La cúspide de la humanidad: La humildad en la vida del Profeta (sa)
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

La cúspide de la humanidad: La humildad en la vida del Profeta (sa)

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

Sermón del viernes 15-05-2026

Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Surah al-Fatihah, Su Santidad, el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:

Creemos firmemente y tenemos plena fe en que, si alguna vez ha existido un ser humano perfecto en este mundo, fue Hazrat Muhammad Mustafa (sa). Ni antes de él existió ningún ser humano tan perfecto como él, ni jamás podrá existir después de él.

Los más elevados estándares en el cumplimiento de los derechos debidos a Dios Altísimo, en el cumplimiento de los derechos debidos a la humanidad y en la manifestación de toda noble cualidad moral y de todo excelente atributo humano se hallaban perfectamente encarnados en la persona del Santo Profeta (sa). Cualquier cualidad moral que pueda concebirse alcanzó en él el grado más alto posible: un grado que ningún otro ser humano poseyó, posee ni poseerá jamás.

Entre estas nobles cualidades y características se encuentran la humildad y la mansedumbre, cuyo ejemplo más perfecto se manifestó en el Santo Profeta (sa). Asimismo, aconsejaba constantemente a sus seguidores que un creyente debía esforzarse siempre por convertir la humildad en una cualidad permanente de su vida.

Dios Altísimo instruyó al Santo Profeta (sa) para proclamar esta elevada cualidad moral en el Sagrado Corán con las palabras:

[Árabe]

“Di: ‘Solo soy un hombre como vosotros’”.

Aunque Dios Altísimo le concedió el estatus de Profeta portador de la ley final y perfecta, aun así se le ordenó anunciar: “Di que soy un ser humano y un hombre humilde”.

A este respecto, presentaré algunos Hadices y extractos de los escritos del Mesías Prometido (as), que demuestran la manifestación de esta cualidad moral en diversas ocasiones.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“No existe en el mundo ejemplo alguno de un ser humano perfecto superior a nuestro Santo Profeta (sa), ni jamás podrá existir hasta el Día del Juicio Final.

Observad además que, a pesar de haber recibido milagros de poder y autoridad, el Santo Profeta (sa) permaneció siempre acompañado por el espíritu de servidumbre a Dios. Continuó siendo un hombre humilde y un humilde siervo, y declaró repetidamente:

[Árabe]:

“Solo soy un ser humano como vosotros”.

Hasta tal punto fue así que, en la declaración de la unidad de Dios, hizo del reconocimiento de su servidumbre un componente esencial, sin el cual un musulmán ni siquiera puede seguir siendo musulmán.

Reflexionad profundamente y volved a reflexionar. Cuando el propio ejemplo vital del guía perfecto nos enseña que, incluso después de alcanzar el grado más elevado de cercanía a Dios, nunca abandonó el reconocimiento de la servidumbre, entonces pensar en otro tipo de persona y llevar tales pensamientos en su corazón resulta completamente inútil y carente de sentido”.

El Mesías Prometido (as) afirma además:

“Se debe evitar la vanidad, la arrogancia y la presunción, y adoptar la humildad y la cortesía. Observad el ejemplo de humildad y cortesía del Santo Profeta (sa), quien verdaderamente fue el más grande de todos y el más digno de reverencia; dicho ejemplo se encuentra en el Sagrado Corán.

Está escrito que un hombre ciego solía acudir a estudiar el Corán con el Santo Profeta (sa). Un día, los nobles de La Meca y los jefes de la ciudad se reunieron alrededor del Santo Profeta (sa), entablando una conversación con ellos. Como consecuencia de hallarse absorto en aquella conversación, la demora ocasionó que el ciego se levantara y se marchara. Era un asunto trivial, pero Dios Altísimo reveló un capítulo [en el Corán] sobre ello. Entonces, el Santo Profeta (sa) fue a su casa, le hizo regresar y, extendiendo su propio manto bendito, le hizo sentarse sobre él.

Lo esencial es que corresponde a aquellos en cuyos corazones mora la grandeza de Dios ser humildes y manifestar mansedumbre, pues tiemblan y se estremecen constantemente ante la autosuficiencia de Dios Altísimo”.

Por lo tanto, no se trata simplemente de un incidente aislado mencionado en el Sagrado Corán o narrado por el Mesías Prometido (as). Más bien, se nos imparte una lección: que el Santo Profeta (sa) es el modelo perfecto para vosotros. Si verdaderamente afirmais amarle, entonces también debéis esforzaros por alcanzar los más altos estándares de humildad y mansedumbre.

En una ocasión, mientras llamaba la atención de un creyente sobre la realidad de la humildad y la importancia de actuar conforme a ella, el Santo Profeta (sa) dijo, según lo narrado por Hazrat Ibn Abbas (ra):

“Todo ser humano lleva dos cadenas atadas a la cabeza: una que se extiende hacia los cielos y otra que se extiende hacia la tierra. Cuando un siervo adopta la humildad y la mansedumbre, el ángel que sostiene la cadena celestial lo eleva hacia las alturas (en otras palabras, cuando una persona se humilla, Dios Altísimo le concede un rango elevado). Pero cuando se deja arrastrar por el orgullo y la rebeldía, las cadenas terrenales lo arrastran hacia abajo”.

Las acciones de la persona arrogante dejan de ser dignas de aceptación; ante los ojos de Dios Altísimo, caen humilladas y yacen sobre la tierra.

En otra narración de Hazrat Ibn Abbas (ra) se afirma:

“Cuando un siervo adopta la humildad, Dios Altísimo lo eleva hasta el séptimo cielo”. Por lo tanto, si deseamos alcanzar la cercanía de Dios Altísimo, la humildad es una cualidad sumamente esencial para ese propósito.

Se narra de Hazrat Abu Hurairah (ra) que el Santo Profeta (sa) dijo:

“La caridad no disminuye la riqueza de ninguna manera, y Dios no aumenta a una persona mediante el perdón sino en el honor (es decir, el perdón incrementa el honor de una persona). Y nadie adopta la humildad por amor a Dios sin que Dios le eleve [de rango]”.

Así pues, estos son los principios fundamentales que se han expuesto para un creyente: la caridad y el sacrificio financiero no reducen la riqueza; al contrario, la incrementan. Por ello, eliminad de vuestros corazones la idea errónea de que el sacrificio financiero provocará una disminución de vuestra riqueza. El perdón y el pasar por alto las faltas no os privan del honor; al contrario, os lo conceden. Si la gente comprendiera verdaderamente esta realidad, muchos conflictos y disputas sociales del mundo quedarían resueltos.

Luego dijo:

“Al adoptar la humildad, Dios Altísimo enaltece a la persona”. Cuanto más aumenta la humildad, mayor es el rango que Dios Altísimo le concede.

¿Cuáles fueron los estándares de humildad que el Santo Profeta (sa) se fijó para sí mismo? Se narra de Hazrat Anas bin Malik (ra) que un hombre se dirigió una vez al Santo Profeta (sa) diciendo:

“¡Oh Muhammad (sa), oh nuestro jefe e hijo de nuestro jefe, oh el mejor de entre nosotros, hijo del mejor de entre nosotros!”. Ante ello, el Santo Profeta (sa) dijo:

“¡Gente! Exigid justicia para vosotros mismos, no sea que Satanás os engañe. Soy Muhammad, hijo de Abdul’lah, siervo de Al’lah y Su Mensajero. ¡Por Dios, no me agrada que me elevéis por encima del rango que Dios me ha concedido!”. De este modo, la declaración que Dios Altísimo le ordenó expresar, la demostró también mediante su ejemplo práctico.

Otro ejemplo de su extrema humildad se encuentra en un Hadiz. Hazrat Abu Hurairah (ra) afirma:

“Escuché al Santo Profeta (sa) decir: ‘Nadie entrará en el Paraíso únicamente por sus obras’”. Los Compañeros preguntaron:

“¿Ni siquiera usted, Mensajero de Al’lah? (sa)”.

Respondió:

“Ni siquiera yo, a menos que Dios me envuelva con Su gracia y misericordia. Por lo tanto, todo cuanto hagáis, hacedlo con perfección y con el propósito de alcanzar la cercanía de Dios. Y ninguno de vosotros debe desear jamás la muerte. Si una persona es justa, tal vez pueda seguir progresando en la rectitud; y si es pecadora, tal vez pueda arrepentirse y reparar el desagrado de Dios Altísimo”.

Luego, en otra narración, Hazrat Abu Said Judri (ra) afirma:

“Uno debe amar a los pobres y necesitados, pues escuché al Santo Profeta (sa) decir en su súplica:

[Árabe]

‘¡Oh, mi Al’lah! Concédeme vivir como un hombre pobre, haz que muera como un hombre pobre y elévame entre la compañía de los pobres’”.

Hazrat Abdul’lah bin Abi Aufa (ra) narraba:

“El Santo Profeta (sa) permanecía constantemente dedicado al recuerdo de Dios y no se ocupaba de asuntos vanos. Solía prolongar sus oraciones y acortar el sermón. Nunca consideró indigno acompañar a una viuda o a una persona pobre ni atender sus necesidades”. Tal era el grado de su humildad: sus estándares de adoración eran ciertamente elevados, pero su humildad alcanzaba tal extremo que dedicaba todo su tiempo, paciencia y atención a cualquier pobre o viuda que deseara hablar con él.

Hazrat Anas bin Malik (ra) narra:

“Incluso una sirvienta de entre las mujeres de Medina podía tomar de la mano al Santo Profeta (sa) y conducirlo adonde quisiera para ayudarla con su dificultad”.

Se narra de Hazrat Anas (ra):

“Una mujer con dificultades de aprendizaje dijo: ‘¡Oh, Mensajero de Al’lah (sa), necesito algo de usted!’”. Él respondió: “¡Oh, madre de fulano! Llévame por la calle que desees y te ayudaré”. Después la acompañó por un sendero hasta que ella expuso su problema y este quedó resuelto. En algunas narraciones se menciona que el nombre de esta mujer era Umm Zafar y que era sirvienta de Hazrat Jadiya (ra). Poseía un carácter sencillo y tenía dificultades de aprendizaje. A veces hay personas que no pueden entender las cosas o no logran comprender ciertos asuntos. No es que, Dios no lo quiera, padeciera una discapacidad intelectual grave, sino que era de naturaleza sencilla. A pesar de ello, el Santo Profeta (sa) se preocupaba por sus sentimientos.

En otra narración, Adi bin Hatim (ra) afirma:

“Partí para encontrarme con el Mensajero de Al’lah (sa) y llegué a Medina. Entré en la mezquita, me presenté ante el Mensajero de Al’lah (sa) y le saludé con el saludo de paz. El Santo Profeta (sa) preguntó: ‘¿Quién eres?’. Respondí: ‘Soy Adi bin Hatim’. El Santo Profeta (sa) se levantó y comenzó a conducirme hacia su casa. En el camino, una anciana se acercó y habló con el Santo Profeta (sa) durante largo tiempo acerca de sus necesidades. El Santo Profeta (sa) permaneció allí de pie por ella. Adi dice: ‘Me dije a mí mismo: “Este hombre no puede ser un rey; los reyes no actúan así con los pobres”’. Los reyes no poseen una moral tan ejemplar. Luego, el Santo Profeta (sa) me llevó a su casa, tomó un cojín grueso y lo colocó ante mí, diciendo: ‘Siéntate aquí’(había un cojín en su casa, y se lo ofreció al invitado). Le respondí: ‘Debería sentarse usted en este cojín’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘No, siéntate tú’. Finalmente, me senté en él mientras el Santo Profeta (sa) se sentó en el suelo. Pensé para mis adentros: ‘Desde luego, esta no es la manera de actuar de los reyes. Así es como se comporta una persona sumamente humilde’”.

Mostraba afecto y humildad incluso hacia los niños, y siempre era el primero en saludarlos. Hazrat Anas cuenta que, cada vez que el Mensajero de Dios (sa) visitaba a los Ansar, saludaba a sus hijos, les acariciaba la cabeza y rezaba por ellos.

Hazrat Ibn Mas’ud relató que, en cierta ocasión, llevaron ante el Profeta (sa) a un hombre y, mientras este le hablaba, el temor reverencial que le inspiró el Santo Profeta (sa) fue tal que los hombros del hombre comenzaron a temblar. Entonces el Santo Profeta (sa) le dijo: “Tranquilo, yo no soy un rey. No soy más que el hijo de una mujer que solía comer carne seca”.

El Mesías Prometido (as) dice:

“Mirad, los éxitos de nuestro Santo Profeta fueron tales que no existe equivalente alguno entre los profetas anteriores; sin embargo, cuanto más éxito le concedía Dios, más humilde se volvía. Se cuenta que, en cierta ocasión, capturaron a un hombre y le llevaron ante el Santo Profeta (sa). Cuando el Santo Profeta (sa) le miró, el hombre temblaba y estaba aterrorizado. Al acercarse, el Santo Profeta (sa) le preguntó con extrema delicadeza y amabilidad: “¿Por qué tienes tanto miedo? Al fin y al cabo, yo también soy un ser humano como tú y soy hijo de una anciana”.

Se hallaba muy por encima de toda apariencia y ostentación, y ello queda especialmente patente en el relato de su emigración a Medina, que hemos escuchado narrar en numerosas ocasiones. Se cuenta que, cuando el Mensajero de Dios (sa) llegó a Medina, los musulmanes, al enterarse de la noticia, se levantaron de inmediato y se apresuraron a empuñar sus armas, saliendo a recibirlo a la llanura de Harrah. Giró a la derecha junto a ellos y se alojó en el barrio de Banu ‘Amr bin ‘Auf; esto ocurrió un lunes, en el mes de Rabiul-Awwal. Hazrat Abu Bakr se puso de pie para recibir a la gente, mientras el Santo Profeta (sa) permanecía sentado en silencio. Aquellos de entre los Ansar que aún no habían visto al Santo Profeta (sa) comenzaron a acercarse y a saludar a Hazrat Abu Bakr, hasta que el sol cayó sobre el Santo Profeta (sa). Entonces Hazrat Abu Bakr se levantó y lo protegió del sol con su capa, y solo entonces la gente reconoció al Santo Profeta (sa).

Según relata Hazrat Ibn ‘Abbas, oyó a Hazrat ‘Umar (ra) decir desde el púlpito:

“Oí al Profeta (sa) decir: ‘No caigáis en el exceso al alabarme, como los cristianos cayeron en el exceso al alabar al hijo de María’”. “No soy más que un siervo de Dios; decid que es Su siervo y Su Mensajero”.

Del mismo modo, ‘Ali ibn Hasan relató, según su padre:

“Ámennos por amor al Islam, pues el Santo Profeta (sa) me dijo: ‘No me exaltéis más allá de lo que corresponde, pues Dios me convirtió en Su siervo antes de convertirme en Su Mensajero’”. El Santo Profeta (sa) dijo que lo amáramos por el Islam.

Mutarraf relató que su padre dijo: “Fui a ver al Santo Profeta (sa) como parte de una delegación de los Banu ‘Amir”. Dijimos: “Tú eres nuestro señor”. Respondió: “El Señor es Dios, bendito y glorificado”. Dijimos: “Eres el más virtuoso y el más generoso de entre nosotros”. Entonces dijo: “Decid lo que tengáis que decir y no permitáis que Satanás os envalentone”. Tal era su humildad que los reprendió de inmediato, diciéndoles: “Dejad todo eso a un lado. Es posible que surjan en vosotros sentimientos de este tipo y que perduren. Explicad el motivo por el que habéis venido aquí y no habléis así de mí”, aunque las palabras de elogio que se le dirigían fueran, en realidad, palabras que podían atribuírsele.

Hazrat Rabi‘ah bint Mu‘awwidh ibn ‘Afra relató:

“La noche de mi boda, el Santo Profeta (sa) entró y se sentó en mi cama, tal y como tú estás sentada ahora conmigo” -le dijo esto a la persona a quien estaba narrando la historia-. En aquel momento, algunas de nuestras jóvenes comenzaron a tocar el tambor y a entonar alabanzas a mis antepasados, que habían perdido la vida en la batalla de Badr, y durante aquellos versos una de las jóvenes cantó: “Entre nosotros hay un Profeta que sabe lo que nos deparará el mañana”. Inmediatamente dijo: “Dejad eso y cantad lo que estabas cantando antes. Esas palabras son erróneas: que yo conozca lo oculto; el conocimiento de lo oculto pertenece únicamente a Dios”.

Hazrat ‘Abdul’lah relató, en nombre del Santo Profeta (sa), que este dijo:

“Nadie debe decir que soy superior a Jonás, hijo de Amittai”. A pesar de ser superior, rechazó tales comparaciones y mostró una profunda humildad.

Del mismo modo, Hazrat Anas ibn Malik relata que un hombre se presentó ante el Santo Profeta (sa) y dijo:

[Árabe]

“¡Oh, el mejor de la creación!”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Era Abraham (as)”. Sin duda, él era “Jair al-Bariyyah” -el mejor de la creación- y el más exaltado entre todos los seres creados, así como el más excelso entre todos los profetas; sin embargo, con la mayor humildad, atribuyó ese título al profeta Abraham (as).

Otro ejemplo de su humildad se recoge en el relato de Hazrat ‘Umar bin al-Jattab, quien dijo que, en una ocasión, un hombre llamó al Santo Profeta (sa) tres veces, y cada vez el Santo Profeta (sa) respondió:

[Árabe]

“Aquí estoy, aquí estoy”. Cuando casi toda Arabia se había sometido a su bandera, este conquistador de Arabia realizó el Hach en compañía de más de cien mil Compañeros; sin embargo, tal era su humildad en aquella ocasión que, según relata Hazrat Anas bin Malik, el Santo Profeta (sa) realizó el Hach en una montura corriente, con una manta de silla sencilla que no valía más de cuatro dirhams -ni siquiera eso, pues valía aún menos-; era una manta extremadamente sencilla. El Santo Profeta (sa) suplicó:

[Árabe]

“¡Oh, Al’lah, que sea un Hach en el que no haya ostentación ni ansia de fama!”.

El Mesías Prometido (as), en alabanza y glorificación del Santo Profeta (sa), habla de sus nombres. Afirma:

“El nombre Ahmad es la manifestación de ‘Yamal’ y, en contraste con este, el nombre Muhammad es la manifestación de ‘Yalal’”.

La razón de ello es que el nombre Muhammad lleva intrínseca la cualidad de ser el amado -es decir, el amado de Dios Altísimo-, porque poseer todas las virtudes dignas de alabanza, así como la belleza suprema y todas las virtudes perfectas, exige esplendor, grandeza, reverencia y gloria. Es decir, posee todas las virtudes morales perfectas; esto solo sucede cuando el “Yalal” de Dios Altísimo desciende sobre una persona y esta lo manifiesta, expresándose así su elevada condición. Pero en el nombre Ahmad está implícita la cualidad de enamorarse, ya que alabar a alguien exige humildad, sumisión amorosa y mansedumbre. Este estado se denomina, en verdad, “Yamal”, pues está impregnado de un amor profundo, y esta condición requiere humildad y mansedumbre.

Nuestro Santo Profeta (sa) era eminentemente digno de amor, tal y como exige el nombre de Muhammad -es decir, era el amado de Dios Todopoderoso-, ya que ser “Muhammad”, que engloba todas las virtudes dignas de alabanza, es lo que origina ese estado de ser eminentemente digno de amor. Y el Santo Profeta (sa) también poseía las mejores cualidades de un amante tal y como exige el nombre Ahmad; es decir, el nombre Ahmad exige que posea la capacidad de amar, pues es esencial que el “hamid” [el que alaba] sea también “muhibb” [el que ama]. Una persona solo puede alabar a alguien de forma verdadera y perfecta cuando está enamorada -o, mejor dicho, profundamente enamorada- y, para ser un enamorado y un amante, es necesario ser sumiso y humilde. Estar profundamente enamorado exige mostrar humildad; nadie puede enamorarse profundamente simplemente ejerciendo su propio asombro e influencia.

Este es precisamente el estado de “Yamal” necesario para comprender la esencia del “ahmadí” (Ahmad). El amor que se derivaba oculto del nombre de Muhammad se manifestaba a través de los Compañeros. En cuanto a quienes se mostraban insultantes y rebeldes, el “Yalal” de ser los amados de Dios los sometió. Dado que el Santo Profeta (sa) era el amado de Dios, este manifestó Su Majestad, y ello se expresó a través de los Compañeros, gracias a lo cual los enemigos fueron aniquilados.

Para explicarlo con mayor detalle, el Mesías Prometido (as) afirma en una ocasión:

“Hay un secreto subyacente en los nombres benditos del Santo Profeta (sa), Muhammad y Ahmad, cada uno de los cuales encierra virtudes propias. El nombre Muhammad exige cualidades de gloria y grandeza majestuosa, ya que significa “aquel a quien se alaba inmensamente” y constituye un sello distintivo de quien es amado, pues a quien se ama se le alaba. Por lo tanto, ello requiere cualidades de gloria y majestad. Del mismo modo, el nombre Ahmad encierra en sí mismo las cualidades de un amante, ya que el amante es aquel que alaba. Así, del mismo modo que el nombre Muhammad, en su majestuosidad y en su condición de ser amado, aspira a la gloria y la grandeza, del mismo modo el nombre Ahmad, en su esplendor amoroso y devoto, aspira a la humildad y la mansedumbre. Este segundo nombre, Ahmad, refleja el atributo de la humildad y la mansedumbre”.

El secreto que se oculta tras estos nombres es que la vida del Santo Profeta (sa) se dividió, en esencia, en dos partes. La primera fue su vida en La Meca, que se prolongó durante trece años. La segunda transcurrió en Medina, donde permaneció diez años. Durante su estancia en La Meca contemplamos una manifestación de su nombre, Ahmad. En aquel tiempo, el Santo Profeta (sa) se dedicaba a llorar e implorar ante Dios Todopoderoso día y noche, y pasaba su tiempo buscando el auxilio divino y entregado a la oración (fue un periodo de extrema humildad y mansedumbre). Aunque estos estados persistieron también posteriormente, en aquella etapa solo se manifestaban estas características. Cualquiera que conozca profundamente la manera en que el Santo Profeta (sa) vivió durante aquella época sabe que ningún amante ha llorado ni gemido jamás con tanto fervor en busca de Su Amado como lo hizo el Santo Profeta (sa) durante su estancia en La Meca, y que nadie podrá jamás igualarlo en este sentido (el Mesías Prometido [as] pone como ejemplo cómo el Santo Profeta [sa] expresó sentirse absorto en su amor por Dios Altísimo. Aunque ese fue su estado durante toda su vida, constituyó especialmente el rasgo distintivo de aquella etapa).

Por lo tanto, las lamentaciones del Santo Profeta (sa) no eran por su propia alma, sino a causa de su claro conocimiento de la situación del mundo. El culto a Dios había desaparecido por completo. El alma y la naturaleza intrínseca del Santo Profeta (sa) estaban impregnadas de una fe en Dios Altísimo que lo colmaba de alegría y satisfacción. Como es natural, el Santo Profeta (sa) deseaba llenar también el mundo de ese gozo y esa felicidad. Pero, cuando dirigía su mirada al mundo, comprendió que sus capacidades y su naturaleza se habían deformado de manera extraña, y que les aguardaban innumerables dificultades y penalidades. En resumen, el Santo Profeta (sa) lloraba y se lamentaba por el estado del mundo con tal intensidad que estuvo a punto de perder la vida. A ello se refieren las siguientes palabras de Dios, el Altísimo:

[Árabe]

“¿Quizás te consumas de pena hasta morir porque ellos no creen?”.

Así era la vida del Santo Profeta (sa): imploraba humildemente una vida que constituía una manifestación de su nombre, Ahmad. Durante aquella época, el Santo Profeta (sa) permanecía sumido en una profunda contemplación. Los efectos de esa contemplación y de esas oraciones se hicieron evidentes durante su estancia en Medina, cuando se manifestó el nombre de Muhammad como se extrae de este versículo (la primera etapa de su vida fue una manifestación del nombre de Ahmad, y su vida en Medina constituyó una manifestación del esplendor de su nombre, Muhammad). Como se ha mencionado anteriormente, fue también gracias a los Compañeros como el enemigo fue derrotado, tal y como se desprende del siguiente versículo:

[Árabe]

“Y rezaron por la victoria, y gracias a ello todos los enemigos altivos de la verdad quedaron reducidos a la nada”.

Durante su estancia en Medina, cuando el enemigo se volvió feroz, fue entonces cuando se manifestaron las características del nombre del Santo Profeta (sa), “Muhammad”, y todos los enemigos fueron derrotados y aniquilados.

[Árabe]

Rogaron a Dios que les concediera la victoria y, como resultado, Dios Altísimo les otorgó el triunfo sobre el enemigo y concedió al Santo Profeta (sa) la victoria sobre sus adversarios, a quienes aniquiló.

En otro lugar, el Mesías Prometido (as) afirma:

“Por lo tanto, en diversas ocasiones, siempre que se observa que la humildad y la modestia del Santo Profeta (sa) alcanzan las cumbres de la perfección, parece que fue sostenido e iluminado por el socorro y la luz del Espíritu Santo en igual medida. Los hechos y las acciones de nuestro Santo Profeta (sa) lo demuestran con absoluta claridad. De hecho, el alcance de su luz y de sus bendiciones es tan vasto que puede observarse cómo su manifestación y su reflejo se extienden hasta la eternidad (este ejemplo permanecerá para siempre).

Por lo tanto, toda la generosidad y la gracia de Dios Altísimo que se derraman en estos momentos se reciben a través de la obediencia y la sumisión a nadie más que al Santo Profeta (sa).

Afirmo y proclamo con toda sinceridad, basándome en mi propia experiencia, que nadie puede practicar la verdadera virtud, alcanzar el agrado de Dios Altísimo y tener la fortuna de recibir los favores divinos, las bendiciones, las revelaciones, las verdades y las visiones concedidas a quien purifica su alma hasta el más alto grado, mientras no se sumerja por completo en la obediencia al Mensajero de Dios (sa). La prueba de ello se encuentra en la propia palabra de Dios Altísimo:

[Árabe]

“Di: ‘Si amáis a Dios, seguidme; así, Dios os amará’”

Soy una prueba práctica y viva de esta afirmación de Dios Altísimo (el Mesías Prometido [as] afirma que él es una manifestación tangible de esta afirmación, gracias a su amor por el Santo Profeta (sa), mediante el cual recibió las bendiciones de Dios, el Altísimo.) Reconocedme a la luz de los rasgos distintivos que caracterizan a los santos y a los amados de Dios Altísimo, tal y como establece el Sagrado Corán. Por ello, el Santo Profeta (sa) poseía una moral tan perfecta que, aunque una anciana le tomara de la mano, el Santo Profeta (sa) permanecía allí escuchándola atentamente y no la dejaba hasta que ella se marchaba”.

En una narración, la humildad y la sencillez del Santo Profeta (sa) se describen de la siguiente manera. Hazrat Anas bin Malik (ra) relata que el Santo Profeta (sa) visitaba a los enfermos, asistía a los cortejos fúnebres, montaba en burro -aunque se considerara un medio de transporte muy común- y aceptaba la invitación de un esclavo. El día de Banu Quraizah cabalgaba sobre un burro cuyas riendas estaban hechas de una cuerda tejida con corteza de palmera datilera, y cuya silla de montar también estaba fabricada con fibra de palmera datilera. En otras palabras, era extraordinariamente sencillo y modesto.

En otra narración, Hazrat Uzman (ra) afirmó durante un sermón:

“¡Por Dios! Permanecimos en compañía del Santo Profeta (sa) tanto durante los viajes como cuando estábamos en casa. El Santo Profeta (sa) visitaba a nuestros enfermos, nos acompañaba en los funerales y permanecía a nuestro lado en toda circunstancia y en todos los asuntos”.

Del mismo modo, Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo:

“Si me invitaran a comer la pata delantera o la pezuña de una oveja, sin duda aceptaría la invitación; y si me enviaran la pata delantera o la pezuña de una oveja como regalo, sin duda lo aceptaría”. Por lo tanto, incluso una invitación a algo muy sencillo o un humilde obsequio serían aceptados por el Santo Profeta (sa).

Hazrat Anas bin Malik (ra) cuenta:

“Un día, el Santo Profeta (sa) fue invitado a una comida compuesta de pan de cebada y manteca añeja, y aceptó la invitación con alegría”.

En otra narración, la sencillez de las comidas del Profeta se describe de la siguiente manera. Hazrat Anas bin Malik (ra) relata que un día un sastre invitó al Profeta (sa) a una comida que había preparado. Hazrat Anas bin Malik (ra) dice:

“Acompañé al Profeta (sa) a aquella comida”. Se sirvieron al Santo Profeta (sa) pan y un caldo con trozos de calabaza y pedazos de carne. Observé cómo el Santo Profeta (sa) buscaba en el cuenco los trozos de calabaza, dejando a un lado la carne”. Hazrat Anas dice: “Desde aquel mismo día, empecé a comer calabaza y a apreciarla”.

En este punto, me gustaría mencionar algo también para nuestros invitados, ya que esto les sirve igualmente de lección. Durante los días de Yalsa, sobre todo en el comedor, hay quienes se quejan de vez en cuando diciendo que no deberían darles patatas, sino únicamente carne. Por lo tanto, tengan siempre presente el ejemplo del Santo Profeta (sa). La comida se prepara en las proporciones y cantidades adecuadas, por lo que cada uno debe tomar lo que haya disponible y comer lo que se le ofrezca, ya sean verduras o carne, y hacerlo con satisfacción.

En la siguiente narración encontramos otro ejemplo que ilustra la consideración del Santo Profeta (sa) hacia los sentimientos de los demás y que pone de manifiesto su humildad. Hazrat Yabir ibn Abdul’lah (ra) relata que el Santo Profeta (sa) tomó de la mano a un leproso y le hizo comer del mismo cuenco que él. Entonces dijo: “Come en nombre de Dios, depositando toda tu confianza en Él”.

Del mismo modo, Hazrat Usamah bin Zaid (ra) relata que el Santo Profeta (sa) montaba un burro cubierto con un manto confeccionado en Fadak y que sentó a Hazrat Usamah bin Zaid detrás de él. No le importaba quién estuviera o no sentado a su lado.

Hazrat Abdul’lah ibn Abbas (ra) relata que, el Día del Sacrificio, el Santo Profeta (sa) sentó a Fadl ibn Abbas detrás de él, sobre el lomo de su camella.

Hazrat Anas (ra) narra que cuando el Santo Profeta (sa) entró en La Meca, la gente acudió a visitarlo. Debido a su humildad, tenía la cabeza tan inclinada que casi tocaba la silla de montar de su camello. Rodeado por la multitud, y a pesar de la victoria y del gran número de musulmanes, su bendita barba descendió con tal humildad que llegó a tocar, o estuvo a punto de tocar, la silla de montar. En aquel momento dijo:

[Árabe]

“¡Oh, Dios mío! En verdad la verdadera vida es la vida del Más Allá”.

Un ejemplo de su justicia, equidad, humildad y modestia fue que sentó a su lado a Usama, el hijo de su esclavo liberado Zaid bin Harizah, a pesar de la presencia de los jefes de los Quraish y de los hijos de Banu Hashim.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“La exaltación que se concede a los siervos especiales de Dios Altísimo se caracteriza por la humildad, mientras que la exaltación de Satanás va acompañada de arrogancia; es decir, encierra orgullo en sí misma.

Fíjaos en cómo nuestro Santo Profeta (sa) inclinó la cabeza y se postró tras la conquista de La Meca, exactamente de la misma manera en que solía inclinarse y postrarse durante los días de penurias y tribulaciones, cuando en esa misma La Meca se le oponía de todas las formas posibles y se le sometía a persecución. Al reflexionar sobre el estado en el que había partido de aquella ciudad y el estado en el que ahora regresaba, su corazón se colmó de gratitud hacia Dios y se postró”.

Así se menciona en una narración transmitida por Abdul’lah ibn Mas‘ud:

“El día de la batalla de Badr, se asignó un camello por cada tres hombres de nuestro grupo. Hazrat Abu Lubabah (ra) y Hazrat Ali (ra) formaban pareja con el Santo Profeta (sa). Cuando le correspondió al Santo Profeta (sa) bajar del caballo, los dos Compañeros le dijeron: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Caminaremos nosotros en su lugar; por favor, permanezca montado”.

En otra narración se relata que el Santo Profeta (sa) viajaba una vez con sus Compañeros y ordenó preparar una cabra para la comida. Una persona dijo: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Yo la sacrificaré”. Otro dijo: “Yo la despellejaré”. Un tercero dijo: “Yo la cocinaré”. Entonces, el Santo Profeta (sa) dijo: “Recoger la leña será mi responsabilidad”. Los Compañeros dijeron: “¡Oh, Mensajero de Dios! Nosotros nos encargaremos de ello por usted”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Sé que sois suficientes para mí, pero no deseo destacar entre vosotros, pues a Dios Altísimo no le agrada que un siervo busque prominencia entre sus compañeros”. Luego se levantó y comenzó él mismo a recoger la leña”. Prácticamente no hubo ocasión en la que el Santo Profeta (sa) no manifestara su humildad de manera notable.

En otra narración, Aswad relata que preguntó a Hazrat Aisha (ra) qué solía hacer el Santo Profeta (sa) en casa. Ella respondió:

“Se dedicaba a servir a su familia; es decir, les ayudaba en las tareas domésticas. Cuando llegaba la hora de la oración, salía a rezar”. Por lo tanto, esto encierra una lección para aquellos hombres que se niegan por completo a colaborar en las tareas del hogar, provocando así las quejas de sus esposas.

De manera similar, Hisham ibn Urwah narra de su padre que un hombre preguntó una vez a Hazrat Aisha (ra) si el Mensajero (sa) de Al’lah realizaba algún trabajo en casa. Ella respondió:

“Sí, el Mensajero de Al’lah (sa) remendaba sus propios zapatos, cosía su propia ropa y trabajaba en su casa, igual que cualquiera de vosotros trabaja en la suya”. Esto también pone de manifiesto que los Compañeros, siguiendo el noble ejemplo del Santo Profeta (sa), ayudaban a sus esposas en los asuntos domésticos. Sin embargo, también debe quedar claro que la responsabilidad principal del cuidado del hogar recae sobre la esposa, y esto no debe malinterpretarse como si las mujeres quedaran exentas de sus propias responsabilidades. No obstante, sigue siendo deber de los hombres ayudarlas y apoyarlas.

Asimismo, otra narración de Qasim afirma que se preguntó a Hazrat Aisha (ra) qué trabajo realizaba el Mensajero (sa) de Al’lah en casa. Respondió:

“Él no era más que un ser humano entre otros seres humanos. Limpiaba su ropa, ordeñaba sus cabras y se ocupaba personalmente de sus propias tareas”.

Otra narración de Hazrat Abu Burdah añade (ya se han mencionado narraciones similares anteriormente), además, que el Santo Profeta (sa) vestía prendas de lana, ataba sus propios animales y se acercaba personalmente a preguntar por sus invitados y a honrarlos. Él mismo (sa) les brindaba hospitalidad. Solía vestir todo tipo de ropa, incluso prendas toscas y ásperas, y su atuendo se distinguía por la sencillez.

Hazrat Amir bin Rabiah narra que un hombre dijo:

“Una vez acompañé al Santo Profeta (sa) de camino a la mezquita. Durante el trayecto, se rompió la correa de su sandalia, así que la tomé para repararla. El Santo Profeta (sa) me quitó la sandalia de la mano y dijo: ‘Este es un trato preferencial, y no me agrada el trato preferencial’”.

Hasanah bin Jalid (ra) y Suwa bin Jalid (ra) narran que ambos se presentaron ante el Mensajero (sa) de Al’lah mientras estaba ocupado reparando una pared o atendiendo algún trabajo de mantenimiento en una de sus casas. De este modo, él mismo realizaba las tareas domésticas con sus propias manos.

Asimismo, Sahih al-Bujari contiene un relato detallado sobre la construcción de Masllid Nabwi [la Mezquita del Profeta]. Cuando la camella del Santo Profeta (sa) se detuvo en un terreno perteneciente a dos muchachos jóvenes, él (sa) dijo: “Este lugar es adecuado para nosotros”. Aunque los muchachos no estaban dispuestos a aceptar el pago, el Santo Profeta (sa) les pagó el precio del terreno. Posteriormente, cuando comenzó la construcción de la mezquita, se unió a la gente y empezó él mismo a cargar ladrillos, participando personalmente en la labor de construcción.

De igual manera, Hazrat Bara ibn Azib (ra) narra:

“El día de la Batalla de la Trinchera vi al Mensajero (sa) cargando tierra, hasta el punto de que el polvo cubría el vello de su pecho”.

Hazrat Anas ibn Malik (ra) relata:

“Una mañana llevé a Abdul’lah ibn Abi Talhah ante el Mensajero de Al’lah (sa) para que alimentara al recién nacido con miel con su bendita mano. Encontré al Santo Profeta (sa) sosteniendo un instrumento utilizado para marcar animales (es decir, llevaron a un recién nacido para darle miel, mientras el Santo Profeta [sa] estaba ocupado con su trabajo). En su mano tenía un instrumento con el que se marcaban los animales para poder identificarlos, y el Santo Profeta (sa) estaba marcando los camellos destinados a la limosna”. Su práctica en todo asunto era que, siempre que tenía la oportunidad de realizar una tarea por sí mismo, la realizaba en lugar de pedir ayuda.

En una narración, Hazrat Abu Umamah al-Bahili relata que el Santo Profeta (sa) vino a nosotros apoyado en un bastón. Cuando lo vimos, nos pusimos de pie. Ante ello, el Santo Profeta (sa) dijo: “No hagáis esto, pues los persas se ponen de pie en honor a sus ancianos”. Le dijimos: “¡Oh Mensajero de Al’lah! Ruega a Dios por nosotros”. El Santo Profeta (sa) oró:

[Árabe]

“¡Oh Al’lah! Perdónanos, ten misericordia de nosotros, complácete con nosotros, acepta nuestras súplicas, admítenos en el Paraíso, sálvanos del Fuego y endereza todos nuestros asuntos”. El narrador dice que parecía que deseábamos que el Santo Profeta (sa) orara aún más por nosotros. Entonces, el Santo Profeta (sa) dijo:

“¿Acaso no he reunido todas las cosas para vosotros?” (significando que esta era una oración sumamente completa).

Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:

“El estado de humildad del Santo Profeta (sa) era tal que, a su llegada, impedía que la gente se pusiera de pie y decía: ‘Esta es la costumbre de los persas. No soy un rey; Dios Altísimo me ha hecho Profeta’”.

Así, el Santo Profeta (sa) estableció estándares de humildad sin parangón, y es este ejemplo el que debemos esforzarnos por seguir, para que también nosotros podamos experimentar la cercanía de Dios Altísimo.

Al exhortarnos, considerando el ejemplo del Santo Profeta (sa), el Mesías Prometido (as) afirma:

“En mi opinión, este es un excelente método para alcanzar la pureza, y no es posible hallar uno mejor: que una persona no se envanezca ni muestre arrogancia en ningún asunto, ni en el conocimiento, ni en el linaje, ni en la riqueza. Cuando Dios Altísimo concede la vista a una persona, esta percibe que toda luz capaz de liberarla de estas tinieblas procede únicamente del cielo, y que el hombre siempre necesita la luz celestial. Ni siquiera el ojo puede ver hasta que aparece la luz del Sol, que proviene del cielo. Del mismo modo, esa luz que elimina toda clase de oscuridad y produce, en su lugar, la luz de la rectitud y la pureza, procede únicamente del cielo. En verdad afirmo que la rectitud, la fe, la adoración y la pureza del hombre provienen del cielo, y esto depende de la gracia de Dios Altísimo. Si Él quiere, puede establecerla; y si Él quiere, puede retirarla. Por lo tanto, la verdadera comprensión consiste en que el hombre se considere crucificado y completamente inútil, y, al llegar al umbral de lo Divino, busque la gracia de Dios Altísimo con humildad y mansedumbre, y ore por esa luz de entendimiento que consume las pasiones del ego y crea en su interior una luz, fuerza y fervor para las buenas obras.

Entonces, si a una persona se le concede parte de esta gracia y su corazón se abre y se ilumina, no debe volverse arrogante ni orgullosa por ello. Antes bien, debe aumentar aún más en humildad y mansedumbre, pues cuanto más insignificante se considere una persona, más descenderán sobre ella las manifestaciones y la luz de Dios Altísimo, lo cual le otorgará fortaleza. Si una persona mantiene esta creencia, entonces se considera que, por la gracia de Dios Altísimo, su condición moral será excelente. Considerarse importante en este mundo es, en sí mismo, arrogancia, y esta condición se desarrolla en la persona. Posteriormente, se apodera de ella tal estado que maldice a los demás y los considera despreciables”.

El Mesías Prometido (as) afirma además:

“El hombre, que no es sino una humilde criatura, se considera inmune a las consecuencias de sus actos y, como resultado, desarrolla orgullo y arrogancia. Mientras una persona no se considere la más insignificante en el camino de Dios, no podrá alcanzar la salvación. Kabir Bhagat Kabir, poeta sufí de la India, dijo la verdad cuando afirmó:

‘Es mi fortuna haber nacido en una familia humilde, pues saludo a todos. Si hubiera nacido en la opulencia, ¿cómo habría encontrado a Dios?’.

“Es decir, toda alabanza pertenece a Dios Altísimo, porque he nacido en un hogar humilde; si hubiera nacido en una familia noble, no habría encontrado a Dios”. Mientras otros se enorgullecían de su casta superior, Kabir, cuya familia se dedicaba al tejido, reflexionaba sobre sus orígenes y se sentía agradecido. Así, en todo momento, el hombre debe examinarse a sí mismo y reflexionar sobre su insignificancia. ¿Cuál es su valor? Todo ser humano, por noble que sea su linaje, si reflexiona sinceramente sobre sí mismo, de una forma u otra -siempre que tenga ojos para ver- llegará a considerarse insignificante e inútil ante el universo entero. Hasta que una persona no trate a una anciana pobre e indefensa con la misma moral con la que muestra, o debería mostrar, a una persona de alto estatus y rango, y hasta que no se preserve de toda forma de orgullo, arrogancia y altivez, jamás podrá entrar en el reino de Dios Altísimo”. Si uno desea alcanzar a Dios Altísimo, la humildad es absolutamente necesaria.

¡Que Dios Altísimo nos permita comprender la verdadera naturaleza de la humildad y mantener siempre presente el bendito ejemplo del Santo Profeta (sa)!

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