El Islam: ¿religión de la espada o de la paz?

<p class=”entradillanoticia”>Las atrocidades cometidas en el nombre de Alá por el llamado Estado Islámico (ISIS) y el auge de los actos de terrorismo que recientemente han ensangrentado grandes ciudades de Europa, Asia, América, África y Australia parecen dar la razón a quienes en Occidente han defendido que el Islam es una religión incompatible con la tolerancia, el respeto a los derechos humanos y los valores democráticos. Pese a ello, muchas voces, algunas desde las comunidades musulmanas, se han alzado para defender que los dirigentes de ISIS en Siria e Irak, los de Boko Haram en Nigeria, los Al Shaabab en Somalia o los de Al Qaeda en Afganistán están haciendo un uso diabólico y oportunista de la religión y que al proclamar que “el Islam es la religión de la guerra” han puesto en su punto de mira no sólo a los no creyentes en Alá sino también los musulmanes que creen que el verdadero Islam no busca la violencia sino la paz.

La prueba más evidente de que las enseñanzas del profeta Mohamed no son compatibles con la violencia es que la palabra ‘islam’ significa paz”, explica Abdul Razak Chaudhry, presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en España, un movimiento reformador dentro del Islam que fue fundado en la India en 1889 y que hoy suma 150 millones de fieles del total de 1.200 millones de seguidores que suma el Islam. La página web de la comunidad ahmadí en España refleja el empeño puesto por sus dirigentes para distanciarse de la posturas intolerantes y extremistas del Islam que atribuyen a predicadores ignorantes y anclados en el pasado medieval: “El Islam no permite la coacción en la difusión de su propio mensaje. Consentir el terrorismo, aun en nombre de los más nobles objetivos, es totalmente incompatible con las enseñanzas islámicas”, es una de las advertencias del amplio texto dedicado a rechazar la muy difundida creencia de que el profeta Mahoma impulsó una difusión de su credo basada en la espada.Paradójicamente, los ahmadíes son actualmente objeto de una despiadada persecución dentro del mundo musulmán tanto por parte de los jefes religiosos como de los fieles. Se les tacha de apóstatas y herejes, un delito que en muchos países musulmanes puede costar la vida. El motivo de este inflexible hostigamiento es la creencia de que el fundador de su movimiento, Mirza Ghulam Ahmad, fue el mesías, el mahdi profetizado en las principales religiones monoteístas, incluyendo la musulmana.

Para Qamal Fazal, portavoz ahmadí en España, la prohibición que en algunos países musulmanes como Pakistán obliga a sus correligionarios a la clandestinidad no tiene que ver con la incapacidad del Islam por convivir con otras creencias sino en motivaciones políticas y, sobre todo, en el desconocimiento que la mayoría de los musulmanes extremistas tienen de esa religión por la que, sin embargo, se muestran dispuestos a dar la vida. “El propio profeta Mahoma, fundador del Islam hace 1.400 años, anunció que llegaría un momento en el que la gran mayoría de los musulmanes se olvidaría de las enseñanzas puras y reales de su religión y que Alá enviaría a una persona en calidad de reformador, mesías y mahdi con el fin de restablecer el verdadero Islam en el mundo”, añade al subrayar que para los seguidores de este movimiento esta profecía se cumplió con el nacimiento de Mirza Ghulam Ahmad en la India.

Guerra y paz en el mismo corán. Los ahmadíes apoyan su punto de vista en el estudio del libro del Corán, el libro sagrado del Islam, al que los dirigentes del ISIS también recurren para asegurar una visión situada en el extremo opuesto. “El santo Corán no permite la guerra ofensiva ni expansiva”, explica Chaudhry al citar los versículos que excluyen la coacción para reformar la sociedad: “El Santo Coran dice: ‘No debe existir compulsión en la religión’, lo que significa que ninguna persona debe forzar a otra a seguir una religión que no desea. El Corán dice además que Dios le dijo al Profeta: ‘Adviérteles que tú sólo eres un Amonestador y no tienes autoridad para obligarles’”.

No hay diferencia entre la edición del Corán utilizada por los dirigentes del ISIS y los ahmadíes. La diferencia, aclara Qamal Fazal, estriba en las omisiones que los extremistas hacen del contexto de los versículos que usan para justificar sus objetivos de violencia: “La única guerra que permite el Islam es la defensiva y no para salvarme yo sino para salvar el mensaje de Dios. Los extremistas que recurren al Corán para justificar el terrorismo lo hacen utilizando unos versículos que corresponden a la guerra defensiva que Mahoma, tras haber evitado el uso de la fuerza reiteradamente para defenderse, tuvo que emprender cuando los jefes de La Meca enviaron un ejército de mil hombres a la ciudad de Medina, adonde había huido, con el propósito de acabar con el Islam. De no haber tomado las armas, los agresores hubiesen acabado con todos los lugares santos”.

Para los musulmanes ahmadíes las condiciones que justifican una guerra defensiva no coinciden con las de los muchos dirigentes islámicos que justificaron el sangriento atentado contra la revista de Charlie-Hebdo que el pasado enero costó la vida a doce personas como una respuesta al ataque atribuido al contenido ofensivo de las caricaturas de Mahoma elaboradas por los redactores de la publicación. “El Corán también dice que si alguien te insulta te apartes de él hasta que inicie otra conversación”, concluye Qamal Fazal.

Pese a las muchas voces que desde el mundo musulmán y el occidental apoyan esta visión pacifista del Islam, la evolución de los conflictos que han proliferado en el norte de África y Oriente Próximo tras el estallido de las llamadas Primaveras Árabes sn 2010, han reforzado la visión negativa que suele asociar esta religión con una actitud exclyente con otros credos. El teólogo y escritor Juan José Tamayo ya publicó en 2008, antes de la Primavera Árabe, una obra (Islam. Cultura, religión y política) en la que se propuso desmontar los muchos prejuicios que en su opinión abundan en el mundo occidental en relación al Islam. “La violencia no pertenece a la esencia del Islam, de la misma forma que la guerra santa tampoco es uno de sus pilares ni menos aún un deber de los creyentes musulmanes. Constituye más bien una patología de la religión musulmana, como lo es también del cristianismo”, explica. “Ha habido una incorrecta interpretación del verdadero significado de la palabra yihad. Generalmente se la traduce por guerra santa pero esta palabra tiene un segundo sentido relacionado con el esfuerzo personal y colectivo. Su verdadero significado es esfuerzo, lucha contra el egoísmo, lucha moral en el interior de la comunidad islámica orientada a su reforma, al cambio tanto personal como social”.
Tamayo reconoce que, sin embargo, buena parte de los propios creyentes musulmanes son víctimas de interpretaciones extremistas, dando con ello la razón a quienes atribuyen la opción de un diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes como el fruto de una peligrosa ingenuidad. En su opinión, los propios musulmanes son a menudo víctimas del desconocimiento de su propia religión así como de las interpretaciones manipuladoras orquestadas por el uso político de la religión.

Poder político, precariedad, interferencias. Virginia Moratiel, doctora en filosofía y ensayista, coincide con esta opinión que expuso recientemente al presentar su libro Mirando de frente al Islam. Entre los factores que contribuyen a esta ignorancia de los musulmanes Moratiel sitúa por un lado el hecho de que el Islam “carece de una autoridad eclesiástica que pueda establecer de modo universal los límites entre ortodoxia y heterodoxia debido a que el profeta propugnó el contacto directo con Dios, eliminando la intermediación de una posible casta sacerdotal que pudiera dar pábulo a interpretaciones erradas o desviaciones de la doctrina original. Dejó por ello bien claro que cualquiera puede oficiar la oración pero, lo que desde su perspectiva fue un principio de democratización, creó al final un vacío de legitimidad que fue rápidamente llenado por el poder político constituido”.

Otros elementos que según Moratiel han propiciado el éxito de los movimientos que proponen la guerra santa tiene que ver con la injusticia y la precariedad económica ahondada por una imparable explosión demográfica (en 2009 el 68% de los 352 millones que integran la población de los países árabes era en un 68% menor de treinta años) y una pésima distribución de la riqueza que mantiene deambulando por las calles a masas de jóvenes desempleados sin dinero y con poca formación. En este escenario, la acción y las promesas de cambio que ofrece el extremismo convierten el enrolamiento en las guerrillas yihadistas en una alternativa muy atractiva.

En el debate sobre las causas de la expansión del terror islamista hay también quienes, como Natalia Andújar, miembro de la Comisión Islámica de España, apuntan a las interferencias de los intereses políticos y económicos ajenos incluso al mundo islámico. En muchas de sus intervenciones, esta profesora que defiende la compatibilidad de su credo musulmán con su apoyo al feminismo, ha recordado el papel que Estados Unidos ha jugado en la creación de Al Qaeda con su apoyo al extremismo islamista en Afganistán en los tiempos de la guerra fría y el enrolamiento de personajes como Osama Bin Laden, que utilizó en su batalla contra la antigua URSS pero que acabó volviéndose en su contra.

La nueva versión sobre la operación estadounidense que supuestamente ajustició a Bin Laden en 2011 tras capturarlo en una vivienda en Pakistán reflejan que la lucha contra el terror está plagado de golpes de escena relacionados con el juego de los intereses de los gobiernos. En este caso, el Gobierno paquistaní pese a ser oficialmente un gran aliado de EEUU en la batalla contra el yihadismo, habría accedido a entregar al dirigente de Al Qaeda sólo tras haber obtenido jugosas compensaciones políticas y económicas de Washington.

Intereses económicos y políticos. Muchos expertos en relaciones internacionales han subrayado la curiosa coincidencia entre la expansión de conflictos como el de la guerrilla yihadista de Boko Haram en el norte de Nigeria o la de Al Shabaab en Somalia con encrucijadas ligadas a la explotación de materias primas con muchas similitudes con la dinámica oportunista de los conflictos tribales que en Sierra Leona o la República Democrática del Congo moldearon el comercio de los diamantes o la extracción de minerales como el coltán.

En Nigeria, el auge de Boko Haram, una guerrilla desconocida hasta 2009, ha coincidido con los planes para construir el gaseoducto transahariano de TSGP, una monumental obra de 4.300 kilómetros con el que se pretende enlazar las enormes reservas de gas del Golfo de Biafra con la red gasista de Argelia, a través del norte de Nigeria y el vecino Níger, convirtiendo el suministro africano en la gran alternativa a la dependencia europea del gas ruso que Moscú podría aprovechar como arma política en relación al conflicto de Ucrania.

Sobre el protagonismo logrado por el yihadismo en Somalia, el diario Finantial Time, poco sospechoso de las llamadas versiones conspiranoicas, ha destacado cómo el poderío de Al Shaabab y de la piratería marítima frente a las costas somalíes se ha disparado al ritmo de la carrera entre las grandes multinacionales del petróleo por lograr suculentas explotaciones petroleras en la zona, así como de la crisis que enfrenta a Somalia y Kenia por la demarcación de la frontera marítima, rica en hidrocarburos.

El conflicto en el norte de Nigeria ha estado además marcado por extraños episodios como el que motivó una denuncia de Amnistía Internacional contra la pasividad del Gobierno del anterior presidente, Jonathan Goodluck, que tras haber recibido la información que le hubiese permitido contrarrestar los ataques que Boko Haram acabó realizando en enero contra las localidades de Baga y Monguno, decidió mirar hacia otro lado mientras los guerrilleros llevaban a cabo la matanza y culpar de la tragedia a la incapacidad militar de su Ejército. A ello hay que añadir las informaciones contenidas en los documentos diplomáticos estadounidenses filtrados por Wikileaks según las cuales desde Washington se ha culpado a las monarquías del Golfo, especialmente Catar y Arabia Saudí, de financiar y armar a Boko Haram.

Uso político de la religión. Arabia Saudí constituye un interesante ejemplo del uso político de la religión. El supuesto riesgo de que Al Qaeda y el ISIS amplíen su radio de acción a la península arábiga ha sido el argumento con el que el Gobierno saudí ha justificado una intervención armada en el vecino Yemen contra el movimiento chií de los hutíes. El gobierno saudí, sin embargo, no es precisamente un defensor de posiciones moderadas. La monarquía saudí ha basado su legitimidad para reinar en un territorio que hasta la I Guerra Mundial formó parte del imperio otomano, en el wahhabismo, una corriente de la rama del sunnismo, mayoritaria en el mundo musulmán y tradicional rival del chíismo. Su fundador fue un reformista que en el siglo XVIII propuso una interpretación del Corán sumamente puritana y rigorista con la sharía (la ley coránica) que los gobernantes saudíes adoptaron para consolidar y enaltecer el poder adquirido como guardianes de los lugares santos del Islam.

Hoy en día la monarquía saudí aprovecha la estricta aplicación de lo que sus clérigos consideran el auténtico Islam para silenciar cualquier atisbo de discrepancia política. Un ejemplo de ello, es el caso del bloguero Raif Badawi, que ha sido condenado a recibir mil latigazos (en enero recibió los primeros 50) además de una pena de cárcel de diez años por haber puesto en marcha un sitio web de debate social y político que, según la justicia de su país, ha ofendido al Islam.

En otro plano que ilustra el carácter opresor del régimen saudí, Loujain al-Hathloul y Mayssa al-Amoudi son las últimas dos mujeres detenidas por participar en una campaña iniciada ya en los años noventa para que su país deje de ser el único del mundo musulmán donde la discriminación de género llega al extremo de prohibir conducir a la mujer.

Teniendo en cuenta estos datos, la intolerancia en el Yemen puede ser un auténtico motivo de preocupación para un Gobierno como el saudí que ha desarrollado una estrategia de expansión del salafismo promocionando grupos afines en terceros países gracias al poderío económico de su inmensa riqueza petrolera. Desde EEUU, donde se ha considerado al régimen saudí como un tradicional e importante amigo, la Administración del presidente Obama no ha podido evitar gestos de preocupación ante una estrategia que los diplomáticos relacionan más con la vieja rivalidad que Riad mantiene con Irán por la hegemonía en el mundo musulmán ante el apoyo dado a los hutíes desde Teherán.

En el complejo ajedrez de los intereses políticos, la amenaza terrorista puede llegar a ser mucho más que un pretexto para urdir estrategias políticas. En Argelia, a finales de los años noventa, el Gobierno del presidente Buteflika acusó al rey de Marruecos de dar refugio a los grupos yihadistas que durante diez años desestabilizaron el país magrebí provocando una guerra civil que causó unos 200.000 muertos. El objetivo marroquí, según estas acusaciones, era obligar al gobierno argelino a renunciar a su apoyo a la causa del movimiento saharaui del Frente Polisario a cambio de su colaboración contra el terror salafista.

Confabulaciones geopolíticas. “Las acusaciones de terrorismo islamista a menudo se instrumentalizan y se manipulan interesadamente”, aseguran el abogado Luis Mangrané y la periodista Blanca Enfedaque, miembros del Observatorio Aragonés para el Sáhara Occidental. Recientemente, esta organización que promueve el “activismo legal” ha lanzado una campaña para dar a conocer el caso del joven saharaui Mohamed Dihani, encarcelado por las autoridades marroquíes por haber supuestamente formado parte de una red terrorista islamista. Mangrané, que ha asistido como observador al juicio que condenó sin las debidas garantías jurídicas a Dihane, asegura que en realidad el joven saharaui fue secuestrado en 2010 frente a su residencia en El Aaiún y sometido a terribles sesiones de torturas y violaciones para que aceptase un siniestro trato: prestarse a dar cobertura a un montaje desplazándose a Mauritania con el fin de reivindicar desde allí atentados que se iban a cometer en diversos lugares de Europa y el Sáhara Occidental en nombre de un yihadismo supuestamente saharaui. El objetivo, según Enfedaque, era “demostrar” las acusaciones con las que el Gobierno marroquí viene intentando vincular al Frente Polisario con la amenaza terrorista para lograr el apoyo de la comunidad internacional al reconocimiento de su soberanía sobre el territorio saharaui que invadió en 1975. “Si Dihani sigue todavía en la cárcel es porque sus carceleros nunca le perdonarán haber denunciado públicamente lo ocurrido”, añade Mangrané.

Desgraciadamente, las confabulaciones geopolíticas sólo explican una parte del alarmante fenómeno que ha sumido en el caos la frontera sur de Europa, y que han multiplicado el flujo de pateras cargadas de refugiados en busca de asilo y paz en la orilla próspera del Mediterráneo. La amenaza desestabilizadora que proyecta el desmembramiento de Libia o la guerra de Siria han vuelto a impulsar el debate en Occidente entre los partidarios de apoyar cambios democráticos en el mundo árabe y quienes defienden que Islam y democracia son incompatibles porque la estrecha vinculación entre religión y política acaba siendo aprovechada por los sectores más intolerantes del islamismo para ocupar el vacío dejado por los autócratas.

Los estudios realizados por la organización Barómetro Árabe para la democracia, sin embargo, muestran una tendencia desfavorable a los partidos islamistas en aquellos países donde han gobernado los islamistas o que han sido víctimas del terror yihadista. Es el caso de Túnez y, sobre todo, de Argelia, donde las encuestas realizadas a partir de 2008 indican un apoyo del 85% a favor de la democracia de la que un 65% se muestra inequívocamente a favor de una democracia secular frente a sólo un 20% de partidarios de que la religión juegue un papel, eso sí limitado, en política. Estos datos no sólo reflejan un amplio apoyo popular de los árabes a la democracia secular y los derechos humanos sino también un rechazo a la opinión con la que desde las tesis extremistas se considera el apoyo a estos valores como una importación colonial que jalea el pecado y es contraria a las tradiciones del Islam. •

Cortesía de Revista 21rs