En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al-lah, Muhammad es el Mensajero de Al-lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)

Me gustaría disipar un malentendido que tiene la gente respecto a la existencia de Dios. Si existe un Dios, ¿por qué no somos capaces de verle? Esta no es una nueva cuestión, ya que la hemos escuchado desde tiempo inmemorial. El Sagrado Corán dice que los no creyentes de Arabia formularon la misma pregunta al Santo Profetasa (17:93).

Cada vez que escucho a la gente formular esta pregunta, me compadezco de ellos. Es de lamentar que cuando el hombre tropieza y su razón se ve embotada por los velos de la indiferencia, se dispone a negar incluso las verdades más evidentes. Cuando se planteó esta objeción en el pasado —por muy absurda o infundada que fuera—tenía el potencial de engañar a ciertas personas ignorantes. Sin embargo, lo que más me sorprende es que surja esta objeción en la época presente. Me asombra realmente el intelecto de la gente que utiliza tales objeciones para justificar su negación de Dios. Sin embargo, como se trata de una objeción común, me dispongo a contestar brevemente.

Existen diferentes métodos para el aprendizaje de las cosas. Por ejemplo, aprendemos a través de la vista, oído, gusto, olor, textura o movimiento.  Toda la información que extraemos de los diversos sentidos posee el mismo grado de autenticidad y credibilidad.

No podemos pretender aprender algo a través de un sentido en particular, pues de lo contrario, estaremos negando su misma existencia.

Los ojos, por ejemplo, son el instrumento para percibir los distintos colores; la nariz se emplea para discernir olores diferentes, y los oídos, para escuchar sonidos. ¿No es insensato decir hasta que no veamos cierto olor con nuestros ojos, o podamos oler determinado color con la nariz, o percibamos determinado sonido con nuestras manos,  no creeremos en su existencia? Quienquiera que plantee semejantes demandas se considerará un demente y de no ser ingresado en un manicomio, se convertirá sin duda en el hazmerreír de la gente de la calle. Sorprende que la gente plantee en todo momento tales objeciones acerca de Dios y a pesar de todo sean consideradas cultas. ¿No encuentran acaso a nadie excepto a Dios para convertirlo en objeto de burla?

Hasta ahora me he limitado a mencionar los sentidos físicos a través de los cuales adquirimos conocimiento de los diversos fenómenos mundanos. No obstante, existen innumerables cosas que no podemos experimentar a través de ninguno de nuestros sentidos físicos. Poseemos, empero, el mismo grado de certeza sobre los mismos que sobre los demás.

Tomemos la fuerza magnética, por ejemplo. ¿Podemos acaso verla con los ojos, oírla con los oídos, olerla con la nariz, saborearla con la lengua o tocarla con las manos?

No, mas ninguno de nosotros niega su existencia. No vemos la fuerza del magnetismo, pero creemos que el imán posee una fuerza adicional, aparte de sus propiedades obvias, que solo se puede observar a través de sus características y no directamente a través de nuestros sentidos.

Lo mismo ocurre con la electricidad. En ningún momento negamos su existencia y creemos en ella del mismo modo en que creemos en el sol, la luna, las montañas y los ríos. Consideremos el sentimiento del amor. ¿Acaso ha visto, oído, olido o tocado alguien el amor en algún momento? Pregunto a cualquier lector de este libro que verdaderamente aprecie el amor y lo haya sentido en su corazón, si no ha experimentado en su pequeño corazón, que podría pesar menos de media libra, el mar infinito del amor, que puede considerarse una de las fuerzas naturales más poderosas e impresionantes. Genera tanta energía y poder en la débil estructura humana que, por el amado, desafía a las montañas, recorre los desiertos, se enfrenta a las bestias de la selva, se lanza al fuego y afronta las turbulentas tempestades del mar, pero jamás se rinde. Permanece en vela por las noches, deambula durante el día como un poseído desvaneciéndose su vida ante sus ojos, pero nunca se agota. ¿Hay alguien que pueda negar la existencia de esta fuerza, aunque nadie la haya visto, oído, olido, probado o tocado? El tiempo, la edad, el poder, el sentido, la lujuria, la ira, la indulgencia, por mencionar solo algunos ejemplos, son cosas en las que creemos, pero que nuestros sentidos físicos nunca han percibido directamente.

Por lo tanto, es pueril insistir en que, a menos que obtengamos conocimiento de algo de forma especial, no creeremos en su existencia. La cuestión es obtener conocimiento independientemente de su procedencia. Una vez que se alcanza el propósito, se resuelve todo lo demás. Si alguien afirma que no dará crédito a lo que vea dentro de cierta habitación hasta que no irrumpa en ella rompiendo el techo, en lugar de entrar simplemente por la puerta, sospecharía que desea volar el techo en lugar de ver la habitación. Al entrar en la habitación, da igual si ha entrado por el techo o por la puerta. A fin de cuentas, solo se puede entrar por el acceso específico para ello. Exigir una entrada de la propia elección es pura locura. Si accediéramos a tal demanda, otras personas comenzarían a hacer demandas similares. En otras palabras, la gente quiere que Dios se convierta en juguete de su imaginación y dedicarse a cambiar Sus atributos, al igual que un impostor (Dios no lo permita) para poder satisfacer el capricho de todos.

Es lamentable que la gente no haya reconocido verdaderamente a su Dios (22:75). Debéis intentar entender que cuanto menos sutil es una cosa, resulta más fácil observarla a través de los sentidos físicos, y a medida que aumenta su sutileza, más difícil es para los sentidos físicos experimentarla. Por ello, cuando intentamos estudiar las cosas sutiles, hemos de depender de sus propiedades y su conducta, en lugar de depender de una observación directa.

¿Cómo es, pues, posible que Dios, que no es solamente el Ser más sutil, sino también el Creador de todo lo sutil, pueda ser visto por nuestros ojos físicos?

La objeción de los críticos de negarse a creer en Dios hasta no verle con sus ojos es, por tanto, absurda. Implicaría que el crítico crea que Dios es un ser corporal, o al menos desee que Dios asuma una forma corporal para poder estar absolutamente seguro al verle con sus propios ojos. Pero el problema es que existen millones de personas ciegas en este mundo. ¿Acaso no tendrían también derecho a exigir que Dios asuma alguna otra forma material para poder robarlo, olerlo o sentirlo? ¿No supone esto ridiculizar a Dios? ¡Qué indigno es para un hombre que profesa tener mente y corazón! Si alguien dice que no creerá en Dios hasta no verle con sus propios ojos, lo único que puedo afirmar es que, si se pudiera ver a Dios con los propios ojos, no merecería la pena creer en Él. Esto es debido a que, en tal caso, se falsificarían muchos de Sus otros atributos. Por ejemplo, Él es incorpóreo, pero en este caso se volvería corpóreo. Es infinito, pero llegaría a ser finito y así sucesivamente. Además, si Dios adoptara una forma corpórea y finita por vosotros, ¿cómo se puede garantizar que no lo rechazaréis alegando no creer en un Dios corpóreo y finito?

¡Oh Dios! ¡Cuán Santísimo, Digno de adorar y Perfecto eres! Cada uno de Tus atributos está salvaguardado por otro atributo Tuyo. Cuando alguien atenta contra cualquier atributo Tuyo, Tus demás atributos, al igual que los centinelas vigilantes y obedientes, ponen a tal persona en evidencia. Hemos visto el modo en que el crítico ha intentado crear dudas sobre el atributo de Dios de estar Oculto, pero Sus atributos de Incorpóreo e Infinito aparecieron de inmediato y eliminaron la objeción.

La belleza de Dios estriba en que Él permanece oculto a nuestros ojos físicos y, sin embargo, lo vemos con claridad; es sutil, pero continúa siendo más evidente y perceptible que las cosas materiales. En verdad, es desafortunado es quien no comprende esta verdad sutil, pues se halla al borde del desastre.

Queridos hermanos: orad. No os priveís de la bendición de la fe a causa de conceptos erróneos tan infundados. ¿Vais a seguir los pasos de aquellos que creyeron en las fuerzas magnéticas y eléctricas a pesar de no verlas, aceptando la soberanía del espacio y el tiempo e inclinándose ante la lujuria y la ira, y sin embargo a la hora de ofrecer a su Señor y Maestro el tributo de su amor y servidumbre, se negaron? ¡No haréis sin duda tal cosa!

Sobre el autor:

Éste es un fragmento del libro, “Our God” (Nuestro Dios) escrito por  Su Santidad Mirza Bashir Ahmadra, reconocido erudito religioso y un prolífico escritor, hijo del Mesías Prometidoas, fundador de la Comunidad Musulmana Ahmadía.

Puedes encontrar el libro al completo, en lengua inglesa en el siguiente link: https://www.alislam.org/library/books/Our-God.pdf