La generosidad ejemplar del Profeta (sa): Lecciones de su vida
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Hoy presentaré algunas narraciones relacionadas con la generosidad y la munificencia del Santo Profeta (sa).
En una narración se registra que Hazrat Abu Said Judri (ra) relata que algunas personas de entre los Ansar pidieron algo al Santo Profeta (sa), y él se lo concedió. Volvieron a pedírselo y nuevamente les dio algo. Se lo solicitaron una vez más y él volvió a concedérselo, hasta tal punto que todo cuanto poseía se agotó. Entonces, el Santo Profeta (sa) dijo:
“Cualquier riqueza que posea, ciertamente no os la ocultaré. Sin embargo, a quien se abstenga de pedir, Dios Altísimo también lo protegerá” (al mismo tiempo, también ofreció orientación acerca de cómo implorar a otros para recibir algo). “Quien procure ser autosuficiente a partir de las riquezas mundanas, Dios Altísimo le concederá esa autosuficiencia. Y quien persevere con paciencia en una lucha interior, Dios Altísimo le concederá paciencia. A nadie se le ha concedido una bendición mayor y mejor que la paciencia”.
En ciertas dificultades, adversidades y necesidades, es fundamental mantener la paciencia, pues Dios Altísimo recompensa a quien la posee.
Hazrat Ibn Umar (ra) relata que, en una ocasión, estábamos de viaje junto al Santo Profeta (sa), y yo montaba un camello joven, fuerte y brioso que pertenecía a mi padre, Hazrat Umar (ra). El camello me superaba y se adelantaba a los demás. Hazrat Umar (ra) le reprendió; es decir, fue firme con él, le impedía avanzar, le llamaba la atención y le detenía (o bien lo golpeaba ligeramente o le asustaba un poco; en cualquier caso, empleó cualquiera de los métodos que suelen utilizarse para espolear o detener a un camello y, posteriormente, el animal quedó detrás de los demás).
Sin embargo, volvió a adelantarse a las monturas de la gente, y Hazrat Umar (ra) de nuevo le reprendió una vez más y le hizo retroceder. Lo hacía por respeto al Santo Profeta (sa), para que ninguna montura ni ningún jinete se adelantara al Santo Profeta (sa). Hazrat Umar (ra) no podía tolerar que jinete o montura alguna se adelantara a la montura del Santo Profeta (sa). Al observar esto, el Santo Profeta (sa) dijo a Hazrat Umar (ra): “Véndame este camello”. Él respondió: “¡Oh Mensajero de Al’lah! Es suyo”. El Santo Profeta (sa) dijo: “¡Véndemelo!”.
En consecuencia, se lo vendió al Santo Profeta (sa). Después de esto, el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Oh Abdul’lah bin Umar! Este camello ahora te pertenece. Haz con él lo que quieras”.
Es una forma extraordinaria de hacer un regalo. Al mismo tiempo, el Santo Profeta (sa) les demostró y aclaró que el camello era simplemente un animal y que no había ningún daño en que avanzara de aquella manera. [El Santo Profeta (sa) añadió:] “Este camello lo he ofrecido como regalo, e incluso si se adelantara a las demás monturas, simplemente se diría que el camello que fue obsequiado por el Santo Profeta (sa) se ha adelantado”.
Hazrat Yabir bin Abdul’lah (ra) relata:
“Estuve con el Santo Profeta (sa) en una de las expediciones militares. Mi camello había disminuido su ritmo y estaba exhausto. Cuando quedó agotado, el Santo Profeta (sa) vino hacia mí y me dijo: ‘¡Yabir!’. Le respondí: ‘Sí’. Preguntó: ‘¿Qué tal estás?’. Dije: ‘Mi camello se ha vuelto lento para caminar y se ha cansado; por ello me he quedado atrás’. Entonces, el Santo Profeta (sa) desmontó de su montura y comenzó a tirar de mi camello con su bastón. Después dijo: ‘¡Móntale!’. Entonces me subí a él y vi que se volvió tan veloz que incluso comenzó a avanzar delante del Santo Profeta (sa), por lo que tuve que sujetarlo.
El Santo Profeta (sa) me preguntó entonces: ‘¿Te has casado?’. Le respondí: ‘Sí’. Después de esto dijo: ‘¡Mira! Estás a punto de llegar a tu casa. Cuando llegues, actúa con prudencia y cuidado’ (significaba que debe haber un trato amable y bueno dentro del hogar). Luego dijo: ‘¿Me venderías este camello?’. Le respondí: ‘Sí’. Así, el Santo Profeta (sa) me lo compró por un Auqiyyah de plata [unidad de medida equivalente a 37 gramos].
Posteriormente, el Santo Profeta (sa) llegó a Medina antes que yo, mientras que yo llegué a la mañana siguiente. Al llegar a la mezquita, le encontré en la puerta. Dijo: ‘¿Acabas de llegar?’. Respondí: ‘Sí’. Dijo: ‘Deja tu camello, entra en la mezquita y realiza dos rakats de oración’.
Así pues, entré y recé. Entonces, el Santo Profeta (sa) dijo a Hazrat Bilal (ra): ‘Pesa un Auqiyyah de plata y dáselo’. Hazrat Bilal (ra) lo pesó y me lo entregó, inclinando la balanza a mi favor; es decir, me dio un poco más.
Entonces me di la vuelta y comencé a marcharme. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘Llamen a Yabir y díganle que venga conmigo’. Pensé para mis adentros: ‘Ahora me va a devolver mi camello’, y no había nada que me disgustara más que lo devolviera después de haberlo comprado. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘Toma tu camello, y lo que has pagado también es para ti’.
Otra narración afirma igualmente que Hazrat Yabir (ra) dijo: “Después de esto, pasé junto a un judío. Cuando le relaté todo lo sucedido, quedó sumamente asombrado y me preguntó: ‘¿También te devolvió el precio y el camello?’. Respondí: ‘Sí, así fue como sucedió’”.
Hazrat Yabir (ra) dice: “Tan grande fue la bendición depositada en este regalo del Santo Profeta (sa), que el camello permaneció vivo durante toda la bendita era del Santo Profeta (sa), durante la era de Hazrat Abu Bakr (ra) y hasta la era de Hazrat Umar (ra)”.
Fue el impacto del ejemplo del Santo Profeta (sa), su Tarbiyyat [formación espiritual] y su poder espiritual lo que influyó en todos los compañeros.
Hazrat Jadiya (ra) también se vio influenciada por ello, y fue precisamente por esta razón por la que le confió su riqueza sin temor alguno a las dificultades.
Así, se narra que el Santo Profeta (sa) se acercó a Hazrat Jadiya (ra) con un semblante algo preocupado. Hazrat Jadiya (ra) le preguntó: “¿Qué ha sucedido?”. Respondió: “Es una época de hambruna. Me avergüenza que, si gasto mi riqueza, la tuya pueda desaparecer; y si no la gasto, temo a Al’lah”. Entonces Hazrat Jadiya (ra) reunió a los Quraish, entre quienes se encontraba Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra).
Hazrat Abu Bakr (ra) relata:
“Hazrat Jadiya (ra) sacó dinares y los apiló; y era tal la abundancia de riqueza que ni siquiera pude ver quién estaba sentado frente a mí. Entonces Hazrat Jadiya (ra) dijo: ‘Dad testimonio de que toda esta riqueza pertenece al Santo Profeta (sa). Si desea gastarla, puede hacerlo; y si desea conservarla, puede conservarla’. De esta manera, se la entregó para tranquilizarlo, como si dijera: “Está bien, puedes gastarla”.
Hazrat Umar bin Al-Jattab (ra) relata que, en cierta ocasión, una persona se presentó ante el Santo Profeta (sa) y le pidió que le diera algo. El Santo Profeta (sa) declaró: “En este momento no tengo nada. Puedes comprar los artículos que necesites y, cuando reciba algo, los pagaré”. Ante esto, Hazrat Umar (ra) dijo: “¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! Ya le ha dado algo antes, y Dios Altísimo no le ha hecho responsable de aquello que está más allá de sus posibilidades”.
El Santo Profeta (sa) mostró su desaprobación ante las palabras de Hazrat Umar (ra). Entonces, un hombre de los Ansar dijo: “¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! Gaste y no tema quedar en la pobreza por causa del Señor del Trono”. Al escuchar este comentario del hombre Ansari, el Santo Profeta (sa) sonrió y las expresiones de felicidad comenzaron a aparecer en su rostro. Entonces dijo: “Esto es precisamente lo que se me ha ordenado”.
Hazrat Abu Hurairah (ra) solía decir que los Ahl al-Suffah eran los huéspedes de los musulmanes. No tenían hogar donde descansar ni nadie con quien alojarse. Siempre que llegaba alguna limosna al Santo Profeta (sa), la enviaba a quienes tenían derecho a recibirla y no tomaba nada para sí mismo. En cualquier caso, no aceptaba caridad, pues le estaba prohibida y estaba destinada a los pobres. Sin embargo, siempre que recibía un regalo, llamaba a los Ahl al-Suffah para que lo compartieran; él mismo participaba de él y lo distribuía entre ellos.
Los elevados estándares de generosidad, compasión y formación moral que demostró el Santo Profeta (sa) pueden apreciarse también en la siguiente narración.
Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que, en cierta ocasión, un beduino se acercó al Santo Profeta (sa) y le pidió ayuda respecto a alguna necesidad. El narrador, Ikrimah, dice que pensó que aquel hombre había venido a solicitar ayuda para pagar una indemnización por derramamiento de sangre. El Santo Profeta (sa) le dio algo y luego le preguntó: “¿Te he tratado con amabilidad?”. El beduino respondió: “¡No! No me ha tratado bien”. Algunos musulmanes se enfadaron y quisieron acercarse a él para enfrentarse con él, pero el Santo Profeta (sa) los detuvo con un gesto. Entonces el Santo Profeta (sa) se levantó, fue a su casa y llamó al beduino a su hogar. Le dijo: “Viniste a nosotros y nos pediste algo. Te dimos algo y, aun así, dijiste lo que dijiste (es decir, que había afirmado que él había sido injusto). Entonces el Santo Profeta (sa) le dio algo más de lo que tenía en su casa y le preguntó: “¿Te he tratado con amabilidad?”. El beduino respondió: “¡Sí! Que Dios recompense a su familia y a su pueblo con la mejor recompensa”.
Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: “Viniste a nosotros y nos pediste; te dimos, pero hablaste según lo que te vino a la mente. Ahora mis compañeros se sienten molestos por lo que dijiste. Por ello, cuando vuelvas a salir, di ante ellos lo que acabas de decirme, para que desaparezca cualquier sentimiento que aún permanezca en sus corazones (es decir, debía repetir ante los compañeros que el Santo Profeta (sa), en efecto, lo había tratado con amabilidad).
El narrador dice que, cuando el beduino regresó, el Santo Profeta (sa) dijo: “Este compañero vuestro vino a nosotros y nos pidió, por lo que le dimos; sin embargo, dijo lo que le vino a la mente. Después le llamamos, le dimos más, y ahora afirma estar complacido. ¿Es así?”. El beduino respondió: “Sí, y que Dios le recompense a usted, a su familia y a su pueblo con la mejor recompensa”.
Hazrat Abu Hurairah (ra) narra que, entonces, el Santo Profeta (sa) dijo: “Mi ejemplo y el ejemplo de este beduino son como el de una persona cuya camella huyó asustada. La gente salió corriendo tras ella, pero eso solo hizo que se alejara más. Entonces su dueño dijo: ‘Dejadme a mí y a mi camella, pues yo sé mejor cómo tratar con ella y la trataré con mayor suavidad. Si continuáis persiguiéndola, únicamente se alejará más’. Entonces el dueño se acercó a la camella llevando algo de hierba para atraerla. Sostenía la hierba en la mano mientras se aproximaba. La atrajo hacia sí hasta que ella se acercó; después le colocó la silla de montar para montar sobre ella”.
El Santo Profeta (sa) explicó: “La camella se acerca a la hierba. Cuando la ve, se aproxima; y cuando está cerca, puede colocársele la silla de montar”. Luego añadió: “Si hubiera aceptado vuestra sugerencia cuando queríais tratar con dureza a este beduino por causa de sus ásperas palabras, y os hubiera permitido actuar con severidad, habría terminado él en el fuego del Infierno. Pero yo lo salvé, y además ha quedado satisfecho”.
Así era como el Santo Profeta (sa) daba a los demás. Incluso llevó al beduino a su propia casa y le recompensó desde allí. Podría haber traído algo desde fuera y entregárselo allí mismo, pero prefirió mostrarle: “Mira, tampoco existen lujos ni comodidades mundanas en mi hogar, y aun así, todo cuanto poseo te lo estoy dando”. De esta manera, también el corazón del beduino quedó tranquilo.
Hazrat Rubayyi bint Mu‘awwidh bin ‘Afra (ra) narra que su padre, Mu‘awwidh bin ‘Afra, la envió al Santo Profeta (sa) con un Sa de dátiles frescos, sobre los que había colocado pequeños pepinos frescos, pues al Santo Profeta (sa) le gustaban los pepinos. En aquel mismo momento habían llegado joyas desde Baréin para el Santo Profeta (sa). Tomó un puñado de aquellos adornos y se los entregó.
Otra narración afirma que el Santo Profeta (sa) llenó las manos de ella con joyas u oro y luego dijo: “¡Ponte esto!”. Así era la hermosa manera en que correspondía a un regalo. A cambio de dátiles y pepinos, le obsequió joyas de oro.
Hazrat Abu Hurairah (ra) narra que, siempre que se presentaba ante el Santo Profeta (sa) el funeral de una persona que había dejado deudas pendientes, preguntaba si el difunto había dejado alguna riqueza con la que pudiera saldarse la deuda. Si la gente respondía afirmativamente, el Santo Profeta (sa) dirigía la oración fúnebre. De lo contrario, decía a los musulmanes: “Vosotros realizad la oración fúnebre de vuestro compañero”.
Más tarde, cuando Dios concedió al Santo Profeta (sa) victorias, dijo: “Estoy más cerca de los musulmanes que incluso sus propios familiares. Por lo tanto, si algún creyente fallece dejando una deuda sin pagar, la responsabilidad de saldarla recaerá sobre mí; y si alguien deja riqueza, entonces esa riqueza pertenecerá a sus herederos”. En otras palabras, si existía una deuda, el Santo Profeta (sa) asumía la responsabilidad de pagarla; pero, si se dejaba una herencia, esta pertenecía a los herederos legítimos.
Abdul’lah al-Hauzani narra: “Me encontré con Bilal – el muadhin [quien realizaba la llamada a la oración] del Santo Profeta (sa) – en Alepo y le dije: ‘¡Oh Bilal! Cuénteme cómo gestionaba sus gastos el Santo Profeta (sa)’. Respondió: ‘Nada poseía para sí mismo; yo era quien se ocupaba de todos sus asuntos. Desde el momento en que fue designado como Profeta, desde el instante en que le juré lealtad, fui yo quien gestionó todo hasta el fallecimiento del Santo Profeta (sa). Siempre que un musulmán acudía a él y el Santo Profeta (sa) veía que carecía de ropa, me daba instrucciones, y yo iba a pedir dinero prestado, compraba una prenda para aquella persona, la vestía y la alimentaba; hasta que, cierto día, un comerciante politeísta se acercó a mí y me dijo: ‘¡Oh Bilal! Poseo abundante riqueza; no pidas prestado a nadie más que a mí’. Y así continué haciéndolo’”.
Continúa: “Un día había realizado la ablución y me encontraba de pie para hacer la llamada a la oración cuando aquel mismo politeísta llegó acompañado de un grupo de comerciantes. Cuando me vio, exclamó: ‘¡Oh abisinio!’. Dije: ‘Sí’. Me miró con desprecio y se dirigió a mí con dureza. Dijo: ‘¿Sabes cuántos días quedan entre hoy y el final del mes?’ – es decir, el plazo que habíamos acordado para el pago de la deuda (en una fecha determinada o dentro de un mes) -. ‘¿Sabes cuántos días quedan?’”.
Hazrat Bilal (ra) dice: “Le respondí que el momento estaba próximo; yo era consciente de ello”. Entonces dijo: “Solo faltan cuatro días para la fecha de pago y, debido a lo que me debes, te apresaré y te devolveré al estado en que te encontrabas antes: pastoreando ovejas y cabras”.
Hazrat Bilal (ra) dice: “Mi corazón sintió lo que sentiría el corazón de cualquier hombre en una situación semejante. Una profunda angustia se apoderó de mí. Continué hasta que hubimos rezado Isha y el Santo Profeta (sa) regresó junto a su familia. Solicité permiso para acudir a él y me lo permitió por la noche. Dije: ‘¡Oh Mensajero (sa) de Dios! ¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por usted! El politeísta de quien acostumbraba a pedir prestado me ha dicho esto y aquello. Usted no tiene nada con lo que pueda liquidar esto en mi nombre – pues yo pedía prestado por instrucción del Santo Profeta (sa) para entregárselo a determinadas personas -, y ahora ni usted tiene nada ni yo tampoco, mientras que él tiene la intención de humillarme. Concédame permiso para dirigirme a una de las tribus que han abrazado el islam, hasta que Dios provea a Su Mensajero (sa) de aquello con lo que pueda pagarse lo que debo”.
Hazrat Bilal (ra) relata: “Marché y regresé a mi casa. Tras solicitar permiso al Santo Profeta (sa), volví a mi hogar y coloqué mi espada, mi bolsa, mis sandalias y mi escudo junto a mi cabeza, con la intención de partir al amanecer; en cuanto despuntara el alba, emprendería el viaje. Ésa era mi firme determinación”.
Por la mañana, un hombre llegó corriendo y exclamó: ‘¡Oh Bilal! ¡Preséntate ante el Santo Profeta (sa)!’. Así pues, me dirigí hacia él y, en lugar de emprender el viaje que había planeado, acudí al Santo Profeta (sa) cuando me llamó. Allí encontré cuatro camellas cargadas de mercancías. Le pedí permiso para partir, diciendo: ‘¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! Estoy a punto de emprender mi viaje’. El Santo Profeta (sa) me respondió: ‘Alégrate, pues Dios ha dispuesto los medios para saldar tu deuda’. Luego añadió: ‘¿No viste aquellas cuatro camellas arrodilladas?’. Respondí: ‘Sí, ciertamente las vi’. Dijo: ‘Son tuyas, con sus cabestros y cuanto transportan. Sobre ellas hay vestimentas y grano que me han sido enviados como obsequio por el jefe de Fadak. Tómalas y paga tu deuda’”.
Hazrat Bilal (ra) continúa diciendo:” Hice exactamente lo que se me había indicado. Después fui a la mezquita, donde el Santo Profeta (sa) estaba sentado. Le saludé y me preguntó: ‘¿Qué ocurrió con el asunto que estabas gestionando?’. Respondí: ‘Todas las obligaciones que el Santo Profeta (sa) tenía pendientes en su nombre, Dios las ha liquidado por completo. No queda nada por pagar’. El Santo Profeta (sa) preguntó: ‘¿Ha quedado algo sobrante?’. Respondí: ‘Sí’. Entonces dijo: ‘Tranquilízame en lo que respecta a esta riqueza; lo que haya quedado, distribúyelo entre los pobres, pues no regresaré junto a mi familia hasta que lo hayas hecho y mi corazón quede en paz”.
Cuando el Santo Profeta (sa) hubo rezado Isha, me llamó y preguntó: ‘¿Qué ocurrió con aquello que te encomendé? (es decir, qué había sucedido con la riqueza restante cuya distribución me había ordenado)’. Respondí: ‘Nadie ha venido a recibirla; todavía permanece conmigo tal como estaba’. Entonces el Santo Profeta (sa) pasó aquella noche en la mezquita y dijo: ‘¡Muy bien! Entonces yo tampoco regresaré a casa. Permaneceré en la mezquita’.
Al día siguiente, después de haber rezado Isha, volvió a llamarme y preguntó: ‘¿Qué ocurrió con el asunto que tenías entre manos?’. Respondí: ‘¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! Dios le ha librado ya de ello’ (es decir, la riqueza había sido distribuida). Entonces el Santo Profeta (sa) alabó y glorificó a Dios, pues temía que la muerte pudiera sobrevenirle mientras aquella riqueza permaneciera aún en su posesión’”.
Hazrat Bilal (ra) relata además: “Después le seguí mientras se dirigía a las habitaciones de cada una de sus esposas. Saludaba a cada una de ellas y, posteriormente, se retiró al lugar donde habría de pasar la noche”.
Hazrat Umm Sunbulah (ra) narra: “Me presenté ante el Santo Profeta (sa) con un regalo, pero las esposas del Santo Profeta (sa) rehusaron aceptarlo, diciendo: ‘Nosotras no aceptamos regalos’. Entonces llegó el Santo Profeta (sa) y dijo: ‘Aceptad el regalo de Umm Sunbulah, pues ella pertenece a nuestra gente del campo y nosotros pertenecemos a la gente de su pueblo’”. A continuación, él mismo aceptó su obsequio y, a cambio, le concedió un valle. Aceptó su regalo y, en correspondencia, le otorgó toda una región. Como ya se ha mencionado anteriormente, mostraba una generosidad sin límites incluso ante el más modesto de los presentes.
Hazrat Ibn Umar (ra) relata: “El Santo Profeta (sa) ordenó que se concediera a Hazrat Zubair (ra) tanta tierra como pudiera recorrer su caballo; en otras palabras: ‘¡Adelante! Monta tu caballo, y toda la tierra hasta donde llegue será tuya’. Tras las conquistas, los musulmanes quedaron en posesión de extensos territorios. Entonces Hazrat Zubair (ra) cabalgó hasta que su caballo se detuvo. Cuando el animal se paró, deseó aún un poco más de terreno, por lo que lanzó el látigo que llevaba en la mano a una considerable distancia. Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: ‘Concededle la tierra hasta donde haya llegado su látigo’”.
Hazrat Jubair bin Mutim (ra) relata que, en cierta ocasión, viajaba junto al Santo Profeta (sa) y otras personas durante el regreso de Hunain. Un grupo de beduinos se acercó al Profeta (sa) por el camino y comenzó a importunarle con sus peticiones. Le rodearon con tanta insistencia que llegaron a empujarle contra una acacia, y su manto quedó enganchado entre las ramas. Algunas narraciones incluso mencionan que, cuando el manto quedó atrapado, comenzaron a tirar de él hasta dejar señales en su cuello. Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: “Devolvedme mi manto. Sabed que, si poseyera tantas riquezas como el número de estos arbustos espinosos, sin duda las repartiría todas entre vosotros, y jamás me encontraríais avaro, ni mentiroso, ni cobarde”.
Al referirse a este incidente, Hazrat Musleh Maud (ra) escribe:
“Tras la conquista de La Meca y la batalla de Hunain, la riqueza recaudada mediante las multas impuestas a los enemigos derrotados y los bienes abandonados en el campo de batalla debía ser distribuida por el Santo Profeta (sa), conforme a la práctica establecida, entre el ejército musulmán. Sin embargo, en esta ocasión, en lugar de repartir aquella riqueza entre los musulmanes, el Santo Profeta (sa) la distribuyó entre los habitantes de La Meca y de sus alrededores.
La fe aún no había echado raíces profundas en los corazones de aquellas personas. Muchos seguían sin creer, e incluso quienes habían aceptado el islam lo habían hecho muy recientemente. Para ellos, la idea de compartir la riqueza con los demás era algo completamente nuevo. Sin embargo, en lugar de que aquella distribución despertara en sus corazones sentimientos de bondad y rectitud, su codicia se incrementó aún más. Se agolparon alrededor del Santo Profeta (sa) y comenzaron a acosarle con nuevas exigencias hasta que, empujándole y apretujándole, le obligaron a retroceder hasta quedar contra un árbol. Una persona llegó incluso a agarrar la capa que reposaba sobre su bendito hombro y la retorció con tal fuerza que comenzó a ahogarle.
El Santo Profeta (sa) dijo: ‘¡Oh pueblo! Si tuviera algo más, también os lo daría. Nunca me veréis ser mezquino ni cobarde’. Después se dirigió a su camella, arrancó un pelo, lo levantó ante ellos y dijo: ‘¡Oh pueblo! No necesito vuestra riqueza, ni siquiera una cantidad equivalente a este pelo, salvo la quinta parte que, según la ley de Arabia, corresponde al gobierno. Ni siquiera empleo esa quinta parte para mí mismo, sino que la destino a vuestro beneficio. Recordad también que quien actúe con deshonestidad será desacreditado ante Dios el Día del Juicio a causa de su deshonestidad’”.
Tras relatar este suceso, Hazrat Musleh Maud (ra) comenta: “Hay quien afirma que el Santo Profeta Muhammad (sa) deseaba reinados. Pero ¿es así como se relacionan los reyes con sus súbditos? ¿Quién tendría el poder de empujar de ese modo a un rey, agarrar su capa y comenzar a estrangularlo? ¿Quién, aparte de los profetas de Dios, puede ofrecer un ejemplo semejante?”.
Durante la batalla de Tabuk, el Santo Profeta (sa) recibió un hermoso caballo cuyo relincho le resultaba muy agradable. Un hombre de los Ansar dijo al Santo Profeta (sa): “¡Que mi madre y mi padre sean sacrificados por usted! Por favor, concédame este caballo”. El Santo Profeta (sa) respondió: “¡Es tuyo!”.
Hazrat Aisha (ra) relata que, durante la enfermedad que precedió al fallecimiento del Santo Profeta (sa), él (sa) dijo: “¡Oh Aisha! ¿Qué ha sido del oro?”. Ella tomó entre cinco y nueve monedas de oro que había en la casa y se las entregó. Mientras las hacía girar entre sus manos, el Santo Profeta (sa) dijo: “¿Cómo comparecería Muhammad (sa) ante Dios Altísimo si se encontrara con Él teniendo aún este oro en su poder? ¡Oh Aisha!, gasta este oro” (es decir, le ordenó que lo repartiera).
En una ocasión, el Mesías Prometido (as) declaró: “Una vez, el Santo Profeta (sa) llegó a su casa y preguntó: ‘¿Qué tenemos en casa?’. Aisha (ra) sacó dos monedas de oro, se las entregó y dijo: ‘Esto es todo lo que tenemos’. El Santo Profeta (sa) las colocó sobre la palma de su mano y dijo: ‘¿En qué situación se encuentra aquel profeta que deja tras de sí dos monedas de oro?’. Entonces las repartió inmediatamente”.
En cuanto al reparto del botín de la batalla de Hunain, consta que fueron capturados seis mil prisioneros de guerra, hombres y mujeres, como parte del botín; algunas narraciones elevan incluso la cifra a ocho mil. Había veinticuatro mil camellos, más de cuarenta mil ovejas y cabras, y cuatro mil Auqiyah de plata, equivalentes aproximadamente a 490 kilogramos. Una Auqiyah equivale a diez Tolas y media.
Cuando el Santo Profeta (sa) comenzó a distribuir el botín, lo utilizó en primer lugar para estrechar los lazos de amistad con las figuras más destacadas de entre los árabes y con los hombres de honor e influencia dentro de sus respectivas tribus. El Santo Profeta (sa) les concedió regalos para acercarlos a él. A algunos les entregó cien camellos; a otros, cincuenta, además de plata y prisioneros. A Abu Sufián bin Harb le fueron entregados cien camellos. Cuando Abu Sufián compareció ante el Santo Profeta (sa), vio un montón de plata ante él y dijo: “¡Oh Mensajero (sa) de Dios! Se ha convertido en el más rico de los Quraish”. El Santo Profeta (sa) sonrió y le entregó cuarenta Auqiyah de plata y cien camellos. Abu Sufián dijo entonces: “Por favor, conceda también algo a mi hijo Yazid”. El Santo Profeta (sa) ordenó que se le entregaran igualmente cuarenta Auqiyah de plata y cien camellos (este Yazid era hijo de Abu Sufián, no el infame Yazid; este último era nieto de Abu Sufián e hijo de Hazrat Mu‘awiyah).
En cualquier caso, Abu Sufián dijo después: “¡Oh Mensajero (sa) de Dios! Por favor, conceda también algo a mi otro hijo, Mu‘awiyah”. El Santo Profeta (sa) ordenó que se le entregaran igualmente cuarenta Auqiyah de plata y cien camellos. Ante esto, Abu Sufián exclamó: “¡Que mi madre y mi padre sean sacrificados por usted! Es verdaderamente generoso. Luché contra usted y demostró ser un magnífico guerrero. Después hice las paces con usted, y cuán excelentemente sabe hacer las paces. ¡Que Dios le conceda la mejor recompensa!”.
Entre quienes se beneficiaron de la generosidad y los obsequios del Santo Profeta (sa) se encontraba Safwan ibn Umayyah, uno de los jefes de La Meca. Era el mismo Safwan al que el Santo Profeta (sa) había pedido prestadas armaduras y armas para la batalla de Hunain. Aunque Safwan había participado en la batalla de Hunain siendo aún politeísta, fue precisamente durante aquella batalla cuando su corazón comenzó a cambiar. Cuando llegó el momento de repartir el botín, el Santo Profeta (sa) le concedió cien camellos; según una narración recogida en Sahih Muslim, le concedió trescientos camellos.
Otra narración relata que, en aquellos días, el Santo Profeta (sa) atravesó un valle repleto de camellos y cabras procedentes del botín de guerra. Safwan contemplaba con asombro aquella abundancia de riquezas. Entonces, el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Oh, Abu Wahb! (este era ese el apodo familiar de Safwan), ¿te ha sorprendido este valle?”. Respondió: “Sí”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Todo eso es tuyo. Tómalo”. Safwan exclamó de inmediato: “Doy testimonio de que eres el Profeta de Dios, pues sólo un profeta podría dar de esa manera”.
Según otra narración, el propio Safwan ibn Umayyah afirmaba: “El Santo Profeta (sa) siguió dándome parte del botín de Hunain hasta tal punto que, mientras que antes era la persona que más me desagradaba de entre toda la creación, pasó a ser la persona que más amaba de entre toda la creación”.
En definitiva, el Santo Profeta (sa) continuó haciendo donaciones a diversos jefes de Arabia; se dice que su número superó los cincuenta.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“En una ocasión, el Santo Profeta (sa) poseía un gran rebaño de cabras y ovejas. Un incrédulo dijo: ‘Tiene tal cantidad de cabras y ovejas que ni siquiera César ni Cosroes poseen tantas’. El Santo Profeta (sa) regaló a aquel hombre todo el rebaño. El hombre aceptó al Santo Profeta (sa) de inmediato y comprendió que sólo un profeta podía hacer gala de una generosidad tan magnífica”.
A continuación, el Santo Profeta (sa) ordenó a Hazrat Zaid bin Zabit (ra) que convocara al resto de la gente. La riqueza que quedó fue repartida entre ellos, y cada uno recibió cuatro camellos o cuarenta ovejas. Así pues, el Santo Profeta (sa) distribuyó la totalidad del botín de guerra, que hasta aquel momento constituía la mayor cantidad de riqueza jamás obtenida [en concepto de botín].
Este aspecto del carácter bendito del Santo Profeta (sa) merece una profunda reflexión. Los detractores sostienen que los musulmanes eran pobres y carecían de riqueza, y que, por tanto, las guerras se iniciaban con el fin de obtener beneficios materiales. Si hubiera existido siquiera una pizca de verdad en esta afirmación, el botín de Hunain se habría repartido de una manera muy distinta. Sin embargo, encontramos aquí que una parte sustancial del botín se destinó a ganarse los corazones y a fomentar la reconciliación de quienes no eran musulmanes. Fue concedido a los jefes de los Quraish y, según algunas narraciones, toda la riqueza se distribuyó entre los demás. Aunque es posible que existieran otras razones y consideraciones que justificaran esta decisión, el mundo fue testigo de que el Santo Profeta (sa) no reservó nada para sí mismo. De hecho, ni siquiera sus devotos y leales compañeros – los Ansar de Medina – recibieron parte alguna de este botín o, en todo caso, sólo una porción muy pequeña.
El día de la batalla de Hunain, una mujer se presentó ante el Santo Profeta (sa) y recitó algunos versos en los que hacía referencia a los días en que él había sido amamantado entre la tribu de Hawazin. Acto seguido, el Santo Profeta (sa) devolvió las riquezas que habían sido tomadas a los Hawazin y les concedió regalos en abundancia, hasta tal punto que el valor de lo que les entregó fue estimado en quinientos mil dirhams. Ibn Dihyah afirma que aquello representaba la máxima expresión de generosidad; nunca antes se había oído hablar de una generosidad semejante.
Cuando los representantes de Hawazin se presentaron ante el Mensajero (sa) de Al’lah, después de aceptar el islam, y solicitaron que les fueran devueltos sus bienes y cautivos, el Mensajero (sa) de Al’lah se puso en pie y dijo: “La veracidad es muy valiosa para mí. Elegid una de dos cosas: o recuperáis a vuestros cautivos o recuperáis vuestros bienes. Os he estado esperando en Yiranah”. De hecho, cuando el Mensajero de Al’lah (sa) regresó de Taif, aguardó más de diez noches con la esperanza de que acudieran a reclamar sus bienes y cautivos. Cuando les quedó claro que el Mensajero de Al’lah (sa) sólo devolvería una de las dos cosas, dijeron: “Entonces elegimos a nuestros cautivos”.
El Mensajero (sa) de Al’lah se situó entonces entre los musulmanes, alabó a Al’lah como Él merece ser alabado y dijo: “Estos hermanos vuestros han venido a nosotros arrepentidos, y considero apropiado que sus cautivos les sean devueltos. Por lo tanto, quien de vosotros desee devolver voluntariamente su parte, que lo haga. Y quien prefiera conservar su parte, que la devuelva también, pues le compensaremos con el botín que Al’lah nos conceda en el futuro”. El pueblo respondió: “¡Oh Mensajero de Al’lah! Por tu causa entregamos voluntariamente a estos cautivos. No necesitamos compensación alguna”. El Mensajero de Dios (sa) dijo entonces: “Desconocemos quién de vosotros ha consentido en ello y quién no. Regresad ahora y que vuestros jefes nos transmitan vuestra decisión”.
En este asunto, el Santo Profeta (sa) actuó con gran cautela. Instruyó a los líderes tribales para que comunicaran la decisión del pueblo, de modo que quedara claramente establecido que los cautivos eran devueltos de manera voluntaria. El pueblo partió y sus jefes consultaron con ellos. Después regresaron ante el Santo Profeta (sa) y le informaron de que todo el pueblo había accedido voluntariamente y había otorgado permiso para que los cautivos fueran liberados.
Así, el Santo Profeta (sa) liberó a los cautivos de Hawazin sin recibir compensación alguna. No solo los puso en libertad, sino que además les obsequió ropas nuevas. Para adquirir estas prendas, envió expresamente a un compañero a La Meca. Le instruyó enfáticamente:
[Árabe]
“Que ninguno de los liberados se marche sin ropa”.
Hazrat Anas bin Malik (ra) relata que, el día de la Batalla de Hunain, la gente acudió al Mensajero de Al’lah (sa) para pedirle ayuda. El Santo Profeta (sa) les entregó de su propio rebaño ovejas, cabras y camellos, hasta que no le quedó nada. Entonces, el Mensajero de Al’lah (sa) dijo: “¿Qué deseáis? ¿Acaso queréis que me vuelva avaro? ¡Por Al’lah! No soy avaro, ni cobarde, ni mentiroso”.
Desde esta perspectiva, observamos también que el Santo Profeta (sa) nunca ejerció la generosidad y la benevolencia sin sabiduría ni propósito. No cabe duda de que daba a quienes se lo pedían y rara vez rechazaba a quien le solicitaba algo. Sin embargo, en determinadas ocasiones, se abstenía sabiamente de dar a algunas personas, pues existían diversas consideraciones y razones que justificaban tales decisiones.
Por ejemplo, en cierta ocasión el Santo Profeta (sa) estaba distribuyendo riqueza entre la gente. Aunque se concedieron regalos a muchas personas, una de ellas quedó excluida y no recibió nada. Hazrat Saad bin Abi Waqqas (ra) relata que aquella persona le era más querida que muchos de los que habían recibido presentes. Deseando que también recibiera algo, dijo: “¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! ¿Por qué ha dejado fuera a tal persona? Por Al’lah, le considero un creyente”. El Santo Profeta (sa) respondió: “O musulmán”.
Hazrat Saad (ra) relata que guardó silencio durante un breve tiempo. Sin embargo, lo que conocía del carácter de aquella persona le impulsó a hablar de nuevo. Repitió su pregunta y dijo: “¿Por qué ha omitido a tal persona? ¡Por Al’lah, le considero un creyente!”. El Santo Profeta (sa) respondió nuevamente: “O musulmán”.
Hazrat Saad (ra) dice que aquello que conocía del hombre le llevó a reiterar su afirmación, y el Mensajero de Al’lah (sa) dio la misma respuesta. Después de ello, el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Oh Saad! Doy a una persona para que Dios Altísimo no la arroje al Fuego, aunque otra persona me sea más querida que esta”. En otras palabras, aunque la valoración de Hazrat Saad (ra) pudiera haber sido correcta, existían otras consideraciones que debían tenerse en cuenta. El Santo Profeta (sa), en ocasiones, daba a determinadas personas para fortalecer su fe. Algunas permanecen firmes en la fe únicamente después de recibir regalos o ciertos beneficios mundanos, tal como numerosos ejemplos ya han demostrado.
Al explicar esta narración, Hazrat Zain-ul-Abidin Syed Waliul’lah Shah Sahib (ra) escribe, acerca de las palabras “creyente” (mumin) y “musulmán”, que el Imam Bujari, al citar este Hadiz, ha aclarado la distinción fundamental entre la fe (iman) y el islam. La fe se refiere a una condición espiritual interna, mientras que el islam se refiere al estado y la conducta externa de la persona. Así, el Santo Profeta (sa) enseñó a los creyentes a mostrarse prudentes al expresar opiniones sobre el estado espiritual de otra persona. El verdadero conocimiento de la condición interior de los corazones pertenece únicamente a Dios Altísimo.
El compañero a quien el Santo Profeta (sa) consideró apropiado no conceder nada era Hazrat Yuayl bin Suraqah (ra), un Muhayir sincero. El Santo Profeta (sa) le profesaba un profundo afecto. Sin embargo, a pesar de ese cariño y de la insistencia reiterada de Hazrat Saad (ra), el Santo Profeta (sa) enseñó este importante principio y enfatizó la necesidad de preservar la distinción real que existe entre la fe y el islam.
Este incidente demuestra también que el Santo Profeta (sa) enseñó a sus seguidores a cuidar de quienes eran espiritualmente débiles, para que no tropezaran a causa de su debilidad. Una planta delicada requiere un grado de atención que un árbol maduro no necesita. El Santo Profeta (sa) prestaba atención incluso a los asuntos más pequeños con el fin de salvaguardar la fe de las personas frente a cualquier perjuicio.
En este sentido, algunas personas desinformadas adoptan una actitud profundamente inadecuada. En lugar de proteger a quienes son vulnerables frente a circunstancias que pueden hacerles tropezar, ellas mismas se convierten en la causa de sus tropiezos. En vez de adoptar una actitud compasiva, atacan abiertamente la fe de los débiles. Tienen este hábito y, como consecuencia, alejan aún más a estas personas. Una fe débil se debilita todavía más.
Esta es una lección que siempre debemos recordar. El Santo Profeta (sa) era tan cauteloso en este asunto que incluso desaconsejaba los elogios excesivos a la fe de una persona en presencia de otros. Ello no solo se debía a que los elogios directos pueden, en ocasiones, resultar perjudiciales para quien los recibe, sino también a que las comparaciones de esta naturaleza pueden socavar indirectamente o poner en duda la fe y la conducta de los demás. A través de este único incidente, el Santo Profeta (sa) enseñó cuatro importantes lecciones.
Shah Sahib escribe que estas cuatro lecciones son:
Primero, la distinción entre el islam y la fe: aceptar el islam y poseer la verdadera fe no son la misma cosa, pues uno se refiere a la conducta externa, mientras que la otra concierne al estado del corazón.
Segundo, el uso apropiado y cuidadoso de las palabras: debe emplearse la expresión correcta según la ocasión y las circunstancias.
Tercero, la consideración hacia aquellos cuyos corazones necesitan consuelo y fortaleza: es necesario valorar qué puede beneficiar a cada persona.
Cuarto, no se debe alabar a alguien irreflexivamente, de modo que, inadvertidamente, se ataque la fe y la conducta de otra persona.
Cada episodio de la vida del Santo Profeta (sa) constituye un tesoro de sabiduría y de reforma moral.
El Mesías Prometido (as), al describir las excelsas cualidades morales del Santo Profeta (sa), afirmó:
“El Santo Profeta (sa) manifestó una moderación perfecta en todos los aspectos. Cada cualidad moral se reveló en el momento oportuno y en la ocasión adecuada. Entre estas nobles cualidades, su generosidad se ejercía siempre en el lugar apropiado y conforme a las exigencias de cada situación. Del mismo modo, su espíritu de sacrificio se manifestó de manera adecuada, mientras que su benevolencia y bondad se expresaron siempre con perfecta sabiduría y equilibrio”.
Existen innumerables episodios que ilustran la generosidad y la benevolencia del Santo Profeta (sa). A través de ellos contemplamos también muchas otras dimensiones de su noble carácter. En todo caso, así como sus enseñanzas estaban perfectamente equilibradas, cada aspecto de su conducta reflejaba igualmente ese mismo equilibrio.
¡Que Dios Altísimo nos conceda reflexionar también sobre cada aspecto de la bendita vida y del noble carácter del Santo Profeta (sa), y actuar de conformidad con su guía! ¡Que nos esforcemos por seguir su excelso ejemplo y por modelar nuestras vidas de acuerdo con la complacencia de Dios Altísimo!
