En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Transcripción oficial del discurso histórico de Su Santidad, Hazrat Mirza Masrur Ahmad, líder mundial de la Comunidad Musulmana Ahmadía, en la recepción especial celebrada en el Parlamento Nacional de Canadá (Edificio Sir John A. McDonald) el 17 de Octubre de 2016 en Ottawa, capital de Canadá.Sir John A. McDonald en el Parlamento Nacional de Canadá el 17 de octubre de 2016 en la capital de Canadá, Ottawa.

Después de recitar el Tashahhud, el Ta’awwuz y el Bismil-lah, Hazrat Mirza Masrur Ahmad, Quinto sucesor del Mesías Prometido, líder mundial de la Comunidad Musulmana Ahmadía, dijo:

Bismillahir Rahmanir Raheem: en nombre de Al-lah, el Compasivo, el Misericordioso.

Distinguidos invitados:

Assalamo Alaikum Wa Rahmatullahe Wa Barakatohu: que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con ustedes.

Primero que nada, me gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecerles a todos ustedes su invitación, en especial a nuestra amiga cercana Judy Sgro. No soy político, ni el líder de una organización política. Soy el dirigente de la Comunidad Musulmana Ahmadía, que es una comunidad puramente religiosa y espiritual.

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Sin embargo, a pesar de las diferencias de contexto, creo que todos estamos vinculados a la humanidad, y por lo tanto deberíamos sentirnos unidos. Todas las personas y organizaciones deben procurar defender los valores humanos de forma colectiva, y luchar por hacer del mundo en que vivimos un lugar mejor y más armonioso. Por consiguiente, si no se respetan los valores y derechos humanos en un determinado país o región, eso genera un efecto dominó en otras partes del mundo y dicho mal puede expandirse aún más lejos.

En cambio, si hay bondad, humanidad y prosperidad en una parte del mundo, eso tiene un efecto positivo sobre otras sociedades y personas. Como resultado de las formas modernas de comunicación y transporte, estamos mucho más cerca unos de otros, y ya no estamos confinados o limitados por la geografía. Sin embargo, la extraña y trágica paradoja es que, aunque estamos más conectados que nunca, en realidad nos estamos separando cada día más. Es extremadamente lamentable, y una fuente de pesar, que, en lugar de unir y esparcir amor entre la humanidad, el mundo haya prestado mayor atención a difundir el odio, la crueldad y la injusticia.

Las personas no están dispuestas a responsabilizarse por sus fracasos, y, por lo tanto, cada individuo culpa a otros y considera que la división y los conflictos del mundo es la culpa de todos menos la suya. Como consecuencia, atravesamos una época de gran incertidumbre, y nadie puede realmente comprender cuáles serán las consecuencias de nuestras acciones, tanto a corto como a largo plazo.

En esta era, donde el miedo al Islam crece en muchas partes del mundo, déjenme asegurarles a todos que el Islam no es lo que usualmente ven y escuchan retratado en los medios. En lo que respecta a mi conocimiento del Islam, solo sé de aquel Islam cuyas enseñanzas están basadas en su nombre. El significado literal de la palabra “Islam” es paz, amor y armonía, y todas sus enseñanzas se basan en estos nobles valores. Sin embargo, desafortunadamente, no puede negarse que hay algunos grupos musulmanes cuyas creencias y acciones contrastan completamente con estos preceptos. Violando absolutamente las enseñanzas fundamentales del Islam, perpetran los más horribles actos de violencia y terrorismo en su nombre. A la luz de todo esto, intentaré ahora compartir con ustedes las enseñanzas verdaderas y pacíficas del Islam.

Este respetable lugar, a donde me han invitado valientemente, no es un lugar religioso, y es probable que haya muchos de ustedes que no tengan un interés personal en la religión. Sin embargo, en su calidad de legisladores, a veces tendrán que tratar asuntos que afectan a quienes profesan una religión. En este contexto, en el Sagrado Corán se afirma categóricamente en el capítulo 2, versículo 257 que “no ha de existir coacción en la religión”. ¡Qué afirmación tan clara, completa e inequívoca que consagra la libertad de pensamiento, la libertad de religión y la libertad de conciencia! Por tanto, mi creencia y mi enseñanza es que cada persona, en cada aldea, pueblo, ciudad o país, tiene el derecho indiscutible de elegir su religión y practicarla.

Asimismo, cada individuo tiene el derecho de predicar y difundir sus enseñanzas a otros de forma pacífica. Estas libertades deberían ser otorgadas como derechos humanos básicos, y por lo tanto las asambleas legislativas o los gobiernos no deberían interferir indebidamente en esos asuntos; ya que, de lo contrario, existe el riesgo de que su intrusión sea vista como una fuente de provocación y lleve a frustraciones y resentimientos. Lamentablemente, vemos como en el mundo actual los propios gobiernos musulmanes se entremeten en estos asuntos personales, y esta es una de las causas principales de la inestabilidad y de los conflictos en esos países. Los únicos beneficiados son los clérigos y militantes religiosos extremistas que sacan ventaja de las frustraciones de la gente fomentando la violencia salvaje y el conflicto sin sentido. Sin embargo, no puede decirse que los gobiernos occidentales, que declaran ser verdaderamente democráticos, sean del todo inocentes o estén libres de culpa. Al contrario, aquí en Occidente, vemos también como a veces se promulgan leyes o normas que entran en conflicto con sus postulados de ser modelos de libertad religiosa y tolerancia universal.

De vez en cuando se crean leyes que contradicen la idea de que cada persona en el mundo occidental es libre de creer lo que desee y de que tiene la libertad de vivir pacíficamente de acuerdo a su fe. No es sabio, pues, que los gobiernos o parlamentos impongan restricciones a las prácticas y creencias religiosas básicas de las personas. Por ejemplo, a los gobiernos no debería importarles qué tipo de ropa decide usar una mujer. No deberían emitir decretos que indiquen qué apariencia debe tener un lugar de culto. Si se extralimitan de esta forma, serán causa de inquietud y frustraciones crecientes para su pueblo. Estos agravios continuarán exacerbándose de no ser revisados y, en última instancia, amenazarán la paz de la sociedad. Por supuesto, no estoy abogando por que se deba tolerar u otorgar la libertad de seguir sus idearios a personas con posturas extremistas.

Donde sea y cuando sea que alguien use su religión para justificar la crueldad y la injusticia, o para usurpar los derechos de otros, o para actuar en contra del Estado, o de manera que afecte la seguridad de la nación, es definitivamente responsabilidad del gobierno y las autoridades detener firmemente dichas prácticas nefastas. En dichas circunstancias, está completamente justificado y es apropiado que gobiernos, parlamentarios y otras autoridades competentes se aseguren de que esas personas sean erradicadas y castigadas según el Derecho del país. No obstante, en mi opinión, lo que es incorrecto es que el Estado interfiera innecesariamente con creencias y prácticas religiosas mantenidas pacíficamente. El Islam que conocemos y practicamos enseña que el amor al país propio es una parte esencial de la fe como musulmán. De acuerdo con el Islam, el país de una persona es aquel en el que vive y del que se beneficia, y cuando esta enseñanza está arraigada en el corazón y la mente de un musulmán, es imposible que piense mal o le desee daño alguno a su país.

Además, el Islam enseña que no solo se debe castigar a quien actúa en contra de su país aplicándole la legislación local, sino también que dichas personas sin duda serán juzgadas por sus delitos y deslealtad en el tribunal de Dios Todopoderoso y deberán responder ante Él. Por lo tanto, no hay motivo para temer a un verdadero musulmán, y no hay necesidad de que el gobierno promulgue leyes que atenten contra temas o prácticas religiosas relativamente menores, que no causan ningún daño ni ponen en peligro a los miembros del público o al Estado. Legislar sobre estos temas solo puede ser descrito como una interferencia innecesaria y una invasión de las libertades que Occidente afirma defender: el derecho individual de vivir con libertad y autonomía personal. Sin duda, estas intervenciones injustas no tienen ningún efecto positivo, sino que llevan a la frustración, la inquietud y la discordia. Es tarea del gobierno y los parlamentarios, como guardianes de sus naciones, legislar de manera que otorguen derechos a sus ciudadanos en lugar de quitárselos. Esto debería hacerse de forma generalizada, sin discriminación, para que los derechos de todas las personas queden salvaguardados y garantizados en todo momento, ya sean musulmanas, cristianas, judías, hindúes o creyentes de cualquier otra fe, incluidas aquellas que no son religiosas.

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Como ya he mencionado, es motivo de gran pesar que tanto en el mundo musulmán como también en algunos países no musulmanes desarrollados, se hayan creado ciertas políticas que socavan estas libertades fundamentales, lo cual ha causado agravios en ciertos sectores de la ciudadanía. Por lo tanto, en lugar de buscar los aplausos fáciles, deberían tener en consideración el panorama más amplio de cómo pueden llevar la paz a sus naciones, y asegurarse de que su país y el mundo en general se mantengan unidos y sean cada vez más prósperos. Sin embargo, desafortunadamente, en lugar de adoptar una perspectiva a largo plazo, parece que la mayoría de los líderes o gobiernos se han unido a la malsana carrera por el poder y a la batalla para establecer su dominio sobre otros.

Por consiguiente, están cada vez más dispuestos a interferir en los asuntos personales y religiosos de sus ciudadanos debido a esta sed de supremacía y control. Estas políticas son imprudentes y se convierten, innecesariamente, en un medio de desestabilizar aún más al mundo, cuando hay tantos problemas y asuntos diversos a los que ya nos enfrentamos, que amenazan la paz de la sociedad. Por ejemplo, se habla de que el cambio climático es una gran amenaza para nuestra civilización. Otro asunto urgente es la incertidumbre económica a la que se enfrenta el mundo. Aún mayor, y de manera más generalizada, está el problema creciente de la falta de paz y seguridad en una gran parte del mundo. Todos estos problemas son el resultado de políticas injustas, desigualdad y falta de equilibrio. Si consideramos el problema del cambio climático, vemos que la causa principal del calentamiento global ha sido la revolución industrial de Occidente, y el hecho de que los bosques y la flora fueron deforestados en exceso.

Solo ahora, cuando esos países se han desarrollado completamente, exigen una reducción de las emisiones de carbono u otras restricciones industriales. Sin embargo, una regulación como esta puede enlentecer y frenar el avance y crecimiento de potencias emergentes como India y China. Y por lo tanto estas naciones emergentes bien podrían ver estas restricciones como hipócritas, injustas, y como un intento de detener su progreso y alterar el orden mundial preestablecido por parte de las potencias históricamente dominantes. Por ende, el problema del cambio climático no es solo una cuestión ambiental, sino que contribuye a la falta de paz en el mundo y al aumento del resentimiento entre las naciones.

Del mismo modo, en términos de la crisis global financiera, muchos expertos admiten que durante mucho tiempo los gobiernos han desarrollado políticas imprudentes, y que la incertidumbre fiscal actual ha llegado a un punto en el que amenaza la paz mundial. Hay también muchos otros factores que contribuyen a la falta de paz en el mundo y, desgraciadamente, muchos están vinculados a las políticas egoístas e injustas que han implementado ciertos países. De todas formas, el resultado final de los varios riesgos y amenazas globales es que el mundo se dirige rápidamente hacia una catástrofe inimaginable. Debido a la inestabilidad actual, tanto los gobiernos como los miembros del público del mundo están cada vez más ansiosos y preocupados.

Hay tantos asuntos preocupantes que el mundo ya no sabe cuál priorizar. ¿Deberían centrarse primero en el calentamiento global y el cambio climático? ¿O deberían abordar la crisis financiera? ¿O deberían priorizar la lucha contra el terrorismo, la guerra y el extremismo? ¿O deberían poner el foco en los últimos avances en Siria, donde Rusia y los Estados Unidos se oponen abiertamente el uno al otro? ¿O deberían prestar atención al conflicto directo entre EE. UU. y el Yemen, más reciente?

Personalmente, mi opinión es que el asunto más crítico y urgente al que nos enfrentamos es la falta de paz en el mundo. Y es motivo de gran pesar que los países musulmanes estén en el centro de dicha inestabilidad y desorden, a pesar de que su religión les ha proporcionado enseñanzas incomparables sobre cómo establecer y mantener la paz. Por ejemplo, en el capítulo 23, versículo 9 del Sagrado Corán, se afirma que un verdadero musulmán es la persona que cumple con los pactos y promesas que le han sido encomendados. La entrega del gobierno es un enorme acto de confianza y por lo tanto a menudo vemos a los jefes de Estado jurar servir fielmente y con justicia absoluta a sus naciones. Lamentablemente, en muchos casos, estos honorables juramentos resultan ser palabras vacías sobre las cuales no se actúa, mientras que si se siguiera esta enseñanza del Corán, jamás veríamos división o conflicto entre el público y sus gobiernos. Es más, en el capítulo 5, versículo 9 del Sagrado Corán, se afirma que incluso si una persona o nación es enemiga de otra, aun así, se le debe tratar de forma justa y equitativa, sin importar las circunstancias, porque eso es lo que desea Al-lah el Todopoderoso.

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Pero hoy, en lugar de la justicia, somos testigos de la prevalencia de la injusticia en cada estrato de la sociedad, tanto entre personas como entre naciones. Esta desigualdad y menosprecio por la equidad contribuyen directamente a la falta de seguridad en el mundo. El capítulo 49, versículo 9 del Sagrado Corán dice que si dos partes o naciones se encuentran en conflicto, sus vecinos y aliados deberían intentar lograr su reconciliación. Si no puede establecerse la paz mediante el diálogo, entonces las demás naciones deberían unirse en contra de quien esté actuando injustamente, y usar la fuerza para detenerlo. Una vez que los agresores acepten la paz, no deberían ser humillados ni debería imponérseles sanciones injustas. Más bien, en pro de la justicia y la paz a largo plazo, debería permitírseles seguir adelante como una sociedad libre.

Si evaluamos los conflictos actuales en el mundo musulmán, queda claro que este principio de unirse contra quienes buscan socavar la paz no ha sido cumplido. Si los países vecinos hubieran intentado mediar imparcialmente, y dejar de lado sus propios intereses, podría haberse contenido la situación hace mucho tiempo. Sin embargo, no es solo culpa de las naciones musulmanas sino también de otros países que viven en esta aldea global y que también han contribuido al desorden. Si las grandes potencias hubieran actuado de manera equitativa y sincera en todo momento, no hubiéramos presenciado esta discordia, ni tampoco presenciado el surgimiento del Dáesh o de grupos rebeldes extremistas en países como Siria e Irak. Desgraciadamente, algunas de las grandes potencias no han cumplido su papel a la hora de establecer la paz, y en lugar de eso han promulgado políticas injustas buscando satisfacer sus propios intereses.

Por ejemplo, determinados países occidentales han estado siempre interesados en las reservas de petróleo del mundo árabe, y este interés ha sido el motor de sus políticas durante un largo período de tiempo. Al mismo tiempo, han vendido enormes arsenales de armas a países musulmanes sin considerar las posibles consecuencias. Lo que digo no es nada nuevo ni oculto, de hecho, está bien documentado. Por ejemplo, un informe reciente de Amnistía Internacional publicado en diciembre de 2015 expresa que “décadas de comercio imprudente de armas” han contribuido al terrorismo ejercido por el Dáesh. Afirma que la mayor parte de las armas usadas por el Dáesh fueron producidas originalmente en Estados Unidos y Rusia.

Además, Patrick Wilcken, investigador sobre el control de armas de Amnistía, concluye el informe con la siguiente afirmación:

“Las extensas y variadas armas utilizadas por ISIS son un caso de libro sobre cómo el comercio imprudente de armas exacerba las atrocidades a una escala masiva”.

Ciertamente, es bien sabido que los países musulmanes no tienen fábricas de armas sofisticadas que puedan producir las armas modernas que se utilizan en Oriente Medio, y por lo tanto la mayor parte de la artillería utilizada en el mundo musulmán es importada del extranjero. Si las grandes potencias dejaran de comerciar con armas, y se aseguraran de que se cortan las demás líneas de suministro de los gobiernos en conflicto, los rebeldes y los terroristas, estos conflictos podrían concluir rápidamente. Por ejemplo, es bien sabido que Arabia Saudita utiliza armas compradas a Occidente en su guerra con Yemen, en la que miles de civiles inocentes, incluidos mujeres y niños, están siendo asesinados y que están causando tanta destrucción. ¿Cuál será el resultado final de este comercio de armas?

La gente de Yemen, cuyas vidas y futuros están siendo destruidos, no solo odiará y buscará vengarse de Arabia Saudita, sino que también odiará a los proveedores de armas de Arabia Saudita y a Occidente en general. Sin más esperanzas ni perspectivas de futuro, y habiendo sido testigos de la más horrible brutalidad, sus jóvenes serán proclives a radicalizarse, y de esta forma surgirá un nuevo círculo vicioso de terrorismo y extremismo. ¿Valen estas consecuencias destructivas y devastadoras unos cuantos miles de millones de dólares? Por lo tanto, ya no es solo un riesgo para los países musulmanes, que están en el epicentro de los conflictos actuales, sino que la amenaza se ha expandido mucho más lejos, como ya hemos visto en los recientes atentados terroristas en París, Bruselas y Estados Unidos.

También han acontecido en los últimos años atentados terroristas de menor grado aquí, en Canadá, de los que seguro son ustedes conscientes. Además, a pesar de que Canadá está a miles de kilómetros de distancia del mundo árabe, aun así, vemos que jóvenes musulmanes han viajado desde este país para unirse a los grupos extremistas en Sira e Irak. Es motivo de gran preocupación el hecho de que, de acuerdo a las estadísticas del propio Gobierno canadiense, el veinte por ciento de aquellos que se han ido a Siria o Irak hayan sido mujeres, y esto significa que no solo se habrán radicalizado ellas, sino que también adoctrinarán y lavarán el cerebro de sus hijos.

Para poder combatir la radicalización y el extremismo, también debemos evaluar cuáles son sus causas y síntomas. Lamentablemente, la mayoría de los musulmanes radicalizados que viven en Occidente no conocen ni tienen un entendimiento básico de las enseñanzas del Islam. Por lo tanto, su radicalización es el resultado de sus frustraciones personales y no es debido a convicciones o creencias ideológicas. Además de la radicalización online, la predicación del odio en las mezquitas o la divulgación de literatura extremista, creo que una de las causas principales de la radicalización de la juventud musulmana que vive en Occidente ha sido la crisis económica, y muchos informes publicados así lo corroboran. Hay muchos jóvenes musulmanes que han obtenido cualificaciones suficientes, pero a pesar de su educación, no han conseguido un empleo adecuado y por lo tanto se han visto marginados y frustrados.

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Debido a dificultades económicas, son vulnerables y presa fácil para los clérigos extremistas y reclutadores terroristas. Por consiguiente, una forma de mantener al país a salvo y seguro es proporcionar a los jóvenes oportunidades justas de superarse, e ingresar en la fuerza laboral. A nivel global, si las grandes potencias y las instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, hubieran actuado verdaderamente según sus principios fundadores en todas las circunstancias, no hubiéramos presenciado la plaga tóxica del terrorismo infectar tantas partes del mundo. No hubiéramos visto la paz y seguridad del mundo repetidamente socavada y destruida. Y sin duda, no hubiéramos sido testigos de la gran crisis de refugiados, que ahora confunde y asusta a las personas de Europa y otros países desarrollados. Cientos de miles de personas inocentes han escapado a Europa, y miles han venido aquí, a Canadá, para buscar refugio de los terroristas que han envenenado a sus propias naciones.

Aunque la mayoría de los refugiados son personas honestas y decentes, basta tan solo uno o dos incidentes negativos, como hemos visto en el último año, para generar pánico, como empezamos a ver en Europa, y hasta cierto punto también aquí, en América del Norte. Por ende, vemos con nuestros propios ojos cuán inseguro se está volviendo el mundo, y cómo el odio y la ansiedad han consumido y sumergido a gran parte del mismo. Repito que la raíz del problema sigue siendo la injusticia y la desigualdad. En última instancia, la falta de justicia es también lo que precipitó el colapso global financiero y la creciente disparidad entre ricos y pobres durante los últimos años. Digo esto, porque pese a que las naciones desarrolladas y más ricas podían haber elegido invertir en países más pobres, han priorizado sus propios intereses particulares antes que facilitar el desarrollo de esos países.

En lugar de practicar la explotación y la codicia, las naciones desarrolladas deberían haber abogado por los derechos de las naciones más débiles y haber procurado su progreso. Deberían haber ayudado de forma sincera a aquellas naciones pobres a sostenerse sobre sus propios pies con dignidad y honor. Sin embargo, por desgracia, esto simplemente no ha sucedido. En el capítulo 20, versículo 132 del Sagrado Corán, se instruye a que nadie mire con codicia las riquezas y los recursos de otros. Si todo el mundo actuara según este principio, los sistemas financieros del mundo serían justos y equitativos.

El capital se distribuiría equitativamente y las naciones recogerían los frutos de la riqueza que Dios les dio. Veríamos cómo el comercio mundial se vería sustentado por el deseo de garantizar los derechos humanos de los demás, en lugar de adquirir poder y riqueza con ambición, y satisfacer los intereses personales a toda costa. Otro ejemplo de la injusticia del mundo se ve reflejado en la política internacional.

En algunos países, hay dictaduras o gobiernos injustos, pero las grandes potencias hacen la vista gorda frente a sus crueldades, porque esos gobiernos los apoyan y facilitan la obtención de sus intereses. Sin embargo, en los países donde los líderes o gobiernos no ceden ante los caprichos de las grandes potencias, éstas se disponen con presteza a apoyar a las fuerzas rebeldes, o a exigir un cambio de régimen. No hay, sin embargo, gran diferencia en la forma en que estos respectivos gobiernos tratan a sus pueblos. La diferencia sustancial es que, en unos casos estos gobiernos cooperan con las grandes potencias mientras que en otros no lo hacen.

Con respecto a los últimos, desde Occidente se han diseñado políticas militares para derrocar a esos gobiernos, como ha ocurrido en Irak y Libia, y se han realizado intentos similares en Siria en los últimos años. El tiempo ha demostrado que la decisión de Canadá de no involucrarse en la guerra de Irak fue la correcta, y también estoy de acuerdo con la decisión de su Gobierno de detener sus ataques aéreos en Siria hasta que las circunstancias de ese conflicto en particular, y los medios para resolverlo, se aclaren. A un nivel más amplio, las Naciones Unidas también deberían actuar y desempeñar su papel en el establecimiento de la paz en el mundo, sin influencias políticas, injusticias o favoritismo. Espero y rezo para que Al-lah el Todopoderoso permita que las Naciones Unidas y los gobiernos del mundo actúen de esta forma para que pueda establecerse una paz duradera.

Pensar en una opción alternativa es insoportable, ya que, si continuamos con este rumbo, el mundo se precipitará desenfrenadamente hacia el abismo de una enorme catástrofe en la forma de otra guerra mundial. Que Al-lah otorgue sabiduría a los líderes y legisladores mundiales para que el mundo que dejemos a nuestros hijos y a las futuras generaciones sea un mundo de paz y prosperidad y no un mundo con una economía paralizada y niños malformados – Amén. Para finalizar, me gustaría volver a agradecerles su invitación de hoy. Muchas gracias”.