La gratitud del Profeta (sa) hacia Dios: reflexiones sobre sus acciones y enseñanzas
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Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Los estándares del Santo Profeta (sa) al expresar su gratitud, sus propios ejemplos prácticos y su guía a este respecto se venían tratando en los sermones previos al Yalsa, y hoy continuaré haciéndolo.
Al llamar nuestra atención sobre la importancia de ser agradecidos con Dios Altísimo, nos enseñó a mostrar gratitud incluso por las cosas más pequeñas. A este respecto, Hazrat Anas bin Malik (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Dios se complace con esta acción de Su siervo: que, cuando come un bocado o bebe un sorbo, Le alaba”.
Asimismo, Hazrat A’isha (ra) relata que, en una ocasión, el Santo Profeta (sa) entró en su casa y vio un pedazo de pan tirado. Lo recogió, lo limpió, se lo comió y dijo: “¡Oh, A’isha! Honra aquello que es digno de ser honrado. Cuando esta bendición del sustento se retira de un pueblo, no vuelve a él”. Este fue, de hecho, el bendito ejemplo del Santo Profeta (sa). Expresaba su gratitud a Dios Altísimo incluso por las cosas aparentemente más pequeñas. Agradecía a Dios Altísimo Sus bendiciones e instaba a los miembros de su hogar a hacer lo mismo. Por lo tanto, si deseamos bendiciones en nuestro sustento, debemos expresar gratitud por cada bendición de Dios Altísimo.
Hazrat Ibn ‘Abbas (ra) relata que, el día de la Conquista de la Meca, el Santo Profeta (sa) fue a la casa de su prima paterna, Umm-e-Hani bint Abi Talib (ra). En aquel momento tenía hambre y dijo: “¿Tienes algo que podamos comer?”. Respondió: “No tengo nada excepto unos trozos de pan seco, pero me da vergüenza presentárselos”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Tráelos”. Luego los puso en agua y los partió en pequeños trozos. Ella trajo entonces algo de sal. El Santo Profeta (sa) preguntó: “¿Hay algún caldo?”. Ella respondió: “¡Oh, Mensajero de Al´lah! No hay nada excepto un poco de vinagre”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Tráelo”. Lo vertió sobre su comida, comió de ella y alabó a Dios Altísimo. Luego dijo: “¡Qué excelente caldo es el vinagre! ¡Oh, Umm-e-Hani! Un hogar que tiene vinagre no es un hogar pobre”. Estos eran los estándares de gratitud expresados por el Santo Profeta (sa).
Vivimos en estos países [en Occidente] y nos beneficiamos de innumerables bendiciones. A pesar de ello, no cumplimos debidamente con el deber de agradecer a Dios Altísimo. De hecho, a veces incluso comenzamos a quejarnos por los asuntos más pequeños. Nos quejamos a nuestros propios familiares de que no trajeron esto o aquello.
Hazrat Musleh Maud (ra) ha descrito, de una manera muy explícita a estas personas desagradecidas y, por otro lado, la gratitud de los compañeros. Afirma:
“Si alguna vez tuviesen que usar una prenda rota, comenzáis a lamentaros y a decir: ‘¡Qué desafortunados somos por vestirnos con ropa rota usada!’. Pero, cuando los compañeros recibían una prenda rota, sus cabezas se inclinaban ante Dios Altísimo. Sus lenguas se ocupaban en Su agradecimiento y decían: ‘¡Qué prenda tan maravillosa nos ha otorgado nuestro Dios!’“.
Sí, después de cuatro días, no recibían más que un trozo de pan seco, sus ojos brillaban de alegría y decían: ‘Alhamdulil’lah [toda alabanza pertenece a Dios], Dios nos ha favorecido con Su gracia’. Es por eso que aquellos trozos de pan seco les beneficiaron – dijo, dirigiéndose a los miembros de la Comunidad- más de lo que incluso el “palau y el korma” [arroz condimentado] les benefician a ustedes hoy en día. Hoy día, a una persona se le sirve “palau” y lo come, pero, al mismo tiempo, se lamenta de que no haya “zarda” [arroz dulce] para acompañarlo. Si a alguien se le ofrece tanto “palao” como “zarda”, aún derrama lágrimas de decepción y dice: ‘¡Ojalá también hubiera habido ‘firni’ [especie de natilla]!. A quien se le dan lentejas, anhela la carne; a quien se le da carne, anhela el arroz; a quien se le dan cuatro panes para comer…”
Hazrat Musleh Maud (ra) dio después otros ejemplos con detalle. Dice: “En cambio, ¿cuál era la condición de los compañeros? Si recibían incluso un simple trozo de pan seco, decían: ‘Ni siquiera éramos dignos de este bocado. Es pura gracia de Dios que Él nos lo haya otorgado’. El resultado fue que incluso un trozo de pan seco se convirtió para ellos en una fuente de fortaleza. Infundió en ellos elevadas aspiraciones e incrementó aún más su espíritu de gratitud.
El día de la Conquista de La Meca, cuando el poder de los jefes árabes llegó a su fin y el Santo Profeta (sa) entró en La Meca con diez mil seguidores devotos, los grandes líderes, cuya vida entera se había dedicado a oponerse al islam, se presentaron ante él con la cabeza inclinada. Les anunció:
‘¡Id, no os diré nada, porque todos sois libres!’.
Tras hacer esta proclamación, el Santo Profeta (sa) fue a casa de (aquí dice su tía. Puede tratarse de un error de transcripción, o quizá lo dijo por error) Hazrat Umm Hani (ra), quien era su prima paterna, como se ha mencionado antes. Preguntó: ‘¿Tienes algo de comer?’. Ella respondió: ‘No hay nada para comer (como se acaba de mencionar). Si hubiese tenido algo, con gusto se lo habría servido. Todo lo que tengo es un trozo de pan seco que lleva aquí varios días’. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘Muy bien, tráelo’. Cuando ella trajo el pan, él dijo: ‘Este es un pan excelente y, sin embargo, te afliges diciendo que no tenías nada en casa’. Trajo entonces algo de agua y él remojó el pan en ella. Después preguntó: ‘¿Tienes algún caldo?’. Respondió: ‘¿De dónde podría haber sacado algún caldo? Apenas tenía siquiera pan para ofrecerle. Si lo tuviera, lo habría traído antes. Solo tengo un poco de vinagre’. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘¡Qué excelente condimento es el vinagre!’. Trajo el vinagre (como se ha mencionado), y él mojó el pan en él y se lo comió”.
Hazrat Musleh Maud (ra) dice: “El Santo Profeta (sa) consideraba incluso el vinagre una bendición de Dios y comía con él, el pan seco, agradeciendo a Dios Su favor. La digestión de una persona se fortalece con la alegría que surge en el corazón. Si incluso algo sencillo se come con alegría y gratitud, produce una gran fortaleza. Pero, si los alimentos más exquisitos se comen con tristeza y descontento, no aportan ningún beneficio real”.
Añade: “La gente de hoy piensa que merece más de lo que ha recibido. Los compañeros, sin embargo, siempre sentían que merecían menos de lo que se les había dado. Tal era su gratitud que, aunque recibieran solo un poco, decían: ‘Esto es más que suficiente’. Fue por esta razón que un solo ‘roti’ [pan plano] les beneficiaba más de lo que diez rotis os benefician hoy”.
Dijo a continuación: “Esto se debe a que muchos de vosotros aún no habéis probado la dulzura de la fe. Vuestros corazones permanecen completamente ajenos a la realidad de que Dios os ha creado para una magnífica misión espiritual. En comparación con aquel a quien Dios ha elegido para llevar a cabo una revolución y una transformación espiritual, incluso el rey más grande del mundo carece de valor. Sin embargo, en lugar de comprender vuestra verdadera posición y reconocer vuestras responsabilidades, os preocupáis por los asuntos más triviales e insignificantes. Os quejáis: ‘no conseguí esto’ o ‘no se me dio aquello’.
Hasta que no adquiráis una verdadera conciencia del propósito para el cual Dios os ha creado y no reconozcáis vuestro rango, nunca llevaréis a cabo la obra que se espera de vosotros. Dios os ha puesto en una posición en la que vuestro corazón debería rebosar constantemente de alegría y en la que la agudeza y la vitalidad deberían ser siempre evidentes en vosotros. Si desarrolláis esta cualidad, adquiriréis de inmediato una fuerza tal que incluso la menor cantidad de alimento será suficiente para capacitaros para llevar a cabo vuestra obra”.
Así pues, este es un curso de acción que todo ahmadí debería adoptar – especialmente aquellos de escasos recursos, pero, aún más, quienes han dedicado sus vidas como Waqifin-e-Zindagi [consagrados de por vida]- para elevar su nivel de gratitud -. Existe una gran necesidad de ello. Asimismo, deben esforzarse por inculcar este espíritu, tanto como sea posible, en sus esposas e hijos, porque el objetivo para el cual los Waqifin han consagrado sus vidas es verdaderamente noble. Para alcanzar tan elevada meta, deben mantener ante sí los ejemplos de quienes alcanzaron objetivos tan elevados y esforzarse por seguirlos. Solo entonces podrá alcanzarse verdaderamente esa meta.
El Santo Profeta (sa) no solo apreciaba el servicio de sus compañeros, sino que también los recompensaba con sentidas oraciones. A este respecto, existe una narración de Abu Qatadah (ra), quien relata que el Santo Profeta (sa) se dirigió a los compañeros durante un viaje y dijo: “Continuaréis viajando durante toda esta tarde y toda la noche y, mañana, si Dios quiere, llegaréis al agua (se encontraban de viaje en algún lugar)”. La gente continuó viajando sin tan siquiera volverse unos hacia otros.
Abu Qatadah (ra) relata: “El Mensajero de Dios (sa) continuó cabalgando hasta la mitad de la noche. Yo cabalgaba a su lado. Los ojos del Santo Profeta (sa) se cerraban por el sueño y comenzó a inclinarse hacia un lado sobre su montura. Me acerqué a él y lo sostuve, sin despertarlo, hasta que recuperó el equilibrio y volvió a sentarse erguido. Continuó viajando hasta que había transcurrido la mayor parte de la noche, momento en el que el sueño volvió a apoderarse de él y se inclinó hacia un lado. Una vez más, lo sostuve sin despertarlo hasta que volvió a sentarse erguido”.
Seguimos así hasta bien entrada la noche. Se volvió a inclinar aún más que las dos primeras veces y estuvo a punto de caerse de la montura. Me apresuré a acercarme y le sostuve. A continuación, levantó la cabeza y preguntó: ‘¿Quién eres?’. Respondí: ‘Abu Qatadah’. Me preguntó: ‘¿Desde cuándo me has estado acompañando así?’. Respondí: ‘Desde que empezó la noche’. A continuación, el Santo Profeta (sa) rezó: ‘¡Que Dios te proteja, tal y como tú has protegido a Su Profeta!’. De este modo, el Santo Profeta (sa) expresó el más alto grado de gratitud”.
El Santo Profeta (sa) también nos ofreció, con su propia vida, el ejemplo perfecto de gratitud. Según una narración transmitida por Hazrat Abu Umamah (ra), el Mensajero de Dios (sa) dijo: “Mi Señor, el Poderoso y Majestuoso, se ofreció a convertir para mí el valle de La Meca en oro. Respondí: “No, mi Señor. Más bien, preferiría pasar hambre un día y estar bien alimentado al siguiente, para que, cuando esté bien alimentado, pueda alabarte y darte las gracias y, cuando tenga hambre, pueda rezarte con fervor y suplicarte“.
Hay otra narración transmitida por Hazrat Abdul’lah bin Masud (ra). Afirma que, cada vez que el Santo Profeta (sa) bebía agua, lo hacía en tres sorbos, apartando el recipiente de la boca entre uno y otro (no lo bebía de un trago, sino que lo hacía en tres sorbos). Con cada sorbo alababa a Dios y, tras el último, le daba las gracias. Tal y como enseñó el Santo Profeta (sa), incluso cuando bebáis un sorbo de agua, alabad a Dios y dadle las gracias. Esta es la forma correcta de beber agua: con gratitud. Además, es beneficioso para la salud, ya que, en lugar de beberlo todo de golpe, conviene beberlo despacio, haciendo pausas entre sorbo y sorbo.
En Sahih de Bujari hay una extensa narración de Hazrat Abu Hurairah (ra). Dice: “Por Dios, además de Quien no hay otro dios, que un día, a causa del hambre, me tumbaba con el hígado pegado al suelo para poder mantenerme en pie y, a veces, por el hambre, me ataba una piedra al estómago”. Afirma que no fue algo que ocurriera en un solo día, sino que se prolongó durante varios días.
Dice: “Un día, me senté junto al sendero por el que pasaba la gente (me encontraba en una situación crítica). Pasó por allí Hazrat Abu Bakr (ra). Le pregunté por un versículo del Libro de Dios, el Sagrado Corán, relativo al cuidado de los pobres que no piden ayuda y pasan hambre. Me explicó lo que significaba y luego se marchó. Pasó luego Hazrat Umar (ra). Yo también le pregunté lo mismo, y él también me explicó lo que significaba y se marchó. Después de esto, el Santo Profeta (sa) pasó junto a mí. Cuando me vio, sonrió y comprendió el estado de mi corazón, que se reflejaba en mi rostro. Dijo: ‘¡Aba Hirr!’. Le respondí: ‘Estoy presente, ¡oh Mensajero (sa) de Dios!’. Dijo: ‘Sígueme’. El Santo Profeta (sa) se dirigió a su casa y yo le seguí. Entró y me dio permiso para entrar también. En su habitación había un cuenco con leche. Preguntó a su familia de dónde había salido. Le dijeron que se lo habían enviado como regalo desde algún sitio. A continuación, exclamó: ‘¡Aba Hirr!’. Le respondí: ’Estoy presente, ¡oh Mensajero (sa) de Dios!’. Dijo: ‘Ve a buscar a la gente de la Suffah y tráelos’”. Eran personas que a menudo pasaban hambre y se quedaban sentadas fuera. A veces, la gente les llevaba comida y les daba de comer en sus casas. Sin embargo, los llamó.
Y continúa contando: “No me gustó que me pidiera que los llamara. Me pregunté: ‘¿Qué podrá aportar esta pequeña cantidad de leche a la gente de la Suffah?’. Tenía más derecho a beber un poco de esta leche para recuperar fuerzas. Si vienen y él me ordena que se la ofrezca, no tendré más remedio que dársela, y entonces ya no tendré ninguna esperanza de beber algo de esta leche. No me quedaba más remedio que obedecer a Dios y a Su Mensajero (sa). No tenía otra opción.
Así pues, me acerqué a ellos y los llamé. Los miembros de la Suffah llegaron y se sentaron en sus sitios. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘¡Oh, Abu Hurairah!’. Le respondí: ‘Estoy presente, ¡oh Mensajero (sa) de Dios!’. Dijo: ‘Toma esto y dáselo a ellos’. Cogí el cuenco y se lo di a un hombre. Bebió hasta saciarse; luego bebió otro y, después, un tercero. Siguieron bebiendo de esta manera hasta que llegué junto al Santo Profeta (sa), mientras todos los que habían estado sentados allí se habían saciado por completo y habían bebido leche hasta hartarse. El Santo Profeta (sa) cogió el cuenco y lo sostuvo en su mano. Me miró, sonrió y dijo: ‘¡Abu Hurairah!’. Le respondí: ‘Estoy presente, ¡oh Mensajero (sa) de Dios!’. Dijo: ‘Ahora solo quedamos tú y yo’. Dije: ‘¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Sin duda ha dicho la verdad’. Dijo: ‘Siéntate y bebe’. Me senté y empecé a beber. Dijo: ‘Bebe más’. Así que bebí más. Siguió diciendo: ‘Bebe más’, y yo seguí bebiendo. Al final dije: ‘¡Basta ya, por Aquel que le envió con la verdad! Ya no me queda espacio para ello. Tengo el estómago lleno’. Dijo: ‘Enséñamelo’. Le entregué el cuenco. En primer lugar, alabó y dio las gracias a Dios Altísimo, a pesar de que él también tenía hambre. Primero dio las gracias a Dios Altísimo e invocó Su nombre, y luego bebió la leche que quedaba”.
Tal era su gratitud y, gracias a ella, Dios Altísimo la bendijo de tal manera que todos los compañeros pudieron beber de ella, y el Santo Profeta (sa) también pudo saciar con ella su hambre.
Hazrat Aisha (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Cuando alguien le hace un favor a otra persona, debe devolvérselo”. Si no tiene la posibilidad de hacerlo, debería mencionar ese favor ante los demás, pues quien lo menciona está expresando su agradecimiento por él. Pero quien finge poseer grandeza que en realidad no tiene, es como quien lleva dos vestiduras de falsedad” (es decir, es falso de la cabeza a los pies).
Se cuenta que el tío materno del Santo Profeta (sa), Aswad bin Wahb bin Abd Manaf bin Zuhrah, pidió permiso para reunirse con él. El Santo Profeta (sa) dijo: “¡Oh, tío materno mío! Entra!”. Entró, y el Santo Profeta (sa) extendió su manto para él y le dijo: “Siéntate sobre él, porque la posición de un tío materno es como la de un padre”. A continuación, dijo: “¡Oh, tío materno mío! Cuando a alguien se le hace un favor y no muestra gratitud por él, al menos debería mencionarlo, porque, cuando lo menciona, es como si hubiera expresado su agradecimiento por él”.
¿Cómo se manifiesta este aspecto de la gratitud en la vida personal del Santo Profeta (sa)? Se produjeron numerosos incidentes. Siempre recordaba a quienes le habían hecho favores y no dejaba de mencionarlos en cada ocasión. Por ejemplo, Hazrat Jadiya (ra), su noble esposa, ayudaba constantemente al Santo Profeta (sa) y lo trataba con amabilidad en todo momento. Era una mujer adinerada de La Meca. Cuando se casó con el Santo Profeta (sa), puso toda su fortuna ante él y le dijo que la utilizara como mejor le pareciera.
Posteriormente, tras su proclamación como profeta, permaneció a su lado con total sinceridad y devoción a lo largo de todas las penurias y dificultades, hasta su fallecimiento en el décimo año de su profetazgo. El Santo Profeta (sa) recordó los favores de esta devota esposa hasta el final de su vida y siempre mencionaba sus buenas obras. Hablaba de ella con tanta frecuencia que sus otras nobles esposas a veces sentían celos. Así pues, Hazrat Aisha (ra) cuenta que, “cada vez que el Santo Profeta (sa) mencionaba a Hazrat Jadiya (ra), la alababa y lo hacía con gran entusiasmo. Un día, me invadió la envidia y le dije al Santo Profeta (sa): ‘¿Por qué sigue hablando de esa anciana, cuando Dios Altísimo le ha dado esposas mejores que ella?’. Ante esto, el Santo Profeta (sa) dijo: ‘Dios Altísimo no me ha dado una esposa mejor que ella, porque Jadiya me aceptó cuando los demás me rechazaron; cuando la gente me tachaba de mentiroso, ella defendió mi veracidad; cuando la gente me privó de su riqueza, ella me apoyó con la suya; y Dios Altísimo me concedió hijos a través de ella, mientras que no me concedió hijos a través de las demás esposas’”. A lo largo de toda su vida, siempre recordó lo que ella había hecho por él y nunca dejó de expresarle su gratitud.
Del mismo modo, en lo que respecta a sus amigos, que le habían ayudado de diversas maneras, expresó su profunda gratitud. En una ocasión, se produjo un desacuerdo entre Hazrat Umar (ra) y Hazrat Abu Bakr (ra). Cuando se informó de ello al Santo Profeta (sa), este recordó a los demás los grandes favores de Hazrat Abu Bakr (ra) y ordenó a los compañeros que no le causaran ningún dolor.
Cuando ambos acudieron ante el Santo Profeta (sa) para tratar el asunto, los dos reconocieron su propio error. Hazrat Abu Bakr (ra) dijo que se había excedido con Hazrat Umar (ra) y le pidió perdón. Hazrat Umar (ra) también reconoció que había actuado excediéndose y pidió perdón. En cualquier caso, el Santo Profeta (sa) expresó su descontento con Hazrat Umar (ra) por haber discutido con Hazrat Abu Bakr (ra). A continuación, dijo: “¡Oh, Abu Bakr! Que Dios oculte tus faltas y te perdone”.
Entonces, Hazrat Umar (ra) se arrepintió y se dirigió a la casa de Hazrat Abu Bakr (ra). Los dos estaban sentados juntos, y el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Oh gente! Dios me envió a vosotros, y vosotros dijisteis: ‘eres un mentiroso’, mientras que Abu Bakr dijo: ‘Eres veraz’. Me apoyó con su vida y su fortuna. ¿Vais a dejar en paz a mi compañero o no?”. Repitió esto dos veces y, a partir de entonces, Hazrat Abu Bakr (ra) nunca volvió a sufrir agobios. Siempre fue tratado con el debido respeto.
Hazrat Abu Said Judri (ra) relata que el Santo Profeta (sa) se dirigió a la gente y dijo: “Dios dio a un siervo la opción de elegir entre el mundo y la bendición que está con Dios, y ese siervo eligió la bendición que está con Dios”. Hazrat Abu Said (ra) cuenta que, al oír esto, Hazrat Abu Bakr (ra) se echó a llorar. Nos sorprendió que llorara, pues el Santo Profeta (sa) estaba hablando de un siervo al que se le había dado a elegir; sin embargo, Hazrat Abu Bakr (ra) había comenzado a llorar. Esto se refería al propio Santo Profeta (sa), a quien se le había dado a elegir”. El narrador dice que Hazrat Abu Bakr (ra) era, de entre nosotros, quien mejor comprendía este asunto y, por ello, se echó a llorar. El Santo Profeta (sa) dijo: “De entre todas las personas, quien más me ha favorecido con su compañía y con el gasto de su fortuna es Abu Bakr. Si tuviera que elegir a alguien como amigo íntimo, aparte de mi Señor, elegiría a Abu Bakr”. La razón por la que Hazrat Abu Bakr (ra) comenzó a llorar fue que, al oír estas palabras, comprendió que Dios Altísimo tenía la intención de llamar a Su lado al Santo Profeta (sa).
Cuando los musulmanes fueron objeto de diversas formas de persecución en La Meca, emigraron a Abisinia con el permiso de Dios Altísimo. En aquella época, el rey de Abisinia les concedió refugio en su país. El Santo Profeta (sa) siempre recordaba este favor del rey Nayashi [Negus] y, en cada ocasión, expresaba su gratitud por esta bondad mediante sus palabras y sus actos. En una ocasión, una delegación de Nayashi acudió a ver al Santo Profeta (sa). El Santo Profeta (sa) se levantó para darles la bienvenida. Sus compañeros dijeron: “¡Oh, Mensajero de Dios (sa)! Nosotros bastamos [para recibirlos]”. Él respondió: “Trataron a mis compañeros con gran honor y respeto, y deseo devolverles personalmente ese favor”.
A continuación, movido por ese mismo espíritu de gratitud, el Santo Profeta (sa) también recitó la oración fúnebre in absentia por el rey. Así, Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que, cuando el Santo Profeta (sa) recibió la noticia de la muerte de Nayashi, rezó la oración fúnebre en su ausencia. Los compañeros se colocaron en filas detrás de él, y el Santo Profeta (sa) pronunció el “takbir” [“Dios es el Más Grande”] cuatro veces durante la oración.
En la siguiente narración se recoge una muestra de la gratitud del Santo Profeta (sa) por la conducta de los Ansar. En el decimotercer año de su profetazgo, antes de la Hégira, setenta personas de Medina prestaron juramento de lealtad ante el Santo Profeta (sa). Prometieron que, cuando el Santo Profeta (sa) llegara a Medina, le protegerían como si se tratara de sus propias vidas. En aquella ocasión, uno de los compañeros pertenecientes a los Ansar dijo: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Mantenemos desde hace mucho tiempo vínculos con los judíos de Medina. Si le apoyamos, esos lazos se romperán. No sea que, cuando Dios le conceda la victoria, nos abandone y vuelva a La Meca”. El Santo Profeta (sa) respondió: “¡No, no! En absoluto. Eso nunca sucederá. Vuestra sangre es mi sangre. Vuestros amigos serán mis amigos, y vuestros enemigos serán mis enemigos”.
Hazrat Ibn Abbas (ra) cuenta: “Una vez, el Santo Profeta (sa) fue a hacer sus necesidades, y yo le preparé agua para su ablución”. El Santo Profeta (sa) preguntó: “¿Quién ha puesto esto aquí?”. Cuando se le informó, el Santo Profeta (sa) rezó diciendo:
[Árabe]
“¡Oh, Dios! Concédele la comprensión de la fe”. El Santo Profeta (sa) solía mostrar su gratitud incluso por un pequeño gesto de servicio.
Existe otra narración según la cual, durante el viaje que siguió a la batalla de Jaibar, el Santo Profeta (sa) se casó con Hazrat Safiyya (ra). La noche de la boda, Hazrat Abu Ayyub Jalid bin Zaid (ra) montó guardia durante toda la noche fuera de la tienda del Santo Profeta (sa). Cuando el Santo Profeta (sa) se despertó por la mañana y vio a Abu Ayyub (ra) haciendo guardia fuera, le preguntó: “¡Oh, Abu Ayyub! ¿Va todo bien? ¿Qué sucede?”. Respondió: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Estaba preocupado por usted a causa de esta mujer, pues temía que pudiera hacerle daño. En la batalla de Jaibar mataste a su padre, a su marido y a su pueblo, y ella acaba de convertirse al islam. Por eso temía por usted a causa de ella”. El narrador cuenta que, al ver su sinceridad, el Santo Profeta (sa) rezó por él diciendo: “¡Oh, Dios, protege a Abu Ayyub tal y como él pasó la noche protegiéndome a mí!”.
Mut‘im bin Adiyy fue quien rompió el cruel pacto de los Quraish y quien, a la vuelta del Santo Profeta (sa) de Ta’if, le concedió protección y lo llevó a La Meca bajo su amparo. Así pues, cuando los prisioneros de Badr fueron llevados ante el Santo Profeta (sa), este recordó los favores de Mut‘im. Se cuenta que Muhammad ibn Yubair relató, según su padre, Hazrat Yubair ibn Mut‘im (ra), que el Santo Profeta (sa) dijo, refiriéndose a los prisioneros de Badr: “Si Mut‘im ibn Adiyy hubiera estado vivo y hubiera intercedido ante mí por estas personas desdichadas, las habría liberado por su causa”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) también ha dejado constancia de este suceso. Tras relatarlo, escribe: “Mut‘im era un idólatra acérrimo y murió en ese mismo estado, pero poseía un carácter noble. Así pues, fue Mut‘im quien rompió el cruel documento de los Quraish, a causa del cual los musulmanes habían quedado sitiados en el valle de Abu Talib. Asimismo, cuando el Santo Profeta (sa) regresó de Ta’if, fue Mut‘im quien lo acompañó hasta La Meca bajo su propia protección. Fue en recuerdo de esta benevolencia por lo que el Santo Profeta (sa) pronunció estas palabras.
Una de las cualidades más destacadas del Santo Profeta (sa) era que, si alguien le hacía incluso la más mínima buena acción, jamás olvidaba su bondad. El Santo Profeta (sa) siempre deseaba seguir teniendo la oportunidad de expresar de manera concreta su gratitud por la buena voluntad de esa persona. Además, el Santo Profeta (sa) no era como esas personas mundanas que, tras corresponder una sola vez con un buen gesto a la generosidad de alguien, comenzaban a decir que la deuda ya había quedado saldada. Más bien, el Santo Profeta (sa) seguía esforzándose durante toda su vida por devolver el favor o continuaba mencionándolo”.
Abdul’lah bin Abi Rabiah Majzumi (ra) cuenta, según le transmitió su padre -y este, a su vez, de su abuelo-, que, cuando el Santo Profeta (sa) partió hacia la batalla de Hunain, le pidió prestados treinta o cuarenta mil dirhams. Cuando regresó de Hunain, se los devolvió. Entonces, el Santo Profeta (sa) le dijo: “¡Que Dios bendiga a tu familia y tus bienes! La recompensa adecuada por la riqueza y un préstamo es el reembolso íntegro y las palabras de elogio”. Es decir, hay que dar las gracias a la persona que concede un préstamo.
Hazrat Amr bin Ajtab (ra) cuenta: “Una vez, el Santo Profeta (sa) pidió agua. Le llevé agua en un recipiente, pero había un pelo dentro. Quité el pelo – era algo muy pequeño – y luego entregué el recipiente al Mensajero (sa) de Dios. El Mensajero (sa) de Dios dijo:
[Árabe]
“¡Oh, Dios, concédele belleza!”. No había ocasión, por pequeña que fuera, en la que el Santo Profeta (sa) dejara de expresar su gratitud. El narrador cuenta que, más tarde, pudo comprobar el efecto que tuvo en él la oración del Santo Profeta (sa), pues vivió hasta los noventa y tres años sin tener un solo pelo blanco ni en la cabeza ni en la barba.
Del mismo modo, existe una narración de Qatadah, quien dijo: “Oí a Hazrat Anas (ra) decir que Hazrat Umm Sulaim (ra) le dijo al Santo Profeta (sa): ‘Anas es tu siervo’“. El Santo Profeta (sa) rezó por Anas diciendo: “¡Oh, Dios, aumenta su riqueza y su descendencia, y bendícelo en todo lo que le has concedido!”.
El cumplimiento de esta oración se menciona en las siguientes palabras. Hazrat Anas (ra) dice: “¡Por Al’lah! Mi riqueza es realmente abundante, y el número de mis hijos y nietos ha llegado ya a casi cien”.
Luego, Hazrat Yabir (ra) narra que el Santo Profeta (sa) ofreció orientación y dijo: “Quien recibe un favor y lo menciona muestra gratitud; y quien lo oculta muestra ingratitud”.
Hazrat Aisha (ra) narra que el Santo Profeta (sa) aceptaba regalos y también daba algo a cambio.
Hazrat Yabir bin Abdul’lah (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Si a alguien se le da un regalo, entonces, si tiene los medios, debe dar algo a cambio. Y si no tiene los medios, debe alabar a quien le dio el regalo, pues quien lo alaba expresa gratitud; y quien lo oculta muestra ingratitud”.
Estas son las cualidades morales fundamentales que resultan esenciales para fomentar el amor y la tolerancia en la sociedad.
Relata Hazrat Abu Hurairah (ra) que un beduino regaló una camella al Santo Profeta (sa). A cambio, el Santo Profeta (sa) le dio seis camellas.
Hazrat Abu Hurairah (ra) narra que una persona se presentó ante el Santo Profeta (sa) y le pidió ayuda. El Santo Profeta (sa) pidió prestado medio “wasq” de grano y se lo entregó, lo que equivalía aproximadamente a ochenta kilogramos. Cuando la persona que había prestado el grano acudió al Santo Profeta (sa) para reclamar su devolución, el Santo Profeta (sa) le entregó un “wasq” y dijo: “La mitad corresponde al pago de su deuda, y la otra mitad es un obsequio para él como muestra de agradecimiento”.
Se narra que Hazrat Abu Hind (ra) dijo que Tamim bin Aus al-Dari (ra) trajo de Siria a Medina candiles, aceite de oliva y cuerdas cosidas. Cuando llegó a Medina, era la noche del viernes. Ordenó a su sirviente que preparara las cuerdas y colgara las linternas en la mezquita del Santo Profeta (sa). Después, llenó los candiles de aceite y les colocó las mechas. Al ponerse el sol, Tamim (ra) ordenó a su sirviente que las encendiera. Cuando el Santo Profeta (sa) llegó a la mezquita, la vio iluminada por aquellas lámparas. Se alegró mucho al contemplarlas y preguntó: “¿Quién ha hecho esto?”. Los compañeros respondieron: “¡Oh Mensajero de Al’lah (sa), fue Tamim al-Dari!”. El Santo Profeta (sa) oró por él y dijo: “En verdad, has iluminado el islam. ¡Que Al’lah te ilumine en este mundo y en la Vida Futura!”. El Santo Profeta (sa) añadió: “Si tuviera una hija, te la habría dado en matrimonio”. De esta manera, expresó su profundo agradecimiento por el servicio que Tamim había prestado al iluminar la mezquita.
Se narra que Hazrat Aisha (ra) contó que el Santo Profeta (sa) permanecía tanto tiempo en oración durante la noche que se le hinchaban los pies y se le agrietaba la piel. Al verlo, Hazrat Aisha (ra) dijo: “¡Oh Mensajero de Al’lah (sa)! ¿Por qué se esfuerza tanto, cuando Al’lah le ha protegido de todo pecado, tanto pasado como futuro?”. El Santo Profeta (sa) respondió: “¿Acaso no debería, entonces, esforzarme por ser un siervo agradecido de Al’lah?”.
Cuando, debido a su condición física, el Santo Profeta (sa) sentía molestias en las piernas al permanecer de pie, a veces realizaba la oración sentado. En tales circunstancias, recitaba sentado la Sura Al-Fatiha y otros capítulos. Sin embargo, cuando tenía la intención de realizar el “ruku” [genuflexión], se ponía de pie y, desde esa posición, realizaba el “ruku”.
Ata narra: “En una ocasión fui a visitar a Hazrat Aisha (ra) en compañía de Ibn Umar y Ubaidul’lah bin Umar. Le dije a la Madre de los Creyentes, Hazrat Aisha (ra): ‘Cuénteme lo más extraordinario que haya presenciado en el Santo Profeta (sa)’. Al oírlo, Hazrat Aisha (ra) se empezó a llorar desconsoladamente al recordar al Santo Profeta (sa). Dijo: ‘Cada aspecto de la conducta del Santo Profeta (sa) era extraordinario’. Relató: ‘En una ocasión, el Santo Profeta (sa) vino a verme de noche y se acostó a mi lado. Me dijo: ‘¡Oh, Aisha! ¿Me permites adorar a mi Señor esta noche?’. Le respondí: ‘¡Por Al’lah! Respeto plenamente su deseo y aprecio mucho su cercanía. Tiene mi permiso’. Entonces se levantó, realizó la ablución con un odre de agua y se puso de pie para la oración. Durante la oración, lloró tan desconsoladamente que sus lágrimas comenzaron a caer sobre su pecho. Tras terminar la oración, se sentó reclinado sobre su lado derecho, con la mano derecha bajo la mejilla derecha, y comenzó de nuevo a llorar. Continuó llorando hasta que sus lágrimas cayeron al suelo. Esto continuó hasta que Bilal (ra) vino a llamar a la oración del Fallr. Al verlo en aquel estado de intenso llanto, Bilal (ra) dijo: ‘¡Oh Mensajero de Al’lah (sa)! ¿Por qué llora tanto, cuando Dios Altísimo ha perdonado todas tus faltas pasadas y futuras?’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘¿Acaso no debo ser un siervo agradecido de Al’lah? ¿Y por qué no habría de llorar, cuando esta noche mi Señor ha revelado estos versículos?’.
(Los versículos son los siguientes de la Sura Al-e-Imran:)
[Árabe]
‘En la creación de los cielos y la tierra y en la sucesión de la noche y el día hay, sin duda, Signos para los hombres sensatos; que se acuerdan de Al’lah cuando están de pie, sentados y tumbados sobre su costado, y meditan en la creación de los cielos y la tierra: ‘¡Señor nuestro! Tú no has creado esto en vano. ¡Santificado eres Tú! ¡Sálvanos, pues, del castigo del Fuego!’. (3:190-191). El Santo Profeta (sa), después de recitar estos versículos, dijo: ‘¡Ay de quien recite estos versículos, pero no reflexione sobre ellos!’”.
Explicando este Hadiz, Hazrat Musleh Maud (ra) afirma en un pasaje: “Las palabras árabes:
[Árabe]
‘¿Acaso no debo ser un siervo agradecido?’. Esto hace referencia al Hadiz sobre la gratitud expresada por el Santo Profeta (sa).
Dice: “El Santo Profeta (sa) dijo: ‘¡Oh Aisha! ¿Acaso no es deber de un hombre a quien Dios ha colmado de bendiciones cumplir con sus obligaciones para con Dios?”. Si incluso una persona como el Santo Profeta (sa), a pesar de todos los sacrificios que hizo y de la abundancia de amor y devoción que sentía por Dios Altísimo, aún sentía la necesidad de levantarse por la noche y permanecer de pie ante Dios durante períodos tan prolongados que sus pies se hinchaban; si adoraba durante el día y procuraba hacer que su vida fuera cada vez más digna de alcanzar la cercanía de Dios Altísimo, ¿qué otro ser humano puede considerarse exento de estas responsabilidades?”.
El Mesías Prometido (as) también afirma al respecto que el Santo Profeta (sa) lloraba tan profusamente y permanecía de pie durante períodos tan prolongados en sus oraciones que sus pies se hinchaban. Los Compañeros le preguntaban: “Dios Altísimo ha perdonado todas sus faltas; entonces, ¿cuál es la razón de tanto esfuerzo y llanto?”. El Santo Profeta (sa) respondía: “¿Acaso no debo ser un siervo agradecido de Al’lah?”. Esta condición del Santo Profeta (sa) nos enseña que, al agradecer las innumerables bendiciones de Dios Altísimo, debemos esforzarnos por elevar nuestra gratitud al grado más alto posible. La gratitud no significa conformarse; más bien, la verdadera gratitud requiere un progreso continuo en la acción.
El Santo Profeta (sa) alcanzó el más alto nivel de rectitud. Por lo tanto, alcanzó también el más alto nivel como “abd shakur” – un siervo verdaderamente agradecido – y, al mismo tiempo, nos instruyó a ser también siervos agradecidos.
Si queréis cumplir con los derechos que conlleva ser verdaderos siervos de Dios Altísimo, entonces, a medida que Sus bendiciones continúan descendiendo sobre vosotros, debéis elevar los estándares de vuestra adoración y expresar una gratitud cada vez mayor. El resultado de las bendiciones de Dios Altísimo jamás debe ser la indolencia; más bien, debemos progresar continuamente en nuestra adoración y en nuestra gratitud hacia Él.
Así pues, mientras actuemos conforme a este principio, seguiremos progresando de una etapa a otra, tanto individual como colectivamente, si Dios quiere.
Hazrat Musleh Maud (ra), al explicar este tema, afirma en un pasaje: “Necio es quien dice:
[Persa]
que significa: ‘Es Tu gracia la que me ha vuelto insolente’. Estas son las palabras de un verso persa en el que el poeta le dice a Dios que fue Su gracia la que lo hizo insolente. En otras palabras, en lugar de agradecer los favores de Dios, se volvió insolente. Las bendiciones de Dios no hacen a una persona insolente ni rebelde; esta es una idea errónea suya. Más bien, lo llevan a ser cada vez más agradecido y obediente.
Por lo tanto, debéis ser aún más agradecidos que antes, pues Dios el Exaltado dice:
[Árabe]
‘Si sois agradecidos, sin duda aumentaré Mis bendiciones sobre vosotros’”.
¡Que Dios Altísimo nos permita ser siervos verdaderamente agradecidos y fieles adoradores Suyos, y nos permita participar siempre de Su gracia y Sus bendiciones!
