En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
There is none worthy of worship except Allah, Muhammad is the Messenger of Allah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Un Estudio sobre el Movimiento Ahmadía

Introducción

Este escrito recoge una conferencia pronunciada por el Profesor Louis J. Hammann en la Conferencia Anual de la American Academy of Religions que tuvo lugar en Canton Upper State de Nueva York y en un Seminario de la Universidad de Pennsylvania en Filadelfia. El Profesor Hamman es un notable especialista en el estudio religioso comparativo. Trabaja en la actualidad como Profesor de Religión en la Universidad de Gettysburg y se graduó en las Universidades de Yale, Pennsylvania y Temple. Es miembro de la Iglesia Unificada de Cristo. En el año 1983 visitó Qadián y Rabwah, sede internacional de la Comunidad Ahmadía del Islam, y realizó un estudio detenido del Ahmadiat y de su fundador, Hazrat Mirza Ghulam Ahmad. Este folleto es el resultado de dicho estudio en el que explica intrincadas cuestiones de forma clara y lúcida, lo cual refleja una destacada capacidad que le ha sido otorgada por Dios. Se trata de uno de los trabajos más relevantes escritos sobre el Ahmadiat por un observador imparcial.

Prefacio

El Ahmadiat es lo que podríamos llamar una secta mesiánica del Islam. A fin de evitar lo que yo llamaría “el síndrome del jarro de agua fría”, voy á realizar unos breves comentarios preliminares. Dicho prólogo evitará la confusión y el choque de la inmersión en el mundo desconocido del Islam del siglo diecinueve.

No tengo idea de cuantos lectores han oído hablar del Movimiento Ahmadía del Islam. Como veremos más adelante, el Movimiento se originó cuando un musulmán devoto, residente en el Punjab, declaró en 1889 que era el Mehdi y el Mesías. En aquel momento, sus experiencias de revelación que se remontaban al año 1876, cuando Mirza Ghulam Ahmad tenía 41 años de edad, llegaron a un punto álgido. En ese momento dramático, una personalidad piadosa y consagrada llegó a la cima de la auto-realización. Desde entonces y hasta el momento de su muerte, Hazrat Ahmad fue la energía humana y profética que condujo a lo que sus seguidores sienten como el renacimiento del Islam.

El Ahmadiat es un movimiento misionero que ha congregado a 10 millones de fieles desde Indonesia y Malasia al Pakistán, y del África Central y Occidental, hasta las Américas. En la actualidad, la estructura institucional se encuentra localizada en el centro del Pakistán, en la ciudad de Rabwah. El jefe actual del Movimiento es el cuarto desde la muerte del Mesías Prometido. Se llama Mirza Tahir Ahmad y es uno de los nietos del fundador. A comienzos de 1984, Hazur, como es cariñosamente denominado, se trasladó a Londres, cuando las presiones contra la Comunidad en el Pakistán comenzaron a incrementarse. Las bases legales de la estrategia del gobierno consistieron, en primer lugar, en una enmienda constitucional promulgada en el año 1974, por la que se declaraba a los ahmadis “no-musulmanes”. Más recientemente, en abril de 1984, el gobierno establecía un decreto que declaraba:

“…se prohíbe a los ahmadis, bajo pena de castigo, que directa o indirectamente, se denominen a sí mismos musulmanes o denominen “mezquita” a su lugar de oración, o utilicen el Azan -la forma musulmana de convocar a la oración- como forma de convocatoria para el mismo propósito. Tampoco pueden propagar su religión mediante palabras, escritos o representaciones visibles, con la intención de convertir a otros. Se prohíbe asimismo utilizar la nomenclatura o denominaciones asociadas a la figura del Santo Profeta o su familia a cualquier miembro de la Comunidad Ahmadia o similares”. (1)

John Expósito ha editado una publicación cuyo título es Voces del Islam Resurgente. Este, junto con otros libros actuales, tienden a presentar al Islam como una religión recientemente vigorizada y que no merece, si alguna vez así ocurrió, la imagen estereotipada del violento e irracional merodeador del desierto. En lugar de tales simplificaciones, debemos tratar de entender que el Islam es un fenómeno tan complicado como lo es el Cristianismo. Las simplificaciones plastificadas de la religión cuya raíz es el Santo Corán son simplemente inadecuadas. Pero ¿de qué forma podemos cambiar nuestras mentalidades como observadores, especialistas y maestros, cuya profesión consiste en entender las diferentes experiencias religiosas que ocupan a la comunidad humana?

Debemos prestar atención a la historia de las tradiciones religiosas, pero también debemos familiarizarnos con la realidad presente. Si tales son nuestras motivaciones, el Ahmadiat merece un cuidadoso examen. A través de él podemos acercarnos al Islam como fenómeno histórico y realidad contemporánea.

El Ahmadiat posee la ventaja de estar bien documentado. Sus seguidores, además, están deseosos y son capaces de presentar al Movimiento como experiencia personal y causa histórica. Están asimismo convencidos del mandamiento Coránico de que no existe coacción en la religión. En el Ahmadiat podemos apreciar la piedad musulmana y sentir la viabilidad del Islam como fuerza poderosa en el mundo moderno.

El Movimiento Ahmadía del Islam

La mitad del siglo diecinueve fue una época de gran efervescencia religiosa e intelectual. Las ciencias naturales y sociales se estaban gestando, mientras que las grandes tradiciones religiosas estaban a punto de ebullición.

Metáforas aparte, la transición del siglo 19 hacia las maravillas y horrores del siglo 20, quedó marcada por movimientos de renovación y cumplimiento de comunidades religiosas en todo el entorno mundial. Son bien conocidos los programas de restauración y el resurgimiento de las visiones apocalípticas en el Cristianismo occidental. Lo que no es tan bien conocido es el hecho de que el mundo islámico presenció movimientos en los que profecías coránicas y de otras escrituras se vieron cumplidas.

Se había extendido la convicción de que la carrera histórica de la humanidad se estaba aproximando a un umbral. No era, sin embargo, caprichosa, esta interpretación. Si bien es cierto que uno puede justificar la convicción de que dicho suceso-umbral estaba comenzando, bien a través del análisis histórico o de la exégesis de las visiones proféticas, debió parecer entonces algo inevitable. No podemos y tampoco necesitamos resolver el dilema de si se trataba de un proceso histórico, de la intervención divina, o de una cooperación oculta de las dos modalidades la que estaba conduciendo al mundo a una crisis. Aparentemente, en los círculos religiosos tradicionales, estaba extendida la convicción de que la nueva era de la transformación social, política e intelectual se hallaba acompañada de una declinación en los valores morales y espirituales. La nueva era de la industria y de la ciencia requería que los humanos sacrificaran sus relaciones transcendentes a las deidades inmanentes de la nacionalidad y la prosperidad. Dado que las visiones que guiaban a los seres humanos en comunidad estaban siendo secularizadas, los impulsos religiosos trataron de resistir en numerosos frentes. La comunicación interhumana y el comercio estaban usurpando el lugar de una deseada comunión con Dios. No sólo cambiaba el mundo sino que estaba cambiando el propio cambio. Tendencias de largo alcance estaban moviendo a la civilización y a la cultura de manera irresistible hacia un momento crítico, fuera del cual no serían efectivas las opciones de conservación y preservación. A medida que surgía la nueva era, ¿podría relucir el sol sobre un mundo ateo que había sacrificado la devoción y la piedad por las nuevas deidades inmanentes del progreso y el proceso racional? Existían muchos que no podían aceptar tal perspectiva.

Creo, sin embargo, que no fueron estas propensiones negativas las que condujeron a Mirza Ghulam Ahmad a su misión profética. Es igualmente dudoso que Hazrat Ahmad hubiera actuado simplemente por juicio crítico o circunstancias materiales cuando hizo su declaración de que era el Medhi de la época. Es decir, que ni era un agorero popular movido por una depresión personal ni se estaba imaginando el Apocalipsis en la forma en que los periodistas (e incluso historiadores) reflejan las corrientes de opinión en las páginas de nuestros periódicos. Desde su propia perspectiva y desde la del Movimiento que fundó, Hazrat Mirza Ghulam Ahmad respondía a la revelación. Según reflejan casi todos los relatos, era un hombre de profunda piedad personal. Sus profecías y expresiones parecen las propias de un alma en comunión con el Dios vivo.

Como especialistas, tendemos a observar las causas circunstanciales de la conducta de la persona, y desde los últimos 100 años o algunos más, los investigadores estudian las raíces psicológicas de la experiencia religiosa. No obstante, existe también la declaración que surge en la órbita de un movimiento religioso determinado y que puede no corresponder necesariamente a un prejuicio. Lo que Hazrat Ahmad pensaba de sí mismo y lo que sus seguidores pensaron sobre él está bastante claro. Su apreciación de la degradada situación de la creencia y piedad musulmana no era una simple estimación de la situación presente a los ojos de un observador sensible. Sus afirmaciones de ser un profeta en aquellos últimos días no parecen obedecer a simples rasgos psicológicos peculiares. Al contrario, él sintió o supo en lo recóndito de su mente que “disfrutaba de una perfecta comunión con Dios Todopoderoso”‘. No hay contradicción en el fundamento de revelación de dicho auto-conocimiento. Tal confianza en la autenticidad de la revelación ha sido siempre la base de la fuerza del Ahmadiat, a la vez que el motivo de la hostilidad exhibida en contra del Movimiento por parte de los mullahs del Islam ortodoxo.

Pero quizá deberíamos dirigirnos a los comienzos del Movimiento Ahmadía del Islam, a fin de conocer el sentido de la dinámica original que, a lo largo de los últimos cien años, ha supuesto un incentivo peculiar para los 10 millones de personas que pertenecen a éste DAR AL ISLAM.

El fundador del Ahmadiat nació en una pequeña ciudad del Punjab en 1835. Qadian se encuentra a sólo 30 ó 40 millas del este de Amritsar, el centro del templo dorado de los Sikhs, que a mediados del año 1984 se convirtió en centro de la atención mundial. Allí, en un área donde las tradiciones religiosas antiguas y recientes conviven en tenue alianza, nació Mirza Ghulam Ahmad. Andrew Jackson era presidente de los Estados Unidos. Dos años antes, Joseph Smith había fundado la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Luis Felipe era el monarca constitucional de Francia. Dos años después del nacimiento de Ahmad, Victoria, que contaba 18 años, se convirtió en reina de Gran Bretaña. Chopin se encontraba en la cima de su carrera; y un año antes, había muerto Friedrich Schleiermacher.

Sin embargo, hasta que no cumplió los 41 años (1876), Hazrat Ahmad no comenzó a recibir las revelaciones que finalmente le llevaron a la convicción de que el Mehdi se había hecho presente en su persona. “Posteriormente”, afirma Zafrullah Khan, “le fue revelado que él era, asimismo, el Mesías Prometido; siendo, en verdad el Profeta cuyo advenimiento habían profetizado las principales religiones del mundo”. El fue “el Campeón de Dios en el manto de todos los Profetas”(2).

Desde su declaración de Mesías Prometido hasta su muerte el 26 de mayo de 1908, su actividad profética no cesó. Dirigió un movimiento cuyos fieles llegaron a contar varios millares; por lo que en 1906 estableció la Asociación Central Ahmadía con el fin de administrar los asuntos prácticos del Movimiento. Durante los primeros años del Movimiento Ahmadía, el propio Ahmad, era conducido con frecuencia a debates públicos, enfrentándose a otros líderes religiosos y pretendientes mesiánicos, que dejaron intacta su inspirada auto-confianza. Sus adversarios y retadores variaban desde líderes del Arya Samaj hasta clérigos cristianos de la India y de los Estados Unidos. A pesar de todos los conflictos personales a que fue sometido como pretendiente del cumplimiento profético, fue, de forma continua, el agente de mandamientos revelatorios cuyo propósito era la promoción de la causa del Islam en la nueva era que se avecinaba.

Todas sus energías humanas, como creen sus seguidores, estaban centradas en la causa única de que, con este renacimiento del Islam, se veía cumplida la aspiración espiritual de todas las religiones del mundo. Sin embargo, no era el portador neutral de este mensaje. Su rol personal no quedaba sumergido incidentalmente en la realización del plan de Dios. Por el contrario, su destino personal era personificar los procesos de la historia divina y no anunciar simplemente su cumplimiento. Entre otras muchas declaraciones de Hazrat Ahmad que dan evidencia de esta certeza por su parte, se encuentra la siguiente:

… me ha sido hecho manifiesto, a través de la Revelación divina, que el Mesías, cuyo advenimiento entre los musulmanes había sido prometido desde el comienzo, y el Mehdi, cuya venida había sido decretada por Dios en el tiempo del declinamiento del Islam y de la difusión del error, y que había de ser guiado directamente por Dios, y que había de invitar a la gente a participar del festejo Divino, y cuya venida había sido anunciada por el Santo Profeta -la paz sea con él- hace trece siglos, era yo mismo. La Revelación Divina, en este sentido, me fue comunicada de forma tan clara y continuada que no dejó resquicio a la duda. Se hallaba repleta de grandes profecías que se cumplieron tan claramente como el día radiante. Su número, frecuencia y poder milagroso me mueven a afirmar que comprende las palabras del Dios Único, libre de copartícipe, Cuya palabra es el Sagrado Corán (3).

Para conseguir el agrado de Al-lah, os informo a todos, por lo tanto, del hecho fundamental de que Dios Todopoderoso, en el comienzo de este catorceavo siglo, me ha elegido por Sí mismo para el resurgimiento y defensa de la verdadera fe del Islam (4).

Este autor ha sido informado de que es el Reformador de la época presente, y que sus excelencias espirituales guardan semejanza con las de Jesús, hijo de María; y que ambos se encuentran íntimamente relacionados entre sí, siendo similares el uno al otro (5).

Y finalmente:

permanece la cuestión de quién es el Imam de la época presente que, bajo Mandato Divino, debe ser obedecido por todos los musulmanes; los piadosos, los receptores de sueños rectos y revelaciones. No siento vacilación alguna en afirmar que soy el Imam de la época (6).

Fue muy preciso, sin embargo, al delinear su cometido: “Pero soy un Mensajero y Profeta sin ley nueva en el sentido de que Dios me revela lo oculto, a causa de la gracia interior que me ha sido concedida por mi obediencia al Santo Profeta, y por haber recibido su nombre” (7). Insistió en muchas ocasiones en que el Sello del Profetazgo quedaba plenamente salvaguardado. Era respecto a Mohammad (el Profeta que trajo el Libro) lo mismo que Jesús fue respecto a Moisés (cuya ley antigua el Mesías no vino a abrogar sino a cumplir). Es importante, pues, para apreciar la integridad del Ahmadiat, señalar que Ahmad no estaba reclamando. Sus enemigos, no obstante, no estaban dispuestos, normalmente, a ser tan distintivos. Según sus puntos de vista, sus declaraciones comprometían los conceptos establecidos respecto a la finalidad del Profeta Mohammad. Puede parecer ciertamente una línea muy fina, pero Ahmad sólo pretendió ser el intérprete inspirado del mensaje coránico y el transmisor del mensaje de renacimiento y renovación de la única religión verdadera: ‘”No hay para la humanidad ningún libro excepto el Corán, y no hay para los hijos de Adán otro Mensajero o intercesor que Mohammad, el Elegido, la paz sea con él” (8). Ahmad era un profeta, no el Profeta; el Corán, el libro, no un libro entre varios; el Islam, la religión original cuya recuperación defendió Ahmad.

A pesar de ello, muchos musulmanes se sintieron ofendidos, debido, sin duda, al conservadurismo natural de los creyentes, y como consecuencia previsible, a la tendencia de malinterpretar la afinada retórica de sus escritos. Los cristianos también encontraron razones para sentirse ofendidos. La gran paradoja cristiana parecía funcionar en el Punjab de la misma manera que funcionó en muchas otras ocasiones en un suelo incluso más fértil: La esperanza de la segunda venida de Cristo aviva el fuego del evangelismo, mientras que la posible conciencia de su llegada apaga el fuego de la fe. Aparentemente, uno se siente más lleno de energía esperando la llegada de un huésped que hablando realmente con dicho huésped una vez que ha entrado en nuestra sala. Lo mismo ocurrió con Hazrat Ahmad. Sin embargo, debemos comprender a sus críticos, considerando la forma en que fue elaborada su declaración. Pues no sólo afirmó que poseía una “semejanza especial con Jesús, sino que, por el lado negativo, había “sido enviado… a fin de demoler la doctrina de la Cruz”. ‘”He sido enviado”, continúa, ‘”para destruir la Cruz y sacrificar al cerdo” (9).

El “shirk” de los cristianos le llevó a una interpretación extraña de la crucifixión. La supuesta ejecución de Jesús había sido elaborada como un auto-sacrificio: Dios, efectivamente, pagando por Sí mismo un rescate por su creación, cautiva de los poderes y jefes de este mundo. Para los musulmanes ordinarios esta noción podría ser ininteligible; para los ahmadis, ciertamente un anatema. En lugar de esta interpretación de la crucifixión, Ahmad propuso una versión más verosímil, más probable, porque parecía una alternativa de evidencia verificable.

En el Estado de Cachemira, en la capital Srinagar, fue descubierta una tumba que guardaba los restos mortales de un profeta antiguo, conocido como Yus Asaf. Cuando esta presunta leyenda converge con las profecías Bíblicas y una lectura cuidadosa de los Evangelios, la historia tradicional de la post-crucifixión cambia radicalmente. A fin de cumplir la profecía de que el Mesías debía predicar a ‘”las ovejas perdidas de la casa de Israel”, Jesús, recuperado del trauma de la cruz, emigró hacia Oriente al hogar de dichas ovejas perdidas: Afganis y grupos tribales de la zona norte de India y Pakistán, donde incluso hoy día viven nómadas cuya cultura, religión y características raciales hacen deducir razonablemente que son de origen semítico. Allí, Yus Asaf contrajo matrimonio, continuó con su vocación profética, se convirtió en padre y murió a la edad de 120 años. Sus descendientes de la 65a. generación aún viven en la región donde se encuentra su tumba. De esta manera, Hazrat Ahmad “demolió la doctrina de la Cruz”, revisando en profundidad la noción islámica más tradicional acerca de Jesús, “el hijo de Mariam”.

Los hechos y el argumento fueron reflejados por Ahmad en su libro Jesús en la India: Un relato de la salvación de Jesús de la muerte en la Cruz y de su viaje a la India. Las primeras líneas merecen la pena ser reseñadas como indicación del objetivo y pretensiones del libro:

He escrito este libro de manera que, presentando pruebas de hechos establecidos de evidencia histórica concluyente, y de antiguos documentos de los no musulmanes, pueda hacer desaparecer graves conceptos erróneos, que son corrientes entre los musulmanes y muchas de las sectas cristianas, respecto a la vida temprana y posterior de Jesús (la paz sea con él); malas interpretaciones, cuyas implicaciones peligrosas no sólo han dañado y destruido la concepción de la Divina Unicidad, sino que también han tenido una influencia perniciosa y venenosa que se ha notado claramente en la moral de los musulmanes de este país (11).

Por lo tanto, el mensaje del fundador del Ahmadiat implica una seria revisión de la historia y teología de la Iglesia a la vez que un refinamiento del concepto que el Islam ortodoxo posee sobre Jesús.

Existe otro reto que Ahmad y sus seguidores hicieron surgir frente a la ortodoxia convencional. El Mesías Prometido prohibió la Yihad contra el Gobierno británico. Algunos le acusaron de hacerlo por motivos de interés personal, a pesar de que el mandamiento contra la Yihad en este caso particular fomentó una cobardía general y falta de entusiasmo por el Islam. Sin embargo, como era habitual, los motivos reales eran distintos, y estaban basados en la revelación y no en cálculos políticos. Hazrat Ahmad explicó la prohibición contra la Yihad en los términos siguientes:

En breve, en el tiempo del Santo Profeta, la paz y bendiciones de AL-lah sean con él, la causa del Yihad islámico era que la ira de Dios se había levantado contra los tiranos. Sin embargo, al vivir bajo un Gobierno benigno, como lo es el Gobierno de nuestra Reina y Emperatriz, no es Yihad mantener designios de rebelión contra el mismo, sino que se trata de una idea bárbara que nace de la ignorancia (12).

Declaró más adelante, en lenguaje compelido por el sentido de su misión:

La Yihad de esta época consiste en confirmar la palabra del Islam, en refutar las objeciones de los oponentes, en propagar las excelencias de la fe islámica y en proclamar la verdad del Santo Profeta, la paz y bendiciones de Dios sean con él, a lo largo y ancho del mundo. Este es la Yihad hasta que Dios Todopoderoso no cree condiciones diferentes en el mundo. (13).

De esta manera, las pasiones hacia una Yihad armada se dirigen a una “Yihad Akbar” o a la lucha contra el propio espíritu, disciplina espiritual que permitiría a la comunidad perseguir la causa real de Dios, el renacimiento del Islam.

Bien, podríamos continuar, pero el escaso tiempo disponible en un ensayo apenas basta para una simple introducción. Quizás, la motivación y energía del Movimiento Ahmadía del Islam puede ser inferido de una declaración de su fundador, el Mesías Prometido. Al referirse al pacto de lealtad al que sus fieles se adherían, dijo:

Que sepan todos los que sinceramente se han adherido a este pacto de Ba’iat que el propósito de este convenio es que se enfríe el amor del mundo en vuestros corazones, y su lugar lo llene el amor hacia Dios y el Santo Profeta, la paz sea con él; que el alma se aparte gradualmente del mundo a fin de que el viaje hacia el más allá no parezca desagradable. (14).

El Corán declara “No existe coacción en la religión”. Para quienes se adhieren a este pacto voluntario con el profeta del Profeta, el Islam permanece como la religión del futuro. A pesar de todo, Hazrat Ahmad reafirmaba: “Esta no es una voz nueva”. El Mehdi no pretendía desplazar a ningún profeta de su sitio de eminencia; al contrario, su misión era reestablecer la verdadera justicia y pureza, y una verdadera comprensión de Dios, que era, es y será la religión del Islam. Cualquiera que sea la apariencia fuera del Movimiento, dentro del Jamaat Almadía los fieles pueden reafirmar su clara conciencia, respecto a sí mismos y respecto de su fundador.

Por último, unas palabras para disipar la noción de que el nombre del Movimiento es un tributo al egotismo del Mesías Prometido. ¿Por qué fue llamado originalmente Movimiento Ahmadía del Islam? Son palabras del Mesías Prometido:

El nombre más apropiado para este Movimiento y que nosotros preferimos es el de musulmanes de la secta Ahmadía. Hemos elegido este nombre porque el Santo Profeta, la paz sea con él, tenía dos nombres: Mohammad y Ahmad. Mohammad era su nombre de gloria y Ahmad su nombre de belleza… Dios había organizado la vida del Santo Profeta, la paz sea con él, de tal manera, que su vida en la Meca fuera la manifestación de su nombre Ahmad, enseñándose a los musulmanes paciencia y entereza. Durante su vida en Medina, se manifestó su nombre de Mohammad, y Dios, con Su Sabiduría, decidió castigar a sus enemigos. Sin embargo, existía una profecía que afirmaba que el nombre de Ahmad se manifestaría de nuevo en los últimos días y que aparecería una persona a través de la cual las cualidades de belleza que caracterizan a Ahmad se manifestarían, desapareciendo todo tipo de lucha. Por esta razón se ha considerado apropiado que el nombre de esta secta sea la secta Ahmadía, a fin de que todo el que oiga este nombre sepa que esta secta ha nacido para fomentar la paz y la seguridad y que no tiene nada que ver con la guerra y la lucha (15).

Es ciertamente irónico que un Movimiento que aboga por la paz entre las personas religiosas -y eso, desde luego, es el significado del nombre de la religión islámica- puede haber sido privado de la libertad de credo, culto y labor misional en el país del que es originario, así como en el resto del mundo islámico. En una ironía más de la historia, que esta otra religión de paz se halle dividida de esta manera en contra de sí misma.

 

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