Los Artículos de Fé


Pasemos ahora al tercer artículo de fe, que es la creencia en los Libros. Los musulmanes no sólo tienen la obligación de creer en la escritura divina revelada al Santo Fundador del Islam, que se llama Corán, sino que también es esencial para todo musulmán creer en todas las revelaciones divinas que recibieron otros profetas, sea cual fuese su época. Se trata de una parte esencial de la fe musulmana, pues si alguien creyera solamente en el origen divino del Corán sin reconocer el origen divino de otros Libros, como el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, etc., su profesión islámica quedaría invalidada.

Esta creencia resuelve algunos problemas, pero origina otros, por lo que debe estudiarse con mayor detenimiento. Proporciona la única base sobre la se puede forjar la unidad del hombre en la tierra, de acuerdo con su creencia en la Unidad de Dios, y erradica la causa de la discordancia y desconfianza entre las religiones. Sin embargo, esta creencia en el origen divino de todos los Libros plantea algunas preguntas muy difíciles de contestar.

Si estudiamos los Libros que pretenden ser de origen divino, hallamos contradicciones no sólo en las áreas periféricas de sus enseñanzas, sino también en el plano de las creencias básicas y fundamentales. Esto posiblemente no hubiera ocurrido si hubieran procedido de la misma fuente eterna de luz. Un buen ejemplo del caso en cuestión es el hecho de que muchos de estos Libros contienen pasajes que, según entienden e interpretan sus seguidores, llevan a creer en deidades menores que comparten la divinidad con el único Ser Supremo. En algunos Libros se presenta a Dios como el cabeza de una familia de dioses, con cónyuges, hijos e hijas. En otros Libros, se atribuye a figuras santas humanas poderes sobrehumanos exclusivos solamente de Dios. Otros Libros hacen hincapié en Unidad de Dios con tal ímpetu e inflexibilidad, que dejan fuera de cuestión la participación de nadie en modo alguno en los atributos de Dios. El Corán sobresale en este sentido entre todas las escrituras de las religiones más importantes del mundo.

La cuestión es: ¿cómo resuelve el Corán este dilema? Según el Corán, es una tendencia universal del hombre tergiversar gradualmente las enseñanzas divinas que fueron otorgadas a los fundadores de su religión. Transformar el concepto de la Unidad al de politeísmo es una manifestación de la misma tendencia. La verdad de esta afirmación se puede demostrar claramente analizando la historia de cambios en el texto, o en la interpretación del texto, desde el momento de su primera revelación. Por esta razón, el Santo Corán nos recuerda explícitamente el hecho de que todos los Libros divinos concordaban con sus enseñanzas fundamentales solamente en sus comienzos. No es preciso proceder a la laboriosa tarea de analizar la historia del cambio, pues lógicamente no puede haber otra conclusión salvo la que ofrece el Corán. Si no existe otro dios excepto el único Ser Supremo y las reivindicaciones de todas las religiones que sus Libros divinos procedían de Dios han de ser aceptadas, tendrá que existir unanimidad entre todos esos Libros, al menos en sus principios fundamentales.

Una vez dicho esto, surge otra cuestión importante en cuanto al modo en que se pueden determinar las enseñanzas doctrinales originales comunes a todas las religiones. Para ello, es preciso encontrar una metodología lógica aceptable para distinguir lo correcto de lo erróneo.

Desde el punto de vista del Sagrado Corán, las creencias fundamentales concuerdan de tal forma con la naturaleza humana que quedan plasmadas en los corazones humanos por la mera fuerza de su verdad. Éstas son las siguientes:

 Y no se les ordena sino servir a Al-lah, siendo sinceros a Él en obediencia y mostrar rectitud, y observar la oración y pagar el Zakat. Y esta es la religión de la gente del camino recto. (Corán 98:6)

Esto significa que a todos los fundadores de las religiones del mundo se les prescribió categóricamente adorar sólo al uno y único Dios con toda sinceridad, consagrándose pura y totalmente a Él. También se les ordenó observar las oraciones regulares (prescritas por su religión) y gastar (en la causa de Dios) para los pobres y necesitados y para otros fines caritativos similares. Es difícil estar en desacuerdo con esto, sea cual sea la religión a la que se pertenezca.

En este discurso preliminar no queremos entrar en un debate extenso sobre los distintos modos de culto prescritos por Dios ni en las razones de sus diferencias. En este momento nos enfocaremos en las razones por las cuales las religiones parecen ser diferentes, tanto en sus principios fundamentales como en los pormenores de sus enseñanzas.

En breve, se puede afirmar que la máquina del tiempo es implacable, y que el concepto de decadencia es inseparable del concepto de tiempo. Todo lo nuevo termina envejeciendo y transformándose. Las ruinas de grandes castillos y palacios nos producen asombro, pero incluso los edificios construidos por los mismos monarcas y diseñados por los mismos arquitectos no son una excepción a esta ley. A veces son restaurados por las generaciones futuras y su diseño se transforma tan drásticamente, que pierden toda la semejanza respecto a su forma original. Otras veces son abandonados y se convierten en ruinas. Según el Corán, las áreas en las que existen diferencias irreconciliables en las distintas religiones son el producto de la gente perteneciente a épocas posteriores. En vista de esta enseñanza universalmente aceptada del Sagrado Corán, el Islam parece haber allanado el camino hacia la unificación de todas las religiones, al menos en lo que se refiere a los principios fundamentales, eliminando de esta forma los obstáculos y barreras artificiales creadas por el hombre para mantener a las religiones como entidades claramente separadas entre sí.

La razón expuesta anteriormente no es la única causa de la divergencia en las enseñanzas observadas en los diversos Libros. Algunas diferencias no fueron ciertamente creadas por el hombre, sino que eran requeridas por los dictados de la época. A medida que el hombre progresaba gradualmente en las distintas áreas de la civilización, la cultura, la ciencia y la economía, exigían, en distintas etapas de la historia, enseñanzas específicas relacionadas con dicho período de tiempo, y en consecuencia, se revelaba un Libro divino para su formación. Estas enseñanzas temporales no eran universales, sino que estaban relacionadas con situaciones y necesidades específicas. En ciertas épocas, el hombre vivía una vida no muy distinta a la de otras especies infrahumanas. Su progreso intelectual era limitado y su conocimiento del universo restringido. Ni siquiera tenía plena noción del mundo en que habitaba. Los medios de comunicación a su disposición eran totalmente inadecuados para ayudarle a comprender la naturaleza y extensión de la tierra y la universalidad del hombre, y muy a menudo su conocimiento de la existencia se limitaba únicamente a las pequeñas áreas del territorio o país al que pertenecía.

En muchos Libros divinos revelados en aquellas épocas no se menciona la existencia del mundo fuera del campo limitado de la gente a la que iban dirigidos tales Libros. Esto no significa necesariamente, como algunos filósofos seculares nos harían creer, que este hecho ofrece pruebas suficientes para que el libro en cuestión fuera obra del hombre en lugar de ser de origen divino.

Todas las enseñanzas divinas no sólo estaban relacionadas con las necesidades de la gente de la época, sino también con la información que poseían, pues de lo contrario aquellos pueblos hubieran levantado objeciones contra los mensajeros de su época, acusándolos de contradecir hechos comúnmente establecidos. Esto hubiera originado un dilema insoluble para los profetas, por compartir ellos también el mismo conocimiento que su gente. En este sentido, se pueden extraer muchos ejemplos interesantes del Corán, donde consta que los eruditos de épocas posteriores demostrarían la falsedad de la noción de la naturaleza mantenida por la gente de épocas anteriores. Sea cual fuere la postura que el Corán adoptara, aún seguiría siendo vulnerable a las objeciones, tanto por gente contemporánea como por gente de épocas posteriores. Sorprende el modo en que el Corán resuelve este problema, que no puede ser criticado en modo alguno por los filósofos o científicos de la actualidad.

La siguiente ilustración es particularmente interesante. El hombre de esta época no precisa tener una educación superior para saber que la tierra gira sobre su propio eje; pero si alguien hubiera declarado esto hace catorce siglos y hubiera osado atribuirlo a Dios, hubiera sido rechazado tajantemente como un perfecto ignorante, o bien se hubiera ridiculizado a Dios por desconocer las cosas que declaraba haber creado. El Santo Corán, al ser un libro universal para todas las épocas, no pudo evitar hablar claramente de este tema, pues de lo contrario la gente de épocas posteriores, como la nuestra, lo hubiera acusado justamente de no poseer conocimiento alguno del universo. Desafiando directamente este reto, el Santo Corán habla de las montañas en el siguiente versículo, describiéndolas como flotantes, o desplazándose como las nubes, mientras que la gente percibe que son estacionarias:

 “Y ves las montañas imaginando que están quietas, pero flotan como flotan las nubes.” (Corán 27:89)

Evidentemente, las montañas no flotarían si la tierra no se desplazara a su vez. Sin embargo, la forma de verbo empleada es la del futuro (Muzaria), que se usa por lo general tanto en el presente continuo como en el futuro. Por lo tanto, el versículo se puede traducir como: “Las montañas se mueven constantemente en un movimiento inerte sin realizar el menor esfuerzo de su parte”. También se puede traducir como: “Las montañas se moverán como si estuvieran navegando”. La gente de aquella época pudo adoptar esta segunda opción, pero olvidaron prestar atención a otra parte del mismo versículo que dice: “Imagináis que están quietas.” ¿Cómo podría el hombre de cualquier época imaginar que las montañas estuvieran quietas si de repente comenzaran a moverse? La descripción de su movimiento no deja lugar a dudas a nadie que viva en cualquier parte de la tierra y observe detenidamente el fenómeno asombroso mencionado en el versículo.

Lógicamente, por tanto, la única traducción válida sería: “Aunque consideráis que las montañas están quietas, en realidad están en constante movimiento”. Se pueden extraer otros muchos ejemplos similares del Corán, pero ya he aludido a ellos en otra alocución mía titulada: “Racionalidad y Revelación en relación con el Conocimiento y la Verdad”. Cualquier lector que esté interesado en un estudio más profundo, puede buscar sus referencias en el mismo.

Sabemos con certeza que en un pasado remoto, cuando los Vedas fueron revelados para el beneficio de la gente de la India, los indios tenían muy poco conocimiento de los mundos que se hallaban más allá de los mares. Por lo tanto, no se hace mención de ningún país o gente de fuera de la India, a través de las fronteras naturales del Himalaya, por un lado, y el mar, por el otro. El silencio de los Vedas sobre el tema puede considerarse un silencio apropiado y bien comprendido por parte de Dios. Debe aclararse que los hechos mencionados en los Libros divinos pertenecen a dos categorías. La primera categoría comprende los factores mundanos que todos los seres humanos pueden entender y constatar al margen de la religión a que pertenezcan. Se trata de los factores a los que nos referimos en la discusión anterior. En cuanto a los hechos pertenecientes a las cosas del más allá, cualquier persona puede afirmar cualquier cosa al respecto, pues su verificación está fuera del alcance humano.

A pesar de las diferencias, no obstante, los puntos fundamentales similares pueden localizarse fácilmente al profundizar en el estudio de los Libros originales. Al igual que un arqueólogo puede reconstruir el diseño de un plan original a través de un estudio de las ruinas, del mismo modo no debería resultar difícil para un buen observador leer el mensaje de la Unidad incluso a través de los velos de la niebla y la bruma creados por los seguidores de las distintas religiones a medida que se distancian de la época de los profetas fundadores.

Hemos mencionado brevemente algunas diferencias que fueron creadas a propósito, a diferencia de las que fueron producto de la interpolación humana. Para ilustrar el primer caso, haremos referencia a una enseñanza de la Torá que parece privar a los judíos de la opción del perdón. Un observador casual, desde el punto de vista de la edad moderna, considerará que esta enseñanza es más bien impía y desequilibrada a favor de la venganza. Sin embargo, un examen más detallado de los requisitos de esa época presentaría dicha enseñanza desde un ángulo totalmente distinto. Sabemos que los Hijos de Israel, bajo las normas opresivas y despóticas de los faraones, fueron privados de todos los derechos humanos fundamentales, y se vieron obligados a vivir una vida de humillación y esclavitud, que no reconocía su derecho a defenderse ni devolver el golpe a los opresores.

Dos siglos de una vida tan abyecta les habían despojado prácticamente de sus nobles cualidades humanas y de su integridad. Renunciaban gustosamente a su derecho a vengarse en nombre del perdón, que en realidad era el otro nombre de su cobardía absoluta, y si se les hubiera ofrecido la opción entre la venganza o el perdón, muy pocos se hubieran atrevido a adoptar la primera opción. Como tal, la enseñanza de la Torá, aunque parezca dura y extremista, es la enseñanza más perfecta en relación con los requisitos de aquella época. Era un estado de enfermedad el que se proponía curar con el trago amargo de este mandato.

Pero, efectivamente, la práctica de la venganza despiadada durante más de trece siglos endureció como la piedra el corazón de los israelitas. Fue en esta época cuando apareció el Mesías, que fue la personificación del perdón, el amor y la modestia personificada. Si Dios hubiera ofrecido a los judíos del tiempo del Mesías la opciones entre el perdón y la venganza, hubieran optado sin duda por la venganza, sin siquiera imaginar el perdón. La pregunta que surge es ¿cuál debió haber sido la enseñanza perfecta durante la época de Jesús? El perdón por supuesto, pero sin la opción de la venganza. Esto es exactamente lo que ocurrió. Este ejemplo demuestra claramente que ciertas enseñanzas, aunque parezcan contradictorias, sirven en realidad para el mismo propósito y operan al unísono en lo que respecta a los designios de Dios. El objetivo es la curación de aquellos enfermos que pueden necesitar medicamentos distintos en momentos diferentes.

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