En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
There is none worthy of worship except Allah, Muhammad is the Messenger of Allah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Una de las condiciones naturales del hombre es su búsqueda de un Ser Supremo hacia Quien experimenta una atracción inherente. Esto se manifiesta en el niño desde el momento de su nacimiento. Apenas nace, el niño muestra una característica espiritual que le inclina hacia su madre, y que se inspira en su amor por ella. Conforme se van desarrollando sus facultades, y su naturaleza se va mostrando más abiertamente, esta cualidad natural incrementa su intensidad. El niño no encuentra sosiego más que en el regazo de su madre. Separado o alejado de ella, la vida del niño se amarga. Ni una gran cantidad de regalos le inducen a alejarse de su madre, en la que se concentra toda su alegría. Entonces ¿Cuál es la naturaleza de esta atracción tan fuerte que el niño siente hacia su madre?

Esta es la auténtica atracción que el Verdadero Creador ha implantado en la naturaleza del hombre. La misma atracción surge siempre que una persona siente amor por otra. Es un reflejo de la atracción hacia Dios, inherente en la naturaleza humana, como si el hombre buscara algo que echa de menos, algo de cuyo nombre ya no se acuerda, y que espera encontrar en una u otra de las cosas con las que se ocupa de vez en cuando. El amor de una persona hacia la riqueza, hacia sus hijos o su mujer, o la atracción de su alma hacia una voz musical, son todas ellas indicaciones de su búsqueda del Ser Amado. Ya que el hombre no puede ver con ojos físicos al Ser Invisible, Quien está latente en cada persona como la cualidad del fuego, aunque esté oculto, ni puede descubrirle a través del mero ejercicio de su imperfecta razón, éste se ha engañado tristemente en su búsqueda, y por equivocación ha atribuido Su posición a otros. El Santo Corán nos proporciona en este contexto un excelente ejemplo: el mundo se asemeja a un palacio con suelo de Iosas de cristal totalmente lisas, bajo las cuales se precipita una corriente de agua. Todos los que contemplan este suelo creen, equivocadamente, que se trata de una corriente de agua. Temen pisar el suelo como temen pisar una corriente de agua, aunque en realidad se trata solamente de Iosas de cristal, lisas y transparentes. En esta parábola, el suelo representa los cuerpos celestes -el sol, la luna, etc.- detrás de los cuales actúa una fuerza enorme, como el agua que se precipita debajo de las Iosas de cristal. Los que adoran los cuerpos celestes se equivocan al atribuir a los cuerpos celestes algo que en realidad procede del poder que opera detrás de ellos. Esta es la interpretación del versículo del Santo Corán:

“Es un gran palacio, cuyo suelo está hecho de Iosas de cristal lisas” (27:45).

En resumen, como el Ser de Dios Exaltado, a pesar de su resplandor, está totalmente oculto, este sistema físico que se extiende ante nuestros ojos no es, por sí solo, suficiente para permitirnos reconocer a este Ser. Por esta razón, los que han dependido de este sistema, observando detenidamente su orden perfecto y completo, junto con todas las maravillas comprendidas en él, y los que han estudiado con profundidad la astronomía, la física y la filosofía, y han, digamos, penetrado en los cielos y en la tierra, no han podido

librarse de la oscuridad de las dudas y sospechas. Muchos de ellos han caído en graves errores, y se alejan cada vez más en busca de sus quimeras ridículas. Su máxima afirmación es que este gran sistema, reflejo de una gran sabiduría, debe tener un Hacedor y, sin embargo tal afirmación es incompleta, y tal percepción, deficiente. La afirmación de que el sistema debe tener un creador no equivale a la afirmación de que El, en verdad, existe. Tal afirmación no puede satisfacer al corazón, ni alejar las dudas. Tampoco representa la bebida que satisface la sed humana natural de comprensión total. Es más, esta comprensión deficiente es sumamente peligrosa, pues a pesar de tanto ruido, no significa nada.

En resumen, si Dios Exaltado no confirma Su existencia a través de Su palabra, del mismo modo que la ha manifestado a través de Su obra, la mera observación de la obra no produce una satisfacción completa*. Por ejemplo, si nos encontramos ante una puerta cerrada con pestillo desde dentro, nuestra reacción inmediata es suponer que hay alguien dentro de la habitación, que ha echado el pestillo, ya que nos parece imposible que desde fuera se pueda echar el pestillo por dentro. Pero si a pesar de llamar repetidamente la puerta durante varios años, no oyéramos nunca ninguna respuesta desde dentro, nuestra suposición de que hay alguien dentro tendrá que ser abandonada, y nos veríamos obligados a deducir que el pestillo fue echado mediante un mecanismo ingenioso. Esta es la situación a la que han llegado aquellos filósofos cuya comprensión se limita a la observación de la obra de Dios. Es una equivocación enorme imaginar que Dios es como un cadáver enterrado en la tierra, cuya recuperación depende del hombre. Si Dios solo hubiera sido descubierto gracias al esfuerzo humano, sería vano esperar algo de Él. Efectivamente, durante toda la eternidad, Dios ha llamado al hombre, afirmando: Yo estoy presente. Sería una gran impertinencia imaginar que Dios queda obligado al hombre por haberle descubierto a través de su propio esfuerzo, y pensar que sin los filósofos Dios hubiera seguido siendo desconocido.

Resulta igualmente necio preguntar cómo puede Dios hablar si no tiene lengua con la que hablar. La respuesta es evidente ¿Acaso no ha creado la tierra y los cuerpos celestes sin tener manos físicas? ¿No contempla el universo sin ojos físicos? ¿No oye nuestras súplicas sin tener oídos físicos?

 

Entonces ¿no es necesario que hable con nosotros? No es correcto afirmar que Dios habló en el pasado pero no habla ahora. No podemos limitar Su palabra ni Su discurso a ninguna época en concreto.

Está tan dispuesto hoy como lo estuvo siempre a enriquecer a quienes Lo buscan con la fuente de la revelación, y las puertas de Su gracia están tan abiertas hoy como en el pasado.

Es verdad, sin embargo, que, puesto que la necesidad de una perfecta ley se ha cumplido, todas las leyes y las regulaciones se han completado. También se han cumplido todas las profecías, alcanzando su perfecta expresión en la persona de nuestro maestro y señor, el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él.

*Esto significa que sin la Palabra de Dios, la visión, contemplación e introspección de las leyes de la Naturaleza no puede ser suficiente. (Los editores).

Referencias:

  1. La Filosofía de las Enseñanzas del Islam. Su Santidad Hazrat Mirza Ghulam Ahmad,pp.35-37
  2. El Sagrado Corán 27:45