Muhammad (sa): el excelente ejemplo: Uswatun Hasanatun
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso
No hay digno de ser adorado excepto Al'lah, Muhammad es el Mensajero de Al'lah
Musulmanes que creen en el Mesías,
Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (as)
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Muhammad (sa): el excelente ejemplo: Uswatun Hasanatun

Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía

Sermon Del Viernes

Después de recitar el Tashahud, el Taawuz y la Sura al-Fatihah, Su Santidad el Jalifa V del Mesías (aba) recitó el versículo 22 de la Sura al-Ahzab.

[Árabe]

Dios Altísimo afirma: “Realmente tenéis en el Profeta de Al’lah un modelo excelente para todo aquel que tema a Al’lah y al Último Día, y recuerde mucho a Al’lah”.

En una ocasión alguien le pidió a Hazrat Aisha (ra) que compartiera algo en relación con la excelente moral y el noble carácter del Santo Profeta (sa). Hazrat Aisha (ra) respondió: “¿No has leído el Sagrado Corán?”. Dios Altísimo mismo ha dado testimonio de su excelente carácter, diciendo:

[Árabe]

“Pues posees ciertamente excelentes atributos morales”.

Son modelos para los demás, sólo aquellos que se encuentran en el nivel más alto de alguna determinada cualidad. En lo que respecta al Santo Profeta (sa), ya sea en relación a los derechos debidos a Dios Altísimo, o en los derechos debidos a Su creación, el Santo Profeta (sa) se mantuvo en un estatus tan elevado sobre ambas virtudes que Dios Altísimo mismo fue testigo de ello. Por eso, Dios Altísimo ha declarado que el Santo Profeta (sa) es un modelo para vosotros: no os limitéis a escuchar sus palabras, sino actuad también conforme a ellas; el mero hecho de profesar la creencia no es suficiente. Cuando actuéis conforme a [las enseñanzas], entonces podréis obtener ese rango para el cual Dios Altísimo envió a su Mensajero (sa).

Por tanto, esta es la responsabilidad de todo musulmán, de todo creyente. Hay personas en el mundo que realizan algunas buenas acciones o hacen algo que se difunde ampliamente, y por ende, son reconocidos recibiendo elogios y recompensas. Algunos obtienen el Premio Nobel, mientras que otros adquieren otros reconocimientos. Sin embargo, esta recompensa la otorga un comité o el gobierno, designado para esta tarea. Pero nunca ha sucedido que una nación entera esté de acuerdo respecto a un hecho de manera tan unánime. La verdadera recompensa le fue otorgada al Santo Profeta (sa) incluso antes de su profetazgo, en su juventud, cuando la gente lo denominaba Sadiq (el Veraz) y Amin (el Confiable). Aunque no necesitaba ningún elogio, a los ojos del pueblo había alcanzado una posición sin igual y la nación entera le otorgó esos títulos.

Así pues, este es el elevado rango del Santo Profeta (sa) y él (sa) mismo dijo que “debéis seguir mi Sunna y ponerla en práctica, porque Dios Altísimo me ha enviado para vuestra reforma”. El Santo Profeta (sa) dijo “que he sido enviado para perfeccionar las altas cualidades morales”. De esta forma, sólo puede perfeccionar su moral aquel que posea intrínsecamente todas estas cualidades.

Como he mencionado, Dios Altísimo mismo ha dicho que el Santo Profeta (sa) es un modelo excelente para nosotros. Por eso, en cuánto a su vida respecto a nosotros, debemos otorgarle ese rango por el cual podamos actuar conforme a cada palabra suya. Además, cada una de sus palabras está de acuerdo con las enseñanzas del Sagrado Corán, que proviene de Dios Altísimo. Como tal, el Santo Profeta (sa) es un modelo perfecto de cada cualidad moral que una persona posee, o debería poseer, y de los atributos de Dios Altísimo.

En “La Introducción al Estudio del Sagrado Corán”, Su Santidad el Jalifa II del Mesías (ra) también presentó diversos ejemplos, y estos aspectos de la moral y el carácter del Santo Profeta (sa) también se recogen en los libros sobre su vida. Mencionaré brevemente algunos de ellos hoy y, siempre que surja la oportunidad en el futuro, seguiré arrojando luz sobre ellos.

El primer aspecto son los derechos que se le deben a Dios Altísimo, es decir, los derechos que se le deben respecto a Su adoración. ¿Qué percibimos al respecto en el ejemplo del Santo Profeta (sa)? Encontramos que su vida entera estuvo inmersa en el amor de Dios, a pesar de que sus hombros soportaban enormes responsabilidades: difundir la nueva ley religiosa y formar moralmente a su pueblo. Como dijo el Mesías Prometido (as), él (sa) convirtió a los salvajes en humanos, luego en humanos civilizados y finalmente los transformó en personas piadosas. Aunque era una tarea extremadamente árdua, nunca olvidó el derecho debido a Dios Altísimo, que era adorarlo. Este es un punto de vital importancia.

Durante este tiempo también tuvo que soportar innumerables dificultades. Tuvo que participar en guerras, los enemigos le atacaron. Pero nunca vaciló en cumplir los derechos debidos al culto a Dios. Así pues, este es el modelo que tenemos ante nosotros: que mantengamos siempre a Dios Altísimo al frente de nuestros asuntos, porque si priorizamos a Dios Altísimo en cada situación, entonces todas nuestras dificultades se resolverán por sí solas.

La gente a menudo alude a que tiene este o aquel problema; dicen que han orado de diferentes formas, piden por el alivio de sus distintas dificultades; sin embargo la verdad es que no cumplimos con los derechos debidos a Dios Altísimo. Esta es la razón por la que la gente permanece carente. Dios Altísimo dice que igualmente debéis cumplir los derechos que a Él le corresponden.

¿Cuál era el nivel de adoración del Santo Profeta (sa)? Cuando caía la noche, el Mensajero de Al’lah (sa) se levantaba para la oración (es decir, cuando había pasado la mitad de la noche se incorporaba para orar), siendo Dios Altísimo mismo Quién ha dado testimonio de ello. Hazrat Aisha (ra) narra que en una ocasión, cuando el Santo Profeta (sa) estaba de pie para orar por la noche, le pregunté: “¡Oh Mensajero (sa) de Al’lah! Usted es ya el amado de Dios Altísimo. ¿Por qué, entonces, se somete a estas grandes dificultades, pasando la mayor parte de la noche adorando y llorando continuamente ante Dios Altísimo?”. Él (sa) respondió: ‘¡Oh Aisha!:

[Árabe]

“Si bien es cierto que soy amado de Dios y que por Su gracia me ha otorgado esta posición de cercanía, ¿no es mi responsabilidad por lo tanto expresarle mi gratitud? Después de todo, la gratitud se expresa en respuesta a la benevolencia”. Por lo tanto, observen como, debido a que fue designado como el último profeta portador de ley y habiendo recibido el último libro de la ley religiosa por Dios Altísimo a través de la gracia Divina, respondió inquiriendo: “¿No debo ser agradecido?”. Ahora bien, existen muchas bendiciones que Dios Altísimo ha otorgado a cada ser humano. Es nuestra obligación expresar nuestra gratitud y esforzarnos por elevar nuestros estándares de adoración. A veces la gente pregunta, y también los jóvenes: “¿cómo podemos adorar a Dios Altísimo? ¿Qué necesidad tiene Dios Altísimo de nuestra adoración?”. Influenciados por el ambiente imperante de la modernidad, los jóvenes cuestionan estos aspectos. La respuesta es: Dios Altísimo no necesita de nuestra adoración. ¿Acaso las bendiciones espirituales y mundanas que Él os ha otorgado no exigen que cumpláis entonces con el derecho de expresarLe gratitud a cambio de Sus favores hacia vosotros y que os convirtáis en Sus siervos agradecidos?

De manera similar, también está registrado en sus biografías que cuando escuchaba la palabra de Al’lah, sus ojos se llenaban de lágrimas involuntariamente, especialmente al escuchar aquellos versículos que enfatizaban las responsabilidades que se le habían encomendado. Así, está registrado que un día, el Santo Profeta Muhammad (sa) le pidió a Hazrat Abdul’lah bin Masud (ra) que le recitara alguna parte del Sagrado Corán. Hazrat Abdul’lah respondió: “El Sagrado Corán ha sido revelado a Usted, ¡oh Mensajero (sa) de Al’lah! ¿Qué le recito?”. El Santo Profeta (sa) afirmó: “Me gusta que otros me reciten el Sagrado Corán, para poder escucharlo”. Hazrat Abdul’lah bin Masud (ra) dice que comencé a recitarle la Sura an-Nisa. Mientras recitaba, llegué a este versículo:

[Árabe]

“Y ¿qué suerte correrán cuando traigamos a un testigo de cada pueblo y te presentemos a ti como testigo contra ellos?”. Entonces el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Basta, basta!”. El Compañero dice: “Le miré y de sus dos ojos caían grandes lágrimas”. Se había apoderado de él (sa) tal temor de Dios y seguramente que en ese momento también estaba preocupado por su pueblo, no fuera que cometiera actos que fueran reos del disgusto de Dios Altísimo, para que luego se le exigiera dar testimonio contra ellos. De ello, se plantea un aspecto en todos los asuntos sobre los cuales el Santo Profeta (sa) debe testificar en relación a nosotros, en los que debemos tener aprensión, no sea que el testimonio del Santo Profeta (sa) apunte en nuestra contra; no sea que verdades se hagan evidentes y expongan nuestros pecados, de modo que merezcamos el castigo de Dios Altísimo. Es algo que debe aterrorizarnos. También se debe dar cumplimiento con los debidos derechos de la adoración, y poseer tal amor por Dios Altísimo como el que el Santo Profeta (sa) nos instruyó tener, y que Dios Altísimo nos ha ordenado en el Sagrado Corán.

Tomemos el ejemplo del ofrecimiento de la Salat: el Santo Profeta (sa) estaba tan comprometido con ella, que incluso durante una enfermedad grave, en sus últimos días (cuando se concede permiso para acostarse mientras se ofrece la Salat), está registrado en la historia que iba a la mezquita usando a otros como apoyo. Un día, cuando no pudo ir, ordenó a Hazrat Abu Bakr (ra) que dirigiera la Salat. En ese intervalo, cuando sintió cierta mejoría, apoyado en dos hombres, se dirigió inmediatamente hacia la mezquita. Hazrat Aishah (ra) afirma que incluso en esa condición, su situación era que ambos pies se arrastraban por el suelo, pero mantenía presente la importancia de la oración congregacional. Soportaba esa dificultad porque quería mostrar su importancia a la mancomunidad. Arrastrando los pies llegó hasta allí. Entró en la mezquita sin mostrar preocupación por su enfermedad. Éste era el estado de su amor por Dios Altísimo, y con esta referencia, al mismo tiempo entrenaba moralmente a las personas. Por un lado, estaba su atención en la observancia de las oraciones, y por otro, cómo inculcar la grandeza y majestuosidad de Dios Altísimo en los corazones de las personas.

Era una costumbre entre los árabes aplaudir para llamar la atención, y esta costumbre era común en esa época. Pero el Santo Profeta (sa) abolió esta costumbre y dijo que en su lugar debían mencionar el nombre de Al’lah. Al respecto está escrito que una vez el Santo Profeta (sa) estaba ocupado en algún asunto, cuando llegó el momento de la Salat. Dijo: “Decidle a Abu Bakr (ra) que dirija la Salat”. Mientras tanto, terminó su tarea y procedió inmediatamente hacia la mezquita. Cuando llegó a la mezquita, Hazrat Abu Bakr (ra) estaba dirigiendo la Salat. Cuando la gente se enteró de que había llegado a la mezquita, los que estaban ofreciendo la Salat comenzaron a aplaudir con ansiedad. La intención era mostrar que sus corazones se alegraron en grado sumo debido a la llegada del Santo Profeta (sa), y por otro lado, querían llamar la atención de Hazrat Abu Bakr (ra), indicándole que podía dejar de dirigir la Salat, porque el Santo Profeta (sa) había llegado. Hazrat Abu Bakr (ra) dio un paso atrás y dejó el lugar del Imam al Santo Profeta (sa). Después de la oración, el Santo Profeta (sa) dijo: “¡Abu Bakr! Si te ordené que dirigieras la oración, ¿por qué te diste un paso atrás?”. Hazrat Abu Bakr (ra) declaró con gran sinceridad: “En presencia del Mensajero de Dios (sa), ¿qué estatus tiene el hijo de Abu Quhafah para que sea él quien dirija la oración?”. Entonces, el Santo Profeta (sa) se volvió hacia los Compañeros y dijo: “¿Cuál era vuestro propósito al aplaudir? Durante el recuerdo de Dios, aplaudir no es apropiado. Cuando surge un asunto durante la oración al que es necesario prestar atención, en lugar de aplaudir, se debe proclamar en voz alta el nombre de Dios. Uno debe decir “Subhana’lah” [Santo es Dios]. Cuando hagáis esto, la atención de los demás se centrará automáticamente en ese asunto”.

Del mismo modo, al Santo Profeta (sa) no le gustaba crear dificultades y problemas indebidos e innecesarios. A pesar de llamar tanto la atención sobre la adoración, dijo que no deberían crearse dificultades ni problemas indebidos al ponerla en práctica. Una vez, el Santo Profeta (sa) entró en su casa y vio que había una cuerda colgando entre dos pilares. Preguntó: “¿Por qué está atada esta cuerda?”. La gente le informó: “Esta es la cuerda de Hazrat Zainab (ra). Cuando se cansa mientras reza, se apoya sujetándose a esta cuerda”. El Santo Profeta (sa) dijo: “Esto no se debe hacer. Desatad esta cuerda. Cada persona debe adorar sólo mientras su corazón siga inclinado hacia ello. Cuando se canse, debe sentarse. Este tipo de adoración en dificultades no puede aportar ningún beneficio”.

Por un lado, esto demuestra que, bajo la influencia de su formación moral, las Compañeras, así como los miembros de su hogar y su familia, poseían un gran deseo de adoración e incluso se autosometían a dificultades. Por otro lado, también afirmó que no hay necesidad de imponerse dificultades; más bien, el culto debe realizarse con facilidad. Sin embargo, también debo aclarar que esto no significa lo que algunas personas han comenzado a decir hoy en día, que como no hay necesidad de imponerse dificultades, se debe ofrecer la oración apresuradamente, simplemente para cumplir con una obligación, realizándola como si fuera una carga, y terminar con ella. De hecho, esto supone una completa inversión del verdadero significado de esta orientación, y es así como la gente ha empezado a interpretarla como una forma de crear comodidad personal.

Hoy en día, algunas de las personas que acuden al culto ofrecen la oración y terminan en pocos minutos; o si rezan en casa, lo hacen rápidamente. En bastantes ocasiones, la gente me cuestiona cómo se debe ofrecer la oración. La oración debe ofrecerse con cuidado y de manera adecuada. A este respecto, hay un Hadiz del Santo Profeta (sa) en el que instruyó a un Compañero para que repitiera la oración tres o cuatro veces. Ese Compañero había llegado tarde a la reunión del Santo Profeta (sa). El Santo Profeta (sa) estaba sentado en la reunión después de ofrecer las oraciones. La oración congregacional finalizó y se estaba celebrando una reunión. Cada vez que el Compañero ofrecía la oración y regresaba a él, el Santo Profeta (sa) decía: “Vuelve y ofrece la oración de nuevo”. Él regresaba después de ofrecer la oración, y el Santo Profeta (sa) le decía nuevamente: “Vuelve y ofrece la oración otra vez”. De esta manera, le indicó que ofreciera la oración tres o cuatro veces. Cuando el Compañero le dijo que no sabía una forma mejor de ofrecer la oración y le pidió que le explicara cómo debía ofrecerla, el Santo Profeta (sa) dijo: “Ofrece la oración con calma y serenidad; recuerda a Dios, recita el Durud, recuerda Su Unicidad y alábaLe. Las reverencias y postraciones también deben realizarse correctamente”. Por lo tanto, tened esto también en cuenta. Ofrecer la oración con facilidad no significa ofrecerla apresuradamente solo porque hay una narración que dice que uno debe ofrecer la oración sin dificultades. No significa que si uno se siente somnoliento, deba rezar rápidamente en solo unos minutos. De hecho, ofrecer la oración en estado de embriaguez está, en cualquier caso, prohíbido. Esto no está permitido. Más bien, cuando uno ofrece la oración, debe cumplir con su debido derecho. Esto también él (sa) lo explicitó de manera enfática.

El Santo Profeta (sa) detestaba el shirk [asociar socios con Dios] hasta tal punto que incluso en el momento de su fallecimiento, cuando sufría dolor en sus últimos momentos, a veces se recostaba sobre su lado derecho y otras sobre su lado izquierdo, y repetía una y otra vez: “¡Que Dios maldiga a aquellos judíos y cristianos que convirtieron las tumbas de sus profetas en lugares de culto!” (es decir, se  postran ante las tumbas de sus profetas y les suplican). Con esto quería decir que “si mi Comunidad, tras mi fallecimiento cometiera tal acto, no debía pensar que con ello serían merecedores de mis oraciones; más bien, yo me desvincularía completamente de ellos”.

Como ya se ha mencionado, Dios Altísimo tomará testimonio [de los profetas]. Se puede observar que en Medina las autoridades han puesto restricciones estrictas en la tumba bendita del Santo Profeta (sa); por esta razón, no se permite a nadie postrarse allí, ni siquiera acercarse demasiado a ella. Sin embargo, en muchos países musulmanes, se realizan postraciones en los santuarios de santos y líderes de grupos religiosos y se hacen votos y súplicas a esos santos. Esta práctica es shirk, precisamente lo que el Santo Profeta (sa) prohibió, y lo hizo incluso con respecto a su propia persona. Entonces, ¿qué derecho tiene cualquier otro santo, líder religioso o anciano a que se postren ante su tumba? Es por la gracia de Dios Altísimo que, al aceptar al Mesías Prometido (as), nos hemos protegido de estas prácticas; sin embargo, aún debemos esforzarnos por alcanzar los estándares adecuados de adoración. Entre otros, es decir, el resto de los musulmanes, esta práctica está muy extendida. ¡Que Dios, el Altísimo, tenga misericordia de ellos también y les conceda razón y entendimiento, para que desistan de este shirk!

La humildad del Santo Profeta (sa) ante Dios Altísimo era tal que cuando la gente le decía: ¡”Oh, Mensajero (sa) de Dios! Gracias a la fuerza de sus obras sin duda alcanzará la gracia de Dios, pues Dios Altísimo le ha concedido una garantía de ello, ha alabado su moral y ha establecido su ejemplo como norma de conducta para los musulmanes. Esto significa que sus acciones son tales que Dios Altísimo le perdonará o ya le ha perdonado”. Él (sa) respondió: “No, no; yo también seré perdonado solo por la gracia de Dios”. En consecuencia, Hazrat Abu Hurairah (ra) relata que un día oyó al Mensajero (sa) de Dios decir: “Nadie entrará en el Paraíso solo por sus buenas obras”. Le pregunté: “¡Oh, Mensajero de Dios (sa)! ¿Usted tampoco entrará en el Paraíso por sus obras?”. Él (sa) respondió: “Yo tampoco puedo entrar en el Paraíso por mis propias obras; más bien, el único medio es que me cubra el manto de la gracia y la misericordia de Dios”. Esta es una narración de Sahih Al-Bujari.

A continuación, nos aconsejó diciendo: “Aseguraos de que vuestras acciones estén en consonancia con la rectitud y buscad los caminos que os acerquen a Dios Altísimo”. Además, añadió: “Ninguno de vosotros debe desear jamás la muerte”. Si una persona es justa, al permanecer viva aumentará aún más su justicia; y si es pecadora, al permanecer viva se le concederá la oportunidad y podrá inclinarse hacia el arrepentimiento de sus pecados. Esta es una guía muy importante que debemos tener presente: nunca se debe desear la muerte. Explicó el motivo de esto diciendo que si uno lo hace debido a las dificultades -pues es debido a alguna dificultad o dolor que una persona desea la muerte-  y si uno alberga algunas buenas obras, entonces Dios Altísimo le concederá más capacidad para incrementar las buenas obras, le preparará un mejor destino en el Más Allá y le perdonará sus pecados. Si ha cometido pecados, se le concederá la oportunidad de buscar el arrepentimiento y el perdón si se pone la atención al respecto; así se salvará de cometer pecados y alcanzará la cercanía de Dios Altísimo. Cuando se acerque el momento de su fallecimiento, es posible que Dios Altísimo le conceda incluso el perdón.

El nivel de adoración que él (sa) mismo mantenía ya se ha constatado; sin embargo, también llamaba constantemente la atención de los demás hacia este rango. Se cuenta en una tradición que, en una ocasión, durante la noche, fue a la casa de su yerno, Hazrat Ali (ra), y de su hija, Hazrat Fatimah (ra), y les preguntó si observaban la oración Tahayud. Hazrat Ali (ra) respondió: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! Intentamos ofrecerlo, pero cuando, según la voluntad de Dios Altísimo, nuestros ojos permanecen cerrados en ocasiones, entonces no ofrecemos el Tahayud”. Ante esta respuesta, dijo: “¡Ofreced la oración de Tahayud!”. Luego se levantó y se dirigió hacia su casa. Mientras volvía, repetía una y otra vez las siguientes palabras:

[Árabe]

“Pero el hombre es el más contencioso de todo cuanto existe”. (18:55). En otras palabras, una persona duda en reconocer sus propios defectos y, en cambio, oculta sus faltas esgrimiendo diversos argumentos.

Así, el Santo Profeta (sa) les aconsejó directamente y les explicó el asunto, e incluso mientras volvía a casa, continuó repitiendo este matiz para que otros también pudieran transmitir su significado a Hazrat Ali (ra). Con ello, instruyó la lección de lo que Hazrat Ali (ra) debería haber dicho: “a veces nos equivocamos y no nos despertamos”, en lugar de atribuirlo a Dios Altísimo y decir: “si Dios Altísimo hubiera querido, nos habríamos despertado; pero por el contrario, nos hemos quedado dormidos”. Su propósito era explicar por qué no se deben atribuir las propias deficiencias a Dios Altísimo.

Como ya se ha dicho, el Santo Profeta (sa) no aprobaba ningún tipo de fingimiento o artificialidad indebida en el culto. En una ocasión, cuando vio cuerdas colgando en la casa, ordenó que las quitaran. Su principio era que las facultades que Dios Altísimo ha concedido al hombre deben utilizarse correctamente, y solo esto constituye la verdadera adoración. Cerrar los ojos a pesar de tenerlos, o dejar de utilizarlos deliberadamente, no es adoración; más bien, es un acto de irreverencia. El mal uso de estas facultades es, sin duda, pecaminoso.

En la época actual, se puede observar que hay numerosas atracciones y deseos en el mundo que captan a las personas. Si uno se inclina hacia ellas, ve programas inapropiados en la televisión, observa material indebido en internet u observa cualquier cosa indecente, esto constituye un pecado. Enseñó que protegerse de ese pecado es lo esencial, y que esa moderación es de hecho la que se convierte en fuente de recompensa.

Del mismo modo, taparse los oídos no es una virtud. Si Dios Altísimo nos ha concedido una facultad; ¿por qué entonces suprimirla? Más bien, esto también constituye una irreverencia, pues Dios ha concedido una bendición que uno está desperdiciando. Es verdad que escuchar las calumnias y las habladurías de los demás es pecaminoso. Hay muchos que se dedican criticar y escuchar chismes, oyen cosas falsas y dañinas sobre los demás disfrutando con ello, riéndose mientras escuchan las debilidades y defectos de las personas. Tal conducta es incorrecta y pecaminosa, y al respecto, él (sa) instruyó que tales acciones deben evitarse.

El Santo Profeta (sa) afirmó que la excelencia moral significa el uso adecuado de las facultades naturales de cada uno. Suprimir estas facultades sería una muestra de ignorancia; emplearlas en actividades ilegales es una muestra de inmoralidad; y su uso correcto y adecuado es una muestra de virtud. Este es un resumen conciso de sus enseñanzas y, de hecho, esta es la esencia misma de la vida del Santo Profeta (sa). Es por esta razón que Dios Altísimo nos ha ordenado adoptar la vida del Santo Profeta (sa) como modelo.

En cuanto a su conducta, Hazrat Aisha (ra) afirma en un pasaje que nunca hubo una ocasión en la vida del Mensajero (sa) de Al’lah en la que se le presentaran dos opciones y no eligiera la más fácil de las dos, si no había rastro de pecado en elegir el camino más fácil. Por lo tanto, cuando había dos caminos disponibles, uno fácil y otro difícil, él (sa) siempre se esforzaba por adoptar el camino más fácil, ya que Dios Altísimo no desea someter a las personas a dificultades innecesarias. Sin embargo, cada vez que tenía la más mínima sospecha de que el camino más fácil podía llevarlo al pecado, lo evitaba por completo y optaba por el camino más largo o más difícil. De hecho, se podría decir que incluso la más mínima duda le llevaba a distanciarse de ella en una medida incomparable con cualquier otro ser humano.

Se puede observar en el mundo que, en ocasiones, las personas se colocan deliberadamente en situaciones difíciles para engañar a los demás y mostrar supuestas cualidades extraordinarias, afirmando que han realizado grandes luchas espirituales. Los llamados líderes espirituales también cuentan historias similares. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) buscó el camino más fácil, ya que quienes se dedican a tal ostentación solo se someten a dificultades para proclamar su propia grandeza o para solicitar elogios. No actúan por amor a Dios Altísimo, pues Dios no obtiene ningún beneficio de su sufrimiento, ni ellos obtienen ninguna recompensa por ello. Tales actos se realizan para engañar a las personas, y cuando una persona actúa con la intención de engañar, Dios Altísimo, debido a esta mala intención, le cataloga como pecador en lugar darle una recompensa.

Algunas personas recurren a exageradas demostraciones para ocultar sus propios defectos, intentando de una forma u otra ocultar sus debilidades, mientras proclaman a los cuatro vientos sus supuestas virtudes y las dificultades que han tenido que soportar para conseguirlas. En cuanto a tal conducta, Dios Altísimo declara que estas acciones no acercarán a nadie a Él, sino que más bien se convertirán en motivo de Su descontento, porque la intención no es pura. Estas acciones se llevan a cabo para ganarse el favor de la gente, con la esperanza de que la exhibición pública pueda inclinar a otros a su favor. Así, estas enseñanzas sutiles pero profundas fueron impartidas por el Santo Profeta (sa) tanto a través de su ejemplo práctico como a través de sus advertencias verbales.

En lo que respecta a sus relaciones con sus semejantes, observemos el ejemplo del Santo Profeta (sa) en su propio hogar y el trato que dispensaba a sus esposas. El Santo Profeta (sa) trataba a sus esposas con gran compasión y justicia. Si la gente de la época actual entendiera esto, se resolverían muchas disputas y conflictos domésticos. A veces, sus esposas le hablaban con severidad o expresaban su descontento, pero él (sa) sonreía con calma y lo pasaba por alto. En una ocasión, le dijo a Hazrat Aisha (ra): “¡Oh, Aisha! Siempre sé cuándo estás disgustada conmigo”. Ella le preguntó cómo lo percibía. Él (sa) respondió: “Cuando estás contenta conmigo y surge la ocasión de hacer un juramento, dices: “¡Por el Señor de Muhammad, así es!”; pero cuando estás descontenta conmigo y necesitas hacer un juramento, dices: “¡Por el Señor de Abraham, así es!”. Al oír esto, Hazrat Aisha (ra) se rió y afirmó que él (sa) había entendido correctamente.

Más adelante constan los relatos relacionados con Hazrat Jadiyah (ra), que fue su primera y mayor esposa, y que hizo inmensos sacrificios por él (sa). Tras su fallecimiento, el Santo Profeta (sa) se casó con mujeres más jóvenes, pero nunca olvidó su vínculo con Hazrat Jadiyah (ra). Cada vez que sus amigas la visitaban, él (sa) se levantaba para recibirlas, y cada vez que le presentaban algo preparado por ella, se le llenaban los ojos de lágrimas.

Durante el incidente de la batalla de Badr, uno de sus yernos, que aún no había aceptado el islam, fue tomado prisionero y no poseía riquezas con las que pagar su rescate. Cuando su esposa, la hija del Mensajero (sa) de Dios, vio que no había otra forma de conseguir la liberación de su marido, envió a Medina el último recuerdo de su madre, un collar, como rescate. Cuando este collar fue presentado ante el Santo Profeta (sa), él (sa) lo reconoció y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se dirigió a los Compañeros diciendo: “No os lo ordeno, pues no tengo derecho a dar tal orden, pero sé que este collar es el último recuerdo que Zaynab tiene de su madre. Si estáis dispuestos a hacerlo por vuestra propia voluntad, os recomiendo que no se quite a la hija el último recuerdo de su madre”. Los Compañeros respondieron: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! ¿Qué mayor fuente de alegría podría haber para nosotros que esta?”. Por lo tanto, devolvieron el collar a Hazrat Zaynab (ra).

Las bondades que le mostró Hazrat Jadiyah (ra) tuvieron un efecto tan profundo en el Santo Profeta (sa) que solía mencionarla con frecuencia en presencia de sus esposas. En una ocasión, según se cuenta, a veces podía haber cierto resentimiento o celos entre las esposas si se elogiaba más a una de ellas, incluso si ya había fallecido.  Así, en una ocasión, el Santo Profeta (sa) elogió a Hazrat Jadiyah (ra) delante de Hazrat Aisha (ra), a lo que ella respondió: “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios! ¿Por qué sigues mencionando a esa anciana? Deja el asunto en paz por ahora. Dios Altísimo te ha concedido esposas más jóvenes y hermosas en su lugar”. Al oír esto, el Santo Profeta (sa) se sintió profundamente conmovido y dijo: “¡Aisha! Tú no sabes cuánto me ayudó Jadiyah”.

¿Cuál era el nivel de la excelente moral del Santo Profeta (sa)? Si echamos la vista atrás en la historia, observamos que, incluso antes del nacimiento del Santo Profeta (sa), su padre falleció, y lo mismo ocurrió con su madre cuando el Santo Profeta (sa) era aún un niño. Pasó los primeros ocho años de su vida bajo el cuidado de su abuelo. A partir de entonces, el Santo Profeta (sa) fue criado bajo la tutela de su tío Abu Talib. Debido a su parentesco consanguíneo y a que su padre le había dado instrucciones especiales en el momento de su fallecimiento con respecto al Santo Profeta (sa), Abu Talib sentía un amor especial por el Santo Profeta (sa) y lo cuidaba con mucho esmero. Sin embargo, la esposa de Abu Talib no poseía la misma bondad ni el mismo sentido del cumplimiento de los deberes familiares. Si alguna vez llegaba algo a la casa, la esposa de Abu Talib solía dárselo primero a sus propios hijos y se olvidaba del Santo Profeta (sa), que por entonces no era más que un niño. Cuando Abu Talib regresaba a casa, en lugar de ver a su joven sobrino llorando o quejándose, observaba a sus propios hijos comiendo algo, mientras que su joven sobrino permanecía sentado a un lado, como un pilar de dignidad. En otras palabras, desde su infancia, el Santo Profeta (sa) soportó todo con gran paciencia. Abu Talib se sentía abrumado por el amor de un tío y por el cumplimiento de sus responsabilidades familiares, por lo que corría hacia su sobrino, le abrazaba y le decía: “Cuidad también de este hijo mío, cuidad también de este hijo mío”. Esto ocurría con frecuencia.

Citando esta narración, Hazrat Musleh Maud (ra) escribió en una ocasión:”Quienes fueron testigos de esto han declarado que el Santo Profeta (sa) nunca se quejó ni expresó ningún descontento o obstinación por ello, ni tampoco mostró ningún resentimiento hacia sus primos”. Más adelante, cuando sus circunstancias cambiaron por completo, asumió el cuidado y la educación de dos de los hijos de su tío, Hazrat Ali (ra) y Hazrat Yafar (ra), y cumplió con esta responsabilidad de la manera más excelente.

Se puede observar que hoy en día, incluso en la edad adulta, las personas siguen recordando la infancia y buscan venganza. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) trataba a su familia de manera excelente. Hoy en día, observamos que tras hacerse mayores y alcanzar la madurez, si algunas personas han tenido que irse a vivir con sus familiares hasta los 14 o 15 años al no tener padre o por alguna otra razón, si esos familiares les maltratan de alguna manera, nunca lo olvidan y buscan vengarse en cuánto se les presenta la oportunidad. Sin embargo, el Santo Profeta (sa) nunca tomó represalias; al contrario, cuando llegó el momento, el Santo Profeta (sa) acogió a los miembros de su familia en su regazo, se ocupó de su formación moral y les otorgó un rango.

En lo que respecta al excelente carácter moral del Santo Profeta (sa), observemos otro ejemplo más de su paciencia: una vez, una mujer cuyo hijo había fallecido estaba llorando sobre su tumba. El Santo Profeta (sa) pasó por allí y dijo: “¡Oh, mujer! Ten paciencia. Todos estamos sujetos a la voluntad de Dios”. La mujer no conocía al Santo Profeta (sa) y respondió: “Si alguno de tus hijos muriera como ha muerto el mío, entonces sabrías lo que realmente significa la paciencia”. Mientras el Santo Profeta (sa) dijo, al tiempo que se alejaba: “No uno, sino siete de mis hijos han fallecido”. En estas ocasiones, esto era todo lo que el Santo Profeta (sa) decía sobre las dificultades que había soportado anteriormente, pero nunca expresaba nada más que esto. Nunca permitió que su dolor le impidiera servir a la humanidad.

El nivel de tolerancia del Santo Profeta (sa) era tal que, incluso cuando Dios Altísimo le concedió el reinado, el Santo Profeta (sa) se detenía a escuchar a cualquiera. Incluso si alguien actuaba de manera severa, el Santo Profeta (sa) permanecía en silencio y nunca respondía a una persona severa con dureza. La historia registra que, en lugar de llamar al Santo Profeta (sa) por su nombre, los musulmanes se dirigían a él por su rango espiritual; en otras palabras, se dirigían a él (sa) diciendo “¡Oh, Mensajero (sa) de Dios!”. De acuerdo con las tradiciones y las costumbres de la época, los no musulmanes le mostraban respeto llamándole “Abu al-Qasim” en lugar de Muhammad, ya que Abu al-Qasim era su apelativo filial, que significa “Padre de Qasim”. Esto se debía a que uno de los hijos del Santo Profeta (sa) se llamaba Qasim, que había fallecido.

Una vez, un judío visitó Medina y comenzó a discutir con el Santo Profeta (sa). Durante su argumento, repetía constantemente: “¡Oh, Muhammad! El asunto es tal que … ¡Oh, Muhammad! El asunto es tal que …”. El Santo Profeta (sa) le respondía sin reservas; sin embargo, los Compañeros se inquietaban al observar el atrevimiento del judío. Finalmente, uno de los Compañeros no pudo soportar ver esto por más tiempo y le dijo al judío: “No te atrevas a llamarlo por su nombre cuando le hables. Si no puedes decir “Mensajero de Dios”, al menos dirígete a él como “Abu al-Qasim”. El judío dijo: “Usaré el nombre que le dieron sus padres”. El Santo Profeta (sa) sonrió y le dijo al Compañero: “¡Mira! Lo que dice es cierto. Mis padres me pusieron el nombre de Muhammad. Deja que me llame como quiera, no expreses ningún tipo de enfado”.

La paciencia del Santo Profeta (sa) era tal que, a veces, cuando salía para realizar alguna tarea, algunas personas le paraban en el camino y comenzaban a expresarle sus necesidades. El Santo Profeta (sa) permanecía allí de pie hasta que terminaban lo que querían decir, y luego  continuaba su camino. Algunas personas tienen la costumbre, al estrechar la mano, de sostener un rato la mano de la otra persona. Cuando esto sucedía, el Santo Profeta (sa) también mantenía la mano. Aunque esto no es lo más recomendable, el Santo Profeta (sa) nunca apartaba su mano de la del otro.

Todo tipo de personas necesitadas le planteaban sus carencias. A veces, el Santo Profeta (sa) les concedía algo para satisfacer sus privaciones. Sin embargo, impulsados por su codicia, pedían más y el Santo Profeta (sa) cumplía sus deseos. A veces, las personas seguían pidiendo,  y el Santo Profeta (sa) les concedía algo más. En estas circunstancias, cuando el Santo Profeta (sa) veía a alguien particularmente sincero, le concedía lo que pedía, tras lo cual solo le decía: “Sería mejor si depositaras tu confianza en Al’lah”.

Una vez, un Compañero insistió en pedirle dinero al Santo Profeta (sa) para cubrir sus necesidades. El Santo Profeta (sa) accedió a su petición; sin embargo, al final también dijo: “Lo mejor es depositar toda la confianza en Dios”. El Compañero era sincero y respetuoso. Por respeto, no devolvió lo que había recibido; sin embargo, respecto al futuro, dijo: “¡Oh, Mensajero (sa) de Al’lah! Esta es la última vez que lo haré. De ahora en adelante, bajo ninguna circunstancia le pediré nada a nadie”.

Hay un incidente registrado sobre el mismo Compañero: una vez, una batalla estaba en curso y las condiciones en el campo de batalla eran extremadamente precarias. Se arrojaban lanzas, se blandían espadas y se disparaban flechas. Soldados luchaban contra soldados y la gente moría. En medio de esto, mientras el Compañero estaba rodeado de oponentes, su látigo se le cayó de la mano. Un soldado musulmán que iba a pie pensó que si el comandante se desmontaba, podría sufrir daño, así que se agachó para recoger el látigo y devolvérselo. Ese Compañero vio al soldado y dijo: “¡Hermano mío, por Dios, no toques el látigo!”. Dicho esto, saltó del caballo y recogió el látigo él mismo. Luego le dijo a su camarada: “Le prometí al Santo Profeta (sa) que nunca le pediría nada a nadie. Si te hubiera dejado recoger el látigo, y aunque no te lo pedí verbalmente, dadas las circunstancias actuales, parecería que te lo estoy pidiendo, y hacerlo me habría hecho contravenir mi juramento. Aunque este sea un campo de batalla, cumpliré con mi cometido”. Incluso en esas peligrosas circunstancias, recordó su juramento.

Estos y muchos otros relatos de la vida del Santo Profeta (sa) demuestran su justicia, su consideración por los sentimientos ajenos y su preocupación por los pobres, y son ejemplos para nosotros. Su protección de la riqueza de los pobres, su trato bondadoso con las mujeres -antes mencioné el trato que daba a sus esposas en casa-, pero en general también trataba a las mujeres con mucha amabilidad.  Existen innumerables ejemplos en la vida del Santo Profeta (sa) en cuanto al servicio a la humanidad, bondad hacia los vecinos y buen trato a los familiares. Su vida está llena de lecciones sobre cómo se esforzó por proteger la propiedad ajena, cómo ocultó las faltas de otros, cómo enseñó la cooperación y cómo él mismo actuó en consecuencia. Él (sa) ejemplificó en persona cómo perdonar a los demás y cómo ocultar los defectos de la gente. Impartió guía sobre la veracidad, evitando sospechar y pensar mal de los demás. Advirtió contra la desesperación, exigió la bondad incluso hacia los animales y habló de tolerancia religiosa. Todos estos son ejemplos que constituyen un modelo perfecto para nosotros.

Como ya he dicho, si Dios quiere, seguiré mencionando estos ejemplos en el futuro cuando surja la ocasión. Por ahora, concluyo esta parte aquí y leeré un extracto de los escritos del Mesías Prometido (as). Afirma:

“Aquel hombre que, a través de su propia persona, a través de sus atributos, a través de sus hechos, a través de sus acciones y a través del poderoso río de su vida espiritual y pura, manifestó la excelencia perfecta en el conocimiento y la práctica, en la veracidad y la firmeza, y que fue llamado el Hombre Perfecto, él (sa) es ese bendito Profeta, el Sello de los Profetas, el Líder de los Elegidos, el Sello de los Mensajeros, el Orgullo de los Mensajeros, nuestro Maestro Muhammad (sa). ¡Oh Al’lah, oh Dios Amado, envía bendiciones y paz a este amado Profeta como nunca antes has enviado a nadie desde el principio del mundo!”.

¡Que Dios Altísimo nos permita seguir el ejemplo del Santo Profeta (sa) y esforzarnos por convertirnos en verdaderos musulmanes! ¡Que también nos conceda la capacidad de difundir su mensaje por todo el mundo para que podamos unir a la humanidad bajo su bandera! ¡Que Dios Altísimo nos permita hacerlo!

[Árabe]

“¡Oh Al’lah! Envía bendiciones a Muhammad (sa) y a sus seguidores. Concédeles bendiciones y paz. Ciertamente, Tú eres el Loable, el Exaltado”.

Después de la oración, también dirigiré oraciones fúnebres. [Hazur pregunta si el funeral ha llegado]. Hay un funeral de cuerpo presente, el de Laiq Ahmad Tahir Sahib, quien sirvió como misionero en el Reino Unido. Falleció recientemente a la edad de 83 años.

[Árabe]

¡Ciertamente a Al’lah pertenecemos y hacia Él volveremos!

El fallecido era “musi” [integrante del sistema de Al-Wasiyat]. Le sobreviven una hija y tres hijos.

Laiq Tahir Sahib nació en Qadian, hijo de Hazrat Sheij Fazl Ahmad Batalvi (ra), Compañero del Mesías Prometido (as). Su padre había realizado el Baiat (juramento de iniciación) en 1907. Tras graduarse, Laiq Sahib consagró su vida en 1959 y se inscribió en la Yamia Ahmadía Rabwah. Se graduó de Yamia en 1966. Durante sus estudios en Yamia, también obtuvo las cualificaciones de F.A.,  Adib Fazil y Arabi Fazil, y tras graduarse, obtuvo una licenciatura en Artes de la Universidad de Punjab.

En julio de 1967, fue enviado como misionero a Inglaterra, donde sirvió como Naib Imam de la Mezquita Fazl de Londres. En 1970, regresó a Pakistán y continuó su servicio en el Departamento de Islah-o-Irshad como misionero en diversas regiones. Posteriormente fue trasladado al Departamento de Tasnif. Era yerno de Maulana Abdul Hamid Nur-ul-Haq Sahib.

Durante su servicio, fue nombrado profesor en Yamia y enseñó durante aproximadamente diez años. En 1982, fue nombrado Naib Wakil-ut-Tabshir en la oficina de Wakalat-e-Tabshir. Durante sus años en Yamia y su tiempo como misionero en Pakistán, también prestó servicios en Juddam-ul-Ahmadiyya y otras organizaciones auxiliares.

En 1986, fue enviado como misionero a Estados Unidos, pero ese mismo año, Hazrat Jalifatul Masih IV (rh) le llamó al Reino Unido y le asignó en Glasgow, donde sirvió como misionero y mubal’ligh. En 2005, cuando se fundó Yamia Ahmadiyya UK, fue nombrado su primer rector. Su vida de servicio duró aproximadamente cincuenta y nueve años.

Ataul Muyib Rashid Sahib, imam de la Mezquita Fazl de Londres, escribe:

“El difunto Laiq Ahmad Tahir Sahib era un devoto del islam, un fiel servidor del Jalifato y cumplió las exigencias del Waqf-e-Zindagi (consagración de vida) de manera ejemplar. Fue un misionero de gran éxito que sirvió a la fe durante un largo período con la mayor devoción. Su recitación del Sagrado Corán era melodiosa y profundamente conmovedora. Hablaba sobre temas de formación moral de una manera cautivadora y eficaz. Dondequiera que sirvió, dejó recuerdos imborrables y entrañables. Fue un amado servidor de la fe y demostró amor y afecto hacia los miembros de la Comunidad. También prestó muchos servicios en el campo de la escritura. Estuvo dedicado asiduamente a la oración. Su casa estaba adornada con inscripciones de oraciones escritas en las paredes. Poseía muchas cualidades excelentes”.

Mubarak Siddiqi Sahib escribe:

“Yo lo conocía desde los días en Rabwah. Era muy alegre y poseía un carácter alegre y jovial. Su devoción al Jalifato y al sistema administrativo de la Comunidad era profunda y sincera. Siempre aconsejaba a los demás que mostraran absoluta obediencia al Jalifa de la época. Llevaba una pequeña libreta en el bolsillo, en la que anotaba de inmediato cualquier cosa buena que oía u observaba, viniera de donde viniera. No distinguía de quién recibir guía, pero dondequiera que oía una buena palabra, la anotaba. Desde sus días de estudiante, había convertido en un hábito el sentarse en compañía de los santos de la Comunidad. Recordaba muchos dichos de  Hazrat Hafiz Mujtar Ahmad Shahllahanpuri Sahib y solía contarlos en sus reuniones”.

Su hija, Qurratul Ain, dice:

“Una cualidad destacable de mi padre era su forma de orar. Sus oraciones estaban llenas de pasión, humildad, confianza en Dios y eran una súplica amorosa ante Dios. Parecía a menudo que no dejaba de orar hasta recibir una respuesta de Dios. De hecho, Dios Altísimo le trató con especial gracia. En muchas ocasiones, Dios Altísimo le informaba de antemano mediante sueños sobre diversos asuntos. Solía recordarnos lo que el Mesías Prometido (as) decía, es decir, que la condición de quien ora debe ser tal que parezca que ha muerto mientras ora. Si uno llega a ese estado de absoluta impotencia, entonces Dios seguramente escucha”.

¡Que Dios le conceda Su perdón y le muestre misericordia! Que Él eleve su posición. Su funeral está presente, y yo saldré para dirigir la oración fúnebre después de las oraciones del viernes.

El segundo funeral es en cuerpo ausente. Es del respetado Sr. Sega Yal’loh Sahib, Naib Sadr de la Region Segou de Mali. Falleció recientemente.

[Árabre]

¡Ciertamente a Al’lah pertenecemos y hacia Él volveremos!

El fallecido era “musi” [integrante del sistema de Al-Wasiyat].

El misionero Tafsir Sahib  escribe que el difunto aceptó el Ahmadíat en 1916 después de escuchar un programa de radio y que hizo un gran progreso en la fe. Era un musulmán ahmadí devoto y activo, siempre al frente de los programas comunitarios y los sacrificios financieros. Asistía a la mezquita diariamente para las oraciones del Fallar, Maghrib e Isha, a pesar de estar lejos de su hogar. Su amor y reverencia por el Jalifato eran inmensos.

En 1918, tuvo la bendición de unirse al programa de Wasiyat y continuó pagando sus contribuciones del Wasiyat regularmente a principios de cada mes hasta su fallecimiento. En una ocasión, durante seis meses no recibió su salario debido a ciertas circunstancias locales en África, y se preocupó profundamente por no poder realizar sus pagos. Cuando Dios le concedió la ayuda y recibió su salario, lo primero que hizo fue pagar su donativo y otras contribuciones.

Le sobreviven su esposa y tres hijos. Predicaba a su familia y, por la gracia de Dios, dos de sus hijos aceptaron el Ahmadíat, aunque su esposa y uno de sus hijos no lo hicieron, lo que le causaba profunda preocupación. Su fe en el Ahmadíat era firme e inquebrantable. Sus opiniones sobre los musulmanes no ahmadíes y los clérigos eran claras y firmes; decía que nunca podrían tener éxito a menos que aceptaran al Mesías Prometido y Mahdi. Era un predicador devoto y un servidor activo de la Comunidad.

¡Que Al’lah le conceda Su perdón y Le muestre misericordia!

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