Los Compañeros (Sahaba) del Profeta Muhammad (sa)
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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Los Compañeros (Sahaba) del Profeta Muhammad (sa)

Califa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

Después de recitar el Tashahud, el Ta’awwuz y el Sura Al-Fatiha, Hazrat Jalifat-ul-Masih V (aba) declaró:

Hoy continuaré con los relatos de los Compañeros Badri (aquellos que tomaron parte en la batalla de Badr). El Compañero del que hablaré ahora es Hazrat Sohaib bin Sinaan (ra). El nombre de su padre era Sinan bin Malik mientras que su madre se llamaba Salama bint Qaid. Hazrat Sohaib era de Mosul. El padre de Hazrat Sohaib, o quizá su tío, era el gobernador de Al-Ubul’lah para los Cosroes (la dinastía persa), que era una ciudad a orillas del río Tigris, que mas tarde llegó a ser conocida como Basra. Los romanos atacaron esa región y tomaron a Hazrat Sohaib como prisionero cuando él era un niño.

De acuerdo con Abul Qasim Al-Maghrabi, el nombre real de Hazrat Sohaib era Umairah pero los Romanos le pusieron el nombre ‘Sohaib’. Hazrat Sohaib tenía una tez roja profunda, no era alto ni bajo y tenía el pelo grueso. Creció entre los romanos y tenía un impedimento en el habla. Un hombre llamado Kalb se lo compró a los romanos y lo trajo a La Meca. Luego Abdul’lah bin Yudan lo compró y lo liberó. Hazrat Sohaib (ra) permaneció con Abdul’lah bin Yudan en La Meca hasta su muerte hasta la aparición del Santo Profeta (sa). De acuerdo con una narración, los hijos de Hazrat Sohaib (ra) dijeron que cuando su padre llegó a la edad de la madurez, huyó del Imperio Romano y llegó a La Meca, donde se convirtió en el hombre armado de Abdul’lah bin Yudan y permaneció con él hasta su muerte.

Con respecto a Hazrat Sohaib, Hazrat Musleh Maud (ra) (el segundo Jalifa), dice: “Sohaib era un esclavo. Fue capturado y traído desde tierras del Imperio Romano. Era un esclavo de Abdul’lah bin Yudan quien luego lo liberó. Sohaib también creyó en el Santo Profeta (sa) y como resultado de ello soportó varios tipos de dificultades”.

Hazrat Musleh Maud (ra) ha relatado esto a luz de la alegación de los incrédulos que ha sido mencionada en el Sagrado Corán, en la que ellos alegan que el Santo Profeta (sa) compuso el Santo Coran con la ayuda de esclavos y otras personas. Una respuesta a esta alegación es que esos mismos esclavos se enfrentaron a muchas dificultades y persecución debido a su conversión al islam. Entonces, ¿ayudaron estos esclavos al Santo Profeta (sa) para ser afligidos con dificultades? Además, es que no solo le ayudaron secretamente, si no también le ayudaron abiertamente y soportaron las dificultades y la persecución con firmeza. Hazrat Musleh Maud (ra) ha explicado que esta alegación es completamente infundada porque fue la fe de aquellos creyentes en el Santo Profeta (sa), que tenían fe en Dios Altísimo y en Su Profeta (sa), lo que los mantuvo firmes. Aprendieron el islam del Santo Profeta (sa) y creyeron en la Revelación de Dios Todopoderoso. Por tanto, este era el trasfondo del extracto antes mencionado.

Hazrat Ammar bin Yasir (ra) relata: “Me encontré con Sohaib en la puerta de Dar Arqam. El Santo Profeta (sa) estaba presente allí dentro. Le pregunté: ¿cuál es tu intención? Sohaib me respondió: y ¿cuál es la tuya? Le dije: yo quiero ver a Muhammad (sa) y escuchar sus palabras. Hazrat Sohaib entonces dijo: esa también es mi intención”. Hazrat Ammar sigue diciendo: “luego los dos fuimos ante el Santo Profeta (sa) y nos predicó el mensaje del islam. A continuación los dos aceptamos el islam y pasamos todo el día allí hasta que cayó la noche. Luego, abandonamos el lugar en secreto”.

Hazrat Ammar (ra) y Hazrat Sohaib (ra) aceptaron el islam después de que lo hicieran más de treinta personas. Hazrat Anas (ra) narra que el Santo Profeta (sa) dijo: “Cuatro personas han sobresalido por encima de otras al aceptar el islam: yo (es decir, el Santo Profeta -sa-), que he tomado la delantera de entre los árabes, Sohaib que ha sobresalido entre los del Imperio Romano, Salman que ha tomado la delantera entre la gente de Persia y Bilal que ha sobresalido entre la gente de Abisinia”.

Hazrat Abdul’lah bin Mas’ud (ra) narró que las primeras siete personas que profesaron aceptar el islam fueron: el Santo Profeta (sa), a quien fue revelada la Sharía (la Ley), Abu Bakr (ra), Ammar (ra), su madre Summeyah (ra), Sohaib (ra), Bilal (ra) y Miqdad (ra). El Santo Profeta (sa) fue protegido por medio de su tío paterno, Abu Talib (ra) y Dios Altísimo protegió a Abu Bakr (ra) a través de su tribu.  Ya he explicado en un sermón anterior que esta es la impresión del narrador. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) y Hazrat Abu Bakr (ra) también fueron el blanco de crueldades, es decir, aunque permanecieron algo protegidos al principio, más tarde fueron sometidos a las mismas crueldades. El narrador dice que los otros fueron capturados por los idólatras, encadenados en cadenas de hierro y quemados con el calor del sol. No hubo ninguno entre ellos que no sucumbiera a las demandas de sus amos, con la excepción de Bilal (ra), cuyas circunstancias eran tales que se resignó completamente a la Voluntad de Dios y no tenía valor alguno para la sociedad que lo rodeaba. Lo capturaban, lo entregaban a jóvenes sin escrúpulos, quienes luego lo arrastraban alrededor del valle de La Meca. No obstante, Bilal repetía sin cesar: “Ahad, Ahad” (Dios es Uno, Dios es Uno). En cualquier caso, como he mencionado, todos ellos soportaron crueldades, pero todos y cada uno de ellos mostró firmeza en su fe. Sin embargo, la narración que encontramos en relación a Hazrat Bilal (ra) indica que él en particular fue sometido a severas torturas.

También se narra que Hazrat Sohaib (ra) fue uno de aquellos creyentes que fueron considerados débiles y fueron torturados en La Meca debido a su fe. Estos creyentes tuvieron que pasar por muchas dificultades. Según una narración, Hazrat Ammar bin Yasir (ra) fue torturado hasta tal punto que no recordaba lo que le había sucedido.  Este mismo fue el caso de Hazrat Sohaib (ra), Hazrat Abu Fa’id (ra), Hazrat Aamir bin Fuhaira (ra) y otros Compañeros. El siguiente versículo fue revelado en relación a estos Compañeros.

árabe

Luego, en verdad, tu Señor –para aquellos que abandonaron sus hogares después de haber sido perseguidos y después se sacrificaron duramente por la causa de Al-lah y permanecieron perseverantes– ¡Sí!, sepan que, ciertamente, después de eso, tu Señor es el Sumo Indulgente, Misericordioso.

Según otra narración, los últimos individuos que emigraron a Medina fueron Hazrat ‘Ali (ra) y Hazrat Sohaib bin Sinan (ra), y lo hicieron en medio de Rabi’-ul-Awwal [el tercer mes del calendario islámico]. El Santo Profeta (sa) se quedó primero en Quba (lugar próximo a Medina), antes de partir hacia la propia Medina. En una narración se menciona que cuando Hazrat Sohaib (ra) emigró hacia Medina, un grupo de idólatras lo persiguieron. Posteriormente desmontó y sacando todo lo que había en el carcaj dijo: “¡oh grupo de Quraish,  sabéis que soy uno de vuestros arqueros más habilidosos! ¡Por Dios,  que no podréis alcanzarme hasta que os dispare todas mis flechas. Después os mataré con mi espada hasta que mis manos no tengan más que hacer. Por tanto, haced lo que queráis. Si es mi riqueza lo que deseáis, pues os diré dónde está y me dejáis seguir mi camino”. Estas personas respondieron afirmativamente. Así, Hazrat Sohaib (ra) les dijo dónde estaba su riqueza y cuando se presentó ante el Santo Profeta (sa), este le dijo que dicha transacción había sido muy rentable para Abu Yahya, (es decir, que había sido beneficiosa para él).

El narrador dice que sobre esto se reveló el siguiente versículo:

árabe

“Y entre los hombres hay quien se vendería a sí mismo para intentar agradar a Al-lah; y Al-lah es Compasivo para Sus siervos.”.

Según otra narración, Hazrat Suhaib (ra) fue al Santo Profeta (sa) después de emigrar de La Meca a Medina. En ese momento se encontraba en Quba y con él estaban Hazrat Abu Bakr (ra) y Hazrat Umar (ra). Por entonces tenían dátiles frescos delante de ellos, que fueron traídos por Hazrat Kulzum bin Hidam. En el camino, Hazrat Suhaib (ra) contrajo una infección ocular, (es decir, tenía una dolencia en el ojo), pero también sufría de inanición y estaba muy cansado por el viaje. Hazrat Suhaib (ra) corrió hacia los dátiles y Hazrat Umar (ra) dijo: “oh Mensajero de Dios, mira a Suhaib, tiene una infección ocular y se está comiendo los dátiles”. El Santo Profeta (sa) respondió de manera alegre diciendo: “¿estás comiendo dátiles a pesar de tu infección ocular? (porque tenía los ojos hinchados y estaba derramando lágrimas)”. Hazrat Suhaib (ra) dijo entonces: “estoy comiendo poniéndome del lado del ojo que está sano”. Al oír esto, el Santo Profeta (sa) sonrió. Hazrat Suhaib (ra) se dirigió a Hazrat Abu Bakr (ra) y le dijo: “Me prometiste que me llevarías contigo en la emigración, pero te fuiste sin mí”. Luego se volvió hacia el Santo Profeta (sa) y dijo: “oh Mensajero de Dios, también prometiste llevarme contigo en la emigración, pero también te fuiste sin mí. Los Quraish me capturaron y me detuvieron, así que tuve que comprar mi libertad y la de mi familia renunciando a mi riqueza”. El Santo Profeta (sa) respondió: “en verdad, ese ha sido un intercambio muy beneficioso”.

A continuación, Dios Altísimo reveló el versículo:

Árabe

“Y entre los hombres hay quien se vendería a sí mismo para intentar agradar a Al-lah; y Al-lah es Compasivo para Sus siervos.”.

Hazrat Suhaib (ra) dijo: “Oh Mensajero de Dios, me llevé un ‘mudd’ [aproximadamente medio kilo] de harina como provisión para mi viaje, que preparé en Abwah, hasta que llegué finalmente a usted”. Esto era todo lo que tenía para comer en el viaje.

A este respecto, Hazrat Musleh Maud (ra) (el Segundo Jalifa) escribe:

Suhaib (ra) era un próspero comerciante y en La Meca se le consideraba una persona respetable, pero a pesar de que era rico y ya no era ya esclavo, los Quraish continuaban golpeándolo incluso después de su liberación, hasta el punto de que se desmayaba. Cuando el Santo Profeta (sa) dejó La Meca y emigró a Medina, Suhaib (ra) también quiso emigrar, pero los mecanos le impidieron hacerlo. Dijeron que no le permitirían llevarse consigo la riqueza que había ganado en La Meca. Suhaib (ra) se ofreció a entregar todas sus propiedades y ganancias y preguntó si luego lo dejarían ir. La gente de La Meca aceptó el acuerdo. Suhaib (ra) les entregó todo y llegó a Medina con las manos vacías y se encontró con el Santo Profeta (sa). El Santo Profeta (sa) le dijo: “Sohaib, de todas las transacciones que has hecho, esta ha sido la mejor”. En otras palabras, antes ganaba dinero intercambiando bienes, pero esta vez intercambió dinero a cambio de su fe.

Después de que Hazrat Suhaib (ra) emigrara de La Meca a Medina, el Santo Profeta (sa) estableció un vínculo de hermandad entre él y Hazrat Hariz bin Simmah (ra). Hazrat Suhaib (ra) participó junto al Santo Profeta (sa) en las batallas de Badr, Uhud, Jandaq y todas las demás.

Hazrat ‘Aaiz bin Amr (ra) narra que Hazrat Salman (ra), Hazrat Suhaib (ra) y Hazrat Bilal (ra) estaban sentados entre un grupo de personas, cuando Abu Sufyan bin Harb pasó frente ellos. Le dijeron: “la espada de Dios Todopoderoso aún no ha golpeado el cuello de Sus enemigos”. Sobre esto, Hazrat Abu Bakr (ra) dijo: “¿es así como habláis de los líderes y jefes de los Quraish?” El Santo Profeta (sa) fue informado de este incidente y dijo sobre el mismo: “¡Oh Abu Bakr (ra), tal vez los hayas enojado. Si este es el caso, entonces también has enojado a Dios Altísimo!”. Por eso, Hazrat Abu Bakr (ra) buscó a esa gente y les dijo: “Oh hermanos míos, tal vez estéis enfadados por dichas palabras”. A esto respondieron: “No, oh Abu Bakr (ra), que Al’lah te conceda el perdón”.

Hazrat Suhaib (ra) relata: “en cualquier batalla en la que el Santo Profeta (sa) estuvo presente, yo también participé. Además yo estuve presente en todos los juramentos de lealtad que el Santo Profeta (sa) tomó. Cualquier expedición que el Santo Profeta (sa) envió, yo también fui parte de ella; y cualquier batalla para la que partió el Santo Profeta (sa), yo estaba a su lado. Siempre estaba a su derecha o a su izquierda. Cuando las gente percibía peligro al frente, me posicionaba delante de ellos y cuando intuían peligro por detrás, me posicionaba detrás de ellos. Nunca permití que los enemigos se interpusieran entre el Santo Profeta (sa) y yo, hasta que se fue de este mundo, es decir, hasta que falleció.

En su vejez, Hazrat Sohaib (ra) reunía a la gente a su alrededor y les contaba incidentes interesantes sobre sus logros en el campo de batalla. Hazrat Suhaib (ra) no era nativo, es decir, su habla no era tan fluida como la de los árabes.

Zaid bin Aslam relata de su padre: “Salí con Hazrat Umar (ra) hasta que entramos en el jardín de Hazrat Sohaib (ra) in Aliya. Cuando Hazrat Suhaib (ra) vió a Hazrat Umar (ra), dijo: ” ¡Yannaas, Yannaas!”. Hazrat Umar (ra) pensó que estaba diciendo An-Nas (gente), así que dijo: “¿qué le pasa que está llamando a la gente?”. El narrador dice que “le respondí diciendo que estaba llamando a su siervo, que se llamaba Yuhannas, y le llamaba de este modo debido a sus dificultades en el habla. Hazrat Umar (ra) dijo entonces: “¡oh Sohaib (ra), (y es que comenzaron a hablar sobre ciertos asuntos) yo solo veo tres defectos en ti. Si no estuvieran presentes en tu persona, no daría a nadie superioridad sobre ti. Veo que te asocias con los árabes cuando tu lengua es extranjera; dices que tu nombre es Abu Yahya, que es el nombre de un Profeta; y malgastas tu dinero a la hora de usarlo”.  Hazrat Suhaib (ra) respondió: “en cuando al dinero, la verdad es que solo lo gasto donde se requiere y no innecesariamente. Respecto a mi nombre, el Santo Profeta (sa) me dio el título de Abu Yahya, por ello, nunca renunciaré a ello. En cuanto a mi afiliación con los árabes, los romanos me esclavizaron cuando era joven, por eso aprendí su lengua, pero pertenezco a la tribu de Namir bin Qasit”.

Hazrat Umar (ra) sentía un gran cariño por Hazrat Sohaib (sa) y le tenía una gran estima. Cuando Hazrat Umar (ra) fue gravemente herido, indicó en su testamento que Hazrat Suhaib (ra) dirigiera su oración funeraria y la oración de los musulmanes durante tres días, hasta que los miembros del comité electoral eligieran al nuevo Jalifa.

Hazrat Sohaib (ra) falleció en el mes de Shawwal , en el año 38 después de la Hégira, aunque según otros, falleció en el año 39 DH. Cuando falleció, Hazrat Suhaib (ra) tenía 73 años, pero otras narraciones dicen que tenía 70 años y que fue enterrado en Medina.

El siguiente compañero cuyos relatos quiero mencionar es Hazrat Sa’d bin Rabi (ra). Hazrat Sa´d bin Rabi (ra) pertenecía a los Banu Hariz, un clan de la tribu Jazrall de los Ansar. Su padre se llamaba Rabi bin Amr y su madre Huzaila bint ‘Inabah. Hazrat Sa´d (ra) tuvo dos mujeres: Umrah bint Hazam y Habiba bint Zaid. Hazrat Sa´d bin Rabi (ra) también tuvo dos hijas: una se llamaba Umme Sa´d,  que también se la conoce como Umme Said, aunque su nombre real era Yamila.

Hazrat Sa´d bin Rabi (ra) sabía leer y escribir incluso en la época de yahiliya (la época de ignorancia anterior a la llegada del islam), cuando muchos no podían hacerlo en ese momento. Hazrat Sa´d (ra) era uno de los jefes de la tribu de los Banu Hariz y Hazrat Abdul’lah bin Rawaha (ra) también era uno de los jefes de esa tribu junto a él. Hazrat Sa´d (ra) estuvo presente durante el primer y segundo juramento de Aqabah. Después de emigrar a Medina, el Santo Profeta (sa) estableció un vínculo de hermandad entre Hazrat Sa´d (ra) y Hazrat Abdur Rahman bin Auf (ra).

En una narración de Sahih Bujari, Hazrat Abdur Rahman bin Auf (ra) relata que cuando llegaron a Medina, el Santo Profeta (sa) estableció un vínculo de hermandad entre él y Sa´d bin Rabi (ra). Ante esto, Sa´d bin Rabi (ra) dijo: “Soy el más rico de los Ansar (residente de Medina),  te daré la mitad de mi riqueza y a cualquiera de mis dos esposas que prefieras, me separaré de ella por ti. Una vez que haya pasado su iddat (tiempo antes de que una mujer pueda volver a casarse) podrás casarte con ella”. Hazrat Abdur Rahman bin Auf (ra) le respondió que no quería nada; todo lo que necesitaba saber era si había algún mercado donde la gente pudiera comerciar. Hazrat Sa´d (ra) le informó que existía el mercado de los Banu Qaynuqah A continuación, por la mañana temprano del día siguiente, Hazrat Abdur Rahman (ra) fue allí y compró queso y mantequilla fresca. Tras ese día, adoptó la costumbre de ir al mercado cada mañana. No hubo pasado mucho tiempo antes de que Hazrat Abdur Rahman (ra) se presentara ante el Santo Profeta (sa). Cuando lo hizo, tenía una marca de azafrán, (pues en ese tiempo, la marca de azafrán era la señal  de que uno acababa de casarse). Por eso, el Santo Profeta (sa) le preguntó si se había casado y él respondió afirmativamente.  El Santo Profeta (sa) también quiso saber con quién se había casado y le respondió que con una mujer perteneciente a los Ansar (residente de Medina). El Santo Profeta (sa) entonces le interrogó sobre cuánta dote le había entregado y él contestó que le dio oro del tamaño de una pepita, o quizá dijo una pepita de oro. Ante esto, el Santo Profeta (sa) declaró que debía celebrar un Walima (la ceremonia después de la consumación del matrimonio), incluso aunque fuera con una sola oveja.

En otras palabras, se le dijo que celebrara un Walima de acuerdo a sus posibilidades.

Hazrat Sa´d bin Rabi (ra) participó en las batallas de Badr y Uhud, y fue martirizado durante esta última. El día de la batalla de Uhud, el Santo Profeta (sa) dijo: “¿quién me traerá noticias de Sa´d bin Rabi (ra)? Yo lo haré”, alguien dijo. Así pues, esa persona salió y comenzó a buscarle entre los que habían sido martirizados. Al ver a esta persona, Hazrat Sa´d (ra) le preguntó cómo estaba y éste le respondió: “he sido enviado por el Mensajero de Al´lah (sa) para informarle sobre tu estado”. Hazrat Sa´d (ra) dijo: “trasmite mi salaam (el saludo de paz) al Santo Profeta (sa) y comunícale que he recibido doce heridas de lanza y, aquellos que combatieron conmigo han llegado ya al infierno, (en otras palabras, aquellos que se enfrentaron a él habían sido aniquilados). Y di a mi gente que si el Santo Profeta (sa) es martirizado mientras uno de ellos aún permanece vivo, entonces que recuerden que no tendrán ninguna excusa que ofrecer ante Dios Todopoderoso”.

Se narra que fue Hazrat Ubay bin Ka’b (ra) quien preguntó sobre la condición de Hazrat Sa’d (ra) Según otra narración, se cuenta que Hazrat Sa´d (ra) dijo a Hazrat Ubay bin Ka’b (ra): “hazle saber a mi gente que Sa´d bin Rabi dice que debéis temer a Dios Altísimo y respetar el juramento que hicísteis a manos de Santo Profeta (sa) durante la noche de Aqaba. Por Dios que no tendréis excusa alguna ante Al’lah si los incrédulos alcanzan al Santo Profeta (sa) mientras que vuestros ojos aún parpadeen (es decir, si alguno de ellos quedaba todavía con vida).

Hazrat Ubay bin Ka’b (ra) narra que él estaba al lado de Hazrat Sa’d (ra) cuando falleció. Su cuerpo estaba cubierto de heridas y cuando regresó y se presentó ante el Santo Profeta (sa), le informó sobre la conversación y la condición en la que se encontraba (Sa´d). El Santo Profeta (sa) dijo: “que Dios tenga misericordia de él”. A lo largo de su vida fue un gran siervo de Al’lah y Su mensajero, e incluso después de su fallecimiento.

Hazrat Sa’d bin Rabi (ra) y Hazrat Jaryah bin Zaid (ra) fueron enterrados en una misma tumba.

Hazrat Sahibzada Mirza Bashir Ahmad (ra) menciona la narración del martirio de Hazrat Sa’d (ra) de la manera siguiente:

“El Santo Profeta (sa) había descendido también al campo de batalla y el trabajo de atender a los cadáveres de los mártires había empezado. En ese momento, el panorama que había ante los musulmanes era tan triste que hacía brotar lágrimas de sangre.  (Es decir, después de que la batalla hubiera terminado, a pesar de sus propias heridas, el Santo Profeta (sa) recorrió el campo de batalla y aconsejó cómo cuidar los cuerpos de los mártires y organizó los entierros. Sin embargo, la escena que presenciaron los musulmanes fue tan horrible, que se puede decir que era capaz de producir lágrimas de sangre).  Setenta musulmanes yacían en el campo de batalla cubiertos por el polvo y la sangre, y mostraban una escena desoladora por la bárbara tradición árabe conocida como Musleh”; porque no sólo habían sido martirizados, sino que sus miembros habían sido cortados y sus cuerpos desfigurados.

Escribe además: “entre las bajas, solo hubo seis Muhayirin y el resto eran todos Ansar. El número de hombres aniquilados de entre los Quraish fue de veintitrés. Cuando el Santo Profeta (sa) llegó al cuerpo de su tío paterno y hermano adoptivo, Hamzah bin ‘Abdil-Muttalib (ra), se quedó atónito, porque Hind, la bárbara esposa de Abu Sufyan, había desfigurado gravemente su cadáver. Durante algún tiempo, el Santo Profeta (sa) permaneció allí en silencio y los signos de dolor y enfado eran evidentes en su rostro. Por un momento, el Santo Profeta (sa) incluso pensó para sí mismo que hasta que estas bestias sedientas de sangre de La Meca no probaran su propia medicina, tal vez nunca entrarían en razón, pero el Santo Profeta (sa) se abstuvo de esta idea y mostró paciencia. De hecho, después de esto, el Santo Profeta (sa) prohibió para siempre la costumbre del musleh (es decir, desfigurar los cadáveres) en el islam y dijo que el enemigo puede hacer lo que le plazca, pero los musulmanes debían en todo caso abstenerse de tan práctica bárbara y seguir un curso de virtud y benevolencia.

Ṣafiyyah bint ‘Abdil-Muttalib (ra), la tía paterna del Santo Profeta (sa), amaba mucho a su hermano Hamzah (ra). Al oír la noticia de la derrota de los musulmanes, ella también salió de Medina. El Santo Profeta (sa) instruyó a su hijo Zubair bin Al-Awam (ra) que no mostrara a su madre el cuerpo de su tío materno, pero ¿cómo podría el amor de una hermana permitirle estar en paz? Entonces, aunque su hijo le dijo que no viera el cuerpo de Hazrat Hamza (ra),  ya que estaba gravemente desfigurado, insistió diciendo:”¡déjame ver el cuerpo de Hamza (ra)! Prometo mostrar paciencia y no pronunciar una palabra de queja o lamento”. Por lo tanto, fue y al ver el cuerpo de su hermano y dijo:

[árabe]

 Inna lil’lahi wa inna Ilaihi rayiun 

A Al’lah pertenecemos y a Él será el retorno.

 

Después de esto, no dijo ni una palabra”.

Escribe además: “los Quraish también habían infringido más o menos el mismo tratamiento bárbaro a los cuerpos de otros Compañeros. En este sentido, el cuerpo de Abdul’lah bin Yahash (ra), el primo paterno del Santo Profeta (sa), también había sido severamente desfigurado. A medida que el Santo Profeta (sa) se iba de un cuerpo a otro, los signos de dolor y angustia se hacían más y más evidentes en su rostro. Fue quizás en esta ocasión cuando el Santo Profeta (sa) dijo que alguien fuese a preguntar sobre el estado de Sa’d bin Rabi (ra), jefe de los Ansar y viese si estaba aún vivo o había sido martirizado. Durante la batalla, vi que estaba peligrosamente rodeado por las lanzas del enemigo. Entonces, siguiendo las instrucciones del Santo Profeta (sa), Ubayy bin Ka’b (ra), un Compañero de entre los Ansar, comenzó a buscar a Sa’d (ra) aquí y allá en el campo de batalla, pero sin éxito. comenzó a exclamar en voz alta el nombre de Sa’d (ra) una y otra vez, pero no se pudo encontrar ninguna señal de él. Habiendo perdido la esperanza, estaba a punto de regresar, cuando de repente pensó que debía llamarlo en voz alta de parte del Santo Profeta (sa), y tal vez de esta manera pudiera encontrar alguna una pista de su paradero. Es decir, inicialmente solo lo llamó por su nombre, pero luego pensó que tal vez podría llamarlo en voz alta  diciendo que el Santo Profeta (sa) lo había enviado. Así pues, comenzó a gritar: ‘¿dónde está Sa’d bin Rabi? El Mensajero (sa) de Al’lah me ha enviado a buscarte’. Al oír esto, una corriente eléctrica surgió a través del cuerpo medio muerto de Sa’d (ra), porque aunque estaba cerca de la muerte, al oír el nombre del Santo Profeta (sa), de repente se reanimó y con una voz muy tenue, respondió: ‘¿quién es? Estoy aquí’. Cuando Ubayy bin Ka’b (ra) miró a cierta distancia, entre un montón de cadáveres, vio a Sa’d (ra), que en ese momento estaba en su último aliento, entregando su vida. Ubayy bin Ka’b (ra) dijo: ‘el Santo Profeta (sa) me ha enviado para que le informe de tu estado’. Sa’d (ra) respondió: ‘envía mis saludos de paz al Mensajero de Al’lah (sa) y dile ‘que Al’lah le conceda la recompensa espiritual que se da a todos los Profetas de Dios por el sacrificio y la sinceridad de sus seguidores en mayor medida que a todos los demás Profetas, y le conceda el deleite de sus ojos.  Además, transmite mis saludos de paz a mis hermanos musulmanes y dile a mi gente que si la más mínima herida es infligida al Santo Profeta (sa), mientras que incluso un mínimo aliento de vida aún permanezca dentro de ellos, entonces deben recordar que no tendrán ninguna excusa delante de Dios’. Tras estas palabras, Sa’d (ra) falleció”.

Hazrat Musleh Maud (ra) también ha mencionado este relato en sus propias palabras y afirma:

“Hay un incidente que tuvo lugar durante la batalla de Uhud. Después de dicha batalla, el Santo Profeta (sa) envió a Hazrat Ubay  bin Ka’b (ra) para preguntar sobre el estado de los que habían sido heridos. Mientras buscaba entre los heridos, Hazrat Ubay bin Ka’b (ra) llegó a Hazrat Sa’d bin Rabi (ra), que había sido gravemente herido y que casi estaba en su último aliento. Hazrat Ubay bin Ka’b (ra) le preguntó si tenía algún mensaje que quisiera que les transmitiera a sus parientes y seres queridos. Hazrat Sa’d (ra) sonrió y dijo: “esperaba que viniera algún musulmán a quien pudiera entregar mi mensaje. Pon tu mano en la mía y prométeme que ciertamente transmitirás mi mensaje” y el mensaje que dio fue el siguiente: “transmite mi salaam (saludos de paz) a mis hermanos musulmanes y dile a mi gente y a mis parientes que el Santo Profeta (sa) es el mayor tesoro que Dios Altísimo nos ha otorgado y que debemos protegerlo incluso con nuestras propias vidas. Ahora debo irme de este mundo y entregaros esa responsabilidad a vosotros, por lo que no mostréis debilidad en este aspecto”.

Después de narrar este relato, Hazrat Musleh Maud (ra) declaró: “Debemos pensar que en el momento en que uno siente que está a punto de morir, uno tiene todo tipo de pensamientos en su corazón; y piensa en las circunstancias a las que su esposa tendrá que enfrentarse, o quién atenderá las necesidades de sus hijos, etc. Sin embargo, este Compañero no transmitió ningún mensaje de este tipo y simplemente dijo que se marchaba de este mundo mientras se esforzaba en proteger al Santo Profeta (sa) y que los demás deberían hacer lo mismo y seguirle, porque proteger al Santo Profeta (sa) era la tarea más importante”.

Hazrat Musleh Maud (ra) sigue diciendo que:

“fue esta misma fuerza en la fe, la que les permitió (a los musulmanes) llevar a cabo una revolución en el mundo y derrocar el dominio de los romanos y los persas. Por eso el Emperador Romano estaba asombrado de quiénes eran estas personas. De la misma manera, el Emperador Chosroes de Persia escribió a uno de sus generales y le dijo que si no podía derrotar a los árabes de ninguna forma, entonces debería regresar y sentarse en casa y ponerse brazaletes (como las mujeres). También le dijo a su general que los árabes eran gente que comía desechos y por qué no era capaz de detenerlos. En otras palabras, los consideraba personas extremadamente bajas que no tenían nada para comer y que en su lugar comían desechos. En respuesta, el general declaró que no parecían simples mortales, son un monstruo que galopa sobre las espadas y las lanzas; tal era su pasión y vigor, y que por lo tanto, ¿cómo podía derrotarlos?

En una ocasión, Umme Sa’d, la hija de Hazrat Sa’d bin Rabi (ra), fue a ver a Hazrat Abu Bakr (ra), quien le tendió una de sus propias telas (para sentarse). Hazrat Umar (ra) le preguntó a Hazrat Abu Bakr (ra) quién era ella. Hazrat Abu Bakr (ra) respondió: “ella es la hija de alguien que era mejor que tú y yo”. Hazrat Umar (ra) preguntó: “¡oh, Jalifat ur-Rasul (Jalifa del Mensajero -sa-)!  ¿Quién era esa persona?”. Hazrat Abu Bakr (ra) respondió: “fue quien falleció en vida del Santo Profeta (sa) y recibió su lugar en el Paraíso, mientras que hoy tú y yo todavía estamos aquí”.

Hazrat Yabir bin Abdul’lah (ra) relata que la esposa de Hazrat Sa’d bin Rabi (ra), junto con sus dos hijas, fueron a ver al Santo Profeta (sa) y le dijo: “¡oh Mensajero (sa) de Al’lah! Estas dos son las hijas de Sa’d bin Rabi, quien luchó junto a ti en la batalla de Uhud y fue martirizado. Su tío paterno se ha llevado toda su herencia, (es decir, su tío había tomado toda la riqueza que dejó Hazrat Sa’d bin Rabi -ra- ’, dejándolas sin nada). Además, sus Nikahs [matrimonio islámico] no pueden tener lugar hasta que tengan algo de dinero”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Dios Altísimo revelará Su veredicto sobre este asunto”. Posteriormente se revelaron los versículos sobre la herencia (de una persona fallecida). Entonces, el Santo Profeta (sa) llamó a su tío y le ordenó que diera un tercio de la riqueza de Sa’d a sus hijas, y que diera un octavo a su madre y el resto sería su parte.

Al hacer referencia a este incidente, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) ha arrojado luz sobre esto en Sirat Jataman Nabiyyin (La vida del Sello de los Profetas):

“Sa‘d (ra) era un hombre rico y poseía un estatus distinguido dentro de su tribu. No tuvo descendencia masculina, solo dos hijas y una esposa. Hasta ese momento, no se habían revelado al Santo Profeta (sa) nuevos mandamientos con respecto a la distribución de la herencia. Como tal, la herencia se dividía entre los Compañeros de acuerdo con la antigua costumbre, por lo que si el fallecido no tenía descendencia masculina, sus parientes paternos tomarían posesión de toda la herencia y la viuda y las hijas se quedaban con las manos vacías. Por lo tanto, tras el martirio de Sa‘d bin Ar-Rabī (ra), su hermano tomó posesión de toda la herencia y su viuda e hijas quedaron completamente desamparadas. Preocupada por esta angustia, la viuda de Sa‘d (ra) se presentó ante el Santo Profeta (sa), junto con sus dos hijas, y expresó su dolor mientras relataba toda la historia. Este doloroso relato hirió la sensibilidad pura del Santo Profeta (sa), pero dado que Al’lah no le había revelado todavía ningún mandamiento a este respecto, el Santo Profeta (sa) dijo: “espera y el veredicto se dará de acuerdo con los mandatos revelados por Dios”. Por consiguiente, el Santo Profeta (sa) le suplicó a Dios y no pasó mucho tiempo hasta que algunos de los versículos sobre la herencia fueron revelados al Santo Profeta (sa), que también se encuentran en Sūrah An-Nisā ‘del Sagrado Corán. Ante esto, el Santo Profeta (sa) llamó al hermano de Sa’d (ra) y le ordenó que diera dos tercios de la herencia a las hijas de Sa’d (ra), un octavo a su cuñada, y que se quedara con el resto. A partir de entonces, se instituyeron nuevas leyes sobre el reparto de la herencia, mediante las cuales una esposa tenía derecho a un octavo de la herencia de su esposo, si este tiene hijos, y un cuarto si no tiene hijos; y una hija tiene derecho a una porción equivalente a la mitad de lo que su hermano herede de su padre, y si no tiene hermanos, entonces dos tercios o la mitad (según las circunstancias); y una madre tiene derecho a una sexta parte de la herencia de su hijo, si él tiene hijos, y a un tercio si su propio hijo no tiene hijos. Del mismo modo, las porciones de otros herederos también fueron asignadas y de esta manera se devolvió a la mujer dicho derecho natural, que le había sido arrebatado”.

Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) ha escrito una nota que dice: “En esta ocasión, no sería irrelevante mencionar que, entre las características más destacadas de las enseñanzas del Santo Profeta (sa), una que destaca es que protegió por completo todos los derechos legítimos de las mujeres. De hecho, la verdad es que antes y después del Santo Profeta (sa), no ha habido ninguna persona en la historia del mundo que haya salvaguardado los derechos de las mujeres como él lo hizo. En asuntos de herencia, matrimonio, relaciones conyugales, divorcio, en el derecho de poseer bienes personales, en el derecho de usar los bienes personales, en los derechos de educación, en los derechos de custodia y crianza de los hijos, en el derecho de participar en asuntos nacionales y domésticos, en materia de libertad individual, en derechos y obligaciones religiosas; en todos los campos religiosos y mundanos donde una mujer puede realmente actuar, el Santo Profeta (sa) ha reconocido todos sus derechos legítimos y ha proclamado que la protección de sus derechos es una responsabilidad sagrada y un deber que se otorga a su Comunidad. Es por esta misma razón que las mujeres de Arabia consideraron el advenimiento del Santo Profeta (sa) como un mensaje de salvación”.

Escribe además: “Me veo obligado a desviarme del tema que me ocupa ahora mismo (ya que los derechos de las mujeres no es lo que estoy discutiendo), de lo contrario, habría explicado que las enseñanzas del Santo Profeta (sa) con respecto a las mujeres realmente alcanzan un pedestal tan alto que ninguna religión ni civilización ha podido alcanzarlo. Definitivamente, la hermosa siguiente declaración del Santo Profeta (sa) se basa en una verdad sumamente profunda:

Árabe

“De entre todas las cosas de este mundo, por las que me siento naturalmente más inclinado con cariño son: las mujeres y la fragancia, pero el deleite de mis ojos está en la salat, es decir, la adoración a Al’lah”.

Hoy en día, hay personas que alzan sus voces en defensa de los derechos de las mujeres y centran su atención en algunos asuntos superficiales, que no tienen nada que ver con la libertad. Por el contrario, algunos plantean acusaciones contra las enseñanzas islámicas en las que existen ciertas restricciones, aunque estas solo existen para defender el honor de las mujeres, en aras de la paz en el hogar y para la formación moral de la siguiente generación. En realidad, las enseñanzas del islam son tales que otorgan a las mujeres la libertad y salvaguarda sus derechos. ¡Que Dios permita que el mundo entienda esta realidad y sea protegido de toda maldad e inmoralidad, y que nuestras mujeres también entiendan la verdadera realidad de estas enseñanzas, ya que a veces pueden verse influenciadas por la sociedad y pensar que su particular modelo de libertad es correcto! ¡Que entiendan la verdadera esencia de las enseñanzas islámicas y además el rango y el honor otorgado a las mujeres por el islam, porque ninguna otra religión les ha otorgado tal honor, ni tampoco ninguna de las llamadas organizaciones o movimientos por los derechos de las mujeres! Asimismo, que Al’lah permita a los hombres salvaguardar los derechos de las mujeres de acuerdo con las enseñanzas del islam, para que se pueda establecer una sociedad pacífica.

Después de esto, me gustaría hablar brevemente sobre la situación actual y también instar a todos a orar. Todos deben rezar a Dios Altísimo para que elimine la pandemia del coronavirus del mundo, pero también para que se otorgue sabiduría y entendimiento a la gente, para que puedan darse cuenta de que la única oportunidad de prosperidad futura para ellos es someterse al Dios Único y cumplir con los derechos de los demás. Solo podremos erradicar verdaderamente los males y el desorden del mundo a través de los sacrificios.

¡Que Al’lah otorgue sabiduría a los gobiernos para que puedan gestionar los asuntos de sus países basándose en la justicia! En estos días hay disturbios y desorden en los Estados Unidos. Que cada áhmadi se salve de sus efectos nocivos y que la gente presente sus demandas y logre sus derechos a través de los medios correctos. Si los afroamericanos están causando daño y desorden en su tierra natal, entonces solo se causarán daño a sí mismos. Muchos líderes africanos también han dicho lo mismo: no deben causar daños y destrucción a su propio país. Ciertamente deben esforzarse por obtener sus derechos, pero deben hacerlo de la manera correcta y permanecer dentro de los parámetros de la ley. Pueden protestar, pero causar daño a su propio país no será beneficioso, si no que será perjudicial para su propia causa. Por lo tanto, quienes llevan a cabo tales protestas deberían reflexionar sobre esto. El gobierno también debe comprender que, simplemente el uso de la fuerza para responder a esto no es la respuesta y tampoco la fuerza es la solución para resolver los problemas. De hecho, los gobiernos solo pueden funcionar cuando todos los ciudadanos obtienen los derechos que les corresponden. Solo de esta manera la paz y la prosperidad pueden prevalecer y  sin ello es imposible. Independientemente de cuán poderoso pueda ser un gobierno, si hay disturbios entre la gente, el gobierno no podrá establecerse. Por eso, que Al’lah elimine todo este malestar y desorden a lo largo del mundo; que los gobiernos cumplan con los derechos de sus ciudadanos y que estos obtengan sus derechos presentando sus demandas, a la vez que permanecen dentro de los parámetros de la ley.

De la misma forma, el gobierno de Pakistán también debería reflexionar sobre esto y no aumentar la persecución y las injusticias contra los áhmadis, simplemente por temor a los mul’lahs o clérigos fanáticos.  Más bien, deberían dirigir su gobierno defendiendo la justicia y aprendiendo las lecciones del pasado. Al utilizar el asunto del Ahmadiat y perpetrar crueldades contra los áhmadis, ni los gobiernos anteriores se han establecido firmemente ni podrán hacerlo en el futuro. Así pues, deben abandonar la idea de que pueden extender su tiempo en el gobierno manteniendo esta grave injusticia contra el Ahmadiat. Ciertamente, debido a esta persecución, el Ahmadiat se ha extendido y progresado en todo el mundo, y si Dios quiere continuará haciéndolo en el futuro. Esta es la Voluntad de Dios Altísimo y nadie tiene el poder de detenerla.

En cualquier caso, oramos para que Al’lah elimine todas las injusticias, los disturbios y el desorden; y debido a la pandemia actual que está muy extendida, que la gente le preste atención a la misma y produzcan una transformación dentro de sí mismos. Que nosotros, como áhmadis, tengamos la oportunidad de cumplir con los derechos de nuestra adoración y también los derechos correspondientes a la humanidad, incluso más que antes, para que podamos convertirnos en recipientes del amor Divino y seamos capaces de presenciar el éxito y el progreso.

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