En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

La Necesidad de la paz exterior e interior

Transcripción oficial del discurso del Líder Mundial de la Comunidad Musulmana Ahmadía a los invitados holandeses en el Yalsa Salana de Holanda de 2019

El sábado 28 de septiembre de 2019, el líder mundial de la Comunidad Musulmana Ahmadía, el Quinto Jalifa, Su Santidad, Mirza Masrur Ahmad (aba) se dirigió a una audiencia de más de 125 dignatarios e invitados en el segundo día de la 39ª Convención Anual (Yalsa Salana) de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Holanda. A continuación se presenta la transcripción oficial del discurso ofrecido por Su Santidad en esta ocasión.

Después de recitar Tashahhud, Ta’awwuz y Bismillah, Su Santidad Mirza Masrur Ahmad (aba), elLíder mundial de la Comunidad Musulmana Ahmadía, el Quinto Jalifa dijo:

‘A todos los invitados distinguidos: Assalamo Alaikum Wa Rahmatulahi Wa Barakatohu – la paz y las bendiciones de Dios sean con todos ustedes.

En primer lugar, me gustaría agradecer a todos nuestros invitados que hayan aceptado nuestra invitación y se hayan unido a nosotros hoy aquí, a pesar de todo lo que se ha dicho contra el islam y su fundador en los años recientes.

De hecho, se ha realizado un intento concertado de difundir odio e información errónea sobre el islam y para difamar el carácter del Santo Profeta Muhammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él). En vista de ello, su asistencia a este evento religioso, organizado por una comunidad musulmana, da testimonio de sus corazones abiertos y su mente amplia y solo puedo transmitirles mi felicitación y agradecimiento.

Rezo para que este espíritu generoso y tolerante permanezca siempre dentro de ustedes y se expanda aún más para que las personas de todas las comunidades puedan convivir juntas en paz y con un espíritu de mutuo amor y respeto.

Nosotros, los musulmanes áhmadis, creemos firmemente que la religión es un asunto personal de cada individuo. Es una cuestión del corazón y nadie tiene derecho a hablar mal de las creencias de otra gente.

Nadie debe burlarse de lo que otros consideran sagrado, pues tratar a otras personas con burla y desprecio solo puede provocar dolor y sufrimiento y crear división. Por el contrario, la tolerancia y el respeto mutuo son los pilares a través de los cuales se puede construir una sociedad pacífica y armoniosa.

Como he mencionado, el carácter del Santo Profeta del islam (la paz y bendiciones de Dios sean con él) ha sido difamado y distorsionado en el mundo no musulmán. Aquí en Holanda también, ciertas personas han tomado la iniciativa de incitar odio hacia el islam y hacer afirmaciones completamente falsas y horribles sobre el Sagrado Corán y el Santo Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él).

A este respecto, en el escaso tiempo disponible, hablaré sobre las verdaderas enseñanzas del islam y el carácter de su fundador (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Sin embargo, antes de continuar, me gustaría hablar, en general, sobre lo que constituye la paz y por qué es tan importante.

Sin lugar a dudas, a nivel personal, la paz es algo que todos deseamos, mientras que a un nivel más amplio, es algo a lo que las diferentes naciones y comunidades afirman aspirar.

Sin embargo, ¿qué es la paz y por qué la necesitamos?

En mi opinión, hay dos tipos de paz.

Hay paz exterior y paz interior.

A menudo, a nivel superficial, las personas pueden parecer felices y contentas.

Sin embargo, aunque tengan paz exterior, siguen estando privadas de paz interior.

Por ejemplo, las personas poderosas e influyentes a menudo hablan del desarrollo de la paz y poseen personalmente todo el bienestar y comodidades del mundo.

Sin embargo, muchos admiten que siguen en la búsqueda de la tranquilidad y están consumidos  por la tensión y la frustración.

Desde un punto de vista puramente externo y material, poseen todo lo que necesitan, pero sus mentes siguen atormentadas por la ansiedad y sus corazones permanecen insatisfechos.

Por lo tanto, la realidad es que hasta que una persona no alcanza la paz interior, sus comodidades materiales carecen de valor.

En pocas palabras, lo único que el dinero no puede comprar es la paz interior.

Por ejemplo, imaginen el caso de una madre acomodada, que tiene riquezas que superan sus necesidades, pero cuyo hijo se pierde. A pesar de poseer todas las comodidades mundanas posibles, permanecerá frenética y desesperada hasta que no encuentre a su hijo.

Lamentablemente, tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en vías de desarrollo, los problemas de salud mental siguen en aumento. En los países ricos, un número creciente de personas se suicidan, o sufren crisis o depresión, a pesar de que son relativamente fuertes en términos financieros.

Como era de esperar, la falta de paz interior es también común entre los más débiles y vulnerables miembros de la sociedad, que no pueden satisfacer sus necesidades básicas y que anhelan desesperadamente las comodidades disponibles para otros.

Por lo tanto, la frustración y la confusión interna son palpables entre los ricos y los pobres.

Por un lado, las personas adineradas, que tienen todo lo que necesitan en términos materiales, siguen privadas de paz interior. En el otro extremo del espectro, los pobres y los necesitados se ven abrumados por las circunstancias y anhelan la vida cómoda de otros.

Las personas pueden tener diferentes metas o deseos, y pueden ser polos opuestos con respecto a su estado material, pero están unidos en su fracaso de alcanzar la satisfacción interna.

En el mundo de hoy, los críticos culpan rápidamente a la religión, particularmente al islam, por los problemas del mundo. Sin embargo, muchas de las personas que sufren tormento interno e inquietud viven una vida puramente secular, por lo que no pueden culpar al islam o a ninguna otra religión de sus problemas.

Como líder religioso, creo firmemente que, en lugar de ser la causa de los problemas de hoy, la religión es la respuesta y, desde una perspectiva islámica, la solución es bastante simple.

El Profeta del islam (la paz y las bendiciones sean con él) enseñó que la verdadera paz mental requiere que una persona reconozca al Dios Altísimo y desarrolle una conexión con Él pues, según el islam, uno de los atributos del Dios Altísimo es que Él es la ‘Fuente de paz’.

Él desea que su creación viva en paz, independientemente de cualquier diferencia de religión o creencia. Además, el Santo Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) enseñó que Dios Altísimo es el Proveedor y Sustentador de toda la creación.

Él no solo provee a los musulmanes, sino que su gracia abarca a toda la humanidad, ya sean cristianos, hindúes, sijs, judíos o personas de otras religiones y creencias, e incluso de aquellos que carecen de fe y niegan Su existencia.

El islam prescribe a los musulmanes a imitar, en todo lo posible, los atributos de Dios. Por ello, el Profeta del islam (la paz y las bendiciones sean con él) declaró repetidamente que sus seguidores deben ser compasivos y considerados y esforzarse por impartir la paz a los demás.

Un principio dorado que el Fundador del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) nos dio es que un verdadero musulmán debe desear para los demás lo que quiere para sí mismo.

Creo que si este punto simple y profundo lo pusieran en práctica no solo los musulmanes, sino todas las personas, sería el medio para la paz eterna en la sociedad. Sin duda, todos desean la paz para sí mismos y sus seres queridos, pero la mayoría de las personas mentirán si afirman que desean que sus oponentes y competidores tengan paz y vivan contentos.

Sin embargo, este es el estándar de nobleza y generosidad del espíritu que requiere el islam. Es una religión y enseñanza que promueve el desinterés e insta a los seres humanos a descartar todos los rastros de egoísmo. El principio que brindó el Profeta del islam (paz y bendiciones de Dios sean sobre él) es que una persona debe ser de corazón abierto y mente pura.

En lugar de desear solamente lo mejor para sí mismo, una persona debe desear lo mismo para los demás también. Lamentablemente, en el mundo de hoy, vemos que ocurre lo contrario.

La sociedad moderna está consumida por el interés propio y la codicia. El desorden, los conflictos y las guerras siguen aumentando y los principios de equidad y justicia se desechan constantemente.

Esto se ilustra en las políticas exteriores de muchos países poderosos y ricos. Un tema constante de la historia moderna es que las potencias dominantes han enviado a sus ejércitos a tierras lejanas con el pretexto de establecer la paz, pero el tiempo ha demostrado que su verdadero objetivo ha sido proteger y mejorar sus intereses personales.

Durante tales conflictos, si muere solamente uno de sus soldados, existe una corriente de dolor y un compromiso a la venganza. Sin embargo, cuando sus bombas o municiones causan la muerte de centenares o incluso miles de civiles inocentes -incluidos mujeres y niños indefensos-, permanecen en silencio y no expresan ningún indicio de arrepentimiento o remordimiento.

Las consecuencias de tal injusticia son extremadamente perjudiciales y de gran alcance. La gente local ve que sus vidas se consideran de mucho menos valor e importancia que las vidas de aquellos que pertenecen a las naciones poderosas.

A medida que observan los evidentes dobles estándares y la falta de humanidad, los domina la frustración, la ira y el resentimiento y sus emociones amenazan con desbordarse en cualquier momento.

La paz y la seguridad de tales naciones yacen en ruinas, pero el resto del mundo se engañará al creer que no se verán afectados; más bien, el mundo está ahora tan interconectado que las ramificaciones de las hostilidades en una parte del mundo llegan a extenderse más allá de las fronteras, y hemos visto muchos ejemplos de ello en los últimos años.

Por lo tanto, si realmente deseamos la paz, ya sea en nuestra vida personal o a nivel colectivo, lo principal es que debemos desear para los demás lo que deseamos para nosotros mismos.

Como dije antes, este simple principio es la base de la verdadera paz en el mundo.

En términos de religión, el Santo Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) enseñó que desarrollar la verdadera paz requiere que la humanidad vuelva hacia el Dios Altísimo, Quien es la Fuente de la paz, el Noble y el Puro, y trate de emular Sus atributos. Esto significa que los seres humanos deben prescindir de sus intereses personales en la búsqueda de la paz y garantizar que sus motivaciones sean puras en todo momento.

Ciertamente, gran parte de la división que prevalece en el mundo de hoy se debe a que las intenciones de las partes involucradas no son inocentes u honestas. Hay claras contradicciones entre sus palabras y hechos y nunca puede existir paz si no existe armonía entre lo que dice una persona y lo que hace.

Cada gobierno y cada líder político, – ya sea de Estados Unidos, China, Rusia, países europeos, el mundo musulmán o cualquier otro lugar – condena rutinariamente la guerra y el derramamiento de sangre. Sin embargo, la realidad es que su oposición a tales asuntos suele limitarse a sus intereses y a su gente.

Sus clamores a favor del régimen de la ley, la justicia y los derechos humanos se invalidan a menudo cuando sus intereses están en juego. Cuando son atacados o sus derechos son usurpados, expresan furia e indignación ciegas ante la injusticia, pero son culpables de convertir en blanco a las naciones más débiles y emprender guerras civiles o conflictos dentro de otros países en su propio beneficio.

En lugar de convocar a las diferentes partes a la mesa de negociaciones y establecer un trato justo y diálogo honesto, las grandes potencias han interferido habitualmente en los conflictos de otros países armando o financiando a la parte que apoya sus intereses. Están vertiendo gasolina en llamas abiertas y el resultado es que personas inocentes, incluidos mujeres, niños y ancianos, están perdiendo la vida y observando el tormento de sus familias.

Ciudades, pueblos y aldeas están siendo devastadas y destrozadas.

El único resultado posible es un aumento de la frustración y el resentimiento entre la gente local y esto es algo que ha resultado demasiado evidente en países musulmanes devastados por la guerra en años recientes.

¿Pueden esos poderes externos, que priorizan sus propios intereses, afirmar realmente que promueven la paz?

Además, ¿pueden los críticos del islam seguir echando la culpa de la falta de paz en el mundo a las puertas del islam?

¿Pueden seguir alegando que el Profeta del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es responsable de las injusticias que están ocurriendo hoy?

Que quede claro que el estado de inquietud en el mundo, ya sea en países musulmanes o en otros, no tiene nada que ver con las enseñanzas del islam; más bien, tal confusión se basa en los intereses personales y los métodos egoístas de ciertos líderes o gobiernos corruptos por un lado, y de grupos rebeldes, insurgentes o separatistas por el otro.

Está causado por los actos brutales de grupos terroristas y extremistas que solo pretenden enriquecimiento o poder. Es posible que el centro del desorden actual radique en los países musulmanes, pero nadie puede negar que los países no musulmanes han encendido la situación, en lugar de resolverla.

Se puede afirmar que las enseñanzas islámicas han motivado a extremistas y terroristas, pero que quede muy claro que nada podría estar más lejos de la verdad. Como dije, el Profeta del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) enseñó que Dios Altísimo es la Fuente de paz y el Proveedor y Sustentador de toda la humanidad. De hecho, esto ha sido mencionado en el primer capítulo del Sagrado Corán.

Entonces, ¿cómo es posible que promoviera la intolerancia o sembrara las semillas de la división en la sociedad?

Más bien, a lo largo de su vida, promovió la armonía interreligiosa y enfatizó la necesidad de la paz a todos los niveles de la sociedad, desde la unidad familiar doméstica básica hasta las relaciones internacionales.

Esta no era solo su enseñanza, sino también su práctica.

Desde un principio, el Santo Profeta del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) transmitió un mensaje de paz y promovió una sociedad tolerante e inclusiva. Proclamó que Dios Altísimo deseaba que todas las personas, independientemente de su origen étnico o creencias, convivieran en paz y que se reconocieran y defendieran los valores humanos.

A menudo se alega que los primeros musulmanes participaron en la guerra o fueron intolerantes con las creencias ajenas. Sin embargo, un repaso justo de la historia islámica demuestra que estas son acusaciones completamente injustas y falsas.

Cuando se fundó el islam, los primeros musulmanes fueron víctimas de la despiadada persecución en la Meca. Algunos fueron brutalmente martirizados y otros fueron brutalmente torturados, pero los musulmanes fueron pacientes y nunca adoptaron represalias.

Después de soportar las crueldades más horribles imaginables, algunos de los musulmanes vulnerables emigraron a la tierra conocida hoy como Etiopía. Aun así, los opositores del islam no les permitieron vivir en paz, sino que los persiguieron y, presentándose ante el Rey del país, le suplicaron que expulsara a los musulmanes y los obligara a regresar a La Meca para continuar persiguiéndolos y asegurarse de que el islam no se extendiera.

Los incrédulos de la Meca dijeron al rey que los musulmanes habían establecido una nueva fe y habían condenado la adoración de los ídolos. Afirmaron que los musulmanes diseminaban el desorden y perturbaban la paz de la sociedad.

Tras recibir instrucciones del Rey para presentar su defensa, los musulmanes declararon su creencia en el Dios Único, quien era el Creador de toda la creación. Le adoraban solo a Él, pero al mismo tiempo, buscaban la paz con todas las personas y comunidades y creían que las personas de diferentes creencias y credos deberían respetarse mutuamente.

Expresaron su creencia de que los poderosos y ricos no deberían atropellar los derechos de los débiles y desfavorecidos, y que los pobres y los desfavorecidos no debían odiar a los que estaban en mejores condiciones.

El rey preguntó a los incrédulos si los musulmanes habían emprendido alguna vez la guerra, si mentían, si quebraban sus promesas o instigaban la rebelión. En respuesta, los adversarios del islam se vieron obligados a admitir que los musulmanes eran inocentes de todos los cargos.

A pesar de su odio por el Profeta del islam (la paz y las bendiciones sean con él) y sus seguidores y a pesar de su intenso deseo de terminar el islam, la gente de la Meca testificó el hecho de que el Fundador del islam (la paz y las bendiciones sean con él) nunca había hablado una mentira, nunca había quebrado una promesa, y tampoco había actuado nunca con crueldad o injusticia.

Se vieron obligados a admitir que el Santo Profeta del islam (paz y bendiciones de Dios sean con él) y sus seguidores eran aquellos que solo pretendían difundir el amor y afecto en la sociedad y quienes propagaban pacíficamente su creencia en la Unidad de Dios.

En todo momento, el Profeta del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) mostró paciencia, incluso ante la opresión más cruel y bárbara.  Recurrió solo al Dios Altísimo para compartir su dolor, y se menciona en el Sagrado Corán que durante la oración, el Santo Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) habló de su dolor: que llamó a su pueblo hacia la paz y la prosperidad y, sin embargo, respondieron con una crueldad incesante y brutal.

A pesar de sus brutalidades, durante el período mequí, el Profeta del islam (paz y bendiciones sean con él) nunca levantó su espada contra aquellos que perseguían a los musulmanes. Tampoco dejó de cooperar con las autoridades de la Meca, ni incitó ningún tipo de rebelión.

La paciencia de los musulmanes se basó en el mandato del Dios Altísimo, y se menciona en el capítulo 25, versículo 64 del Sagrado Corán. Dirigiéndose a los musulmanes en este versículo, Dios Altísimo dijo:

“Más los siervos de Dios Clemente son quienes andan en la tierra con humildad y cuando se dirigen a ellos los ignorantes, responde: ‘Paz’.”

Por lo tanto, el Sagrado Corán tranquilizó a los musulmanes y les aconsejó que fueran pacientes sin tener en cuenta la provocación o el tormento a que fueran sometidos.  Ante la adversidad y el odio, debían responder ofreciendo la paz a sus enemigos y oponentes.

En consecuencia, cuando los primeros musulmanes fueron torturados, vilipendiados y difamados mostraron paciencia por orden del Dios Altísimo. Pasando por alto la inclinación natural de venganza y siguiendo el criterio de desear para los demás lo que se desea para sí mismo, los musulmanes buscaban la paz con sus enemigos.

No era solo una paz temporal la que los musulmanes deseaban para los demás, sino una paz eterna. Así, en el capítulo 10, versículo 26, Dios Altísimo ha declarado:

“Y Al’lah llama a la morada de la paz […].”

Este versículo demuestra claramente que se ordenó a los musulmanes no escatimar esfuerzos en promover un estado permanente de paz y armonía y en unir a la gente.

Sin embargo, la amarga persecución continuó durante años y finalmente, cuando sus crueldades excedieron todos los límites, el Profeta del islam (la paz y las bendiciones sean con él) y sus seguidores emigraron a la ciudad de Medina.

A pesar de todo, los adversarios del islam no les permitieron vivir en paz; por el contrario, los incrédulos de la Meca los persiguieron y pronto libraron una guerra contra los musulmanes. Solo entonces, tras años de padecer una odiosa persecución, y después de haber sido expulsados de sus hogares, Dios Altísimo permitió a los musulmanes responder con fuerza y ​​defenderse.

Aquí, es muy importante tener en cuenta que el permiso para defenderse no se otorgó solo para defender al islam o a los musulmanes; más bien, el Sagrado Corán afirma en el capítulo 22, versículos 40-41 que el permiso para la defensa fue otorgado para defender la institución de la religión y la libertad religiosa universal, ya que esos eran los objetivos reales de los opositores del islam.

También debe aclararse que el Santo Profeta del islam (la paz y las bendiciones de Dios sean sobre él) prescribió a sus seguidores acatar las reglas de combate más estrictas posibles. Por ejemplo, se aseguró de que los prisioneros de guerra fueran tratados con compasión y fueran liberados en lo posible.

Ordenó que no fueran atacados ningún niño, mujer, persona mayor o enferma, ni tampoco fueran atacados lugares de culto ni líderes religiosos. Además, indicó que si el lado opuesto incluso insinuaba la reconciliación, su gesto debía ser inmediatamente aceptado, para que no se perdiera ninguna oportunidad de paz.

También es digno de observar que, aunque comúnmente se sugiere que los primeros musulmanes fueron beligerantes o estaban sedientos de sangre, en la actualidad varios historiadores occidentales y no musulmanes admiten que esto es totalmente incorrecto.

De hecho, su investigación demuestra que el número de personas que perdieron la vida en todas las guerras libradas durante el primer período del islam fueron una minoría en comparación con el número de personas que han muerto bajo las bombas individuales de la era moderna.

Por lo tanto, en lugar de buscar conflictos o fomentar el odio, lo único que el islam ha ordenado a los musulmanes es derribar los muros del odio que dividen a la humanidad y construir puentes de amor y compasión para unirla.

En resumen, a todos los niveles de la sociedad, y en todas las comunidades y pueblos, los musulmanes tienen el deber de difundir la paz, y la razón fundamental de esto, como ya he mencionado, es que el primer capítulo del Sagrado Corán dice:

“Toda alabanza pertenece a Al’lah, Señor de todos los mundos.”

En consecuencia, como Dios Altísimo es el Proveedor y Sustentador para toda la humanidad, simplemente no es posible que los verdaderos musulmanes alberguen odio o mala voluntad hacia sus semejantes; más bien, nuestros corazones solo pueden estar llenos de sentimientos de amor, compasión y simpatía para los demás.

Por supuesto, como musulmanes practicantes, tenemos nuestras creencias religiosas. Creemos que Dios es uno y que es nuestro deber recurrir a Él y adorarle solo a Él. Sin embargo, también cumplimos firmemente el precepto eterno del Sagrado Corán de que no debería haber compulsión en la religión.

Como dije antes, la religión es, y siempre será, un asunto del corazón y un asunto personal de cada individuo. El significado de la palabra islam es “paz” y hay muchos versículos del Corán que dejan categóricamente claro que los musulmanes deben ser pacíficos y mostrar amor y respeto a los demás.

¿Cómo es posible que tras revelarse una enseñanza tan pacífica al Profeta del islam (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) él mismo violara sus enseñanzas?

Los historiadores honestos y justos dan testimonio del hecho de que el Santo Profeta del islam (paz y bendiciones de Dios sean con él) nunca infligió crueldad alguna ni usurpó los derechos de los demás.

En todo momento enseñó paz, tolerancia y el cumplimiento de los derechos de la humanidad, y sus enseñanzas son ciertamente nuestra inspiración. Proclamamos con orgullo ser seguidores de ese noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) a quien el Sagrado Corán ha declarado como una misericordia para la humanidad.

Esta es la razón por la que la Comunidad Musulmana Ahmadía tiene el lema de Amor para todos, odio hacia nadie. En este momento de conflictos y división, nuestro mensaje es que todas las naciones y todas las personas deben luchar urgentemente por la paz.

Los críticos feroces del islam deberían reconocer que en lugar de lanzar su veneno y resentimiento hacia el islam y su noble Profeta (la paz y las bendiciones sean con él), deberían erradicar las huellas de la parcialidad, prejuicios e intereses propios.

De lo contrario, el desorden y el odio continuarán aumentando en el mundo, y saldrán a la superficie las frustraciones e ira entre tales musulmanes, que están desinformados o ignoran las verdaderas enseñanzas de su propia religión.

No solo entre la comunidad musulmana, sino en toda la sociedad, los jóvenes, dondequiera que se ven frustrados y sin esperanzas, se convierten en presa fácil para clérigos hostiles o extremistas que envenenan sus mentes.

Debemos evitar esto, o de lo contrario, el amargo ciclo de odio que ha oscurecido al mundo moderno seguirá girando. La paz dentro de las sociedades musulmanas, y en el mundo en general, se convertirá en un sueño cada vez más lejano.

Como dije al principio, la necesidad de la época es que todos nos unamos, y en lugar de arremeter contra los sentimientos religiosos de los demás, unamos fuerzas y trabajemos para construir un futuro mejor para nuestros niños y las futuras generaciones.

Dejemos de lado nuestras diferencias y trabajemos fielmente para desarrollar una paz sostenible en el mundo. Respetémonos mutuamente y luchemos por construir una mejor sociedad fundada sobre los principios de unidad y bien común.

Que Dios Altísimo nos ayude a ello. Amén.