La confianza inquebrantable del Profeta (sa) en Al'lah
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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La confianza inquebrantable del Profeta (sa) en Al’lah

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

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Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:

En el sermón anterior, al mencionar la confianza del Santo Profeta (sa) en Dios Altísimo, relaté algunos sucesos relacionados con su emigración desde La Meca. Existen también otros detalles de este viaje que han quedado registrados en la historia y que revelan otro aspecto magnífico de la confianza que el Santo Profeta (sa) depositaba en Al’lah.

Se relata que, durante esta emigración, Suraqah bin Malik, movido por la codicia de obtener la recompensa [prometida], tuvo la intención de perseguir al Santo Profeta (sa). Más tarde, Suraqah bin Malik se convirtió al islam y, tras aceptarlo, relató él mismo este suceso. Dice:

“Vinieron a nosotros los emisarios de los incrédulos de Quraish. Habían fijado una recompensa para quien matara o capturara al Santo Profeta (sa) y a Hazrat Abu Bakr (ra)”.

Suraqah relata:

“Me encontraba sentado en una reunión de mi gente, los Banu Mudlill, cuando alguien se acercó a nosotros. Se puso de pie frente a nosotros, mientras todos permanecíamos sentados, y dijo:

– ‘¡Oh, Suraqah! Acabo de ver unas sombras desde la costa’.

O bien dijo:

– ‘He visto una caravana compuesta por tres personas y creo que se trata de Muhammad (sa) y su compañero’.

Sabía que debía de ser la caravana de Muhammad (sa), pero no quería que nadie más compartiera conmigo el botín. Por ello, tomé inmediatamente el control de aquella delicada situación; hice una señal con la mirada a quien había traído la noticia para que guardara silencio y dije:

– No, no puede ser la caravana de Muhammad (sa). De hecho, las personas a las que te refieres acaban de pasar frente a nosotros. Pertenecen a tal o cual tribu y están buscando sus camellos perdidos”.

Suraqah continúa:

“Permanecí un tiempo en la reunión para que nadie sospechara. Después, le dije a una de mis criadas que tomara mi veloz yegua, la llevara a un lugar determinado detrás de la casa y me esperara allí”.

Al cabo de un tiempo, él también llegó a aquel lugar y prosigue su relato:

“Eché suertes y el resultado fue contrario a que emprendiera aquel viaje. Sin embargo, no me preocupé en absoluto. Espoleé a mi yegua y partí rápidamente.

Perseguí la caravana a gran velocidad, pues creía que, en efecto, se trataba de la caravana de Muhammad (sa)”.

Suraqah relata:

“Tras recorrer una etapa tras otra, pronto me acerqué a la caravana. Cuando me encontraba a poca distancia, mi caballo tropezó de una manera inusual y me hizo caer. Entonces me levanté y volví a echar suertes, pero, una vez más, el resultado fue contrario a mi intención.

Sin embargo, estaba decidido a llevarme conmigo a Muhammad (sa) y obtener la recompensa de cien camellas.

Me levanté y monté de nuevo en mi caballo. Esta vez me había acercado tanto que no solo reconocí a Muhammad (sa) y a Abu Bakr (ra), sino que también podía oír a Muhammad (sa) recitando el Sagrado Corán.

Él no miraba a su alrededor, mientras que Hazrat Abu Bakr (ra) se volvía con frecuencia para mirar hacia atrás” (lo más probable es que Hazrat Abu Bakr (ra) estuviera mirando en todas direcciones para proteger al Santo Profeta [sa]).

Suraqah prosigue su relato:

“En aquel preciso instante, mi yegua volvió a tropezar y sus patas se hundieron en la arena, haciéndome caer de nuevo.

Entonces reprendí a la yeguay me puse en pie. El animal no conseguía sacar las patas de la tierra. Finalmente, cuando logró incorporarse, el polvo se levantó de ambas patas y se esparció por el aire como si fuera humo.

Volví a echar suertes con las flechas y, una vez más, obtuve el mismo resultado que me desagradaba.

Entonces les grité desde allí, garantizándoles seguridad y protección:

– ‘¡No sufriréis ningún daño por mi parte!’.

Ante esto, el Santo Profeta (sa) dijo a Hazrat Abu Bakr (ra):

– ‘Pregúntale qué quiere’.

Respondí:

– ‘Soy Suraqah y deseo hablar contigo’ .

Entonces se detuvieron”.

Suraqah comenzó a explicar que los habitantes de La Meca habían ofrecido una recompensa de cien camellos por capturarlos, vivos o muertos, y que había sido la tentación de obtener aquella recompensa lo que lo había impulsado a perseguirlos. Sin embargo, después de lo que le había sucedido, se había convencido de que no debía continuar persiguiéndolos.

También ofreció al Santo Profeta (sa) provisiones y otros suministros para el viaje, diciéndole que podían tomar cuántos alimentos y artículos de primera necesidad precisaran. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) no aceptó su ofrecimiento. Simplemente le dijo:

– “No le digas a nadie nada sobre nosotros”.

Suraqah prometió guardar silencio y dijo:

– “Estoy seguro de que algún día alcanzará la realeza. Deme una garantía por escrito de que, cuando acuda a usted en ese momento, seré tratado con honor y respeto”.

Según algunas narraciones, solicitó una garantía de seguridad por escrito. En consecuencia, por orden del Santo Profeta (sa), Hazrat Abu Bakr (ra) redactó el documento para él, mientras que, según otra narración, fue Amir bin Fuhairah quien lo escribió. Suraqah tomó el documento y regresó.

Tal era el grado de confianza que el Santo Profeta (sa) depositaba en Dios. No sentía miedo alguno y continuó su viaje mientras recitaba la palabra de Al’lah.

Su convicción era tan firme que sabía que nada podía sucederle. Así pues, cuando Suraqah le pidió una garantía de seguridad por escrito, se la concedió.

Suraqah pensaba que el Santo Profeta (sa) acabaría alcanzando la victoria, mientras que el propio Santo Profeta (sa) tenía una certeza aún mayor de que, sin duda, la victoria sería suya. Por ello, incluso le concedió aquella garantía de seguridad por escrito.

Según otra narración, mientras Suraqah regresaba, el Santo Profeta (sa) se dirigió a él y le dijo:

– “Suraqah, ¿cuál será tu situación cuando lleves puestos en las manos los brazaletes de Cosroes?”.

Suraqah se volvió, asombrado, y preguntó:

– “¿Cosroes, hijo de Hormuz?”.

Le respondió:

– “Sí, ese mismo Cosroes, hijo de Hormuz”.

Así pues, cuando, durante el califato de Hazrat Umar (ra), fueron llevados ante él los brazaletes de Cosroes, junto con su corona y su cinturón, llamó a Suraqah y le dijo:

– “Levanta las manos”.

A continuación, le colocó aquellos brazaletes en las manos y dijo:

– “Decid: ‘Toda alabanza pertenece a Al’lah, Quien ha arrebatado estos dos brazaletes a Cosroes, hijo de Hormuz, y nos los ha concedido’“.

Hazrat Musleh Maud (ra) también relató con sus propias palabras lo sucedido durante aquel viaje. Dice:

“El acontecimiento de la emigración fue extraordinario y aterrador. Toda Arabia se oponía al Santo Profeta (sa) y ansiaba su sangre. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) partió hacia Medina acompañado únicamente de un compañero.

A lo largo de toda la ruta habitaban tribus que, debido a su oposición a la religión, intentaban continuamente matar al Santo Profeta (sa). Hasta entonces, únicamente se habían abstenido de hacerlo por temor a los Quraish.

Sin embargo, había llegado el momento en que los propios Quraish estaban decididos a matar al Santo Profeta (sa), y todas las tribus de Arabia tenían la certeza de que, si lo mataban, no habría motivo alguno para que los Quraish se disgustaran con ellas.

No solo había desaparecido el temor a la oposición de los Quraish, sino que estos, al descubrir que el Santo Profeta (sa) había abandonado La Meca, habían anunciado una recompensa por su captura.

Asimismo, habían informado a todas las tribus asentadas a lo largo de la ruta hacia Medina de que quienquiera que entregara al Santo Profeta (sa) y a Hazrat Abu Bakr (ra), vivos o muertos, recibiría una recompensa de cien camellos por cada uno de ellos.

Las tribus árabes, cuyas vidas giraban en torno al pillaje y que ya ardían de celos, difícilmente podían dejar escapar semejante oportunidad. La búsqueda del Santo Profeta (sa) comenzó por todas partes. Era como si, a cada paso que daba, existiera el temor de encontrarse con algún enemigo sanguinario.

En tales circunstancias, se ha observado con frecuencia que incluso las personas más valientes pierden el ánimo y se ven incapaces de realizar un último esfuerzo. Aun tratándose de una persona excepcionalmente valerosa y de corazón fuerte, el miedo puede llegar a ser tan abrumador que se manifieste en cada uno de sus movimientos”.

Hazrat Musleh Maud (ra) escribe además:

“He leído los relatos de quienes demostraron un gran valor y valentía a lo largo de la historia, pero su comportamiento en circunstancias como estas ni siquiera puede compararse con el del Santo Profeta (sa).

Los historiadores saben lo que le sucedió a Napoleón mientras huía y qué claros signos de angustia se reflejaban en su rostro. También saben cómo Humayun, que fue rey de la India, estuvo repetidamente dispuesto a entregarse a sus enemigos y cómo, de no haber contado con varios generales excepcionalmente leales a su lado, tal vez lo habría hecho.

Asimismo, a lo largo de la historia ha habido muchos otros grandes y valerosos generales que afrontaron tiempos difíciles. Cuando el enemigo los rodeó por todas partes mientras los buscaba, sintieron miedo.

Sin embargo, el Santo Profeta (sa) no era como aquellas personas mundanas. Su mirada no estaba puesta en el mundo, sino que sus ojos se elevaban hacia Dios. No disponía de medios mundanos. No pensó:

– ‘¿Qué puedo hacer en un momento como este, completamente solo y acompañado de un único compañero? Si el enemigo nos sorprende en esta peligrosa ruta, ¿de qué recursos dispongo para hacerle frente?’.

Por el contrario, era consciente de que Dios estaba con él: el Dios que siempre había protegido a Sus siervos justos y contra Quien ningún enemigo podía prevalecer.

Aquel Dios era el Dios de Noé (as), el Dios de Abraham (as), el Dios de Moisés (as), el Dios de Jonás (as), el Dios de Job (as), el Dios de David (as), el Dios de Salomón (as) y el Dios del Mesías (as). Era el mismo Dios que era su Dios. Sus poderes nunca disminuyen, ni Él se descuida siquiera por un instante.

Suraqah bin Yosham, enloquecido por la codicia y la enemistad, se topó con ellos y, al divisar al Santo Profeta (sa) desde lejos, espoleó su caballo hacia él.

La esperanza ondeó su corazón como las olas de un río . No solo deseaba apaciguar el ardor de su corazón manchándose las manos con la sangre de aquel a quien consideraba que había insultado su religión, sino que también esperaba obtener la recompensa de doscientos camellos: cien por el Santo Profeta (sa) y otros cien por Hazrat Abu Bakr (ra) (se mencionan doscientos camellos, aunque en la otra versión se habla de cien, es decir, cien por cada uno de ellos). Aquella recompensa bastaría para elevarlo a una posición de gran honor entre los suyos.

Su valor se acrecentó aún más. Del mismo modo que un cazador se abalanza sobre su presa en cuanto la divisa, él se lanzó contra el Santo Profeta (sa). Con un arco y una flecha en las manos, tenía la intención de atacarle”.

No estaba solo; habría podido reunir a miles de hombres a su alrededor con un solo grito (si hubiera gritado, quizá los habitantes de las tribus vecinas habrían acudido en su ayuda, pues el Santo Profeta (sa) estaba atravesando su territorio en aquel momento).

Pero ¿qué hizo el Santo Profeta (sa) en aquellas circunstancias? ¿Huyó? ¿Se asustó y se entregó a él? ¿Le empezaron a temblar las piernas? ¿Le fallaron los sentidos? ¿Pensó en matarlo y huir después del lugar de los hechos? (Suraqah se encontraba tan cerca y estaba solo, por lo que el Santo Profeta (sa) podría haberle disparado una flecha y haberlo matado).

No. Aquel hombre que había depositado toda su confianza en Dios no hizo ninguna de esas cosas, ni mostró ante Suraqah siquiera la preocupación que le habría causado un toro.

A pesar del valor y la valentía de Hazrat Abu Bakr (ra), de la fe y la convicción que poseía, y de la confianza en Dios que se manifestaba en él, no dejaba de mirar atrás una y otra vez para comprobar cuánto se había acercado Suraqah.

Sin embargo, el Santo Profeta (sa) no le prestó la más mínima atención. Lejos de pensar en asustarse o huir, o de mostrar siquiera el menor signo de miedo o inquietud, ni una sola vez volvió el rostro hacia él.

Aquello dejó a Suraqah completamente atónito y le hizo comprender qué clase de hombre estaba persiguiendo. Jamás podría borrar aquella imagen de su memoria.

Es más, aquel extraordinario suceso le causó una impresión tan profunda que solía relatarlo una y otra vez. Decía:

– ‘Seguí cabalgando hasta acercarme tanto al Santo Profeta (sa) que pude oírle recitar el Corán. Vi que el Santo Profeta (sa) no miraba en absoluto ni a la derecha ni a la izquierda, mientras que Hazrat Abu Bakr (ra) no dejaba de mirar atrás una y otra vez’.

¡Alabado sea Dios! ¡Qué extraordinaria confianza en Dios Altísimo!

El enemigo se había acercado tanto a caballo que su voz llegaba hasta el Santo Profeta (sa), y se encontraba ya al alcance de una flecha. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) permaneció completamente sereno. Lejos de mostrar el menor signo de miedo o inquietud, continuó recitando el Sagrado Corán.

Mientras tanto, Hazrat Abu Bakr (ra) miraba una y otra vez hacia atrás para comprobar cuánto se había acercado el enemigo.

¿Puede encontrarse algún otro ejemplo de una confianza y una dependencia tan absolutas? ¿Existe algún ser humano que, en un momento de semejante peligro, haya mostrado una indiferencia y un desprecio tan absolutos?

Si el Santo Profeta (sa) hubiera considerado siquiera la posibilidad de recurrir a medios mundanos, lo mínimo que habría hecho habría sido intentar atacar a Suraqah en aquel mismo instante o alejarse de allí lo antes posible.

Sin embargo, no optó por ninguna de aquellas dos posibilidades. No aceleró el paso ni tuvo intención alguna de matar a Suraqah. Por el contrario, con absoluta tranquilidad, sin mostrar el menor temor ni inquietud, continuó avanzando al mismo ritmo de siempre mientras recitaba el Sagrado Corán.

¿Qué fue lo que le infundió tanta fortaleza en aquel momento? ¿Qué fuerza elevó su valor a semejantes alturas? ¿Qué espíritu le infundió una vida tan extraordinaria?

Aquellos eran los milagros que se producían al depositar la confianza en Dios; aquellos eran los frutos de confiar en Él.

Sabía que los medios materiales no podían causarle daño. Los poderes del mundo no podían destruirlo, porque había un Dios en el cielo que velaba por él y que era el Creador de todos aquellos medios. Por consiguiente, los medios terrenales no pueden prevalecer frente al Creador de esos mismos medios.

Aquella confianza no se vio defraudada, sino que Dios la colmó. Suraqah, que había acudido movido por la codicia de obtener una recompensa de doscientos camellos, pidió perdón al Santo Profeta (sa) y dio media vuelta.

Dios infundió tal temor en su corazón que comprendió que lo más seguro era regresar a casa en silencio. Incluso consiguió que demás perseguidores dieran media vuelta.

Esta es la clase de confianza en Dios que no puede existir en un mentiroso ni albergarse en un corazón engañoso. Se trata de un grado de confianza que no tiene parangón en el mundo.

También encontramos un ejemplo de esta clase de confianza en un episodio relacionado con el profeta Moisés (as), aunque aquel ejemplo es muy inferior a este.

La razón es que, cuando los compañeros del profeta Moisés (as) vieron al pueblo del Faraón, dijeron:

[Árabe]

– “Ciertamente, seremos apresados”.

Ante esto, el profeta Moisés (as) respondió:

[Árabe]

– “Mi Señor está conmigo; Él me guiará por el camino recto”.

Sin embargo, la confianza del Santo Profeta (sa) era tan absoluta y perfecta que también influyó en su compañero. Hazrat Abu Bakr (ra), a diferencia de los compañeros del profeta Moisés (as), no se asustó ni dijo: ‘Sin duda, nos capturarán’.

Por el contrario, incluso cuando se encontraban sentados dentro de la cueva, se limitó a decir que, si miraban hacia abajo, podrían verlos.

Aquella fe era fruto de la luz del profetazgo que, en aquel momento, se derramaba sobre su corazón.

Además, el profeta Moisés (as) contaba con un ejército a su lado y, sin duda, tenía por delante algún lugar al que podía huir. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) no tenía a una comunidad a su lado ni ningún otro camino por delante.

Tal era, pues, el elevado grado de su confianza en Dios”.

Es fundamental hacer un uso adecuado de todos los medios disponibles y, a continuación, depositar la confianza en Dios Altísimo. Al referirse a la confianza del Santo Profeta (sa) en Dios, Hazrat Musleh Maud (ra) explicó este principio de la siguiente manera:

“Una persona que cree verdaderamente en Dios y que está igualmente convencida de que Él la ha creado con un propósito concreto nunca puede dejar de esforzarse. Por el contrario, será la más activa de todas a la hora de hacerlo.

Los actos del Santo Profeta Muhammad (sa) se debían a su fe, porque una persona que cree que hay un Dios y que le ha creado con un propósito concreto nunca puede dejar de esforzarse.

Fijaos en cómo, en la Cueva de Zaur, el Santo Profeta (sa) mostró su fe y tranquilizó a Hazrat Abu Bakr (ra), diciéndole:

– ‘Abu Bakr, no temas; Dios está con nosotros y Él es nuestro Protector’.

Sin embargo, al mismo tiempo, en todos los demás asuntos relacionados con la fe, trabajaba día y noche con tal intensidad que parecía como si los asuntos divinos recayeran sobre sus hombros.

Así pues, por un lado, tenía la certeza absoluta de que Dios existe y ayuda a Sus siervos; por otro, nunca puso a Dios a prueba. No dijo:

– ‘Como Dios me ha prometido la victoria, me quedaré de brazos cruzados. ¿Para qué tengo que esforzarme? Dios nos concederá la victoria y cumplirá así Su promesa’.

Esa no era su forma de actuar. Por el contrario, adoptó todas las medidas prácticas necesarias para alcanzar la victoria. Enseñaba a la gente técnicas militares, organizaba ejércitos para combatir al enemigo, se encargaba de conseguir monturas y medios de transporte, adquiría armas y proporcionaba comida y alojamiento a los soldados.

Solo después de haber realizado todos aquellos preparativos se disponía a enfrentarse al enemigo. Y cuando los musulmanes eran pocos y el ejército enemigo era numeroso, seguía diciendo con absoluta certeza, confianza y fe:

– ‘Aunque seamos pocos, la victoria será nuestra’.

En lo que respecta al esfuerzo humano, el Santo Profeta (sa) empleó todos los medios posibles y, más allá de ellos, depositó su confianza en Dios.

Por consiguiente, su fe no era fruto de la ignorancia ni de la indolencia, sino que nacía de la observación.

Esa fe es propia de quien combina al mismo tiempo la confianza en Dios con la acción; es decir, de quien aúna el esfuerzo y la confianza en Dios”.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“Durante el período de pruebas en La Meca, que se prolongó durante trece años, el Santo Profeta (sa), de la historia se extrae de forma muy evidente que demostró en la práctica todas las elevadas cualidades que una persona perfectamente recta debe manifestar en semejantes dificultades, tales como la confianza en Dios, la perfecta serenidad ante el sufrimiento, el cumplimiento constante y entusiasta de sus deberes y no asustarse ante la impresión de otros.

Al observar su firmeza, muchos de los incrédulos creyeron en él y dieron así testimonio de que solo quien tiene plena confianza en Dios puede mostrar semejante firmeza y resistencia ante el sufrimiento”.

Aunque depositaba su confianza en Dios, el Santo Profeta (sa) también adoptó todas las precauciones necesarias. Como ya he mencionado, existen numerosos incidentes que así lo ilustran.

Uno de ellos se recoge en un Hadiz narrado por Hazrat Ubayy bin Kab (ra), quien relata que, cuando el Santo Profeta (sa) y sus compañeros llegaron a Medina y los Ansar [los habitantes originarios de Medina] les dieron refugio, los árabes de los alrededores se unieron para confrontarse contra ellos.

Los musulmanes se encontraban en una situación tal que ni pasaban la noche sin sus armas ni se levantaban por la mañana sin tenerlas a su lado. Las mantenían siempre cerca, tanto mientras dormían como cuando estaban despiertos.

Confiaban en Dios, pero también eran conscientes de que podían ser atacados en cualquier momento. Por consiguiente, debían permanecer vigilantes y adoptar las medidas necesarias para protegerse.

Hazrat Aisha (ra) aporta más detalles en otra narración. Relata que, después de que el Santo Profeta (sa) llegara a Medina, hubo una noche en la que permaneció despierto. Entonces dijo:

– “¡Ojalá un hombre justo de entre mis compañeros montara guardia para protegerme esta noche!”.

Hazrat Aisha (ra) relata que, mientras se encontraban en aquella situación, de repente oyeron el ruido de unas armas. El Santo Profeta (sa) preguntó:

– “¿Quién está ahí?”.

La respuesta fue:

– “Soy Sa‘d bin Abi Waqqas”.

El Santo Profeta (sa) le preguntó:

– “¿Qué te ha traído aquí?”.

Respondió:

– “Me ha invadido la preocupación por su seguridad, así que he venido a montar guardia para protegerle”.

El Santo Profeta (sa) rezó por él y después durmió plácidamente.

En otra narración del mismo suceso, Hazrat Aisha (ra) afirma que, cuando oyeron el ruido de las armas y el Santo Profeta (sa) preguntó quién estaba allí, le respondieron que habían acudido Sa‘d y Hudhaifah. En esta narración se menciona, por tanto, a dos hombres que habían acudido para protegerlo.

El Santo Profeta (sa) durmió entonces hasta que Hazrat Aisha (ra) pudo oír su respiración acelerada, semejante a la que se producía cuando recibía la revelación divina. En aquel momento fue revelado el siguiente versículo:

[Árabe]

– “Y Dios te protegerá de los hombres” (5:68).

El Santo Profeta (sa) asomó la cabeza fuera de la tienda y dijo:

– “¡Oh, gentes! Ya podéis marcharos. Dios Altísimo se ha comprometido a protegerme”.

Antes de recibir aquella garantía divina, y antes de que Dios le hubiera hecho una promesa específica, el Santo Profeta (sa) había dispuesto que hubiera guardias. Sin embargo, una vez que Dios Altísimo le concedió aquella garantía, les dijo que podían marcharse, pues Dios le protegería.

Cuando el Santo Profeta (sa) envió cartas invitando a diversos gobernantes a abrazar el islam, el emperador persa, Cosroes, movido por su arrogancia, hizo pedazos la carta del Santo Profeta (sa).

Cuando se le informó de lo sucedido, el Santo Profeta (sa), con plena confianza en Dios, dijo:

– “¡Que Dios mismo haga pedazos a sus gentes!”.

Cosroes ya había enviado órdenes, a través del gobernador de Yemen, para que dos soldados detuvieran al Santo Profeta (sa). Estos llegaron con una carta en la que se le exigía que se entregara a ellos de inmediato.

Ante una amenaza aparentemente tan grave, el Santo Profeta (sa) no mostró temor alguno. Simplemente dijo a los enviados:

– “Quedaos aquí esta noche. Mañana os daré mi respuesta”.

A la mañana siguiente, les dijo:

– “Regresad junto a vuestro señor, el gobernador de Yemen – puesto que el mensaje se había enviado a través de él -, y decidle que mi Señor ha matado a su señor, Cosroes, durante la noche”.

Los emisarios quedaron atónitos. Regresaron y, más tarde, se supo que, precisamente aquella misma noche, Jusrau Parvez había sido asesinado por su propio hijo, Ciro.

Este extraordinario acontecimiento constituye una manifestación tanto de la protección milagrosa de Dios Altísimo como de la confianza sin igual que el Santo Profeta (sa) depositaba en Él.

El Santo Profeta (sa) salía a participar en las batallas con plena confianza en Dios Altísimo y con Su permiso. Al partir, también elevaba súplicas.

Hazrat Anas (ra) relata que, cuando el Santo Profeta (sa) partía hacia una batalla, decía:

[Árabe]

– “¡Oh, Dios! Tú eres mi apoyo y mi Ayudador, y por medio de Ti lucho”.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“Aunque es natural que una persona sienta ansiedad en momentos de dificultad, nunca debe renunciar a su confianza en Dios.

El Santo Profeta (sa) sintió una profunda ansiedad durante la batalla de Badr. Suplicaba:

[Árabe]

– ‘¡Oh, Señor mío! Si destruyes a este grupo, nunca más se Te adorará en la tierra’.

Sin embargo, la ansiedad del Santo Profeta (sa) no era sino una reacción humana natural, pues, por otra parte, nunca permitió que le abandonara su confianza en Dios.

Su mirada se dirigía hacia los cielos y tenía la certeza de que Dios Altísimo nunca permitiría que fracasara. No permitió que la desesperación, la desesperanza ni el desánimo se apoderaran de él”.

La aparición de semejante inquietud es necesaria para la plenitud de la moral humana y para alcanzar las distintas etapas espirituales. Sin embargo, una persona nunca debe permitir que la desesperación se apodere de ella, porque la desesperación – es decir, la falta de esperanza y el desánimo – es una característica de los incrédulos.

Una persona experimenta toda clase de pensamientos que siembran inquietud y dudas en su mente, pero la fe ahuyenta esas dudas. La naturaleza humana experimenta la inquietud, mientras que la fe la disipa”.

También está el conocido episodio que demuestra la confianza en Dios Altísimo, cuando un enemigo encontró al Santo Profeta (sa) a solas y desenvainó su espada contra él. Sin embargo, el Santo Profeta (sa), sin mostrar inquietud alguna, le dijo:

– “Dios Altísimo me salvará de ti”.

Al describir este episodio, Hazrat Musleh Maud (ra) también explica la absoluta confianza del Santo Profeta (sa) en Dios de la siguiente manera:

“Tal era el grado de su confianza en Dios que, cuando un hombre le encontró solo, le amenazó con una espada y le preguntó:

– “¿Quién puede salvarte de mí ahora?”.

A pesar de que el Santo Profeta (sa) estaba desarmado y, al encontrarse tumbado, no podía moverse, respondió con absoluta serenidad y tranquilidad:

– “¡Dios!”.

Aquella palabra brotó de sus labios con tal certeza y convicción que incluso el corazón de aquel incrédulo no pudo sino reconocer la grandeza de su fe y la perfección de su convicción. La espada se le cayó de la mano, y el hombre que había acudido para matarle quedó ante él como un criminal culpable”.

Durante la Batalla de los Confederados, los musulmanes se enfrentaron a circunstancias extremadamente difíciles. Se había tomado la decisión de hacer frente al enemigo sin salir de Medina. Aquello no se debió al temor ni a una falta de confianza en Dios, sino que respondió a una cuestión de estrategia militar. Se cavó una trinchera alrededor de Medina para proteger a los musulmanes de un ataque repentino e inmediato del enemigo.

Los musulmanes se encontraban en una situación tan difícil que muchos de ellos eran pobres y se ganaban el pan de cada día con su trabajo. A pesar de aquellas penurias, todos se unieron para cavar la trinchera y protegerse de los ataques. Quienes no podían trabajar cada día pasaban hambre.

En aquel momento, numerosas tribus de toda Arabia se habían unido y habían lanzado un ataque. Las distintas narraciones ofrecen cifras dispares sobre el número de sus integrantes. En cualquier caso, la cifra mínima mencionada es de diez mil; otras fuentes hablan de quince mil y otras, de veinticuatro mil.

Incluso diez mil era una cifra enorme en comparación con la población de Medina. Para aquella pequeña ciudad, se trataba de un ejército de dimensiones muy considerables.

Sin embargo, a pesar de sus difíciles y precarias circunstancias y pobreza, y pese a su reducido número, los musulmanes se prepararon para hacer frente a un ejército tan numeroso. Su estrategia consistía en enfrentarse al enemigo desde el interior de la ciudad, dado que eran pocos. Aquello también fue una gracia de Dios Altísimo, Quien ya les había informado de lo que estaba por venir.

La fe de los musulmanes también se había fortalecido. No se dejaron vencer por la inquietud al contemplar el gran número de enemigos. Por el contrario, la confianza del Santo Profeta (sa) en Dios hizo que, en aquel momento, los musulmanes se mantuvieran aún más firmes en su fe. A pesar de escuchar las palabras de los hipócritas, su valor no flaqueó.

Observad los designios que Dios Altísimo dispuso gracias a su firmeza y a su confianza en Él. Una tormenta y un viento violento aterrorizaron a los incrédulos y los llevaron a huir. Huyeron con tal confusión que dejaron atrás gran parte de su equipamiento, sus provisiones y otras pertenencias, que posteriormente resultaron útiles para los musulmanes.

Este fue el resultado de la confianza en Dios Altísimo.

Durante la Batalla de los Confederados también tuvo lugar el episodio en el que una pequeña cantidad de comida resultó suficiente para todo un ejército. Aquello fue, sin duda, un milagro, pero también un magnífico ejemplo de confianza en Dios Altísimo.

Hazrat Yabir bin ‘Abdul’lah Ansari (ra) relata:

“El día de la Batalla de la Trinchera, mientras cavábamos la tierra, encontramos una roca muy dura. Acudimos al Santo Profeta (sa) y le dijimos:

– ‘Ha aparecido una roca en la trinchera’.

Respondió:

– ‘Bajaré’, queriendo decir: ‘Iré y la romperé’.

Se puso en pie y tenía una piedra atada alrededor del estómago (como tenían el estómago vacío, en aquella época se ataban piedras alrededor del abdomen para aliviar el hambre).

No habíamos probado bocado durante tres días. Tal era la gravedad del hambre.

El Santo Profeta (sa) tomó una piqueta y golpeó la roca con ella. Esta se desmoronó hasta quedar reducida a un montón de arena suelta. Al ver el estado en que se encontraba el Santo Profeta (sa), le dije:

– ‘¡Oh, Mensajero de Dios! Permitidme ir a casa’.

Fui a casa y le dije a mi esposa:

– ‘He observado algo en el Santo Profeta (sa) que no soporto ver. He visto que, debido al hambre, lleva una piedra atada alrededor del estómago. ¿Tienes algo de comida?’.

Ella respondió que tenían algo de grano y una cabra pequeña. Entonces sacrifiqué la cabra y, mientras mi esposa molía el grano, pusimos la carne en una olla de piedra. Después fui a ver al Santo Profeta (sa). Para entonces, la masa ya estaba amasada y había fermentado, y la comida de la olla, que estaba al fuego, se encontraba casi lista.

Le dije:

– ‘¡Oh, Mensajero de Dios! Tengo algo de comida. Le ruego que venga y traiga con usted a uno o dos hombres para que puedan comer’.

Él preguntó:

– ‘¿Cuánta comida hay?’.

Le indiqué la cantidad. El Santo Profeta (sa) dijo:

– ‘Es abundante. Hay carne de cabra y un poco de cebada. Es suficiente. Es abundante y buena’.

Luego añadió:

– ‘Dile a tu esposa que no retire la olla del fuego ni saque el pan del horno hasta que yo llegue’.

Entonces, el Santo Profeta (sa) pidió a los Compañeros que le acompañaran.

Los Muhayirin y los Ansar se levantaron. Cuando Hazrat Yabir acudió a su esposa, le dijo:

– “¡Que seas bendecida! El Santo Profeta ha venido con los Muhayirin, los Ansar y todos los que lo acompañan”.

Su esposa le preguntó:

– ‘¿Te preguntó algo el Santo Profeta?’.

Le respondí:

– ‘Sí’.

Entonces, ella preguntó:

– “¿Qué te preguntó?”.

Le conté lo sucedido, incluida su pregunta sobre la cantidad de comida y la respuesta que yo le había dado.

A continuación, el Santo Profeta (sa) llegó acompañado de los Compañeros (ra) y les dijo:

– “Entrad, pero no os apresuréis”.

Con ello quería decir que no había necesidad de apresurarse y que debían sentarse tranquilamente dentro de la casa.

Comenzó a partir trozos de pan, a colocar carne encima y a entregárselos a los compañeros (ra). El pan estaba cubierto con un paño. Cortaba un trozo, lo sacaba, le añadía un poco de caldo y después se lo entregaba a los compañeros. Cada vez que sacaba algo de la olla o del horno, volvía a cubrirlos.

Continuó de aquella manera hasta que todos los compañeros quedaron satisfechos. Todos comieron hasta saciarse y aún sobró algo de comida.

El Santo Profeta (sa) le dijo a la esposa de Hazrat Yabir (ra):

– “Toma esto y cómetelo, y envía también una parte como regalo, pues la gente tiene mucha hambre”.

Este incidente demuestra la confianza en Dios, acompañada de una oración para pedir Sus bendiciones; y, en efecto, la comida fue bendecida.

También se relata que alguien preguntó a Hazrat Bara bin Azib (ra):

– “¿Huisteis vosotros, dejando atrás al Mensajero de Dios (sa), durante la Batalla de Hunain?”.

Respondió:

– “Sí, pero el Mensajero de Dios (sa) no abandonó el campo de batalla. Los hombres de Hawazin eran arqueros expertos. Cuando nos enfrentamos a ellos, los atacamos y fueron derrotados. Los musulmanes comenzaron entonces a recoger el botín de guerra, pero ellos empezaron a dispararnos flechas desde el frente.

El Mensajero de Dios (sa) no se movió de su posición. Le vi montado en su mula blanca, mientras Abu Sufyan bin Hariz bin Abdul Muttalib sostenía las riendas y el Santo Profeta (sa) recitaba los siguientes versos:

[Árabe]

“Soy el Profeta cuya venida fue anunciada – no hay falsedad en ello -; soy el hijo de Abdul Muttalib“.

Hazrat Musleh Maud, Jalifatul Masih II (ra), también mencionó este incidente y lo explicó con algo más de detalle. Afirma:

“Cuando el Santo Profeta (sa) dijo: ‘Soy el hijo de Abdul Muttalib’, no quería decir que, en aquel momento, cuando el ataque del enemigo era tan intenso y cuatro mil arqueros hacían caer una lluvia de flechas sobre él, su avance en semejantes circunstancias fuera algo que superase la capacidad humana o que él no sintiera temor alguno.

Por el contrario, el Santo Profeta (sa) recitó aquellos versos para que nadie se dejara engañar pensando que poseía algún poder divino. Él era simplemente el hijo de Abdul Muttalib y un ser humano. Su único apoyo era la ayuda de Dios, el Exaltado, que le acompañaba en virtud de su condición de profeta.

Tal era su confianza en Dios, el Exaltado, que, puesto que Él le había prometido el éxito, tenía la certeza de que se lo concedería incluso en medio de aquella lluvia de flechas”.

Otro ejemplo de confianza en Dios el Exaltado, y de fe firme en Sus promesas se encuentra en el siguiente suceso. Si examinamos tanto los acontecimientos iniciales como los posteriores, encontramos ejemplos de ese mismo espíritu de confianza en Dios. El episodio que acabamos de mencionar corresponde a la Batalla de Hunain, mientras que este otro tuvo lugar durante la Batalla de Badr, la primera batalla.

En Medina vivía un hombre muy fuerte y valeroso llamado Hubaib bin Yusaf (en aquella época, los musulmanes se encontraban en una situación de gran debilidad). Pertenecía a la tribu Jazrall y aún no había aceptado el islam cuando tuvo lugar la Batalla de Badr. No obstante, partió hacia la batalla junto con los miembros de su tribu, los Jazrall, con la esperanza de recibir una parte del botín de guerra si obtenían la victoria.

Los musulmanes se alegraron mucho de que también él se uniera a ellos en la batalla. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) le dijo:

– “Solo quien profese nuestra fe irá a la batalla con nosotros”.

Según otra narración, el Santo Profeta (sa) le dijo:

– “Regresa; no deseamos recurrir a la ayuda de un politeísta”.

Hubaib bin Yusaf acudió al Santo Profeta (sa) por segunda vez, pero este volvió a enviarle de regreso. Finalmente, cuando se presentó por tercera vez, el Santo Profeta (sa) le preguntó:

– “¿Crees en Dios y en Su Mensajero (sa)?”.

Respondió afirmativamente, tras lo cual abrazó el islam y luchó con gran valentía.

Así pues, a pesar de aquellas circunstancias desfavorables y de la extrema necesidad en que se encontraban, el Santo Profeta (sa) no aceptó la ayuda de aquel hombre mientras este permanecía en la incredulidad. Ello se debía a que recurrir a su ayuda habría sido contrario a la fe en las promesas de Dios, el Exaltado, y a la confianza depositada en Él.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“Según las personas sensatas de esta época, granjearse enemigos es un error; pero, a decir verdad, esto también constituye una prueba de piedad. El Santo Profeta (sa) no se preocupaba por nadie; de hecho, hizo que todos se convirtieran en sus enemigos” (él decía la verdad y la gente no quería aceptar lo que decía, por lo que era natural que se opusieran a él).

Según esas personas, él (sa) cometió – Dios no lo quiera – un error. Sin embargo, granjearse enemigos únicamente por la causa de Dios constituye una prueba evidente de su veracidad y demuestra la fortaleza de su fe.

Por un lado, observemos a [Jesús] el Mesías (as) (el Mesías Prometido (as) puso este ejemplo en respuesta a quienes planteaban objeciones).

Según sus enseñanzas recogidas en los Evangelios, su intención nunca fue ofender a nadie.

A los judíos les dijo: ‘No he venido a cambiar ni una jota de la Torá’.

Por el contrario, si examinamos las enseñanzas del Santo Profeta (sa) veremos que no quedó ninguna secta ni religión sobre la faz de la tierra a la que no invitara [a abrazar el islam] y cuyos errores no señalara. Además, afirmó que saldría victorioso y triunfante (no solo señaló sus errores y los desafió, sino que también proclamó que, gracias a su absoluta confianza y convicción en Dios Altísimo, triunfaría, porque he venido por Él”).

Por tanto, decidme: ¿cómo podría alguien hacer esto si no tuviera plena confianza y fe en Dios?”.

¡Oh, Al’lah! Envía Tus bendiciones sobre Muhammad y sobre la familia de Muhammad; bendíceles y concédeles la paz. Ciertamente, Tú eres digno de alabanza, el Más Glorioso!

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