El objetivo de una mezquita verdadera: un santuario de paz y seguridad

Hazrat Mirza Masrur Ahmad

Hazrat Mirza Masrur Ahmad

Jalifatul Masih V

Su Santidad, Hazrat Mirza Masrur Ahmad (Mir‐za Mas‐ rur Ah‐mad), es el quinto Jalifa (Califa) de la Comunidad Musulmana Ahmadía. Elegido para esta posición vitalicia el 22 de abril de 2003, desempeña su cargo como jefe espiritual y administrativo mundial de una organización religiosa internacional con decenas de millones de miembros repartidos en 200 países.

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Alocución dirigida por el jefe supremo de la Comunidad Musulmana Ahmadía en la recepción con ocasión de la inauguración de la mezquita baitul ahad en Japón

El 21 de noviembre de 2015, el Jefe Supremo de la Comunidad Musulmana Ahmadía, el Quinto Jalifa, Su Santidad, Hazrat Mirza Masrur Ahmadaba pronunció el discurso principal en una recepción especial celebrada para conmemorar la inauguración de la mezquita Baitul Ahad (mezquita del Dios Único) en Nagoya, Japón. Más de un centenar de dignatarios e invitados no áhmadis participaron en la recepción vespertina. La mezquita, la primera que construye la Comunidad Musulmana Ahmadía en Japón, fue inaugurada oficialmente el día anterior al pronunciar Su Santidad el Sermón del Viernes. También se dirigieron al público varios dirigentes religiosos y dignatarios, quienes felicitaron a la Comunidad Musulmana Ahmadía por la inauguración de la Mezquita de Japón y dieron la bienvenida a Hazrat Mirza Masrur Ahmadaba al país. Además, reiteraron su agradecimiento por los servicios humanitarios y la ayuda prestada por la Comunidad Musulmana Ahmadía después del terremoto y los tsunamis de 2011 de Japón. El evento finalizó con una oración silenciosa dirigida por Hazrat Mirza Masrur Ahmadaba. Después, Su Santidad se entrevistó personalmente con los invitados no áhmadis. A continuación, presentamos el discurso principal, pronunciado por Su Santidad.

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Tras la recitación del Tashahhud, Ta’awwuz y Bismillah, Su Santidad, Hazrat Mirza Masrur Ahmadaba, Jalifatul Masih V dijo:

“Distinguidos invitados: Assalamo Alaikum Wa Rahmatullahe Wa Barkatohu: la paz y bendiciones de Al-lah sean con todos vosotros.

En primer lugar, me gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecer a todos nuestros invitados su asistencia a la recepción de hoy, en la que celebramos la inauguración de la mezquita Baitul Ahad  —la casa del Dios Único—. Vuestra asistencia confirma el hecho de que sois personas muy compasivas y sinceras. Digo esto porque habéis aceptado nuestra invitación a una función que es fundamentalmente religiosa, es decir, la inauguración de una mezquita, a pesar del hecho de que la mayoría de vosotros no seáis musulmanes.

Sin embargo, a pesar de vuestra participación, es posible que algunos de vosotros todavía alberguéis ciertas reservas respecto a la apertura de esta mezquita, o bien sobre el Islam. Es posible que creáis que vuestros contactos áhmadis personales son personas bondadosas y pacíficas, pero al mismo tiempo es posible que sintáis recelo hacia los musulmanes áhmadis que no conocéis personalmente. También es posible que temáis que esta mezquita sea un foco de desorden o un medio para incrementar las tensiones y divisiones sociales. Estos temores están justificados hasta cierto punto, debido a que, lamentablemente, hay algunos supuestos musulmanes que están causando un gran dolor y sufrimiento en el mundo y están perpetrando los actos más detestables en nombre del Islam. Sin embargo, me gustaría dejar bien claro que las enseñanzas del Islam y los objetivos de las mezquitas verdaderas son totalmente pacíficos y son un medio para fomentar la unión social.

De hecho, los principios básicos subyacentes a las mezquitas son que deben ser lugares en los que la gente pueda reunirse para adorar a Dios y promover el amor, la compasión y la buena voluntad a través de la sociedad. En el capítulo 51, versículo 57, del Sagrado Corán, Al-lah el Todopoderoso ha declarado que el propósito de la creación de los humanos y los Yinn, es decir, toda la humanidad, ya sea rico o pobre, poderoso o débil, es adorarle.

Lamentablemente, en el mundo actual, la humanidad se ha alejado de la religión hasta tal punto, que la mayoría de la gente ha olvidado a su Creador y un número cada vez mayor de ellos ni siquiera cree en Dios. Tristemente, también existen otras personas que individualmente o en conjunto han distorsionado las enseñanzas de la religión hasta el punto de presentar la imagen más brutal y terrible de la religión en el mundo. Admito sin reparos que algunos supuestos musulmanes presentan al Islam de una forma infame y abominable, sin embargo, el número de musulmanes que afirma practicar su religión y seguir sus enseñanzas supera al de los seguidores de otras religiones. Sin embargo, no se puede negar que dentro del Islam también han aparecido grupos terroristas y elementos extremistas que tratan de usurpar la religión.

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A pesar de que estos extremistas pretender representar la religión, lo cierto es que sus actos y sus ideologías no guardan ninguna relación con las verdaderas enseñanzas del Islam. La realidad es, y siempre será, que el Islam es una religión cuyas enseñanzas de paz no tienen paralelo en la historia del mundo. De hecho, el punto de referencia para todos los musulmanes, y la dirección hacia la que se postran para la adoración, es la Casa de Al-lah, la Sagrada Ka’bah, la cual Al-lah ha proclamado como centro de paz y de seguridad. Por ello, en el capítulo 10, versículo 26 del Sagrado Corán, Al-lah ha dicho que Él invita a la humanidad hacia el santuario de paz y seguridad. Por esta razón, las mezquitas se construyen para que la gente pueda unirse con el objetivo de adorar a Al-lah y promover la paz. En el léxico árabe, As-Salat se refiere a la adoración y las oraciones realizadas en una mezquita. Fundamentalmente, este término significa compasión, benevolencia, prosperidad y bendiciones. Por tanto, aquellas personas que realizan la adoración siguiendo las verdaderas enseñanzas del Islam nunca serán crueles ni despiadadas, sino más bien, compasivas y afectuosas, y serán aquellos  que deseen lo mejor para los demás y que demuestren ser una fuente infinita de bendiciones para la humanidad.

La verdadera adoración es aquella que salva a la gente de la maldad, la malicia y la perversión y libera a la humanidad de las garras de la inmoralidad y del pecado. La verdadera adoración es la entrada hacia el favor de Dios, la compasión y el amor. Cuando un musulmán se encuentra con otra persona, lo primero que dice es “Assalamo Aleikum”, que significa: ‘que la paz y la seguridad de Dios sea contigo’. Esta oración invoca todo tipo de paz y armonía. Debe quedar claro, por tanto, que nuestras mezquitas se construyen con las mismas intenciones y objetivos con los que se construyó la Ka´bah:  como focos de paz para la humanidad y como lugares donde los hombres, mujeres y niños pueden unirse para adorar a Al-lah el Todopoderoso y promover la paz y la compasión a través de la sociedad. Si cada musulmán, es más, si cada persona cumpliera con estos principios, el panorama mundial cambiaría por completo. Todo tipo de odios, conflictos e injusticias desaparecerían por completo y serían reemplazados por un espíritu de fraternidad, simpatía y entendimiento mutuo.

Allá donde el Islam enseña a los musulmanes a construir y proteger las mezquitas también garantiza la seguridad y protección de los lugares de adoración de todas las religiones. Los musulmanes están obligados a proteger y respetar las demás religiones y sus lugares de adoración. Ciertamente, la libertad de religión universal es un principio fundamental e indispensable del Islam. Este principio dorado está prescrito por el Sagrado Corán.

Durante diez años, el Fundador del Islam, el Santo Profeta Muhammadsa, y sus seguidores fueron perseguidos de la manera más brutal y despiadada por los incrédulos de Meca. El Santo Profetasa fue obligado a abandonar su hogar, teniendo que emigrar él y sus seguidores a la ciudad de Medina con la esperanza de que finalmente serían capaces de vivir en paz y seguridad. Sin embargo, los incrédulos de la Meca no dejaron en paz a los musulmanes, sino que continuaron persiguiéndolos sin tregua. Formaron un ejército realmente formidable y bien equipado, y emprendieron la guerra contra los musulmanes con la intención de eliminar al Islam de una vez por todas. Fue entonces cuando Al-lah el Todopoderoso dio instrucciones al Santo Profetasa para involucrarse en una guerra defensiva. En el capítulo 22, versículo 41 del Sagrado Corán, Al-lah el Todopoderoso dijo que los opresores no trataban de destruir al Islam, sino que pretendían destruir todas las religiones, y que de no impedírselo por la fuerza, todas las iglesias, sinagogas, templos y los lugares de adoración de las demás personas hubieran corrido siempre un grave peligro. Por tanto, el permiso en defensa propia concedido por Al-lah a los musulmanes no se restringía solamente a la protección del Islam, sino también a la protección de la misma institución religiosa. Teniendo esto en cuenta, aquellas personas que sienten temor hacia el Islam o creen que los musulmanes son la causa del creciente desorden, deben eliminar tales preocupaciones de sus mentes. Tened la seguridad de que ningún musulmán verdadero supondrá ningún riesgo o peligro en absoluto; por el contrario, siempre intentará aunar sus esfuerzos con los seguidores de otras creencias con el propósito de unir a la sociedad bajo la bandera de la paz, armonía y humanismo.

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