida en el Más Allá!
¡Y que Él acreciente la fe y la certeza de quienes hemos aceptado al Mesías Prometido (as)!
¡Que nos permita alcanzar grados cada vez más elevados de confianza en Al’lah (Tawakkul), acompañada de nuestras oraciones, y continuar progresando en este camino!
