Cada paso en la humildad: El Profeta (sa)
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Cada paso en la humildad: El Profeta (sa)

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

SdV 2026-05-22

Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatiha, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:

En relación con la vida y el carácter del Santo Profeta (sa), estaba hablando de su humildad y modestia. Hoy continuaré haciéndolo también. ¿Cuál era el grado de humildad del Santo Profeta (sa)? Lo expresaba mediante pequeños ejemplos.

Yahya bin Abi Kazir relata que el Santo Profeta (sa) dijo:

“Como igual que come un sirviente y me siento como se sienta un sirviente, porque yo también soy solo un ser humano” (en otras palabras, la arrogancia, la vanidad y la ostentación propias de jefes y gobernantes no están presentes en mí).

En otra narración, Hazrat Anas (ra) relata que el Santo Profeta (sa) tenía una camella llamada Adba, tan veloz que ningún otro camello podía alcanzarla. Un beduino llegó montado en un camello joven suyo y, en una carrera, su camello adelantó a Adba. Los musulmanes se sintieron disgustados porque Adba se había quedado atrás y el beduino la había adelantado. O quizá pensaron que, si su camello iba a adelantarse, debería haberlo detenido, pues era la  camella del Santo Profeta (sa). Sin embargo, en respuesta a su conducta, el Santo Profeta (sa) dijo:

“Es derecho de Al’lah que todo aquello que Él eleva en este mundo, también lo hace descender”. Por lo tanto, no había razón para enojarse, ya que, según la práctica de Dios Altísimo, siempre existen altibajos. La gente común sentiría celos si algo así les ocurriera. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) siempre mantuvo presente al Ser de Dios Altísimo y solo deseaba manifestar Su superioridad al mundo. Con suma humildad dijo: “¿por qué hay que enfadarse por esto? No hay necesidad de ello, pues esto únicamente pone de manifiesto la superioridad de Dios Altísimo”.

Hazrat Umar (ra) relata otro ejemplo de su humildad. Narra:

“Pedí permiso al Santo Profeta (sa) para realizar la Umrah”. Amablemente le concedió permiso y le dijo: “¡Oh, hermano mío! No te olvides de mí en tus oraciones”.

Hazrat Umar (ra) relata: “El Santo Profeta (sa) pronunció unas palabras tales que, aunque me hubieran dado el mundo entero a cambio de ellas, no me habrían proporcionado tanta felicidad”.

Dios Altísimo ha hecho esencial invocar bendiciones [Durud] sobre el Santo Profeta (sa), y también lo ha establecido como un medio esencial para la aceptación de las oraciones. Sin embargo, su humildad era tal que pedía a sus seguidores que rezaran por él.

Asimismo, no sentía vergüenza al realizar ninguna tarea. Él mismo llevaba a cabo incluso las labores más pequeñas para demostrárselas a los demás y enseñar cómo hacerlas. Así, en una narración, Hazrat Abu Said Judri (ra) relata:

“El Santo Profeta (sa) pasó junto a un niño que estaba despellejando una cabra. El Santo Profeta (sa) lo apartó y le dijo: ‘Retrocede para que pueda mostrarte el método correcto, pues me parece que no tienes habilidad para despellejar’”. Entonces colocó su mano entre la piel y la carne y la introdujo hasta que todo su brazo, hasta el hombro, dejó de ser visible. Luego dijo: ‘Así es como se debe hacer, joven. Despelléjala de esta manera’. El Santo Profeta (sa) realizó toda la tarea y, al mismo tiempo, le enseñó cómo hacerlo.

Del mismo modo, existe otra narración que demuestra cómo el Santo Profeta (sa), con toda humildad, realizaba personalmente tareas para los demás.

La hija de Hazrat Jabbab (ra) narra que se acercó al Santo Profeta (sa) con una cabra para que la ordeñara. El Santo Profeta (sa) ató la cabra y la ordeñó él mismo. Entonces le dijo:

“Tráeme un cubo grande”. Ella ya había traído un recipiente, pero el Santo Profeta (sa) dijo: “No, trae un recipiente más grande que este”. Entonces ella trajo un recipiente más grande, y el Santo Profeta (sa) ordeñó la cabra hasta llenarlo. Luego dijo: “Bebed de ella vosotros mismos y dad también a vuestros vecinos”. Ciertamente, gracias a las bendiciones de la oración del Santo Profeta (sa), la producción de leche aumentó de manera extraordinaria. Así pues, le indicó que compartiera esta bendición con los demás, ya que obtuvieron el doble de leche habitual de la cabra.

También existen ejemplos de la humildad y del elevado carácter moral del Santo Profeta (sa) en lo que respecta a saludar a los demás y a sentarse en reuniones. Hazrat Anas bin Malik (ra) relata:

“Cuando una persona se presentaba ante el Santo Profeta (sa), le estrechaba la mano y no la retiraba hasta que la otra persona retirara primero la suya. El Santo Profeta (sa) tampoco apartaba su bendito rostro de aquella persona hasta que ella misma se apartara primero. Nunca se le vio sentado de tal manera que sus rodillas quedaran extendidas delante de su acompañante”.

En otra narración de Hazrat Abu Muzanna al-Amluki expone:

“El Santo Profeta (sa), al igual que los profetas que le precedieron, caminaba apoyándose en un bastón y recostándose sobre él”. Este bastón no se utilizaba para infundir asombro ni para demostrar grandeza. Más bien, era un símbolo de humildad y modestia ante Dios Altísimo. La humildad del Santo Profeta (sa) superó a la de todos los demás.

El Santo Profeta (sa) también aconsejaba a la gente acerca de la humildad de una manera sumamente sabia y profunda. A este respecto, Ibn Hazm narra que, en cierta ocasión, surgió una disputa de orgullo y jactancia entre los dueños de camellos y los dueños de cabras. Cada grupo presumía de su propia condición frente al otro. Los dueños de camellos -aquellos que poseían numerosos camellos- decían: “Somos más importantes que vosotros y poseemos mayor riqueza y más recursos”. Por su parte, los dueños de las cabras también reivindicaban su superioridad. Mientras se desarrollaba esta discusión y rivalidad, el Santo Profeta (sa) llegó allí casualmente y dijo:

“Moisés (as) fue enviado como profeta y solía pastorear cabras. David (as) fue enviado como profeta y también solía pastorear cabras. Y yo igualmente he sido enviado como profeta, y solía pastorear las cabras de mi familia en Allyad”. De este modo, aconsejó a quienes se jactaban y, al mismo tiempo, consoló a aquellos de quienes se afirmaba que eran inferiores y que eran menospreciados por cuidar cabras. El lugar mencionado por el Santo Profeta (sa), Allyad, es una zona cercana a Safa, en La Meca, conocida también como Yiyad. No existía orgullo alguno en el Santo Profeta (sa). Con humildad recibía incluso a los pobres, a quienes consolaba y honraba.

Hazrat Anas bin Malik (ra) narra que, entre los beduinos, es decir, los aldeanos, había un hombre llamado Zahir. Con frecuencia, llevaba regalos del campo al Santo Profeta (sa), diversos objetos propios de la vida rural. Siempre que se disponía a partir, el Santo Profeta (sa) también le despedía con abundantes provisiones y bienes.

El Santo Profeta (sa) solía decir: “Zahir es nuestro amigo del desierto (es decir, el aldeano), y nosotros somos sus amigos de la ciudad”.

Un día, Zahir estaba vendiendo algunas mercancías en el mercado cuando el Santo Profeta (sa) se acercó por detrás y le abrazó contra su pecho. Hazrat Zahir no pudo ver quién era, por lo que dijo: “¿Quién eres? ¡Déjame!”. Pero cuando se volvió y reconoció al Santo Profeta (sa), comenzó a apoyar afectuosamente su espalda contra el bendito pecho del Santo Profeta (sa). Entonces el Santo Profeta (sa) comenzó a decir:

“¿Quién comprará a este siervo?”.

Hazrat Zahir respondió:

“¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah, no tengo valor alguno! ¿Quién me compraría?”.

Ante esto, el Santo Profeta (sa) dijo:

“¡No! Ante los ojos de Al’lah tienes un gran valor”. O dijo: “A los ojos de Al’lah, eres muy preciado”.

Al mencionar este incidente en uno de sus sermones, Hazrat Musleh Maud (ra) lo explicó de la siguiente manera:

“Uno de los Compañeros del Santo Profeta (sa) tenía un defecto congénito que lo hacía muy poco atractivo (es decir, no era muy agraciado) y, además, era extremadamente pobre. Su cuerpo y su ropa estaban cubiertos de polvo y, en ese estado, empapado en sudor, se encontraba en el mercado vendiendo algunas mercancías para otra persona. Sin embargo, aquel Compañero poseía algo de inmenso valor a los ojos del Santo Profeta (sa) (el Santo Profeta (sa) lo tenía en gran estima). En aquel momento, mientras el Compañero probablemente se sentía incómodo por su propia condición -pensando que estaba cubierto de polvo y empapado en sudor-, el Santo Profeta (sa) se acercó por detrás y, de manera juguetona, como quien juega con niños, le cubrió los ojos con las manos.

El Compañero palpó aquellas manos y comprendió que pertenecían al Santo Profeta (sa), pues el cuerpo del Santo Profeta (sa) no tenía vello o tenía muy poco y era excepcionalmente suave. Al reconocerlo, también comenzó a frotar cariñosamente su cuerpo contra el bendito cuerpo del Santo Profeta (sa), haciendo que la ropa y el cuerpo del Santo Profeta (sa) se ensuciaran de igual manera. Sin embargo, al Santo Profeta (sa) no le importó en lo más mínimo.

Entonces el Santo Profeta (sa) puso su mano sobre él y dijo:

“Este es mi siervo. ¿Hay alguien que quiera comprarlo?”.

Ante ello, él (el Compañero) se emocionó y dijo:

“¡Oh, mi amado maestro! Soy inútil y carezco de valor. ¿Quién me comprará?”.

El Santo Profeta (sa) respondió: “¡De ninguna manera! Ante los ojos de Dios Altísimo, tienes un inmenso valor”.

Al describir la elevada moral del Santo Profeta (sa), su humildad, su noble carácter en el trato con las personas y su hermosa apariencia, Hazrat Hasan bin Ali (ra) dijo en una ocasión:

“Le pregunté a mi tío materno, Hind bin Abi Halah, acerca de la bendita apariencia del Santo Profeta (sa), pues él solía describirla con gran detalle. Deseaba que me relatara algo de ella. Entonces contó que el Santo Profeta (sa) poseía una apariencia imponente y hermosa. Su bendito semblante resplandecía como la luna llena en la decimocuarta noche”.

Luego narró el Hadiz completo con todo detalle, describiéndolo íntegramente. Hazrat Hasan (ra) dice:

“Durante algún tiempo oculté esta narración a Hazrat Husain (ra) (es decir, la información que había recibido de él). Más tarde se la conté, pero descubrí que ya me había aventajado en este asunto y que había formulado las mismas preguntas antes que yo. De hecho, también supe que había preguntado a su padre acerca de la entrada y salida del Santo Profeta (sa) en la casa y sobre su apariencia, sin dejar ningún detalle por preguntar”.

Hazrat Imam Husain (ra) afirma:

“Pregunté a mi padre acerca de la manera en que el Santo Profeta (sa) entraba en su casa – las citas anteriores se referían a su vida exterior; pero, respecto a los asuntos del hogar, cuando preguntó a Hazrat Ali [ra], este respondió -: “Cuando el Santo Profeta (sa) entraba en su casa, dividía su tiempo en tres partes. Dedicaba una parte a Dios Altísimo, una parte a su familia y una parte para sí mismo. Después, dividía aún más su parte personal entre él y la gente. Por medio de algunos Compañeros selectos, transmitía al público las enseñanzas religiosas y no les ocultaba nada.

Durante su vida, la distribución de su tiempo para la Ummah consistía en que, al conceder permiso para las reuniones, daba preferencia a aquellos que poseían excelencia y distinción, siendo clasificados según el grado de su fe. Entre ellos, algunos tenían una pregunta, otros dos y otros muchas. Él (sa) permanecía ocupado respondiendo a sus preguntas y, a petición de ellos, les involucraba en asuntos que les reformaban tanto a ellos como a la comunidad. Les informaba de aquello que les convenía y decía: ‘Quienes estáis presentes, transmitid estos asuntos a quienes estén ausentes. Hacedme llegar las necesidades de quienes no puedan expresarlas por sí mismos, pues quien transmite la necesidad de una persona a un gobernante cuando esta carece de la capacidad para hacerlo, Dios Altísimo le concederá firmeza y determinación en el Día del Juicio’”.

Así pues, esto también encierra una lección para aquellos que ocupan cargos designados en diversos lugares: deben, sin duda, transmitir las necesidades de la gente al Markaz [sede central]. Al Santo Profeta (sa) se le consultaba sobre tales asuntos, y no solía aceptar palabra alguna de nadie que no fueran ellos. La gente acudía a él en busca de respuestas y nunca regresaba con las manos vacías. Cuando volvían, eran capaces de guiar a los demás hacia la virtud.

Hazrat Imam Husain (ra) dice:

“Luego pregunté a mi padre acerca de la conducta del Santo Profeta (sa) fuera de su hogar. ¿Qué hacía en esos momentos?”. Respondió:

“El Santo Profeta (sa) no hablaba sino por una razón específica. Creaba armonía y paz interior entre sus Compañeros y jamás los enemistaba. Honraba a las personas respetadas de cada tribu y nación, y las designaba líderes de su pueblo. Advertía a la gente y actuaba con cautela respecto a ella, pero sin que dicha cautela afectara a su alegría ni a su buen carácter (es decir, que, incluso cuando advertía a otros o sospechaba de alguien, su comportamiento y amabilidad hacia esa persona no cambiaban. Continuaba tratando a todos con bondad y buenos modales, aunque actuaba con cautela cuando era necesario).

Velaba por sus Compañeros y preguntaba por el bienestar de los demás. Elogiaba las buenas acciones y las fortalecía, y señalaba las malas para contrarrestarlas. Era moderado en todo y no se contradecía. Nunca era desatento, para que los demás no se volvieran descuidados ni se cansaran. Siempre estaba preparado para cualquier situación. No se apartaba de la justicia ni se extralimitaba. Hacía exactamente aquello que le correspondía.

Entre la gente, los más cercanos a él eran los mejores. A sus ojos, el más excelente era el más sincero y bondadoso; y el de mayor rango y cercanía era quien mostraba mayor compasión y ayuda hacia los demás”. Quien más hacía esto, más cerca estaba de él y más le agradaba.

Hazrat Imam Husain (ra) dice:

“Entonces pregunté acerca de las reuniones del Santo Profeta (sa). Respondió:

‘Ya fuera sentado o de pie, permanecía absorto en el recuerdo de Dios. Siempre que se unía a una reunión, se sentaba donde hubiera espacio, al final de la asamblea, e indicaba a los demás que hicieran lo mismo. Concedía a cada persona sentada con él el derecho que le correspondía, de tal manera que nadie sentía que otro era más honrado que él en su presencia.

Con quien se sentaba junto a él (sa) para tratar una necesidad o un asunto, permanecía hasta que esa persona se marchaba. A quien le pedía algo, nunca lo despedía sin darle algo o, al menos, una respuesta amable y gentil (si alguien acudía en busca de ayuda, le daba algo o, si no podía hacerlo, le respondía con gran gentileza). Su alegría, generosidad y excelente carácter eran para todos.

Se convirtió en una figura paterna para el pueblo, y en materia de derechos todos eran iguales ante sus ojos. Sus reuniones eran reuniones de conocimiento, modestia, paciencia y confianza. Allí no se alzaban voces, no se profanaban las cosas sagradas ni se comentaban las debilidades ajenas. Todos eran iguales y solo se les distinguía por su nivel de rectitud (en sus reuniones jamás se comentaban las debilidades ajenas). En ellas, la gente se comportaba con humildad. Honraban a los ancianos, mostraban misericordia hacia los jóvenes, daban preferencia a los necesitados y cuidaban también de los extraños. No ocurría que, si llegaba una persona desconocida, se la ignorara; al contrario, se le prestaba atención’.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“Quienes se dedican por completo a complacer a Dios no desean que se les otorgue rango ni liderazgo alguno. En lugar de tales posiciones, prefieren inmensamente los placeres de la reclusión y de la adoración en soledad. Sin embargo, Dios Altísimo les impulsa a la vanguardia y los comisiona para el bienestar de la humanidad.

Nuestro Santo Profeta (sa) también permanecía en una cueva y deseaba que nadie supiera de su existencia. Pero, finalmente, Dios Altísimo le hizo salir y le confió la responsabilidad de guiar al mundo. Miles de poetas visitaban al Santo Profeta (sa) y componían versos en su alabanza; pero maldito sea el corazón que imagine que el Santo Profeta (sa) se complacía con tales alabanzas (es decir, que se alegraba por ellas). Consideraba esos elogios como meros insectos muertos. La verdadera alabanza es únicamente aquella que Dios proclama desde los cielos. Tales personas están completamente absortas en el amor de Dios y no les preocupa en absoluto la alabanza ni la adulación del mundo. Su posición alcanza tal grado que Dios mismo las alaba y exalta desde los cielos y desde Su Trono”.

El Mesías Prometido (as) afirma además:

“Un cristiano acudió una vez al Santo Profeta (sa), quien le mostró gran bondad y hospitalidad. El hombre tenía muchísima hambre, y el Santo Profeta (sa) lo alimentó abundantemente hasta dejarlo completamente saciado. Por la noche le dio su propia manta. Mientras dormía, sufrió una diarrea severa y no pudo contenerse, por lo que defecó sobre ella.

A la mañana siguiente pensó que el Santo Profeta (sa) se disgustaría al ver lo sucedido. Avergonzado, se marchó en silencio. Cuando la gente se dio cuenta, informaron al Santo Profeta (sa) de que el huésped cristiano había ensuciado la manta con excremento. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘Traédmela para que la limpie’. La gente le preguntó: ‘¡Oh Mensajero de Dios (sa)! ¿Por qué se molesta? Estamos presentes y podemos limpiarla’. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) respondió: ‘Él era mi huésped; por lo tanto, es mi deber’. Luego pidió agua y comenzó él mismo a lavar la manta (con suma humildad, limpió la suciedad que había dejado su huésped)”.

Cuando el cristiano había recorrido unos tres kilómetros, recordó que había olvidado su cruz de oro sobre la cama. Por lo tanto, regresó y vio que el Santo Profeta (sa) estaba lavando personalmente la suciedad de la manta. Abrumado por el remordimiento, dijo: “Si esto me hubiera sucedido a mí, jamás la habría lavado”. Como resultado, el cristiano comprendió que una persona dotada de tal altruismo y humildad ciertamente había sido enviada por Dios Altísimo. Así, al presenciar aquello, aceptó el islam.

La humildad y la modestia del Santo Profeta (sa) se manifestaron incluso en el momento en que recibió su primera revelación. Hazrat Musleh Maud (ra), al describir el incidente de la Cueva de Hira, dice:

“La primera revelación descendió en la Cueva de Hira, cuando Gabriel se apareció ante el Santo Profeta (sa) y le dijo: ‘Lee’. En respuesta, el Santo Profeta (sa) dijo:

[Árabe]

‘No sé leer’. Con ello, el Santo Profeta (sa) quiso expresar que no se le debía imponer semejante carga. Esto no significaba que tuviera un libro delante y fuera incapaz de leerlo; más bien, todo cuanto Gabriel transmitiera debía ser repetido verbalmente por el Santo Profeta (sa), algo que ciertamente era capaz de hacer. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) se mostró humilde. No obstante, puesto que Dios Altísimo le había elegido específicamente para esta misión, Gabriel le ordenó repetidamente que leyera. Por fin, a la tercera orden, el Santo Profeta (sa) recitó’. Así pues, Gabriel le enseñó los versículos:

[Árabe]

“Recita en el nombre de tu Señor, que creó”.

En otra ocasión, en relación con el mismo acontecimiento, Hazrat Musleh Maud (ra) escribe en el Tafsir-e-Kabir, al explicar la sura Al-Kauzar:

“Cuando el Santo Profeta (sa) recibió la revelación, demostró una humildad extraordinaria. Observamos que, cuando la gente común recibe una revelación o tiene un sueño, corre apresuradamente a contárselo a los demás y proclama: ‘He recibido tal revelación’ o ‘He tenido tal sueño’. Pero cuando Gabriel se presentó ante el Santo Profeta (sa) y le dijo: ‘Recita’, él (sa) respondió:

[Árabe]

“No sé leer”. Lo repitió tres veces. Pero cuando comprendió que Dios Altísimo insistía en este asunto, obedeció la orden. De hecho, la cumplió con tal valentía que, a diferencia de Moisés (as), no dijo: ‘Señor mío, designa para mí un ayudante’. Más bien, cargó él solo con todo el peso y no pidió que nadie le ayudara”.

Hazrat Musleh Maud (ra) añade:

“Otro ejemplo de su humildad es que un día un hombre de entre los Ansar cayó enfermo, y el Santo Profeta (sa) fue a visitarlo. Cuando el Santo Profeta (sa) se disponía a partir, el hombre de los Ansar le ofreció un caballo para que lo montara y dijo a su hijo: ‘Acompaña al Mensajero (sa) de Dios; quizá le resulte difícil encontrar otro Compañero de viaje por el camino (es decir, puede que no encuentre a nadie con quien compartir el trayecto). Además, trae el caballo de vuelta después’.

Al cabo de un rato, el niño regresó a casa. Su padre le preguntó: ‘Te envié con el Mensajero de Dios (as) para que le acompañaras en el viaje, velaras por su seguridad y te aseguraras de que el caballo se mantuviera dócil. ¿Por qué has vuelto?’.

El muchacho respondió: ‘Me vi obligado a regresar. Cuando el Mensajero de Dios (sa) salió, me dijo: ‘Siéntate detrás de mí en el caballo’. Respondí: ‘¡Oh, Mensajero de Dios (sa)! No puedo cometer tal falta de respeto’. Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: ‘Tampoco puedo soportar que tú camines mientras yo voy a caballo. O vienes conmigo, o te vuelves a casa’. Por eso pensé que era mejor regresar, y el Santo Profeta (sa) continuó cabalgando solo’”.

Hay una narración en la que Hazrat Abdul’lah (ra) relata:

“El Mensajero de Dios (sa) durmió una vez sobre una estera de junco. Cuando se levantó, se le veían las marcas de la estera en el costado. Le dijimos: ‘¡Oh, Mensajero de Dios! Déjanos prepararte una cama blanda’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘¿Qué tengo yo que ver con este mundo? Mi ejemplo en este mundo no es más que el de un viajero que descansa un rato a la sombra de un árbol y luego se marcha, dejándolo atrás’“.

En Sahih al-Bujari hay una narración transmitida por Hazrat Umar (ra), quien afirma:

“Una vez fui a ver al Santo Profeta (sa). Estaba en una habitación de la planta superior, recostado sobre una estera tejida. No había nada entre él y la estera. Debajo de su cabeza había una almohada de cuero rellena de fibra de palmera datilera. A sus pies había un montón de hojas de acacia, y cerca de su cabeza colgaban unas pieles sin curtir. También pude ver las marcas de la estera en su bendito costado, debido a la dureza de aquella superficie sobre la que yacía. Al contemplar aquello, me eché a llorar. El Santo Profeta (sa) preguntó: ‘¿Por qué lloras?’. Le respondí: ‘¡Oh, Mensajero de Dios (sa)! Cosroes y César viven rodeados de grandes lujos, mientras que tú eres el Mensajero de Dios’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘¿No os alegra que a ellos les corresponda este mundo, mientras que a nosotros nos corresponde el Más Allá?’“.

El Mesías Prometido (as), al relatar este mismo acontecimiento, dice:

“Tal era la satisfacción del Santo Profeta (sa) con sus provisiones terrenales que, en una ocasión, Hazrat Umar (ra) fue a visitarlo y envió a un muchacho por delante para pedir permiso para entrar. El Santo Profeta (sa) estaba recostado sobre una estera de hojas de palmera y, cuando Hazrat Umar (ra) entró, se incorporó. Hazrat Umar (ra) miró a su alrededor y vio que la casa estaba completamente vacía, sin adorno alguno: tan solo una espada colgada de un gancho y aquella estera sobre la que había estado tumbado, cuyas marcas habían quedado impresas en su bendita espalda. Al ver esto, Hazrat Umar (ra) se echó a llorar. El Santo Profeta (sa) preguntó: ‘¡Oh, Umar! ¿Qué te ha hecho llorar?’. Umar (ra) comentó: ‘Cosroes y César disfrutan de todas las comodidades y lujos del mundo, mientras que usted, que es el Mensajero de Dios (sa) y el rey de ambos mundos, vive en estas condiciones’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘¡Oh, Umar! ¿Qué tengo yo que ver con este mundo? Lo atravieso como un viajero que se dirige, a lomos de un camello, hacia su destino y que, al encontrar un árbol en medio del desierto, se sienta un rato a su sombra para resguardarse del calor abrasador; y, tan pronto como se le seca el sudor, reanuda la marcha”“.

Incluso con las personas maleducadas, el Santo Profeta (sa) mostraba siempre las más elevadas cualidades de amabilidad y humildad. Según relata Hazrat Abu Hurairah (ra), un hombre acudió al Profeta (sa) para reclamar lo que se le debía, y lo hizo con un tono duro y brusco. Esto enfureció a los Compañeros, pero el Santo Profeta (sa) dijo: “Dejadlo en paz, pues quien tiene un derecho reclamable tiene derecho a expresar su opinión. De todos modos, debo entregarle lo que le corresponde; tiene derecho a expresarlo”. A continuación, añadió: “Compradle un camello y entregádselo”. Había venido a cobrar su deuda, por lo que se ordenó que le compraran un camello y se lo entregaran. Los Compañeros dijeron: “No hemos podido encontrar camellos de igual valor al que se le debe; solo hay disponibles de mayor valor”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Entonces compradlo y entregádselo, pues el mejor de vosotros es aquel que mejor paga sus deudas”.

Hoy en día, en muchos de los litigios que surgen, la gente ni siquiera paga la cantidad original que debe y, por el contrario, discute y exige que se reduzca incluso esa cantidad. Si pudiéramos comprender verdaderamente estas cosas, muchas de nuestras disputas llegarían a su fin.

Del mismo modo, encontramos otro ejemplo de su humildad en el relato de la conquista de La Meca, cuando el Santo Profeta (sa) entró en la Mezquita Sagrada. Hazrat Abu Bakr (ra) se presentó ante él (sa) acompañado de su padre. Cuando el Santo Profeta (sa) le vio, le dijo:

“¡Oh, Abu Bakr! Deberías haber dejado a este anciano en casa; yo mismo habría ido a visitarle”.

Hazrat Abu Bakr (ra) respondió:

“¡Oh, Mensajero de Dios (sa), es más apropiado que él venga a verle a usted, que usted a verle a él”. Hazrat Abu Bakr (ra) sentó a su padre ante el Santo Profeta (sa), quien le pasó la mano por el pecho y le dijo: “Acepte el islam y encontrará la paz”. De esta forma, Abu Quhafah aceptó el islam.

Del mismo modo, en lo que respecta a su estilo de vida sencillo en el hogar, se narra, según el testimonio de Hazrat Hasan, que las puertas del Santo Profeta (sa) estaban abiertas para todos: no había ningún portero en la entrada, ni se le servían comidas elaboradas por la mañana y por la tarde en grandes vasijas; tampoco se le ofrecían manjares exquisitos. Cualquiera que deseara conocer al Santo Profeta (sa) podía hacerlo sin dificultad. Se sentaba en el suelo y también colocaba la comida en el suelo. Vestía ropas sencillas y toscas, montaba en un burro, permitía que otros se sentaran detrás de él en su montura y, después de comer, se chupaba los dedos para limpiárselos.

En cuanto a lamerse los dedos, hay un Hadiz en Sahih de Bujari en el que el Santo Profeta (sa) dijo que, después de comer y antes de lavarse las manos, uno debe lamerse los dedos para limpiarlos.

En relación con esta práctica, Hazrat Zain al-Abidin Wali Ul’lah Shah Sahib (ra) incluyó una nota en su comentario sobre Bujari, en la que Hazrat Sayyid Dr. Mir Muhammad Ismail Sahib (ra) afirma que es un hecho demostrado por la experiencia de todos los médicos y reconocido por todos los profesionales de la medicina que existe un poder especial del tacto concentrado en la yema de los dedos de la mano humana. Si, por ejemplo, se desea evaluar la suavidad de un tejido, solo puede hacerse con los dedos, aunque el sentido del tacto esté presente en todo el cuerpo. Si, por ejemplo, intentáramos evaluar esa suavidad con el pie, no lo lograríamos plenamente. Existe una cualidad eléctrica particular que no se limita únicamente a la mano, sino específicamente a los dedos, y estos mantienen una conexión especial con el ojo, instrumento de atención concentrada. Por ello, quienes practican la concentración focalizada dirigen principalmente su mirada hacia los dedos de la persona con la que trabajan y, de este modo, consiguen ejercer los efectos del hipnotismo con mayor eficacia y alcanzar así su objetivo.

Del mismo modo, los medicamentos preparados a mano aportan mayores beneficios que los preparados de otra forma. En nuestros días todo se fabrica con máquinas, pero en aquella época tanto los médicos como los curanderos compartían esta opinión, y el propio Dr. Ismail Sahib, cirujano y médico de gran prestigio, afirmaba que esas prácticas reportaban mayores beneficios que los medicamentos elaborados a máquina. De acuerdo con este mismo principio, cuando una persona come con los dedos, su mirada se dirige hacia las yemas de estos con cada bocado que toma. Por eso, cuando después de comer una persona se lame los dedos antes de lavárselos o limpiárselos, es evidente que la grasa que se ha adherido a ellos pasa directamente al estómago, lo que refuerza su función, es decir, el proceso de digestión, de modo que los alimentos se digieren con mayor facilidad.

Esta era la opinión que sostenían los médicos y profesionales de la salud de aquella época; que los médicos de hoy no estén de acuerdo, es otra cuestión. En cualquier caso, el Santo Profeta (sa) dijo que es beneficioso lamerse lo que queda en la mano después de comer.

La narración de Bujari dice lo siguiente:

[Árabe]

“No se debe limpiar la mano hasta que uno mismo se la haya lamido o se la hayan lamido”. Algunos comentaristas, al referirse a la expresión “hacer que lo laman”, han escrito que esto significa que lo lama un sirviente, o el propio hijo, o alguien a quien no le resulte desagradable chuparle los dedos. Ahora bien, quien acaba de comer no necesita eso: puede chuparse los dedos perfectamente por sí mismo. A veces, los comentaristas llegan a conclusiones bastante inverosímiles. En cualquier caso, tal interpretación resulta indecorosa y contraria a la dignidad humana: que alguien pida a otra persona que le lama los dedos.

Lo que esto puede significar razonablemente es que una persona, tras comer, debería lamerse los dedos para limpiárselos y también indicar a quienes están a su cargo y bajo su tutela que hagan lo mismo con sus propios dedos, para que ellos también puedan obtener los beneficios médicos y alcanzar los demás objetivos recogidos en esta enseñanza del Santo Profeta (sa).

El Santo Profeta (sa) nunca consideró indigna de sí mismo la tarea de limpiar y quitar el polvo de la mezquita. Así pues, existe una narración de Hazrat Ya‘qub bin Zaid según la cual el Santo Profeta (sa) solía retirar con un palo el polvo y la suciedad que se acumulaban en la mezquita; es decir, quizá esto signifique que llevaba un paño o algo similar atado al extremo del palo y lo utilizaba para quitar el polvo y limpiar.

Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que Gabriel estaba sentado junto al Santo Profeta (sa) cuando este alzó la vista hacia el cielo y vio a un ángel descendiendo. Gabriel dijo: “Se trata de un ángel que, desde el día de su creación hasta este mismo instante, nunca había descendido”. Cuando aquel ángel descendió, dijo: “¡Oh, Muhammad (sa)! Tu Señor me ha enviado a ti”. Dios Altísimo pregunta si debe convertirle en un rey profeta o en un siervo mensajero. Gabriel dijo: “¡Oh, Muhammad (sa)! Sé humilde ante tu Señor”. Entonces el Santo Profeta (sa) respondió: “Prefiero que me envíe como un siervo mensajero”.

De hecho, esa era precisamente la esencia del Santo Profeta (sa). Aunque Gabriel no hubiera dicho esto, el Santo Profeta (sa) habría dado la misma respuesta. Esto era lo que siempre enseñó y lo que repetía constantemente. También decía a sus seguidores: “No soy más que un hombre enviado como mensajero”. No obstante, el sentido de este relato es que, cuando se presentó tal ocasión, el Santo Profeta (sa), movido por la humildad, declaró que no deseaba ser un mensajero investido con el rango de un rey; más bien, deseaba ser un humilde siervo de Dios, un ser humano humilde y Su mensajero. Este mismo principio se menciona también en nuestra declaración de fe [Kalimah].

¿Hasta qué punto debe mostrarse humilde un verdadero musulmán? En una narración, Hazrat ‘Iyad bin Himar relata que el Santo Profeta (sa) dijo:

“Ciertamente, Dios Altísimo me ha revelado que debéis mostrar humildad hasta tal punto que nadie transgreda contra otro, ni nadie se jacte ante otro”.

Al aconsejarnos, el Mesías Prometido (as) – el verdadero siervo del Santo Profeta (sa) – afirma:

“Hay que ser humilde. Aprender a ser humilde no es nada difícil. En realidad, ¿qué hay que aprender? El ser humano es humilde por naturaleza y ha sido creado precisamente para ser humilde.

[Árabe]

“He creado a los yinn y a los seres humanos para que me adoren”. El orgullo y la arrogancia son cosas completamente artificiales. Si una persona se desprende de esa artificialidad, solo la humildad se manifestará en su naturaleza”.

Al aconsejarnos y explicarnos la actitud de humildad del Santo Profeta (sa), el Mesías Prometido (as) afirma en un pasaje:

“Dios Altísimo es Misericordioso y Generoso. Cuida del ser humano en todos los aspectos y tiene misericordia de él; precisamente por esa misericordia envía a Sus enviados y mensajeros para liberar a las naciones del mundo de una vida pecaminosa. Pero la arrogancia es una enfermedad sumamente peligrosa. Significa la muerte espiritual para quien la desarrolla. Estoy convencido de que esta enfermedad es peor que un asesinato. Una persona arrogante se convierte en hermano de Satanás, pues fue precisamente la arrogancia la que humilló y arruinó a Satanás. Por ello, es imprescindible que el creyente no albergue arrogancia alguna; al contrario, debe ser humilde y modesto, y esa es la característica distintiva de los elegidos de Dios. Se distinguen por un grado extremo de humildad y modestia. El Santo Profeta (sa) poseía esta virtud más que nadie. A uno de sus sirvientes le preguntaron cómo se comportaba con él el Santo Profeta (sa). Respondió que, en realidad, él (sa) me ayudó más de lo que yo le ayudé a él (sa).

[Árabe]

“¡Oh, Dios! Derrama Tus bendiciones sobre Muhammad y sobre la descendencia de Muhammad, y concédele prosperidad y paz”.

Este es el modelo de la más elevada moralidad y humildad. También es cierto que la mayoría de quienes sirven a una persona son aquellos que están más cerca de ella y permanecen a su lado en todo momento. Por lo tanto, si alguien desea conocer el grado de humildad, modestia, paciencia y tolerancia de una persona, es precisamente en ellos donde mejor puede apreciarlo. Hay hombres y mujeres que, ante el más mínimo error de un sirviente – por ejemplo, si el té no está bien preparado -, se apresuran a insultarlo o incluso a azotarlo; o si el caldo está un poco salado, aquello se convierte en una auténtica catástrofe para los pobres sirvientes.

La otra cuestión se refiere al trato hacia los pobres. No se preocupan por ellos, a pesar de saber que mueren de hambre y que apenas sobreviven a base de pan seco. Los ponen a prueba cuando acuden en busca de ayuda (cuando una persona pobre acude a una persona rica en busca de ayuda, en realidad está poniendo a prueba a esa persona en ese mismo instante; la verdadera piedad consiste en satisfacer sus necesidades en ese momento).

Dios Todopoderoso es el Creador de cada partícula; nadie puede rivalizar con Él. Solo por la manera en que se trata a los pobres puede saberse si alguien es temeroso de Dios o no”.

El grado de temor de Dios presente en una persona se mide por la forma en que trata a los pobres, y no por cómo trata a los ricos.

¡Que Dios Altísimo nos permita seguir la senda de la humildad, imitando las enseñanzas del Santo Profeta (sa) y actuando conforme a su bendita Sunna!

Tras la oración, también dirigiré una oración fúnebre in absentia por el estimado Malik Daud Mahmud Sahib, hijo de Muhammad Ishaq Sahib, natural de Vehari y residente posteriormente en Karachi. Falleció hace poco.

[Árabe]

¡Ciertamente, a Dios pertenecemos y a Él hemos de retornar!

Por la gracia de Dios Altísimo, era Musi.

Su abuelo, Muhammad Din Sahib, residía en el pueblo de Barhtanwala, en el distrito de Sialkot. En 1914 tuvo el honor de prestar juramento de lealtad (Bai‘at) ante Hazrat Jalifatul Masih II (ra).

Malik Daud Sahib tuvo la oportunidad de servir a la Comunidad a nivel local como Sadr Yama’at, secretario Mal y miembro del Mall’lis Ansarul’lah.

Le sobreviven cuatro hijos y tres hijas. Uno de sus hijos, Muhammad Akmal Sahib, ejerce como misionero de la Comunidad en Gambia. Debido a sus obligaciones al servicio de la Comunidad, no pudo asistir al funeral de su padre.

Este hijo Akmal Sahib, que es misionero, escribe:

“Mi padre era una persona muy alegre, cariñosa y llena de vida. Sentía una gran pasión por el Tabligh. Cada vez que visitaba sus tierras de cultivo en Sindh, buscaba oportunidades para hacer Tabligh. Hasta que se aprobaron leyes restrictivas en Pakistán, llevaba incluso folletos consigo y continuaba predicando con regularidad. Como consecuencia, ejerció una gran influencia sobre muchas personas.

Era sumamente hospitalario. Tanto si acudían invitados del Markaz como cualquier otro visitante, los recibía con gran hospitalidad. En su casa había habilitado un centro de oración hasta que se construyó uno oficial, y allí se celebraban regularmente las oraciones en congregación. Después de la oración de Fallar, recitaba el Sagrado Corán con una voz melodiosa y clara.

También acudían a su centro personas de otras congregaciones para realizar la oración del viernes. Solía decir que, cada vez que iba a sus campos, ofrecía oraciones voluntarias en cada rincón de sus tierras y que, gracias a ello, Dios Altísimo bendecía sus cosechas, lo que se traducía en una producción dos veces superior a la de los demás.

Del mismo modo, respecto a la casa que construyó en su pueblo, dijo a sus hijos que deseaba donarla de forma permanente a la Comunidad para que se convirtiera en un centro comunitario. Posteriormente, efectivamente la donó”.

La hospitalidad era una de sus cualidades más destacadas, junto con el servicio a la humanidad, la obediencia absoluta a la Comunidad y la asistencia habitual a los sermones del viernes.

¡Que Dios Altísimo le conceda Su perdón y Su misericordia!

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