El Profeta (sa): Al-Sadiq wa Al-Amin: El Veraz y el Confiable
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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El Profeta (sa): Al-Sadiq wa Al-Amin: El Veraz y el Confiable

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Surah al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) recitó los versículos 17 y 18 de la Surah Yunus y dijo:

La traducción de este versículo es:

“Diles: ‘Si Al’lah hubiese querido,  no os lo habría recitado ni os lo habría dado a conocer. En verdad, he vivido entre vosotros una vida antes de esto. ¿No queréis comprender?’ ¿Quién viola la justicia de manera mas flagrante que quien trama una mentira contra Al’lah o quien trata a Sus Signos como mentiras? En verdad, el culpable nunca prosperará”.

Estoy hablando sobre los aspectos de la vida y el carácter del Santo Profeta (sa). Hoy hablaré, de su moral, veracidad, honestidad e integridad. Entre los incidentes vinculados a la vida y el carácter del Santo Profeta (sa), hallamos excelentes ejemplos de su veracidad, hasta el punto de que incluso sus enemigos no pudieron sino reconocer su extraordinario nivel de honestidad y veracidad. Dios Altísimo ha descrito este mismo estándar de su veracidad en [los versículos del] Sagrado Corán que acabo de recitar. Él instruyó al Santo Profeta (sa) a que les dijera que “jamás he proferido una mentira bajo circunstancia alguna. Nunca he abandonado la veracidad, y vosotros sois testigos de ello. ¿Sería acaso capaz de urdir una mentira contra Dios Altísimo al traer una religión que no proviene de Dios? Esto es imposible”.

Al mismo tiempo, instruyó también a sus seguidores que, ahora que le siguen y le han jurado obediencia, deben mantener los más elevados estándares de veracidad. Por lo tanto, hoy todos debemos examinarnos a nosotros mismos en este sentido, pues son estos elevados estándares de veracidad los que garantizan el éxito en cada instante de nuestras vidas, y asimismo nos abrirán las puertas para el Tabligh [la propagación del verdadero mensaje del islam].

Al tratar la vida pura del Santo Profeta (sa), Hazrat Musleh Maud (ra) escribió en un pasaje, o expresó en un sermón:

“En relación con el Santo Profeta (sa), constatamos que incluso sus enemigos reconocieron que era Sadiq [veraz] y Amin [digno de confianza], y jamás formularon acusación alguna contra él. Es más, hasta sus adversarios más encarnizados dieron testimonio de su pureza y veracidad. Por ejemplo, tuvo lugar una reunión en La Meca para decidir qué responder a los forasteros que la visitaban y preguntaban por el Santo Profeta (sa). Acordaron unificar una sola respuesta para evitar discrepancias, pues estaban siendo humillados porque unos decían una cosa y otros algo distinto. Así pues, cuando la gente acudiera a realizar el Hall [peregrinación], deberían ofrecer una única respuesta.”

Ante esto, uno de ellos sugirió afirmar que tenía la costumbre de mentir y que todo cuanto expresaba era falso. Al oírlo, un hombre llamado Nazr bin Hariz se puso en pie y dijo: “No debemos sostener eso. Si lo afirmamos, nadie nos creerá. La gente responderá diciendo que Muhammad (sa) vivió entre vosotros durante su juventud, y que entonces era considerado el más justo, el más veraz y el más digno de confianza, hasta el punto de que, cuando el cabello de sus sienes empezó a encanecer y os presentó la enseñanza que trajo, es decir, las enseñanzas del islam, comenzasteis a decir que era un mentiroso. ¡Por Al’lah! En tales circunstancias, no puede ser un mentiroso”. Tras escuchar la respuesta de este hombre, todos reconocieron su error y comenzaron a pensar en otra objeción. ¡Qué afirmación tan veraz hizo aquel hombre! Si alguna vez hubieran atribuido falsedades al Santo Profeta (sa), alguien podría haber creído que ello era cierto. Sin embargo, si durante toda su vida lo habían tenido por una persona veraz, ¿cómo podía alguien creer de pronto la acusación de que era un mentiroso?

De igual modo, cuando Heraclio preguntó a Abu Sufyan acerca del Santo Profeta (sa) -si alguna vez había mentido-, Abu Sufyan respondió: “Hasta el día de hoy, nunca ha mentido”. Añadió, dijo, las palabras “hasta hoy” solo para dejar alguna duda, dando a entender quizá que en el futuro podría mentir.

Asimismo, en cierta ocasión, el Santo Profeta (sa) ascendió a una montaña y llamó a la gente a reunirse (este incidente ya lo he mencionado anteriormente, pero aquí guarda relación con su veracidad). Cuando se congregaron, les dijo: “Si os dijera que en tal valle se ha concentrado un ejército a punto de atacaros, ¿me creeríais?”. Respondieron: “Sí, te creeríamos”, aunque era imposible que un ejército tan grande se reuniera tan cerca de La Meca sin que la gente lo supiera.

Así pues, el hecho de que estuvieran dispuestos a creer incluso una afirmación como esa, que exteriormente parecía imposible (era imposible que tal incidente ocurriera), simplemente por oírla de su boca, demuestra que albergaban una convicción tan firme en su veracidad que consideraban imposible que mintiera o los engañara.

Para explicar con mayor detalle este punto, Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:

“¿Qué tenía el Santo Profeta (sa) que influyó incluso en sus oponentes? Inicialmente, no se vieron influidos por el Sagrado Corán (las enseñanzas del Sagrado Corán no les afectó de inmediato de forma que les llevara a actuar conforme a ellas o a jurarle lealtad). Más bien, lo que les influyó fue la vida previa de Hazrat Muhammad (sa). Había vivido entre ellos; habían sido testigos de su honestidad, su veracidad, su compasión hacia la humanidad y su espíritu de sacrificio, y esto fue lo que les conmovió.

Antes de su proclamación, no les prohibió abiertamente asociar copartícipes con Dios, porque la orden de Al’lah aún no había llegado. Sin embargo, él mismo (sa) nunca fue politeísta. La excelencia de su conducta y su propio modo de vida ejercieron su efecto, y esta influencia obraba silenciosamente en su interior (es decir, estaba influyendo en la gente. Su rectitud, su ejemplo y su noble carácter sin duda influían en la gente), y no podían levantar la mirada en contraposición.”

Como se mencionó anteriormente, cuando en La Meca subió a la montaña y llamó a la gente diciendo: “Si les dijera que un gran ejército se acerca, ¿me creerían?” (aunque tal cosa era imposible), la gente respondió: “Sí, te creeríamos”. Dijeron esto porque sabían que él (sa) jamás había mentido. Dijeron: “Nunca te hemos oído decir una mentira. Siempre has sido digno de confianza y siempre has dicho la verdad. Por lo tanto, también ahora te creemos”.

“Entonces dijo: ‘Si ese es el caso, os diré otra verdad, y esa verdad es que Dios es Uno y no debemos asociarle copartícipes (adorad al único Dios y abandonad la idolatría). De lo contrario, os sobrevendrá un castigo’”.

Esta declaración no les influyó de igual manera. Su vida los había influenciado; sus acciones, su veracidad, su rectitud y su bondad les había afectado. Pero cuando se les presentó esta afirmación, no la aceptaron y la rechazaron.

Por lo tanto, lo esencial es que el ejemplo y la conducta de una persona tengan tal peso que influyan en los demás. Cuando esto sucede, en algún momento Dios Altísimo crea los medios a través de los cuales se abren los caminos de la predicación, y esas mismas personas que antes eran oponentes comienzan a entrar en el seno del islam y llegan a comprender las verdaderas enseñanzas del islam.

El Mesías Prometido (as) afirma:

“Dios Altísimo concedió a nuestro maestro y jefe, el Santo Profeta Muhammad (sa), líder de los justos, la victoria y el auxilio mediante múltiples formas de ayuda divina. Aunque al inicio, al igual que Moisés (as) y Jesús (as), también estaba destinado a experimentar la prueba de la migración, esa misma migración contenía en sí las semillas del triunfo y la victoria.

Por lo tanto, ¡oh amigos!, comprended con certeza que jamás es destruida una persona justa. Cuando dos partes se convierten en enemigas y llevan su hostilidad al extremo, entonces aquella que, a los ojos de Dios Altísimo, es justa y temerosa de Él, recibe ayuda del cielo. De este modo, mediante un decreto divino, las disputas religiosas quedan finalmente resueltas (se toma una decisión en disputas religiosas).

Reflexionemos un instante: nuestro maestro y líder, nuestro Profeta Muhammad (sa), apareció por primera vez en La Meca en un estado de debilidad. En aquel tiempo, los incrédulos, como Abu Yahl, se hallaban en la cúspide de su poder, y cientos de miles de personas se habían convertido en enemigos mortales del Santo Profeta (sa). Entonces, ¿qué fue lo que, en última instancia, le otorgó la victoria y el éxito a nuestro Santo Profeta (sa)? Sin duda, debe entenderse que fueron su veracidad, su sinceridad, la pureza de su corazón y su honestidad lo que le condujo a alcanzar esos triunfos”.

El Mesías Prometido (as) afirma además:

“Dios, el Exaltado, se dirige a nuestro Santo Profeta (sa) y dice:

[Árabe]

“Y sin duda posees excelsas virtudes morales”.

Esto significa que en ti se reúnen toda clase de nobles cualidades: generosidad, valentía, justicia, misericordia, bondad, sinceridad y fortaleza. En suma, todas las virtudes que habitan en el corazón humano -como la cortesía, la modestia, la honestidad, la nobleza, el honor, la firmeza, la castidad, la abstinencia, la moderación, la simpatía (es decir, la compasión) hacia los demás-, así como el valor, la generosidad, el perdón, la paciencia, la benevolencia, la veracidad, la lealtad, etc., cuando estas cualidades naturales se manifiestan en el momento y la ocasión oportunos, guiadas por la sabiduría y la reflexión, se denominan colectivamente Ajlaq (excelencia moral).

Por lo tanto, poseer buenos modales no significa simplemente tratar a alguien con educación o saludarle. Más bien, siguiendo el ejemplo del Santo Profeta (sa), la verdadera excelencia moral es la manifestación de todas las virtudes y la conducta apropiada en todas las relaciones con los demás. En ello es donde debe centrarse la atención.

El Santo Profeta (sa) vino a difundir la verdad en el mundo. Por ello, en diversas ocasiones exhortó también a quienes creían en él a mantenerse firmes en la verdad. En una narración, Hazrat Abdul’lah bin Mas’ud (ra) relata que el Mensajero (sa) de Dios dijo: “La veracidad es vuestra obligación, pues la verdad conduce a la rectitud, y la rectitud conduce al Paraíso. Una persona continúa diciendo la verdad y se esfuerza por permanecer fiel a ella hasta que Dios la declara Siddiq [persona veraz]. Preservaos de la mentira, pues la mentira conduce a la maldad, y la maldad conduce al Fuego. Una persona sigue mintiendo y persevera en la mentira hasta que Dios la declara mentirosa. Cuando se le tacha de mentiroso, su destino es el Fuego”. Por lo tanto, se trata de un asunto que suscita gran temor.

Otra narración de Hazrat Abdul’lah (ra) afirma que el Santo Profeta (sa) dijo: “Mentir no está permitido en ninguna circunstancia, ni en serio ni en broma”. Hay quien dice que estaba bromeando cuando mintió; ni siquiera en broma está permitido. “Tampoco está permitido que una persona haga una promesa a su hijo y luego no la cumpla. La sinceridad conduce a la rectitud, y la rectitud conduce al Paraíso. Sin duda, la mentira conduce al mal, y el mal conduce al Fuego. De una persona sincera se dice que dijo la verdad y obró bien, y de un mentiroso se dice que mintió y cometió el mal”.

Al’lama Razi explica el versículo 119 de la Surah At-Tauba, que dice:

[Árabe]

“¡Oh, vosotros que creéis! Temed a Dios y uníos a los sinceros”.

En su comentario sobre este versículo, Al’lama Razi relata que un hombre se acercó al Santo Profeta (sa) y le dijo: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Deseo evitar las malas acciones, pero estoy profundamente apegado a la bebida, el adulterio, el robo y la mentira”. Estoy muy imbuido en estos hábitos, aunque la gente dice que usted ha considerado ilegales tales prácticas. Me gustaría creer en usted, pero usted ha declarado que esas prácticas son ilegales; sin embargo, yo tengo muchas debilidades de ese tipo. No tengo fuerzas para abandonarlas a todas. Si me permite quedarme solo con una de ellas, creeré en usted”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Entonces, deja de mentir”. El hombre accedió y se convirtió al islam.

Tras despedirse del Santo Profeta (sa), le ofrecieron vino. Pensó que, si bebía y más tarde el Profeta (sa) le preguntaba al respecto, tendría que mentir, rompiendo así su promesa, o decir la verdad y enfrentarse al castigo. Así que se contuvo. Luego se vio tentado por el adulterio, reflexionó de la misma manera y lo rechazó. Lo mismo ocurrió con los robos. Regresó junto al Santo Profeta (sa) y le dijo: “Lo que me ordenó fue excelente. Cuando me prohibió mentir, se me cerraron todas las demás puertas del pecado”. Así pues, se arrepintió de todos sus pecados.

En cuanto a la conversión al islam de Hazrat Abu Bakr (ra), se recoge que la Madre de los Creyentes, Hazrat Umm Salamah (ra), relata que Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) era un amigo íntimo y sincero del Santo Profeta (sa). Cuando Dios Altísimo encomendó su misión al Santo Profeta (sa), los líderes de los Quraish se dirigieron a Hazrat Abu Bakr (ra) y le dijeron: “Tu compañero se ha vuelto loco (Dios no lo quiera)”. Preguntó qué había pasado. Decían que él (sa) predicaba el Tauhid (la creencia en un solo Dios) a la gente en la Mezquita Sagrada y afirmaba ser un profeta. Hazrat Abu Bakr (ra) le preguntó si realmente había dicho eso. Respondieron que sí y afirmaron que él (sa) estaba predicando esto en la Mezquita Sagrada.

Así pues, Hazrat Abu Bakr (ra) se dirigió al Santo Profeta (sa) y llamó a su puerta, haciéndole señas para que saliera. Cuando el Santo Profeta (sa) salió, Hazrat Abu Bakr (ra) le preguntó: “¡Oh, Abu al-Qasim! ¿Qué es lo que he oído sobre usted?”. El Santo Profeta (sa) respondió: “¡Oh, Abu Bakr! ¿Qué has oído sobre mí?”. Hazrat Abu Bakr (ra) respondió: “He oído que predica la unicidad de Dios y que es un profeta de Dios”. El Santo Profeta (sa) lo confirmó y dijo: “Sí, ¡oh Abu Bakr! Mi Señor, el Poderoso y Exaltado, me ha designado como portador de buenas nuevas y como advertidor, ha hecho de mí el cumplimiento de la plegaria de Abraham (as) y me ha designado enviado para toda la humanidad”. Hazrat Abu Bakr (ra) respondió: “¡Por Dios! Nunca le he visto mentir. Es el más digno de recibir la profecía por su honradez, su noble carácter, su respeto por los lazos familiares y sus buenas obras. Extienda su mano para que pueda jurarte lealtad”. El Santo Profeta (sa) extendió la mano, y Hazrat Abu Bakr (ra) le juró lealtad, dio testimonio de su veracidad y proclamó que la enseñanza que él había traído era la verdad. Por Dios, Hazrat Abu Bakr (ra) no se demoró ni dudó cuando el Santo Profeta (sa) le invitó a abrazar el islam.

El Mesías Prometido (as) afirma al respecto:

“Cuando el Santo Profeta (sa) proclamó su profetazgo, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) se hallaba de viaje en Siria. A su regreso, aún en camino, se encontró por casualidad con alguien. Hazrat Abu Bakr (ra) le preguntó por la situación en La Meca y si había alguna noticia reciente. Es habitual que, cuando una persona vuelve de un viaje, pregunte a sus compatriotas por la situación de su país. La persona respondió: “Lo nuevo es que tu amigo [Muhammad(sa)] ha afirmado ser profeta”. En cuanto Hazrat Abu Bakr (ra) oyó esto, respondió: “Si ha hecho tal afirmación, entonces dice la verdad”. Esto demuestra hasta qué punto Hazrat Abu Bakr (ra) tenía en tan alta estima al Santo Profeta (sa). No sintió la necesidad de pedir un milagro. En realidad, solo quien desconoce la situación del solicitante, o no tiene relación alguna con él, pedirá que se le muestre un milagro para satisfacer su curiosidad. Pero en cuanto a quien no tiene objeción alguna, ¿para qué necesita un milagro? En resumen, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) afirmó su fe en el Santo Profeta (sa) incluso antes de haber regresado a casa. Cuando llegó a La Meca, se presentó ante el Santo Profeta (sa) y le preguntó: “¿Ha afirmado ser un profeta?” El Santo Profeta (sa) dijo: “Sí, eso es correcto”. Ante esto, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) dijo: “Testifique que soy el primero de quienes ha confirmado vuestra veracidad”.

En otro lugar, el Mesías Prometido (as) explica esto de la siguiente manera:

“Es, sin duda, una gran dicha aceptar el mensaje desde el principio, pues quien no lo hace en los primeros momentos carece de verdadero mérito o excelencia (quien escucha el mensaje, lo acepta y jura lealtad desde el principio es digno y tiene una naturaleza bendita). Una persona que recurre a evasivas y discusiones carece tanto de méritos como de virtudes. Pero cuando Dios mismo pone de manifiesto el asunto, incluso las piedras y los árboles comienzan a dar testimonio (es decir, cuando todo queda completamente claro, cuando empiezan a aparecer las señales, entonces, una vez aceptada, prácticamente todo comienza a reconocer esta verdad). Sin embargo, la persona de mayor valía es aquella que lo acepta desde el primer momento, tal como hizo Hazrat Abu Bakr (ra). No exigió ningún milagro; de hecho, ni siquiera había oído aún esa afirmación en las benditas palabras del propio Profeta (sa), y sin embargo creyó”.

El Mesías Prometido (as) relata entonces toda la historia de cómo Hazrat Abu Bakr (ra) había emprendido un viaje comercial y, en el camino, se encontró con un hombre al que preguntó por las últimas noticias. El hombre le dijo que su amigo había afirmado ser un profeta. Al oír esto, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) dijo: “Si ha afirmado ser profeta, entonces dice la verdad”.

El Mesías Prometido (as) afirma además:

“Reflexionad detenidamente sobre el hecho de que Hazrat Abu Bakr (ra) no solicitó señal ni milagro alguno; por el contrario, creyó de inmediato al oírlo. Ni siquiera había escuchado esa afirmación directamente del Santo Profeta (sa), sino únicamente a través de otra persona, y, aun así, la aceptó sin vacilación. ¡Qué fe tan extraordinaria! Con solo escuchar el relato atribuido al Santo Profeta (sa), no albergó la más mínima duda de que fuera falso, pues sabía que el Santo Profeta (sa) jamás diría una mentira. Obsérvese que Hazrat Abu Bakr (ra) no pidió milagro alguno; por esta razón se le otorgó el título de Siddiq, es decir, “el Veraz”. Con solo contemplar su expresión, comprendió que no podía estar mintiendo. Por lo tanto, reconocer a los veraces y aceptarles no es difícil, pues sus signos son evidentes”.

A este respecto, Hazrat Jalifatul Masih I (ra) afirma en una ocasión:

“No puedo pasar por alto el testimonio que Jadiyyah (ra) prestó en los primeros momentos en que el Santo Profeta (sa) proclamó su profetazgo. Cuando el Santo Profeta (sa) escuchó la llamada divina y comprendió que todo el mundo se opondría a este mensaje, y cuando dijo: “Jadiyyah, temo por mi vida”, ella respondió: “¡Alégrate! ¡Por Dios! Él nunca te deshonrará”. Hazrat Jadiyyah (ra) dijo: “Deja que la gente diga lo que quiera; tú debes permanecer tranquilo. Si esto es cierto, Dios nunca te deshonrará, pues siempre mantienes los lazos de parentesco, dices la verdad, ayudas a quienes están en apuros, socorres a los necesitados, brindas hospitalidad y colaboras en diversas causas virtuosas”.

Hazrat Jalifatul Masih I (ra) escribe:

“Reflexionad sobre el testimonio de una mujer de cincuenta y cinco años, vecina y compatriota suya, que llevaba quince años casada con él. El testimonio de Jadiyyah (ra) en un momento así, cuando el Santo Profeta (sa) se encontraba afligido y angustiado, merece profunda reflexión. Si esas cualidades no hubieran estado realmente presentes en él, sus palabras jamás le habrían servido de consuelo”.

Durante el periodo de boicot total [impuesto por los incrédulos] en Shi‘b Abi Talib, cuando se aproximaba el tercer año, el Santo Profeta (sa) tras haber sido informado por Dios el Altísimo, dijo a su tío Abu Talib que el documento de boicot de los Banu Hashim que colgaba en la Kabah había sido devorado por las termitas, salvo la parte en la que se mencionaba el nombre de Dios. Abu Talib tenía tal fe en las palabras del Santo Profeta (sa) que dijo a sus hermanos: “¡Por Dios! Muhammad (sa) nunca me ha dicho una mentira”. A continuación, se dirigió con ellos ante los líderes de los Quraish y les dijo: “Mi sobrino, que nunca me ha mentido, me ha informado de que Dios ha enviado termitas sobre vuestro documento, y estas lo han devorado por completo, salvo la parte en la que se menciona el nombre de Dios. Si mi sobrino dice la verdad, debéis revocar vuestra decisión de boicot ; pero si se demuestra que miente, os lo entregaré y podréis matarlo o perdonarle la vida, como mejor os parezca”. Dijeron: “Esto es, sin duda, justo”. Al examinar el documento, se comprobó que era tal y como había dicho el Santo Profeta (sa), por lo que los quraishíes quedaron en evidencia ante su pueblo.

En una ocasión, los Quraish enviaron como representante ante el Santo Profeta (sa) a uno de sus jefes, Utbah. Dijo: “¿Por qué denigra nuestras divinidades y afirma que nuestros antepasados estaban en el error? Sea cual sea su deseo, lo haremos realidad. Lo único que tiene que hacer es dejar de decir esas cosas”. El Santo Profeta (sa) escuchó en silencio y con paciencia. Cuando Utbah terminó de hablar, el (sa) recitó algunos versículos de la Sura Ha Mim as-Salldah. Cuando llegó al versículo: “Os advierto de un castigo semejante al de los ‘Ad y los Zamud”, Utbah le interrumpió y le dijo: “¡Ya basta!”. A continuación, regresó junto a sus compañeros y dijo a los quraishíes: “Sé que cuando Muhammad (sa) habla, nunca miente. Temo que ese castigo os alcance”.

También consta el testimonio de Abu Yahl. Hazrat Ali (ra) relata que Abu Yahl dijo al Santo Profeta (sa): “No le llamamos mentiroso; más bien, negamos lo que ha traído; es decir, rechazamos su religión”.

En otra narración, se menciona que el día de Badr, Ajnas ibn Shariq se encontró con Abu Yahl y le dijo: “¡Oh, Abu al-Hakam! Aquí no hay nadie más que tú y yo que pueda oír nuestra conversación. Dime con sinceridad si Muhammad (sa) es veraz o un mentiroso”. Abu Yahl respondió: “Por Dios, Muhammad (sa) es sin duda veraz, y jamás ha dicho una mentira”.

Hazrat Musleh Maud (ra) afirmó en una ocasión:

“¿Acaso los enemigos del Santo Profeta (sa) no reconocieron a su Mensajero y, sin embargo, lo rechazaron? ¡Qué sorprendente es que durante 40 años observaran a Muhammad, el Mensajero (sa) de Dios! Fueron testigos de su conducta y de sus costumbres, y mediante su propio testimonio directo reconocieron que el Santo Profeta (sa) era una persona de veracidad excepcional. Sin embargo, cuando este hombre veraz declaró: “He sido enviado por Dios para guiaros”, se alzaron contra él. Si un desconocido hubiera formulado tal afirmación [para oponerse a él], se le habría podido conceder el beneficio de la duda y suponer que, dado que no había visto al Santo Profeta (sa), sostenía que este había inventado una acusación contra Dios Altísimo. Sin embargo, los habitantes de La Meca, ante quienes toda la vida del Santo Profeta (sa) se mostraba como un libro abierto, ¿cómo acabaron calificándolo de impostor? ¿Cómo era posible que lo tildaran de mentiroso, cuando en el fondo sabían que era veraz?

¡Qué gran enemigo fue Abu Yahl para el Santo Profeta (sa)! (este testimonio ya se ha mencionado anteriormente). En una ocasión, incluso él admitió (según relata Hazrat Musleh Maud [ra]): “No te llamamos mentiroso; más bien, rechazamos la enseñanza que has traído”. Así pues, ni siquiera el corazón de alguien tan vehemente y malintencionado como Abu Yahl estaba dispuesto a tildar de mentiroso al Santo Profeta (sa). Era como si su conciencia le reprochara el mero pensamiento de hacerlo, y su corazón se estremeciera ante la gravedad de un acto tan vil. Por lo tanto, recurrió a la excusa de que rechazaba las enseñanzas del Santo Profeta (sa) y no de que le estuviera llamando mentiroso. Esto se asemeja al proverbio: “Presentar una excusa es peor que el propio pecado”; sin embargo, pone de manifiesto la profunda huella que la veracidad y la integridad del Santo Profeta (sa) habían dejado incluso en los corazones de sus adversarios más acérrimos”.

Umayyah bin Jalaf se contaba también entre sus más encarnizados adversarios, pero en una ocasión se le escaparon estas palabras: “¡Por Dios! Cuando Muhammad (sa) habla, solo dice la verdad; no miente”. Se dice que el verdadero encanto es aquel que cautiva por completo al otro. ¡Cuán grande es, pues, ese “encanto” del Santo Profeta (sa), que incluso sus enemigos se vieron obligados a reconocer su veracidad e integridad!”.

Hazrat Abdul’lah bin Salam (ra) cuenta que, cuando el Santo Profeta (sa) llegó a Medina, la gente se apresuró a salir a su encuentro. Se proclamó: “¡Ha llegado el Mensajero (sa) de Dios! ¡Ha llegado el Mensajero (sa) de Dios! ¡Ha llegado el Mensajero (sa) de Dios!”, repitiéndose esto tres veces. A continuación, dice: “Yo también fui con la gente a verle. Cuando le miré detenidamente al rostro, comprendí que su expresión no era la de alguien que miente. Las primeras palabras que le oí pronunciar fueron: ‘¡Oh, gente! Acostumbraos a saludar con saludos de paz, dad de comer a los demás, mantened los lazos de parentesco y rezad por la noche cuando la gente duerme; entraréis en el Paraíso en paz’”.

También existen testimonios de los judíos de Medina. Existía un pacto de cooperación entre los musulmanes y la tribu judía de los Banu Quraizah. Durante la batalla de Ahzab, el jefe de los Banu Nadir, Huyayy bin Ajtab, acudió a Kab bin Asad Qurazi, líder de los Banu Quraizah, e intentó persuadirle para que rompiera su acuerdo con los musulmanes y auxiliara a los Quraish, con el fin de derrotarlos. En aquella ocasión, Kab bin Asad, líder de Banu Quraizah y adversario de los musulmanes, declaró: “Tengo un pacto con Muhammad (sa) y jamás lo romperé; en él solo he visto lealtad y veracidad”.

De igual manera, se narra que Ubayd bin Umayr relata haber oído a alguien decirle a Hazrat Ibn Umar: “¿No oíste al Mensajero de Al’lah (sa) decir: ‘Ciertamente hablo bromeando, pero incluso en eso no digo sino la verdad’?”. Él respondió: “Sí”.

Bahz bin Hakim narra de su abuelo que oyó al Mensajero de Dios (sa) decir: “¡Ay de aquel que habla y miente para hacer reír a la gente!”. ¡Ay de él! ¡Ay de él! Así, incluso la más leve falsedad la prohibió estrictamente, y emitió una severa advertencia al respecto.

Hazrat Abdul’lah bin Amr (ra) relata: “Todo lo que oía del Mensajero de Dios (sa) lo escribía, con el deseo de memorizarlo. Entonces los Quraish me detuvieron y me dijeron: ‘¿Acaso escribes todo lo que oyes, cuando el Mensajero de Dios (sa) es un ser humano? Él (sa) habla con ira y con alegría’. Así que dejé de escribir. Después, le comenté esto al Mensajero de Dios (sa). Señaló su boca con el dedo y dijo: ‘Continúa escribiendo’. Luego añadió: ‘¡Por Aquel en cuyas manos está mi vida! De ella no emana sino la verdad y lo justo”. De esta manera instruyó que, en efecto, debía escribirse. El Santo Profeta (sa) amonestaba contra la falsedad incluso en su forma más sutil, como se ha mencionado anteriormente.

En una narración se relata que Hazrat Abdul’lah bin Amir (ra) afirma: “Un día mi madre me llamó, mientras el Mensajero de Dios (sa) estaba presente en nuestra casa. Ella dijo: ‘Ven aquí, te daré algo’. El Mensajero de Al’lah (sa) le preguntó: ‘¿Qué piensas darle?’. Ella respondió: ‘Le daré un dátil’. El Mensajero de Dios (sa) le dijo: ‘Si no le hubieras dado nada, se habría registrado una mentira en tu contra'”. Confirmaba la veracidad hasta ese punto.

Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:

“La posición personal del Santo Profeta (sa) respecto a la veracidad era tan elevada que su propio pueblo le había otorgado el título de as-Siddiq (el veraz). Exhortó constantemente a su comunidad a mantenerse firme en la verdad. Él (sa) mismo ostentaba una posición elevada en este sentido, e instruyó asimismo a sus seguidores a adherirse firmemente a la veracidad, esforzándose por elevarlos a un grado de honestidad tan alto que los librara por completo de la más mínima mancha de falsedad. Decía que la verdad conduce a la rectitud y la rectitud conduce al Paraíso; y que la máxima expresión de la verdad es que una persona diga la verdad hasta ser considerada veraz incluso ante los ojos de Dios.

En una ocasión, un hombre fue llevado ante el Santo Profeta (sa) como prisionero por ser responsable de la muerte de muchos musulmanes. Hazrat Umar (ra) consideró que aquel hombre merecía la pena de muerte y miró repetidamente el rostro del Santo Profeta (sa), esperando una señal para poder ejecutarlo. Pero finalmente el hombre fue liberado y se marchó. Entonces, Hazrat Umar (ra) dijo: ‘¡Oh Mensajero de Dios! ¡Él merecía la muerte!’. El Santo Profeta (sa) respondió: ‘Si merecía la muerte, ¿por qué no lo mataste?’. Hazrat Umar (ra) respondió: ‘¡Oh Mensajero de Dios! Si me lo hubiera indicado con la mirada, lo habría hecho’. El Santo Profeta (sa) dijo: ‘Un profeta no actúa con engaño. ¿Cómo podría ser que con la boca le hablara con amabilidad mientras con la mirada indicara su ejecución? Esto no puede ser. Sería un engaño, y tal conducta es imposible para mí’”. Es decir, donde estableció estándares de veracidad y honestidad que incluso sus enemigos reconocían, también instruyó a sus seguidores a alcanzar los más altos niveles de veracidad.

Por lo tanto, hoy es deber de todo ahmadí examinarse a sí mismo, reflexionar sobre sus propios estándares de veracidad y esforzarse por eliminar cualquier debilidad en ellos. ¡Que Dios Altísimo nos conceda la capacidad de hacerlo!

Después de la oración, dirigiré una oración fúnebre en cuerpo ausente por Shahida Ahmad Sahibah, esposa de Mirza Nasim Ahmad Sahib, fallecida recientemente a la edad de noventa y un años.

[Árabe]

“¡En verdad, a Al-lah pertenecemos y a Él volveremos!”

La fallecida era “musi” [integrante del sistema de Al-Wasiyat]. Era hija de Nawab Abdul’lah Jan Sahib y Sahibzadi Amatul Hafiz Begum Sahibah, nieta del Mesías Prometido (as). Le sobreviven cuatro hijos.

Su hijo mayor, Nauman, escribe que todos dan testimonio de su profundo afecto y de su bondad ejemplar hacia los demás. Relata que siempre deseó un hogar lleno de gente y tenía una gran pasión por la hospitalidad, deseando incluso una casa más grande y con más habitaciones para poder alojar cómodamente a más invitados.

Su hijo menor, Rizwan, escribe que poseía muchas cualidades nobles. Se siguen recibiendo mensajes de personas de todos los ámbitos -ricos y pobres, jóvenes y mayores- que dan testimonio de cómo compartía su amor con todos y forjaba lazos personales con ellos. Tenía un deseo natural de ayudar a los demás y una naturaleza amorosa que conquistaba los corazones de todos. En particular, mostró especial cariño por quienes enfrentaban dificultades o adversidades y siempre apoyó a los más débiles. También aconsejaba a sus hijos que apoyaran a los más débiles. Poseía una determinación y valentía extraordinarias, algo que yo mismo observé. ¡MashAl’lah!

Su hermana, Fauzia Shamim Sahibah, quien ha servido como Sadar Lallna Lahore y quizás actualmente también lo haga, dice que, si tuviera que resumirla en pocas palabras, la describiría como la personificación del sacrificio, la paciencia, la valentía y el amor.

Su nuera, Amatul Wakil, escribe que su hospitalidad era verdaderamente excepcional. Todos sus hijos, así como muchas otras personas, han señalado que su forma de acoger a los invitados era absolutamente natural y carente de fingimiento. En sus últimos años sufrió una caída que le ocasionó una lesión en la cadera, tras la cual quedó confinada a una silla de ruedas. No obstante, soportó su enfermedad con gran paciencia y gratitud, y jamás expresó la menor queja. Era una paciente valiente y nunca ocasionó inconvenientes a los demás.

Su nieta, Jadiyyah, también ha escrito sobre su hospitalidad y sobre cómo era una mujer afectuosa y compasiva, y que en sus últimos años completaba la recitación del Sagrado Corán dos o tres veces al mes. Sentía profunda compasión por los pobres y aconsejaba a los demás que rezaran por ellos.

La hija de su sobrina, Neha, que reside aquí, escribe que mantuvo una actitud positiva en toda circunstancia, valoraba cada instante de la vida y cuidaba con esmero al personal doméstico como si fuese su propia familia. Esto también lo he observado: evitaba hablar mal de los demás o decir algo que pudiera herir los sentimientos de alguien. Siempre estaba atenta a los sentimientos ajenos.

Se cuenta que, cuando una de sus empleadas domésticas se marchaba por matrimonio, experimentaba la misma tristeza que se siente al perder a una hija, dejando un vacío en el hogar. A menudo, hay virtudes que permanecen ocultas durante la vida de una persona, pero que se revelan después a través de quienes las experimentaron. Ella era una de esas personas.

¡Que Dios Altísimo le conceda Su perdón y Su misericordia!

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