El Profeta (sa): El heraldo perfecto de la unidad divina
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatiha, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Todos los profetas vinieron al mundo para establecer el Tauhid [la unicidad de Dios] y transmitieron esta enseñanza a sus pueblos. Desafortunadamente, con el tiempo la mayoría de la gente abandonó esta enseñanza. El Santo Profeta (sa) también trajo el mismo mensaje y continuar con esta misión: inculcar el espíritu del Tauhid en sus seguidores. Además, el estatus del Santo Profeta (sa) en este sentido es único. Si enseñó a la gente a aceptar el Tauhid, presentó argumentos para hacerlo después de haber recibido el conocimiento de Dios Altísimo. Si luchaba contra el “shirk” (asociar copartícipes a Dios), no lo hacía sin argumentos. Más bien, explicó los males del “shirk”, y posteriormente, inculcó en esas personas una aversión hacia él. Es más, sus seguidores demostraron con sus acciones que el concepto del Tauhid y la aversión al “shirk” se habían arraigado profundamente en ellos.
Esto se debió a que la enseñanza que Dios Altísimo le reveló era tan completa e impactante que una vez que una persona realmente comprendía su profundidad, era imposible que se apartara de ella. Esta enseñanza suya, que tuvo influencia en sus seguidores, fue tan impactante porque cada palabra y acción del Santo Profeta (sa) era un verdadero reflejo de ella. Fue la encarnación de la magnífica enseñanza que Dios Altísimo le había dado. Su preocupación era que, así como otras naciones habían convertido las tumbas de sus profetas en lugares de postración, la Ummah musulmana también podía adoptar este grave pecado. Así, buscó refugio para no ser considerado jamás igual a Dios Altísimo. Además, también enseñó esto a su Ummah y les instruyo para que no lo convirtieran en un medio para cometer “shirk”. Les enseñó a no poner nunca sus ojos en nadie aparte de Dios.
En los sermones anteriores, hablé del amor a Dios y Su adoración. Cada incidente que he relatado a este respecto de la vida del Santo Profeta (sa), nos guiaba hacia el Tauhid y uno puede ver su sincera pasión y profundo anhelo por el establecimiento del Tauhid. Por un lado, esto refleja su estatus más elevado en relación con el establecimiento del Tauhid, con el que Dios Altísimo le había dotado desde la infancia, pero también obtenemos una comprensión más profunda de la enseñanza perfecta de Dios Altísimo que le fue revelada.
En el Sagrado Corán, se nos ha enseñado repetidamente la enseñanza del Tauhid de diversas maneras, tal como Dios Altísimo afirma en la Sura Al-Anbiya:
[Árabe]
“Y no enviamos a ningún Mensajero antes de ti sin que le hubiéramos revelado: ‘No hay más Dios que Yo; adóradme, pues, sólo a Mí’”.
El método de adoración que le enseñaron y la forma en que él adoraba cumpliendo con los debidos derechos del Tauhid, ni siquiera una fracción de esto puede verse en ninguna otra religión.
Dios Altísimo afirma en el Santo Corán:
[Árabe]
“Di: ‘En verdad, se me ha ordenado adorar a Dios siendo sincero con Él en la religión’”.
Así, cuando un verdadero musulmán también leerá esto, anunciará que debe adorar a Dios Altísimo con completa sinceridad, esforzarse por establecer la Unidad pura de Dios [Tauhid], y seguir ese modelo que el Santo Profeta (sa) estableció de acuerdo con el mandato dado en el Sagrado Corán. Si, junto con el establecimiento de la Unidad pura de Dios, elevamos los estándares de nuestra adoración, entonces podremos lograr una revolución. De lo contrario, no son más que reclamaciones nuestras. Sólo entonces mereceremos verdaderamente ser llamados quienes adoramos a un solo Dios.
Posteriormente Dios Altísimo dice:
[Árabe]
“Adorad solamente a Dios y no dediquéis actos de adoración a otros”.
En otro lugar, Dios Altísimo dice:
[Árabe]
“Y vuestro Dios es un solo Dios, y no hay más dios que Él, y Él es el Clemente, el Misericordioso”.
Luego, hacia el final del Sagrado Corán, Dios Altísimo proclama el establecimiento de Su Unicidad:
[Árabe]
“Di: ‘Él es Al’lah, el Único. Dios, el Independiente y el Implorado por todos. Él no engendra ni es engendrado. Y no hay nadie igual a Él”.
Dios Altísimo declaró la refutación de todo tipo de asociación de copartícipes con Él, y ordenó al Santo Profeta (sa): “Proclama esto al mundo”. De esta manera, cuando sus seguidores leemos esto, tenemos el deber proclamar esta Unidad pura de Dios, tal como se declara en este capítulo y en muchas otras partes del Sagrado Corán. A través de nuestras palabras y nuestras acciones, debemos mostrar al mundo que sólo Dios Altísimo es Uno, libre de toda necesidad; más bien, todo depende de Él. Él no es padre de nadie ni hijo de nadie, y nadie podrá jamás igualarlo. Esta es una proclamación que refuta las enseñanzas corruptas que se encuentran en todas las demás religiones. Es la proclamación de esta misma enseñanza la que permite a una persona alcanzar la cercanía a Dios Altísimo. El ejemplo más elevado y sublime de esta enseñanza es nuestro maestro y líder, el Santo Profeta Muhammad (sa).
Cada momento de su vida lo dedicó a establecer la Unidad de Dios. Más bien, como mencioné antes, desde su misma infancia, Dios Altísimo lo guió hacia el establecimiento del Tauhid puro. Estos son sólo algunos ejemplos que he dado del Sagrado Corán; el Sagrado Corán está de lleno de este mensaje.
Ahora presentaré algunos incidentes de la vida del Santo Profeta (sa) -desde la infancia hasta su afirmación de ser profeta y a lo largo de toda su vida- mostrando su sincero deseo y sus esfuerzos por el establecimiento de la Unicidad de Dios.
La naturaleza del Santo Profeta (sa) era tan pura que el amor por el Tauhid estaba inculcado en cada fibra de su ser. Incluso antes de ser elevado a la posición de profeta, despreciaba el “shirk” y la adoración de ídolos. Hazrat Umm Aiman (ra) narraba que Buwanah era un ídolo que la tribu Quraish reverenciaba enormemente. Iban a visitarlo y le ofrecían sacrificios. Una vez al año celebraban allí un Itikaaf [retiro espiritual]. Abu Talib iba allí con su gente y también deseaba llevar al Santo Profeta (sa), pero el Santo Profeta (sa) se negaba hasta tal punto, que en una ocasión, sus tías y Abu Talib se enfadaron mucho con él y le dijeron: “¡Oh Muhammad (sa)! ¿Qué quieres? ¿No te unirás a tu pueblo en su fiesta y aumentarás su reunión?”. Finalmente, ante la insistencia de sus tías paternas, fue allí, pero pronto regresó con un miedo inmenso y dijo: “Vi un espectáculo extraño allí”. Las tías paternas dijeron que Satanás no podía afectar a una persona tan justa y le preguntaron qué había visto. El Santo Profeta (sa) respondió: “Cada vez que comenzaba a acercarme al ídolo, una figura vestida de blanco gritaba en voz alta: ‘¡Oh Muhammad, quédate atrás y no toques este ídolo!’”. Después de eso, el Santo Profeta (sa) nunca más participó en ninguna festividad de los idólatras, y Dios Altísimo siempre lo protegió de tales costumbres idólatras. Esto fue antes de la proclamación del profetazgo.
Durante su infancia, en un viaje a Siria con su tío paterno Abu Talib, conoció al monje cristiano Bahira. En respuesta a sus preguntas, el Santo Profeta (sa) dijo: “No me pregunten sobre los ídolos Lat y Uzza. Juro por Dios que no hay nada que odie más que estos ídolos”. Cuando el Santo Profeta (sa) viajó a Siria con los productos comerciales de Hazrat Jadiya (ra), vendió la mercancía y compró otros bienes. Durante este viaje, surgió un desacuerdo entre él (sa) y otro hombre. Aquel hombre dijo: “Jura por Lat y Uzza (es decir, júralos y te creeré)”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Nunca he jurado por estos ídolos. Aun cuando paso junto a ellos, vuelvo mi rostro” (es decir, me estás diciendo que jure por ellos, pero ¿cómo podría hacer esto?). En busca de este mismo Tauhid, iba a la cueva de Hira, como se ha mencionado antes. Su corazón anhelaba la adoración del Dios Único y el establecimiento de Su Unicidad.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) lo describió de la siguiente manera:
“La cueva Hira se encuentra en una conocida montaña llamada Hira, que se encuentra entre las montañas cerca de La Meca, a unas tres millas de la ciudad. Hoy se llama Yabal an-Nur. El Santo Profeta (sa) sentía aversión por los ídolos desde el principio, pero también le preocupaban mucho aquellos que adoraban ídolos y se alejaban del Único Dios. No sólo se abstuvo de hacerlo él mismo, sino que también se preocupaba por aquellos que adoraban ídolos. Antes de su misión profética, se retiraba de las zonas pobladas y rendía culto en esa cueva.
Cuando el Santo Profeta (sa) alcanzó la edad de cuarenta años, Gabriel (as) se le apareció un día y le fue transmitida la primera revelación, a través de la cual Dios Altísimo le encomendó su misión. Con esa primera revelación, el Santo Profeta (sa) comenzó a llamar a la gente hacia la Unicidad de Dios [Tauhid] y a argumentar contra el “shirk” [asociar compañeros a Dios]. Sin embargo, al principio no proclamó abiertamente su misión. Más bien, procedió con discreción y limitó su enseñanza a aquellos que formaban parte de su círculo más cercano”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“Nuestro Santo Profeta (sa) fue el mayor reformador que devolvió la verdad perdida al mundo. Ningún profeta comparte con nuestro Santo Profeta (sa) la distinción de haber encontrado al mundo entero sumido en la oscuridad y con su luz haber convertido esa oscuridad en luz; tampoco murió hasta que todo el pueblo en el que apareció se despojó del manto del “shirk” (politeísmo) y se vistió con el manto del Tauhid (creencia en un solo Dios). No solo eso, sino que alcanzaron los más altos niveles de fe. Mostraron una sinceridad, una fidelidad y una certeza sin precedentes, que no se encontraban en ningún otro lugar del mundo. Ningún profeta de Dios alcanzó jamás tal grado de éxito, excepto el Santo Profeta (sa). El principal argumento a favor del profetazgo del Santo Profeta (sa) es que honró al mundo con su presencia en un momento en que estaba sumido en la oscuridad y necesitaba urgentemente un gran reformador, y no murió antes de que cientos de miles de personas abandonaran el “shirk” y la idolatría y adoptaran el Tauhid y el camino correcto. Nadie más que el Santo Profeta (sa) podría haber llevado a cabo esta gran reforma. Enseñó valores humanos a un pueblo que era salvaje y bruto. En otras palabras, transformó a los brutos (o bestias) en hombres, a los hombres en hombres civilizados y a los hombres civilizados en hombres piadosos. Les infundió cualidades espirituales y estableció su comunión con el Dios verdadero. En su camino fueron masacrados como cabras y pisoteados como hormigas, pero se mantuvieron firmes en su fe y siguieron avanzando frente a todas las adversidades. Nuestro Santo Profeta (sa) fue sin duda el Segundo Adán por haber establecido la espiritualidad en el mundo. Más bien, él era el verdadero Adán, ya que fue a través de él que todas las virtudes humanas alcanzaron su perfección, todas las fuerzas del bien se activaron en sus respectivas esferas y ninguna rama de la naturaleza humana quedó sin fruto. La finalidad del profetazgo en su persona consiste no solo en que él sea el último, sino también en el hecho de que todas las perfecciones del profetazgo culminaron en él”.
En otro lugar, el Mesías Prometido (as) afirma:
“Infinitas gracias te damos, ¡oh Dios!, por guiarnos por el camino que conduce a Ti y por salvarnos de los errores del pensamiento y la razón al enviarnos Tus Libros Sagrados. Invocamos bendiciones sobre el Jefe de los Profetas, Hazrat Muhammad Mustafa (sa) [el Elegido], sobre su descendencia y sobre sus Compañeros. A través de él, Dios guió a todo un mundo que había perdido el rumbo hacia el camino correcto. Era el maestro y benefactor que guiaba a las personas descarriadas de vuelta al camino recto; el benevolente y compasivo que liberaba a las personas del “shirk” [politeísmo] y la maldición de los ídolos; la luz y el difusor de la luz que iluminaba el mundo con la luz del Tauhid [la unicidad de Dios]; el sanador y médico que permitió a los corazones enfermos recorrer el camino de la rectitud; el noble hacedor de milagros que revivió a los muertos con el elixir de la vida; el misericordioso y compasivo que sufrió dolor y tristeza por su Ummah; el valiente y audaz que nos rescató de las fauces de la muerte; el humilde y desinteresado que inclinó la cabeza ante su Señor en total sumisión y aniquiló por completo su yo; el creyente perfecto en la Unicidad de Dios y el océano de conocimiento que no se sentía intimidado por nada excepto por la Majestad de Dios y consideraba que todo lo que no fuera Él carecía de valor; y el milagro del poder divino que, a pesar de ser analfabeto, superó a todos en cuanto al conocimiento divino y reveló a todas las naciones los errores y equivocaciones que cometían”.
En otro lugar, el Mesías Prometido (as) escribe:
“El Tauhid, en su forma más pura, no se encuentra entre ningún pueblo de la faz de la tierra excepto entre los seguidores del Santo Profeta (sa). No hay ningún libro en la tierra, aparte del Sagrado Corán, que haya comprometido firmemente a millones de personas con esta doctrina sagrada y que guíe a la humanidad con tanta reverencia hacia el Único Dios Verdadero. Las personas de todas las religiones han creado dioses artificiales para sí mismas, mientras que el Dios de los musulmanes es el Dios Único, Eterno e Inmutable, cuyos atributos son los mismos hoy que antes”.
Por desgracia, hoy en día incluso los seguidores del Profeta Muhammad (sa) están olvidando el honor del Tauhid, y el verdadero Tauhid ya no permanece entre ellos tal y como lo enseñó Dios Altísimo y lo inculcó con tanto dolor y orientación el Santo Profeta (sa). Al descuidar el Tauhid puro, incluso la fe en los atributos de Dios Altísimo se ha debilitado con respecto a lo que debería caracterizar a un verdadero musulmán.
En tales circunstancias, es deber de aquellos que dicen seguir al verdadero siervo del Santo Profeta (sa) comprender la realidad del Tauhid y realizar cambios especiales en sí mismos por su causa. Este es el mes del Ramadán, un mes dedicado al culto, en el que se deben realizar esfuerzos especiales y ofrecer oraciones especiales con este fin. Si afirmamos amar al Santo Profeta (sa), entonces debemos esforzarnos sinceramente, como él lo hizo a lo largo de su vida, por el establecimiento del Tauhid. Por mandato de Dios Altísimo, soportó dificultades y dolor en su lucha por establecer la Unidad de Dios.
Ampliando esta idea, Hazrat Musleh Maud (ra) afirma en una ocasión:
“En el Sagrado Corán, Dios Altísimo le dice al Santo Profeta (sa):
[Árabe]
“Advierte a tus parientes más próximos”.
¡Oh, Muhammad, Mensajero (sa) de Dios! Advierte a la gente en todos los rincones del mundo, pero primero advierte a tus propios familiares, porque los derechos que les debes son dos: uno es que, al igual que el resto del mundo, ellos también están pereciendo; y el otro es que son tus parientes, y sus antepasados te trataron con amabilidad en su día. Hay un conocido proverbio inglés que dice: “La caridad empieza en casa”. La caridad y la limosna comienzan en el propio hogar. Del mismo modo, el proceso de amonestación y consejo siempre debe comenzar en casa.
En consecuencia, el Santo Profeta Muhammad (sa) cumplió este mandato de tal manera que, según la costumbre de La Meca, subió al monte Safa y comenzó a llamar a las distintas tribus por sus nombres. Primero, convocó a la tribu de Aal-e-Ghalib, y ellos salieron de la Mezquita Sagrada y se reunieron al pie del monte Safa. En ese momento, Abu Lahab le dijo al Santo Profeta (sa): “La tribu de Aal-e-Ghalib ha llegado; di lo que tenga que decir”. El Santo Profeta (sa) no prestó atención a su comentario y llamó a la tribu de Lu’ayy. Cuando llegaron, Abu Lahab volvió a decir: “Ahora que la tribu de Lu’ayy también ha llegado, díganos lo que desea decir”. Aun así, el Santo Profeta (sa) no consideró que esta declaración mereciera atención y llamó a los Aal-e-Murrah, quienes también llegaron. Entonces convocó a los Aal-e-Kilab y a los Aal-e-Qusayy, hasta que se reunió todo el pueblo. Los que no pudieron acudir enviaron mensajeros para que informaran sobre el motivo por el que se habían reunido ese día. Cuando todas las tribus de La Meca, incluida la de los Quraish, se hubieron reunido, el Santo Profeta (sa) comenzó a dirigirse a ellas y dijo:
‘Decidme, si os informara de que detrás de esta montaña se ha reunido un gran ejército con la intención de atacaros, ¿me creeríais?’. Respondieron: ‘¡Por supuesto! Ciertamente le creeríamos, pues siempre hemos sabido que usted es honesto y veraz’.
Quienes están familiarizados con las condiciones de La Meca saben que esta pregunta presentada por el Santo Profeta (sa) era equivalente a pedirles que aceptaran algo que era imposible. Los animales de los mequíes pastaban en el valle, y era una región en la que habría sido absolutamente imposible que un ejército permaneciera oculto. Sin embargo, tal fue la impresión de su veracidad sobre ellos que declararon: ‘Incluso si nuestros ojos no pudieran confirmarlo, aun así le creeríamos, pues su veracidad está fuera de toda duda a nuestro juicio’. Cuando expresaron unánimemente esta convicción y confianza respecto al Santo Profeta (sa), él dijo:
‘Entonces, escuchad. Os traigo un anuncio importante. He sido enviado por Dios Altísimo como Su Mensajero. Por tanto, os digo que si deseáis ser salvados del castigo de Dios Altísimo, entonces seguidme’. Apenas había dicho esto, cuando Abu Lahab exclamó airadamente:
[Árabe]
Significando -Dios nos libre-: ‘¡Que perezcas! ¿Para esto nos has reunido?’. Del mismo modo, otros comenzaron a reírse y a burlarse mientras se dispersaban. Sin embargo, esta burla y oposición no disuadieron al Santo Profeta (sa) de esforzarse por el establecimiento de la Unicidad de Dios. Continuó con firmeza en este esfuerzo”.
Como he mencionado, surgió el ridículo y la oposición aumentó aún más. Esta oposición ha sido descrita por Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra), basándose en obras históricas, de la siguiente manera:
“Su oposición iba a ser proporcionalmente equivalente a la magnitud de su misión. Puesto que el Santo Profeta (sa) fue enviado en una era en la que la oscuridad predominaba especialmente y era inevitable que, ante el advenimiento de la luz, los ejércitos de la oscuridad contendieran al máximo. Así sucedió; en comparación con todos los profetas del pasado, el Santo Profeta (sa) se enfrentó a la mayor oposición.
Una de las causas principales de esta oposición, es que la gente de los Quraish eran idólatras en el grado más alto. El honor y el amor por los ídolos se habían impreso tan profundamente en sus corazones, que escuchar siquiera una palabra en su contra resultaba insoportable. Estos transgresores habían colocado cientos de ídolos en la Kaaba, que fue construida únicamente para la adoración de Dios Altísimo. Se dirigían a estos ídolos para todas sus necesidades. Cuando llegó el Islam, su fundamento principal fue la Unicidad de Dios, su mandamiento claro era no inclinar la cabeza ante ningún ser humano, árbol, roca o estrella, etc. Más bien:
[Árabe]
“Postraos ante Dios Altísimo, quien los creó”.
Además, las palabras utilizadas para describir a los ídolos de los Quraish en su opinión resultaron muy insultantes para ellos, pues fueron declarados como el combustible del infierno. Estas declaraciones habían encendido un fuego entre los Quraish, y se levantaron unidos para aniquilar el Islam. Había muchas otras causas también, pero esta fue una de las principales”.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“Cuando un profeta o un mensajero es enviado por Dios y su comunidad se presenta ante la gente como un grupo prometedor, veraz, valiente y en progreso, entonces, inevitablemente, surge en los corazones de los pueblos y sectas existentes una especie de resentimiento y envidia hacia dicho profeta. Especialmente los eruditos religiosos y los custodios de los santuarios de todas las religiones muestran una intensa hostilidad, porque la llegada de ese hombre de Dios afecta sus ingresos y su prestigio. Sus estudiantes y discípulos comienzan a escaparse de sus manos, porque encuentran todas las cualidades de la fe, la moralidad y el conocimiento en la persona designada por Dios (aquellos discípulos que son de naturaleza justa y afortunada abandonan a sus guías y se vuelven hacia el hombre de Dios).
Así, las personas de entendimiento y discernimiento comienzan a darse cuenta de que el honor previamente otorgado a esos eruditos debido a su supuesta erudición, piedad y rectitud ya no es merecido, y que los títulos elevados que se les han dado, como Estrella del Pueblo, Sol del Pueblo, Maestro de Maestros y otros similares, ya no son apropiados para ellos. Por esta razón, las personas de entendimiento se alejan de ellos, puesto que no desean perder su fe. Esta es la conducta de aquellos que son creyentes y de noble disposición.
En consecuencia, debido a estas pérdidas, la clase de eruditos y líderes siempre ha albergado celos hacia los profetas y mensajeros. La razón es que, en el momento de la manifestación de los profetas y designados de Dios, estas personas quedan totalmente expuestas, pues son deficientes y poseen solo una pequeña parte de luz. Su enemistad hacia los profetas y los justos de Dios surge puramente de sus propios egos. Completamente bajo el dominio de sus egos, idean planes para infligir daño. En efecto, a veces incluso sienten en sus corazones que, al atormentar injustamente a un siervo puro de Dios Altísimo, han atraído sobre sí la ira divina. Sus actos, que son el resultado de una oposición constante, continúan revelando la condición culpable de sus corazones. Aun así, el potente motor de los celos los arrastra hacia los pozos de la hostilidad.
Estas fueron precisamente las causas que, en la época del Santo Profeta (sa), privaron a los eruditos entre los idólatras, los judíos y los cristianos no solo de aceptar la verdad, sino que también los incitaron a una severa enemistad. Por consiguiente, se dieron a la tarea de borrar el Islam de la faz de la tierra. Dado que en los primeros días del Islam los musulmanes eran pocos, sus oponentes -por esa arrogancia que se aloja naturalmente en los corazones y mentes de tales grupos que se consideran superiores en riqueza, número, honor y rango- trataron a los musulmanes de aquel entonces, como a los Compañeros, con extrema hostilidad. No deseaban que esta planta celestial echara raíces sobre la tierra; más bien, ejercieron todo esfuerzo, hasta con sus propias uñas, para destruir a aquellas personas justas. No dejaron ninguna oportunidad de infligir daño sin explorar, y temían que esta religión echara raíces firmes, y que su progreso se convirtiera en la ruina de su propia religión y nación.
Debido a este miedo, que estaba profundamente impreso en sus corazones, cometieron actos de extrema crueldad y brutalidad, y asesinaron brutalmente a la mayoría de los musulmanes. Sus actitudes permanecieron inalteradas durante un largo período de trece años. Muchos de los fieles de Dios y el verdadero orgullo de la humanidad, fueron cruelmente hechos pedazos por las espadas de estos bárbaros. Los huérfanos y las mujeres débiles e indefensas eran masacrados en las calles y callejones. Aun así, Dios Altísimo ordenó que no hubiera represalias contra el mal. Estas personas justas y elegidas se adhirieron a esta instrucción con absoluta precisión. Mientras las calles se teñían de rojo con su sangre, no emitieron ni una sola queja. Eran masacrados como animales, pero no protestaban.
Los incrédulos de La Meca intentaron disuadir al Santo Profeta (sa) de difundir el mensaje del Tauhid [la Unidad de Dios]; a veces le amenazaban y a veces intentaban tentarle. Sin embargo, su respuesta era siempre la misma: que el propósito de su vida era establecer la Unidad de Dios en el mundo y que era por esta razón que Dios Altísimo lo había enviado”.
A este respecto, Hazrat Musleh Maud (ra) escribió en una ocasión:
“Cuando la oposición se volvió intensa y, por otro lado, con gran persistencia, el Santo Profeta (sa) y sus Compañeros comenzaron a transmitir al pueblo de La Meca el mensaje de Dios Altísimo de que el Creador de este mundo es Uno; no hay nadie digno de adoración fuera de Él. Todos los profetas del pasado han dado testimonio de Su Unidad y han llamado a sus respectivos pueblos a esta misma enseñanza.
‘Creed en el Dios Único y abandonad estos ídolos de piedra, pues son completamente inútiles y no poseen ningún poder. ¡Oh, habitantes de La Meca! ¿Acaso no veis que, cuando se les ofrecen ofrendas y enjambres de moscas se posan sobre ellos, ni siquiera tienen el poder de espantar esas moscas? Si alguien los ataca, no pueden defenderse a sí mismos. Si alguien les pregunta, no pueden responder. Si alguien busca su ayuda, no pueden ayudarlo. Pero el Dios Único satisface las necesidades de quienes Le suplican. Él responde a quienes Le piden. Él ayuda a quienes buscan Su ayuda. Él somete a Sus enemigos y concede elevado progreso a Sus siervos devotos. De Él proviene una luz que ilumina los corazones de Sus devotos’.
‘¿Por qué, pues, abandonáis a semejante Dios y os inclináis ante ídolos sin vida, desperdiciando vuestras vidas? ¿No veis que al abandonar la Unidad de Dios vuestros pensamientos se han vuelto impuros y vuestros corazones se han oscurecido? Habéis caído en todo tipo de doctrinas supersticiosas. Los engaños surgen en vuestros corazones porque habéis abandonado la Unidad de Dios. Ya no se distingue entre lo lícito y lo ilícito. No podéis diferenciar entre el bien y el mal. Deshonráis a vuestras madres, oprimís a vuestras hermanas y a vuestras hijas, y no les concedéis sus derechos. El trato que dais a vuestras esposas no es el correcto. Devoráis los bienes de los huérfanos y tratáis con dureza a las viudas. Oprimís a los pobres y a los débiles y, usurpando los derechos de otros, tratáis de establecer vuestra propia grandeza. No sentís vergüenza por la falsedad y el engaño. No sentís aversión por el robo ni el hurto. El juego y el vino son vuestros pasatiempos. No le prestáis atención a la adquisición de conocimientos ni al servicio de la nación. ¿Hasta cuándo permaneceréis indiferentes ante el Único Dios? Venid y reformaos y abandonad la injusticia. Estos males han echado raíces dentro de vosotros, por tanto, reformaros’.
Incluso hoy en día, aquellos que padecen tales males sufren por estar alejados de la Unidad de Dios. En cualquier nación donde se encuentren tales vicios –aunque quede alguna virtud– muchos de los males que se han mencionado están presentes en ellas, y la razón es la misma: el alejamiento de la Unidad Divina. Desafortunadamente, la condición de algunos musulmanes también es la misma.
Luego dijo:
‘La manera de alcanzar la cercanía a Dios es que a cada persona se le dé el derecho que le corresponde. Es un paso imprescindible. Si Dios os ha concedido riquezas, gastadlas al servicio de vuestro país y de vuestra nación, y para el mejoramiento de los débiles y los pobres. Honrad a las mujeres y cumplid sus derechos. Considerad a los huérfanos como un encargo de Dios Altísimo y considerad que cuidar de ellos es una virtud del más alto orden. Convertiros en apoyo para las viudas. Estableced la justicia y la piedad. Haced de la justicia y la equidad -no sólo la justicia, sino también la misericordia y la benevolencia- vuestras cualidades distintivas. La justicia sola no es suficiente; también debe haber misericordia y generosidad. Esta es la enseñanza de un creyente’.
‘Vuestra existencia en este mundo no debe pasar en vano. Dejemos legados nobles para que se pueda sembrar la semilla de la virtud duradera. El verdadero honor no consiste simplemente en reivindicar los propios derechos, sino en el sacrificio y el altruismo. No os esforcéis únicamente en conseguir vuestros derechos; el sacrificio y el altruismo también son necesarios. Así pues, haced sacrificios y acercáos a Dios. Mostrad el mayor ejemplo de altruismo ante los siervos de Dios, para que vuestros derechos sean establecidos ante la vista de Dios’”.
Éstas son las señales de mantenerse firme en la verdadera Unidad. En realidad somos débiles, pero no nos quedemos estancados en nuestras debilidades. Esto también es lo que proclamó el Santo Profeta (sa):
“El decreto ha sido emitido en el cielo para la soberanía de la Verdad. Ahora, a través de Muhammad, el Mensajero (sa) de Al’lah, se establecerá la balanza de la justicia, y se establecerá un gobierno de justicia y misericordia en el que nadie será agraviado. No habrá interferencia en asuntos de religión. La injusticia infligida a las mujeres y a los esclavos será erradicada, y en lugar del dominio de Satanás, se establecerá la soberanía del Dios Único”.
Cuando estas enseñanzas comenzaron a ser proclamadas repetidamente al pueblo de La Meca, y los individuos de naturaleza noble comenzaron a inclinarse hacia el islam, los jefes de La Meca se reunieron un día y fueron a ver a su tío, Abu Talib. Le dijeron:
“Usted es nuestro jefe, y por respeto a usted hasta ahora no le hemos dicho nada a su sobrino, Muhammad (sa). Pero ahora ha llegado el momento de tomar una decisión definitiva: o bien debería aconsejarle y preguntarle qué es lo que en última instancia desea de nosotros.
Si desea honor y respeto, estamos dispuestos a nombrarlo nuestro jefe. Si busca riqueza, cada uno de nosotros está dispuesto a aportar una parte de su riqueza para él. Si desea casarse, que nombre a cualquier mujer de La Meca que prefiera y arreglaremos su matrimonio con ella. A cambio, no le pediremos nada ni le restringiremos en ningún otro asunto. Sólo le pedimos que desista de hablar mal de nuestros ídolos. Que proclame, si quiere, que Dios es Uno; pero que no diga que nuestros ídolos son malos. Si acepta esta única condición, se establecerá la reconciliación entre nosotros y él.
Debería aconsejarle y persuadirle para que acepte nuestra propuesta. De lo contrario, quedará una de las dos opciones: ‘o tendrá que renunciar a su sobrino, o su pueblo le retirará su lealtad y le negará su jefatura’.
Este asunto era extremadamente pesado para Abu Talib. Entre los árabes, la riqueza material era escasa; su verdadero orgullo y felicidad residía en su liderazgo tribal y su honor. Los jefes vivían para su pueblo, y el pueblo vivía para sus jefes.
Al oír estas palabras, Abu Talib se puso ansioso y llamó al Santo Profeta (sa) y dijo: ‘¡Oh, mi sobrino! Mi gente ha venido a mí, me ha transmitido un mensaje y ha dicho: “Si su sobrino no acepta ninguna de las propuestas -y habiendo hecho todos nuestros esfuerzos y ofrecido lo que podemos- si aún no desiste, entonces debe renunciar a él. Si no está dispuesto a dejarlo, entonces rechazaremos su autoridad y le dejaremos’.
Cuando Abu Talib mencionó esto, sus ojos se llenaron de lágrimas. Al ver sus lágrimas, los ojos del Santo Profeta (sa) también se llenaron de lágrimas y dijo: ‘¡Oh, tío mío! No le digo que abandone a su gente y en cambio me apoye. Puede retirar su apoyo hacia mí y unirse a tu gente. Pero juro por el Dios Único, que no tiene copartícipe, que aunque el Sol se pusiese a mi derecha y la Luna a mi izquierda, no dejaría de predicar la Unicidad de Dios Altísimo [Tauhid]. Continuaré en este esfuerzo mío hasta que la muerte me alcance. Decida qué es lo mejor para Usted’.
Esta respuesta, llena de máxima fe y sinceridad, fue suficiente para abrir los ojos de Abu Talib. Comprendió que, aunque no tuvo la oportunidad de aceptar el islam, presenciar semejante escena de fe absoluta era más valioso que cualquier riqueza. Entonces Abu Talib dijo: ‘¡Oh, sobrino mío! Continúa cumpliendo con tu deber. Si mi pueblo quiere dejarme, que lo haga, pero yo no te abandonaré’”.
Para el establecimiento del Tauhid [la Unidad de Dios], el Santo Profeta (sa) soportó toda forma de persecución y crueldad a manos de los incrédulos de La Meca. Infundió el mismo espíritu en sus Compañeros, como también lo escribió el Mesías Prometido (as). Ofrecieron sus cuellos a la espada; el resultado fue que, proclamando “Ahad, Ahad” (Dios es Uno, Dios es Uno), soportaron la persecución con firmeza y sacrificaron sus propias vidas.
Todos los males de los incrédulos de La Meca que acabamos de mencionar provenían de su alejamiento de la Unidad Divina y de su indulgencia en el “shirk” (asociar copartícipes a Dios). Incluso hoy, dondequiera que se encuentran tales males morales entre naciones o individuos, surgen del alejamiento del Tauhid.
Por tanto, nuestro deber es seguir proclamando la Unidad de Dios. Dondequiera que transmitamos este mensaje de Tauhid, también debemos esforzarnos por lograr una transformación manifiesta en nuestras propias condiciones espirituales y morales. Sólo entonces podremos ser verdaderamente contados entre aquellos que creen en el Tauhid y que actúan de acuerdo con los mandamientos de Dios Altísimo.
¡Que Dios Altísimo nos conceda la capacidad de hacerlo!
