Reflejando al Amado (sa): Veracidad en la vida del Mesías Prometido (as)
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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Reflejando al Amado (sa): Veracidad en la vida del Mesías Prometido (as)

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

Sermón del viernes, traducción completa – 01-05-2026

Después de recitar Tashahud, Taawuz y Sura al-Fatiha Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:

Hoy les presentaré algunos relatos de la vida y del carácter del verdadero siervo del Santo Profeta (sa) -el Mesías Prometido (as)- que evidencian cómo defendió la verdad a toda costa, cómo obró con firmeza conforme a ella e incluso cómo desafió a sus oponentes en este sentido.

En primer lugar, expondré la respuesta del Mesías Prometido (as) a uno de sus principales opositores, Muhammad Hussain Batalvi Sahib, quien lo acusó de ser incrédulo y mentiroso. La respuesta ofrecida por el Mesías Prometido (as) fue tan clara, tan abierta y tan contundente, que cualquiera que juzgue con justicia jamás podría aceptar tales acusaciones. Sin embargo, cuando los ojos están velados, la luz no puede percibirse; y esta es también la condición de los clérigos en la actualidad.

En cierta ocasión, Muhammad Hussain Batalvi Sahib escribió una carta al Mesías Prometido (as) en la que lo describía como enemigo de la religión del islam, incrédulo y mentiroso -Dios no lo quiera-. En respuesta, el Mesías Prometido (as) redactó una contestación detallada, en la que afirmaba:

“Si examina mi biografía con la disposición de quien busca la verdad, hallará pruebas concluyentes de que Dios Altísimo siempre me ha preservado de la inmundicia de la falsedad; hasta el punto de que, en ocasiones, ante los tribunales británicos, mi vida y mi honor se vieron expuestos a un peligro tal que ningún abogado pudo aconsejarme otra cosa que no fuera mentir (pues todos afirmaban que, de hacerlo, el caso se resolvería naturalmente a mi favor). Sin embargo, Al’lah, glorificado sea por Su eminencia, me concedió la fortaleza de sacrificar mi vida y mi honor en aras de la verdad. Por la gracia de Dios Altísimo, preferí la verdad a mi propia vida y a mi honor. Con frecuencia sufrí cuantiosas pérdidas en litigios pecuniarios únicamente por amor a la verdad. En numerosas ocasiones me opuse incluso a los intereses de mi padre y de mi hermano, por temor a Dios Altísimo, pero nunca abandoné la verdad”.

Prosigue:

“He pasado toda mi vida en este pueblo y también en Batala (es decir, en Qadian y Batala); pero ¿quién puede demostrar que alguna vez haya pronunciado una mentira?. Así pues, si desde el principio me he abstenido de mentir acerca de las personas por amor a Al’lah, y he sacrificado reiteradamente mi vida y mis bienes por la verdad, ¿por qué habría de mentir acerca de Dios Altísimo?”.

Batalvi Sahib también había afirmado en esa carta que la mentira y el engaño se habían arraigado en él hasta el punto de formar parte de su propia naturaleza -Dios no lo quiera-. En realidad, aquello no era sino una falsedad manifiesta y una invención del propio Maulvi Sahib, una acusación carente de toda prueba.

En consecuencia, el Mesías Prometido (as), al responderle, escribió:

“¡Shaij Sahib! Toda persona temerosa de Dios y de Santo origen no se atrevería, en primer lugar, a acusar a su hermano de transgresión o incredulidad sin una investigación exhaustiva. Y, si aun así formulara tal acusación, presentaría pruebas tan perfectas que dejarían atónitos a los observadores. Por consiguiente, si posee usted esas dos cualidades mencionadas, le convoco, en el nombre del Dios Altísimo, Señor de la Gloria -cuya invocación suscitó una respuesta meditada incluso del Santo Profeta (sa)-, a que demuestre que poseo esos dos defectos que me atribuye: primero, que soy enemigo de la religión del islam y un kafir; y segundo, que soy propenso a la mentira”. Formuló dos acusaciones: en primer lugar, que, si es un infiel y no un musulmán, deberá demostrarlo; en segundo lugar, si afirma que es un mentiroso, también deberá probarlo.

El Mesías Prometido (as) prosigue diciendo:

“El Santo Profeta (sa) dijo: ‘En verdad, tiene los sueños más veraces aquel que es veraz en todo lo que dice’”. En este Hadiz, el Santo Profeta (sa) ha señalado esto como una señal distintiva de los veraces: que la verdad predomina en sus sueños.

Usted acaba de afirmar que cree en el Santo Profeta (sa). Por lo tanto, si no lo ha dicho por hipocresía, sino que verdaderamente cree en él (sa), y reconoce que es veraz en sus dichos, entonces venga: examinémonos sobre la base de este criterio y veamos quién ha demostrado ser veraz y quién es, por naturaleza, propenso a la mentira.

De igual modo, Al’lah, glorificada sea Su eminencia, dice en el Sagrado Corán:

[Árabe]

“Para ellos hay buenas nuevas en la vida presente”. Esto significa que es una cualidad especial de los creyentes que, en comparación con los demás, sus sueños se cumplen.

También ha afirmado usted que cree en el Sagrado Corán. Muy bien: examinemos también, desde la perspectiva del Corán, quién posee la señal de un creyente.

Ambas pruebas pueden llevarse a cabo de la siguiente manera: puede celebrarse una reunión en Batala, Lahore o Amritsar, a la que asistan testigos de los sueños de ambas partes; y entonces, aquel de los dos que demuestre ser más veraz en sus sueños, sobre la base de pruebas concluyentes y convincentes, verá cómo su oponente recibe allí mismo la “medalla” de los epítetos ‘kazaab’ [gran mentiroso], ‘dayyal’ [engañador], ‘kafir’ [incrédulo], ‘akfar’ [el mayor de los incrédulos] y mal‘un [maldito], o cualquier otro nombre que se considere apropiado. Y si no puede probar la veracidad de sus sueños pasados, estoy dispuesto a concederle hasta seis meses para publicar en algunos periódicos aquellos sueños suyos que contengan noticias de lo invisible. En cuanto a mí, no solo presentaré pruebas de mis sueños pasados, sino que también, si Dios quiere, publicaré mis sueños presentes en respuesta a los suyos. Así como usted profesa fe en el Corán y en el Profeta (sa), así también yo creo, con todo mi corazón y mi alma, en ese amado Profeta (sa) y en ese amado Libro, el Santo Corán. Por tanto, estas pruebas determinarán quién tiene razón y quién miente en su afirmación.

En caso de que yo pierda según la prueba establecida por el Santo Profeta (sa) y el Santo Corán, usted sería el veraz; y yo, según usted, sería considerado un kafir [incrédulo], un dayyal [engañador], un infiel, Satanás, kazaab [gran mentiroso] y un falsificador. Además, en ese caso, todas sus sospechas se verían confirmadas y justificadas; a saber, que engañé a la gente mediante Barahin-e-Ahmadía, que les arrebaté su dinero prometiéndoles la aceptación de sus oraciones y que viví de riquezas ilícitas. Sin embargo, si la munificencia de Dios Altísimo, que acompaña a los creyentes y a los verdaderamente justos, demuestra mi veracidad, entonces dígame usted mismo si todos estos epítetos recaerán sobre su supuesta y pretenciosa posición sacerdotal, o si le quedará aún alguna vía de escape” (ese era su reto).

Usted me ha causado un profundo dolor y angustia; he continuado mostrando  paciencia, pero usted no ha manifestado ni la más mínima conciencia de ese Ser Todopoderoso que conoce la realidad de su ser. Él me ha informado, mediante una profecía, acerca de usted y de quienes comparten su misma mentalidad:

[Árabe]

“Ciertamente, humillaré a quien pretenda humillarte”.

Tenga, pues, plena certeza de que se aproxima el momento en que Dios Altísimo demostrará que han mentido al formular todas estas acusaciones. Hará descender sobre usted aquellos castigos humillantes que sobrevienen a los calumniadores y mentirosos, como señal de deshonra y vergüenza. Usted afirma profesar fe en el Corán y en el Santo Profeta (sa). Así pues, si es sincero en tal afirmación, venga al campo de prueba, para que Dios Altísimo mismo juzgue entre usted y yo, y para que aquel que sea mentiroso y ‘dayyal’ quede avergonzado. En este momento brota de mi corazón algo en apoyo de la verdad; no puedo reprimirlo, pues no procede de mí mismo: es una inspiración poderosa de mi Señor. Puesto que usted me considera un incrédulo y sostiene que la mentira es un rasgo propio de mi carácter, le convoco, en el nombre de Dios, glorificada sea Su eminencia, a que acuda sin demora y compita conmigo de la manera anteriormente expuesta, para que se manifieste quién resulta ser el mentiroso, el ‘dayyal’ y el incrédulo, conforme al Santo Corán y a los dichos del Santo Profeta (sa)”.

En este sentido, el Mesías Prometido (as) afirma:

“Existe también otra circunstancia mediante la cual los veraces pueden ser puestos a prueba, y que el propio Dios Altísimo suscita. A saber: en ocasiones, una persona se ve envuelta en una calamidad tal que no percibe vía alguna de escape o de éxito, salvo la de recurrir a la mentira. Es entonces cuando es sometida a prueba para discernir si en su naturaleza reside la verdad o la falsedad (Maulvi Sahib había escrito que mentir formaba parte de la naturaleza del Mesías Prometido (as). El Mesías Prometido (as) respondió que, en una prueba, se revela si la naturaleza de uno está impregnada de verdad o de falsedad). En tales momentos se manifiesta si, en una coyuntura tan delicada, la lengua pronuncia la verdad o si, por temor a la vida, al honor o a los bienes, comienza a emitir falsedades.

Mi humilde persona ha tenido que afrontar numerosas experiencias de esta índole, cuyos detalles no harían sino prolongar este relato. No obstante, procederé a exponer tres ejemplos, con el siguiente propósito: si alguien ha atravesado situaciones semejantes en las que su amor por la verdad haya sido puesto a prueba, le invoco en el nombre de Dios, exaltada sea Su majestad, a que las publique junto con sus pruebas, para que quede patente que no se trata de una afirmación vacía y que, aun bajo el peso de pruebas y tribulaciones, no ha transgredido la verdad (es decir, si alguien afirma no haber dicho jamás una mentira, debería aceptar este desafío. El Mesías Prometido (as) presenta sus propios ejemplos y declara que expondrá tres).

Dice:

“Uno de ellos es que, tras el fallecimiento de mi padre, mi hermano -el difunto Mirza Ghulam Qadir- y yo fuimos demandados ante el Tribunal de Distrito por los copropietarios de la finca de Qadian, a instancias de Mirza ‘Azam Baig de Lahore, con el propósito de obtener la posesión de la propiedad. Yo sabía que, en apariencia, dichos copropietarios no tenían vínculo alguno con la finca, pues la familia había perdido sus derechos sobre ella y había dejado de existir en la época de los sijs. En su intento de recuperarla, junto con otras propiedades, mi padre había asumido un gasto y una pérdida aproximados de 8.000 rupias, de los cuales estas personas no habían contribuido en absoluto.  Durante el transcurso de este litigio, mientras oraba por el éxito de la causa, recibí la siguiente revelación:

[Árabe]

“Aceptaré todas tus oraciones, excepto en el asunto de tus parientes colaterales”.

Tras esta revelación, reuní a mi hermano junto con todos los hombres y mujeres de la familia -algunos de los cuales aún viven- y les expuse con toda claridad que no debían defender la demanda de los copropietarios, pues ello contravenía la voluntad de Dios. Sin embargo, no aceptaron mi consejo y, finalmente, no obtuvieron éxito. En cuanto a mí, soporté con firmeza la pérdida de miles de rupias. Todos los que hoy son mis adversarios son testigos de ello. Dado que todos los asuntos de la finca estaban en manos de mi hermano, le aconsejé repetidas veces, pero él se negó y, finalmente, sufrió la pérdida”.

El segundo ejemplo que presentó fue el siguiente:

“Hace aproximadamente quince o dieciséis años, o quizá algo más, mi humilde persona envió un artículo para su impresión a una imprenta perteneciente a un cristiano llamado Rallia Ram, quien además era abogado y residía en Amritsar. También era propietario y editor de un periódico. Dicho artículo defendía el islam y constituía una respuesta a los aryas. Fue enviado en un paquete postal abierto por ambos extremos, dentro del cual incluí asimismo una carta. Debido a que esta contenía afirmaciones en favor del islam y refutaciones de otras creencias, insistiendo además en la publicación del artículo, el editor cristiano se irritó a causa de las diferencias religiosas. Por casualidad, se le presentó la oportunidad de emprender una acción hostil, pues la inclusión de una carta separada en un paquete postal constituía una infracción legal, de la cual yo no tenía conocimiento alguno. Tal infracción era sancionable, según la legislación postal, con una multa de hasta 500 rupias o con una pena de prisión de hasta seis meses. En consecuencia, actuó como denunciante y logró que las autoridades postales interpusieran una demanda en mi contra.

Incluso antes de recibir notificación del caso, Dios Altísimo me mostró en una visión que el abogado Rallia Ram me había enviado una serpiente para que me mordiera, pero yo la freía como quien fríe un pescado y se la devolvía. Comprendí que esto indicaba que la resolución del caso, por la forma en que se produciría, podría sentar un precedente útil para los abogados en situaciones similares.

En resumen, fui citado ante la sede del distrito de Gurdaspur por esta infracción, y todos los abogados a los que consulté me aconsejaron que no existía otra vía que recurrir a la falsedad. Me recomendaron declarar que yo no había introducido la carta en el paquete y que podría haber sido el propio Rallia Ram quien lo hiciera. Asimismo, me aseguraron que, mediante tal declaración, el caso se resolvería mediante testigos y que sería absuelto presentando dos testigos falsos. Aparte de esto, el caso era sumamente difícil y no había esperanza de absolución. Sin embargo, les manifesté que no estaba dispuesto a abandonar la verdad bajo ninguna circunstancia, y que ocurriera lo que tuviera que ocurrir.

Así, ese mismo día o al siguiente, comparecí ante el tribunal de un magistrado inglés, y el superintendente de correos actuó como querellante en representación del gobierno. El magistrado procedió a registrar mi declaración de su propia mano y, en primer lugar, me formuló esta pregunta: ‘¿Introdujo usted esta carta en el paquete, y son suyos tanto la carta como el paquete?’. Respondí sin vacilación: ‘En efecto, la carta es mía, y el paquete también lo es; fui yo quien envió la carta dentro del paquete, pero no lo hice con la intención de causar perjuicio alguno a los ingresos del gobierno’. No consideré la carta como algo distinto del artículo adjunto, ni contenía asunto personal alguno.

Inmediatamente después de oír mi declaración, Dios Altísimo inclinó el corazón del magistrado -que era inglés- a mi favor. Mi oponente, el superintendente de correos, levantó gran alboroto y realizó extensas alegaciones en inglés, de las cuales apenas pude seguir el contenido, salvo advertir que cada vez que exponía un argumento, el magistrado lo rechazaba diciendo: ‘¡No! ¡No!’. Finalmente, cuando el demandante concluyó su exposición, el magistrado redactó su orden en pocas líneas y me dijo: ‘Puede retirarse’.

Al oír estas palabras, abandoné la sala profundamente agradecido a mi Señor, el verdadero Benévolo, quien me había concedido la victoria incluso frente a un funcionario europeo. Sé con certeza que Dios Altísimo me libró de aquella adversidad gracias a mi fidelidad a la verdad.

Antes de este caso, también había tenido un sueño en el que un hombre extendía la mano para quitarme el gorro; yo le pregunté: “¿Qué pretendes?”. Entonces desistió y dijo: ‘¡No pasa nada, no pasa nada!’“.

A continuación, el Mesías Prometido (as) presenta un tercer ejemplo, que dice así:

“Otro de estos incidentes se desarrolló del siguiente modo: mi hijo, Sultan Ahmad, interpuso una demanda contra un hindú por la demolición de un edificio que este último había construido en un terreno perteneciente a nuestra familia. En la demanda se había expuesto un hecho de forma inexacta, y la prueba de ello hacía que la acción fuera susceptible de desestimación, en cuyo caso no solo Sultan Ahmad, sino también yo, tendríamos que sufrir la pérdida de nuestros derechos de propiedad. El acusado, aprovechando la ocasión, me citó como testigo (dijo que el Mesías Prometido (as) sería testigo, y que lo que él afirmara sería aceptado). Fui a Batala y me alojé en la residencia de Babu Fateh Din, subdirector de correos, situada cerca de los juzgados de Batala. El caso se vio ante un juez hindú cuyo nombre ya no recuerdo, pero que cojeabaen una de sus piernas. El abogado de Sultan Ahmad se acercó a mí y me dijo: “El caso está a punto de ser visto, ¿qué declaración va a hacer?”. Le respondí que mi declaración se ajustaría a los hechos y a la verdad, a lo que él replicó: “entonces no hace falta que acuda; yo mismo iré a retirar la denuncia” (no tenía sentido acudir al tribunal, pues si se decía la verdad, el caso se daría por cerrado). Así pues, yo mismo eché por tierra ese caso, con mis propias manos, únicamente por amor a la verdad; preferí la verdad para ganarme el agrado de Dios, sin que me importara en absoluto la pérdida material (el Mesías Prometido (as) solo deseaba complacer a Dios).

Estos dos últimos ejemplos tampoco carecen de pruebas; los testigos del primero son el jeque Ali Ahmad, abogado de Gurdaspur, y Sardar Muhammad Hayat Jan, C.S.I. Además, el expediente debe conservarse en los archivos del distrito de Gurdaspur. Los testigos del segundo incidente son Babu Fateh Din y el propio abogado, cuyo nombre no recuerdo en este momento, así como el juez ya mencionado, que quizá haya sido trasladado ahora a Ludhiana. La demanda se interpuso hace unos siete años. Asimismo, recuerdo que Nabi Bajsh, el patwari [contable de impuestos sobre la tierra de la aldea] de Batala, también fue testigo de lo ocurrido en este caso”.

Ahora bien, dirigiéndose al clérigo, el Mesías Prometido (as) afirma:

“¡Ahora, Hadrat Shaij Sahib! Si usted también ha vivido alguna situación de tal gravedad, en la que haya visto en peligro su vida, su honor y sus bienes por haber dicho la verdad, y aun así permaneció firme en ella sin preocuparse por sus bienes ni por su vida, le ruego en nombre de Dios que relate ese suceso y aporte todas las pruebas que lo acrediten. Sin embargo, estoy convencido de que la mayoría de los clérigos de esta época emiten sólo pura palabrería; están dispuestos a vender su fe por un solo centavo; pues nuestro Santo Profeta, que (sa), declaró que los clérigos de esta última era serían lo peor de la creación.

Además, el difunto Nawwab Siddiq Hasan Jan, a quien usted incluso considera un muyaddid [reformador], ha reconocido en Hillall-ul-Kiramah que esa última era corresponde precisamente a este mismo período. Por lo tanto, reconocer la piedad y la rectitud de tales maulawis sin pruebas equivaldría a tergiversar las palabras del Santo Profeta (sa). Así pues, expónganos ejemplos de su experiencia; pero, si no presenta ninguno, quedará claro que solo presume de piedad, y ninguna afirmación merece ser aceptada sin ser previamente examinada.

Solo Dios Altísimo conoce el estado de su interior, es decir, si alguna vez se ha manchado con la suciedad de la mentira y la falsedad (yo no lo sé; solo Dios, conocedor de lo oculto, lo sabe), o quizá lo sepan quienes están al tanto de sus asuntos. El hombre que se mantiene sincero en momentos de prueba y no abandona la verdad obtiene el sello de la veracidad. Si posee este sello, acérquese y muéstrelo. De lo contrario, tema a Dios Altísimo, no sea que Él ponga al descubierto sus faltas”.

En cuanto al caso mencionado, la demanda presentada por Mirza Sultan Ahmad en relación con el derribo de una propiedad muestra, según consta en el expediente, que un diputado hindú llamado Shankar Das había ocupado un cargo público en el estado de Yammu. En Qadian, se apropió de un terreno vacío situado en la parte este de la mezquita de Al-Aqsa y edificó una casa en él, que más tarde se convirtió en la sede de la Sadr Anlluman Ahmadía. Mirza Sultan Ahmad había presentado una demanda para que se demoliera dicha casa; sin embargo, en la formulación del caso se incluyó una afirmación contraria a los hechos, y fue por este motivo por lo que el caso acabó siendo desestimado, lo que causó un perjuicio no solo al propio Mirza Sultan Ahmad, sino también al Mesías Prometido (as), ya que de ese modo se habrían perdido los derechos de propiedad sobre ese terreno. El terreno no pertenecía a la parte contraria, es decir, a Shankar Das, pero su posesión física del mismo era un hecho indiscutible. No era el propietario, pero, aun así, se había apoderado del terreno. Fue precisamente esta posesión lo que sus adversarios, ya fuera por medios legales o mediante oposición abierta, intentaron aprovechar en su beneficio. Por ello, hicieron comparecer al Mesías Prometido (as) para que prestara testimonio, pues, a pesar de ser firmes opositores, sabían perfectamente que no diría ninguna falsedad y que declararía ante el tribunal que la propiedad pertenecía efectivamente a la parte contraria y que dicha posesión se remontaba a mucho tiempo atrás. Así sucedió que, cuando Sahibzada Mirza Sultan Ahmad se enteró de que la parte contraria había dispuesto que se llamara a declarar al Mesías Prometido (as), comprendió también que jamás diría una mentira, por lo que retiró el caso por completo.

En cualquier caso, la historia de aquel palacio alto y majestuoso es la siguiente: se conocía como el palacio del diputado Shankar Das, quien, como ya se ha mencionado, era un hombre de extrema intolerancia y hostilidad. Desde lo alto de su imponente residencia, las dependencias privadas de la familia del Mesías Prometido (as) quedaban expuestas a la vista. Este fue también uno de los motivos del litigio que se entabló. Como muestra adicional de su hostilidad, solía sentarse a la entrada de su casa e insultar a quienes transitaban hacia la mezquita de Al-Aqsa para rezar. Aprovechaba cada oportunidad para causar sufrimiento y angustia. Cuando quienes padecían su persecución acudían ante su guía, el Mesías Prometido (as), para presentar sus quejas, él los tranquilizaba con determinación y digna firmeza, diciendo:

“Tengan paciencia; nadie puede hacer frente a un campamento real. Ha establecido su propio campamento; pero el nuestro también es un campamento real: es el campamento de Dios Altísimo. Nadie podrá resistirse a él”.

Entonces, quienes estaban destinados a verlo lo vieron, y quienes estaban destinados a oírlo lo oyeron: la próspera y floreciente casa de aquel diputado comenzó a caer en la ruina. Finalmente, él mismo abandonó el lugar, ya fuera por enfermedad o por cualquier otra causa. Posteriormente, esta propiedad fue adquirida por Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib, y en 1932 se establecieron en ese edificio las oficinas de Sadr Anlluman Ahmadía, inauguradas por Hazrat Musleh Maud (ra). Esta es una de las manifestaciones del poder divino: que el nombre de aquella persona que, con arrogancia, ni siquiera permitía el paso de un orante camino a la mezquita ha sido, por decreto de Dios, completamente borrado, y toda esa casa, toda esa zona, se ha transformado en mezquita, al integrarse en la Mezquita de Al-Aqsa.

Tales fueron las bendiciones del testimonio ofrecido por el Mesías Prometido (as), basadas en la veracidad y la integridad: no abandonó la verdad, ni le importaron el honor ni el estatus familiar, ni la pérdida de tierras y propiedades; fue como si hubiera sacrificado todo ello con sus propias manos. Sin embargo, Dios aceptó este sacrificio de tal manera y le concedió tal grandeza y bendición, que hoy, justo debajo de Minarat-ul-Masih, se alza un lugar de culto dedicado al Dios Único.

Hazrat Musleh Maud (ra), refiriéndose al abogado que llevaba este caso, afirma:

“En aquellos días, el jeque Ali Ahmad Sahib, abogado de Gurdaspur, solía representar al Mesías Prometido (as) en asuntos legales. Observando su vida pura, incluso después de su declaración, aunque él mismo no era ahmadí, tenía al Mesías Prometido (as) en gran estima. En una ocasión le dijo que no había otro testigo y que la carta en cuestión se refería al mismo asunto (relacionado con el caso postal mencionado anteriormente) y, por lo tanto, podía considerarse parte del anuncio publicado (Hazrat Musleh Maud (ra) está detallando los procedimientos del caso postal). De este modo, sin recurrir a la falsedad, podía decir que solo había enviado un anuncio y no una carta. Sin embargo, el Mesías Prometido (as) se negó a adoptar tal proceder y dijo: “Esto no puede hacerse. Esta sutil distinción vulneraría la verdad. En efecto, yo había incluido una carta dentro; aunque formaba parte de la publicación original, no dejaba de ser una carta. Por lo tanto, declararé que envié una carta. ¿Cómo podría negar lo que he hecho?”. En consecuencia, cuando compareció ante el tribunal y se le preguntó si había incluido alguna carta en el paquete, respondió: “Sí”. Esta sinceridad, naturalmente, influyó en los demás, pero además tuvo un efecto tan profundo en el propio tribunal que fue absuelto. El juez comentó que, por una simple infracción técnica, un hombre tan veraz no podía ser castigado.

Respecto a este mismo caso postal y a su abogado, Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib (ra) escribe:

“El propio Sheij Ali Ahmad Sahib me relató estos acontecimientos (esta es la declaración del propio abogado que le dio a Hazrat Sheij Yaqub Ali Irfani Sahib). Dijo: ‘El caso se vio por última vez en el tribunal de Dina Nagar. Hice todo lo posible por persuadir a Mirza Sahib para que negara haber colocado la carta dentro del paquete. En mi opinión, no había pruebas de que la carta hubiera sido recuperada de ese mismo paquete, ni existía testimonio alguno al respecto. Debido a las diferencias religiosas, ni siquiera el testimonio de Lala Rallia Ram habría sido considerado fiable. Sin embargo, cuanto más insistía, más se negaba Mirza Sahib.

Le advertí repetidamente que el resultado no sería favorable y que, sin motivo alguno, el estigma de una condena penal recaería sobre una familia respetable. Le dije que todo se estaba volviendo en su contra. Sin embargo -continúa- el Mesías Prometido (as) no aceptó mi consejo”.

Además, relata: “Temía que, si perdíamos el caso mientras yo continuaba siendo su abogado, ello acarrearía una gran deshonra para la familia. Por lo tanto, cuando Mirza Sahib afirmó con firmeza que no lo negaría, decidí aprovechar la situación y resolví retirarme. Le dije: ‘Si no acepta mi consejo, no puedo seguir representándolo’. Mi expectativa era que se produciría una condena y que la responsabilidad recaería sobre él por haber actuado en contra del consejo de su abogado”.

El abogado estaba convencido de que el Mesías Prometido (as) sería castigado por ello. Además, temía que, de dictarse un veredicto de tal índole, se dijera que no había defendido adecuadamente el caso. Así pues, por miedo a perjudicar su propia reputación, se retiró tras manifestar su descontento, y el proceso continuó en su ausencia.

El abogado concluye: “Para mi total asombro, el caso fue desestimado. Entonces me invadió el arrepentimiento, pues comprendí que podría haber participado del mérito de ese éxito; pero, para entonces, la oportunidad ya había pasado”.

Al relatar este incidente, el jeque Ali Ahmad Sahib ensalzaba profundamente la firmeza y la veracidad del Mesías Prometido (as). Su relación con esta familia perduró hasta su último aliento. El Mesías Prometido (as) solía recurrir a su consejo en asuntos legales y lo trataba con gran respeto.

Haciendo referencia a varios casos similares, Hazrat Sheij Nur Ahmad Sahib relata que su padre y su tío solían decir que su aldea formaba parte de la propiedad de Mirza Sahib. Durante un tiempo, el Mesías Prometido (as) actuó como representante de su padre, y ellos le acompañaron al tribunal en diversas ocasiones. Él siempre optaba por la verdad, aun cuando ello implicara alguna desventaja en el litigio. En efecto, jamás renunciaba a la veracidad ni permitía que la falsedad se le acercara siquiera.

Hazrat Mian Al’lah Yar Sahib narra que, cuando el Mesías Prometido (as) contaba entre veinticinco y treinta años, su venerado padre se vio envuelto en una disputa con quienes trabajaban y residían en la tierra, a causa de la tala de árboles. Su padre sostenía que, como propietarios del terreno, los árboles también les pertenecían. En consecuencia, inició un proceso legal y envió al Mesías Prometido (as) a Gurdaspur para dar seguimiento al caso, acompañado de dos testigos.

En el camino, tras cruzar un canal y llegar a un pueblo cercano llamado Patnawala, se detuvo brevemente a descansar y se dirigió a sus acompañantes, diciendo: “Mi padre insiste innecesariamente. Los árboles son como los cultivos. Son personas pobres; si los han cortado, ¿qué perjuicio hay? En cualquier caso, no puedo afirmar ante el tribunal que nos pertenecen por completo. A lo sumo, podríamos tener una participación en ellos”.

Los arrendatarios de la tierra depositaban plena confianza en él. Así, cuando el magistrado preguntó -a quienes habían residido allí durante generaciones- acerca del asunto, respondieron sin vacilar: “Puede preguntarle al propio Mirza Sahib”. Quienes trabajaban y vivían en la tierra afirmaban que debía preguntársele al mismo Mesías Prometido (as), pues sabían que él no mentía. Cuando el magistrado le planteó la cuestión, él declaró: “En mi opinión, los árboles son como las cosechas; así como tenemos una participación acordada mutuamente en las cosechas, también la tenemos en los árboles”. Tras esta declaración, el magistrado falló a favor de quienes trabajaban y residían en la tierra.

Cuando el Mesías Prometido (as) regresó a Qadian, Hazrat Mirza Ghulam Murtaza Sahib preguntó a uno de sus acompañantes por el resultado. Este respondió que él había permanecido fuera del tribunal y que Mirza Sahib había entrado, por lo que solo él podría dar cuenta de lo sucedido. Cuando se llamó al Mesías Prometido (as), relató todo el incidente tal como había ocurrido. Al escucharlo, su padre se disgustó profundamente.

En cualquier caso, estos son solo algunos episodios que ponen de manifiesto la veracidad del Mesías Prometido (as). Se ha descrito con detalle un caso concreto en respuesta a una acusación formulada por un clérigo descarriado. En toda circunstancia, el Mesías Prometido (as) dio prioridad a la verdad y jamás se aproximó a la falsedad. Exhortaba constantemente a sus seguidores a aferrarse a la veracidad; de hecho, entre las condiciones del Bai‘at se encuentra el compromiso de aborrecer la falsedad y permanecer firmemente establecidos en la verdad.

Por lo tanto, nos corresponde adoptar la veracidad como un rasgo distintivo de nuestro carácter.

¡Que Dios Altísimo nos conceda la capacidad de hacerlo!

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