5. La paz política
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

La paz política

“En verdad, Al-lah os ordena devolver lo depositado a sus propietarios y que, cuando juzguéis entre hombres, lo hagáis con justicia.  ¡Ciertamente es excelente aquello a lo que Al-lah os exhorta! Al-lah es quien todo lo oye y todo lo ve” (Capítulo 4. Al-Nisa: 59).

La paz política

La paz política debe examinarse con detalle a niveles nacional e internacional.

En lo que concierne a política nacional, el tema principal es qué sistema político es bueno o malo para el hombre. Una vez más, necesitamos descubrir si son el fracaso de los sistemas políticos y sus defectos inherentes los responsables del sufrimiento e insatisfacción de las gentes o son otras causas. ¿Hay que culpar al sistema o a los que lo dirigen?  ¿Puede, por ejemplo, un liderazgo político inmoral egoísta, avaro o corrupto que llega al poder por medios democráticos, ser realmente bueno y beneficioso para la sociedad en lugar de, por ejemplo, una dictadura benigna?

Para establecer y garantizar la paz internacional, el Islam tiene unas palabras de consejo para los políticos contemporáneos.

El Islam pone un extraordinario énfasis en la introducción de una moralidad absoluta en todas las esferas de la actividad humana -y la política no es una excepción-.

No censura rotunda a ningún sistema político

Comenzamos con la observación de que en el Islam no se menciona ningún sistema político como el único sistema válido frente a los demás.

No hay duda de que el Sagrado Corán habla de un sistema democrático en el que los gobernantes pueden ser elegidos por el pueblo, pero no es el único sistema recomendado por el Islam. Ni puede ser la prerrogativa fundamental de una religión universal la elección de un sistema único de gobierno sin la consideración debida del hecho de que no es posible en la práctica la aplicación de un único sistema a todas las regiones y sociedades del mundo.

La democracia no se ha desarrollado lo suficiente para alcanzar el nivel de gobierno que se corresponde con la visión política definitiva de la democracia ni siquiera en las naciones más avanzadas del mundo. Con el ascenso del capitalismo y la construcción de una maquinaria extremadamente poderosa en los países capitalistas, no se pueden llevar a cabo en ninguna parte elecciones verdaderamente democráticas.

Si se añade a esto el problema creciente de la corrupción, y el surgimiento de la Mafia y otros grupos de presión, puede concluirse con certeza que la democracia no está en manos seguras ni en los países más democráticos del mundo. Entonces,  ¿cómo puede ser apropiada en el Tercer Mundo?

Por tanto, afirmar que las democracias occidentales pueden prevalecer en países africanos, asiáticos o sudamericanos o en los así llamados países islámicos del mundo, sería equivalente a hacer una declaración vacía e irreal.

Desde mi punto de vista, las enseñanzas islámicas no rechazan ningún sistema político del mundo: el Islam lo deja a la elección de la gente y a las tradiciones establecidas históricamente que prevalecen en cualquier país. En lo que el Islam pone énfasis no es en la forma de gobierno sino en cómo se debiera conducir el gobierno.

Con tal de que un sistema de gobierno se ajuste al ideal islámico en el cumplimiento de la confianza que se debe a los ciudadanos, los distintos sistemas de gobierno, como el feudalismo, monarquía, democracia, etc., pueden adecuarse al Islam.

Monarquía.

La monarquía se menciona de forma repetida en el Sagrado Corán sin ser censurada como institución.

Un Profeta de Israel recuerda a Talut a los israelitas:

“Y su Profeta les dijo: “Al-lah os ha nombrado a Talut como rey”. Dijeron: “ ¿Cómo puede ser soberano nuestro si nosotros tenemos más derecho a la soberanía que él, y no se le han dado ni siquiera riquezas en abundancia?” Él dijo: “En verdad, Al-lah lo ha elegido sobre vosotros y lo ha hecho muy superior en cuanto a conocimientos y fuerza”. Y Al-lah entrega la soberanía a quien le place, ­ y Al-lah es Gene­roso, Omnisciente”.    (C. 2. Al-Baqa­rah: 248).

La monarquía también se menciona en el sentido más amplio de considerar a la gente misma como monarcas:

“Y acordaos cuando Moisés dijo a su pueblo: “¡Oh pueblo mío! Acordaos del favor de Al-lah para con vosotros cuando nombró Profetas de entre vosotros, os hizo reyes y os dio lo que no había dado a ningún otro pueblo del mundo” (C. 5. Al-Maidah: 21).

Una vez más, las soberanías creadas o expandidas por conquistas no gozan en general de buena reputación, como encontramos en el versículo sobre la Reina de Saba en el que advierte a su consejero.

La decisión de la Reina de Saba se expone como sigue:

Ella respondió: “En verdad, los reyes poderosos, cuando entran en un país, lo despojan y convierten en miserables a quienes ocupan los puestos más altos entre ellos. Y esta ha sido su actitud. (C. 27. Al-Naml: 35).

Los reyes pueden ser buenos o malos, por supuesto, al igual que los presidentes y primeros ministros elegidos democráticamente pueden ser también buenos o malos.

Pero el Sagrado Corán menciona una categoría de reyes que fueron elegidos por Dios. Ellos son como el Rey Salomón (as), que no sólo fue un rey como entienden los Judíos y Cristianos, sino también un Profeta de Dios según el Sagrado Corán.

Esto demuestra que, a veces, los oficios del profeta y soberanía se combinan en una sola persona y que son soberanos directamente nombrados por Dios.

En el Sagrado Corán se menciona otro tipo de soberanía a través de la autoridad de un Profeta. El siguiente versículo ilustra este hecho:

¡Oh vosotros, los que creéis! Obedeced a Al-lah, a Su Mensaje­ro y a los que tienen autoridad sobre vosotros. Y si disputáis respecto a cualquier asunto, sometedlo a Al-lah y al Mensajero, si sois creyentes en Al-lah y en el Último Día. Esto es al final lo mejor y más recomendable” (C. 4. Al-Nisa: 60).

Este versículo no sólo enumera las categorías de soberanía, sino que enfatiza que, de acuerdo con el Sagrado Corán, a veces las elecciones democráticas no son necesariamente las adecuadas. Es bastante probable que la abrumadora mayoría de la gente no reconozca las cualidades esenciales de gran liderazgo en una persona y proteste contra su elección si se les impone. Según todos los criterios políticos, su designación sería descrita como dictatorial. La elección podría ir contra la voluntad popular pero ciertamente no contra el interés público.

La debilidad inherente en la forma democrática de elecciones es que las masas basan su elección en impresiones superficiales y en valoraciones apresuradas y son incapaces de juzgar por sí mismas las cualidades acertadas de liderazgo más adecuadas a su beneficio definitivo.

Parece que en la historia de la gente favorecida por Dios, ha habido épocas en las que su supervivencia política necesitó de la intervención divina. En tales épocas, Dios pone la elección de un Rey, soberano o jefe en Sus propias manos. No se debiera deducir de esto que todos los monarcas o jefes son elegidos de forma divina por Dios o santificados como tales. Este concepto erróneo que ha sido común en el sistema cristiano medieval no es compartido por el Sagrado Corán. Por ejemplo, el Rey Ricardo se lamenta:

“Todas las aguas de mares escabrosos no pueden llevarse el bálsamo de un Rey ungido (Shakespeare)”.

Definiendo la democracia

El concepto de democracia, a pesar de sus orígenes griegos, se basa en la breve definición de Abraham Lincoln en Gettysburg de gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo. Es desde luego un tópico muy interesante, pero rara vez aplicado en su totalidad en ninguna parte del mundo.

La tercera parte de esta definición para el pueblo es muy vaga y llena de peligros.  ¿Qué se puede declarar que sea para el pueblo con total confianza? En un sistema de gobierno de mayoría, puede ocurrir muy a menudo que lo que se considera que es para el pueblo es simplemente para la mayoría y no para la minoría restante.

En un sistema democrático, también es posible que las decisiones vitales se tomen únicamente basándose en la mayoría absoluta. Aun así, si se analizan más minuciosamente los hechos y las cifras, se descubre que realmente fue una decisión minoritaria, aprobada democráticamente, e impuesta sobre la mayoría. Una de las numerosas posibilidades es que el partido gobernante sea votado para el poder en una primera vuelta habiendo obtenido los puestos en base a una mayoría minoritaria en casi todas las circunscripciones. Además, si el número de votantes el día de la votación es bastante bajo, se hace dudoso que el partido gobernante goce, en efecto, del apoyo de la mayoría. Incluso si el partido surge con una mayoría general del electorado, podrían ocurrir muchas cosas durante el período de su posesión. La opinión pública podría cambiar drásticamente de tal modo que el gobierno establecido ya no fuese una representación verdadera de la mayoría. Después de todo, a cada cambio de gobierno se manifiesta un proceso gradual de cambio de intención por parte del electorado.

Incluso si el gobierno sigue siendo popular para sus votantes, no es improbable que cuando se toman ciertas decisiones clave, un número considera­ble de miembros del partido gobernante no esté en el fondo de acuerdo con la mayoría, pero voten por lealtad al partido. Si la diferencia está en la fuerza del partido gobernante sobre el partido o partidos de la oposición, entonces, bastante más que a menudo, la decisión llamada mayoritaria sería en realidad la decisión de una minoría impuesta al pueblo.

También es de recalcar que el concepto de lo que se considera como bueno para el pueblo cambia de una época a otra. Si las decisiones no se toman sobre principios absolutos sino sobre lo que se considera bueno para el pueblo, o al menos lo que el partido considera bueno, esto podría llevar a giros constantes en la política cada cierto tiempo. Lo que aparece hoy podría ser malo mañana y bueno al día siguiente.

Para el hombre de la calle, esta puede ser una situación engañosa. La experimentación del comunismo a una escala tan grande durante más de medio siglo, estuvo al fin y al cabo basada en el mismo eslogan de para el pueblo. No todos los estados socialistas fueron dictatoriales.

También debiera notarse que la línea que separa los estados socialistas de los democráticos en lo que concierne a gobierno por el pueblo es muy fina y a veces inexistente.  ¿Cómo se puede censurar a todos los gobiernos del mundo elegidos en países socialistas por haber sido llevados al poder no por el pueblo? Por supuesto, en un estado totalitario es posible dictar la elección de los candidatos al electorado de tal modo que les deje poco espacio para elegir otras alternativas. Sin embargo, tácticas similares y otras despóticas se pueden usar también, con unas pocas excepciones en el mundo occidental, en países con un sistema democrático de gobierno.

De hecho, a la democracia en la mayor parte del mundo no se le dejan las manos libres, y las elecciones rara vez son por el pueblo. Mediante el fraude electoral, las negociaciones ocultas, el gobierno del terror mediante tácticas policiales y otras medidas corruptas similares, se atenúa y se adultera el espíritu y sustancia de la democracia en el mundo, de tal modo que al final queda poco de democracia.

Definición islámica de democracia.

Según el Sagrado Corán, el pueblo tiene una libre oportunidad de adoptar cualquier sistema de gobierno que le sea adecuado. Democracia, soberanía, sistemas tribales o feudales son válidos con tal de que el pueblo los acepte como el patrimonio tradicional de su sociedad.

No obstante, parece claro que la democracia se prefiere y se recomienda especialmente en el Sagrado Corán. Se aconseja a los musulmanes que adopten un sistema democrático, aunque no exactamente el modelo de democracia del estilo occidental.

El Islam no presenta una definición vacía de democracia en ninguna parte del Sagrado Corán. Sólo trata de principios de vital trascendencia y deja el resto a la gente. Síguelo y benefíciate, o extravíate y sé destruido.

Dos pilares del concepto islámico de democracia.

Sólo hay dos pilares en el concepto islámico de democracia. Estos son:

  1. El proceso islámico de elecciones se debe basar en la confianza y la integridad.

El Islam enseña que donde quiera que ejerzas tu voto, lo hagas con la conciencia de que Dios está vigilándote y te hará responsable de tu decisión. Vota por los que sean más capaces de desempeñar su responsabilidad nacional y que sean ellos mismos dignos de confianza. En esta enseñanza está implícita la exigencia de que aquellos que tienen derecho a voto, deben ejercerlo correctamente a no ser que haya circunstancias fuera de su control o existan impedimentos en el ejercicio de ese derecho.

  1. Los gobiernos deben funcionar según el principio de justicia absoluta.

El segundo pilar de la democracia islámica es que siempre que tomes decisiones, lo hagas según el principio de justicia absoluta. Ya sean asuntos políticos, religiosos, sociales o económicos, nunca se debe comprometer a la justicia. Después de la formación del gobierno, la votación dentro del partido debería también seguir siempre orientada hacia la justicia. Por lo tanto, no debiera permitirse que ningún interés partidista o consideración política tuviesen influencia en el proceso de toma de decisiones. A la larga, toda decisión tomada con este espíritu va a ser realmente del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

 

Preferencia por la consulta mutua.

La sustancia de la democracia se discute muy claramente en el Sagrado Corán y, en lo que concierne al consejo dado a los musulmanes, aunque la monarquía nunca se ha excluido como institución irreligiosa e impía, la democracia se prefiere con certeza a todas las demás formas de gobierno.

Describiendo la sociedad musulmana ideal, el Sagrado Corán declara:

Cuanto se os ha concedido no es más que una provisión temporal de esta vida, pero lo que está con Al-lah es mejor y más duradero para quienes creen y ponen confianza en su Señor. Quienes se abstienen de los pecados y obscenidades más graves y, cuando están encolerizados, perdonan. Quienes escuchan a su Señor y cumplen la Oración, cuyos asuntos se deciden por consulta mutua y emplean de lo que les hemos proporcionado. Y quienes se defienden cuando se les perjudica” (C. 42. Al-Shura: 37-40).

Las palabras árabes AMRO HUM SHURA BAINAHUM (cuyos asuntos se administran por consulta mutua) se refieren a la vida política de la sociedad musulmana, indicando claramente que en asuntos de gobierno, las decisiones se toman a través de consulta mutua, que, por supuesto, recuerda a uno la primera parte de la definición de democracia, esto es: gobierno del pueblo. La voluntad común del pueblo se convierte en la voluntad de gobierno del pueblo a través de la consulta mutua.

La segunda parte de la definición de democracia se refiere a por el pueblo. En la siguiente parte del versículo se hace clara referencia a esto:

“En verdad, Al-lah os ordena confiar las responsabilidades a quienes estén mejor dotados para desempeñarlas. (C. 4: Al-Nisa: 59).

Esto significa que siempre que expreses tu voluntad para elegir a tus gobernantes, sitúes la responsabilidad en el lugar al que por derecho pertenece.

El derecho del pueblo a elegir a sus gobernantes se menciona, por supuesto, aunque incidentalmente. El verdadero énfasis se pone en cómo se debe ejercer este derecho. Se recuerda a los musulmanes que no es una simple cuestión de voluntad personal que pueden ejercer del modo que les parezca, sino que mucho más que eso, es una cuestión de responsabilidad nacional. En asuntos de responsabilidad, no te quedan muchas opciones. Debes desempeñar la responsabilidad con toda honestidad, integridad y espíritu desinteresado. La responsabilidad debe reposar donde realmente pertenece.

Muchos letrados musulmanes citan este versículo sólo para indicar que el Islam propone el sistema y teoría de la democracia como se entiende en la filosofía política occidental, pero esto es sólo cierto en parte.

El sistema de consulta mencionado en el Sagrado Corán no deja sitio para la política de partidos de las democracias occidentales actuales, ni da licencia al estilo y espíritu de los debates políticos en los parlamentos y cámaras de representantes elegidos democráticamente. Como ya hemos discutido este aspecto en detalle, no es necesario añadir nada más.

También debería señalarse en relación con la segunda parte de la definición de democracia, que según este concepto de consulta mutua, el derecho a votar pertenece prácticamente de manera absoluta a los votantes sin otros requisitos o  condiciones  que infrinjan este derecho.

Según las normas habituales de democracia, el votante puede desperdiciar su voto en favor de un títere, o echar a perder o tirar su papeleta en la papelera en lugar de en la urna electoral. Seguirá siendo irreprochable y no se le podrá tachar de haber violado ningún principio de la democracia.

Según la definición del Corán, sin embargo, el votante no es el dueño absoluto de su voto sino un depositario. Como depositario, debe depositar su confianza con justicia y honradez, donde considere que verdaderamente pertenece. Debe estar alerta y ser consciente de que será responsable de su acción ante los ojos de Dios.

A la vista de este concepto islámico, si un partido político nombra un candidato al que otro miembro particular del partido considera incapaz de desempeñar su responsabilidad nacional, dicho miembro debería dejar el partido antes que votar por alguien que no le merece la confianza. No se permite que la lealtad al partido interfiera en su elección.

Una vez más, se debe desempeñar la responsabilidad de buena fe. Por lo tanto, todo votante debe participar completamente en el ejercicio de su voto durante las elecciones a no ser que esté incapacitado para hacerlo. De otro modo, habrá fracasado en el desempeño de su propia responsabilidad. El concepto de abstención o contención en el ejercicio del voto, como ocurre en los Estados Unidos de América donde casi la mitad del electorado no se molesta en votar, no tiene cabida en el concepto islámico de democracia.

La confusión en cuanto a la verdadera naturaleza  del gobierno islámico

Se está haciendo popular entre los pensadores políticos musulmanes de la época contemporánea, postular que Islam se inclina por la democracia. Según su filosofía política, al ser Dios la autoridad definitiva, la soberanía le corresponde a Él.

La autoridad divina.

La soberanía absoluta le corresponde a Dios. El Sagrado Corán recalca Su dominio en el siguiente versículo:

“Exaltado sea pues Al-lah, el Verdadero Soberano. No hay otro Dios sino El, el Señor del Trono Glorioso” (C. 23: Al-Mu´minun: 117).

El principio fundamental de que, en última instancia, todos los derechos a gobernar pertenecen a Dios y que Él es el Señor de la Soberanía, se menciona de distintas formas en el Sagrado Corán, de las cuales el versículo anterior es sólo un ejemplo.

En el manejo de los asuntos políticos, la soberanía de Dios se expresa de dos maneras:

  1. a) La Ley (Shariah) por derivarse del Sagrado Corán, la conducta del Santo Profeta del Islam sa y también de las tradiciones establecidas atribuidas a él por los primeros musulmanes, es suprema. Conlleva pautas esenciales para la legislación y ningún gobierno elegido democráticamente puede interferir en la Voluntad expresa de Dios.
  2. b) Ningún proceso legislativo sería válido si contradijese el principio antedicho.

Desgraciadamente, sin embargo, no hay unanimidad entre los letrados de las diversas sectas del Islam en cuanto a cuáles son las Leyes bien definidas (Shariah). Todos los letrados están de acuerdo en que la legislación es prerrogativa de Dios y que Él ha expresado Su Voluntad a través de la revelación coránica al Sagrado Fundador del Islam.

En cuanto al modo en que debieran manejarse los gobiernos islámicos, la idea popular es que en los temas, asuntos y medidas administrativas del día a día, el gobierno, como representante del pueblo, sirve como instrumento para expresar la Voluntad de Dios. Como la soberanía pertenece al pueblo a través de un poder delegado, por tanto tal sistema es democrático.

Mul-lahismo.

Este es el punto de vista riguroso de la así denominada ortodoxia, que llegaría a un entendimiento con las tendencias democráticas modernas del pueblo musulmán, sólo a condición de que se garantizase al Mul-lah (traducción aproximada del “clero” musulmán) el derecho definitivo a juzgar la validez de las decisiones democráticas, basándose en la Shariah.

Si se aceptase, esta demanda sería equivalente a situar la autoridad legislativa definitiva no en las manos de Dios sino en las manos de los ortodoxos o de alguna otra escuela del clero. Si se considera el enorme poder puesto en sus manos en el escenario de las diferencias fundamentales que prevalecen entre el mismo clero musulmán en lo que se refiere a su comprensión de lo que es y lo que no es Shariah, las consecuencias se presentan horrendas. Hay demasiadas escuelas de jurisprudencia entre los ortodoxos. Incluso dentro de cada escuela de jurisprudencia, el clero no se muestra siempre unánime ante cualquier decreto. De nuevo, su posición en cuanto a cuál es la verdadera Voluntad de Dios según lo expresado en el Shariah Islámica, ha ido cambiando en los diferentes períodos de la historia.

Esto representa un problema complejo para el mundo contemporáneo del Islam, el cual todavía parece estar en busca de su verdadera identidad. Cada vez se está haciendo más aparente para los intelectuales musulmanes que el único punto de encuentro entre el clero es su demanda intransigente de que se ejecute la Shariah.

La revolución iraní ha abierto más el apetito de los Mul-lah en países donde los musulmanes Sunitas son mayoría. Según ellos, si Jomeini puede triunfar,  ¿por qué van a fracasar ellos? Detrás de esto está su fantasía – la tierra de sus sueños-.

Las masas están confundidas.  ¿Preferirías la Palabra de Dios y la del Sagrado Profeta del Islam sa o la de los hombres en una sociedad sin dios y sin temor para que guíen y conformen tus declaraciones políticas? Esta cuestión es extremadamente difícil para una persona común, que se encuentra a sí misma en estado de desconcierto y confusión. Las masas de muchos países musulmanes adoran el Islam y estarían dispuestos a morir por la Voluntad de Dios y el honor del Santo Profeta del Islam sa. Aún así, hay algo dentro de todo el escenario que les deja confusos, molestos y muy intranquilos. A pesar de su amor a Dios y al Santo Profeta sa, les evoca muchos recuerdos sangrientos de gobiernos del pasado que estaban bajo la influencia de los Mul-lahs o que explotaban el Mul-lahismo para su beneficio político.

En cuanto a los políticos musulmanes, parecen estar divididos e indecisos. Algunos no pueden resistirse a explotar esta situación, poniéndose del lado de los Mul-lah y favoreciéndoles. Sin embargo, acarician la esperanza secreta de que a la hora de las elecciones, no serán los Mul-lah sino ellos, los elegidos como firmes defensores de la Shariah. Las masas preferirían confiar más en ellos como guardianes de la Shariah, que en los Mul-lah. La vida sería más sencilla y más realista en sus manos que bajo el control obstinado e inflexible de los “custodios del cielo”. Los más escrupulosos de entre los políticos, son los previsores que consideran este un juego peligroso.  ¡Ay! Se están convirtiendo rápidamente en una minoría. La política y la hipocresía y la verdad y los escrúpulos, o cualquier virtud noble en ese asunto, no parecen ir de la mano. En general, los intelectuales se inclinan cada vez más por la democracia. Aman el Islam, pero tienen miedo de un gobierno teocrático. Ven la democracia, no como una alternativa al Islam, sino que creen genuinamente que como filosofía política, es el mismo Sagrado Corán el que propone la democracia:

Quienes escuchan a Su Señor y cumplen la Oración, cuyos asuntos se deciden por consulta mutua, y emplean de lo que les hemos proporcionado” (C. 42: Al-Shura: 39).                             Y consúltales en asuntos de administración; y cuando estés decidido, pon tu confianza en Al-lah. En verdad, Al-lah ama a quien pone en El su confianza” (C. 3: Al-Imran: 60).

Como claro resultado de esta lucha crítica entre las diversas facciones, los países musulmanes jóvenes, como Pakistán, se encuentran a sí mismos en un galimatías de confusión y contradicción. El electorado es temperamentalmente adverso al retorno de los Mul-lahs a las asambleas constituyentes en número significativo. Incluso en la cima de la fiebre de la Shariah, apenas del cinco al diez por ciento de los Mul-lahs logran el triunfo en las elecciones. Sin embargo, al haberse comprometido a la Ley de Dios a cambio del apoyo adicional de los Mul-lahs, los políticos se encuentran a sí mismos en una posición nada envidiable. En el fondo, están completamente convencidos de que la aceptación de la Shariah es, en realidad, contradictoria con el principio de legislatura a través de una cámara de representantes elegida democráticamente.

Si la autoridad para legislar recae en Dios, lo cual no puede negar un musulmán, entonces, como consecuencia lógica, son los teólogos y los Mul-lahs los que poseen la prerrogativa de comprender y definir la ley de la Shariah. En este escenario, todo el ejercicio de elección de cuerpos legislativos se vuelve inútil y carente de sentido. Después de todo, a los miembros del Parlamento no se les requiere que firmen solo sobre las líneas de puntos que les indiquen los Mul-lahs.

Es bastante trágico saber que ni el político ni el intelectual han intentado nunca comprender con sinceridad la forma o formas de gobierno que el Sagrado Corán realmente propone o reconoce.

Lealtades divididas entre el estado y la religión.

No hay contradicción entre la Palabra de Dios y la Acción de Dios. No hay choque entre lealtad al estado propio y a la religión en el Islam. Pero esta cuestión no afecta sólo al Islam.

Hay muchos episodios en la historia del hombre en los que un Estado establecido se vio afrontado a esta cuestión.

El Imperio Romano, especialmente durante los tres primeros siglos del período cristiano, culpó a la Cristiandad de lealtades divididas entre el Imperio y La Cristiandad. Esta acusación del estado acabó en la persecución extremadamente salvaje e inhumana de los primeros cristianos en sus hogares, por el supuesto crimen de traición y deslealtad al Emperador.

Esta lucha entre la Iglesia y el Estado ha constituido siempre un factor importante en la construcción de la historia europea. Napoleón Bonaparte, por ejemplo, culpaba al Catolicismo Romano de dividir lealtades y afirmaba que la primera lealtad se debía al pueblo francés y al gobierno de Francia y que no se permitiría a ningún Papa Vaticano gobernar los asuntos de los católicos romanos en Francia, ni se permitiría al Catolicismo Romano interferir en los asuntos del estado.

En la historia reciente, mi propia comunidad, los áhmadis musulmanes, afrontan en Pakistán serios problemas sobre las mismas bases. Cuando la influencia del clero medievalista empezó a resurgir bajo la protección del General Muhammad Zia-ul-Haq, el dictador militar de más largo gobierno en Pakistán, los Áhmadis fueron convertidos progresivamente en víctimas populares de esta vieja acusación de lealtades divididas. El Gobierno de Pakistán bajo el General Zia, incluso procedió a editar una especie de Libro Blanco contra los Áhmadis, proclamando que los Áhmadis no eran leales ni al Islam ni al estado de Pakistán.

Era el mismo espíritu de locura poseyendo a nuevos sujetos. El vino sigue siendo el mismo, aunque las copas hayan cambiado.

Más recientemente, durante el notorio asunto de Salman Rushdie, los musulmanes de Gran Bretaña y muchas partes de Europa se enfrentaron a un problema similar al ser acusados de poseer lealtades divididas. Aunque su intensidad no llegó al rojo vivo, el fuerte daño que supone para las relaciones intercomunitarias, no debiera subestimarse.

 

¿Debiera la religión tener autoridad legislativa exclusiva?

Se trata de un fenómeno universal, por tanto, que nunca se ha investigado seriamente. Ni los políticos ni los líderes religiosos han resuelto nunca la fina línea azul que divide la religión del estado.

En lo que a los cristianos se refiere, este tema debiera haberse resuelto de una vez por todas cuando Jesús, la paz sea con él, dio su histórica réplica a los fariseos:

Entonces les replicó: “Pues lo que es del César devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios”. (Mateo 22,21)

Estas breves palabras están llenas de profunda sabiduría. Todo lo que hay que decir, está dicho.

La religión y el modo de gobierno son dos de las muchas ruedas del vagón de la sociedad. Es, en realidad, irrelevante que haya dos, cuatro u ocho ruedas mientras que mantengan la orientación correcta y giren dentro de sus órbitas. No puede haber problemas de conflicto mutuo o confrontación.

En total acuerdo con sus primeras enseñanzas divinas, el Sagrado Corán estudia este tema demarcando con claridad la esfera de actividades de cada componente de la sociedad. Se-ría simplificar demasiado el tema, concebir que no haya punto de encuentro o base común que compartan la religión y el estado. Desde luego que se solapan, aunque sólo en un espíritu mutuo de cooperación. No hay intención de monopolizar.

Por ejemplo, una gran parte de la educación moral de cada religión se convierte en parte esencial de la legislación en cada estado del mundo. En algunos estados, puede constituir una pequeña parte; en otros una parte relativamente más grande de la ley. Los castigos prescritos pueden ser suaves o severos, pero las desaprobaciones religiosas de muchos crímenes que se castigan, pueden descubrirse siempre sin referencia a la religión. Aunque puedan estar en desacuerdo con muchas leyes seglares, en lo que se refiere a la gente que pertenece a diferentes religiones, rara vez eligen enfrentarse en tales temas con el gobierno establecido.

Esto se aplica no sólo a musulmanes o cristianos sino también a todas las religiones del mundo por igual. Desde luego que las leyes hindúes puras de MANUSMARTI están en total contraposición con la legislación seglar de los gobiernos políticos de la India. Sin embargo, en cierto modo, la gente parece vivir en un estado de compromiso.

Si se invocase de un modo serio la ley religiosa contra los sistemas políticos reinantes en los diferentes países, lo más probable es que el mundo se transformase en un baño de sangre. Pero afortunadamente para el hombre, esto no es así.

En lo que se refiere al Islam, no debería existir tal problema porque el principio definitivo y firme propuesto por el Islam a este respecto es el principio de la justicia absoluta. Este principio se mantiene como centro y fundamento para todas las formas de gobierno que proclaman ser islámicas de espíritu.

¡Ay! Este punto tan fundamental en la comprensión del concepto islámico de modo de gobierno es poco comprendido, si es que lo es, por los pensadores políticos del Islam. Se equivocan al hacer una distinción entre la aplicación de la ley común relativa a los crímenes que son de naturaleza universal y sin ningún soporte religioso, y los crímenes que son específicos de ciertos preceptos de esa religión. Por lo tanto, sólo los partidarios de tales religiones son susceptibles de acusación.

Estas dos categorías no están definidas con claridad. Hay un área gris de considerable tamaño donde los crímenes comunes pueden tener un soporte religioso o moral, a la vez que constituyen una serie de ofensas contra las normas humanas aceptadas. Por ejemplo, el acto de robar es un crimen que varía en grados de condena y pena prescrita. De modo similar, están las cuestiones de asesinato, embriaguez o altercado público que están parcial o totalmente prohibidas por muchas religiones. Algunas religiones han prescrito penas específicas para estas ofensas.

Surge entonces la cuestión de cómo debiera administrar un estado tales crímenes. Esta cuestión hace que surja a su vez la pregunta de si el Islam proporciona acaso una fórmula clara y bien definida que pueda adoptar un gobierno musulmán y uno no musulmán. Si un gobierno musulmán ha sido definido como tal en el Islam, entonces surgirán otras cuestiones muy importantes, p.e. la validez de un estado que se considere bajo alguna instrucción religiosa específica y que imponga las enseñanzas de esa religión a todos sus ciudadanos, independientemente de que pertenezcan o no a dicha religión.

Las religiones tienen el deber de atraer la atención de la legislatura a los temas morales. No es necesario que toda la legislación esté dispuesta bajo la jurisdicción de las religiones.

Con tantas sectas diferentes y matices de diversas creencias entre una secta y otra y una religión y otra, nada salvo la confusión total y anarquía sería el resultado. Tomemos por ejemplo la pena por consumo de alcohol. Aunque está prohibido en el Sagrado Corán, no hay castigo especificado por el mismo Corán. Hay quien confía en ciertas tradiciones que, a su vez, son desafiadas por diversas escuelas de jurisprudencia. En una localidad o país, la pena sería completamente distinta a la de cualquier otro lugar. La ignorancia de la ley sería predominante. Lo que se mantiene cierto para el Islam, es también cierto para otras fes. La ley talmúdica sería completamente impracticable. Lo mismo podría decirse del cristianismo.

Un creyente de cualquier religión puede practicar sus creencias incluso bajo una ley seglar. Puede guiarse por la verdad, sin que ninguna ley del estado interfiera en su capacidad de decir la verdad. Puede observar sus Oraciones y llevar a cabo sus ritos de culto sin necesidad de que una ley específica aprobada por el estado tenga que permitírselo.

Esta cuestión se puede examinar también desde otro ángulo interesante. Si el Islam está de acuerdo con la cuestión de un gobierno musulmán en países donde los musulmanes son mayoría, entonces por la misma regla de justicia absoluta, el Islam debe conceder el derecho a otros gobiernos, de gobernar a sus países de acuerdo a los dictados de la religión de la mayoría. Por ejemplo, en lo que se refiere a su vecino de al lado, la India, el Pakistán tendría que aceptar la ley hindú para todos los ciudadanos hindúes. De ser así, sería desde luego un día muy trágico para los más de cien millones de musulmanes hindúes que perderían todos los derechos a sobrevivir de forma honrosa en la India. Una vez más, si la India tuviera que ser gobernada por el Manusmarti, por qué se le debiera denegar al estado de Israel el derecho a gobernar tanto a judíos como a gentiles por la ley del Talmud. Si esto ocurriera, la vida se haría extremadamente desgraciada no sólo para el pueblo de Israel, sino también para un gran número de los mismos judíos.

Pero este concepto de diferentes estados religiosos en diferentes países, sólo puede ocupar un lugar válido en el Islam, si este propusiera que, en los países con mayoría musulmana, la Shariah (ley) islámico debe prevalecer por la fuerza de la ley. Esto crearía de nuevo una situación paradójica universal, porque por un lado, y en nombre de la justicia absoluta, a todos los estados se les daría el derecho a imponer sobre sus gentes la ley de la religión mayoritaria. Por otra parte, cada rito de la minoría religiosa en los distintos países del mundo, sería sometido a la severa norma de una religión en la que no creen. Esto constituiría una afrenta al mismísimo concepto de justicia absoluta.

Este dilema no se ha tomado en consideración ni se ha intentado resolver por parte de los proponentes de la ley islámica en los así llamados estados musulmanes. Según mi interpretación de las enseñanzas islámicas, todos los estados deberían gobernarse por el mismo principio de justicia absoluta y como tal cada estado se convierte en un estado musulmán.

A la vista de estos argumentos y del concepto primordial de que no ha de existir coacción en los temas de fe, la religión no necesita ser la autoridad legislativa predominante en los asuntos políticos de un estado.

Modo islámico de gobierno.

El estudio me ha revelado con toda claridad que el Sagrado Corán trata el tema de gobierno, sin hacer ninguna distinción, en absoluto, entre un estado musulmán y uno no musulmán.

Las instrucciones sobre cómo debiera gobernarse un estado son comunes a la humanidad, aunque es a los creyentes a quienes primero se dirige el Sagrado Corán. El Sagrado Corán habla de un modo de gobierno igualmente aplicable a hindúes, sijs, budistas, confucionistas, cristianos, judíos y musulmanes, etc.

La esencia de esta instrucción está contenida en el versículo citado anteriormente y en otros versículos similares que citamos ahora.

Pero no, por tu Señor, no serán creyentes mientras no te hagan juez de todo lo que les separa y no encuentren en sus corazones objeción alguna a lo que tú decidas y se sometan con plena sumisión (C. 4. Al-Nisa: 66).                  

¡Oh vosotros, los que creéis! Sed firmes en observar la justicia, actuando de testigos en nombre de Al-lah, aunque sea contra vosotros mismos, vuestros padres y familiares. Sea rico o pobre, Al-lah está más atento a ambos que vosotros. No sigáis pues los bajos deseos para que podáis actuar con equidad. Y si ocultáis la verdad o la eludís, recordad que Al-lah conoce muy bien todo lo que hacéis (C. 4. Al-Nisa: 136).

Las Tradiciones del Santo Profeta del Islam sa son muy claras en este tema. El considera que todo gobernante y cualquiera con autoridad sobre otros, debe responder directamente ante Dios por el modo en que trata a sus súbditos o a aquellos bajo su autoridad. Pero como ya se han discutido antes estas cuestiones no necesitamos tratarlas más.

La esencia de este estudio es que el Islam propone un gobierno central completamente neutral en el que los asuntos de modo de gobierno son comunes e igualmente aplicables a todos los súbditos del estado y no se permite que las diferencias religiosas jueguen ningún papel en él.

El Islam aconseja con certeza a los musulmanes a seguir la norma de la ley en todos los asuntos mundanos.

 ¡Oh vosotros, los que creéis! Obedeced a Al-lah, a Su Mensajero y a los que tienen autoridad sobre vosotros. Y si disputáis respecto a cualquier asunto, sometedlo a Al-lah y al Mensajero, si sois creyentes en Al-lah y en el Último Día. Esto es al final lo mejor y más recomendable (C. 4. Al-Nisa: 60).

Pero en lo que concierne a las relaciones entre el hombre y Dios, es esta un área exclusiva de la religión en la que el estado no tiene derecho a interferir. Hay total libertad de mente y corazón en los asuntos de creencia y profesión de fe. Es un derecho fundamental del hombre, no sólo creer en lo que le plazca sino también adorar a Dios o a los ídolos según le dicten su religión o sus creencias paganas.

Según el Islam, por lo tanto, ni la religión tiene derecho a interferir en áreas exclusivas del estado, ni el estado tiene derecho a interferir en áreas comúnmente compartidas. Los derechos y responsabilidades están tan claramente definidos en el Islam, que se obvia cualquier posible cuestión de conflicto. Ya se han citado muchos versículos referentes a este tema en la sección que trata de la paz religiosa.

Desgraciadamente, existe la tendencia en muchos estados seglares a extender, en ocasiones, el dominio de secularización más allá de sus fronteras naturales. Lo mismo es cierto en los estados teocráticos o en los estados indebidamente influenciados por una jerarquía religiosa.

Aunque se simpatice con ellos, se pueden entender hasta cierto grado los puntos de vista desproporcionados de los estados gobernados por fanáticos religiosos. Pero cuando se observa una similar actitud tan inmadura en los así llamados pueblos avanzados y de mente abierta de los países seglares, resulta difícil de creer. No es ésta la única cosa difícil de entender en el comportamiento político del hombre.

Mientras que la política permanezca rígidamente ligada al interés nacional y contribuya a su filosofía, no puede existir tal cosa como la moralidad absoluta. Mientras que las actitudes políticas estén gobernadas por prejuicios nacionales, y la verdad, la honestidad, la justicia y el juego limpio se descarten cada vez que entren en colisión con el supuesto interés nacional, y mientras que esta siga siendo la definición de lealtad al propio estado, el comportamiento político del hombre seguirá siendo dudoso, controvertido y siempre paradójico.

El Sagrado Corán menciona las responsabilidades del gobierno y del pueblo. Algunas de estas responsabilidades ya se han mencionado en los anteriores apartados de esta conferencia: la provisión de alimento, vestido, refugio y necesidades básicas de los ciudadanos; los principios de ayuda internacional; la responsabilidad del gobierno y el pueblo; su interacción; la justicia absoluta; y la sensibilidad por los problemas del pueblo, de modo que no tenga que alzar su voz en demanda de sus derechos.

En un verdadero sistema islámico de gobierno, es responsabilidad del gobierno estar atento para que el pueblo no tenga que recurrir a huelgas, lucha industrial, manifestaciones, sabotajes u otros modos de queja, para obtener sus derechos.

El Sagrado Corán afirma:

Y si temes la traición de un pueblo que ha pactado contigo, devuélveles su pacto con equidad, de manera que no ocasione perjuicios. En verdad, Al-lah no ama a los traidores (C. 8. Al-Anfal: 59).

Los que gobiernan no deben hacerlo de tal forma que se promueva el desorden, el caos, el sufrimiento y el dolor, sino que deben trabajar con diligencia y eficacia para establecer la paz en todas las esferas de la sociedad.

O, ¿quién responde a la persona afligida cuando Le invoca, le libra del mal y os convierte en sucesores en la tierra? Existe acaso algún dios fuera de Al-lah? Qué poco es lo que reflexionáis (C. 27. Al-Naml: 63).

Relaciones internacionales: el principio de justicia absoluta igualmente aplicable a todos.

Incluso los políticos y los hombres de estado de hoy necesitan de las enseñanzas islámicas. Es una fe cuya piedra angular en los asuntos internacio­nales es la justicia absoluta.

 ¡Oh vosotros, los que creéis! Sed perseverantes en la causa de Al-lah en calidad de testigos justos; y que la enemistad de un pueblo no os incite a actuar con injusticia. Sed siempre justos porque eso está más cercano a la piedad. Y temed a Al-lah. En verdad, Al-lah es consciente de lo que hacéis. (C. 5. Al-Maidah: 9).

No puedo afirmar haber leído todo sobre todas las principales religiones del mundo, pero tampoco soy completamente ignorante respecto a sus enseñanzas. Sin embargo, durante mis estudios, no he logrado encontrar un precepto similar al del versículo anterior en las diferentes escrituras sagradas. Incluso la mención de las relaciones internacionales es rara. Si se encontrara también una enseñanza similar en otra religión, puedo asegurarles que el Islam estaría en total acuerdo con dicha enseñanza, porque en ella subyace la clave de la paz del mundo.

El mundo en general está hoy preocupado por las perspectivas futuras de paz mundial. Los cambios trascendentales del mundo socialista que están marcando la época actual y las relaciones entre las superpotencias, cada vez mejores, ofrecen un viso de esperanza. El mundo está de un humor exultante. El consenso general de opinión entre los políticos principales, parece ser extremadamente optimista, incluso eufórico, ante el probable éxito de los cambios revolucionarios y trascendentales de que estamos siendo testigos hoy día.

El Occidente, en particular, parece estar excesivamente confiado y jubiloso. Se está haciendo cada vez más difícil para los americanos contener su júbilo ante lo que consideran una victoria de “grandslam” sobre el hemisferio comunista, una victoria contemplada por algunos como la del bien sobre el mal y de lo verdadero sobre lo falso.

Estará fuera de lugar analizar en detalle la actual situación geopolítica y su resultado. Probablemente dedique unas cuantas horas a este tema en la conferencia Anual de la Comunidad Musulmana Ahmadía en el Reino Unido a finales de julio de este año (1990).

 

El papel de la organización de las naciones unidas.

De los muchos debates en boga acerca de las perspectivas futuras de paz mundial, como resultado de los recientes acontecimientos, hay uno en particular que necesita una mención especial. Se trata del papel que la Organización de las Naciones Unidas va a jugar en el intento de asegurar y mantener (esto es, crear y conservar) la paz mundial mucho más eficientemente que nunca.

Con la guerra fría entre los dos súper gigantes llegando a su fin, se dice que hay una buena oportunidad de cerrar el hueco entre sus hasta ahora divergentes perspectivas: menos veto en las sesiones del Consejo de Seguridad, al parecer, y más decisiones conjuntas acerca de cómo debieran resolverse problemas globales. Esto puede representar un aspecto completamente nuevo para el Consejo de Seguridad del futuro.

El único obstáculo en este momento es el peligro de que China actúe en contra del consenso, pero a la vista de los tremendamente complicados problemas económicos y políticos de China, no sería imposible convencer a China de las ventajas de un acuerdo.

Que este sueño se haga real o no, es otro tema. Dado que tanto el Consejo de Seguridad como las Naciones Unidas, surgieron como el instrumento político más poderoso para ejercer influencia sobre los acontecimientos del mundo y forzar a las naciones más pequeñas a someterse a la voluntad suprema de las naciones del mundo, tal escenario era inconcebible antes de la caída del Muro de Berlín. Pero la cuestión sigue ahí, o más bien brilla con más fuerza que nunca en el horizonte político ¿Podrán las Naciones Unidas en su nuevo papel de poder judicial y ejecutivo combinado en tan enorme proporción lograr la paz mundial?

Ruego que se me excuse si parezco demasiado pesimista, pero mi respuesta a esta pregunta es muy apologética, “No”. El tema de la guerra y la paz en el mundo no sólo cuelga del hilo de las relaciones entre las superpotencias. Es una cuestión profunda y compleja, cuyas raíces yacen enterradas en las filosofías políticas y en las actitudes morales de las naciones del mundo.

Además, la disparidad económica y la diferencia creciente entre los ricos y los pobres del mundo van a jugar un papel importante en los acontecimientos futuros. Algunos efectos ya se han comentado en la sección anterior de este discurso. A menos que se acepte y se adhiera estrictamente al principio de justicia absoluta en la relación económica entre países y se retiren las prácticas injustas de mercado que explotan los recursos de los pobres, por parte de todos los miembros de las Naciones Unidas, no se puede garantizar nunca la paz, ni tan siquiera visualizarse, para las naciones del mundo. Mientras que la relación de la Organización de las Naciones Unidas con sus estados miembros individuales no se defina más claramente que en la actualidad, las perspectivas de paz mundial seguirán sin ser nada prometedo­ras.

Se necesita idear alguna medida para evitar que los gobiernos sean crueles con sus propios súbditos. Se tiene que poner a disposición de las Naciones Unidas algún instrumento para luchar justamente contra la injusticia donde quiera que prevalezca. Hasta entonces, no se puede soñar con la paz del mundo.

Hasta dónde pueden interferir las Naciones Unidas en los llamados asuntos internos de un país, es una cuestión muy delicada y sin embargo vital para la consecución de la paz mundial. Pero si, en un análisis final, la política de las Naciones Unidas no está gobernada por el principio de justicia absoluta, y se aplican normas diferentes a naciones particulares, entonces, proporcionar a la Organización de las Naciones Unidas mayor influencia para interferir en los asuntos internos de un estado, puede crear más problemas que los que pretende resolver. Por lo tanto, este tema requiere un estudio completo, frío y objetivo.

Lo que ha ocurrido hasta ahora es simplemente que a la Unión Soviética y los países del bloque del Este se les ha obligado a confesar el error de las filosofías socialistas científicas en su pretensión de mejorar la calidad de vida en la Unión Soviética y sus países vecinos de Europa del Este. Esto ha creado gran confusión.

Todavía ha de aclarar la niebla antes de poder ver la forma de que van a adoptar las cosas.  ¿Será una derrota total del socialismo científico seguida de un loco y precipitado regreso al capitalismo en su totalidad o habrá nueva experimentación con economías mixtas?  ¿Ocurrirá un fracaso completo del estricto control central de los gobiernos totalitarios o se romperá en pedazos el control totalitario mismo, resultando en un estado cercano a la anarquía? O ¿habrá una transición gradual de un control totalitario del estado a un nuevo sistema comprometido de dar y tomar entre el estado y el individuo de tal modo que, con el paso del tiempo, se introduzcan progresivamente las libertades civiles y se restauren los derechos humanos fundamentales?

Es importante esperar el resultado de una nueva lucha entre las ideas del Sr. Gorbachov de perestroika y glasnost por un lado y la actitud de la estricta ortodoxia de la jerarquía comunista. Por lo que yo sé, la mayoría de los beneficios de la sociedad sin clases de la URSS, los comparten mutuamente la jerarquía del partido, el servicio civil y las fuerzas de defensa. La cuestión vital es  ¿qué papel van a jugar en esta etapa crítica naciente de la contrarrevolución incruenta que ahora está tomando forma?

Esta y similares cuestiones se tienen que contestar antes de que se pueda visualizar, de modo razonable, el impacto de estos cambios en las perspectivas de paz mundial.

Una simple detente entre las dos superpotencias, por sí misma, no aporta ninguna esperanza de paz. Por el contrario, evoca muchos fantasmas de peligros escondidos para los países del Tercer Mundo en particular. Fue la desconfianza existente entre las dos superpotencias y sus recelos los que, de hecho, crearon una especie de bóveda para los países más débiles. También fue la habilidad de las naciones más débiles de cambiar de lado y de aliados del Oeste al Este o viceversa lo que les dio una pequeña capacidad de maniobra y poder de negociación. Pero ahora ya no es así.  ¿Qué esperanza pueden tener ahora estas naciones más débiles de sobrevivir con honra como naciones independientes en el futuro?

Al llegar aquí, el pensamiento se dirige a la ONU: un bastión de paz y la única antorcha de esperanza para el establecimiento de un nuevo orden mundial. Al menos, uno desearía que así fuese. Sin embargo, a partir de un examen crítico más cercano, surge una imagen completamente cruda, opresiva e incluso amenazadora.

En el nuevo balance emergente de poder, ¿no estarán las Naciones Unidas gobernadas prácticamente por una sola superpotencia? Esto conlleva para las naciones más pequeñas y más débiles la ausencia de alternativa para escapar al inevitable destino de los animales cazados.

Las actuales Naciones Unidas han demostrado una y otra vez ser una poderosa organización que trabaja, no por la justicia, sino para los fines políticos de cualquier nación que tenga el mayor poder para ejercer presiones. El concepto de “correcto” y “equivocado” nunca ha jugado un papel en el proceso de toma de decisión de las Naciones Unidas en nuestra memoria reciente y tampoco, con la actual estructura, puede jugar un papel serio en el futuro. Política y diplomacia están demasiado profunda e intrincadamente enraizadas en el terreno de la política moderna como para dejar algo de sitio para que la justicia absoluta eche raíces y se le conceda una oportunidad justa de supervivencia. Es un hecho duro y amargo, que ningún hombre que respete la verdad puede negar, que esta enorme y grandiosa institución se ha reducido a un ruedo de intrincadas actividades diplomáticas, ejercicio de presiones, cortejos secretos y luchas de poder, todos llevados a cabo en nombre de la paz mundial.

Según el Sagrado Corán, por tanto, lo que el mundo necesita es una institución que se imponga a sí misma la tarea de establecer la justicia. Sin justicia absoluta, no se puede concebir la paz. Se pueden hacer guerras de protesta en nombre de la paz, ahogar la conciencia e incluso disentir del objetivo propuesto de establecer la paz, pero todo lo que se ha de lograr es la muerte y no la paz.

¡Ay! Pocos entre los grandes políticos del mundo comprenden la diferencia entre muerte y paz.

La muerte nace de la injusticia, tiranía y la persecución de los poderosos. La paz es la hija de la justicia.

El Sagrado Corán habla a menudo de la paz, pero siempre en relación con la justicia. La paz se menciona a menudo como condicionada a la dispensa de justicia.

En una situación que evoluciona hacia la beligerancia y la hostilidad activa entre dos individuos o naciones musulmanas, el Sagrado Corán propone lo siguiente:

Mas si dos grupos de creyentes, sean individuos o naciones luchan mutuamente, estableced la paz entre ellos; si, no obstante, después de eso, uno de ellos persiste en la beligerancia y trasgrede contra el otro, combatid colectivamente al grupo trasgresor hasta forzarle a que acepte resolver su disputa de acuerdo al mandamiento de Al-lah. Luego, si ambas partes se someten, estableced la paz entre ellas y haced que resuelvan sus disputas con equidad, y actuad con justicia. Recordad que Al-lah ama al justo. En verdad, todos los creyentes son hermanos. Estableced, pues, la paz entre vuestros hermanos, y estad atentos a vuestro deber para con Al-lah para que se os muestre misericor­dia (C. 49. Al-Huyurat: 10-11).

En el versículo relatado, no se menciona a los no musulmanes por la razón obvia de que no se puede esperar de ellos que se sometan a las enseñanzas del Corán. Sin embargo, el versículo sirve de excelente modelo para ser seguido por todo el mundo.

Mientras que los ojos del mundo se vuelven hacia las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, con la esperanza de que adquieran un papel más activo, amplio y significativo en la resolución de las disputas internaciona­les y en la transformación del mundo en una morada más tranquila, segura y pacífica, hay muy poco en la historia anterior de la actuación de las Naciones Unidas que dé credibilidad a este espejismo. Un ruedo mundial de ejercicio de presiones, intriga, intensa actividad diplomática encaminada a la formación de grupos de presión e intentos de dominar a los oponentes por cualquier medio posible, donde los escrúpulos no tienen lugar y la conciencia humana tiene la entrada restringida, puede, por supuesto, llamarse Casa de las Naciones aún en conflicto y desorden. Pero sería una ironía llamar a tal casa, la casa de las Naciones Unidas. Si ese es el concepto de unidad, yo preferiría más bien apostar por la supervivencia en una comunidad de Naciones que estuviesen desunidas, pero unidas en la verdad y la justicia.

La voluntad de juntar poder para destrozar adversarios y al mismo tiempo ser la voz de la disidencia, es una cuestión vital que toda nación debe plantearse y resolver. Uno se pregunta con un profundo sentimiento de tristeza cuánto tiempo continuarán las naciones miembros de esta augusta Casa cerrando sus ojos y rehusando abrir sus mentes a los peligros inherentes a la forma en que se llevan los asuntos de las naciones.

La paz mundial pende peligrosamente de la cuerda de una débil esperanza: que la equidad prevalecerá y que, efectivamente, se hará justicia.

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