El Mesías Prometido (as) y el Continuo de la Humildad Divina
Sermón del viernes 29-05-2026
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Surah al-Fatihah, Su Santidad, el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Hoy compartiré algunos ejemplos de humildad y sencillez en la vida del sincero siervo del Santo Profeta (sa), cualidades que fueron fruto de su seguimiento de las enseñanzas y del ejemplo de su maestro y guía, el Santo Profeta (sa). Asimismo, hablaré de la orientación que legó a su Comunidad en este aspecto.
Al contemplar el elevado grado de su humildad, el propio Dios Altísimo le confirmó mediante una revelación. El 18 de marzo de 1907 recibió la revelación:
“Él está complacido con tu humildad”.
En un pasaje, el Mesías Prometido (as) declara:
“Se le ha revelado a este humilde que, debido a mi pobreza, modestia, confianza en Dios, abnegación y las señales y la luz [celestial], me asemejo al Mesías [Jesús] en su vida anterior; y que la naturaleza de este humilde ser y la naturaleza del Mesías guardan una gran semejanza, como si fueran dos piezas de una misma joya o dos frutos de un mismo árbol. La armonía entre ambos es de tal magnitud que el ojo espiritual apenas puede distinguirnos. Existe también una semejanza manifiesta, consistente en que el Mesías fue seguidor y siervo de la fe de un profeta completo y grandioso, es decir, Moisés, y su Evangelio es una rama de la Torá; y este humilde siervo es igualmente uno de los más humildes seguidores de aquel majestuoso Profeta que es Sayyidur-Rusul, el Jefe de todos los Mensajeros (sa) y la Corona de todos los Profetas”.
En una ocasión, mientras escribía “La Filosofía de la Revelación Divina” [Haqiqatul-Wahi] -una obra redactada durante los últimos años de su vida- y la revisaba una y otra vez, una persona comentó al Mesías Prometido (as) que se estaba esforzando demasiado y que ello era la causa del continuo deterioro de su salud. Le aconsejó que descansara completamente durante algunos días y que se abstuviera por entero de leer y escribir.
El Mesías Prometido (as) respondió:
“¿Qué esfuerzo hemos realizado nosotros? En realidad, sentimos vergüenza al contemplar los sacrificios que realizaron los Compañeros (ra) y la alegría con la que permitieron incluso que les cortaran la cabeza por la causa de Dios”.
En otro lugar, el Mesías Prometido (as) afirma:
“La gente ignorante objeta que elevo mi propio estatus más allá de toda medida ( es decir, que exagero mi propia posición y rango)”.
A continuación dice:
“Juro por Dios Altísimo que no forma parte de mi naturaleza ni de mi carácter desear alabanzas para mí mismo ni complacerse en exhibir mi propia grandeza. Siempre he preferido una vida de humildad y anonimato. Sin embargo, esto está más allá de mi poder y de mi control, pues fue Dios Altísimo quien me hizo salir al mundo. Cualquier alabanza o grandeza que Él haya expresado acerca de mí en las palabras que me reveló pertenecen, en realidad, por completo al Santo Profeta (sa)”.
Asimismo, guiaba a los nuevos conversos hacia la humildad y la sencillez que enseña el islam. Así consta que, el 22 de octubre de 1903, un converso australiano llamado Muhammad Abdulhaq acudió a visitar al Mesías Prometido (as). Durante la conversación, el Mesías Prometido (as) le dijo:
“Uno de nuestros principios es llevar una vida sencilla. Nuestras reuniones están libres de todas aquellas formalidades que Europa ha declarado hoy elementos esenciales de la vida. No estamos sujetos a costumbres ni a tradiciones. Observamos cada tradición únicamente hasta el punto en que abandonarla pudiera causar perjuicio o conducir al pecado (es decir, no debe abandonarse aquello cuya omisión pueda causar daño o llevar al pecado). Por lo demás, en lo que respecta a comer, beber, sentarse o marcharse [de una reunión], preferimos una vida sencilla”. Estos eran los elevados estándares de humildad que deseaba inculcar en sus seguidores.
Además, en cierta ocasión afirmó:
“Uno debe adoptar la humildad. Aprender humildad no es difícil. En realidad, ¿qué hay que aprender? El ser humano es humilde por naturaleza y fue creado para la humildad.
[Árabe]
“Y no he creado a los yinn ni a los hombres sino para que me adoren”.
El orgullo, la arrogancia y otros defectos semejantes son rasgos completamente artificiales. Si una persona abandona esa pretensión, la humildad será considerada, por sí sola, parte de su naturaleza. Así pues, este es el principio mediante el cual se alcanza la cercanía de Dios Altísimo”.
Exhortando a adoptar la humildad, afirma en otro lugar:
“Bienaventurados aquellos que se consideran humildes y sencillos, que hablan con modestia, respetan a los pobres y necesitados, tratan con honor a los humildes y jamás se burlan de ellos por malicia o arrogancia. Recuerdan a su misericordioso Señor y caminan con humildad sobre la tierra. Por eso repito una y otra vez que la salvación ha sido preparada para personas como éstas. Quien no se libre en este mundo del infierno de la maldad, la arrogancia, la vanidad, la altivez, la adoración del mundo, la codicia y la depravación, ciertamente tampoco se librará de ellas en el Más Allá (es decir, las buenas acciones que realicen en esta vida les beneficiarán en la próxima). ¿Qué debo hacer y de dónde he de obtener palabras que conmuevan los corazones de este grupo de personas (es decir, de sus seguidores)?
¡Señor! ¡Concédeme palabras y revélame discursos que iluminen estos corazones con luz y eliminen su veneno mediante sus cualidades curativas! Todo mi ser palpita con el profundo anhelo de que llegue el día en que vea en mi Comunidad a muchas personas que realmente hayan abandonado la falsedad y hayan hecho una promesa sincera a su Señor de protegerse de toda clase de mal; que se aparten por completo de la arrogancia, raíz de todo mal, y que permanezcan siempre temerosas de su Señor”.
Algunas personas desean sentarse en las primeras filas de los Yalsas, eventos u otras reuniones. En los Yalsas, particularmente, suele haber zonas especiales en la parte delantera, como la Zona Verde o secciones similares, donde algunas personas sienten un fuerte deseo de sentarse. Si el propósito es escuchar y ver más de cerca al Jalifa actual, ello es comprensible. Sin embargo, en ocasiones ese deseo nace del ego, y no debería ser así. Además, este tipo de actitudes puede generar dificultades para los responsables de la organización del evento. En cualquier caso, al aconsejar a quienes albergan tales deseos, el Mesías Prometido (as) afirma:
“Cada vez que uno vaya a algún lugar, debe escoger para sí el asiento más humilde. Si es digno de un lugar más elevado, el propio anfitrión le llamará, le ofrecerá un asiento y le honrará”.
Si existe un sistema establecido para la distribución de los asientos y alguien desea sentarse en un área determinada, no hay inconveniente alguno; existe un procedimiento que debe seguirse. Se puede presentar una solicitud y la administración la considerará. Sin embargo, si dicha solicitud no es aprobada o las circunstancias impiden atenderla, entonces se debe aceptar la decisión sin objeción alguna y sin permitir que surja en el corazón ninguna queja o resentimiento.
Además, la humildad es también esencial para alcanzar el amor de Al’lah. A este respecto, el Mesías Prometido (as) afirma:
“Nadie puede alcanzar el amor y la complacencia de Al’lah hasta que cultive en sí mismo dos cualidades. En primer lugar, debe quebrantar su propia arrogancia, del mismo modo que una elevada montaña se derrumba y es arrasada hasta sus cimientos. De igual manera, debe desechar todo pensamiento de superioridad y orgullo, adoptando la humildad y la sencillez. En segundo lugar, debe romper todos sus vínculos mundanos, tal como una montaña cae al suelo y se
[Árabe]
“hace pedazos” (esta palabra se ha mencionado en el Sagrado Corán, es decir, rota en pedazos). Del mismo modo, deben romperse todas aquellas relaciones que generan impureza y provocan el desagrado divino (ello significa que uno debe apartarse de las antiguas relaciones que lo conducían al mal y corrompían su carácter. No significa que deban romperse todos los vínculos y relaciones familiares. Más bien, significa eliminar aquellas conexiones dañinas para que pueda desarrollarse una inclinación hacia la rectitud).
Entonces, los encuentros, las amistades, los afectos e incluso las enemistades deberán tener como único propósito complacer a Dios Altísimo (toda acción que una persona emprenda deberá perseguir el objetivo de alcanzar el beneplácito de Dios)”.
En una ocasión, el Mesías Prometido (as) dijo:
“Para protegerse del pecado, Dios Altísimo ha enseñado esta oración:
[Árabe]
‘Solo a Ti adoramos y solo a Ti imploramos ayuda’. Quienes perseveran en suplicar ante su Señor con humildad, esperando que algún acto de modestia y mansedumbre sea aceptado, descubren que Dios mismo se convierte en su Auxiliador”.
A este respecto, relató la siguiente anécdota:
“Había un devoto que oraba profusamente diciendo: ‘¡Oh Dios, concédeme la liberación del pecado!’. Después de orar durante largo tiempo, comenzó a preguntarse cómo y por qué medios podría alcanzar el grado más elevado de humildad. Reflexionó acerca de cuál sería la forma más perfecta de humildad y llegó a la conclusión de que ninguna criatura era más humilde que un perro. Entonces comenzó a llorar imitando el llanto de un perro.
Otro hombre oyó aquel sonido y pensó que un perro había entrado en la mezquita. Temiendo que pudiera contaminar una olla que tenía allí, fue al lugar. Cuando miró, no encontró ningún perro; solamente vio al adorador. Finalmente preguntó:
‘¿He oído llorar a un perro aquí? ¿Quién era?’
El adorador respondió:
‘Era yo. Yo soy el perro’.
El hombre preguntó:
‘¿Y por qué llorabas de esa manera?’
Respondió:
‘Dios Altísimo ama la humildad. Pensé que quizá, de esta forma, mi humildad sería aceptada’.
Por supuesto, esa era su manera de entender las cosas y actuó conforme a ella. Su propósito era convertirse en el ser más insignificante y despreciable para poder alcanzar, de algún modo, la cercanía de Dios”.
En ese mismo contexto, el Mesías Prometido (as) afirma además:
“Los seres humanos, que son una humilde creación, comienzan a considerarse grandes debido al resultado de sus propias obras (es el resultado de las acciones de cada uno lo que crea esta sensación de grandeza). Entonces, el orgullo y la arrogancia se apoderan de esa persona. En el camino de Dios, mientras una persona no llegue a considerarse la más insignificante de todas las criaturas, no podrá alcanzar la salvación”.
Al instruir a aquellos que realizaron el juramento de lealtad para que alcanzaran los más elevados estándares de humildad, el Mesías Prometido (as) declara:
“Esta promesa de lealtad significa venderse a uno mismo. Sus bendiciones y efectos están ligados precisamente a esta condición, del mismo modo que una semilla es sembrada en la tierra. Su estado inicial es tal que ha sido depositada por la mano del agricultor, sin que exista certeza alguna sobre lo que llegará a transformarse (está profundamente enterrada en la tierra y oculta a la vista; nadie sabe en qué se convertirá). Sin embargo, si esa semilla es excelente y posee capacidad de crecimiento, entonces, por la gracia de Dios y gracias al esfuerzo del agricultor, brotará de la tierra (aparecerán sus brotes y retoños), y un solo grano producirá miles de granos.
De igual modo, quien presta juramento de lealtad debe, ante todo, adoptar la máxima humildad y mansedumbre, desprendiéndose de su egoísmo y de sus deseos. Solo entonces será capaz de crecer. Pero quien conserve su egoísmo junto con el juramento de lealtad jamás podrá obtener beneficio alguno de él (sin humildad, el juramento de lealtad carece de sentido) ”.
Además, afirma:
“Cuanto más gentiles seáis y cuanto más humildes y modestos os mostréis, más complacido estará con vosotros Dios Altísimo”.
Asimismo, dice:
“Quien busca el agrado de Dios Altísimo por medio de la humildad, obtiene la complacencia de Dios Altísimo”.
Más adelante, al explicar lo que se obtiene mediante la humildad y a dónde conduce finalmente la arrogancia, afirma respecto a este asunto:
“Al principio, Adán cometió un pecado, al igual que Satanás. Sin embargo, Adán no poseía arrogancia. Por ello, reconoció su falta ante Dios Altísimo y su pecado le fue perdonado. Por ello, en los seres humanos existe esperanza de perdón para los pecados mediante el arrepentimiento (dado que Dios Altísimo perdonó a Adán, quien muestra humildad y se arrepiente también debe albergar la esperanza de que Dios Altísimo le perdonará). Pero Satanás se volvió arrogante y, por ello, fue maldecido (la maldición de Dios descendió sobre él) debido a algo que no estaba presente en los seres humanos (los rasgos de Satanás no están presentes en los seres humanos, puesto que los seres humanos pueden llegar a ser humildes)”.
Continúa diciendo:
“La persona arrogante sin motivo alguno se atribuye para sí la cualidad de ser modesta. Para un arrogante, una cualidad que no está impresa en la naturaleza humana, sin motivo, comienza a hacer pretensiones. No forma parte de la naturaleza humana ser arrogante; sin embargo, las personas comienzan a hacer afirmaciones de grandeza, tal como hizo Satanás, y ello sin razón alguna”.
Afirma además:
“Los profetas poseen numerosas excelencias. Una de ellas es la erradicación del ego, es decir, la aniquilación del propio yo. El egoísmo no reside en ellos. Se imponen a sí mismos una especie de muerte. La grandeza pertenece únicamente a Dios. Quienes no actúan con arrogancia y, por el contrario, adoptan la humildad, jamás son arruinados”.
Luego, al instar a las personas a adoptar la humildad, el Mesías Prometido (as) dijo en una ocasión:
“Incluso ahora hay muchas personas dentro de la Comunidad que se enojan si escuchan siquiera la más mínima cosa que vaya en contra de sus deseos personales. Sin embargo, es esencial reprimir todas esas emociones para que la paciencia, la tolerancia y el autocontrol puedan desarrollarse en la naturaleza humana. Con frecuencia se observa que una discusión comienza por un asunto insignificante, y cada persona se preocupa únicamente por derrotar a la otra. Uno desea imponerse al otro, pensando en cómo saldrá victorioso. En tales momentos, uno debe guardarse de los impulsos emocionales y, con el fin de eliminar la discordia, elegir conscientemente la humillación, incluso en los asuntos más pequeños. Jamás debe esforzarse por humillar a un hermano”.
Si examinamos esto en nuestras propias vidas, encontraremos a muchas personas que poseen un falso sentido del honor y actúan movidas por el egoísmo. Como consecuencia, las disputas se multiplican. Sin embargo, quien busque verdaderamente la cercanía de Dios Altísimo podrá alcanzar la salvación. Algunas personas incluso intentan perjudicar a los demás. A veces presentan denuncias maliciosas, alegando que alguien les habló de manera inapropiada durante un desacuerdo, y después intentan implicar a esa persona en un caso falso o someterla a algún tipo de castigo, aun cuando ello se haga de forma injusta.
En otra ocasión, al describir la condición de las personas humildes tras la muerte, el Mesías Prometido (as) dijo:
“La muerte ha sido decretada para todos. Un día, todos debemos abandonar este mundo. Tarde o temprano, todos correremos el mismo destino. Sin embargo, aquellos que mueren en la pobreza, libres de pretensiones y en un estado de mansedumbre y humildad, son recibidos de tal manera que el propio Paraíso parece adelantarse para darles la bienvenida, tal como el Profeta Jesús (as) mencionó respecto a Lázaro”.
¿Quién fue Lázaro? Este episodio está registrado en el Evangelio de Lucas. Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino. Lucía ropas coloridas, suaves y lujosas, y vivía cada día entre el placer, la celebración y el esplendor.
El Evangelio relata:
“Había también un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas y afligido por una enfermedad de la piel. Estaba tendido ante la puerta de aquel hombre rico y permanecía allí, junto a su entrada. Su anhelo era saciar su hambre con las sobras que caían de la mesa del hombre rico (es decir, con cualquier alimento que sobrara y fuera desechado). Incluso los perros acudían y lamían sus llagas. Tan miserable y debilitado se encontraba que ni siquiera podía ahuyentarlos, y ellos venían a lamer sus heridas.
Sucedió – como registra la Biblia – que el pobre murió, y los ángeles lo llevaron para colocarlo junto a Abraham. También el hombre rico murió y fue sepultado. En medio del reino de los muertos, atormentado en su agonía, levantó los ojos y vio, según la Biblia, a Abraham a lo lejos y a Lázaro a su lado. Entonces clamó:
‘¡Padre Abraham! Ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua. Envíame a Lázaro y líbrame de este tormento; que al menos ponga una gota de agua sobre mi lengua, porque estoy atormentado en este fuego’.
Abraham respondió:
‘¡Hijo! Recuerda que recibiste bienes durante tu vida, mientras que Lázaro solo recibió penurias; pero ahora él ha hallado consuelo, mientras que tú has hallado tormento’.
Este, dijo, es el destino final de los arrogantes. Mientras una persona no trate a una anciana pobre y desamparada con la misma consideración que extiende – o debería extender – a alguien de noble linaje o elevada posición, y mientras no se preserve de toda forma de orgullo, altivez y arrogancia, jamás podrá entrar, bajo ninguna circunstancia, en el Reino de Dios Altísimo”.
El Mesías Prometido (as) continúa diciendo:
“El arrogante busca sentarse en el trono de Dios. Por ello, debéis buscar siempre refugio de este rasgo vil. Aunque todas las promesas de Dios Altísimo estén de vuestra parte, aun así debéis mostrar humildad, porque solamente quien muestra humildad es amado por Dios”.
Al relatar un episodio relacionado con la humildad y la mansedumbre, el Mesías Prometido (as) dijo:
“La humildad y la modestia son cualidades nobles. Una persona que, aun encontrándose necesitada, es arrogante, jamás podrá alcanzar sus deseos. Debe adoptar la humildad.
Se cuenta que un rey tenía a su servicio a un médico llamado Galeno. El rey tenía la costumbre de consumir alimentos tan poco saludables que Galeno estaba convencido de que acabaría contrayendo lepra (hoy también hay mucho ruido respecto a no comer “comida basura”. Igualmente en aquella época habría este tipo de alimentos). Por ello intentaba constantemente contenerlo y corregir sus hábitos, pero el rey no desistía. Finalmente, cansado de la situación, Galeno regresó a su propio país. Transcurrido algún tiempo, comenzaron a aparecer en el cuerpo del rey los síntomas de la lepra. Lo que Galeno había advertido terminó sucediendo.
Entonces el rey comprendió su error y adoptó la humildad. Colocó a su hijo en el trono, se vistió con ropa sencilla y emprendió viaje hacia la tierra de Galeno. Este le reconoció y, apreciando la humildad que había mostrado al reconocer su equivocación y acudir a él, comenzó a tratarlo con toda su capacidad. Solo entonces Dios concedió la curación al rey”.
En una de sus reuniones, al mencionar una revelación divina, quedó registrado el siguiente consejo:
“Después de la oración de Fallr, el Mesías Prometido (as) acudió y celebró una breve reunión; de hecho, había llegado incluso antes de la oración y habló acerca de la revelación:
[Árabe]
‘Yo protegeré a todos los que habiten dentro de esta morada, excepto a aquellos que se ensalzaron y fueron arrogantes’.
El Mesías Prometido (as) explicó:
“Por ensalzamiento y arrogancia no se entiende aquí la arrogancia derivada de la riqueza o del estatus. Más bien, toda persona que no comparezca ante Dios con humildad y sumisión, y que no obedezca Sus mandamientos, cae bajo esta advertencia, aunque sea un hombre pobre (quién entre en esta casa será aquel que muestre humildad)”.
El Mesías Prometido (as) dijo también en otra ocasión:
“Cuando una persona alcanza el éxito y deja de encontrarse en un estado de necesidad y dificultad, aquel que, aun entonces, adopta la mansedumbre y recuerda a Dios, es verdaderamente un ser humano consumado”.
Estos no fueron meros consejos dirigidos a la Comunidad; también los demostró y confirmó mediante su propia conducta. Como el ejemplo que mencioné al principio, su comportamiento evidenció igualmente que gozaba del favor de Dios. En cualquier caso, algunas de estas narraciones se refieren a su conducta personal.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad (ra) narra que Mirza Sultan Ahmad le contó:
“Nuestro abuelo solía ofrecer una silla a nuestro tío Mirza Ghulam Qadir (el abuelo de Mirza Sultan Ahmad y hermano del Mesías Prometido) (es decir, cuando acudía a la reunión de nuestro abuelo se le hacía sentar en una silla). Sin embargo, nuestro padre iba y se sentaba en la estera, entre la gente común. Siempre que el Mesías Prometido (as) asistía a aquella reunión, se dirigía a la parte trasera y se sentaba donde se encontraba la gente corriente, entre las filas. En ocasiones, su abuelo le pedía que se acercara y ocupase un lugar más adelantado, pero él respondía: ‘Estoy muy cómodo sentado aquí’. Nunca sintió deseo alguno de ocupar un lugar de prominencia; siempre se sentaba entre la gente ordinaria”. Tal como había aconsejado anteriormente – que fuera el propio anfitrión quien indicara dónde debía sentarse cada persona -, él mismo vivió conforme a ese principio durante toda su vida.
De manera similar, Hazrat Mirza Bashir Ahmad (ra) relata otra narración diciendo:
“Qazi Amir Husain Sahib me contó que, en una ocasión, preguntamos al Mesías Prometido (as):
‘Su Santidad, en los Hadices se menciona que todos los profetas pastorearon cabras. ¿Acaso Su Santidad también las pastoreó alguna vez?’.
Respondió: “Sí. En cierta ocasión salí al campo y encontré allí a un hombre que estaba pastoreando sus cabras. Me dijo: ‘Tengo un pequeño recado que atender; por favor, cuide de mis cabras’. Se marchó y no regresó hasta la tarde, de modo que tuve que ocuparme de sus cabras hasta que volvió’”. Pasó todo el día cuidando las cabras de aquel hombre y, sin embargo, era el hijo del jefe de aquella región, una persona de elevada posición. No sintió la menor vergüenza por hacerlo y continuó pastoreando las cabras de aquel hombre hasta la tarde, siendo este un agricultor arrendatario o un obrero a su servicio.
En el mismo orden de ideas, hablando de su humildad personal, Hazrat Jawaya Abdur Rahman Sahib, miembro del personal de la oficina de Al-Fazl, relata:
“Serví como portero en la puerta del Mesías Prometido (as). Me sentaba fuera para su protección, para transmitir mensajes a quienes llegaban o partían, y para atender cualquier necesidad que pudiera surgir. En cualquier caso, permanecía sentado a la puerta, aunque también pasé largos períodos dentro de la casa del Mesías Prometido (as) (es decir, también entraba en ella). Durante todo ese tiempo, jamás escuché a Hazrat Sahib pronunciar otra palabra que no fuera “Yi” [una forma respetuosa de dirigirse a alguien]. Siempre que me hablaba, se dirigía a mí utilizando esa expresión; nunca dejó de hacerlo. Nunca observé en él arrogancia ni orgullo alguno. Siempre hablaba con amabilidad. Su rostro reflejaba constantemente alegría. Nunca le vi fruncir el ceño ni arrugar la frente. Ni una sola vez le vi contraer el entrecejo. Tampoco escuché jamás al Mesías Prometido utilizar nombres o títulos despectivos o informales para dirigirse a nadie. Nunca lo hizo. Siempre trató a las personas con respeto”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib escribe que el Dr. Mir Muhammad Ismail Sahib le dijo:
“El Mesías Prometido (as) nunca sintió rechazo alguno hacia las tareas domésticas. Él mismo preparaba las camas, barría el suelo y realizaba las demás labores de limpieza. Si durante la noche comenzaba a llover inesperadamente y los niños pequeños permanecían dormidos en sus camas, el Mesías Prometido (as) sujetaba la cama por un lado mientras otra persona la sostenía por el otro, y entre ambos la trasladaban al interior”. En aquella época no existían ni aire acondicionado ni ventiladores, y durante el verano la gente dormía en los patios. Si durante la noche se desataba una tormenta o comenzaba a llover, era necesario trasladar las camas al interior o al porche. Así pues, él ayudaba a mover las camas de los niños. Si en una circunstancia semejante, o por la mañana, alguien intentaba despertarlos sacudiéndolos bruscamente, él lo prohibía y decía: “Sacudir repentinamente a un niño o gritarle le sobresalta y le asusta; despiértelo con suavidad, llamándolo en voz baja”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata otra narración:
“Mirza Sultan Ahmad Sahib (ra), después de escuchar el relato de Maulvi Rahim Bajsh Sahib, me contó que su padre, el Mesías Prometido (as), permanecía en la parte más alta de la casa y que era allí donde le llevaban la comida. El Mesías Prometido (as) comía cualquier alimento que le enviaran”.
Hazrat Mirza Sultan Ahmad (ra) explicó que su padre, el Mesías Prometido (as), residía en una habitación construida en el exterior de la segunda planta de la casa. Era allí donde le llevaban la comida. En ocasiones, incluso cuando estaba ayunando, le enviaban alimentos, y él los repartía entre los pobres. Dice que, independientemente de lo que le sirvieran, el Mesías Prometido (as) lo comía sin hacer comentario alguno ni mostrar la menor queja.
Existe un episodio muy conocido en la historia de la Comunidad que tuvo lugar antes de que el Mesías Prometido (as) proclamara su misión. Cuando Maulvi Muhammad Husain Batalvi Sahib regresó a Batala desde Delhi, después de haberse graduado como “maulvi” y erudito, su fama se extendió rápidamente por toda la región. En aquellos tiempos eran frecuentes los debates académicos sobre diversos asuntos entre los “muqalidin” (aquellos que seguían a un imam concreto de jurisprudencia, como los hanafíes, malikíes y otros) y quienes no eran “muqalidin” (aquellos que no seguían a ningún imam específico de jurisprudencia), como los Ahl-e-Hadiz y otros grupos.
Cuando los habitantes de Batala contemplaron el revuelo y la agitación que provocaban aquellos debates, dirigieron su atención hacia el Mesías Prometido (as) y pensaron que debían llevar el asunto ante él. Estaban convencidos de que solo él podía hacer callar a aquel joven “maulvi”. Tras grandes esfuerzos, lograron persuadir al Mesías Prometido (as) para que participara en el debate. Al principio no estaba dispuesto a hacerlo, pero la insistencia de la gente fue tal que finalmente accedió. Así pues, fue presentado para debatir.
Se había congregado un número considerable de seguidores de ambos bandos. Los partidarios de cada uno de ellos estaban allí presentes. Se dice que aquel día los “muqalidin” se sentían especialmente seguros de la victoria que esperaban alcanzar, y con razón, pues habían encargado a este estimado erudito que participara en el debate. Creían que el triunfo estaba ya asegurado, pues había aparecido el Mesías Prometido, Mirza Ghulam Ahmad de Qadian (as). Tal era su maestría en los debates que su adversario quedaba tan indefenso e impotente como un pájaro atrapado en una trampa.
Cuando el Mesías Prometido (as) llegó al lugar del debate, pidió a Maulvi Muhammad Husain Batalvi Sahib que expusiera sus opiniones, ideas y creencias, para poder refutarlas. Maulvi Muhammad Husain Batalvi Sahib respondió:
“Mi convicción es que el Sagrado Corán tiene prioridad, seguido del Hadiz y de las palabras del Santo Profeta (sa), y será de acuerdo con ellos como se emitirá el veredicto”. Cuando el Mesías Prometido (as) escuchó la postura de Maulvi Sahib, dijo:
“En mi opinión, no hay nada en sus creencias ni en sus opiniones que sea censurable o que deba ser refutado”.
Aquellos que habían propuesto al Mesías Prometido (as) que se presentara al debate sintieron que aquello podría interpretarse como una derrota por su parte y como una victoria para el grupo contrario. El Mesías Prometido (as) había dicho claramente a Maulvi Sahib que no encontraba nada censurable en lo que había expresado. Pensaban que, ocurriera lo que ocurriera, de una forma u otra, Maulvi Sahib debería quedar en evidencia durante el debate. Sin embargo, el Mesías Prometido (as), sin dejarse llevar en absoluto ni por el orgullo de la victoria ni por la vergüenza de la derrota, dio muestras de la más elevada humildad y modestia, y regresó del debate.
A este respecto, el Mesías Prometido (as) escribe:
“En 1868 o 1869 se me concedió una maravillosa revelación en urdu que considero oportuno relatar aquí. Así fue como se produjeron las circunstancias que condujeron a esta revelación.
Maulavi Abu Said Muhammad Husain de Batala, quien en otro tiempo fue compañero mío de estudios, regresó a Batala después de completar su formación religiosa. La gente de Batala lo contemplaba con recelo debido a algunas de sus opiniones e ideas. Una persona insistió repetidamente en que este humilde servidor debatiera un asunto polémico con Maulavi Muhammad Husain. Finalmente, accediendo a su insistencia, acompañé a aquel hombre por la tarde a la casa de Maulavi Muhammad Husain, a quien encontré en la mezquita junto a su padre.
En resumen, después de escuchar la explicación del respetado Maulavi Muhammad Husain, este humilde servidor llegó a la conclusión de que no había nada injusto ni censurable en sus palabras; por consiguiente, abandoné el debate con él por amor a Dios.
Aquella misma noche, el Dios Misericordioso se dirigió a mí mediante Su revelación y Su discurso en relación con ese abandono del debate, y dijo:
‘Tu Dios está muy complacido con lo que has hecho, y te bendecirá abundantemente, hasta el punto de que los reyes buscarán bendiciones en tus vestiduras’. A continuación, se me mostraron esos reyes, montados a caballo, en una visión.
Puesto que aquella actitud de humildad y modestia fue adoptada exclusivamente por amor a Dios y a Su Mensajero, Al’lah, el Benefactor Perfecto, no quiso dejarla sin recompensa”.
Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib ha recogido este episodio en su libro “Hayat-e-Ahmad” y ha añadido también una nota. Escribe:
“La gente conoce bien el ambiente general de los debates públicos y la situación de quienes participan en ellos. Saben cuán extremadamente difícil resulta para una persona involucrada en una controversia admitir públicamente una afirmación verdadera hecha por su oponente o rival. No pretendo menospreciar a los eruditos; sin embargo, para muchos de ellos resulta más fácil dar la vida que reconocer su propio error, y mucho menos aceptar una afirmación correcta y razonable formulada por la otra parte (esto sigue siendo así incluso hoy en día).
Sin embargo, el carácter del Mesías Prometido (as) estaba impregnado de sinceridad y del deseo de alcanzar la complacencia de Dios. Asimismo, queda claro que, por naturaleza, no le agradaba que los musulmanes se vieran envueltos en conflictos internos y disputas entre sí, ni que, a causa de diferencias de opinión, abandonaran la búsqueda de la verdad y el deber de decirla.
Su valor y su fortaleza moral eran tan extraordinarios que acudió a debatir con una persona y, al llegar a su casa, no experimentó vacilación alguna ni se sintió intimidado por sus conocimientos o su influencia. Sin embargo, al escuchar de sus labios una afirmación verdadera, no le preocupó en absoluto lo que pudiera decir la gente, si considerarían aquello una retirada o si pensarían que había quedado intimidado por su adversario. Simplemente porque aquella afirmación se ajustaba a la verdad, la aceptó. Reconoció lo que era cierto sin preocuparse por la opinión ajena. Al reconocer la veracidad de aquella declaración, el Mesías Prometido (as) estampó sobre ella su sello.
Ejemplos de esta clase de comportamiento no se encuentran en ningún otro lugar, salvo en las vidas de los profetas (la paz sea con ellos) y de sus auténticos seguidores. La sinceridad en la religión y la poderosa capacidad de someter al ego y a los deseos personales sólo pueden concederse por la gracia de Dios Altísimo.
Las señales de la aceptación divina de este acto se manifestaron en aquel mismo instante, pues Dios Altísimo le otorgó la buena nueva mediante Su revelación y, por así decirlo, le extendió el certificado de que “Dios está complacido con él”.
En este mundo, el ser humano desea ser cada vez más aceptado y atraer sobre sí la atención de los demás. Sin embargo, Dios Altísimo declaró que, como fruto de este acto, los reyes buscarían bendiciones en sus vestiduras. Era una época en la que ni siquiera había concebido la idea de escribir y redactar el “Barahin-e-Ahmadía”, y mucho menos de llegar al punto de formular semejante afirmación. Llevaba una vida apartada del mundo. Ya había abandonado su empleo y, aunque las preocupaciones sobre el rumbo que tomaría su vida no le inquietaban en absoluto, los miembros de su familia sin duda se preguntaban qué iba a hacer.
Fue precisamente en aquel momento cuando el Mesías Prometido (as) recibió la revelación que anunciaba que los reyes buscarían bendiciones en sus vestiduras (esto ocurrió en una época en la que no poseía absolutamente nada y su respetado padre aún vivía).
En resumen, se encontraba en una etapa de la vida en la que las personas mundanas suelen albergar grandes esperanzas, y en una edad en la que las ambiciones, el amor propio y el deseo de destacar alcanzan su punto culminante. En tales circunstancias, la gente suele mostrarse especialmente obstinada e insistente en la defensa de sus propias posiciones.
Sin embargo, pese a todos estos factores, Mirza Sahib acudió a debatir con un célebre “maulvi”, escuchó su discurso, lo consideró correcto y lo respaldó.
No le preocupó lo que pudiera decir la gente, ni le importó que aquella persona ya se enfrentara a una fuerte oposición debido a algunas de sus creencias, ni que, con sus propias palabras, estuviera aparentemente prestándole apoyo. Tampoco le inquietó la posibilidad de que sobre él mismo se desatara una avalancha de críticas.
Reflexionemos, pues, sobre el hecho de que, en unas circunstancias en las que se libraba una encarnizada disputa entre los “hanafíes” y los “no-muqalid”, y en las que apoyar a un erudito de la escuela Ahl-e-Hadiz suponía exponerse a innumerables dificultades, Hazrat Mirza Sahib apoyó a Maulvi Muhammad Husain Sahib, a pesar de que había sido enviado precisamente para debatir contra él.
Pensar que los conocimientos o la erudición de Maulvi Abu Said Sahib redujeron al silencio al Mesías Prometido (as) sería una auténtica insensatez. Tal idea podría haber tenido algún peso si los acontecimientos posteriores no hubieran dado lugar a debates directos, tanto verbales como escritos, con Maulvi Muhammad Husain Sahib, y si este valiente servidor de Muhammad (sa) no hubiera dado un paso al frente para enfrentarse a él en una controversia de la máxima seriedad”.
No cabe pensar que, en aquella ocasión, el Mesías Prometido (as) se viera influido por él, pues los acontecimientos posteriores demuestran que se enfrentó a Maulvi Muhammad Husain Sahib en numerosas ocasiones, le reprochó sus errores y le señaló con claridad qué estaba haciendo mal y cuál era el camino correcto.
El Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib (ra) añade:
“En ningún caso, bajo ninguna circunstancia, la erudición o la influencia de aquel “maulvi” pudieron infundir temor en el Mesías Prometido (as), ni siquiera por un instante.
Estos son hechos históricos que nadie puede negar. Por lo tanto, sostener semejante idea no es sino ignorancia. La única realidad que pone de manifiesto este incidente es la sinceridad de la fe del Mesías Prometido (as) (fue únicamente por la sinceridad de su fe por lo que aceptó, en aquella ocasión, la declaración de Maulvi Muhammad Husain Batalvi. No lo hizo por temor hacia él. Más adelante le desafió en numerosas ocasiones, le invitó repetidamente al diálogo y le exhortó a seguir el camino correcto)”.
En una ocasión, el Mesías Prometido (as) escribió una carta a Maulvi Muhammad Husain Batalvi para transmitirle el mensaje de la verdad. Sin embargo, pese a ocupar el elevado rango de una persona designada por Dios, se expresaba con una humildad extraordinaria.
Escribió:
“Mi estimado y venerado hermano, Maulvi Sahib, ¡que Dios le proteja! He recibido su carta (también incluyó al comienzo el saludo de paz). Una de las cosas que más difícil me resulta soportar es que mi salud se deteriora con frecuencia de forma tan repentina que siento como si la muerte se cerniera sobre mí. Además, continúo encontrándome algo indispuesto día y noche. Si participo en una conversación prolongada, empiezo a sentirme mal; y si me esfuerzo en reflexionar profundamente, me invade la misma sensación. Cuando recibí su última carta, me pareció que había sido escrita conjuntamente con Maulvi Abdul Yabbar Sahib; es decir, que ambos habían colaborado en su redacción. Por ello, se preparó una respuesta en esos términos.
Este humilde servidor se encuentra prácticamente incapacitado para cumplir con sus obligaciones debido a la gravedad de su enfermedad (en aquellos momentos se encontraba muy enfermo). ¿De dónde podría sacar fuerzas para participar en debates orales o escritos? En este estado carezco de energías para entrar en discusiones.
Únicamente por la gracia de Dios Altísimo se escribieron estos tres tratados (Fath-e-Islam, Taudih-e-Maram e Izalah-e-Auham). Incluso fueron redactados de tal manera que, en la mayoría de los casos, otra persona escribía aquello que este humilde servidor dictaba, y sólo en contadas ocasiones llegué a escribir algo de mi propio puño y letra. Ni siquiera soy capaz de revisar y corregir adecuadamente los textos.
Su conocimiento del Hadiz es muy amplio (se dirige a Maulvi Sahib para señalar que, aunque él hubiera escrito aquellos libros, Maulvi Sahib era un gran erudito del Hadiz). En cuanto a este humilde servidor, no soy más que un hombre inculto e ignorante. No constituye ni un acto de devoción ni un verdadero ejercicio de perfeccionamiento espiritual (el Mesías Prometido (as) expresa aquí su más profunda humildad), ni conocimiento ni competencia alguna. En resumen, no poseo absolutamente nada.
Sin embargo, existió una orden de Dios Altísimo, clara y definitiva, y este humilde servidor no hizo sino transmitirla. Que alguien la acepte o no depende de su propio entendimiento y de su propia comprensión”.
El Mesías Prometido (as) transmitió este mensaje con la mayor humildad.
Otra carta publicada del Mesías Prometido (as), dirigida a Hazrat Munshi Ahmad Yan Sahib, ilustra igualmente su humildad.
Escribe:
“Mi estimado y apreciado amigo: he recibido su carta. No encuentro palabras suficientes para expresar mi gratitud por las bendiciones de Dios Altísimo, Quien ha concedido a este humilde siervo unos amigos tan sinceros y devotos, cuya mera existencia constituye un motivo de honor y orgullo para alguien tan insignificante como yo. ¡Que Dios, el Misericordioso, le conceda felicidad y prosperidad, y le recompense por la sincera atención que ha prestado a este asunto!
Este humilde servidor es completamente incapaz e insignificante. Únicamente por la gracia y la bondad del Misericordiosísimo continúa derramando abundantes favores sobre este indigno siervo, sin que exista en mí mérito alguno ni derecho que los justifique (Él me está concediendo grandes favores). Encuentra en mí defecto tras defecto, pero me colma de bondad tras bondad. Ve una injusticia tras otra, pero sigue otorgando bendición tras bendición. En verdad, Él es el Más Misericordioso y el Más Generoso.
¿De dónde podría sacar las palabras para agradecerle Sus favores? Este humilde siervo no es nada; es insignificante, carece de medios y vive en la más absoluta indigencia. Me encontró en el polvo y me elevó (Dios Altísimo lo encontró, por así decirlo, en el polvo y lo elevó de rango). Me veía completamente indigno, pero ocultaba mis defectos. Al ver mi debilidad, me concedió fuerza; al contemplar mi ignorancia, me otorgó conocimiento (todo el conocimiento que poseía le había sido concedido por Dios Altísimo).
Las bendiciones que me ha concedido son tan numerosas que resultan incontables. Una muestra de Su gracia es haber infundido en los corazones de hermanos tan nobles como ustedes un profundo afecto por este humilde siervo. Espero que, por Su constante bondad, fortalezca este vínculo de amor y conceda Su gracia a todos aquellos a quienes ha acogido en esta comunidad (es decir, concederá el éxito a quienes hayan pasado a formar parte de su Comunidad)”.
Al publicar esta carta, Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani escribió la siguiente nota:
“Esta carta demuestra claramente hasta qué punto el amor y la majestad de Dios dominaban el corazón del Mesías Prometido (as). Además, refleja los más elevados grados de humildad y modestia. El espíritu de gratitud por los favores y bendiciones divinas que le fueron concedidos se manifiesta en cada una de sus líneas”.
Cuando el Mesías Prometido (as) proclamó ser el Mesías a semejanza de Jesús, Maulvi Muhammad Hussain Batalvi Sahib inició una enérgica oposición. Comenzó a escribir cartas arrogantes al Mesías Prometido (as) utilizando un lenguaje duro y descortés, y empleó términos similares en su revista Isha‘at-us-Sunnah. Declaró que aquel movimiento era una fuente de desorden y afirmó que dispersaría a sus seguidores. Llegó incluso a sostener que, así como antes había ensalzado al Mesías Prometido (as), ahora le desacreditaría. Pensaba que, puesto que había contribuido a elevar el estatus del Mesías Prometido (as) mediante sus elogios, ahora – Dios no lo quiera – le rebajaría.
Maulvi Sahib consideraba que su crítica favorable de Barahin-e-Ahmadía había contribuido de manera significativa a consolidar la reputación del Mesías Prometido (as). Sin embargo, frente a aquel lenguaje hostil y a las manifestaciones de orgullo presentes en sus cartas, el Mesías Prometido (as) demostró de forma constante una tolerancia, una paciencia, una humildad y una mansedumbre tan extraordinarias que incluso superaban las mostradas por Jesús (as).
A continuación se reproduce una carta del Mesías Prometido (as) dirigida a Maulvi Sahib, en la que queda de manifiesto que, pese al lenguaje áspero y a la arrogancia de este último, el corazón del Mesías Prometido (as) continuó rebosando como un mar, simpatía, buena voluntad, humildad y compasión.
Dirigiéndose a Maulvi Sahib, el Mesías Prometido (as) escribe:
“He recibido su carta. Aunque el Dios Misericordioso sabe perfectamente que este humilde siervo ha sido elegido por Él, cuando se trata de asuntos en los que existe el temor de que se extienda el desorden entre el público en general, nunca los menciono a menos que se me revelen de forma completa, decisiva y segura. Sin embargo, en todo ello debe existir alguna sabiduría del Dios Misericordioso.
En cuanto a la cuestión del descenso del Mesías – un asunto que no guarda relación alguna con la esencia ni con el núcleo del islam, es decir, con la realidad misma y la esencia de la fe -, cuando su verdadera naturaleza ha sido revelada a un hermano musulmán, respecto del cual, por razón de la hermandad, debería mantenerse una opinión favorable, el honorable caballero se ha visto impulsado, por el contrario, a escribir en contra de ello.
En primer lugar, si yo hubiera afirmado que Jesús había fallecido, vosotros, como musulmanes, deberíais haberme apoyado; sin embargo, en lugar de ello, comenzasteis a hablar en mi contra”.
Añade:
“El honorable caballero se ha visto impulsado a escribir en mi contra, y sé que su intención al hacerlo es buena (quizás lo hizo con sinceridad)”.
Aunque tengo una queja respecto a su precipitación y a las palabras que ha empleado a causa de ella, tanto si se lo digo en su presencia como si lo hago a sus espaldas, sigo manteniendo una opinión positiva sobre sus intenciones. A pesar de ello, continúo teniendo una buena opinión de usted y le considero superior a la mayoría de los eruditos de la época actual. Si no le molesta, en lo que respecta a su sincero esfuerzo por la causa de Dios, le considero incluso mejor que Maulvi Nazir Hussain Sahib. Aunque en ocasiones me queje ante usted por estas cuestiones, debido a la pureza de su corazón le profeso la más alta estima.
Si no me reconocen, consideraré que así estaba decretado. No me preocupa ni la victoria ni la derrota; lo que me preocupa es cumplir con el deber de servir y obedecer (lo que me importa es obedecer la orden, no si alcanzo la victoria o no). Dios Altísimo me ha ordenado actuar de esta manera y, en obediencia a Él, así lo hago.
Sé que esta discrepancia nace de buenas intenciones, pero, en mi opinión, sería preferible que primero hablara conmigo y examinara mis libros – Risalah Zalasah, Fath-e-Islam, Taudih-e-Maram e Izalah-e-Auham -, y que sólo después escribiera algo.
No me entristece ni me apena que amigos como usted se inclinen hacia la oposición, porque incluso esta diferencia de opinión surge de la búsqueda de la verdad. Quizás usted también la esté buscando; pero lea antes mis libros.
Ahora gozo de la salud suficiente para reunirme con usted (su salud había mejorado y ya podía reunirse con él). Si viene a Batala, aunque no me encuentre bien y padezca mareos tan intensos que ni siquiera pueda rezar de pie, acudiré a verle a pesar de las dificultades. Tengo fuerzas suficientes para viajar; aunque sufro dolores de cabeza y mareos, iré”.
Posteriormente, en otra carta dirigida a Maulvi Muhammad Husain Batalvi Sahib, el Mesías Prometido (as) escribe:
“Si no le molesta, en opinión de este humilde servidor, su respuesta a mi hermano, Maulvi Hakim Nur al-Din Sahib, adolecía de cierta dureza (en la respuesta que dio a la carta que le escribió Hakim Maulvi Nur al-Din Sahib, empleó palabras muy severas). Dios Altísimo ama siempre la humildad y la mansedumbre, y la conducta de los eruditos hacia sus hermanos debe ser de la más alta calidad (la conducta de uno debe ser buena).
¿Qué exige nuestra fe de quien dedica todos sus esfuerzos, día y noche, a defenderla? Simplemente esto: que todas nuestras circunstancias, nuestras acciones, nuestros movimientos y nuestros momentos de reposo estén en consonancia con la voluntad de Dios y de Su Mensajero.
En mi opinión, entre todas las cualidades que pueden adquirirse, no existe rama de la excelencia moral más amada por Dios Altísimo que la humildad, la mansedumbre, la modestia y toda forma de abnegación opuesta al orgullo.
Recuerdo que, en cierta ocasión, mantuve una conversación con un hindú muy poco religioso. Se excedió al utilizar términos despectivos para referirse a la poderosa fe del islam. Movido por el fervor religioso, seguí hasta cierto punto el mandato:
[Árabe]:
“Sé severo con ellos”. Sin embargo, puesto que aquella severidad se había dirigido contra una persona en concreto, recibí la revelación: “Tus palabras fueron muy duras. Se necesita delicadeza, delicadeza”.
Aunque ya le había respondido, aun entonces Dios Altísimo me ordenó actuar con amabilidad. Si analizamos la cuestión con imparcialidad, ¿qué somos nosotros y en qué consiste nuestro conocimiento? Si un gorrión sumergiera su pico en el océano, ¿qué disminución provocaría? (si un pájaro bebe del mar y golpea el agua con el pico, ¿qué más da?). Del mismo modo, puesto que somos humildes, es mejor para nosotros seguir siendo como el polvo. Si nuestro Maestro no aprueba que seamos arrogantes y orgullosos, ¿por qué habríamos de comportarnos así? Para nosotros, es preferible el deshonor a un honor que provoque el desagrado divino. Es mejor seguir soportando la deshonra que desagradar a Dios Altísimo”.
Así, cada una de sus palabras y cada una de sus acciones estaban impregnadas de humildad. No tenía más objetivo que alcanzar el agrado de Dios Altísimo, transmitir Su mensaje al mundo y proclamar Su Unicidad. Una y otra vez nos ofrecía el mismo consejo: sed humildes; en ello reside vuestro bienestar. Es precisamente esta cualidad la que también os acercará a Dios Altísimo.
¡Que Dios Altísimo nos permita seguir el camino de la humildad!
