El Mesías Prometido (as) y la Manifestación Continua de la Humildad Divina
2026-06-05 SdV
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
En el sermón del viernes anterior presenté algunos relatos sobre la humildad y la modestia del Mesías Prometido (as), así como sus enseñanzas al respecto. Hoy también mencionaré algunos relatos más y algunos de sus consejos sobre este mismo tema.
Hazrat Sheij Muhammad Ismail Sahib relata que las excelentes cualidades morales del Mesías Prometido (as) eran tales que incluso aquellas personas que siempre se dedicaban a oponerse a él en Qadian y no desaprovechaban ninguna oportunidad para hacerlo, cuando acudían y llamaban a su puerta, eran recibidas de inmediato. Observé que el Mesías Prometido (as), tan pronto como los veía, salía a recibirlos incluso descalzo, respondía a su saludo con la mayor amabilidad y les preguntaba si ellos y sus familias se encontraban bien y gozaban de buena salud. Después de ello, les preguntaba cuál era el motivo de su visita. Entonces exponían su necesidad. Seguidamente les preguntaba si necesitaban algo más y les daba más de lo que habían solicitado, diciendo: “Si necesitan más, ¡tomen más!”. Trataba incluso a sus adversarios con la mayor bondad y se presentaba siempre ante ellos con humildad, sin mostrar jamás la menor arrogancia.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata que escuchó a Munshi Zafar Ahmad Sahib decir que Maulvi Sher Ali Sahib le contó que, en una ocasión, Miran Bajsh Sudai, quien padecía una discapacidad mental, venía de la mezquita principal y llamó al Mesías Prometido (as) por su nombre (lo hizo de manera bastante irrespetuosa, pues tenía una discapacidad mental; así pues, ¿qué otra cosa podía esperarse de él?). Le dijo: “¡Oh Ghulam Ahmad!”. El Mesías Prometido (as) se puso de pie y respondió: “Sí”. No se sintió ofendido en absoluto y preguntó: “¿Qué desea decir?”. Respondió en punyabi: “¡Primero debes extender el “salam” [saludo islámico de paz]!”. Este pobre hombre se consideraba una persona con autoridad. Entonces el Mesías Prometido (as) dijo: “¡Assalamu Alaikum [la paz sea con usted]!”. El hombre respondió: “¡Pague el “muamla” [impuesto]!”. Los terratenientes debían pagar este “muamla”, que constituía una forma de impuesto gubernamental. En cualquier caso, al escuchar aquello, el Mesías Prometido (as) sacó un pañuelo de su bolsillo y le entregó cuatro u ocho “anas”. El hombre rebosó de alegría y regresó cantando versos de alabanza. Así pues, el Mesías Prometido (as) nunca se ofendía ni siquiera por las palabras de una persona con discapacidad mental y, además, se detenía para atenderla.
El maestro Nazir Hussain Sahib relata que, siempre que acompañaba a su padre a visitar al Mesías Prometido (as) en Qadian, si le informaban de que Hakim Marham-e-Isa Sahib había llegado, observaba que, tan pronto como recibía la noticia, salía inmediatamente a recibirle. También le ofrecía algo de comer y, en algunas ocasiones, iba personalmente a llevarle la comida.
Asimismo, escribe que el Mesías Prometido (as) recibía a sus invitados con tal sencillez que, en ocasiones, le vio salir sosteniendo una pluma en la mano y, en otras, salir descalzo (es decir, si se encontraba sentado en alguna habitación de su casa, salía en aquel mismo estado en cuanto oía llamar a la puerta). Si el Mesías Prometido (as) estaba en la mezquita y llegaba un visitante, con frecuencia se levantaba para estrecharle la mano. Del mismo modo, si estaba conversando con otra persona y llegaba un invitado que se sentaba a su lado y le estrechaba la mano, dirigía inmediatamente su atención hacia él y le preguntaba por su salud y bienestar. En resumen, el Mesías Prometido (as) recibía a cuantos acudían a visitarle con la mayor humildad.
Hazrat Mufti Muhammad Sadiq Sahib relata:
“Recuerdo que, en una ocasión, vine a Qadian desde Lahore. Esto ocurrió probablemente en 1897 o 1898. El Mesías Prometido (as) me hizo sentar en la Mezquita Mubarak, que por aquel entonces era pequeña. Luego dijo: ‘Por favor, toma asiento; te traeré algo de comer’. Dicho esto, entró en la casa. Supuse que enviaría la comida por medio de alguno de sus asistentes. Sin embargo, al cabo de unos minutos, cuando la ventana se abrió, le vi aparecer llevando una bandeja de comida con sus propias manos y trayéndomela personalmente. Me miró y me dijo: ‘Por favor, empiece a comer; le traeré agua’. Relata que, debido al profundo cariño que sentía, las lágrimas comenzaron a brotarle involuntariamente. Si el Mesías Prometido (as), que es nuestro guía y líder, nos servía de esta manera, ¿hasta qué punto deberíamos ponernos al servicio los unos a los otros?”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) narra un episodio que ilustra la sencillez y humildad del Mesías Prometido (as), en relación con una dama llamada Mai Bholi (Mai Yiwan). Declaró:
“Una vez, cuando Huzur (as) vino a nuestra aldea, tosté un poco de trigo recién cosechado y se lo llevé. Él lo repartió entre quienes le acompañaban, probó un poco él mismo y expresó su satisfacción. Siempre que Huzur (as) venía a pasear por la zona, ofrecía la oración de Ishraq en nuestra sencilla mezquita de barro. Le servíamos “saag” y “roti” [plato de espinacas y pan], y Su Santidad jamás mostraba disgusto ni reticencia alguna. Antes bien, aceptaba gustosamente nuestra hospitalidad”.
Hazrat Munshi Zafar Ahmad Sahib, de Kapurthala, relata en una narración:
“El Mesías Prometido (as) no solía sentarse con la puerta abierta; más bien, permanecía siempre con la puerta cerrada con llave.
Continúa diciendo:
“Hazrat Sahibzada Mirza Mahmud Ahmad Sahib venía de vez en cuando y decía: ‘Abba [papá] , abre la puerta’, y el Mesías Prometido (as) se levantaba y la abría personalmente.
En una ocasión fui a visitarle. Huzur (as) estaba sentado sobre una sencilla estera. Al verme, levantó él mismo el armazón de una cama y lo llevó al interior. Le dije: ‘Huzur (as), yo puedo llevarlo’. Respondió: ‘Es demasiado pesado; no podrá levantarlo’. Después me pidió que me sentara en la cama. Tras colocarla en el suelo, me hizo sentar sobre ella y, refiriéndose a sí mismo, dijo: ‘Yo me siento cómodamente aquí, en el suelo. Usted siéntese en la cama’. Comenta: ‘Al principio me negué, pero él insistió diciendo: “Por favor, siéntese sin vacilar”, y finalmente accedí.
Tenía sed y miré hacia las tinajas de agua, pero no había ningún recipiente cerca para beber. Al advertirlo, Huzur (as) preguntó: ‘¿Tiene sed? Le traeré agua’. Entonces bajó a los aposentos de las mujeres y trajo un vaso. Después dijo: ‘Espere un momento’. Volvió a bajar las escaleras y regresó con dos botellas de jarabe dulce que alguien le había enviado desde Manipur. Era una bebida muy exquisita. El Mesías Prometido (as) dijo: ‘Estas botellas han permanecido guardadas aquí durante mucho tiempo, porque deseábamos servirlas primero a algún amigo antes de beberlas nosotros mismos. Hoy me he acordado de ellas’. Preparó una bebida con aquel jarabe y me la ofreció (es decir, quiso que un amigo disfrutara primero de aquel obsequio antes de probarlo él mismo). Entonces le dije: ‘Huzur, por favor, beba usted primero un poco’. Le pedí que bebiera antes del mismo vaso en el que había servido la bebida, y que solo después bebería yo. Tomó un sorbo y luego me entregó el vaso, del que bebí. Cuando elogié la bebida, dijo: ‘Llévese una botella con usted y sirva la otra a los amigos que están afuera’. De aquellas dos botellas, quizá él mismo no había tomado más que un sorbo. Siguiendo sus instrucciones, retiré las botellas”.
De manera similar, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata que Aishah Sahiba, hija de Ahmad Yan Sahib, narró:
“En 1906, cuando falleció mi madre, Amma Yi, la esposa de Su Santidad el Jalifa I del Mesías (ra), me acogió en su casa. Ella me preparaba el desayuno y cuidaba de mí. Cuatro o cinco días después, Hazrat Ummul Muminin (ra) me acogió en su propio hogar.
En el lugar donde ahora se encuentra la cocina, Amma Yan (ra) me estaba lavando el cabello. Una mujer me echaba agua sobre la cabeza, mientras que Amma Yan (ra) misma lavaba el pelo de esta niña cuya madre había fallecido. Hazrat Ummul Muminin (ra) me aplicaba jabón y me lavaba el cabello.
La mujer que estaba ayudando echaba demasiada agua. Cerca de allí caminaba el Mesías Prometido (as). Cuando se percató de ello, le retiró el recipiente y comenzó él mismo a verter el agua sobre mi cabeza, lenta y suavemente, mientras Hazrat Amma Yan, Ummul Muminin (ra), me peinaba el cabello. El Mesías Prometido (as) decía: “De esta manera saldrán los piojos” (dado que su madre había estado enferma durante mucho tiempo antes de fallecer, no había habido nadie que pudiera cuidarla adecuadamente, y es posible que se le hubieran desarrollado piojos en el cabello; adicionalmente, en aquella época también era algo común en esa región). A continuación, el Mesías Prometido (as) indicó: ‘Lava el cabello de esta manera y continúa peinándolo así; los piojos saldrán’. No dudaba en ayudar incluso en las tareas domésticas”.
Mufti Muhammad Sadiq Sahib (ra) relata:
“En una ocasión, mientras buscaba agua para la ablución, entré con una jarra en la mano por la puerta que conduce desde la Mezquita Mubarak a los aposentos privados del Mesías Prometido (as), con la intención de entregar la jarra a uno de sus asistentes para que trajera agua del interior. Casualmente, el Mesías Prometido (as) salió de dentro y, al verme allí de pie, me preguntó: ‘¿Necesita agua?’. Respondí: ‘Sí, Su Santidad (as)’. El Mesías Prometido (as) tomó entonces la jarra de mi mano y dijo: ‘Yo la traeré’. Después entró, la llenó de agua y me la devolvió”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata que Murad Jatun Sahibah, la respetada esposa del difunto Dr. Jalifah Rashiduddin Sahib (ra), declaró que, en cierta ocasión, Hazrat Ummul Muminin (ra) y todos los presentes comieron mangos juntos. Era temporada de mangos, y por aquel entonces predominaban los mangos que se chupaban. En el patio se habían acumulado dos o tres montones de cáscaras y semillas. Allí estaban sentadas muchas mujeres, y un gran número de moscas comenzó a juntarse. Como estaban absortas en la conversación, no pensaron inmediatamente en limpiar.
Relató que también se encontraba allí sentada en aquel momento, junto con varias asistentes y trabajadoras presentes. En ese instante, llegó el Mesías Prometido (as) y, al observar la situación, tomó él mismo una jarra, mezcló en ella fenol [desinfectante] y lo vertió con su propia mano sobre los montones de cáscaras de mango acumulados en el patio, para que las moscas se alejaran, el lugar permaneciera limpio y no se produjera ningún mal olor (en lugar de llamar la atención a alguien, demostró con su propio ejemplo que la limpieza debía realizarse con prontitud. Aquí, junto con su humildad, también se pone de manifiesto su atención a la higiene).
Una delegación, que incluía a algunos ciudadanos notables de Lahore, entre ellos el Dr. Al’lamah Iqbal y Sir Shahabuddin, acudió a reunirse con el Mesías Prometido (as). Al describir aquella reunión, Babu Ghulam Muhammad Sahib (ra) relata que, después de la cena, cuando por la noche se distribuyeron los “charpoys” [camas tradicionales tejidas], él tomó un “charpoy” grande y resistente. Sin embargo, Chaudhry Shahabuddin Sahib, quien más tarde sería conocido como Sir Shahabuddin, se lo quitó y ocupó su lugar.
El Mesías Prometido (as) llegó y preguntó a todos si estaban cómodos. Todos respondieron que sí. Pero cuando llegó hasta mí, yo permanecía de pie, preocupado porque Chaudhry Shahabuddin se había llevado mi “charpoy”. Entonces dije: “Su Santidad (as), Chaudhry Shahabuddin se ha llevado mi “charpoy” y me estoy preguntando dónde debería dormir”. Respondió: “Espere; traeré un charpoy para usted”.
Se marchó, y transcurrió bastante tiempo sin que llegara ningún “charpoy”. Entonces miré a través de la puerta del patio de la residencia del Mesías Prometido (as) y vi a un hombre armando apresuradamente un “charpoy”, mientras el Mesías Prometido (as) permanecía sentado a su lado, sosteniendo una lámpara en la mano para iluminarle el trabajo. Al contemplar aquella escena, me sentí profundamente avergonzado. Di un paso al frente y, como la puerta estaba abierta, dije: “Su Santidad (as), por favor, entrégueme esa lámpara”. El Mesías Prometido (as) respondió: “Ya solo queda una vuelta”. La observación de esta noble cualidad moral del Mesías Prometido (as) produjo en mí una impresión tan profunda que mis ojos se llenaron de lágrimas. Mientras contemplaba su bendito rostro, me decía a mí mismo: “Este jamás puede ser el rostro de un mentiroso”.
El testimonio del difunto Mirza Ismail Baig, quien sirvió al Mesías Prometido (as), es el siguiente:
Antes de su reclamación, cuando el Mesías Prometido (as), obedeciendo las instrucciones de su padre, viajaba para atender asuntos judiciales, solía disponer de un caballo como medio de transporte, y yo generalmente le acompañaba. Sin embargo, cada vez que emprendía el viaje, él iba a pie y hacía que yo montara el caballo mientras él mismo caminaba.
Relata:
“Yo me negaba una y otra vez y le decía: ‘Huzur (as), me siento avergonzado.’ Entonces él respondía: ‘Yo no siento vergüenza de caminar a pie; ¿por qué habrías de sentirla tú por cabalgar?’”.
Siempre que salía de Qadian, el Mesías Prometido (as) hacía que yo montara primero. Cuando se había recorrido aproximadamente la mitad del trayecto, yo descendía y entonces él montaba. Del mismo modo, al regresar de la corte, primero me hacía montar a mí y solo después montaba él. Cuando cabalgaba, permitía que el caballo avanzara al paso natural de quien camina, para que, mientras yo iba a su lado, no tuviera que afrontar dificultad alguna”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata que Maulvi Sher Ali le contó que, cada vez que el Mesías Prometido (as) necesitaba preguntar algo a Maulvi Muhammad Ali Sahib, en lugar de llamarle para que acudiera, era él mismo quien se dirigía a la pequeña habitación de Maulvi Sahib.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) añade:
“Debo mencionar que, durante la vida del Mesías Prometido (as), Maulvi Muhammad Ali Sahib residía en una parte de su casa. El Mesías Prometido (as) le había cedido una de las habitaciones, y su oficina de trabajo se encontraba en aquella pequeña estancia situada al este de Masllid Mubarak. Era allí adonde el Mesías Prometido (as) acudía personalmente para buscarle”. Es motivo de pesar que Maulvi Sahib no extrajera de la humildad del Mesías Prometido (as) la lección que debería haber aprendido y que, finalmente, su orgullo acabara provocando su propia ruina.
El editor de Al-Hakam escribe, con respecto a la sencillez del Mesías Prometido (as), que cuando salía a caminar no existía distinción alguna entre las personas: no se exigía a nadie que permaneciera detrás y, de hecho, hubo ocasiones en que eminentes Compañeros observaron que se levantaba polvo mientras caminaban y que el Mesías Prometido (as) iba detrás de ellos. Aquel polvo se levantaba de los caminos sin pavimentar, pero el Mesías Prometido (as) jamás prestó la menor atención a tales cosas. Sucedía con frecuencia que quienes caminaban detrás de él tropezaban accidentalmente con su persona; otras veces, el zapato se le desprendía porque alguien golpeaba su pie, o su bastón caía al suelo debido a un choque involuntario. Sin embargo, nadie le vio ni le oyó jamás expresar el más mínimo desagrado ni mostrar preferencia alguna por un trato especial. Nunca dijo: “¿No podrían ser un poco más cuidadosos?”.
En muchas ocasiones sucedía en la mezquita que él estaba sentado entre los Compañeros cuando llegaba un extraño, quien se adelantaba y estrechaba primero la mano de Maulana Maulvi Abdul Karim o de Hazrat Hakim al-Ummah [Hazrat Khalifatul Masih I (ra)], suponiendo que uno de ellos era el Mesías Prometido (as). Entonces, aquellos dos venerables ancianos le señalaban dónde estaba sentado el Mesías Prometido (as). En resumen, hizo siempre de la conducta de su maestro, el Santo Profeta Muhammad (sa), su propia conducta, y fue ese mismo ejemplo el que manifestó a lo largo de toda su vida.
Existe una narración de Dr. Basharat Ahmad Sahib en los siguientes términos:
“La esposa de Nawab Muhammad Ali Jan de Malerkotla falleció. El Mesías Prometido (as) acudió al cementerio con el cortejo fúnebre y dirigió personalmente la oración fúnebre. La tumba aún no estaba preparada. Yo también formaba parte del cortejo. La gente se ocupó en observar la tumba, y yo igualmente dirigí mi atención hacia ella. Al cabo de un rato, cuando miré a mi alrededor, el Mesías Prometido (as) no se veía por ninguna parte. Le busqué con inquietud y, finalmente, le distinguí sentado solo en el suelo, en un rincón del jardín. Rápidamente extendí una sábana blanca bajo un árbol y me acerqué a él, diciéndole: ‘¡Aquí da el sol de lleno; por favor, venga y siéntese a la sombra de aquel árbol!’. El Mesías Prometido (as) respondió: ‘Sí, es correcto’, y vino a sentarse sobre la sábana, a la sombra del árbol. Yo me senté cerca de él.
Al poco tiempo, cuando la gente advirtió que el Mesías Prometido (as) estaba sentado bajo el árbol, comenzó a acercarse a él. Cada vez que llegaba una persona, el Mesías Prometido (as) le decía: ‘¡Venga, venga; por favor, siéntese aquí!’, y él mismo retrocedía un poco, acomodando al recién llegado sobre la sábana. La gente seguía llegando, y él continuaba desplazándose hacia atrás y sentando a cada uno sobre la sábana, hasta que, al cabo de poco tiempo, observé que el Mesías Prometido (as) estaba sentado sobre la tierra desnuda mientras todos sus Compañeros permanecían sentados sobre la sábana.
Aquellos que llegaban, absortos en la alegría y el entusiasmo de visitarle y reunirse con él, no se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo: el Mesías Prometido (as) se había desplazado al suelo mientras ellos ocupaban la sábana”.
Comenta:
“Yo le observaba, y mi corazón se conmovía profundamente; al mismo tiempo, mi fe aumentaba al contemplar la elevada posición que Dios le había otorgado y las profundidades de mansedumbre y humildad que residían en su alma”.
Durante los días en que se celebraba el debate con Abdul’lah Atham en Amritsar, Munshi Zafar Ahmad relata un incidente de aquella época. Comenta que nos alojábamos – muy probablemente en la casa de Karim Bajsh – cuando el coronel Altaf Ali Jan se unió a nuestra compañía y me manifestó que deseaba reunirse a solas con el Mesías Prometido (as). El coronel vestía abrigo y pantalones y estaba afeitado. Le dije: “Por favor, entre; no permitiremos que nadie más entre desde fuera”. Así pues, el coronel entró y permaneció a solas con el Mesías Prometido (as) durante cerca de media hora.
Cuando salió, sus ojos estaban llenos de lágrimas que corrían por su rostro. Le pregunté: “¿De qué hablaron ustedes para que se encuentre en este estado?”. Respondió: “Cuando entré, el Mesías Prometido (as) estaba sentado, a su juicio, sobre una estera de caña; aunque, en realidad, solo una de sus rodillas descansaba sobre la estera, mientras el resto de su cuerpo estaba en el suelo. Le dije: “Su Santidad está sentado en el suelo”. El Mesías Prometido (as), pensando quizá que, por mi condición de coronel, no deseaba verme sentado sobre la estera, se quitó la tela de su turbante, la desenrolló y la extendió sobre el suelo, diciéndome: “¡Por favor, siéntese aquí, coronel! Quizá no desee sentarse sobre la estera; tome, permítame extender esta tela. Por favor, siéntese sobre ella” (se quitó la tela de su propia cabeza y se la extendió en el suelo).
El coronel comenta: “Al ver esta escena, mis lágrimas brotaron, y exclamé: ‘Aunque he sido bautizado” -queriendo decir que había aceptado el cristianismo- “no estoy tan desprovisto de fe como para sentarme sobre la tela del turbante de Su Santidad’“. El Mesías Prometido (as) respondió: “No hay nada malo en ello; no hay ningún inconveniente en ello. Por favor, siéntese con total libertad”.
Continúa diciendo:
“Aparté la tela con mi mano y me senté sobre la estera. Entonces comencé a hablarle de mi estado: que bebía mucho y cometía también otros pecados; que no sabía nada de Dios ni del Profeta más que sus nombres; pero que ahora declaraba ante él que me arrepentía del cristianismo y me convertía en musulmán. A pesar de todo eso, me había convertido al cristianismo; pero ahora, después de ver su estado y escuchar sus palabras, retorno al islam. Pero los vicios que se me han adherido, dejarlos me es muy difícil”.
El Mesías Prometido (as) dijo:
“Recita el istighfar [pide perdón] y adquiere el hábito de realizar las cinco oraciones diarias”. Este es el remedio: si los pecados se han arraigado y una persona se ha alejado de la religión, debe recitar el istighfar con frecuencia y concentrarse en sus oraciones.
Relata:
“Mientras permanecía sentado en su presencia, mi estado continuaba cambiando y no paraba de llorar. En ese mismo estado, me comprometí a recitar sin falta el istighfar y a rezar; eso fue lo que prometí y, tras despedirme de él, me marché. La huella que dejó en mi corazón aquel día sigue viva en mí”.
Este coronel había asistido a aquel mismo debate y solía sentarse del lado de los cristianos. Sin embargo, era de naturaleza bondadosa, y Dios Altísimo le permitió volver a abrazar de nuevo el islam.
Maulvi Abdul Karim Sialkoti Sahib (ra) relata un suceso ocurrido hacia 1896, pues publicó este relato en 1900 y describía algo que había sucedido cuatro años antes.
Afirma:
“Los miembros de la familia del Mesías Prometido (as) se habían trasladado a Ludhiana. Era el mes de junio y la parte interior de la casa se había construido hacía poco. Por la tarde, me tumbé en un “charpoy” que habían colocado allí. En aquel momento, el Mesías Prometido (as) paseaba tranquilamente por las inmediaciones. Al despertarme, vi que el Mesías Prometido (as) estaba tumbado en el suelo, debajo de mi cama. Sorprendido, me incorporé por respeto. Con gran afecto, el Mesías Prometido (as) me preguntó: “¿Por qué se ha levantado?”. Le respondí: “¿Cómo voy a poder seguir durmiendo en un “charpoy” mientras usted está tumbado debajo?”. Sonriendo, respondió: ‘Estaba haciendo guardia. Estos niños estaban haciendo ruido y les estaba llamando la atención para que no le despertaran’“.
Hazrat Munshi Imam Din Sahib describe así la escena de su juramento de lealtad:
“En 1894 presté juramento de lealtad ante la mano bendita del Mesías Prometido (as). Mi hermano, Munshi Abdul Aziz Sahib, y Bhai Yamal-ud-Din Sahib, de Sikhwan, permanecieron conmigo hasta la hora de la oración de la tarde. Una vez concluida la oración, Munshi Sahib me señaló y dijo al Mesías Prometido (as): ‘Su Santidad, le ruego que acepte su juramento de lealtad’. El Mesías Prometido (as) dijo: ‘¡Que entre!’. Cuando entré solo en Bait-ul-Fikr, el Mesías Prometido (as) estaba sentado a los pies de una cama de mimbre y me indicó que me sentara en la cabecera. Al principio vacilé, pero, cuando repitió la indicación, me senté. A continuación, me hizo prestar juramento de lealtad.
Me sorprendió profundamente ver que el Mesías Prometido (as) actuara de aquella manera. Por un lado, estaban esos [supuestos] guías espirituales junto a los cuales nadie podía siquiera sentarse al mismo nivel; y, por otro, estaba el Mesías Prometido de Dios Altísimo, quien hizo sentar a un siervo insignificante en la cabecera del colchón, en un asiento mejor. Aunque mi hermano Munshi Abdul Aziz Sahib no había entrado en la habitación, observaba toda la escena desde fuera”.
Hazrat Munshi Zafar Ahmad Sahib afirma:
“Una vez, en Ludhiana, el difunto Munshi Arora Sahib y yo dijimos al Mesías Prometido (as): ‘En algún momento, Su Santidad debería visitar Kapurthala’. Por entonces, el ferrocarril aún no había llegado a Kapurthala. El Mesías Prometido (as) prometió: ‘Sin duda, algún día iré a visitaros’.
Poco tiempo después, el Mesías Prometido (as) llegó un día a Kapurthala sin avisarnos previamente. Viajó en carruaje y, tras descender en la parada, se dirigió a la mezquita Fatehwali, situada en el barrio de Nazdika Jan, en Kapurthala. Hafiz Hamid Ali Sahib le acompañaba. Desde la mezquita, el Mesías Prometido (as) envió al clérigo local, que no era ahmadí, para informar de su llegada a Munshi Arora Sahib o a Munshi Zafar Ahmad Sahib”.
Continúa:
“Munshi Arora Sahib y yo nos encontrábamos en la oficina del tribunal, donde trabajábamos como taquígrafos, cuando llegó el clérigo y nos dijo: ‘Mirza Sahib se encuentra en la mezquita y me ha enviado para informarles’. Sorprendido, Munshi Arora Sahib respondió en punyabí, con cierto disgusto: ‘¿De verdad Mirza Sahib iba a venir a alojarse en tu mezquita? ¿Cómo puede ser eso posible? No mientas’. Dije: ‘Al menos deberíamos ir a comprobarlo’.
Así pues, Munshi Sahib se ajustó rápidamente el turbante y partió conmigo. Cuando entramos en la mezquita, vimos que el Mesías Prometido (as) estaba tumbado en el suelo mientras Hafiz Hamid Ali Sahib le masajeaba los pies. Cerca de allí había un cuenco y una cuchara, lo que hacía pensar que quizá había bebido algo de leche o comido pan remojado en ella. Munshi Arora Sahib comentó: ‘Si Su Santidad iba a pasar por aquí, debería habernos avisado. Habríamos ido a la estación de Kartarpur a recibirle’. El Mesías Prometido (as) respondió: ‘¿Para qué era necesario informaros? Os había hecho una promesa y debía cumplirla. Ahora la he cumplido’“.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“Mi propia condición es tal que, si alguien está sufriendo y su voz llega a mis oídos mientras estoy rezando, deseo hacer por esa persona todo cuanto esté en mi mano, aunque para ello tenga que interrumpir mi oración, y mostrarle toda la compasión posible. Es contrario a la buena moral no apoyar a un hermano en su sufrimiento y angustia. Si no puedes hacer nada por él, al menos reza por él.
No hablo solamente de los nuestros; digo que deberíais mostrar el más alto nivel de conducta moral incluso hacia los desconocidos y los hindúes, y tratarles con compasión. Nunca debe adoptarse una actitud descuidada o indiferente’ (no se trataba simplemente de un consejo; antes bien, como se desprende de todos los relatos transmitidos, esa era precisamente la práctica que seguía el Mesías Prometido [as]).
El Mesías Prometido (as) continúa:
“Una vez salí a dar un paseo. El “patwari” (funcionario) Abdul Karim estaba conmigo. Caminaba un poco por delante y yo iba detrás. Por el camino nos encontramos con una anciana. Debía de tener unos setenta o setenta y cinco años. Le pidió al “patwari” que le leyera una carta, pero él la reprendió y la despachó de malos modos.
Aquello me dolió profundamente. Cuando me acerqué a ella, me entregó la carta. La tomé, me detuve allí mismo, la leí y se la expliqué debidamente. El “patwari” se sintió muy avergonzado porque, al final, tuvo que detenerse igualmente y, además, perdió la recompensa. Si hubiera leído la carta con humildad, le hubiera sido mejor para él”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) afirma además:
“Este humilde servidor afirma que, siempre que el Mesías Prometido (as) se encontraba con alguien, lo hacía con una sonrisa, y al instante desaparecían las preocupaciones y la angustia de aquella persona. Todos los ahmadíes sentían que, al entrar en su presencia, las penas de su corazón se desvanecían. En cuanto su mirada se posaba sobre su rostro sonriente, una oleada de alegría recorría todo su ser”.
El Mesías Prometido (as) solía escuchar con atención incluso a la persona más sencilla y responderle con gran afecto. Cada uno sentía, a su manera, que el Mesías Prometido (as) le quería más que a nadie.
Algunas personas, por su sencillez, su analfabetismo o su desconocimiento de las normas de comportamiento propias de las reuniones de los profetas de Dios, se extendían en la narración de historias irrelevantes. Sin embargo, el Mesías Prometido (as) permanecía sentado en silencio y escuchaba; jamás decía a nadie que dejara de hablar.
En una ocasión, un hombre se presentó ante el Mesías Prometido (as). Bajó la cabeza e intentó apoyarla sobre sus pies. El Mesías Prometido (as) la apartó suavemente con la mano y dijo: “Esto no está permitido. Hay que decir: ‘La paz sea contigo’ y dar la mano”.
Hazrat Mufti Muhammad Sadiq Sahib escribe:
“Un ahmadí de escasos recursos, natural de Cachemira, alto de estatura y caracterizado por su profunda sinceridad, recorría a pie todo el trayecto desde su pueblo hasta Qadian . Se llamaba Aqal’llu. En una ocasión, llegó a Qadian por la mañana, precisamente cuando el Mesías Prometido (as) salía a dar un paseo por la mañana. Aquel hombre de Cachemira se encontraba también en la plaza. Al ver al Mesías Prometido (as), se sintió abrumado por el amor y, llorando, apoyó la cabeza sobre sus pies. El Mesías Prometido (as) se inclinó, le levantó y dijo: ‘Esto no está permitido. No se debe postrarse ante ningún ser humano’ (es decir, una persona jamás debe postrarse ante nadie ni inclinarse a los pies de nadie)”.
Hazrat Maulvi Abdul Karim Sahib Sialkoti (ra) escribe:
“Hubo una ocasión en la que acudió a nuestra mezquita una persona obsesionada con visitar a los ascetas y a los guardianes de los santuarios”.
Añade:
“Cuando llegó a nuestra mezquita, se sorprendió al ver a la gente conversando con el Mesías Prometido (as) con tanta naturalidad y dijo: ‘En vuestra mezquita falta respeto; la gente os habla sin temor’“. Aquel hombre, acostumbrado a asistir a las reuniones de los líderes religiosos, comentó al Mesías Prometido (as) que en su mezquita no había respeto. La gente se sentaba con naturalidad en su reunión y conversaba con él sin ningún miedo. Con ello daba a entender que no se estaba mostrando al Mesías Prometido (as) el respeto debido. El Mesías Prometido (as) respondió: ‘No es mi costumbre sentarme con un aire feroz y aterrador para que la gente me tema como se teme a una bestia carnívora. Detesto profundamente la idea de permanecer sentado como un ídolo. He venido a poner fin a la idolatría, no a convertirme yo mismo en un ídolo para que la gente me adore. Dios Altísimo sabe muy bien que no me considero superior a los demás ni en lo más mínimo. En mi opinión, no hay idólatra más grande ni persona más perversa que el arrogante. Una persona arrogante no adora a ningún dios; en realidad, sólo se adora a sí misma’”.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) relata una anécdota transmitida por Munshi Zafar Ahmad Sahib. Cuenta que, en cierta ocasión, cuando regresaban de Delhi, el Mesías Prometido (as) hizo una parada en Amritsar. Hazrat Ummul Muminin – la esposa del Mesías Prometido (as) – también le acompañaba. El Mesías Prometido (as) llevaba sentado en su regazo a uno de sus hijos – quizá Mian Bashir Ahmad Sahib – y sostenía una pesada bolsa bajo el otro brazo (es decir, llevaba al niño con un brazo y la bolsa con el otro). Entonces me indicó: “Puede llevar el “paandan” [una caja que contiene hojas de betel y otros artículos básicos]”. Munshi Zafar Sahib se encontraba presente en aquel momento, por lo que le señaló que tomara el paandan, que era pequeño. Le dije: “Su Santidad, le ruego que me entregue la bolsa”. El Mesías Prometido (as) respondió: “¡No!”. Después de insistir una o dos veces, repitió la misma respuesta. Finalmente, cogí el “paandan” y nos pusimos en marcha.
Entretanto, dos o tres jóvenes ingleses que se encontraban en la estación me dijeron: “Pídale a Su Santidad que permanezca de pie un momento”. Así que le transmití el mensaje: “¡Su Santidad! Le ruegan que permanezca de pie un momento”. Su Santidad se detuvo. Los ingleses se hallaban también en la estación. En ese mismo instante le tomaron una fotografía mientras sostenía al niño y llevaba consigo la bolsa. Deseaban retratarle. A pesar de su gran sencillez, aquellas personas quedaron impresionadas por la personalidad del Mesías Prometido (as) y comentaron: “Nos gustaría hacer una fotografía de este honorable caballero”.
Hazrat Malik Maula Bajsh Sahib relata:
“Había un hombre llamado Mian Yan Muhammad que vivía frente a nuestra casa, en Amritsar, y era muy hablador. Había aprendido prácticamente de memoria el libro del Mesías Prometido, Surma-e-Chashm-e-Arya, y, aunque era analfabeto, solía debatir acaloradamente con los aryas. Desarrolló un trastorno psiquiátrico – una forma de depresión que desembocaba en un estado maníaco -. Cada vez que se encontraba con alguien, le relataba de manera extensa y minuciosa los detalles de su enfermedad, obligando a la otra persona a permanecer allí durante largo tiempo. La gente terminó cansándose de escucharle y comenzó a evitarle.
Alguien le sugirió que fuera a Qadian y acudiera a Hazrat Maulvi Hakim Nur-ud-Din Sahib para recibir tratamiento. Respondió: ‘Es un hombre de gran prestigio; ¿cómo va a escuchar mi historia?’ (quería significar: “¿por qué habría de escuchar Hazrat Jalifatul Masih I (ra) un relato tan largo?”). Aquella persona le contestó: ‘No, es un hombre de excelente moral; sin duda le escuchará’. Así pues, aquel hombre partió hacia Qadian.
Sucedió que, cuando llegó y descendió del carruaje tirado por caballos, el Mesías Prometido (as), acompañado de varios Compañeros, regresaba precisamente de un paseo. El cochero le indicó que el Mesías Prometido (as) se acercaba. Entonces, el hombre bajó del carruaje, se dirigió directamente hacia él para estrecharle la mano y comenzó a explicarle, con el tono de preocupación que le caracterizaba, el estado de su enfermedad. Empezó así un relato largo y tedioso.
La conversación se prolongó tanto que todos acabaron cansándose; sin embargo, el Mesías Prometido (as) permaneció de pie con total serenidad, sosteniéndole la mano y escuchándole atentamente. Finalmente, el propio Mian Yan Muhammad Sahib – que era el paciente – dijo: ‘Ahora tengo la boca seca; no puedo seguir hablando. Llevo muchísimo tiempo hablando y vosotros continuáis escuchándome’. Ante aquello, el Mesías Prometido (as) respondió: ‘¡Muy bien! Vaya a la casa de huéspedes, coma y beba algo y, después, cuando haya explicado su estado al Maulvi Sahib -refiriéndose a Hazrat Hakim Maulvi Nur-ud-Din Sahib (ra)-, “pídale que le recete algún medicamento’”.
Tras reponer fuerzas, aquel hombre se presentó ante Maulvi Sahib – es decir, Hazrat Hakim Nur-ud-Din Sahib (ra) – y comenzó a relatar nuevamente la misma larga historia. Hazrat Maulvi Sahib (ra) escribió rápidamente una receta y se la entregó. Apenas había escuchado una pequeña parte cuando, gracias a su experiencia como médico, comprendió de qué enfermedad se trataba. Extendió la receta y dijo: ‘Conozco su dolencia; no es necesario que me de más detalles’.
Tomó la receta, pero comentó: ‘Solían decir que Maulvi Nur-ud-Din Sahib tenía una moral excelente; sin embargo, ¿cómo puede compararse con la moral de Hazrat Mirza Sahib?’. Aquello le impresionó de tal manera que terminó jurando el pacto de lealtad (anteriormente no había jurado el pacto de lealtad, pero lo hizo precisamente por este motivo). Se dice que el difunto Dr. Ibadul’lah Sahib relató este episodio en su presencia, y él mismo [Yan Muhammad] también lo confirmó”.
Del mismo modo, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) escribe que el maestro Al’lah Ditta Sahib dejó por escrito que, en cierta ocasión, el Mesías Prometido (as) se encontraba sentado en el edificio Ahmadía de Lahore cuando un anciano frágil y débil, llamado Mustaqim, llegó desde Sharaqpur Bhaini para reunirse con él. En medio de la multitud, no conseguía abrirse paso hasta donde se encontraba el Mesías Prometido (as), por lo que exclamó en voz alta: “¡Su Santidad, solo he venido para conocerle!”. El Mesías Prometido (as) ordenó: “¡Dejad que el respetado anciano se acerque!”. Era un hombre de avanzada edad que apenas podía mantenerse en pie. Al verle, el Mesías Prometido (as) dijo: “No causéis angustia a este anciano”. Acto seguido, el propio Mesías Prometido (as) se levantó, se acercó a él y se sentó a su lado.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra), citando al Dr. Mir Muhammad Ismail Sahib, relata que, en cierta ocasión, cuando el Mesías Prometido (as) se dirigió a Dera Baba Nanak acompañado por algunos seguidores para visitar el Chola de Baba Nanak Sahib, los miembros de la Comunidad extendieron unas mantas bajo un árbol y se sentaron allí junto al Mesías Prometido (as). Entre los presentes se encontraba también Maulvi Muhammad Ahsan Sahib.
Cuando los habitantes del pueblo supieron de la llegada del Mesías Prometido (as), comenzaron a congregarse en aquel lugar. Algunos de los que llegaron primero confundieron a Maulvi Muhammad Ahsan Sahib con el Mesías Prometido (as) y, tras estrecharle la mano, tomaron asiento. Después de que tres o cuatro personas hubieran procedido de ese modo, comprendieron que se trataba de un malentendido. A partir de entonces, Maulvi Muhammad Ahsan Sahib dirigía hacia el Mesías Prometido (as) a cada persona que se acercaba para saludarle, diciendo: “El Mesías Prometido (as) es éste”.
Hazrat Sheij Abdul Qadir Sahib escribe que su hijo mayor, Hazrat Mirza Sultan Ahmad Sahib, solía decir que su padre no había vivido como un noble mogol. Aunque pertenecía a una familia distinguida y descendía de los mogoles, llevó una vida marcada por la más absoluta sencillez y humildad.
Kanhaiya Lal Sarraf, de Qadian, cuenta que, en una ocasión, el Mesías Prometido (as) tuvo que viajar a Batala y le pidió que le preparara un carruaje tirado por caballos. Cuando llegó al canal, recordó que había olvidado algo en casa. Dejó allí al conductor y regresó a pie. Entretanto, el conductor recogió a otros pasajeros en el puente y partió hacia Batala. Al parecer, el Mesías Prometido (as) continuó entonces su camino hacia Batala caminando.
Kanhaiya Lal relata: “Llamé al conductor y le reprendí severamente, diciéndole: ‘¡Desdichado! Si hubiera sido Mirza Nizam-ud-Din, habrías permanecido allí aunque hubieras tenido que esperar tres días; pero, como se trata de una persona recta y de carácter derviche, le abandonaste y te marchaste’“. Añade además que, cuando el Mesías Prometido (as) se enteró de ello, le llamó y le dijo: “¿Cómo podía haber seguido esperándome? Cobró el billete y continuó su camino. ¿Por qué le molestaste?”.
El Mesías Prometido (as), aconsejando a los miembros, afirmó:
“Todo el mundo debería esforzarse por levantarse para el Tahayyud e incluir también la súplica del “qunut” en las cinco oraciones diarias. Arrepentíos de todas aquellas cosas que provocan el desagrado de Dios. El arrepentimiento significa abandonar todas esas malas acciones y las causas del desagrado divino, logrando una verdadera transformación, avanzando hacia adelante y adoptando la rectitud [Taqwa]. Reformad vuestra conducta; también en ello reside la misericordia de Dios. Mejorad vuestros hábitos; que la ira desaparezca y sea sustituida por la humildad y la mansedumbre. Además de la reforma moral, practicad la caridad según vuestras posibilidades”. Esta fue la orientación que el Mesías Prometido (as) impartió a los miembros de la Comunidad.
A continuación, añadió:
“Es necesario que los justos lleven una vida de humildad y modestia. Este es un aspecto de la piedad – es decir, vivir con humildad y modestia – mediante la cual debemos combatir la ira injustificada. Abstenerse de la ira fue la etapa final y más ardua que recorrieron muchos grandes santos y veraces. La vanidad y el orgullo tienen su origen en la ira; y, en algunos casos, la propia ira es fruto de la arrogancia y la presunción. La ira surge cuando una persona se considera superior a otra. No deseo que los miembros de mi Comunidad se consideren superiores o inferiores, que se comporten con arrogancia o que se menosprecien unos a otros. Solo Dios sabe quién es superior y quién inferior. Se trata de una forma de negligencia que desprende el olor del desprecio. Temo que ese desprecio crezca como una semilla y termine arruinando a quien lo alberga. Hay quienes muestran un inmenso respeto hacia las personas de alto rango; pero verdaderamente grande es aquel que escucha con humildad a una persona sencilla, la consuela, valora su opinión y no la reprende de manera que le cause dolor. Dios Altísimo afirma:
[Árabe]
‘No os pongáis motes unos a otros ni os burléis mutuamente. Malo es, en verdad, adquirir una mala reputación después de haber profesado la fe; y quienes no se arrepienten, ésos son los malvados’”. (49:12)
Para explicarlo con mayor detalle, el Mesías Prometido (as) afirma:
“No os insultéis unos a otros movidos por la irritación, pues así actúan los pecadores y los transgresores. Quien se burle de otra persona no morirá sin haber sufrido él mismo aquello de lo que se burlaba. No menospreciéis a vuestros hermanos. Cuando todos beben del mismo arroyo, ¿quién sabe cuál de vosotros está destinado a beber más que los demás? Los criterios mundanos no pueden conferir honor ni grandeza a una persona. A los ojos de Dios Altísimo, grande es aquel que es justo.
[Árabe]
‘En verdad, el más honorable de entre vosotros ante Al’lah es el más justo de vosotros. Ciertamente, Al’lah es Omnisciente, Conocedor de todo’”.
¡Que Dios Altísimo nos permita cultivar en nuestro interior la verdadera humildad y la auténtica mansedumbre y que, tras haber prestado juramento de lealtad al Mesías Prometido (as), podamos convertirnos en personas que actúen conforme a las verdaderas enseñanzas del islam y cumplan sus obligaciones con sinceridad y firmeza!
