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Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

 Diario de viaje: la selva amazónica de Ecuador

 Un viaje al pueblo indígena Shuar por Tarik Ata, editor de The Review of Religions en español

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Viaje a la selva del Amazonas con los Shuar | Ecuador

Introducción

Los Shuar son el pueblo indígena amazónico más numeroso que habita entre las selvas de Perú y el Ecuador. Sus costumbres y tradiciones son fascinantes, pero generalmente muy desconocidas, y de las cuales no existen muchas fuentes fidedignas de información sobre su historia.

El 20 de enero de 2020, el editor de la revista The Review of Religions en español viajó a la selva amazónica de Ecuador, y durante tres días formó parte de una de las comunidades indígenas más numerosas del país: los Shuar. Se integró en su cultura y en su vida social, con el fin de aprender, crear y fortalecer lazos de amistad durante su viaje. Algo que favoreció el entendimiento mutuo entre dos culturas que, aunque aparentemente fuesen diferentes entre sí, en realidad poseen mucho más en común de lo que parece.  Este diario recoge las experiencias vividas en Númpaim, el asentamiento nativo de una agrupación de los Shuar – abandonado desde hace 8 años-, en la profunda selva del Amazonas.

27 de enero

El lunes después de comer iniciamos nuestro viaje acompañado de Enrique: el representante de la Comunidad Númpaim y miembro de la asociación Shuar de Sevilla, hacia el asentamiento Númpaim. En primer lugar, tuvimos que conducir por carretera hacia el río Yukipa, bordeando las nuevas casas construidas en el pueblo por los Shuar de la Comunidad de Númpaim –los familiares de Enrique- tras abandonar el asentamiento en la selva.

Tradicionalmente, los Shuar se agrupaban por familias que vivían en completo aislamiento en la selva. La unidad familiar podía estar compuesto por 9 o más miembros. Esta costumbre parece haber cambiado a lo largo del tiempo ya que la Comunidad Númpaim está formada por unos 200 miembros.

La carretera en la que nos adentrábamos, se trataba de un camino estrecho de piedras irregulares con baches y charcos, dando como resultado que la conducción fuera muy lenta y peligrosa. Tras más de media hora de trayecto finalmente llegamos al río Yukipa. Dejamos atrás nuestras pertenencias excepto nuestras mochilas con todo aquellos que íbamos a necesitar durante nuestra estancia en la selva: sacos de dormir, ropa ligera, repelentes de mosquitos, botas de lluvia, nuestras cámaras y provisiones. Junto a nosotros cuatro, se unieron ocho personas más, todos ellos familiares de Enrique, y miembros, por tanto, de la Comunidad de Númpaim.

Cargamos todo el material en dos canoas motorizadas dirigidas por dos chicos jóvenes. Las canoas eran realmente poco estables y cada una podía transportar un máximo de 6 personas. Debíamos sentarnos de manera que el peso fuera distribuido equitativamente a lo largo de la canoa para que esta no volteara. El viaje, sin embargo, fue emocionante.

La embarcación era ligera y relativamente baja, por lo que nos encontrábamos muy cerca de la superficie del agua. El motor de gasolina rugía mientras sentíamos en nuestros rostros la brisa suave del río. Todo ello rodeados de vegetación salvaje, con una gran variedad de flora que cambiaba tras girar cada meandro. Aquel espectáculo visual estaba acompañado por la emoción de los Shuar que nos acompañaban, gritando continuamente “Númpaim waketji” (volvemos a Númpaim), por encima del rugido del motor.

Tras unos 50 minutos de viaje aguas arriba del río Yukipa, llegamos a la intersección de dos ríos. Uno de ellos era el río Númpaim, y en la intersección de ambos es donde desembarcamos. Esta intersección consistía en una pequeña playa arenosa, tras la cual daba comienzo la densa vegetación de la jungla. Cargados con nuestras mochilas nos dispusimos a atravesar la selva para llegar hasta el asentamiento del poblado de los Númpaim. Entramos en la densa selva en fila de a uno por un sendero estrecho. Aunque digo sendero, realmente no era más que un claro en el que se había despejado la maleza. Los Shuar, que ya conocían el camino, no tenían problema en seguir dicha senda, pero para cualquiera de nosotros, la senda no era tan obvia, y de no ser por su compañía, en muchos lugares nos hubiéramos perdido fácilmente.

Tras avanzar unos pocos metros comprendimos en seguida porque nos habían aconsejado ponernos botas de lluvia: el camino estaba lleno de lodo y fango. En algunos puntos, el barro era tan profundo que nuestros pies se hundían en él hasta por encima del tobillo, y en algunos casos, teníamos que hacer un gran sobreesfuerzo para sacar el pie del espeso lodo. Esto hacía que, el ya de por si tortuoso camino, repleto de obstáculos naturales como troncos de árboles caídos, y la espesa vegetación que había a ambos lados, fuese aún más dificultoso para una persona inexperta como nosotros.

A pesar de todo ello, la compañía de nuestros anfitriones hizo que en todo momento nos sintiéramos protegidos, seguros y además tranquilos. Las bromas, las palabras continuas de ánimo y la atención individual que nos prestaban fueron sin duda, los mejores recuerdos que tengo de las travesías que hicimos durante estos días. En todo momento mostraron una paciencia inmutable, acompañada por una sonrisa y simpatía que hicieron que el viaje fuese incluso más extraordinario de lo que ya era. Además, su conocimiento de la selva era realmente asombroso. Cada cierto tiempo nos explicaban los usos de las distintas plantas, árboles, hojas, corteza y flores; y sus usos como medicinas naturales, comestibles, materiales y demás. Un ejemplo es una pequeña flor blanca que tiene un tallo rojo y crece en plantas de baja estatura que en el idioma Shuar se llama “churumanch”. Nos explicaron que el tallo de esta flor se “chupa” y tiene azucares que, además de tener un sabor agradable, ayudan a soportar viajes largos.

Tuvimos que aprender a sortear los charcos de barro, siguiendo las huellas de la persona que teníamos por delante, lo cual era difícil porque si mirabas hacia abajo, a veces te golpeaban en la cara las ramitas de las plantas o árboles bajos. Dos de nosotros también llevábamos cámaras para sacar fotos y vídeos durante nuestro viaje, lo cual complicaba más aún la travesía.

En cualquier caso, pasada una hora de marcha, llegamos finalmente a un claro cerca de un río. Este era el mismo río Númpaim aguas arriba. Al ver el río inmediatamente comprendimos la razón por la que se llamaba Númpaim, que significa río de sangre en Shuar. Bajo el río, una capa de arcilla tintaba las aguas del río en color rojizo, algo que era realmente sorprendente para nuestros ojos cansados.

Unos metros más adelante el río giraba hacia la derecha, y a la izquierda que extendía un claro de unos 50 metros (actualmente lleno de maleza), y al fondo había una estructura con paredes de madera y con techo fabricado con paneles de aluminio. Por fin, habíamos llegado al asentamiento abandonado de la Comunidad Númpaim.

Según nos contaron, había casitas (más bien chozas de madera con tejados de aluminio) por toda aquella zona que se habían derrumbado debido a la falta de mantenimiento y la crecida del río. La única estructura en pie era un colegio que había sido cerrado, donde los hijos de los Shuar estudiaban mientras vivían allí. Nos dijeron que los dos motivos principales por los que abandonaron el asentamiento eran por el cierre del colegio, que obligó a muchas familias a migrar hacia el pueblo más cercano para garantizar la educación de sus hijos, y el colapso de un puente que comunicaba el pueblo con su poblado. En realidad, hasta hacía pocos años no había canoas motorizadas para subir por el río Yukipa, y los Shuar no tenían otra manera de viajar al pueblo, sino la de caminar por la selva durante horas. Ese puente les permitía reducir su travesía por la selva a una hora escasa hasta llegar al asentamiento. Pero debido a la falta de mantenimiento acabo colapsándose.

El antiguo colegio poseía el suelo de madera y estaba prácticamente vacío por dentro, tan solo contaba con dos muebles que servían de plataforma para descansar y un armario antiguo. Las ventanas no eran más que rejas para evitar que entraran pájaros, pero no evitaban la entrada de insectos. En el exterior, junto a la fachada oriental había una cocina que consistía en un pequeño habitáculo cubierto por un panel de aluminio apoyado en dos palos de madera para proteger esa zona de la lluvia, ya que allí se prendía la leña para cocinar la comida. También había una sencilla mesa de madera para preparar los alimentos.

La última estructura que vimos estaba situada a unos pocos metros de la fachada occidental de la escuela: el baño. No era más que una estructura de madera cubierta por arriba con un plástico. Solo habían paredes en tres lados (el lado más alejado de la escuela estaba al descubierto y allí es por donde se entraba. El suelo consistía en tablones de madera donde se había hecho un agujero en el medio.

No había electricidad, ni agua corriente, ni cobertura para teléfono. Antiguamente, el colegio había sido dotado de un panel solar, que actualmente no funcionaba –nos dijeron que debido al abandono del asentamiento, les habían robado las baterías y cableados del panel-.

Tras descansar unos minutos, algunos aprovechamos el poco sol que quedaba, para darnos un baño en el río. El agua era cristalina y fría, y no era muy profunda en ese lugar. Mientras tanto nuestros anfitriones trajeron leña y crearon un improvisado fuego donde preparar la cena.

Tradicionalmente, cada hogar Shuar contaba con una huerta donde se cultivaban principalmente tubérculos como la yuca y la papa china, así como también otras plantas como el pequeño plátano que llaman guineo “de oro”. Además, eran expertos cazadores de monos, aves y otras especies.

La agricultura Shuar estaba fuertemente relacionada con la creencia de un ser llamado “Nunkui”, que es responsable de hacer crecer los cultivos. Los Shuar creían que, sin su presencia, sus cosechas no podían ser productivas. Por eso, para poder atraer a Nunkui, las mujeres Shuar debían mantener la huerta limpia de maleza y también le cantaban para recibir su ayuda.

Actualmente, habían comprado arroz y pollo en el pueblo para nosotros, y es lo que comimos esa noche. El arroz lo cocinaron dentro del cazo y el pollo lo cocinaron cortando pequeños trozos que envolvieron con yuca envuelto en unas grandes hojas verdes de bambú que llaman “kachinia”. Estas hojas fueron colocadas directamente sobre el fuego. Nos dijeron que utilizaban estas hojas únicamente ya que tenían la propiedad de que no ardían y por lo tanto la comida se cocinaba sin ningún problema. Comimos todos juntos en el suelo dentro del colegio a la luz de una vela. Para beber, nos ofrecieron agua caliente con escancel, llamado “kantse” en Shuar.  Más adelante, llegué a apreciar el hecho de que el agua que tomábamos durante las comidas siempre era caliente, ya que además de ser saludable, como estaba hervida, a ninguno de nosotros nos provocó problemas estomacales.

Después de la cena las mujeres Shuar nos ofrecieron una danza cultural de bienvenida llamada “Nampuit”, vestidas con sus vestidos tradicionales de color azul, a la vez que cantaban canciones en idioma Shuar.

Tradicionalmente, las fiestas y las danzas eran muy populares en la cultura Shuar, estas tenían lugar simplemente cuando había una visita, o durante fiestas y celebraciones. Durante estas fiestas se bebía comúnmente la chicha, una bebida derivada de la fermentación de la yuca.

Finalmente, tras un largo día, dormimos todos en el suelo de madera, nosotros con sacos de dormir, y nuestros anfitriones sobre una simple manta. La oscuridad de la noche nos envolvió. Una oscuridad profunda acompañada por el “cri-cri-cri” de los grillos y muchos otros sonidos que se confundían unos con otros en el interior de la selva.

28 de enero

El día siguiente amanecimos con la salida del Sol. Meset, el guía espiritual fue el primero en despertarse y se encaminó al exterior para realizar un canto acompañado con su flauta. Los Shuar tienen el hábito de levantarse muy temprano, algo que encontré muy saludable y recomendable, especialmente si se van a realizar largas caminatas.

Tras levantarnos, desayunamos y nos preparamos para realizar una subida por la montaña, con el fin de visitar la cascada sagrada de los Númpaim.

Las creencias religiosas de los Shuar se basan en el hecho de que las fuerzas que dirigen nuestro mundo, especialmente en lo que se refiere a la vida y la muerte, tienen lugar en un mundo sobrenatural invisible y pueden ser vistas con la ayuda de drogas alucinógenas. Consideran que el mundo visible es “falso” y que la verdad solo se puede encontrar entrando en el mundo sobrenatural o “verdadero”.

Según los Shuar, su capacidad de conseguir logros está condicionada a entrar en el mundo “real” y interactuar con las almas o espíritus de ese mundo. Hay tres tipos de espíritus: Arútam, Emésak y Nekás.

Arútam es sin duda el más importante y es comúnmente considerado como el dios principal en la creencia Shuar. Es un ser eterno que, según los Shuar, tiene la capacidad de aumentar la fuerza física e inteligencia del receptor y además, ayuda a la persona a no cometer actos deshonorables como mentir. A su vez le hace imposible morir como consecuencia de cualquier violencia física. Para conseguir esto, tanto niños, acompañados normalmente por sus padres, como adultos viajan hasta la cascada más elevada en su territorio que se considera la cascada sagrada, donde se bañan y realizan una serie de rituales para recibir la bendición de Arútam.

El Emésak o “espíritu vengativo” se crea cuando una persona que ha recibido la bendición de Arútam es matada, para vengar su muerte. Es por eso que los Shuar realizaban el ritual de reducir las cabezas de las personas que mataban, práctica llamada “tsantsa”. A través de este ritual consideraban que el Mésak de la víctima se veía obligado a entrar en el trofeo de la cabeza y no podía hacerles daño.

El Nekás es el alma que, según los Shuar, nace al mismo tiempo que la persona y la poseen todos los seres vivos. Cuando la persona muere, el alma deja su cuerpo y vuelve a revivir –de forma invisible- la vida del difunto desde su nacimiento.

Sobre las 8 de la mañana siguiente, salimos todos juntos de camino hacia la montaña. A diferencia del día anterior, no había tanto fango, pero esto no fue un consuelo ya que la subida por la montaña en medio de la selva resultó ser una auténtica hazaña. La senda estaba menos definida en este viaje, y nuestro guía David iba cortando la maleza y otros obstáculos con los que nos encontramos en el camino con mucha habilidad blandiendo un machete. A pesar de ello, el camino se hizo muy pesado en apenas unos minutos, los obstáculos continuaban entorpeciéndonos, y la pendiente puso a prueba nuestra fuerza física. A lo largo del camino, había algunos pequeños arbolitos con un tronco muy fino llamados bastón de la selva, “mashkun” en Shuar. David muy hábilmente cortó estos troncos para hacer bastones que resultaron ser imprescindibles como elemento de apoyo para sortear charcos y otros obstáculos. Esto, junto con las continuas  palabras de ánimo por parte de nuestros anfitriones –inmunes a la dificultad del camino- fue lo que nos ayudó a completar la travesía. El camino era tan largo que tuvimos que parar en dos ocasiones a descansar. Durante uno de estos descansos, David nos contó la historia de cómo mató él solo a un jaguar con una carabina con tan solo 8 años de edad.

Según la cultura de los Shuar, David es un ejemplo de un “kakáram” (el fuerte). Es decir, una persona valerosa que ha sido bendecido enormemente por Arútam quien lo defiende de la muerte. Antiguamente eran los guerreros más prestigiosos y respetados.

También tuvimos la oportunidad de ver como incluso un lugar tan aparentemente inhóspito como la selva se puede disfrutar de maneras sorprendentes. Durante el camino nuestros anfitriones nos explicaron cómo se columpiaban cuando eran pequeños de ciertas lianas largas que colgaban de árboles altísimos hasta llegar casi a nivel de suelo. No solo nos hicieron una demostración, sino que nosotros mismos tuvimos la oportunidad de columpiarnos

Tras casi 2 horas de subidas y bajadas por la montaña, finalmente llegamos a un pequeño claro en la selva. Allí realizamos la preparación para el descenso hacia la catarata. Dejamos todo aquello que pudiera entorpecer nuestro viaje: mochilas, chubasqueros y demás, y tras un pequeño ritual dirigido por el guía espiritual Meset, iniciamos nuestro descenso acompañados por nuestros fieles bastones.

Según la cultura Shuar, Meset es un ejemplo de un shaman curandero. Para curar, el shaman recibe ayuda del “tséntsak” que se considera como espíritus auxiliares invisibles presentes dentro del cuerpo del shaman. Para poder obtener este “tséntsak” un aprendiz de shaman debe aprender de un shaman maestro de quien recibe este poder.

Si la subida por la montaña había sido difícil, el descenso por la ladera de la montaña fue realmente arduo. No había una senda clara, por lo que debíamos seguir los pasos de nuestros guías con toda la exactitud posible. En muchas ocasiones, un paso en falso podía acabar en una caída por la inclinada pendiente por la que caminábamos. Muchas ramas que aparentemente ofrecían un punto de apoyo acaban siendo trampas ya que se rompían muy fácilmente; la tierra bajo nuestros pies podía en ocasiones ceder y deslizarse; y cualquier roca o tronco caído podía fácilmente desprenderse bajo nuestro peso. Tuvimos que sortear obstáculos, saltar por encima de pequeñas fisuras y riachuelos, e incluso en un momento no nos quedó más remedio que hacer uso de una cuerda anclada a un árbol para descender por un pequeño camino resbaladizo.

Con todo ello, finalmente comenzamos a escuchar el rugido de la cascada. Un sonido que iba creciendo hasta tal punto que ensordeció todo lo demás. A medida que avanzábamos, pudimos entrever la caída del agua a través de los árboles. Un avance del majestuoso espectáculo que pronto íbamos a contemplar con nuestros propios ojos. Ciertamente, hay muchas cataratas espectaculares en el mundo. Algunas son enormes como mares que caen precipitándose, otras son altas que se estrellan y desprenden columnas de humo blanco. Sin embargo, hay una palabra que utilizaría para describir esta cascada: salvaje. El agua caía una y otra vez sobre distintas rocas con una fuerza violenta. Cada caída acababa rompiendo el continuo flujo de agua en diferentes hileras blancas que a su vez precipitaban desde distintos lugares por la superficie de una roca que sobresalía de la ladera de la montaña.

Pudimos observar este espectáculo desde la última parada de nuestro viaje, situados en un pequeño claro en la montaña justo enfrente de la cascada. Apenas unos pocos metros nos separaban del agua y nos preparamos para realizar el último tramo… el más difícil. Es en este momento cuando los Shuar realizan un ritual especial antes de llegar a la cascada, el cual consiste en la ingestión de unas hierbas que, según afirman, les otorga la capacidad de tener visiones al purificarse con el agua de la cascada. Todo ello gracias al favor de su dios Arútam. Tras este ritual, dejamos atrás las botas, así como cualquier cosa que llevábamos encima nuestra y comenzamos el descenso hacia la catarata.

A pesar de que apenas tuvimos que bajar 5 o 6 metros, fue una auténtica explosión de adrenalina. Ya no había sendero, ni tierra bajo nuestros pies. Con nuestras manos y pies tuvimos que agarrarnos y descender por la superficie rocosa escarpada y húmeda. Bajo nuestros pies se encontraba el nacimiento del río, y sobre nuestras cabezas caía el agua de la salvaje cascada. Es una experiencia realmente no apta para los débiles de corazón, ya tuvimos que buscar y sujetarnos a cualquier punto de apoyo que pudiéramos encontrar, con nuestros pies y manos, que a su vez se encontraban mojados y resbaladizos. Estoy convencido de que si no fuera por nuestros guías, que en todo momento mostraron determinación, fortaleza y paciencia, no hubiésemos sido capaces de realizar este último tramo.

Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, descendimos hasta donde la naturaleza había creado un tipo de pequeña piscina natural de agua helada y, con gran precaución nos aproximamos a la catarata. La superficie bajo nuestros pies era muy irregular: junto a la ladera el agua apenas cubría hasta el tobillo, pero unos centímetros más allá  la profundidad era enorme. Finalmente, uno a uno, nos colocamos bajo la misma cascada, sintiendo el agua fría caer con una fuerza abrumadora sobre nuestras cabezas y nuestros cuerpos y mientras nos protegíamos unos a otros para no perder el equilibrio.

Pero esto no era el final: teníamos que volver a subir. Así que más mojados que nunca, aunque con la alegría de haber logrado nuestra meta, volvimos a escalar la superficie rocosa escarpada de nuevo. Con el conocimiento de que un paso en falso podría acabar con una grave caída fuimos meticulosamente subiendo con la ayuda de nuestros incansables guías hasta el punto de descanso. Tras un enorme esfuerzo, finalmente respiramos aliviados y retomamos nuestro aliento. Un sentimiento de positividad y alegría surgió en nuestro interior tras realizar esta proeza, y con esta energía renovada nos secamos, calzamos y continuamos nuestro viaje de regreso a casa.

Sin duda esta fue una experiencia única para nosotros. Nos hizo sentir que los Shuar ciertamente tienen una fuerza y una constitución sobresaliente. Nos comentaron que tanto niños como adultos hacen esta peregrinación, e incluso madres hacen este mismo recorrido con sus bebés de hasta 1 año de edad en sus brazos. Algo realmente sorprendente.

Regresamos sobre las 3 de la tarde, cansados y hambrientos. A pesar de un viaje tan duro, nuestros anfitriones inmediatamente se pusieron manos a la obra para recolectar leña y comenzar a cocinar. Esa tarde comimos yuyo: una mezcla de palmito, verduras, pollo y arroz.

Después de comer, entablamos una conversación interesante y un intercambio de preguntas y respuestas sobre sus creencias religiosas y las nuestras. Fue muy curioso conocer la influencia que el cristianismo había tenido sobre los Shuar, cuyas tradiciones religiosas son muy diferentes al concepto de religión abrahámica, y ellos mismos nos expresaron que la imposición del cristianismo había generado una gran confusión en ellos, hasta el punto de que habían vuelto a revertir hacia sus propias creencias ancestrales, aunque con algunos matices del cristianismo. Por otro lado tenían un concepto muy limitado y confuso del islam, y se sorprendieron gratamente cuando les explicamos nuestras enseñanzas.

Tras la puesta de sol, salimos al río para pescar peces. La pesca se hacía aprovechando la oscuridad ya que había más peces a esas horas y era más fácil pescarlos. El método de pesca empleado era una sencilla red que arrastraban por el fondo del río, o simplemente era la captura de peces con la mano. En su mayoría eran diversas sardinas, que en Shuar son llamadas “tsarur”. La cena aquella noche consistió en pasta -que habían comprado- con salsa de pescado.

29 de enero

Llovió durante prácticamente toda la noche. En momentos la lluvia era tan intensa que nos despertamos por el fuerte golpeteo de las gotas sobre el tejado de la escuela inmersa en una oscuridad absoluta. Personalmente, estaba preocupado porque ese día teníamos previsto regresar, pero resultaba difícil imaginar cómo íbamos a poder volver con toda la lluvia que había caído, ya que, si el camino de ida había sido dificultoso debido al fango, posiblemente ahora fuese casi imposible cruzar por la selva en estas condiciones.

En cualquier caso, amanecimos con la salida del sol al igual que el día anterior, y nuestros anfitriones decidieron que era mejor salir cuanto antes ya que, según ellos, la lluvia podía continuar a lo largo de todo el día, y cuanto más nos retrasáramos peor sería. Otra razón por la que debíamos salir pronto es porque tres días antes se había acordado que las canoas motorizadas vinieran a recogernos en el día de hoy a las 9 de la mañana. Como no había forma de comunicarse con ellos durante nuestra estancia en la selva, no teníamos otra opción que presentarnos en el lugar acordado. Así que recogimos todas nuestras pertenencias, limpiamos todo el lugar, tomamos una infusión y nos dispusimos para el viaje.

Caminar por la selva bajo la lluvia fue todo un reto, sobre todo por el barro. Aun así, nuestros anfitriones nos dijeron que en las sendas que había por la selva nunca se cortaban los árboles, precisamente porque estos les protegían de la lluvia. Y realmente, la diferencia era notable. El agua caía amortiguada por la densa vegetación y aunque pronto estábamos empapados, la lluvia en si no era demasiado molesta. Caminamos a un ritmo relativamente rápido, posiblemente los últimos dos días en la selva nos habían servido de experiencia y éramos capaces de mantener mejor el ritmo que imprimían los Shuar, incansable y constante en todo momento.

Finalmente, tras 45 minutos de marcha, conseguimos llegar hasta la intersección del río Númpaim con el río Yukipa. Aunque estábamos exhaustos y mojados de pies a cabeza, nos sentíamos felices por haber conseguido realizar este complicado viaje en tan poco tiempo.

Durante los siguientes minutos que permanecimos en la pequeña orilla al borde de la selva, pudimos observar con sorpresa la rapidez de la crecida del río Númpaim, como consecuencia de las últimas lluvias, lo que hizo que nuestra pequeña orilla comenzara a inundarse. En apenas unos minutos tuvimos que remontarnos al comienzo de la vegetación para evitar ser arrastrados por el río. Mientras tanto la lluvia continuaba, y las canoas motorizadas no aparecían.

A pesar de nuestra preocupación, los Shuar no solo se mostraron tranquilos, sino que nos dieron una nueva lección: la selva es capaz de ofrecer todo lo necesario para cualquier situación que surja. En pocos minutos cortaron leña y encendieron un fuego para calentarnos y secarnos de la lluvia. Conocían a la perfección que troncos y ramas arderían mejor. Además, cortaron algunas ramas con hojas enormes que luego ataron al tronco de un árbol para protegernos de la lluvia. Seguidamente con un par de palos crearon un lugar donde colgar la ropa más húmeda, que situamos cerca de la hoguera para secarla. Pasamos unas dos horas tranquilamente calentándonos y conversando alegremente en nuestro pequeño campamento improvisado.

Finalmente, comenzamos a escuchar el rugido del motor de las canoas motorizadas que pronto aparecieron remontando el río Yukipa, ahora más crecido que nunca, hasta llegar a nuestra posición. Después de pasar dos horas secándonos, tuvimos bajar por un pequeño tramo inundado con el agua hasta los muslos para poder subir a las canoas. Una vez dentro, el viaje de vuelta en canoa resultó sumamente entretenido. El río crecido hacía que el paisaje de nuestro alrededor pareciera distinto, y además a la suave brisa ahora se unía el agua de la lluvia, que suavemente golpeaba nuestras mejillas. Troncos de árboles caídos flotaban por la superficie del río a nuestro alrededor, y en ocasiones incluso árboles enteros se habían desprendido, creando obstáculos naturales que tuvimos que sortear.

Tras unos 45 minutos, llegamos a nuestro destino, y pudimos ver por primera vez después de dos días los primeros ápices de civilización. Tras bajarnos de la canoa continuamos por el camino de piedras hasta llegar a la casa de uno de nuestros anfitriones, donde había toda una familia esperándonos con los brazos abiertos y sonrisas de alegría.

Final

Durante los siguientes días continuamos visitando a nuestros amigos en las poblaciones de Macas y Sevilla, donde se encuentran asentados. Dialogamos con ellos y conocimos así más sobre nuestras respectivas culturas.

Según el islam, la adoración a Dios implica necesariamente servir a Su Creación. Y tras esta experiencia me he percatado de que cuando hablamos de servir a la humanidad, es necesario sentir en nuestro interior una verdadera compasión y simpatía por el prójimo, porque esto es lo que nos permite ofrecer nuestra ayuda de todo corazón. Y estos sentimientos solo se pueden generar si abrimos nuestras mentes para conocer y aprender sobre los demás, creando vínculos y amistades en el proceso.

Nuestra experiencia con los Shuar ha sido ciertamente inolvidable. Su cariño, su amabilidad y su continua preocupación por nuestro bienestar son un grandioso ejemplo de que la convivencia y la compasión son valores que trascienden la historia, la geografía y la cultura.

Agradecimientos:

De parte de The Review of Religions nos gustaría ofrecer nuestros agradecimientos a nuestros anfitriones Shuar, especialmente aquellas personas que nos acompañaron a lo largo de nuestro viaje a Númpaim: Meset Chiriap, Marcelo Chiriap, Erika Suamer, David Chiriap, José Chiriap, Jenny Chiriap y María Chiriap.

Nota: Cuando se habla de Shuar, nos referimos a los miembros de la comunidad Númpaim, aunque actualmente hay más de 500 comunidades Shuar.

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