En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Parlamento Nacional de Nueva Zelanda,

Wellington, Nueva Zelanda, 2013 

Bismillahir-Rahmanir-Rahim: En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso.

Distinguidos invitados: Assalamo aleikum wa rahmatul-lahe wa barakatohu. Que la paz y bendiciones de Al-lah sean con ustedes.

Ante todo, quisiera aprovechar la ocasión para expresar mi agradecimiento a todos los que han organizado este evento, especialmente al honorable miembro del Parlamento Kanwaljit Singh Bakshi, y me han concedido la oportunidad de dirigirme a todos ustedes. En segundo lugar, quisiera dar las gracias a todos los que han acudido aquí para escucharme.

Ya sabemos que en este Parlamento se reúnen políticos y miembros del parlamento con regularidad para formular políticas y procedimientos, y para promulgar leyes destinadas en su conjunto al progreso de la nación. Aparte de esto, tengo la seguridad de que muchos líderes seculares o mundanos habrán acudido a este lugar y se habrán dirigido a ustedes para exponer su conocimiento, especialidad y experiencias previas. Sin embargo, en raras ocasiones, si es que han existido, se habrá dirigido a ustedes el líder de una comunidad religiosa, en particular un líder musulmán. Por tanto, el hecho de que me hayan brindado la oportunidad de dirigirme a ustedes en calidad de Jefe de la Comunidad Musulmana Ahmadía, una organización puramente islámica cuyo único objetivo es propagar las auténticas enseñanzas del Islam, es una muestra de su altruismo y su elevado nivel de tolerancia y por ello me siento obligado a expresar mi gratitud por tan amable gesto.

Con estas palabras de agradecimiento, deseo proseguir con la parte principal de mi discurso y procedo a exponer brevemente las bellas enseñanzas del Islam. Hablaré de un tema que en mi opinión constituye la necesidad crucial de esta época, y es el tema del establecimiento de la paz mundial. Desde una perspectiva secular, muchos de ustedes, tanto a nivel político como individual, así como el gobierno en su conjunto, están realizando esfuerzos por el logro de la paz. Sus esfuerzos estarán motivados por una buena intención y tales esfuerzos habrán cosechado cierto éxito. Además, su gobierno habrá asesorado a otras grandes potencias respecto a los medios para el establecimiento de un mundo pacífico y armonioso.

No cabe duda de que la situación y las circunstancias del mundo actual son extremadamente precarias y son motivo de una gran inquietud en el mundo entero. Aunque una parte de los conflictos más importantes tienen lugar en el mundo árabe, cualquier persona sensata o inteligente sabe de cierto que tales conflictos no están confinados exclusivamente a esa región. Efectivamente, cualquier conflicto entre un gobierno y su pueblo puede desembocar en un conflicto internacional de mayor envergadura. Ya se están formando dos bloques entre las grandes potencias. Un bloque está apoyando al gobierno sirio, mientras que el otro respalda a las fuerzas rebeldes. Es evidente que esta situación no representa solamente una grave amenaza para los países musulmanes sino que también entraña un serio peligro para el resto del mundo.

No debemos olvidar las penosas experiencias de las dos Guerras Mundiales ocurridas el siglo pasado. La terrible devastación que produjeron, especialmente la Segunda Guerra Mundial, carece de precedentes. Mediante el empleo de armas convencionales, fueron totalmente destruidas ciudades y localidades prósperas densamente pobladas, quedando convertidas en ruinas, y fueron asesinadas millones de personas. Además, durante la Segunda Guerra Mundial, el mundo presenció el suceso devastador de la bomba atómica empleada contra Japón, causando una destrucción de tal magnitud, que su sola mención hace temblar y estremecerse a la gente. Los museos de Hiroshima y Nagasaki son un recuerdo vivo de los horrores y de la enorme devastación ocurrida.

Durante la Segunda Guerra Mundial fueron aniquiladas alrededor de 70 millones de personas. Se comenta que entre las víctimas, 40 millones eran civiles. Por tanto, el número de civiles que sacrificó su vida sobrepasó al del personal militar. Muchos años después del lanzamiento de las bombas nucleares, la radiación de las mismas siguió causando un efecto degenerativo terrible en los niños recién nacidos. En la actualidad, incluso las naciones pequeñas poseen armas nucleares y sus líderes están dispuestos a atacar a la menor oportunidad. Al parecer, no les importa las consecuencias destructivas de sus acciones.

La sola imagen de una guerra nuclear estallando en estos momentos produce auténtico horror y estremecimiento. Las bombas atómicas que están hoy en posesión de las naciones pequeñas poseen mayor potencia que las empleadas durante la Segunda Guerra Mundial. La única consecuencia que se deriva este clima de conflicto e inestabilidad es una gran inquietud en el corazón de aquellos que desean establecer la paz en el mundo y se esfuerzan por ello.

Lo patético de la situación actual del mundo es que la gente habla por un lado de establecer la paz, mientras que por el otro siguen sumidos en sus deseos egoístas y envueltos en el manto del orgullo y la arrogancia. Las grandes potencias hacen todo lo posible por demostrar a toda costa su superioridad y poderío. Después de la Segunda Guerra Mundial las naciones se unieron para conformar una organización, a la que denominaron Naciones Unidas, en un esfuerzo por establecer una paz duradera en el mundo y con la esperanza de prevenir guerras futuras. Sin embargo, así como la Liga de Naciones fracasó rotundamente en sus objetivos, el rango y respeto de las Naciones Unidas sigue deteriorándose día a día. Mientras se nieguen a adoptar los requerimientos de la justicia, sus esfuerzos seguirán siendo infructuosos, sea cual fuere el número de organizaciones que se establezcan para el fomento de la paz.

Respecto al fracaso de la Liga de Naciones que acabo de mencionar, esta institución se creó después de la Primera Guerra Mundial, con el único objetivo de salvaguardar la paz mundial. Sin embargo, no fue capaz de impedir la aparición de la Segunda Guerra Mundial que, como se ha expuesto antes, acarreó una enorme devastación y pérdidas. Nueva Zelanda también sufrió la pérdida de alrededor de 11.000 personas, en su mayoría militares. Al estar Nueva Zelanda alejada del epicentro de la guerra, no se produjeron víctimas civiles. Sin embargo, como ya he expuesto, en la guerra en general fueron aniquilados un mayor número de civiles inocentes que personal militar. Se trataba de gente inocente ordinaria, incluyendo mujeres y niños, que fueron matados indiscriminadamente sin haber cometido ningún crimen.

Por este motivo, aquellos que viven en países que han estado involucrados en conflictos bélicos sienten una innata aversión a la guerra. Ciertamente, el amor por la patria requiere de sus ciudadanos que estén dispuestos a ofrecer todo tipo de sacrificios para su defensa y para liberar a su nación en el caso de ataques. Sin embargo, si existiera la posibilidad de resolver el conflicto amistosa o pacíficamente a través de negociaciones o de la diplomacia, no habría necesidad de invitar a la muerte o a los asesinatos. En tiempos antiguos, cuando se producía una guerra, la mayor parte de las víctimas estaba compuesta de militares y las pérdidas civiles eran insignificantes. Sin embargo, el sistema bélico de la actualidad incluye bombardeos aéreos, gases tóxicos e incluso armamento químico y, como he dicho anteriormente, existe la amenaza del uso potencial del arma más terrible de todas: la bomba atómica. En consecuencia, las bombas de hoy en día son totalmente diferentes a las del pasado, ya que las bombas modernas pueden borrar potencialmente a la humanidad de la faz de la tierra. En este sentido, permítanme que les presente una bella enseñanza del Santo Corán respecto al establecimiento de la paz. El Corán dice:

Pues el bien y el mal no son equiparables. Rechaza el mal con lo que es mejor y observa como aquel entre cuya persona y tu existía la enemistad, se vuelve como si fuera un amigo entrañable. (C. 41: v. 35)

El Corán, pues, enseña a conciliar y resolver las enemistades o rencores, en la medida de lo posible, a través de canales de comunicación, y a través del diálogo. Efectivamente, las palabras de bondad y sabiduría producen un efecto muy positivo y duradero en los corazones del prójimo y son un medio efectivo de eliminar el odio y el rencor.

Estamos convencidos de haber alcanzado la cima del progreso y la civilización en esta época. Hemos creado diversas organizaciones caritativas y fundaciones internacionales que proveen asistencia sanitaria y educación a niños, o asistencia sanitaria a las madres. Del mismo modo, existen innumerables organizaciones caritativas cuyos pilares están basados en la simpatía y compasión humanas. Habiendo actuado así, deberíamos reflexionar y prestar atención a la necesidad urgente del momento, y plantearnos el modo de encontrar nuestra salvación y la del prójimo de la devastación y destrucción. Debemos recordar que hoy ya no le separan al mundo las distancias en comparación con las seis o siete décadas anteriores. Hace sesenta o setenta años Nueva Zelanda era muy país lejano, situado a una gran distancia de Asia y Europa. No obstante, hoy en día es parte integral de una comunidad global común. Por lo tanto, en un estado de guerra, ningún país o región se encontrará a salvo.

Vuestros líderes y políticos son los guardianes de la nación. Son los responsables de la seguridad del país y de su continuo progreso y mejora. Por eso es esencial que tengan siempre en cuenta el punto crítico de que la devastación y destrucción se propagan a partir de las guerras locales. Debemos agradecer a Dios el hecho de que Él haya concedido recientemente el sentido de la sensatez a algunas de las grandes potencias y de que se hayan percatado de la necesidad de adoptar medidas para impedir una guerra y prevenir una consecuente devastación. Es más, el Presidente ruso hizo lo posible para evitar que otras grandes potencias atacaran a Siria. Afirmó claramente que todos los países, grandes o pequeños, debían ser tratados con igualdad. También dijo que si no se adoptaban los requisitos de la justicia y otras naciones emprendían la guerra de forma unilateral, las Naciones Unidas sufrirían el mismo penoso destino que la Liga de las Naciones. Yo creo que su análisis era totalmente correcto. Aunque no esté de acuerdo con su política en conjunto, deben aceptarse los buenos consejos. Hubiera deseado que hubiera dado un paso más, declarando que se pusiera fin al derecho al veto que disfrutan cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU para que prevalezca la verdadera justicia y equidad entre las naciones.

El año pasado se me brindó la oportunidad de pronunciar un discurso en el Capitolio de Washington D.C. Entre la audiencia se hallaban presentes varios senadores, miembros del Congreso, comités de expertos e intelectuales de áreas diversas. Allí expuse claramente que hasta que todos los partidos y personas no recibieran un trato igualitario, no sería posible cumplir con los requerimientos de la justicia. Dije que mientras sigan predominando las diferencias entre los países grandes y pequeños y entre las naciones ricas y pobres y se siga manteniendo la injusticia del derecho a veto, proseguirá sin duda el desasosiego y la inquietud. En realidad, estas ansiedades ya han comenzado a mostrar su rostro al mundo.

Por lo tanto, como Líder de una Comunidad musulmana internacional, es mi deber dirigir la atención del mundo hacia el establecimiento de la paz. Considero que esta es mi obligación porque el mismo significado de Islam es paz y seguridad. Los actos extremistas repletos de odio que algunos países musulmanes están perpetrando o promoviendo no deben hacernos llegar a la conclusión de que las enseñanzas islámicas son las que fomentan el desorden o la lucha. El versículo del Santo Corán que acabo de mencionar contiene una lección sobre el modo de establecer la paz.

Además, el Fundador del Islam, el Santo Profeta Mohammadsa, enseñó a sus seguidores a decir siempre “salam”, cuyo significado es difundir siempre el mensaje de la paz. Sabemos por su ejemplo bendito, que invocaba la paz sobre aquellos que no eran musulmanes, ya fueran judíos, cristianos o gente de otras religiones o creencias. Lo hizo porque sabía que toda la gente formaba parte de la creación divina y porque uno de los nombres de Dios es “Fuente de Paz”, es decir, que Él desea paz y seguridad para toda la humanidad.

He mencionado aquí algunas de las enseñanzas islámicas relacionadas con la paz, pero debo clarificar que debido a la escasez de tiempo, he aludido solo a algunos aspectos. En realidad, en el Islam abundan los mandamientos y enseñanzas a favor de la paz y la seguridad para todo el mundo. Veamos lo que dice el Corán respecto al establecimiento de la justicia. En el capítulo 5, versículo 9, Al-lah dice:

¡Oh vosotros los que creéis! Sed perseverantes en la causa de Al-lah en calidad de testigos justos; y que la enemistad de un pueblo no os incite a actuar con injusticia. Sed siempre justos, porque eso está más cerca de la virtud. Y temed a Al-lah. En verdad, Al-lah es consciente de lo que hacéis.

Este versículo hace hincapié en los estándares más elevados de la justicia. Este mandamiento no deja margen a los hombres que se llaman a sí musulmanes y a la vez cometen atrocidades o brutalidades. Tampoco deja espacio para la crítica de aquellos que consideran al Islam -o intentan retratarlo- como una religión violenta y extremista. El Corán ha establecido además las pautas más ejemplares de justicia y equidad. No sólo ha prescrito que seamos justos sino que de hecho aboga hasta tal punto por la equidad, que declara:

¡Oh vosotros, los que creéis! Sed estrictos en la observancia de la justicia, actuando de testigos por la causa de Al-lah, aunque sea contra vosotros mismos, vuestros padres y familiares. Sea rico o pobre, Al-lah está más atento a ambos que vosotros. No sigáis pues los bajos deseos para que podáis actuar con equidad. Y si ocultáis la verdad o la eludís, recordad que Al-lah conoce muy bien todo lo que hacéis.

Son este tipo de normas, basadas en la justicia, las que establecen la paz en el mundo, comenzando desde el elemento más básico de la sociedad hasta llegar a la esfera internacional. La historia da testimonio del hecho de que el Fundador del Islam, el Santo Profeta Mohammadsa, obró de acuerdo con esta enseñanza y la propagó hasta los últimos rincones. En esta época, el verdadero devoto del Santo Profetasa, el Fundador de la Comunidad Ahmadía del Islam, Hazrat Mirza Ghulam Ahmadas de Qadian, divulgó y defendió esta enseñanza, ordenando también a sus seguidores a propagar la paz. Además, prescribió a sus seguidores a invitar a la humanidad a cumplir con los derechos de Dios y los derechos de Sus criaturas. Por esta razón la Comunidad Ahmadía recuerda a todos la necesidad urgente de cumplir con los derechos de Al-lah y los derechos de Su creación y de establecer los mejores estándares de la justicia. Mi plegaria es que cada uno de nosotros, al margen de su religión o creencia, preste atención al cumplimiento de los derechos del prójimo para que el mundo pueda convertirse en un remanso de paz y armonía.

Con estas breves palabras concluyo aquí y les doy las gracias una vez más por haberme invitado y por haber acudido aquí para escucharme.