Al-lah es Supremo: El amor del Profeta en Uhud
Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatiha, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) dijo:
Hay innumerables relatos del amor del Santo Profeta (sa) por Dios Altísimo. De hecho, cada acto suyo y cada suceso apunta al hecho de que su corazón contenía un océano de amor Divino. Vemos un ejemplo de ello durante la batalla de Uhud, donde su celo por el amor de Al’lah se expresó de una manera extraordinaria y única.
Se relata que Hazrat Bara (ra) narró que el día de Uhud, nos enfrentamos a los idólatras [en batalla]. El Santo Profeta (sa) preparó un batallón de arqueros y nombró a Hazrat Abdul’lah como su líder. Les instruyó enfáticamente que no debían abandonar su puesto. “Si veis que los hemos superado, aun así no os mováis de allí. Aunque veáis que nos han vencido, no vengáis en nuestra ayuda (es decir, tanto en la victoria como en la derrota, no debéis abandonar vuestra posición)”. Hacia el final de este incidente, podemos observar la intensidad de su amor por Al’lah.
El narrador relata que cuando comenzó la batalla, el enemigo huyó, hasta el punto que vi a las mujeres idólatras correr hacia los cerros. Se habían quitado las vestiduras de los pies y sus tobillos eran visibles. Entonces los musulmanes comenzaron a gritar: “¡El botín de guerra, el botín de guerra!”. Hazrat Abdul’lah contuvo a su batallón y dijo: “El Santo Profeta (sa) me instruyó enfáticamente que no debemos movernos”. No obstante, no le obedecieron. Cuando abandonaron el paso de montaña y se acercaron al botín de guerra, Dios Altísimo abandonó a aquellos musulmanes (es decir, cuando abandonaron el paso para recolectar el botín de guerra, Dios Altísimo también les abandonó a su suerte). El curso de la batalla cambió y el enemigo lanzó otro ataque, cuyo resultado fue el martirio de setenta musulmanes.
Se relata que durante este tiempo, el Santo Profeta (sa) junto con sus Compañeros, se había refugiado al pie de una montaña cuando Abu Sufyan subió a un lugar elevado y gritó: “¿Está Muhammad entre la gente?”. El Santo Profeta (sa) dijo: “No le respondáis”. Abu Sufyan entonces gritó: “¿Está Ibn Abi Quhafah entre la gente?”. El Santo Profeta (sa) instruyó nuevamente: “No respondáis”. Entonces Abu Sufyan gritó: “¿Está Ibn al-Jattab Umar, entre la gente?”. Cuando no hubo respuesta, Abu Sufyan dijo: “Todos estos hombres han sido asesinados. Si hubieran estado vivos, ciertamente habrían respondido”. Hazrat Umar (ra) no pudo contenerse y gritó: “¡Oh enemigo de Al’lah! ¡Has mentido! Dios ha mantenido vivo a aquel que te humillará”. Abu Sufyan gritó entonces la consigna: “¡Gloria a Hubal!” Al oír esto, el Santo Profeta (sa) se inquietó y dijo: “¡Respóndedle!”. Los Compañeros preguntaron: “¿Qué debemos decir?”. Respondió: “Decid que Dios es el Altísimo y el Más Glorioso”. Entonces Abu Sufyan dijo: “Nosotros tenemos a Uzza, y vosotros no tenéis a Uzza”. El Santo Profeta (sa) dijo: “¡Respondedle!”. Los Compañeros preguntaron: “¿Qué debemos decir?”. Respondió: “Decid que Dios es nuestro Auxiliador, y vosotros no tenéis a quien os auxilie”. Cuando el honor y la majestad de Dios Altísimo y su amor por Él fueron puestos en duda, el Santo Profeta (sa) no se preocupó por su propia vida. Inmediatamente dio instrucciones a los Compañeros para que respondieran. Anteriormente había decidido no responder por sabiduría.
Hazrat Musleh Maud (ra) también ha escrito sobre este incidente haciendo referencia a la historia. Escribe:
“Aquellos Compañeros que estaban alrededor del Mensajero (sa) de Al’lah, y que habían retrocedido debido al ataque de los incrédulos, se reagruparon alrededor del Mensajero (sa) de Al’lah tan pronto como los incrédulos se retiraron (es decir, los Compañeros se reunieron alrededor de su bendito cuerpo y lo levantaron, pues había caído inconsciente). Un Compañero, Ubaidah bin al-Yarrah, sacó con sus dientes un clavo que se había incrustado en la cabeza del Santo Profeta (sa), por lo que se le rompieron dos de sus propios dientes.
Poco después, el Santo Profeta (sa) recuperó la conciencia (se había desmayado debido a sus heridas, como he mencionado). Cuando la recuperó, los Compañeros enviaron a hombres en todas direcciones a través del campo de batalla, anunciando que el Mensajero (sa) de Al’lah estaba vivo y que todos debían regresar (el enemigo había difundido el rumor -Dios no lo quiera- de que había sido martirizado. El ejército musulmán que se había dispersado comenzó a reagruparse). El Santo Profeta (sa) los llevó hacia el pie de la montaña. Cuando la fuerza restante se reunió allí, Abu Sufyan gritó y dijo: “Hemos matado a Muhammad (sa)”. El Santo Profeta (sa) no respondió a Abu Sufyan, para que el enemigo no conociera la verdadera situación y lanzara otro ataque. De lo contrario, el enemigo pensaría que, como los musulmanes no estaban muertos sino heridos, en esta condición, no podrían soportar otro ataque y, por lo tanto, los musulmanes heridos podrían volver a caer presa del enemigo.
Cuando no hubo respuesta del ejército musulmán, Abu Sufyan se convenció de que su suposición era correcta. Luego gritó: “También hemos matado a Abu Bakr”. El Santo Profeta (sa) también ordenó a Hazrat Abu Bakr (ra) no responder. Entonces Abu Sufyan gritó: “También hemos matado a Umar”. Ante esto, Hazrat Umar (ra), que era muy apasionado, quiso responder diciendo que, por la gracia de Al’lah, estaban vivos y listos para enfrentarse a ellos, pero el Santo Profeta (sa) lo detuvo y le dijo que no pusiera en riesgo a los musulmanes y que permaneciera en silencio (era un momento de debilidad, y si el enemigo atacaba de repente, podía producirse un mayor daño).
Ahora los incrédulos estaban convencidos de que habían asesinado al Fundador del islam (sa) así como a sus seguidores tanto a su derecha como a su izquierda. Ante esto, Abu Sufyan y sus compañeros lanzaron consignas alegres, gritando:
[Árabe]
“¡Exaltado sea Hubal! ¡Exaltado sea Hubal!” (queriendo significar que su ídolo Hubal había prevalecido y había acabado con el islam ese día).
El mismo Santo Profeta (sa) que había instruido silencio cuando se anunció su propia muerte, y cuando se proclamaron las muertes de Hazrat Abu Bakr (ra) y Hazrat Umar (ra) -para que los musulmanes heridos no fueran atacados nuevamente y el pequeño grupo restante no fuera martirizado a manos de los incrédulos- ahora, cuando el honor del Único Dios fue desafiado y se levantó un eslogan de “shirk” en el campo de batalla, su alma se inquietó. Dirigiéndose a los Compañeros con gran fervor, dijo: “¿Por qué no respondéis?”. Los Compañeros respondieron: “¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! ¿Qué debemos decir?”. Dijo: “decid:
[Árabe]
“¡Mientes cuando afirmas que Hubal ha sido exaltado. Sólo Al’lah, sin ningún asociado, es Exaltado y Majestuoso. Sólo suyo es el rango más alto, y no Hubal!”. De esta manera transmitió a los enemigos la noticia de que estaba vivo.
El impacto de esta respuesta audaz y valiente sobre el ejército de los incrédulos fue tan profundo que sus esperanzas se desvanecieron por esta respuesta, y a pesar de que frente a ellos solo estaba un puñado de musulmanes heridos a quienes, según las reglas del mundo, era perfectamente posible atacar y matar, no se atrevieron a lanzar otro asalto. Contentos con la victoria que ya habían obtenido, la celebraron y regresaron a La Meca”. El Santo Profeta (sa) no permitió que entrara el más mínimo rastro de “shirk” debido a su amor por Dios Altísimo.
Se relata en una narración de Hazrat Ibn Abbas (ra) que un hombre una vez le dijo al Santo Profeta (sa): “Lo que Al’lah quiera y lo que Usted quiera”. Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: “¿Me has equiparado a Al’lah?”. Más bien, di: “Lo que sólo Dios quiera. No se debe permitir que entre ni siquiera el más leve aspecto de ‘shirk’”. Algunas personas dicen casualmente frases como: “lo que Al’lah quiera y lo que Usted quiera”. Sí, uno puede decir: “lo que Al’lah quiera y con Su gracia”, y si además reza, entonces se le concederán bendiciones. Si se refiere a una súplica, esto es aceptable, pero la frase “y lo que quiera” es incorrecta, porque el Santo Profeta (sa) la desaprobó con contundencia.
También le preocupaba que la gente pudiera transformar las tumbas en lugares de culto, pero lamentablemente hoy en día se practica lo contrario. Ya he mencionado esto con anterioridad. Los musulmanes van a las tumbas de los santos y adoran allí, incluso postrándose, mientras que el Santo Profeta (sa) prohibió convertir las tumbas en mezquitas.
Hazrat Aisha (ra) relata que durante la enfermedad en la que falleció el Santo Profeta (sa) -en sus momentos finales- dijo: “¡Que Al’lah maldiga a los judíos y a los cristianos! Convirtieron las tumbas de sus profetas en mezquitas”. Hazrat Aisha (ra) dijo que si no hubiera dicho esto, su tumba habría quedado abierta, pero ella temía que se convirtiera en una mezquita; por lo tanto, no se dejó abierta para que no se convirtiera en un lugar de culto.
Actualmente, las autoridades han dispensado arreglos adecuados a su alrededor – barandillas y muros- para que no se practique ninguna forma de “shirk”. Al menos en este aspecto han hecho algo bueno, porque él (sa) tenía un odio intenso hacia el “shirk”.
En cuanto a la proclamación de la Unicidad de Dios Altísimo, se narra lo siguiente: Hazrat Ibn Abi Kab (ra) relata que los politeístas le dijeron al Mensajero (sa) de Dios: “Dinos cuál es el linaje de tu Señor”. Entonces, Dios Altísimo reveló:
[Árabe]
“Di: ‘Él es Al´lah, el Único. Al’lah, el Independiente e Implorado por todos. Él es Uno y Único. Él no engendra ni es engendrado, porque nada que nace está libre de la muerte, y nada que muere carece de heredero. Dios, el Poderoso y Exaltado, no muere ni tiene heredero, ni tiene igual alguno”. El narrador dice: “No tiene semejanza, no tiene igual y no hay nada comparable a Él”.
El Santo Profeta (sa) nunca dejaba pasar ninguna oportunidad sin mencionar la Unicidad de Dios Altísimo, y cada palabra que pronunciaba rebosaba amor por Dios. En cada ocasión, cada vez que hablaba, cada palabra reflejaba claramente que el amor de Dios estaba profunda y abundantemente arraigado en su corazón. Más bien, su corazón estaba lleno de amor, y no había nada más en él (sa) aparte de eso.
Hazrat Zaid bin Jalid Yuhani (ra) relata que el Mensajero (sa) de Dios dirigió la oración matutina en Hudaibiyah tras las lluvias caídas durante la noche. Cuando terminó la oración, se volvió hacia la gente y dijo: “¿Sabéis lo que ha dicho vuestro Señor, el Poderoso y Exaltado? Dios Altísimo conoce el estado de los corazones” (Dios conocía los pensamientos que las personas tenían al ver la lluvia, y Dios Altísimo se los comunicó al Santo Profeta [sa]). La gente dijo: “Dios y Su Mensajero (sa) saben más”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Dios afirma: ‘Entre Mis siervos, algunos comienzan la mañana creyendo en Mí, y otros Me niegan'” (es decir, entre la gente había algunos que, tras presenciar la lluvia nocturna, comenzaron la mañana como creyentes, pero otros eran incrédulos). “Quien haya dicho: ‘La lluvia cayó sobre nosotros por la gracia y la misericordia de Dios Altísimo’, esa persona cree en Mí. Aquellos que dijeron que la lluvia caía por la gracia de Dios Altísimo (son creyentes, como he dicho) y negaban la existencia de las estrellas (en aquella época, también se adoraban las estrellas, y muchos adoradores de ídolos de este tipo también se convirtieron al islam y aún no habían recibido una enseñanza completa. Por lo tanto, algunas personas habrían dicho que hoy llovió debido a tal o cual estrella). Por lo tanto, quienes dicen que hoy llovió debido a las estrellas son aquellos que Me niegan y creen en las estrellas’. Así dijo Dios Altísimo al Santo Profeta (sa): “¡Oh, Muhammad (sa)! Así como tú posees un entendimiento completo de la Unicidad de Dios Altísimo, así también informa a los creyentes sobre el detalle con el que deben afirmar la Unicidad de Dios Altísimo y Su amor en cada asunto, y deben creer en ello desde lo más profundo de su corazón”.
Se narra de Hazrat Yabir (ra) que un hombre se acercó al Santo Profeta (sa) y le dijo: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! ¿Cuáles son las dos cosas que hacen que el Paraíso y el Infierno sean obligatorios?”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Quien muera sin asociar a nadie con Dios entrará en el Paraíso, y quien muera asociando a alguien con Dios entrará en el Fuego”.
Por lo tanto, incluso hoy en día, esta respuesta es suficiente para cualquiera que pregunte qué es el “shirk”. Tal como también ha afirmado el Mesías Prometido (as): “confiar en las provisiones, confiar en uno mismo, confiar en la propia capacidad, confiar en la propia riqueza, confiar en la propia familia y tribu, confiar en los propios hijos… En realidad, cualquier cosa en la que una persona deposite su confianza sin dar prioridad a Dios Altísimo, y confíe sin proclamar el nombre de Dios Altisimo, se convierte en culpable de “shirk” [asociar a otros con Dios]”.
Por lo tanto, debemos seguir examinándonos muy cuidadosamente para protegernos de asociar copartícipes con Dios, actuar según esta guía y continuar creando el amor de Dios Altísimo en nuestros corazones.
En otro lugar, se menciona con más detalle que Mahmud bin Labid relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Lo que más temo por vosotros son las asociaciones menores con Dios”. Los Compañeros dijeron: “¡Oh, Mensajero (sa) de Al’lah! ¿Qué son las asociaciones menores con Dios?”. El Santo Profeta (sa) respondió: “Presumir”. En el Día del Juicio, Dios Altísimo dirá: “Id a aquellos ante quienes solíais presumir en el mundo y ved si encontráis alguna recompensa con ellos” (significa que solíais realizar ciertas acciones para presumir ante ellos, así que ahora pedidles a ellos vuestra recompensa). Por lo tanto, presumir, es decir, adoptar principios artificiales y fingir para lucirse ante los demás, son cosas que Dios Altísimo detesta profundamente, porque no se hacen para complacer a Dios Altísimo, sino para complacer a las personas a través de la ostentación. Desde este punto de vista también debemos examinarnos a nosotros mismos en cuanto a cuáles son nuestras acciones, porque en el otro mundo ningún intermediario será útil en este sentido. Solo la gracia de Dios Altísimo será de utilidad, y actuar según la vida del Santo Profeta (sa), obedecerle y seguirle son las cosas reales que serán beneficiosas, por las que Dios Altísimo mismo ha expresado Su satisfacción, dado que Dios Altísimo mismo ha declarado:
[Árabe]
Él [Al’lah Taala] instruyó al Santo Profeta (sa) para que proclamara: “Dí a la gente que me siga; así Dios os amará”.
En otra narración, se relata de Hazrat Abu Hurairah (ra) que el Santo Profeta (sa) dijo: “Dios, el Poderoso y Glorioso, ha decidido Él mismo que aquel que sale por Su causa volverá a casa con una recompensa o con el botín de guerra, o bien será admitido en el Paraíso (significa que, o bien obtendrá la victoria o, si alcanza el martirio, entrará en el Paraíso) con la condición de que crea en Él y la aceptación de los profetas de Dios lo que le impulsó a emprender la Yihad”. Esta es la condición: su fe debe ser fuerte, y debe emprender la Yihad mientras cumple con el deber de obediencia y juramento de lealtad al Mensajero de Al’lah.[El Santo Profeta (sa) dijo entonces:] “Si no fuera porque metería a mi gente en dificultades, me uniría yo mismo a todos los contingentes del ejército. Mi deseo es que me maten en el camino de Dios, que luego me devuelvan a la vida, que me maten de nuevo, que me devuelvan a la vida y que me maten una vez más”. Aquí, el Santo Profeta (sa) expresó su profundo anhelo.
Al comentar este Hadiz, Hazrat Syed Waliul’lah Shah Sahib escribe que esta narración se encuentra en Sahih al-Bujari, y las palabras:
[Árabe]
“Si no fuera porque causaría dificultades a mi gente” significa que el Santo Profeta (sa) ya había experimentado cuán fervientemente deseaban los Compañeros seguirlo en cada uno de sus actos. La mayoría estaba profundamente dedicada a emularlo, y su noble ejemplo poseía tal atractivo e influencia que el Santo Profeta (sa) siempre tenía en cuenta el bienestar de su pueblo, para que sus propias acciones no se convirtieran en una causa de dificultades para ellos (es decir, si él se impusiera todas las cuestiones como obligatorias, acabaría por suponer una dificultad para la Umma). Por lo tanto, dijo que a veces se abstenía de hacer ciertas cosas para que sus seguidores no se sintieran sobrecargados.
Syed Waliul’lah Shah Sahib escribe además que el Santo Profeta (sa) sentía un gran amor por Dios, ya que incluso sus oponentes solían reconocerlo y decían:
[Árabe]
“Muhammad está absorto en el amor de su Señor”. Sin embargo, junto con ese amor, mantuvo un perfecto autocontrol, y la razón nunca le abandonó.
Aquellos que actúan con exceso en sus actos deberían aprender de esto. Seguir ciegamente las propias pasiones no es señal ni de fe perfecta ni de gran virtud. Algunas personas afirman que actúan por celo, diciendo: “debemos hacer esto” o “debemos hacer aquello”. Pero Dios Altísimo se complace con la moderación. La cima de la rectitud se encuentra en el camino intermedio, ya que requiere luchar contra uno mismo. Por lo tanto, hay que luchar contra uno mismo y amar a Dios Altísimo, y hay que tener ambos presentes, sin actuar nunca a ciegas.
A través de su propio ejemplo, el Santo Profeta (sa) nos mostró un camino en el que el amor a Dios alcanza su máxima expresión, el anhelo llega a su punto álgido y el espíritu de sacrificio alcanza la perfección, pero sin perder la razón y el equilibrio, ya que incluso la moderación es un mandato de Dios Altísimo.
En otra narración, se relata que el Santo Profeta (sa) detestaba profundamente recibir ayuda de los idólatras. Su noble esposa, Hazrat Aisha (ra) narra que cuando el Mensajero (sa) de Al’lah partió hacia Badr y llegó a Harrat al-Wabrah, un lugar situado a tres millas al oeste de Medina, se encontró con un hombre famoso por su valentía y coraje. Los Compañeros del Santo Profeta (sa) se alegraron al verlo, pensando que se uniría a ellos en la batalla. Cuando se presentó ante el Santo Profeta (sa), dijo que había venido para unirse a ellos y ofrecer su ayuda a su expedición. El Santo Profeta (sa) preguntó: “¿Crees en Dios y en Su Mensajero?”. Respondió: “No”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Entonces retírate, puesto que no busco ayuda de ningún politeísta”.
Hazrat Aisha (ra) relata que el hombre se marchó, pero cuando llegaron a Shallrah -un árbol cerca de Dhul-Hulaifah, a siete millas de Medina, donde el Santo Profeta (sa) solía vestir el ihram-, el hombre se acercó de nuevo y repitió la misma pregunta. El Santo Profeta (sa) le dio la misma respuesta: “Entonces retírate, puesto que no busco ayuda de ningún politeísta”. El hombre se marchó una vez más, pero cuando llegaron a Baida -se encuentra más adelante de Dhul-Hulaifah, entre La Meca y Medina- se acercó de nuevo. En esta ocasión, cuando el Santo Profeta (sa) preguntó: “¿Crees en Dios y en Su Mensajero?”. Respondió: “Sí”. El Santo Profeta (sa) dijo entonces: “Ahora, ven con nosotros; puedes unirte a los nuestros”.
Esto quiere decir que, independientemente de las circunstancias, el amor del Santo Profeta (sa) por Dios y Su honor hacia Él no le permitían aceptar la ayuda de un idólatra, especialmente en una misión emprendida únicamente para el complacimiento de Dios Todopoderoso y el servicio a Su fe.
Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:
“Observad cuán profundo era el conocimiento que el Santo Profeta (sa) tenía de Dios, cuán cauteloso era y con qué intensidad Le temía. Pese a que era el más perfecto de todos los hombres y estaba libre de todo pecado, y aunque Dios Todopoderoso mismo era su Protector y Guardián, aun con toda su pureza y santidad, vivía cada momento bajo el temor reverencial de Dios Omnipotente. Sobresalió continuamente en la bondad, realizando una y otra vez obras de la más alta virtud; el pecado estaba totalmente ausente en él, sin que existiera siquiera el más mínimo rastro de este. Realizó las obras más excelsas, entregado constantemente a la adoración de Dios y, sin embargo, Le temía profundamente.
Incluso extremando la cautela en todas las cosas, al contemplar la Majestad de Dios y reflexionar sobre Su infinita suficiencia absoluta, renunciaba a todas sus propias obras ante la presencia Divina y pedía perdón, volviéndose hacia Él en arrepentimiento cada vez que surgía la ocasión”.
Hazrat Abu Hureirah (ra) relata:
[Árabe]
[Esta es una narración de Bujari]. Oí al Santo Profeta (sa) decir: “¡Por Dios, busco el perdón de Dios y me vuelvo hacia Él en arrepentimiento por mis debilidades más de setenta veces al día, inclinándome ante Él!”. El número setenta no denota una cantidad exacta, sino que se utiliza para simbolizar una frecuencia sin límites. Así pues, sus súplicas ante Dios eran innumerables. Tal era el amor del Santo Profeta (sa) hacia Dios Todopoderoso, que vivía en un constante e ininterrumpido estado de comunión con Él. Hazrat Aisha (ra) relata que el Santo Profeta (sa) tenía presente a Dios en cualquier circunstancia. Tal como mencionó también Hazrat Musleh Maud (ra) -y así lo confirman numerosos Hadices-, el Santo Profeta (sa) permanecía en todo momento sumergido en el recuerdo de Dios.
Hazrat Samarah bin Jundub (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Existen cuatro expresiones cuya excelencia aventaja a todas otras palabras. No importa por cuál de ellas comiences. Lo más virtuoso para vosotros es que todo discurso sea iniciado con estas palabras. Son las más excelsas y benditas de todas las palabras:
La primera es “Subhan Al’lah” (Santo es Dios), la segunda es “Alhamdulil’lah” (toda alabanza pertenece a Dios), la tercera es “La ilaha il’lal’lah” (nadie es digno de ser adorado sino Al’lah [Dios]) y la cuarta es “Al’lahu Akbar” (Dios es el más Grande), es decir, Santo es Dios, a Él pertenece toda alabanza, carece de asociado alguno y Él es el más Grande”. Por tanto, si una persona permanece siempre consciente de estas verdades y las mantiene presentes en todo momento, ya sea al hablar o al trabajar, solamente le reportarán bendiciones.
Del mismo modo, Hazrat Abdul’lah bin Bisr (ra) relata que un aldeano compareció ante el Santo Profeta (sa) manifestando: “los preceptos y las obras virtuosas del islam son demasiado numerosos para mí”, dando a entender con ello que las normas, los mandamientos y las acciones piadosas eran de tal magnitud que, para alguien de su condición, resultaban abrumadoras. Era propio de los aldeanos formular este tipo de preguntas. Entonces dijo: “¡Oh, Mensajero de Dios! Indíqueme un precepto al que pueda aferrarme con firmeza y convertirlo en el eje de mi devoción”. El Santo Profeta (sa) le respondió: “Permanece de forma incesante dedicado al recuerdo de Dios”. El Santo Profeta (sa) dijo que el hombre debe hallarse permanentemente dedicado al recuerdo de Dios. Dijo:
[Árabe]
“Debes permanecer siempre ocupado en el recuerdo de Dios”.
Asimismo, en otra narración, Hazrat Yabir (ra) relata que el Santo Profeta (sa) afirmó: “El recuerdo más excelente es ‘No hay más dios que Al´lah’, y la súplica más excelente es ‘Toda alabanza pertenece a Al´lah.’”
En otra narración, Hazrat Abu Umamah (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Dios Altísimo me ofreció convertir todo el valle de Batha, en la Meca, en oro para mi provecho”. Yo supliqué: “¡Oh, Señor mío! Prefiero, a cambio, que un día pueda saciar mi apetito y que al otro permanezca en ayuno, de tal modo que, cuando padezca hambre, pueda implorarTe con fervor y consagrarme a Tu recuerdo; y cuando me encuentre saciado, pueda alabarTe y rendirTe gracias”. El Santo Profeta (sa) no sentía inclinación alguna por el oro. Su único anhelo era la perpetua mención de Dios, por temor a que la abundancia de oro y riquezas pudiera desvanecer Su recuerdo.
El Mesías Prometido (as) afirma que el Santo Profeta (sa) se impuso a sí mismo tales penurias y privaciones -podría decirse que sus circunstancias eran económicamente austeras-, no porque Dios Altísimo no le hubiera provisto de medios. En verdad, Dios Altísimo le había provisto de absoluta abundancia. No obstante, por amor a Dios y a Su recuerdo, el Santo Profeta (sa) eligió para sí una vida de sencillez y pobreza. Al mismo tiempo, el Santo Profeta (sa) no rechazaba las bendiciones que recibía. Tomaba alimentos buenos y bien preparados, así como otras bendiciones, y rendía gracias a Dios Altísimo por ello.
Del mismo modo, en otra narración, Hazrat Abu Bakrah (ra) relata que siempre que al Santo Profeta (sa) se le presentaba algo de su agrado o recibía buenas nuevas de cualquier índole, se postraba de inmediato para rendir gracias a Dios: toda gratitud se debe únicamente a Dios Altísimo, y es una exigencia de Su amor, Su alabanza y Su adoración que uno se postre de inmediato ante Él y Le rinda gracias.
Hazrat Bara bin Azib (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “cuando vayáis a vuestras camas, realizad la ablución tal como lo hacéis para la oración (realizar la ablución antes de dormir es una práctica excelente). Luego, recostaos sobre vuestro lado derecho y recitad las súplicas (procederé a recitar la traducción de estas súplicas, que son las siguientes):
“¡Oh Dios! Me someto totalmente a Ti. Encomiendo mis asuntos a Ti y Te tomo como mi sustento y apoyo, con temor de Ti y amor por Ti. No hay refugio ni lugar de salvación salvo en Ti. La salvación reside únicamente en Ti. Creo en el Libro que has revelado y en el Profeta que has enviado”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Recitad esta súplica, pues si llegarais a fallecer esa misma noche, moriríais en la “fitrah” [el islam]”. El Santo Profeta (sa) dijo que estas deben ser las últimas palabras de una persona.
El narrador comentó: “Manifesté que memorizaría estas palabras y, mientras las repetía, dije:”
[Árabe]
“Y en Tu Mensajero que has enviado. Dije que también incluiría estas palabras”. Ante esto, el Santo Profeta (sa) dijo: “No, di”:
[Árabe]
“Y creo en Tu Profeta que has Tú enviado”.
Hazrat Musleh Maud (ra) afirma:
“El Santo Profeta (sa) jamás fue negligente respecto a la muerte en ningún momento, y el temor de Dios estaba siempre tan presente en él (sa) que cada día se entregaba al sueño con la convicción de que tal vez la muerte le sobrevendría esa misma noche y tendría que presentarse ante Dios Altísimo. Por lo tanto, vivió como un viajero que siente que el tren puede partir en cualquier momento. Una persona así nunca se sumerge en una tarea que le resultara difícil de abandonar (si uno debe abordar un tren, permanece alerta para evitar que este parta o él mismo se retrase; así espera con total atención la llegada del tren). Del mismo modo, el Santo Profeta (sa) estaba siempre preparado para acudir a su Amado y consideraba cada momento que transcurría como una gracia de Su parte, manteniendo la muerte presente en su mente de forma constante”.
Hazrat Huzaifah (ra) relata que era costumbre del Santo Profeta (sa) que, al acostarse en su cama, colocaba su mano bajo su mejilla y decía: “¡Oh mi Señor! Que mi vida y mi muerte sean únicamente por Tu causa”. Cuando despertaba del sueño, decía: “Toda alabanza pertenece a mi Señor, Quien nos ha dado la vida tras habernos hecho morir, y hacia Él es el retorno”.
A partir de ello, se hace evidente que cada noche, cuando el Santo Profeta (sa) se acostaba en su cama, ajustaba sus cuentas y suplicaba ante Dios Altísimo para que, incluso si llegara a fallecer, su vida siguiera estando consagrada a Su nombre. Al despertar, alababa a Dios Altísimo por Su favor, reconociendo que, por su parte, ya se había desprendido del mundo; era únicamente por la gracia de Dios que Él le había otorgado la vida de nuevo y le concedía bendiciones en su edad. Del mismo modo que la primera súplica muestra que el Santo Profeta (sa) permanecía constantemente consciente de la muerte, así también esta súplica da testimonio de esa misma realidad.
Hay otra súplica que muestra que el Santo Profeta (sa) consideraba cada momento de su vida como el momento final. Cuando se acostaba, concluía sus asuntos con su Señor, como si se preparara para cualquier cambio. En consecuencia, Hazrat Bara bin Azib (ra) narra que cuando el Santo Profeta (sa) se acostaba, lo hacía sobre su lado derecho y decía:
“¡Oh, mi Señor! Te confío mi vida. Pongo toda mi atención hacia Ti. Pongo mis asuntos en Tus manos y me entrego a Tu protección. Espero Tu beneficio y temo Tu grandeza y Tu autosuficiencia. No hay refugio de Tu ira, ni lugar de salvación, salvo que la salvación y el refugio se busquen solo en Ti. Creo en el Libro que has revelado y en el Profeta que has enviado”. Él (sa) nos enseñó esta oración y también la recitaba regularmente.
Hazrat Musleh Maud (ra) escribe:
“La gente ajusta sus cuentas al cerrar sus tiendas (por la noche, los comerciantes ajustan sus cuentas antes de irse a dormir), pero no ajustan sus cuentas con Dios Altísimo; no le prestan atención. Cuán eminente era aquel individuo que pasaba desde la mañana hasta la noche ocupado en cumplir con las obligaciones contraídas con Dios Altísimo, y que no solo las cumplía él mismo, sino que simultáneamente velaba por miles de personas para asegurarse de que también ellas cumplieran con sus deberes. Sin embargo, por la noche, antes de dormir, dejando de lado todos sus esfuerzos y actos de adoración, se presentaba humildemente ante su Maestro para ajustar sus cuentas, como si no hubiera prestado ningún servicio. No dormía hasta haber confiado completamente su alma a Dios, declarando su desvinculación del mundo y todo lo que este contiene, y poniendo su mano enteramente en la mano de Dios.
En una narración, Hazrat Anas bin Malik (ra) narra que el Mensajero de Al’lah (sa) dijo: “Sentarme con quienes se dedican al recuerdo de Al’lah desde la oración de la mañana hasta la salida del Sol me es más preciado que liberar a cuatro esclavos de entre la descendencia de Hazrat Ismael (as); y sentarme con quienes se ocupan en el recuerdo de Al’lah desde la oración de Asr hasta que se pone el Sol es más querido para mí que liberar a cuatro esclavos”.
Debido a su amor por Dios Altísimo, dio preferencia a quienes aman a Al’lah y a quienes se dedicaban Su recuerdo sobre la descendencia de Ismael (as), es decir, sobre sus parientes y allegados. Estaba dispuesto a soportar que estos permanecieran en cautiverio, pero no podía soportar separarse de aquellas personas que recuerdan a Al’lah. ¿Cómo era posible que existiera una reunión en la que se recordara a Dios Altísimo, en la que se menciona Su amor, y que él (sa) se mantuviera alejado de tal reunión? Cuán exaltada es, en verdad, la posición del Amor Divino; un amor que él inculcaba entre la gente y que había alcanzado su perfección dentro de él.
Luego, mientras aconsejaba a sus seguidores que permanecieran constantemente inmersos en el amor y el recuerdo de Dios Altísimo, el Santo Profeta (sa) dijo: “La acción más amada a los ojos de Al’lah es que la muerte te alcance mientras tu lengua está ocupada en Su recuerdo”.
Hazrat Abu Darda (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “¿Queréis que os informe de una acción que es la mejor de todas, la más pura a la vista de vuestro Señor, la que eleva vuestros rangos a los niveles más altos y que es mejor para vosotros que gastar oro y plata, e incluso mejor que enfrentarse al enemigo donde vosotros les golpeéis en el cuello y ellos os golpeen el vuestro (es decir, enfrentarse al enemigo en una batalla en la que habría muertes por ambos lados)? De hecho, podéis llamar a esto Yihad, pero la acción que estoy a punto de relataros supera todo esto”. Los Compañeros (ra) respondieron: “Ciertamente, ¡oh Mensajero (sa) de Al’lah!” (hoy en día, los musulmanes suelen afirmar que la Yihad es la más excelente de las acciones. No degollan al enemigo, sino a su propio pueblo, lo cual es el más grave de los pecados). En cualquier caso, aquí el Santo Profeta (sa) afirma que hay algo incluso mejor que esto. Dijo: “Es el recuerdo de Al’lah. Dedicaos al recuerdo de Al’lah; esta es la Yihad más grande de todas las Yihads”. Se lanzan acusaciones contra los musulmanes, cuando esta es la verdadera enseñanza.
Hazrat Muadh bin Yabal (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “No hay nada que libere a una persona más eficazmente del castigo de Al’lah que el recuerdo de Al’lah. Si nos ocupamos en el recuerdo de Dios, entonces, a su vez, Dios Altísimo nos libera de todos los asuntos y castigos”. Debido a su amor por Dios Altísimo, el recuerdo de Dios siempre fue muy apreciado por el Santo Profeta (sa).
En otra narración, Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que el Santo Profeta (sa) dijo: “Si digo ‘SubhanAl’lah (Santo es Al’lah), “Alhamdulil’lah” (todas las alabanzas pertenecen a Al’lah), “Wa la ilaha il’lal’lah (y nadie es digno de ser adorado excepto Al’lah), y “Al’lahu Akbar” (Al’lah es el Más Grande), esto mes es más querido que cualquier otra cosa aquella por la cual sale el Sol”. Esta era la intensa pasión de su amor por Dios, que incluso en los últimos momentos de su vida, la bendita lengua del Santo Profeta (sa) se ocupó en el nombre de ese Verdadero Amado.
Hazrat Aisha (ra) relata que el Santo Profeta (sa) solía decir, mientras gozaba de buena salud, que ningún profeta muere hasta que se le muestra su morada en el Paraíso, y después se le concede la opción de elegir. Hazrat Aisha (ra) afirma además que, cuando se acercaba el momento de la muerte del Santo Profeta (sa), y su bendita cabeza descansaba sobre el muslo de ella, cayó inconsciente. Luego recuperó la consciencia, alzó la mirada hacia el tejado de la casa y suplicó:
[Árabe]
“¡Oh, Al’lah, Amigo Exaltado!”
Ella narra: “En ese momento, le dije que ahora no elegiría quedarse con nosotros; más bien, se marchaba hacia Al’lah. De esto, comprendí que esto era precisamente lo que solía explicarnos durante sus días de buena salud: que la elección le sería concedida y que ahora estaba eligiendo ir hacia Al’lah”.
Hazrat Aisha (ra) relata que las últimas palabras pronunciadas por el Santo Profeta (sa) fueron:
[Árabe]
“¡Oh, Al’lah, Amigo Exaltado!”
Hazrat Aisha (ra) relata en otro pasaje: “Entre las bendiciones de Al’lah sobre mí está que el Mensajero de Al’lah (sa) falleció en mi casa, en el día que me correspondía, mientras su cabeza reposaba entre mi pecho y mi clavícula. Entre estas bendiciones está que Al’lah combinó mi saliva con la suya en el momento de su fallecimiento”.
Explicando este hecho, dijo: “Abdur-Rahman vino a mí con un “miswak” (rama para cepillar los dientes) en la mano, y yo sostenía al Mensajero (sa) de Al’lah. Noté que lo miraba y yo sabía que le gustaba el “miswak”. Pregunté: “¿Se lo doy?”. Afirmó asentiendo con la cabeza. Lo tomé y se lo di, pero no estaba reblandecido para él. Entonces pregunté: “¿Se lo ablando?”. Asintió de nuevo. Así que se lo ablandé (es decir, ella se lo metió en la boca y ablandó el “miswak”). Había un recipiente con agua frente al Santo Profeta (sa) (el narrador no recuerda si este recipiente era pequeño o grande). El Santo Profeta (sa) sumergía su mano en el agua y se la pasaba por su rostro bendito, diciendo:
[Árabe]
“No hay nadie digno de ser adorado excepto Al’lah. En verdad, la muerte tiene sus dificultades”.
Luego levantó la mano y comenzó a decir:
[Árabe]
“¡Hacia el Amigo Más Exaltado!”.
Continuó hasta que su alma partió, y su mano cayó suavemente a su costado.
El Mesías Prometido (as) afirma:
“Dios Altísimo le concedió al Santo Profeta (sa) la opción en sus últimos momentos: si así lo deseaba, podía permanecer en este mundo, o si así lo deseaba, podía ir a Él. El Santo Profeta (sa) dijo:
‘¡Oh, mi Señor! Ahora solo deseo ir hacia Ti.’
Así, las últimas palabras con las que su alma pura partió fueron:
[Árabe]
Es decir, no deseaba permanecer más en este mundo; más bien, deseaba ir hacia su Señor. Dios el Exaltado, le concedió la opción -si hubiera querido seguir vivo, así habría sido-, pero él (sa) declaró que ya no deseaba permanecer en este mundo. Así, se presentó ante Dios, el Exaltado.
“¡Oh, Al’lah! Envía bendiciones a Muhammad (sa) y a su pueblo, y envía bendiciones y paz. Ciertamente, Tú eres el Digno de Alabanaza, el Más Glorioso”.
